Paso del norte

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JUAN RULFO

Rulfo es, sin dudas uno de los grandes escritores latinoamericanos del Siglo XX. No por la extensión de su obra,un libro de cuentos y una novela mencionados en la biografía,  sino por la forma de retratar la problemática del campesinado mejicano post revolución. La revolución no logró extinguir el latifundismo en la nación y las historias de sus personajes reflejan sus miedos, sus odios, sus remordimientos y se comportan y actúan como gente común y corriente.

En el cuento que les traigo hoy se cuenta un anhelo vigente aún en nuestros días que es el de entrar al país del norte buscando una mejor vida.

Una anécdota que pinta la sencillez y a la vez la grandeza de Rulfo, es su encuentro con Borges y el reconocimiento que éste expresa del escritor mejicano.

FRAGMENTO DE UNA CONVERSACIÓN REAL ENTRE BORGES Y RULFO

RULFO: Maestro, soy yo, Rulfo. Qué bueno que ya llegó. Usted sabe cómo lo estimamos y lo admiramos.
BORGES: Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver a un país, pero lo puedo escuchar. Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos «maestro», dígame Jorge Luis.
RULFO: Qué amable. Usted dígame entonces Juan.
BORGES: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.
RULFO: No, eso sí que no. Juan, cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.
BORGES: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿cómo ha estado últimamente?
RULFO: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.
BORGES: Entonces no le ha ido tan mal.
RULFO: ¿Cómo así?
BORGES: Imagínese, don Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.
RULFO: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.
BORGES: Le voy a confesar un secreto. Mi abuelo, el general, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro, secreto. Sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.
RULFO: Así ya me puedo morir en serio.

 

Paso del Norte
(El Llano en llamas, 1953)
Juan Rulfo

—Me voy lejos, padre, por eso vengo a darle el aviso.
—¿Y pa ónde te vas, si se puede saber?
—Me voy pal Norte.
—¿Y allá pos pa qué? ¿No tienes aquí tu negocio? ¿No estás metido en la merca de puercos?
—Estaba. Ora ya no. No deja. La semana pasada no conseguimos pa comer y en la antepasada comimos puros quelites. Hay hambre, padre; usté ni se las huele porque vive bien.
—¿Qué estás ahi diciendo?
—Pos que hay hambre. Usté no lo siente. Usté vende sus cuetes y sus saltapericos y la pólvora y con eso la va pasando. Mientras haiga funciones, le lloverá el dinero; pero uno no, padre. Ya naide cría puercos en este tiempo. Y si los cría pos se los come. Y si los vende, los vende caros. Y no hay dinero pa mercarlos, demás de esto. Se acabó el negocio, padre.
—¿Y qué diablos vas a hacer al Norte?
—Pos a ganar dinero. Ya ve usté, el Carmelo volvió rico, trajo hasta un gramófono y cobra la música a cinco centavos. De a parejo, desde un danzón hasta la Anderson esa que canta canciones tristes; de a todo por igual, y gana su buen dinerito y hasta hacen cola pa oír. Así que usté ve; no hay más que ir y volver. Por eso me voy.
—¿Y ónde vas a guardar a tu mujer con los muchachos?
—Pos por eso vengo a darle el aviso, pa que usté se encargue de ellos.
—¿Y quién crees que soy yo, tu pilmama? Si te vas, pos ahi que Dios se las ajuarié con ellos. Yo ya no estoy pa criar muchachos; con haberte criado a ti y a tu hermana, que en paz descanse, con eso tuve de obra. De hoy en adelante no quiero tener compromisos. Y como dice el dicho: “Si la campana no repica es porque no tiene badajo.”
—No hallo qué decir, padre, hasta lo desconozco. ¿Qué me gané con que usté me criara? puros trabajos. Nomás me trajo al mundo al averíguatelas como puedas. Ni siquiera me enseño el oficio de cuetero, como pa que no le fuera a hacer a usté la competencia. Me puso unos calzones y una camisa y me echó a los caminos pa que aprendiera a vivir por mi cuenta y ya casi me echaba de su casa con una mano adelante y otra atrás. Mire usté, éste es el resultado: nos estamos muriendo de hambre. La nuera y los nietos y éste su hijo, como quien dice toda su descendencia, estamos ya por parar las patas y caernos bien muertos. Y el coraje que da es que es de hambre. ¿Usté cree que eso es legal y justo?
—Y a mí qué diablos me va o me viene. ¿Pa qué te casaste? Te fuiste de la casa y ni siquiera me pediste el permiso.
—Eso lo hice porque a usté nunca le pareció buena la Tránsito. Me la malorió siempre que se la truje y, recuérdeselo, ni siquiera voltió a verla la primera vez que vino: “Mire, papá, ésta es la muchachita con la que me voy a coyuntar.” Usté se soltó hablando en verso y que dizque la conocía de íntimo, como si ella fuera una mujer de la calle. Y dijo una bola de cosas que ni yo se las entendí. Por eso ni se la volví a traer. Así que por eso no me debe usté guardar rencor. Ora sólo quiero que me la cuide, porque me voy en serio. Aquí no hay ya ni qué hacer, ni de qué modo buscarle.
—Eso son rumores. Trabajando se come y comiendo se vive. Apréndete mi sabiduría. Yo estoy viejo y ni me quejo. De muchacho ya ni se diga; tenía hasta pa conseguir mujeres de a rato. El trabajo da pa todo y contimás pa las urgencias del cuerpo. Lo que pasa es que eres tonto. Y no me digas que eso yo te lo enseñé.
—Pero usté me nació. Y usté tenía que haberme encaminado, no nomás soltarme como caballo entre las milpas.
—Ya estabas bien largo cuando te fuiste. ¿O a poco querías que te mantuviera pa siempre? Sólo las lagartijas buscan la misma covacha hasta cuando mueren. Di que te fue bien y que conociste mujer y que tuviste hijos; otros ni siquiera eso han tenido en su vida, han pasado como las aguas de los ríos, sin comerse ni beberse.
—Ni siquiera me enseñó usté a hacer versos, ya que los sabía. Aunque sea con eso hubiera ganado algo divirtiendo a la gente como usté hace. Y el día que se lo pedí me dijo: “Anda a mercar güevos, eso deja más.” Y en un principio me volví güevero y aluego gallinero y después merqué puercos y, hasta eso, no me iba mal, si se puede decir. Pero el dinero se acaba; vienen los hijos y se lo sorben como agua y no queda nada después pal negocio y naide quiere fiar. Ya le digo, la semana pasada comimos quelites, y ésta, pos ni eso. Por eso me voy. Y me voy entristecido, padre, aunque usté no lo quiera creer, porque yo quiero a mis muchachos, no como usté que nomás los crió y los corrió.”
—Apréndete esto, hijo: en el nidal nuevo, hay que dejar un güevo. Cuando te aletié la vejez aprenderás a vivir, sabrás que los hijos se te van, que no te agradecen nada; que se comen hasta tu recuerdo.
—Eso es puro verso.
—Lo será, pero es la verdá.
—Yo de usté no me he olvidado, como usté ve.
—Me vienes a buscar en la necesidá. Si estuvieras tranquilo te olvidarías de mí. Desde que tu madre murió me sentí solo; cuando murió tu hermana, más solo; cuando tú te fuiste vi que estaba ya solo pa siempre. Ora vienes y me quieres remover el sentimiento; pero no sabes que es más dificultoso resucitar un muerto que dar la vida de nuevo. Aprende algo. Andar por los caminos enseña mucho. Restriégate con tu propio estropajo, eso es lo que has de hacer.
—¿Entonces no me los cuidará?
—Ahi déjalos, nadie se muere de hambre.
—Dígame si me guarda el encargo, no quiero irme sin estar seguro.
—¿Cuántos son?
—Pos nomás tres niños y dos niñas y la nuera que está re joven.
—Rejodida, dirás.
—Yo fui su primer marido. Era nueva. Es buena. Quiérala, padre.
—¿Y cuándo volverás?
—Pronto, padre. Nomás arrejunto el dinero y me regreso. Le pagaré al doble lo que usté haga por ellos. Déles de comer, es todo lo que le encomiendo.

—Padre, nos mataron.
—¿A quiénes?
—A nosotros. Al pasar el río. Nos zumbaron las balas hasta que nos mataron a todos.
—¿En dónde?
—Allá, en el Paso del Norte, mientras nos encandilaban las linternas, cuando íbamos cruzando el río.
—¿Y por qué?
—Pos no lo supe, padre. ¿Se acuerda de Estanislado? Él fue el que me encampanó pa irnos pa allá. Me dijo cómo estaba el teje y maneje del asunto y nos fuimos primero a México y de allí al Paso. Y estábamos pasando el río cuando nos fusilaron con los máuseres. Me devolví porque él me dijo: “Sácame de aquí, paisano, no me dejes.” Y entonces estaba ya panza arriba, con el cuerpo todo agujerado, sin músculos. Lo arrastré como pude, a tirones, haciéndomele a un lado a las linternas que nos alumbraban buscándonos. Le dije: “Estás vivo”, y él me contestó: “Sácame de aquí, paisano”. Y luego me dijo: “Me dieron.” Yo tenía un brazo quebrado por un golpe de bala y el güeso se había ido de allí de donde se salta el codo. Por eso lo agarré con la mano buena y le dije: “Agárrate fuerte de aquí”. Y se me murió en la orilla, frente a las luces de un lugar que le dicen la Ojinaga, ya de este lado, entre los tules, que siguieron peinando el río como si nada hubiera pasado.
“Lo subí a la orilla y le hablé: ‘¿Todavía estás vivo?’ Y él no me respondió. Estuve haciendo la lucha por revivir al Estanislado hasta que amaneció; le di friegas y le sobé los pulmones pa que resollara, pero ni pío volvió a decir.”
“El de la migración se me arrimó por la tarde.
—”Ey, tú, ¿qué haces aquí?
“—Pos estoy cuidando este muertito.
“—¿Tú lo mataste?
“—No, mi sargento —le dije.
“—Yo no soy ningún sargento. ¿Entonces quién?
“Como lo vi uniformado y con las aguilitas esas, me lo figuré del ejército, y traía tamaño pistolón que ni lo dudé.
“Me siguió preguntando: ‘¿Entonces quién, eh ?’ Y así se estuvo dale y dale hasta que me zarandió de los cabellos y yo ni metí las manos, por eso del codo dañado, que ni defenderme pude.
“Le dije: —No me pegue, que estoy manco.
—Y hasta entonces le paró a los golpes.
“—¿Qué pasó?, dime— me dijo.
“—Pos nos clarearon anoche. Ibamos regustosos, chifle y chifle del gusto de que ya íbamos pal otro lado cuando merito en medio del agua se soltó la balacera. Y ni quién se las quitara. Este y yo fuimos los únicos que logramos salir y a medias, porque mire, él ya hasta aflojó el cuerpo—.
“—¿Y quiénes fueron los que los balacearon?
“—Pos ni siquiera los vimos. Sólo nos aluzaron con sus linternas, y pácatelas y pácatelas, oímos los riflonazos, hasta que yo sentí que se me voltiaba el codo y oí a éste que me decía: ‘Sácame del agua, paisano’. Aunque de nada nos hubiera servido haberlos visto.
“—Entonces han de haber sido los apaches.
“—¿Cuáles apaches?
“—Pos unos que así les dicen y que viven del otro lado.
“—¿Pos que no están las Tejas del otro lado?
“—Sí, pero está llena de apaches, como no tienes una idea. Les voy a hablar a Ojinaga para que recojan a tu amigo y tú prevente pa que regreses a tu tierra. ¿De dónde eres? No debías de haber salido de allá.¿Tienes dinero?
“Le quité al muerto este tantito. A ver si me ajusta.
Tengo ahi una partida pa los repatriados. Te daré lo del pasaje; pero si te vuelvo a devisar por aqui te dejo a que revientes. No me gusta ver una cara dos veces. ¡Ándale, vete!
“—Yo me vine y aquí estoy, padre, pa contárselo a usté.”
—Eso te ganaste por creido y por tarugo. Y ya verás cuando te asomes por tu casa; ya verás la ganancia que sacaste con irte.
—¿Pasó algo malo? ¿Se me murió algún chamaco?
—Se te fue la Tránsito con un arriero. Dizque era rebuena, ¿verdá? Tus muchachos están acá atrás dormidos. Y tú vete buscando onde pasar la noche, porque tu casa la vendí pa pagarme lo de los gastos. Y todavía me sales debiendo treinta pesos del valor de las escrituras.
—Está bien, padre, no me le voy a poner renegado. Quizá mañana encuentre por aquí algún trabajito pa pagarle todo lo que le debo. ¿Por qué rumbo dice usté que arrendó el arriero con la Tránsito?
—Pos por ahi. No me fijé.
—Entonces orita vengo, voy por ella.
—¿Y por ónde vas?
—Pos por ahi, padre, por onde usté dice que se fue.

 

 

 

Biografía

Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, conocido como Juan Rulfo nació en Apulco, San Gabriel, distrito de Sayula, Jalisco, el 16 de mayo de 1917 y falleció en la Ciudad de México, el 7 de enero de 1986. Fue escritor, guionista y fotógrafo mexicano, perteneciente a la generación del 52.​ La reputación de Rulfo se asienta en dos libros: El llano en llamas, compuesto de diecisiete relatos y publicado en 1953, y la novela Pedro Páramo, publicada en 1955

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Lluvia

Lluvia

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Llegará un día que nuestros recuerdos

 serán nuestra riqueza.

Paul Géraldy

 

¡Cómo disfrutaba la lluvia! El repiqueteo de las gotas en mi ventana o el ruido en el toldo del departamento de abajo eran una música increíble. Hasta aquel sábado… Sábado sin programa, recostado en mi sofá, vaso de whisky, escuchando a Piazzolla mientras la tormenta sacudía con fuerza las copas de los árboles.

En esa época vivía en un departamento antiguo en Paternal, sobre Espinosa, casi Seguí, con un pasillo largo, cuatro departamentos en planta baja, con patio, al que confluían todos los ambientes y cuatro en planta alta, donde estaba el mío. Escalera de mármol con escalones muy gastados, ambientes amplios, altos, puertas y ventanas mitad madera y mitad vidrio, con banderola y balcón con postigos metálicos.

Los gritos de la calle me sacaron de mi trance. Me acerqué a la ventana y el panorama ante mis ojos era aterrador. La calle parecía un río que venía desde Juan B. Justo haciendo olas al rodear los árboles. Las veredas ya no se veían. La corriente había arrastrado un par de autos estacionados y los había amontonado contra el camión de mudanzas, siempre estacionado en la esquina, dejándolos atravesados en el medio la calle. Los vecinos de la vereda de enfrente sacaban agua con un secador, pero la fuerza de la corriente los vencía una y otra vez.

Llevaba cinco años viviendo allí y nunca se había inundado de esa forma. No había salido de mi asombro todavía, cuando se cortó la luz. Fui a la cocina a buscar una linterna y fue entonces cuando escuché un grito desgarrador. “¡¡Nooo!! ¿Por qué?” gritó doña Julia, la anciana del departamento de abajo. Corrí al pasillo de mi departamento y me asomé a la pared que daba a su patio. Le pregunté si estaba bien. “Se mojó, se mojó” me respondió entre sollozos. Le pedí que no se moviera y baje corriendo. En la calle el agua me llegó hasta las rodillas. El umbral de entrada era alto por lo que, tanto en el zaguán como en el pasillo, el nivel del agua era menor. Por suerte doña Julia tenía la puerta de su departamento abierta. Entré, alumbré el patio y alcancé a divisar las macetas, una mesa con sillas y el lavarropas al lado de la pileta. El agua tendría una altura de cinco centímetros porque sólo me cubría las zapatillas. La llamé y me respondió desde el dormitorio. Entré a la habitación, hice un paneo con la linterna y la vi sentada, a los pies de la cama, con algo sobre su regazo. Su rostro estaba desolado. Repetía una y otra vez “se mojó, se mojó”. La pieza tenía poca agua, y no afectaba al viejo ropero ni a la mesa de luz o la cómoda porque tenían patas. Apoyé la linterna sobre un mueble de manera que iluminara un poco, y me senté a su lado. La abracé, intenté tranquilizarla, ofreciéndole levantar las cosas para preservarlas del agua. Me miró con tristeza y repitió “se mojó, estaba bajo la cama”. Busqué la linterna, la alumbré y entendí. Sus manos temblorosas acariciaban con ternura… ¡un álbum de fotos!

Subí a los muebles más altos las cosas mojadas, levanté la heladera, que por suerte era pequeña, sobre dos bancos de madera, el lavarropas sobre dos sillas, y llevé a doña Julia a mi departamento, junto con su gato Bandido, para que descansaran en lugar seco. Cuando volvió la luz, con un secador de pelo, estuvimos varias horas secando el álbum y las fotos, que para tranquilidad de la anciana, no se habían dañado. A medida que lo hacía comprendía más y más su angustia. ¡Toda su vida, toda su historia, estaba en ese álbum! “Para ella debe ser como si se me quemara el disco rígido de la computadora”, pensé. “Y tal vez peor, porque son cosas que no se podrían replicar. ¡Mañana mismo, sin falta, hago un backup!”.

El agua bajó al día siguiente. Otras vecinas la ayudaron a limpiar su departamento. El álbum, con algunas arruguitas y ondulaciones, quedó bastante bien. Quedó tan agradecida que una vez por mes, cuando cobraba su pensión, me hacía un bizcochuelo.

Jamás se alejó de mi memoria la triste imagen de Doña Julia, abrazada a su álbum de fotos, chorreando agua. Pasaron muchos años, me mudé varias veces, me fui aviejando por afuera y sigo amontonado recuerdos por adentro, pero desde aquel sábado, nunca, pero nunca más, pude disfrutar la lluvia.

 

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El asalto

El asalto

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Nota del autor:

Este cuento es una especie de secuela del publicado la semana anterior (El viejo). Si bien es una historia que intenta funcionar sola, cambia el narrador y, de alguna manera, viene a cerrar el argumento de El viejo. Sugiero, entonces, leerlo previamente para una mejor comprensión. Muchas gracias.


La justicia, aunque anda

cojeando, rara vez deja

de alcanzar al criminal

en su carrera.
Quinto Horacio Flaco

(Horacio)

—¡Todos quietos! ¡Las manos donde pueda verlas!

Eran cuatro. No identifiqué al que gritó. Dos tenían armas largas. Los otros, pistolas tipo nueve milímetros.  No me sorprendieron. Cuando pararon los autos en la vereda presentí el atraco. Por la forma de estacionar. Entraron muy rápido, no me dieron tiempo a nada. Tampoco pude avisarle a Elena, la administrativa. Ella sí se asustó y empezó a llorar.

—¡Tranquila, levantá las manos despacio! —le dije.

—Venite para acá —la llamó uno con acento paraguayo—. Al suelo los dos.

Mientras me acostaba despacio pude observarlos. El más viejo, como de sesenta y pico, pelo blanco. Otro, de alrededor de treinta y cinco, fornido. Un pibe de veintitantos con el pelo cortado al ras. El morocho que parece paraguayo debe rondar los cuarenta. El segundo me pareció el capo. Los mandó al viejo y al paraguayo al taller.

—Traigan para acá a los que estén en el fondo.

Al rato aparecieron arreando a los cuatro operarios. Los hicieron acostar junto a nosotros y nos pidieron los celulares a todos. El paraguayo arrancó los cables de los teléfonos de línea.

El aserradero está en Camino de Cintura y Ruta 205. Eran las tres de la tarde cuando llegaron. Fridman, el dueño, se había ido al mediodía. Un rato antes que vinieran los de la constructora. Me dejó encargado entregarles el pedido y cobrarle en efectivo. Eran como cuatrocientos cincuenta mil pesos y diez mil dólares. No se entregaba factura.  

El jefe mandó al pibe a cerrar la puerta y dar vuelta el cartel a “Cerrado”.

—¿Quién tiene la llave de la caja? —preguntó el viejo —. Sabemos que recién les entró bastante tela. No se hagan los héroes.

—Yo —dije levantando la mano.

—Levantate despacio y abrila —me dijo señalando la oficina con el caño de la escopeta.

Me levanté despacio y caminé hasta el box del dueño. Cuando llegamos frente a la caja le dije:

—Tengo la llave en el bolsillo. Voy a sacarla. —No quería darle la oportunidad de que pensara que intentaba algo. El tipo sonrió sorprendido y me respondió:

—Dale, tranquilo.

Abrí la caja y me aparté. Él sacó dos bolsos de su mochila y comenzó a llenarlos con los fajos que había en la caja. Revisó una carterita que había en un estante y cuando vio que eran cheques los desechó.

—¿Hay plata en algún otro lado? —me preguntó.

—No, aquí está todo.

Me hizo una seña con el arma y volvimos al salón. Le entregó uno de los bolsos al que parecía el jefe quien le hizo una seña con la mano de pulgar para arriba..

—Salgan en tres minutos le dijo al viejo —mientras se iba con el paraguayo.

El pibe estaba quitándoles las billeteras, relojes y anillos al resto del personal. Me hizo una seña para que le entregara lo mío. Le di mi reloj y el fajo de billetes que llevaba en el bolsillo aclarándole que no uso billetera.

Cuando le tocó el turno a Elena, empezó a tocarla y ella se puso a llorar. El viejo le gritó:

—Dejala pibe. Vinimos a otra cosa.

Se fueron y respiramos todos. Pero habíamos quedado incomunicados.

Mandé a uno de los muchachos al negocio de al lado a que llamara a la policía.

 

Es sábado a la mañana. Estoy con dos de los empleados del taller en la fiscalía de Esteban Echeverría esperando que llegue la fiscal. Nos citaron para una rueda de reconocimiento. El oficial nos contó que ayer varios móviles de la brigada interceptaron a los dos autos a pesar que se habían ido en sentido contrario, deteniendo a los asaltantes. Ahora cuando llegara la fiscal nos iban a presentar distintos grupos de personas para que detrás de un vidrio identificáramos a los detenidos.

Llegó la fiscal y nos hacen pasar de a uno. Yo soy el último.

Entro a un cuarto que tiene una ventana vidriada que da a otra oficina. La fiscal me aclara que del otro lado no pueden verme porque es espejado. En el otro cuarto ingresa un grupo de cinco personas y se paran de frente. La fiscal me dice que me tome mi tiempo y le diga si reconozco a alguien. Miro con calma. El segundo de la derecha es el paraguayo. Lo marco. Salgo por otra puerta. A los operarios que estaban conmigo no los veo. Nos deben separar adrede. La operación se repite dos veces más e identifico al pibe y al que pensé que era el jefe. Le digo a la fiscal que no encuentro en ningún grupo al viejo que sería el cuarto.

—No importa —responde ella—. Creo que el cuarto logró fugar. Muchas gracias por su colaboración. Con esto es suficiente.

 

Me voy para mi casa un poco intranquilo. Si el cuarto está libre ¿correré algún riesgo? Ojalá lo atrapen antes que comience el juicio oral.

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El viejo

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Más sabe el diablo por

viejo que por diablo.

Refrán popular

I

—¿Qué carajo pasó? ¿Cómo nos pudieron sorprender así? —Los gritos de Manolo, acompañados por puñetazos en la mesa nos tiene a todos con las cabezas gachas, incapaces de sostenerle la mirada—. Mejor que piense que fue casualidad a que alguien nos entregó —continua—, porque si llego a enterarme que hubo un buchón entre nosotros y lo descubro, va a lamentar haber nacido.

Manolo es un líder indiscutido. De los treinta y cinco años que tiene, seis los pasó en la cárcel, condenado por robo, homicidio en ocasión de robo, —la empleada de la joyería—,  más una condena adicional por intento de fuga. Salió con libertad condicional hace dos años, mucho antes de lo que le correspondía. Dicen que untó convenientemente a unos fulanos en el juzgado para que le consiguieran el fallo. Me contaron que ahora es más duro e insensible que antes de caer preso.  Con toda la intención de seguir en la misma, apenas pisó la calle, reclutó gente para dedicarse al único laburo que conoce, el afano. A más de uno, por incompetentes, les tuvo que dar la baja anticipada a causa de su obsesión por cuidar todos los detalles y no equivocarse.

Por eso la bronca que está descargando con nosotros en este momento, ante el fracaso de anoche en el restaurante, donde había una mesa de policías comiendo. Cuando empezaron los tiros, los tres que entraron salieron corriendo y rajamos en los dos autos, uno a mi cargo y el otro con Manolo, sin hacerles frente. Él siempre nos dice que sólo nos enfrentemos si estamos acorralados. Algo le hace ruido con esa mesa de policías; de ahí su enojo.

Hace poco más de un año que estoy en la banda. Me trajo el Paraguayo. El Pampa y el Pelado completan el grupo. El Pampa es un tipo jodido, desagradable, de los que no mira a los ojos cuando habla. Ya tuvimos un par de encontronazos. Si bien soy el más viejo del grupo, todavía me da el cuero para ponerle los puntos a cualquiera. El Pelado recién debe haber pasado los veinte. Es hijo de un tipo que Manolo conoció en la cárcel. Es un buen pibe pero anda siempre muy fumado. Siempre le decimos que para salir a laburar hay que estar limpio, con todos los sentidos alertas, pero no sé si nos da bola. Me parece que necesita la droga para darse coraje. Al Paraguayo lo conocí en la villa del Bajo Flores, cuando llegué del sur. Enseguida empecé a meterle mano a los autos que levantaban unos pibes, para hacerme ver, y él no tardó en darse cuenta que sabía de motores y me buscó para conectarme.

—¡A mí me conocés hace una pila de años, Manolo! No sé si todos pueden decir lo mismo —dice el Pampa, haciendo obvia referencia a mí.

—¿Y eso qué garantiza? —pregunto sin mirarlo, y para provocarlo, dirigiéndome a él, le digo— A lo mejor alguien encontró tu precio ahora.

—¡Te voy a cagar a trompadas, hijo de puta! —se levanta como una tromba, haciendo caer su silla hacia atrás.

—Me gustaría que lo intentes —le digo pausadamente mientras me paro—. Sería una buena  oportunidad para que te hagas una dentadura nueva.

—¡Basta! ¡Siéntense los dos! —brama Manolo, golpeando la mesa por enésima vez—. Se terminó la reunión. Salgan de a uno, con intervalos de veinte minutos, ya saben.

Me siento y espero el último turno. Cuando me quedo sólo con Manolo, le digo:

—Si vos querés, se me ocurrió una forma de descubrir si hubo un buchón.

—Te escucho.

Cuando termino de explicarle mi plan, me dice:

—¡Es bueno! Sólo que queda uno afuera…

—¡Sí, claro! Lo que pasa es que nadie está obligado a declarar contra sí mismo.

—¡Siempre tenés una respuesta! —dice sonriendo.

—Para eso uno acumula años. Si no se suma sabiduría también, ¿para qué se vivió?.

II

—Los cité porque hay algo que resolver —dice Manolo, con la voz más grave que de costumbre—. Anoche la brigada abrió un auto, que teníamos estacionado en la cortada que da sobre las vías, en el que, supuestamente, debían estar los fierros para el próximo golpe.  ¿Tenés algo para contarnos Pampa?

—¿Yo? ¿Por qué? ¡Si vos me dijiste que me ibas a avisar cuándo tenía que buscarlo!

—¡Porque eras el único que sabía esa dirección! —grita poniéndose de pie—. Los demás tenían otras direcciones.

—¡Es una trampa! —y dirigiéndose a mí— ¡Vos me la tendiste! ¡Te voy a matar!

Se abalanza e intenta agarrarme del cuello. Me corro de costado dejándolo pasar y le aplico una patada en las costillas haciéndolo caer.

El Pampa se levanta con intenciones de seguirla. Manolo se interpone y le grita fuera de sí:

—¡Basta! ¡Nadie más que vos y yo sabíamos esa dirección!¡Andate! ¡Estás fuera!

El Pampa se levanta, me mira, hace un ademán como de cortarse el cuello y sale. Mirando a los otros dos, Manolo les dice:

—Paraguayo, encárgate de él. Vos, Pelado acompañalo. ¡Con cuidado, que es peligroso!

III

Me sirvo una copa de vino y busco el celular exclusivo que guardo en casa. Creo que tuve un poco de suerte, pero además, el plan que le propuse era bueno. Levantar tres autos, estacionarlos en distintos lugares y pasarle las direcciones a Manolo. Lo que no pude saber es cuál vehículo le asignó a cada uno. El Pelado vino sólo a preguntarme cómo llegar a la dirección que le dio. Al Paraguayo, como creyó que todos teníamos la misma información, le pregunté directamente si conocía la zona. Por la descripción supe cual le tocó. De modo que, por descarte saqué cuál le dio al Pampa.

Hago la llamada. Suena dos veces y atienden.

—Hola, Gutiérrez habla.

—Hola comisario. Soy yo. Tengo los detalles del nuevo golpe.

—¡Ah, bien! Lo escucho.

—Antes quiero agradecerle el operativo en el auto, salió redondo.

—Era fácil. Igual los muchachos se frustraron al no encontrar nada. Yo no les dije que era un cebo. ¿Y lo nuevo?

—Va a ser el viernes, a eso de las 1500 hs, en un aserradero de Camino de Cintura y Ruta 205. Después le paso bien la dirección por WhatsApp. Por lo que se filtró, una constructora va a llevar un pago importante, en efectivo porque es en negro. ¡Por favor! ¡Que sus muchachos no se apuren como en el restaurante! Vamos a estar en dos autos. Yo voy a salir hacia Monte Grande por la 205, y el auto de Manolo hacia la Riccieri por Camino de Cintura. Con que nos esperen un poco más adelante, no va a haber resistencia. El tipo más jodido ya no está.

—Buena data. Tranquilo. Sólo tengo una inquietud personal. ¿Por qué tanta dedicación por un pájaro de poco vuelo?

—Es una historia larga.

—Un jefe que tuve me decía que todo lo que hacen los hombres siempre es por plata o por mujeres.

Alicia, mi hija, me sonríe desde la foto en la pared del cuarto. Sé que en el cielo también estás sonriendo, mi amor. ¡Fue tan injusto que te pasara a vos!  ¡No hacía falta! ¡Ya le habías dado todo lo que había de valor en la joyería! ¡Nada va a hacer que vuelvas, pero al menos este hijo de puta va a estar preso, aunque sea por otra causa!

—Su jefe la sabía lunga, comisario. A lo mejor, algún día, lo charlamos.

 

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Restos del carnaval

Restos del carnaval

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Este lunes, ante la proximidad del Carnaval, vamos a compartir un cuento de la escritora ucraniana-brasileña Clarice Lispector. Si bien nació en Ucrania, cuando la niña tenía dos años sus padres se radicaron en Brasil, primero en Maceió y luego en Recife. A los 10 años falleció su madre y se muda con su padre en Río de Janeiro.

Comenzó a escribir desde muy joven influenciada por escritores brasileños. Luego incursionó en autores extranjeros pero sintiéndose brasileña. Casada con un diplomático viajó y vivió por largos períodos en Europa y Estados Unidos.

Si bien no se consideraba feminista sus textos reflejan su independencia en un mundo que estaba lejos de reconocer a las mujeres en ámbitos distintos de cuidado del hogar y la crianza de los hijos.

Restos del Carnaval

 

No, no del último carnaval. Pero éste, no sé por qué, me transportó a mi infancia y a los miércoles de ceniza en las calles muertas donde revoloteaban despojos de serpentinas y confeti. Una que otra beata, con la cabeza cubierta por un velo, iba a la iglesia, atravesando la calle tan extremadamente vacía que sigue al carnaval. Hasta que llegase el próximo año. Y cuando se acercaba la fiesta, ¿cómo explicar la agitación íntima que me invadía? Como si al fin el mundo, de retoño que era, se abriese en gran rosa escarlata. Como si las calles y las plazas de Recife explicasen al fin para qué las habían construido. Como si voces humanas cantasen finalmente la capacidad de placer que se mantenía secreta en mí. El carnaval era mío, mío.

En la realidad, sin embargo, yo poco participaba. Nunca había ido a un baile infantil, nunca me habían disfrazado. En compensación me dejaban quedar hasta las once de la noche en la puerta, al pie de la escalera del departamento de dos pisos, donde vivíamos, mirando ávidamente cómo se divertían los demás.  Dos cosas preciosas conseguía yo entonces, y las economizaba con avaricia para que me durasen los tres días: un atomizador de perfume, y una bolsa de confeti. Ah, se está poniendo difícil escribir.  Porque siento cómo se me va a ensombrecer el corazón al constatar que, aun incorporándome tan poco a la alegría, tan sedienta estaba yo que en un abrir y cerrar de ojos me transformaba en una niña feliz.

¿Y las máscaras? Tenía miedo, pero era un miedo vital y necesario porque coincidía con la sospecha más profunda de que también el rostro humano era una especie de máscara. Si un enmascarado hablaba conmigo en la puerta al pie de la escalera, de pronto yo entraba en contacto indispensable con mi mundo interior, que no estaba hecho sólo de duendes y príncipes encantados, sino de personas con su propio misterio. Hasta el susto que me daban los enmascarados era, pues, esencial para mí.

No me disfrazaban: en medio de las preocupaciones por la enfermedad de mi madre, a nadie en la casa se le pasaba por la cabeza el carnaval de la pequeña. Pero yo le pedía a una de mis hermanas que me rizara esos cabellos lacios que tanto disgusto me causaban, y al menos durante tres días al año podía jactarme de tener cabellos rizados. En esos tres días, además, mi hermana complacía mi intenso sueño de ser muchacha -yo apenas podía con las ganas de salir de una infancia vulnerable- y me pintaba la boca con pintalabios muy fuerte pasándome el colorete también por las mejillas. Entonces me sentía bonita y femenina, escapaba de la niñez.

Pero hubo un carnaval diferente a los otros. Tan milagroso que yo no lograba creer que me fuese dado tanto; yo, que ya había aprendido a pedir poco. Ocurrió que la madre de una amiga mía había resuelto disfrazar a la hija, y en el figurín el nombre del disfraz era Rosa. Por lo tanto, había comprado hojas y hojas de papel crepé de color rosa, con las cuales, supongo, pretendía imitar los pétalos de una flor. Boquiabierta, yo veía cómo el disfraz iba cobrando forma y creándose poco a poco. Aunque el papel crepé no se pareciese ni de lejos a los pétalos, yo pensaba seriamente que era uno de los disfraces más bonitos que había visto jamás.

Fue entonces cuando, por simple casualidad, sucedió lo inesperado: sobró papel crepé, y mucho. Y la mamá de mi amiga -respondiendo tal vez a mi muda llamada, a mi muda envidia desesperada, o por pura bondad, ya que sobraba papel- decidió hacer para mí también un disfraz de rosa con el material sobrante. Aquel carnaval, pues, yo iba a conseguir por primera vez en la vida lo que siempre había querido: iba a ser otra aunque no yo misma.

Ya los preparativos me atontaban de felicidad. Nunca me había sentido tan ocupada: minuciosamente calculábamos todo con mi amiga, debajo del disfraz nos pondríamos un fondo de manera que, si llovía y el disfraz llegaba a derretirse, por lo menos quedaríamos vestidas hasta cierto punto. (Ante la sola idea de que una lluvia repentina nos dejase, con nuestros pudores femeninos de ocho años, con el fondo en plena calle, nos moríamos de vergüenza; pero no: ¡Dios iba a ayudarnos! ¡No llovería!) En cuanto a que mi disfraz sólo existiera gracias a las sobras de otro, tragué con algún dolor mi orgullo, que siempre había sido feroz, y acepté humildemente lo que el destino me daba de limosna.

¿Pero por qué justamente aquel carnaval, el único de disfraz, tuvo que ser melancólico? El domingo me pusieron los tubos en el pelo por la mañana temprano para que en la tarde los rizos estuvieran firmes. Pero tal era la ansiedad que los minutos no pasaban. ¡Al fin, al fin! Dieron las tres de la tarde: con cuidado, para no rasgar el papel, me vestí de rosa.

Muchas cosas peores que me pasaron ya las he perdonado. Ésta, sin embargo, no puedo entenderla ni siquiera hoy: ¿es irracional el juego de dados de un destino? Es despiadado. Cuando ya estaba vestida de papel crepé todo armado, todavía con los tubos puestos y sin pintalabios ni colorete, de pronto la salud de mi madre empeoró mucho, en casa se produjo un alboroto repentino y me mandaron en seguida a comprar una medicina a la farmacia. Yo fui corriendo vestida de rosa -pero el rostro no llevaba aún la máscara de muchacha que debía cubrir la expuesta vida infantil-, fui corriendo, corriendo, perpleja, atónita, ente serpentinas, confeti y gritos de carnaval. La alegría de los otros me sorprendía.

Cuando horas después en casa se calmó la atmósfera, mi hermana me pintó y me peinó. Pero algo había muerto en mí. Y, como en las historias que había leído, donde las hadas encantaban y desencantaban a las personas, a mí me habían desencantado: ya no era una rosa, había vuelto a ser una simple niña. Bajé la calle; de pie allí no era ya una flor sino un pensativo payaso de labios encarnados. A veces, en mi hambre de sentir el éxtasis, empezaba a ponerme alegre, pero con remordimiento me acordaba del grave estado de mi madre y volvía a morirme.

Sólo horas después llegó la salvación. Y si me apresuré a aferrarme a ella fue por lo mucho que necesitaba salvarme. Un chico de doce años, que para mí ya era un muchacho, ese chico muy guapo se paró frente a mí y con una mezcla de cariño, grosería, broma y sensualidad me cubrió el pelo, ya lacio, de confeti: por un instante permanecimos enfrentados, sonriendo, sin hablar. Y entonces yo, mujercita de ocho años, consideré durante el resto de la noche que al fin alguien me había reconocido; era, sí, una rosa.

Clarice Lispector

“Restos do carnaval”,
Felicidad clandestina, 1971

 

Biografía

Clarice Lispector . De origen ucraniano, Clarice Lispector nació con el nombre de ‘Chaya Pinkhasovna Lispector’ el 10 de diciembre de 1920, en Chechelnik, Ucrania, tercera hija de Pinkhas y Mania Lispector. Murió en Río de Janeiro el 9 de diciembre de 1977 a las diez y media en la mañana, a los 56 años, víctima de un cáncer de ovario.

Es considerada una de las más importantes escritoras brasileñas del siglo XX. Pertenece a la tercera fase del modernismo, el de la Generación del 45 brasileña. De difícil clasificación, ella misma definía su estilo como un «no estilo». Aunque su especialidad ha sido el relato, dejó un legado importante en novelas, entre las que se cuentan La pasión según G. H. y La hora de la estrella, además de una producción menor en libros infantiles, poemas y pintura.

 

 

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