Será justicia

Será justicia

[Total:0    Promedio:0/5]

NOTA DEL COLUMNISTA

Estimados lectores: Por motivos personales tengo que discontinuar mi columna a partir de junio del corriente. He tenido mucho gusto en compartir este tiempo con ustedes. Espero poder volver pronto a participar de este magnífico blog. Como despedida les dejo el que, para mí, es mi mejor relato.

SERA JUSTICIA

Justicia, Justicia Perseguirás

(Deuteronomio 16:20)

I

Se sirvió un vaso de whisky, le puso dos de los tres últimos cubitos de hielo que quedaban en el recipiente y comenzó a llenar su pipa. Mientras la encendía, y las volutas de humo azul se elevaban perfumando el escritorio, Roberto pensó que no había forma de que la nueva mucama entendiera que antes de retirarse debía dejar la hielera llena. Hacía dos meses que trabajaba en la casa y, al fin y al cabo, no eran tantas las cosas que le había señalado como importantes cuando la contrató. Que tuviera el desayuno listo a las siete de la mañana, sus camisas planchadas y colgadas en perchas —no soportaba las camisas con marcas de dobleces—, la cena a las nueve de la noche y los viernes, en el escritorio, café recién hecho y la hielera completa. Para el resto de las tareas de la casa tenía libertad para elegir cómo y cuándo realizarlas. Pero la joven parecía estar siempre en babia. Cuando le llamaba la atención por algo, rehuía la mirada, se disculpaba asegurando que no volvería a suceder, pero al tiempo, indefectiblemente, repetía la falta. Las diferencias con su antecesora eran tan notorias que en varias oportunidades había pensado despedirla, aunque después se compadecía. Perla había trabajado con él casi cuarenta años, desde que era un abogado recién recibido que vivía en una casita modesta de la zona oeste del conurbano, hasta hacía muy poco, cuando le informó que se iba a vivir a Córdoba con su hija. Manejaba con tanta eficiencia la marcha del piso que ocupaba en Recoleta, mucho más acorde a su status actual de juez, que no recordaba cuándo había sido la última vez que le había dado alguna indicación. Pero ahora, desde que estaba Nancy, tenía que estar en todos los detalles.

Apretando la pipa entre sus dientes, tomó la hielera y se dirigió a la cocina. Habrá que darle tiempo, pensó, recién nos estamos conociendo y, por otro lado, tiene a su favor que es muy callada y tranquila. Había llegado desde Villa María recomendada por la hija de Perla. Celosa como era de su trabajo, Perla estuvo con ella dos semanas tratando de prepararla, hasta que, al fin, dio su conformidad. De sólo pensar que si la despedía debía realizar la nueva búsqueda personalmente, se fortalecían sus argumentos a favor de soportarla.

Mientras volvía al escritorio con el hielo reparó que Julián llevaba media hora de retraso. Todos los viernes se juntaban allí a las diez de la noche y el ajedrez era una excusa para hacerse compañía mutuamente. Hacía cinco años que había enviudado, no había tenido hijos y le gustaba mantener su casa al margen de cualquier relación amorosa ocasional. Durante la semana —los días hábiles— su actividad judicial en el fuero penal, lo absorbía por completo, pero cuando dejaba su juzgado los viernes por la tarde necesitaba algo especial para desconectarse. En  el fin de semana, su vida social alternaba entre el club de golf del cual era socio y las cenas en Puerto Madero. Pero la noche del viernes era como una descarga a tierra. Julián era su único amigo y sólo con él se abría sin temores. Julián era sacerdote, por lo que siempre bromeaba: “Mirá que todo lo que te cuento…es secreto de confesión ¿eh?”. Se conocían desde la infancia, y dejaron de verse cuando su amigo entró al Seminario. Mientras Roberto hizo toda su carrera judicial en Buenos Aires, Julián, una vez recibido, fue comisionado por la Iglesia a distintos destinos en el interior del país. Hacía cuatro años, de regreso en Buenos Aires, el cura lo había buscado después de verlo en la televisión por un caso resonante en el que intervino su juzgado. En ese momento, a un año de la muerte de su mujer, fue para Roberto una gran ayuda.

El retraso comenzó a preocuparlo. Sobre todo porque no contestaba el celular. Intentó conformarse con que a lo mejor había tenido un caso espiritual muy complicado, pero en general, si ocurría algo así, por lo menos le enviaba un mensaje. Se preparó otra pipa y encendió el televisor.

II

Nancy terminó temprano sus tareas del viernes porque quería irse antes de que llegara su patrón. Preparó el termo con café y sonrió mientras ponía en la hielera sólo tres cubitos. Ahora que estaba tan cerca de cumplir el plan que la había traído a Buenos Aires, no podía dejar nada librado al azar. Debía seguir representando el papel de “provinciana medio tonta”. Llevó todo al escritorio, se cambió y salió por la puerta de servicio. Llevaba puesta la camperita rosa que usaba habitualmente pero, en su mochila, guardó una campera con capucha que no había usado nunca desde que estaba trabajando para el juez. Lo importante, pensó, era que en las cámaras de seguridad del edificio quedara registrada su salida con esa ropa.

Tomó el colectivo como todos los días, de modo que quedara asentado en la tarjeta Sube su recorrido habitual. Bajó en Plaza Miserere y tomó el tren Sarmiento, pagando nuevamente con la tarjeta —desde el último accidente ferroviario todos pasan sin hacerlo— completando así con su rutina de regreso a casa. La única diferencia fue que, en lugar de llegar hasta la estación Villa Luro, donde está ubicado el departamento de su tía, quien aceptó alojarla “provisoriamente, ¿eh? hasta que encuentres otro lugar”, se bajó en Caballito, la primera estación. Cuando salió del tren ya lucía la campera gris con la capucha puesta. Caminó por García Lorca hacia Rivadavia. Al cruzarla continuó por Emilio Mitre hasta Juan Bautista Alberdi y desde allí pudo ver la cúpula en la esquina de Víctor Martínez. Fue hacia allí y se detuvo frente a la puerta de la Parroquia Santa Julia. Un cosquilleo en el estómago y una leve flojedad en las rodillas denotaban su nerviosismo. Respiró hondo y entro.

III

Julián miró la hora en su reloj fosforescente y se alegró ante la cercanía de la noche de ajedrez, whisky y cigarro cubano en la casa de Roberto. Los viernes no se celebra misa pero el párroco principal había establecido una reunión de oración que le fue asignada al Padre Julián, “premio consuelo al viejo cura a punto de jubilarse que había caído como paracaidista desde el interior hacía cuatro años” solía bromear con el juez en sus encuentros. Al final de la reunión atendía a quienes pedían confesarse. Pacientemente escuchaba a la mujer que se peleaba todas las semanas con “la bruja de mi nuera que me hace la vida imposible”; a la señora mayor, muy maquillada, que conocía cada tanto a un señor muy serio, que después no resultaba ser lo que parecía, lo que le provocaba un lagrimeo que apenas le corría el rimmel, y que finalizaba abruptamente cuando Julián le daba la penitencia. Y otros casos por el estilo. Una vez había tenido un grave caso de violencia familiar, que dio lugar a la intervención del párroco principal para solucionar el tema sin violar el secreto de confesión. Pero lo normal era lo otro. Por eso ahora, en la oscuridad del confesionario, esperaba terminar pronto para poder cambiarse y salir. Deseaba que la señora que estaba escuchando ahora — ¿la estaba escuchando? ¡Perdón Señor!  — fuera la última.

Finalizó con la bendición a la mujer y comenzaba a incorporarse cuando escuchó que alguien más se había instalado al costado del confesionario. Miró por el enrejado labrado y alcanzó a ver sólo el mentón de una mujer, que parecía joven, bajo la capucha de una campera gris. Si bien no alcanzaba a verle el rostro, su aspecto en general no le parecía familiar.

—Buenas tardes hija —le dijo— ¿Eres vecina de esta parroquia?

—No señor, vengo de lejos.

El acento cordobés de la chica lo remontó veinte años atrás. Tenía cuarenta cuando fue destinado a Córdoba y había servido allí por cinco años. Le pareció que estaba un poco tensa así que pensó en alguna frase que la haga sentir confiada y la anime.

—¡Seas bienvenida a la casa de Dios! Si llegaste hasta aquí buscando algo del Señor es porque Él, en realidad, te está buscando y te trajo. ¿Qué tienes para decirle al Señor?

—Vine a cerrar una historia. Tal vez la mía —su voz ahora era firme.

IV

Escuchó entre sueños su celular llamando con insistencia. De a poco recobró la conciencia y comprobó que, efectivamente, sonaba y vibraba sobre su mesa de luz. Se incorporó en la cama y atendió. Del otro lado una voz de hombre dijo:

—Buenos días, soy el fiscal Alberto Martínez. Tengo registrado desde ese celular varios llamados al número —mencionó el teléfono de Julián— ¿Es posible que usted haya hecho esos llamados? Si es tan amable… ¿Puede decirme con quien estoy hablando?

—Hola sí, soy el Juez Roberto Izaguirre. Efectivamente yo hice esos llamados. ¿Puede decirme que está pasando, doctor?

—¡Ah doctor Izaguirre! Disculpe que lo haya molestado tan temprano, pero era imprescindible que lo hiciera. Fueron los últimos llamados que tiene registrado el teléfono del Padre Julián Barrientos, de la Parroquia Santa Julia…

—Sí, sí, doctor. Ya sé que es el celular de Julián —interrumpió Roberto— pero no me dijo porqué está usted realizando esta consulta.

—Sí, tiene razón, doctor. Disculpe. Sólo sabíamos que el número pertenecía a un Roberto. Ante la confirmación de que usted lo conocía, lamento comunicarle que el Padre Julián fue encontrado con un disparo en la cabeza en el interior del templo. En apariencia fue de muy cerca. Falleció en el acto. El arma no se encontró. Cuando usted pueda me gustaría que me reciba. Su conocimiento del occiso va a ser muy importante para mi investigación.

—Cuente con eso doctor. Martínez. Deme un par de horas, y llámeme. No tengo problema en recibirlo en mi casa o en pasar por la fiscalía. Lo que usted considere más oportuno, tratándose de un sábado. ¡Ah! Y cuando sepa quién será el Juez interviniente, por favor, hágamelo saber.

Cuando cortó la llamada su mano estaba temblando. Se sentó en la cama y se preguntó si estaba despierto y esto realmente estaba sucediendo o se trataba de un mal sueño. En su profesión estaba acostumbrado a hechos de violencia, pero esto era diferente, ahora se trataba de su amigo. El nudo que tenía en la garganta se fue desatando en sollozos y durante un largo rato dio rienda suelta a la sensación de angustia que lo oprimía. Nunca imaginó la noche anterior, cuando no le respondía los llamados, que algo así pudiera ocurrirle a Julián. Si bien no contaba muchas cosas de su trabajo en la iglesia —era muy reservado— pensó que si hubiera tenido algún problema con alguien se lo habría comentado. Decidió darse una ducha y estar un poco más recompuesto para esperar la llamada del fiscal y poder ponerse al tanto de todo lo sucedido cuanto antes.

V

Jueves por la noche. Sentado en el desayunador de la cocina, Roberto se estaba preparando un trago. Había pasado casi una semana sin que se produjera ningún avance en la investigación del crimen de Julián. Se había reunido dos veces con el fiscal y el juez de la causa, pero nada había sacado en limpio. Había leído varias veces el expediente y lo único concreto era lo referente al hallazgo del cadáver: El sacristán cerró el templo el viernes a la noche, cuando ya no quedaba nadie en el edificio. No había visto al Padre Julián, pero como acostumbraba salir todos los viernes, pensó que ya se había ido. El sábado por la mañana, después de abrir el templo, volvía por el pasillo del confesionario, y le llamó la atención un manchón líquido y oscuro que salía por debajo de la puerta. Su impresión fue mayúscula cuando, al abrirla encontró el cuerpo del sacerdote, sentado, con la cabeza recostada hacia atrás, y un reguero de sangre que bajaba por el lado izquierdo de su rostro, empapaba la sotana y corría por el piso. Pasado el primer momento de shock, salió gritando hacia la calle pidiendo socorro. El policía de la esquina de Emilio Mitre y Alberdi lo escuchó gritar y corrió pensando en un asalto. Cuando llegó hasta la puerta de la capilla, y preguntó qué pasaba, el hombre estaba tan nervioso que apenas se le entendía lo que balbuceaba. Como señalaba hacia adentro, ingresó con él y al llegar al lugar comprendió el motivo del estado del sacristán. El cuerpo presentaba un impacto de bala a la altura del temporal derecho con orificio de salida por el occipital izquierdo. No había otros signos de violencia. El agente llamó a la comisaría y el principal de guardia dio el aviso a la fiscalía de turno. Desde entonces nada nuevo había aparecido, salvo que el deceso se había producido entre catorce y dieciocho horas antes del hallazgo, ocurrido a las once horas del sábado, lo que establecía que el hecho había ocurrido entre las diecisiete y las veintiuna horas del viernes. Teniendo en cuenta que la reunión de oración finalizó a las diecinueve, y estuvo a cargo del occiso, el óbito se produjo entre las diecinueve y las veintiuna horas. El fiscal mandó revisar las cámaras de las inmediaciones, pero lamentablemente ninguna tomaba directamente la puerta de la capilla, de modo que se pudiera determinar quienes entraron y salieron. Con la ayuda del sacristán se logró ubicar algunos de los fieles que participaron de la reunión esa noche para ver si era posible encontrar una punta del ovillo que permitiera desentrañar la madeja. Pero nadie había observado nada fuera de lo común y no pudo sacarse nada en claro. El móvil del crimen seguía siendo un misterio. Alguien mencionó que el sacerdote había intervenido en un caso de violencia familiar hace bastante tiempo, pero cuando se siguió esa pista se confirmó que el acusado en esa oportunidad residía desde hace varios años en la Provincia del Chaco y que había estado en su domicilio la tarde del suceso. Roberto había sugerido al fiscal que investigara si Julián atendía algún caso de drogadicción. Muchas veces los transas se cobran la pérdida de clientes a causa del accionar de aquellos que se ocupan de rescatar adictos. Esto tampoco produjo resultados.

El timbre lo sacó de sus pensamientos. Del servicio de seguridad le avisaban que había llegado el delivery solicitado. Roberto dio la autorización para que suba. Desde el martes debía arreglárselas sólo en la casa ya que el día lunes, cuando debía reintegrarse Nancy a su trabajo, vino con la novedad de que se volvía a su provincia, que extrañaba mucho y no se acostumbraba a Buenos Aires. Reconoció que no había sido muy eficiente en su trabajo y le pidió perdón por eso, pero que no podía prestar más atención. Que ese había sido siempre su problema. Cuando se enteró de lo que había pasado con su amigo, le había dado el pésame respetuosamente, aunque no lo conocía ya que los días viernes se retiraba más temprano que los otros días y no volvía hasta el lunes. Roberto tenía sentimientos encontrados sobre esta decisión. Por un lado un cierto alivio, ya que la chica, en realidad, no era eficiente, y le daba un poco de culpa despedirla, por su recomendación. Por otro lado era un problema ponerse a buscar empleada. Pero como la chica se mostró muy decidida, no hizo ningún esfuerzo para retenerla. Sonó el timbre del departamento, recibió la comida, pagó con cambio, incluyendo la propina, y se sirvió el lomo a la pimienta con papas noisette que había encargado.

VI

Despachó su equipaje, subió al micro que la llevaría a Villa María, y buscó su asiento. Se alegró de que le tocara uno individual. No tenía ganas ni ánimo para que alguien intentara darle conversación. Recostó el asiento hacia atrás y cerró los ojos. Había soñado mucho con este momento, pero ahora, con todo consumado, no sentía la tranquilidad que había esperado tener. Las heridas del pasado seguían abiertas, aún después de que la historia se había cerrado, según el propósito que la había traído a Buenos Aires.

Y todo se había dado por casualidad, en las calurosas tardes de enero del año anterior, tomando mate en la casa de su amiga Sofía junto con Perla, la madre de ella, que estaba de vacaciones. Le fascinaba escuchar las experiencias de Perla en Buenos Aires, donde nunca había estado. Sofía, en cambio, había nacido en Buenos Aires, pero al cumplir quince años había ido a vivir con su abuela. Hoy, con treinta años, se había casado y tenía tres hijos. Nancy con veintiocho, nunca había logrado formalizar una pareja, ni mientras vivía su madre, ni después de fallecida, ocho años atrás, por lo que no podía culparla.

Perla trabajaba en la casa de un abogado, ahora juez, desde hacía más de cuarenta años, quien le había permitido vivir en la casa con Sofía, después de su nacimiento hasta que la joven había decidido volver a Córdoba. Hacía unos años había quedado viudo, y como ya le conocía tanto los gustos, le daba total libertad para manejar la casa a su antojo.

Una de las tardes, mientras Perla hacía unas tortas fritas para tomar el mate, contó como al pasar, que el juez nunca recibía a nadie en su casa, a excepción de su amigo el cura, Julián dijo que se llamaba y agregó que alguna vez había estado en Villa María. Nancy quedó petrificada. El corazón casi se le saltaba del pecho. Tratando de aparentar tranquilidad, con el tono más sereno que pudo, preguntó:

—¿Ah sí? ¿Y cuánto hace que estuvo por aquí?

—Y…hará unos veinte o veintidós años, creo que me dijo, una vez que conversamos.

Un frío corrió por la espina dorsal de Nancy, pero no hizo más comentarios y el asunto se cerró allí. Los días que siguieron no volvieron a tocar el tema. Pero en la cabeza de Nancy un plan había comenzado a tomar forma.

Perla ya había vuelto a Buenos Aires cuando, en una charla que pretendía ser informal, Nancy le preguntó a Sofía:

—¿Consideraste alguna vez que tu mamá podría jubilarse?

—¿Te parece? —respondió Sofía— no creo que quiera…

—¿Cuántos años hace que está trabajando? Me parece que merece disfrutar un poco. Además, la edad ya la tiene y con la moratoria previsional que se aprobó hace un tiempo, para aquellos que no tienen todos los años de servicio requeridos, podría obtener la jubilación. Pensá cómo disfrutaría de sus nietos si se volviera para acá.

La idea prendió en Sofía, quien comenzó a tratar de convencer a su madre. Al principio se resistió, pero con el correr de los meses, la idea empezó a gustarle a Perla. Lo único que la preocupaba era dejar en  banda al señor —como ella le decía— después de tantos años juntos. Allí Nancy puso en marcha el segundo paso del plan: se ofreció para reemplazarla. Todo cerró a la perfección. Perla decidió iniciar los trámites de su jubilación después del mes de enero, y así fue que en mayo de este año comenzó su “entrenamiento” con Perla en la casa del juez.

 

El micro hizo una parada en San Isidro para levantar más pasajeros y eso la sacó de sus pensamientos. Después la azafata de a bordo repartió unas bandejitas con galletitas y sirvió café en los clásicos vasitos descartables que, cuando uno lo recibe, se quema los dedos hasta el hueso.

Cuando finalmente se apagaron las luces del micro, y afuera el verde se había transformado en negro, reclinó otra vez el asiento hacia atrás y sus pensamientos volvieron a la noche del viernes.

—Vine a cerrar una historia Tal vez la mía —le había dicho.

—A veces es necesario cerrar cosas que quedaron inconclusas —respondió el cura— ¿Cómo te puedo ayudar?

—Eso depende.

—Depende ¿de qué?

—De que esté dispuesto a escucharme hasta el final.

—Adelante. Te escucho.

—Todo comenzó cuando tenía seis años. Mi madre trabajaba limpiando casas. Muchas veces me llevaba con ella. Nunca tuve padre ni otros familiares así que no tenía con quien dejarme, salvo en el momento en que estaba en el colegio. Así yo recorría casi todas las casas de familia que la empleaban. Un día llegó al pueblo un cura nuevo, y como mi madre no dejaba de ir a misa todos los domingos, cuando él se enteró que ella hacía trabajos domésticos la contrató.

—¿Vos sos…?

—Sí, la nena que llevabas a tu cuarto “a contarle cuentos” —estas últimas palabras fueron pronunciadas con tono sarcástico— que tocabas sin escrúpulos en una forma que yo no entendía —su voz comenzó a entrecortarse en sollozos— y que justificabas diciendo que eran formas de demostrar cariño.

—Yo no quería hacerte daño…

—¡Pero lo hiciste hijo de puta! —el llanto ahora era incontenible— ¡Me abusaste durante dos años! ¡Nunca más pude soportar que un hombre me toque!

—¡Te pido perdón! ¿Qué puedo hacer para reparar mi debilidad?

—¿Debilidad? ¡Basura! ¿Te querés justificar en tu debilidad? ¡Yo era una nena de seis años!…Comenzaste a matarla a esa edad…

Recordó cómo mientras hablaba, se dirigió a la puerta de entrada del confesionario. También cómo vio a Julián, derrumbado en el asiento de madera. Él también lloraba.

—¡Primero pensé en denunciarte! ¡Te quería ver en la cárcel! Pero tener que revivir toda la historia en un tribunal con el riesgo de que me digan: «prescribió», te soltaran y me quedara sólo con mi vergüenza, me hizo desistir.

En la oscuridad del micro, con los ojos cerrados, su pulso se aceleró, como esa noche cuando buscó algo en su mochila y le gritó:

—¡Entonces decidí matarte! Llegué hasta aquí para eso… ¡Y, ahora que puedo, no tengo el valor! ¡Hacerlo no me va a sacar todo el dolor acumulado! Así que…tomá —le dijo mientras le alcanzaba, tomándola por el cañón, la pistola que acaba de sacar—. Librate de todo…matame y terminá con mi agonía…

Julián estaba azorado. Lentamente tomó por la empuñadura la pistola que Nancy le ofrecía. Ella cerró los ojos esperando el final y el estampido le hizo pegar un salto. Abrió los ojos. Él estaba derrumbado hacía atrás con un chichón sanguinolento sobre su sien derecha. Levantó la pistola y salió rápidamente. En la iglesia ya no quedaba nadie.

El micro entraba en la ciudad de Villa María.

El clis de sol

El clis de sol

[Total:0    Promedio:0/5]

MANUEL GONZÁLEZ ZELEDON (MAGÓN)

Al publicarse esta columna estaremos a dos días de rememorar los 83 años de la muerte de este escritor.

Si hablamos de Magón, —seudónimo formado por una contracción de su nombre y apellido—, pensamos en relatos en el que sobresalen las costumbres y formas de hablar del pueblo costarricense. Si bien él pertenecía a una clase acomodada, media alta, parte de la oligarquía que, en general, en toda América y en esa época, —¿y por qué no ahora? —, eran preponderantes en influencias sobre los gobiernos, su estadía en Colombia lo puso en contacto con las tendencias más renovadoras de la literatura local. De vuelta en su país comenzó a explorar con sus relatos y cuadros costumbristas en medios de comunicación y publicaciones literarias, al mismo tiempo que realizaba tareas político administrativas en el gobierno. Más adelante enemistado con las autoridades de su país solicitó su traslado a Estados Unidos, desde donde, junto con sus actividades diplomáticas realizó una extensa producción literaria.

El cuento que sigue es una muestra cabal de lo que intentamos explicar sobre el estilo costumbrista.

EL CLIS DE SOL

No es cuento, es una historia que sale de mi pluma como ha ido brotando de los labios de ñor Cornelio Cacheda, que es un buen amigo de tantos como tengo por esos campos de Dios. Me la refirió hará cinco meses, y tanto me sorprendió la maravilla que juzgo una acción criminal el no comunicarla para que los sabios y los observadores estudien el caso con el detenimiento que se merece. Podría tal vez entrar en un análisis serio del asunto, pero me reservo para cuando haya oído las opiniones de mis lectores. Va, pues, monda y lironda, la consabida maravilla. Ñor Cornelio vino a verme y trajo consigo un par de niñas de dos años y medio de edad, nacidas de una sola “camada” como él dice, llamadas María de los Dolores y María del Pilar, ambas rubias como una espiga, blancas y rosadas como durazno maduro y lindas como si fueran “imágenes”, según la expresión de ñor Cornelio. Contrastaban la belleza infantil de las gemelas con la sincera incorrección de los rasgos fisonómicos de ñor Cornelio, feo si los hay, moreno subido y tosco hasta lo sucio de las uñas y lo rajado de los talones. Naturalmente se me ocurrió en el acto preguntarle por el progenitor feliz de aquel par de boquirrubias. El viejo se chilló de orgullo, retorció la jetaza de pejibaye rayado, se limpió las babas con el revés de la peluda mano y contestó:

—¡Pos yo soy el tata, más que sea feo el decilo! No se parecen a yo, pero es que la mama no es tan pior, y pal gran poder de mi Dios no hay nada imposible.

—Pero dígame, ñor Cornelio ¿su mujer es rubia, o alguno de los abuelos era así como las chiquitas?

—No, señor; en toda la familia no ha habido ninguno gato ni canelo; todos hemos sido acholaos.

—Y entonces, ¿cómo se explica usted que las niñas hayan nacido con ese pelo y esos colores?

El viejo soltó una estrepitosa carcajada, se enjarró y me lazó una mirada de soberano desdén.

—¿De qué se ríe, ñor Cornelio?

—¿Pos no había de rirme, don Magón, cuando veo que un probe inorante como yo, un campiruso pión, sabe más que un hombre como usté que todos dicen qu’es tan sabido, tan leido y que hasta hace leyes onde el Presidente con los menistros?

—A ver, explíqueme eso.

—Hora verá lo que jue.

Ñor Cornelio sacó de las alforjas un buen pedazo de sobado, dio un trozo a cada chiquilla, arrimó un taburete, en el que se dejó caer satisfecho de su próximo triunfo, se sonó estrepitosamente las narices, tapando cada una de las ventanas con el índice respectivo, restregó con la planta de la pataza derecha limpiando el piso, se enjugó con el revés de la chaqueta y principió su explicación en estos términos:

—Usté sabe que hora en marzo hizo tres años que hubo un clis de sol en que se oscureció el sol en todo el medio; bueno, pues, como unos veinte días antes Lina, mi mujer, salió habelitada de esas chiquillas. Dende ese entonces le cogió un desasosiego tan grande que aquello era cajeta: no había cómo atajala, se salía de la casa de día y de noche, siempre ispiando pal cielo; se iba al solar, a la quebrada, al charralillo del cerco, y siempre con aquel capricho y aquel mal que no había descanso ni más remedio que dejala a gusto. Ella había sido siempre muy antojada en todos los partos. Vea, cuando nació el mayor jue lo mesmo; conque una noche me dispertó tarde de la noche y m’hizo ir a buscarle cojoyos de cirgüelo macho. Pior era que juera a nacer la criatura con la boca abierta. Le truje los cojoyos; endespués otros antojos, pero nunca la llegué a ver tan desasosegada como con estas chiquitas. Pos hora verá, como l’iba diciendo, le cogió por ver pal cielo día y noche, y el día del clis de sol, qu’estaba yo en la montaña apiando un palo pa un eleje, es qu’estuvo ispiando el sol en el breñalillo del cerco dende buena mañana. Pa no cansalo con el cuento, así siguió hasta que nacieron las muchachitas estas. No le niego que a yo se m’hizo cuesta arriba el velas tan canelas y tan gatas, pero dende entonces parece que hubieran traído la bendición de Dios. La mestra me las quiere y les cuese la ropa, el Político les da sus cincos, el Cura me las pide pa paralas con naguas de puros linoses y antejuelas en el altar pal Corpus y pa los días de la Semana Santa, las sacan en la procesión arrimadas al Nazareno y al Santo Sepulcro; pa la Nochebuena las mudan con muy bonitos vestidos y las ponen en el portal junto a las Tres Divinas. Y todos los costos son de bolsa de los mantenedores, y siempre les dan su medio escudo, gu bien su papel de a peso, gu otra buena regalía. ¡Bendito sea mi Dios que las jue a sacar pa su servicio de un tata tan feo como yo…! Lina hasta que está culeca con sus chiquillas, y dionde que aguanta que no se las alabancén. Ya ha tenido sus buenos pleitos con curtidas del vecindario por las malvadas gatas.

Interrumpí a ñor Cornelio, temeroso de que el panegírico no tuviera fin, y lo hice volver al carril abandonado.

—Bien, ¿pero idiái?

—¿Idiái qué? ¿Pos no ve que jue por haber ispiao la mama el clis de sol por lo que son canelas? ¿Usté no sabía eso?

—No lo sabía, y me sorprende que usted lo hubiera adivinado sin tener ninguna instrucción.

—Pa que engañalo, don Magón. Yo no jui el que adevinó el busiles. ¿Usté conoce a un mestro italiano que hizo la torre de la iglesia de la villa: un hombre gato, pelo colorao, muy blanco y muy macizo que come en casa dende hace cuatro años?

—No, ñor Cornelio.

—Pos él jue el que m’explicó la cosa del clis de sol.

 

Biografía: Nació el 24 de diciembre de 1864 en San José, Costa Rica y falleció en su ciudad natal el 29 de Mayo de 1936. Abogado, periodista, narrador y diplomático, se destacó, en el aspecto literario, como el iniciador de la literatura costumbrista en su país. Fue vicecónsul en la legación costarricense en Bogotá. Más adelante fue cónsul en Nueva York y también Encargado de Negocios en Washington representando a su país, y regresó a Costa Rica poco antes de su muerte.

El viaje

El viaje

[Total:0    Promedio:0/5]

Nuestro destino nunca es un lugar

Sino una nueva manera de ver las cosas.

Henry Miller

 

Hace más de una hora que la tormenta se descarga con toda su furia. Las ráfagas de viento sacuden el auto como si algo lo golpeara de costado. El limpiaparabrisas, en su máxima velocidad, no alcanza a sacar toda el agua que cae, lo que dificulta más la visibilidad, agravado por el hecho de que, dentro de la cabina, aún con la calefacción prendida, los vidrios se empañan. No me gusta manejar con lluvia y menos si estoy en ruta. No me gusta manejar de noche, pero lamentablemente ya oscureció y a los dos costados todo se ve negro. Apenas con el reflejo del faro derecho sobre el agua acumulada en la banquina adivino el curso del camino. “Hay tantas cosas que no me gustan pero igual tengo que hacerlas”, pienso y me suena tan a frase hecha que sonrío, pensando que mi profesor del Rojas me diría que no hay que usarla en un relato. Limpio con el trapo rejilla los cristales pero es inútil, todo sigue viéndose borroso. No hay un puto lugar donde parar en esta ruta de mierda. Desde que salí de Bahía Blanca que no vi ni una estación de servicio para poder hacer un alto y esperar que escampe. Y los camiones siguen pasando como si estuvieran en una autopista de cinco carriles de una sola mano y no en una ruta de doble mano de un solo carril. Cada vez que me pasa uno desde atrás, o de frente por la mano contraria, tengo que apretar fuerte el volante para no irme al carajo por la forma en que se sacude el auto. Debe faltar poco para Tres Arroyos. Cuando llegue voy a entrar y pasaré la noche allí. Y por si todo esto fuera poco, no estoy viajando sólo.

Miro por el espejo y veo que Lidia se durmió en el asiento de atrás. ¿Era Lidia? ¿O Elida? Creo que el “alemán” me está alcanzando. Lleva su bebé calzado en una guagüita y la obligué a ponerse el cinturón de seguridad que los sostenga a los dos. Lo único que me falta es tener un accidente y cargar con la culpa que les pase algo. Yo debo ser muy pelotudo porque apenas la conozco y ya me siento responsable de los dos. En realidad hace sólo tres horas que la conozco y todo lo que sé de ella es lo que me contó. Sí, definitivamente soy un pelotudo. ¿Cómo me meto en estos quilombos? Pero no la podía dejar en banda. Repaso todo lo ocurrido para convencerme si podría haber hecho otra cosa.

 

Estaba llegando a Bahía Blanca a media tarde. Había salido después del mediodía de Viedma, y unos 50 km antes de Bahía comenzó a lloviznar. Al entrar a la ciudad ya llovía bastante fuerte. Si no hubiera tenido que visitar un cliente en el centro habría seguido por el Camino Parque Sesquicentenario que bordea el casco urbano y continúa por la ruta 3 hacia el norte. Pero tenía que pasar por un negocio de balanzas, en la calle Caseros al 2200, para entregarle unos repuestos. El local queda a dos cuadras del estadio del Club Villa Mitre, que juega en el Torneo Argentino A, por lo que dejé el auto, como siempre, en la estación de servicio de Maipú, la paralela a Caseros y Punta Alta, a una cuadra de mi destino. El playero me saludó con la mano desde lejos y me hizo alguna broma, que no entendí, sobre la lluvia. Debía haber cubierto las dos cuadras corriendo para no mojarme tanto, pero los kilos y los años disminuyeron mi capacidad de hacerlo, así que disfruté mojarme, mientras caminaba hasta el negocio. Mis treinta y tantos años de viajante me han dado una relación casi de amistad con muchos de mis clientes. Algunos se enojan cuando elijo dormir en el hotel si tengo que pasar la noche en la ciudad, y no acepto quedarme en su casa, cosa que agradezco de corazón, pero privilegio mi intimidad. En ocasiones voy a cenar con ellos, como me ofreció esta tarde el Turco Asef, cuando me vio llegar todo mojado, después de agradecer que le haya alcanzado los repuestos en medio de la tormenta.

—Te agradezco Turco —le dije— pero quiero llegar a Buenos Aires cuanto antes, porque le prometí a mi hijo acompañarlo a la cancha de River el domingo.

De haber imaginado que la tormenta sería tan fuerte, habría aceptado la invitación y seguro estaría durmiendo en Bahía Blanca en este momento y no en medio de la ruta. Y tampoco me hubiera pasado todo lo demás.

Hacía muchos años, tal vez más de quince, que no tenía apuro por llegar a Buenos Aires. Los primeros años, cuando todavía estaba casado, me esforzaba por llegar. A medida que fue pasando el tiempo, y se multiplicaban las quejas de mi mujer porque “siempre estoy sola para todo”, “nunca estas cuando el nene está enfermo”, “ni sabés como va en el colegio”, y otras por el estilo. Cosas que eran ciertas, pero así era mi trabajo; así me había conocido y era lo que mejor sabía hacer. No me imaginaba trabajando en una oficina, sentado en un escritorio. Y un día, cuando mi hijo promediaba el secundario, me dijo que ya no soportaba más, que quería separarse, que…creo que había más razones imputables a mí. La causa principal, a mi entender, era que hacía un tiempo salía con un compañero de trabajo, y al poco tiempo se fue a vivir con él. Por eso, había sido una grata sorpresa que el fin de semana pasado, me haya llamado mi hijo y me dijera:

—¡Hola viejo! ¿Vas a estar en Buenos Aires el domingo próximo? ¿Querés acompañarme a la cancha?

Cuando salí del negocio, la lluvia seguía siendo copiosa. Caminé hasta la estación de servicio y estaba llegando al auto, cuando une voz de mujer me dijo:

—Señor…¿usted es el viajante?

Si la pregunta me causó sorpresa, mucho mas desconcierto me produjo, al darme vuelta, la presencia de la mujer, empapada, y tapando con un plástico algo que llevaba en sus brazos. Morocha, de pelo largo que, muy mojado, caía sobre sus hombros. Calculé que tendría unos 35 o 36 años, vestía jean y campera azul y, sin ser muy llamativa, era bonita.

—¿Quién pregunta? —le dije— ¿Nos conocemos?

—No señor, mi nombre es Lidia —(¿o dijo Elida?)— Necesito que me ayude

—Disculpame pero estoy al final de mi viaje y ya no tengo efectivo conmigo. ¿Como sabías que soy viajante?

—¡No señor! ¡No es plata lo que quiero! Necesito que me lleve. El playero de aquí me dijo que usted era viajante. ¡Por favor, señor!

El playero, pensé en ese momento, cuando lo agarre le voy a pegar una patada en las bolas. La próxima me va a entregar a los chorros.

—Vení —le dije señalando el minimercado de la estación de servicio— vamos a hablar bajo techo.

—Sí, claro —dijo, y comenzamos a caminar. Cuando estuvimos resguardados, todas las preguntas se amontonaban en mi boca.

—¿Por qué a mi? ¿Dónde querés que te lleve? ¿Qué llevás ahí?

—¡Es mi beba! —y comenzó a llorar— ¡Por favor, lléveme! ¡Donde sea! ¡Lejos de aquí!

—¡No! ¿Cómo te voy a llevar? ¿Porqué yo, si ni me conoces? ¡Y con una beba!

—¡Por favor! Una compañera me dijo una vez que si lograba salir le pidiera ayuda a un viajante porque son buena gente. Por eso le pregunté al playero si había algún viajante por aquí en este momento y me señaló su auto.

—¡Pará, pará, pará! Eso que los viajantes son buena gente, no lo escuché jamás. Como en todas las actividades hay de todo…pero dijiste: si lograba salir…¿Si lograbas salir de donde?

Se quedó mirando el piso, en silencio. Reiteré mi pregunta

—¿Si lograbas salir de donde te pregunté?

—De una casa de chicas —dijo con voz apagada— Ya no recuerdo cuanto hace que me tienen allí. No nos dejan salir nunca. Tienen nuestros documentos. Es una pareja que maneja todo. Somos unas doce chicas que trabajamos allí. Yo aproveché que me llevaron al hospital por mi beba y me pude escapar. Pero seguro me están buscando.

Lo que pensé que sería un mangazo nomás, se estaba transformando en algo más complicado.

—¿Y porqué no vas a la policía mejor, en lugar de escaparte?

—¿La policía? Son los principales clientes del lugar. Me volverían a llevar allí. ¡Por favor!, ¡Si me encuentran me van a pegar, y me van sacar la nena!

—Dejame pensar —le dije, mientras en mi cabeza luchaban a brazo partido el sentido común, que me decía: “subite al auto y andate de una vez”, con mi sentido de responsabilidad social, que gritaba: “no podes dejarla en banda”

—¿Tenés tu documento con vos?

—No

—¿Y el de la nena?

—Tampoco

—Si nos paran vamos a tener problemas…

—¿Entonces me lleva? —preguntó secándose las lagrimas con una mano, mientras una sonrisa le iluminaba el rostro— ¡Gracias! —y con el brazo libre me tomó del cuello y me dio un beso en la mejilla—. Ni siquiera sé cómo se llama…

—Jorge. Vamos antes que me arrepienta.

—Sé que es mucho, pero ¿puedo pedirle un favorcito más? —preguntó mientras subíamos al auto.

—¡Y bueno! ¡Dale! Pero sentate atrás y ponete el cinturón de seguridad, de manera que también la nena esté sostenida. ¿Qué otra cosa?

—¿Me puede parar en un supermercado antes de salir de la ciudad? Necesito comprar pañales y leche para la bebé.

—¿No le das teta? ¡Ah! Y por favor, ¡tuteáme!

—Bueno, voy a intentarlo. No, no tengo leche. La doctora me dijo que podía ser por mala alimentación. Pero hay una leche en polvo que es como leche materna.

Salimos de la estación de servicio y tomé Brown otra vez hacia el centro hasta Carrefour. Cuando llegamos me dijo:

— ¿Te puedo dejar la beba en el asiento mientras voy a comprar?

—Sí, dale. Tomá —y le dí doscientos pesos para que comprara.

Apenas se bajó del auto, la beba empezó a llorar. Lo único que me faltaba, pensé. Después de un rato comencé a pensar si volvería. ¿Y si no aparece más? ¿Qué hago con la beba? Por eso sentí alivio cuando la vi llegar con dos bolsos. Me dio la cuenta y el vuelto y le cambió los pañales a la beba. Después le preparó una mamadera con todo los elementos que había comprado, incluyendo la mamadera misma, y la llevó a entibiar al barcito del supermercado. ¡Ah! Y también compró empanadas para nosotros.

 

No me cabe duda que soy un pelotudo, sobre todo porque si me volviera a pasar, volvería a hacer lo mismo. Aun a riesgo de que me alcance el rufián, que seguro la debe estar buscando, y me haga pagar la cuenta.

Hace un rato pasamos el peaje así que calculo que en media hora más llegamos a Tres Arroyos. No voy a ir al Parque Hotel, donde paro siempre. No quiero que piensen otra cosa y después siempre me gasten cuando pase por ahí. Voy a ir al Andrea Hotel, que también hacen precio a viajantes y lo renovaron dejándolo muy lindo.

 

Ya pasó una hora y media desde que nos alojamos en el hotel. Elegí una habitación doble, así tenemos camas separadas. Como habíamos comido las empanadas con una gaseosa que Lidia —ahora confirmé que es Lidia— había comprado, nos vinimos derecho a la habitación. Le cambió los pañales a la beba, y le dio otra mamadera que entibiamos con el agua caliente en el baño. Mientras ella le daba la mamadera me fui a dar una ducha. De puro desconfiado que soy, sin que lo notara, puse mi riñonera en mi maletín, que tiene cierre con clave. ¡Uno nunca sabe! Cuando salí del baño, usando por primera vez en este viaje mi pijama, me senté en una de las camas y saqué el libro de cuentos que estoy leyendo, pero la verdad es que no me puedo concentrar en la lectura. Lidia se fue a duchar y la beba está dormida en el otra cama protegida entre dos almohadas. Ahora me doy cuenta que no sé cómo se llama. Nunca le pregunté el nombre de la beba. Cuando salga le voy a preguntar, sólo por cortesía, porque después, seguro, no me voy a acordar. Como Lidia no tiene ropa con ella, le presté una camisa mía para que use como camisón. Claro que entran dos Lidias en mi camisa, pero…es lo que hay.

Escucho que se cierra la ducha, seguro está por salir, así que simulo estar concentrado en mi libro. Sin embargo no puedo dejar de espiar por el rabillo del ojo la puerta del baño.

— ¡Que buena es una ducha caliente después de tanta mojadura! —dice mientras se seca el pelo con la toalla chica— Me queda un poco grande tu camisa —se ríe.

Levanto la vista del libro y la miro. Es verdad, pienso, la prenda le queda grande pero igual se adivinan sus formas por debajo. Tiene los dos primeros botones desabrochados. ¿Qué le puedo contestar que no delate mis pensamientos?

—Y sí. No es fácil hacer una dieta estando siempre de viaje y comiendo cualquier cosa.

—No lo decía por eso, vos estas muy bien —vuelve a reírse.

—Ahora agregá: “para la edad que tenés” y la completas.

—¡No malo! No quiero decir eso —responde después de la carcajada— ¿Tenés un cepillo para prestarme?

Busco en mi botiquín y se lo alcanzo. Vuelca todo el pelo hacia el costado derecho y comienza a cepillarlo inclinando la cabeza, dejando al descubierto todo su cuello y parte del hombro izquierdo. Trato de poner mi atención en el libro otra vez.

—¿Se portó bien mi princesa?

—Sí, durmió todo el tiempo. A propósito… ¿Cómo se llama?

—Gladys

—Es muy chiquita. ¿Cuánto tiempo tiene?

—Un mes y medio

Se acerca a mi cama y extendiendo el cepillo me dice:

—¿Podés cepillarme de atrás, que no alcanzo?

Se sienta en mi cama dándome la espalda y comienzo con el cepillado. Con mi mano izquierda levanto su cabello y mis dedos rozan el costado de su rostro, su cuello, su oreja.  Con la mano derecha paso el cepillo, hasta la mitad de su espalda. Después cambio de mano y repito del otro lado. Siento que mis pulsaciones aumentan como si estuviera en una ergometría.

—Sos muy bueno —dice.

—No, soy como cualquiera. Con muchas cosas malas y algunas buenas. No te creas eso que te dijeron sobre los viajantes.

Se da vuelta y pasa sus dos brazos alrededor de mi cuello.

—No me importan los demás. Vos sos muy bueno.

Mi primer impulso es abrazarla y besarla. Pero temo estar aprovechándome de su situación de desamparo.

—¡Pará, pará! —le digo— No hace falta que hagas esto. Lo hago de onda, sin intenciones secundarias.

—No lo estoy haciendo por agradecimiento. Lo hago porque quiero hacerlo. ¿No te gusto? ¡Ah claro! A lo mejor por quien soy… —dice bajando los brazos.

Entonces la tomo de la cintura y la aprieto contra mi pecho hasta que puedo sentir el calor de su aliento.

—¡No tengo prejuicios hermosa! Sólo quería estar seguro que no lo hacías por obligación.

Nos besamos con pasión, sacándonos la ropa uno a otro, y abrazándonos hasta que en el contacto nuestra piel parece fundirse.

—¡Pará, pará! —digo de repente— no tengo condones.

—Yo compré en el súper, por las dudas —responde riendo y vuelve a besarme.

 

¡Ya amaneció! La luz se cuela entre las rendijas de la cortina de enrollar. Nunca me gusta bajarla del todo porque quiero percibir como amanece. Generalmente me despierto varias veces por las noches, pero esta vez dormí de un tirón. Claro que nos dormimos bastante tarde. Lidia duerme acurrucada a mi lado y tiene un brazo pasado sobre mi pecho. Durante la noche escuché llorar a Gladys (¡me acordé!) y ella se levantó a darle una mamadera seguramente, porque escuché como corría el agua del lavatorio, utilizando el sistema casero de entibiado que descubrimos ayer. Pensé que quizás después se acostaría con la nena, pero no, volvió a acostarse a mi lado. Yo me hice el dormido, y  ella igual me dio un beso y me abrazó. Después de un rato, por su respiración, me di cuenta que se había vuelto a dormir. En un rato voy a pedir que nos traigan el desayuno a la habitación; después a preparar el auto para el último tramo. Parece que ya no llueve porque hay rayos de sol que ahora se filtran por la persiana.

 

Acabo de pasar Azul. Van tres horas desde que salí de Tres Arroyos, así que faltan unas cuatro horas más para llegar a Buenos Aires. El plan original de salir a las nueve de la mañana se deshizo como un cubito en agua caliente. Todavía no puedo creer como se desarrollaron las cosas. Por momentos me parece que lo soñé. Habían traído el desayuno y disfrutamos de compartirlo. Nos reíamos por cualquier cosa. Me sentía raro cuando bajé a preparar el auto, creo que podría decir feliz. Revisé el aceite y el agua y fui a la recepción a pagar la cuenta. Mientras esperaba la liquidación miraba las noticias en la televisión del lobby. Era un canal de la zona porque pasaban noticias locales, lo que no me despertaba mayor interés… hasta que una placa me golpeó como si Tyson me hubiera conectado un gancho en la mandíbula. En letras rojas decía:

ROBAN BEBE DEL HOSPITAL

PENNA DE BAHIA BLANCA

 

 

En el desarrollo de la nota pasaban una entrevista a la madre, que llorando mostraba una foto de su hijita, a quien llamaba Romina…pero para mi… ¡era Gladys!

Corrí a la habitación, y seguramente por mi cara, Lidia debió presentir que algo pasaba, porque bajó la cabeza cuando me vio entrar y esquivaba mi mirada.

—¿Porqué me mentiste? —grité— ¡Me usaste! ¡Te aprovechaste de mi ingenuidad para involucrarme en un delito! ¡Por favor! ¡Qué pelotudo soy!

La indignación creciente que sentía tapaba, de algún modo, el dolor y la frustración que sentía en ese momento. Lidia comenzó a llorar.

—¡Perdoname! ¡Perdoname por favor! ¡Te puedo explicar!

—¿Explicar? ¿Qué me vas a explicar? ¿Qué sos una mentirosa? ¿Qué nada de lo que dijiste o hiciste es cierto?

—¡No! ¡No es así! ¡Por favor…escuchame! ¡Por favor!

Traté de calmarme un poco. Sobre todo para pensar con claridad que pasos seguir. No es bueno tomar decisiones en caliente.

—Está bien Lidia. Te escucho. Lo que no quiere decir que te vaya a creer. En realidad hasta dudo si te llamarás Lidia. Y después… de aquí a la comisaría. Eso no tiene discusión. A ver qué querés contarme ahora.

Nunca pude mantenerme indiferente al llanto de una mujer. Y aunque estaba herido, en mi amor propio primero, y en mi confianza traicionada después, igual me conmovía. Entre sollozos y con voz entrecortada, empezó a hablar.

—Sí, me llamo Lidia. Lidia Azucena Velázquez más precisamente y nací en Misiones. Cuando tenía 17 años, una mujer dijo que me conseguiría un trabajo en Buenos Aires, con cama adentro y yo le creí y lo acepté. Cuando llegué comprobé que no era una casa de familia sino un prostíbulo. Me sacaron el documento y desde entonces pasé por varios lugares, con distintas personas que siempre nos tenían encerradas. Hace dos años con otras dos chicas nos trajeron a Bahía Blanca al lugar que te conté.

—De modo que esa parte de tu historia es cierta —interrumpí.

—Sí, vas a ver que casi toda es —había empezado a calmarse—. A mitad del año pasado perdí un embarazo de casi seis meses por una paliza que me dieron. ¡Quedé muy mal! Yo quería tener el bebé —vuelve a llorar.

—¡Pero esta no es la forma! ¿Cómo pudiste? ¿No pensás en la madre? Ella también está llorando…

—¡Mentira! —me interrumpió— ¡Ella no la quería!. ¡Si había querido abortarla y se le pasó el tiempo!

—¿Vos la conoces?

—¡Claro! ¡Es una de las chicas de la casa! No la cuidaba, ni le daba de comer. Me dejaron acompañarla al hospital porque había perdido peso. Hace todo ese circo porque están los canales de televisión. Pero en el hospital tampoco quería darle la teta. Por eso aproveché el cambio de guardia de las enfermeras y me la llevé.

—Entonces…la madre debe saber que fuiste vos…

—Y… si. Al ver que tampoco estoy… Pero no creo que diga nada. En la casa la matan si habla mucho y algo se destapa.

—Es una historia complicada…No sé si puedo creerte. Pero lo que no puedo es ser cómplice en algo así. Tenés que devolverla… aunque sabes cuales son las consecuencias.

—Si, claro. Igual en cana no voy a estar peor que en la casa. Y tal vez cuando salga…Además lo quiero hacer por vos. No quiero traerte más problemas. ¡Te portaste tan bien conmigo! Y después de lo de anoche…

—¡De eso mejor ni hablemos! ¡Tengo bastantes mentiras por hoy!

—Jorge, eso sí que no fue mentira.  Nada en mi vida fue más verdadero.

No hay caso, pensé, sigo siendo un viejo reblandecido y pelotudo… pero le creí.

Después vinieron las interminables horas en la fiscalía, declaraciones y más declaraciones. Varias veces las mismas preguntas para ver si me contradecía. Por fin me dejaron libre pero citado en calidad de testigo cuando llegue el juicio.

Lidia quedó detenida esperando que el juez de turno decida el procesamiento y el destino hasta el momento del juicio. La fiscal nos dijo que el hecho de haberse presentado espontáneamente lo mencionaría a su favor. Romina, o Gladys para mí, bajo el juez de menores, será enviada preventivamente a un hogar hasta que una asistente social determine la capacidad de la madre antes de su restitución.

La fiscal nos dejó solos unos minutos para despedirnos. Fue un abrazo interminable y un beso que todavía me duele en los labios. Le dejé mi número de celular para que me llame —o me haga llamar— y me cuente cómo sigue todo y le prometí que la visitaría cuando se conozca su destino.

 

El sol se está poniendo a mi izquierda y atrás, sobre la ruta. ¿Podré volver a mi vida normal? Trato de enfocarme en el partido de mañana, que puede significar un campeonato para el Millo, después de pasar por el descenso. Y lo voy a disfrutar con mi hijo, después de tanto tiempo sin compartir algo. Pero no puedo dejar de pensar en Lidia. Esto parece una historia para un tango. ¡Eso! ¡Un tango! Un tango triste… Me viene a la mente María… Pongo la pista en el auto y continúo mi viaje cantando a voz en cuello…

http://youtu.be/zLW9MzMSuFQ

Una crónica de colección

Una crónica de colección

[Total:0    Promedio:0/5]

Para ser cronista hay que salir…

…para practicar la crónica el  genio

está en los zapatos.

Héctor Abad Faciolince

 

 Seis meses habían pasado desde que el director de la revista de actualidad donde trabajaba le dijo que dejarían de publicar la sección “Noticias Insólitas” que lo había tenido como cronista los últimos diez años. Le explicó que ya la gente había perdido interés en las notas escritas, que ahora la televisión por cable y las publicaciones en internet lideraban esa franja. Julio entendió que, tal vez por compasión, o por la amistad que los unía en tantos años de trabajo compartido, no había podido decirle que ya estaba viejo y que sus crónicas no despertaban el más mínimo interés. De todos modos, pensó, ya estaba en edad de jubilarse, por lo que, ahora que los trámites salen rápido, aún desocupado, podría seguir pagando el alquiler del monoambiente de la calle Guardia Vieja.

—Igual, si alguna vez tenés una nota que considerás válida, llamame —le había dicho cuando se despidieron con un abrazo.

Su vida, ahora, transcurría entre los partidos de ajedrez con otros jubilados en la plaza Almagro y las recorridas por las mesas de saldos de las librerías de la calle Corrientes.

Fue en uno de esos reñidos encuentros ajedrecísticos que, como al pasar, alguien mencionó algo sobre el coleccionista de calaveras.

—Carabelas —le corrigió Julio— prototipos de barcos antiguos, habrás querido decir.

—¡No! —dijo el otro marcando las sílabas— ca—la—ve—ras, cráneos humanos.

La alarma de su instinto periodístico se disparó al instante.

—¡Contame más! —le insistió

—¡Eso nada más! Mi hermana me dijo que lo escuchó en la peluquería.

—¡Por favor! ¡Preguntale! Conseguime la dirección.

 

Una semana después el hombre se le trajo con la advertencia de que iba a ser difícil que lo recibiera. Ahora se encontraba frente a la casa, corroborando el número que tenía en el papelito. Era una casa antigua, con mármoles de color bordó y puerta de hierro forjado de dos hojas. La ventana, a la derecha de la puerta, tenía una reja labrada simulando ramas con hojas pequeñas y flores.

Tocó el timbre y esperó. Por el portero eléctrico, una voz de hombre dijo:

—¿Quién es?

—Buenas tardes señor. Soy Julio Figueredo. Soy periodista y quisiera que me diera unos minutos de su tiempo.

—¿Periodista? ¿Y para qué quiere verme?

—Quiero hacerle un reportaje sobre su colección.

—¿Colección? ¿De dónde saca que yo tengo una colección?

—Mire, usted sabe, los periodistas no podemos revelar nuestras fuentes, pero yo le garantizo la mayor seriedad en el reportaje.

.—Aguarde —fue su lacónica respuesta.

Unos minutos después, abría una las hojas de la puerta un hombrecito delgado, bajo, calvo, de tez muy pálida y ojos hundidos.

Julio le tendió su mano.

—Mucho gusto, ¿señor…?

—Llámeme Ciro.

—Señor Ciro. Como le dije me llamo Julio Figueredo, y trabajo para la revista Porteña —mintió Julio— y queríamos hacerle una nota referente a su colección de cráneos. Por supuesto que publicaremos sólo lo que usted nos autorice —agregó tratando de ganarse su confianza.

El hombrecito pensó un momento y luego, apartándose de la puerta, le hizo seña para que pase. Pasaron a un hall pequeño, transpusieron una puerta cancel de dos hojas y vidrios protegidos por cortinas con angelitos. Ingresaron a un ancho living, en el que resaltaba un juego de sillones de pana, sobre una mullida alfombra, por sobre el resto del mobiliario. Una araña con caireles de cristal y escudos de armas sobre las paredes, daban al ambiente un aire colonial.

Ciro le señaló el sillón grande y él se sentó en uno de los sillones de un cuerpo.

—Bueno —le dijo usando un tono amable por primera vez— Veo que usted, Julio, ¿no?, sabe de mí muchas cosas. Déjeme a mí, ahora, saber algo de usted. ¿Dónde queda la revista que mencionó? ¿Con que frecuencia sale?

—La redacción funciona en un departamento en el barrio de Once —inventó Julio rápidamente—. La publicación es mensual. Esta nota, seguramente, se publicará el mes que viene, o el próximo.

—¿Y por qué le interesa esta colección? —volvió a preguntar Ciro.

—Porque es bastante insólita. Tengo curiosidad por saber cuál es el hilo conductor entre las diferentes piezas. Cómo las obtiene. Qué busca con cada una. ¿Puedo sacar fotos?

—¡No! ¡Nada de fotos! —respondió el hombre enfáticamente— No quiero arriesgarme a que su mujer o sus hijos las suban a la web. ¿Tiene hijos, no?

—No, no tengo hijos. Soy viudo hace muchos años. Sólo las usaría como ayuda memoria cuando escriba la crónica.

—Igual, alguien que comparta su casa podría acceder a ellas.

—¡Tranquilo Ciro! Vivo solo. Igual, está bien, no voy a sacar fotos.

—Le creo. —dijo Ciro con una sonrisa mientras se incorporaba— Pero, por favor… ¡Deje el celular aquí! Pasemos.

Julio se paró y lo siguió. Salieron por una puerta lateral a un patio lleno de macetones con helechos, jazmines y otras plantas que no pudo identificar. Sobre la derecha se veían varias puertas con grandes postigos metálicos, también de dos hojas, todos cerrados. Al final del patio, de frente, estaban la cocina y el baño, que Julio identificó porque sus puertas estaban abiertas. A la derecha del baño, se veía una placa de madera en el suelo, con una manija de hierro. Ciro tiró de ella y levantó la tapa sobre la pared, dejando al descubierto una escalera de madera. Bajó unos escalones y encendió la luz. Julio bajó detrás de él. Una vez abajo pudo ver que el sótano era amplio. La bombita daba una luz tenue, dándole al escenario un aspecto sobrecogedor. Desde las estanterías, dentro de cajas de vidrio o de acrílico, montones de órbitas vacías parecía que “lo miraban”. Un frío le corrió por la espalda. Se sobrepuso y se acercó a la primera estantería.

—Cada caja tiene una etiqueta, con la descripción de su antiguo poseedor y el año del deceso —explicó Ciro—. Por respeto, la identidad no está revelada. Sólo su profesión o actividad más saliente. ¡Ah! Y hay sólo una pieza por característica. No se repiten.

Julio comenzó a leer algunas y comprendió lo que el hombre le había dicho: “Médico de Villa Crespo—1975; Abogado de Balvanera—1987; Jerarca Nazi de Bariloche—1968; Asesino serial de Mar del Plata—1981; Cacique Mapuche de Neuquen—1996”. Sobre este último, Ciro le hizo notar que conservaba todas sus piezas dentarias.

—¿Cómo consiguió cada una? —le preguntó al hombrecito

—Los periodistas no revelan sus fuentes. Los coleccionistas no revelamos nuestros proveedores —le respondió sonriendo— Tengo amigos en algunos cementerios y en hospitales también.

Siguió recorriendo las estanterías. Una sensación que no lograba plasmar en palabras daba vueltas por su cabeza. Cuando llegó a la última vio, sobre la pared del fondo, una puertita de no más de 70 cm, cerrada con pasador y candado.

—¿Qué hay detrás de esta puerta? —preguntó Julio.

—¡Ah! ¡Ahí no se puede pasar! ¡Esa es mi colección exclusiva! No la comparto.

—¡Vamos Don Ciro! ¡Por favor! ¡Ya llegué hasta acá! ¡No me va a dejar rengo! —Insistió Julio.

El hombre pensó un momento y sacudiendo su cabeza de un lado al otro, con resignación, sacó una llave de su bolsillo, abrió el candado, corrió el pasador, encendió una llave de luz que se encontraba a la derecha de la puerta, la abrió y, con un ademán, le hizo seña que ingresara. Julio se agachó, pasó por la puerta y, cuando se estaba incorporando del lado de adentro, junto con el golpe de la puerta al cerrarse, el pasador deslizándose y el clic del candado, el flash relampagueó en su cerebro: ¡no había un periodista en la colección!

La noche del sábado

La noche del sábado

[Total:0    Promedio:0/5]

De: raúl83@hotmail.com

A: silvinaortiz@yahoo.com.ar

Asunto: La noche del sábado

 

Querida Silvina:

Utilizo este medio como última opción de comunicarme con vos, habida cuenta que no respondés mis mensajes ni atendés mis llamados.

A pesar del poco tiempo que nos conocemos quiero hacerte saber como te aprecio y me gustaría poder seguir alimentado esta relación como lo hicimos hasta la noche del sábado.

Por eso quiero explicarte los motivos que me llevaron a reaccionar como lo hice y puedas así comprenderme, haciendo un paralelo con el título de aquella película que vimos juntos, “No sos vos, soy yo”, la culpa es sólo mía.

Recuerdo el día que nos conocimos en el cumpleaños de Alicia. Habías llegado acompañada de ese rubio musculoso, de camisa blanca dos talles más chicos del necesario, apretada al cuerpo resaltando así su torso trabajado en incansables horas de gimnasio. Como era de esperarse, al rato, el tipo era el centro de atención de todas las chicas, y egocéntrico como era se olvidó de vos. Por mi parte, como es mi costumbre, –tímido como soy– estaba en un rincón concentrado en mi copa. Te sentaste a mi lado, trayéndome otra copa. Me preguntaste si estaba aburrido. Intenté una respuesta que sonara inteligente, cambiando el verbo estaba por era, aburrido es mi naturaleza. El efecto fue el buscado porque te reíste, sin percatarte de la realidad: eso sentía yo. Después de un pequeño sorbo a tu copa, dijiste con un tono de gravedad fingida, Ninguna persona es aburrida todo el tiempo, las situaciones generan ese estado, por ejemplo, asistir a un cumpleaños por obligación. ¡Casi se me cae la copa de la mano! ¿Tanto se me nota?, pensé. Con una sonrisa te dije cuán perceptiva eras y te expliqué mi amistad con Alicia desde la escuela primaria, la importancia de mi asistencia a su cumpleaños, no fallarle aún cuando no encajaba en su grupo de amistades, por eso tomé ese evento como un compromiso de amistad, hacer algo por un amigo aunque no me guste.

Lejos de desanimarte con mi confesión, me aseguraste que el aburrimiento no estaba en mis genes y así como hacía cosas sin gustarme debía haber otras hechas con gusto. Y me pediste que nombrara cuáles. Dudé si decirte la verdad, por no parecer presuntuoso, pero después pensé, al fin de cuentas, no tengo por qué ocultar mis gustos. Enumeré entonces mi afición por el teatro, sobre todo el independiente –también llamado underground para diferenciarlo del comercial–, por la ópera, los conciertos y el ballet, sin olvidar la lectura, por ocupar una gran parte de mis fines de semana. A esta altura me preguntaba por qué no habías huido espantada a saltar como hacía el resto de la gente en la pista de baile. Entonces subí la apuesta y te dije cómo todo eso, mis preferencias, para el común de la gente es aburrido. Esa vez no te reíste y me dijiste muy seria, tal vez fuera así para el común de la gente pero a vos te estaba mostrando una persona con una sensibilidad especial y eso no es aburrido en lo más mínimo.

Y así seguimos charlando toda la noche. Y cuando llegó la hora de retirarnos me sorprendiste al decirle al rubio, cuando se acercó a buscarte, que se fuera tranquilo, yo te acompañaría. La cara de disgusto del fulano me hizo disimular mi asombro y lo miré con mi mejor expresión de ganador. Me sentí como si lo hubiera puesto KO en el primer round con un directo al mentón. Después te disculpaste dispensándome de acompañarte por haberlo inventado para sacarte al coso de encima. Llamarías un taxi. Sabías que  yo no iba a aceptar de ninguna manera dejarte sola, pero igual me dejaste hacer todo el esfuerzo para demostrarte mi voluntad de llevarte. En la puerta de tu casa nos despedimos con un beso en la mejilla, prometiéndonos llamarnos luego de intercambiar nuestros celulares.

Nunca te lo conté pero el viernes siguiente, cuando me llamaste preguntándome, en tono de broma, si había conseguido entradas para la ópera, me había pasado las últimas tres horas elucubrando la forma más “casual” de llamarte. Nos reímos un rato hablando tonterías y después de confesar mi absoluta carencia de programa, te invité a cenar comida armenia. Esa fue nuestra primera salida solos. Para mí fue muy gratificante ver que teníamos tantos puntos en común en nuestra manera de ver las cosas y disfruté muchísimo tu compañía.

A partir de ese día, tomé la iniciativa de llamarte. No puedo dejar de agradecer tu paciencia por acompañarme, en los últimos tres meses, al cine –soportando mi elección–, a ver IL TROVATORE en el teatro Avenida y, lo más meritorio, tu disposición a comer en los distintos restaurantes típicos –comida mejicana, tailandesa, peruana, judía– conociendo tu afición a las cadenas de comida rápida.

Por eso, cuando el sábado pasado elegiste ir a un restaurante con cena y baile no pude negarme. ¿Cómo no iba a darte el gusto después de haberme acompañado en todos mis programas? Sólo te aclaré que era muy malo bailando y te reíste.

La comida estuvo muy buena. Los momentos de baile con salsa, cumbia y otras melodías movidas las fui salvando como pude, tratando de copiar los pasos de los demás y como nadie se fija en el otro hasta fue divertido. Después del postre y el champagne, invitado por la casa, vinieron los lentos. Traté de disuadirte argumentando cansancio pero tu insistencia y predilección por los boleros acabaron con mi resistencia. Como música, a mí también me gustan. Salimos a bailar y me pasaste los dos brazos por el cuello apretándote contra mí. Cantabas los boleros en mi oído, me acariciabas el pelo y yo, transpirando –lo debes haber notado–, estaba cada vez más tenso. Cuando por fin decidimos irnos fue un alivio para mí. Pero al llegar a tu casa me ofreciste subir a tomar un café. Intenté rehuir la invitación preguntando si no era tarde, pero tu respuesta me descolocó. Con una mirada pícara me preguntaste para qué era tarde, si me esperaba mi esposa en casa. Nunca antes habíamos hablado de nuestra vida personal, ni nos habíamos hecho preguntas íntimas. Me repuse de la sorpresa y traté de salir de la situación con una broma, respondiendo que sólo me espera mi gata Frida pero, como no sabe la hora, nunca me regaña.

Subimos a tu departamento y todo se desarrolló como un torbellino. Apenas cerramos la puerta, me llevaste de la mano hasta el sofá, sacaste mis zapatos y recostada sobre mí comenzaste a besarme suavemente mientras me desabrochabas la camisa y el cinturón. Yo estaba muy nervioso y no sabía cómo pararte. Sólo atiné a decirte que mejor me iba. Y esa chispa encendió la mecha. Toda tu dulzura se transformó en un volcán de ira. Ahora, más tranquilo lo entiendo y hasta lo justifico. Como una ametralladora me preguntaste qué pasaba, si no me gustabas, si era eso. No me salían las palabras. Creo haber dicho: no, no es eso, sos muy hermosa o algo parecido. La respuesta, en lugar de calmarte aumentó más tu enojo. A los gritos me preguntaste cuál era el motivo entonces, si yo creía estar con una puta,  o  que te estabas regalando, o si te consideraba poca cosa para un intelectual como yo. La forma de marcar las sílabas de “intelectual” me causó gracia, pero traté de que no se me notara porque no estaba el horno para bollos. Intenté hilvanar una explicación pero ya no me diste oportunidad. Con los ojos centelleantes me echaste de tu casa. Desaparecer de tu vista fue la ordenanza.

Y para cumplirla te paraste, abriste la puerta y me empujaste afuera. No hubo forma de calmarte. Cuando estaba en el palier, arreglándome la camisa y abrochándome el cinturón, te asomaste otra vez y me revoleaste los zapatos. Por suerte pude esquivarlos pero no impedir su caída por el hueco de la escalera. Bajé descalzo hasta la planta baja y, sentado en el primer escalón, me los puse. Cuando levanté la vista un grupito de adolescentes, desde el umbral, me estaban mirando con sonrisas cómplices y comenzaron a aplaudirme.

Te pido disculpas por lo del sábado. Te pido disculpas por toda esta perorata. Te pido disculpas si mi actitud te ofendió. Te considero una mina extraordinaria, muy hermosa y mucha mujer para cualquier hombre.

Pero como dije no soy un tipo convencional, razón por la cual toda esta situación me ha dejado muy confundido. Todavía no he podido reponerme de una pérdida sufrida hace un poco más de un año. Estuve en pareja casi cinco años y hasta hace unos meses consideraba esa relación como el amor de mi vida. Se fue de este mundo  –no sé si habrá otras dimensiones– en el invierno del año pasado. Tenía HIV. Se llamaba Javier.

Sólo te pido un poco más de tiempo. Un beso, te quiero

Raúl

A %d blogueros les gusta esto: