Un lugar de recreo

Un lugar de recreo

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Un delgado halo de luz se filtraba por aquella puerta que siempre había permanecido cerrada para ella. Aquella niña nunca había traspasado su umbral y, ahora que la suerte le brindaba una oportunidad, se moría por hacerlo. Nunca se hablaba de aquella parte de la casa, pero si alguna vez había preguntado por lo que había en su interior, le contestaban que el cuarto de juguetes estaba al lado de la cocina, en la planta baja. Respuesta que por más que la repetía mentalmente, no conseguía encajarla en su pregunta.

Las escaleras acababan en la entrada de dicho cuarto, que, además, albergaba toda la tercera planta. Subió despacio, mirando a cada paso en todas direcciones por miedo a que alguien le sorprendiera husmeando allí. No sabía por qué ese día estaba entreabierta la puerta de dicha habitación ¿Habría alguien dentro?

Esa pregunta que se le antojó de repente le hizo retroceder. Si subía y había alguien, no sabría qué decirle. No quiso pasar por ese trance y esperó sentada en el rellano del piso anterior. Los minutos transcurrieron y no apreció ningún movimiento. Tampoco escuchó nada. Decidió iniciar de nuevo el ascenso. Esta vez se apresuró para no ser descubierta.

Llegó al umbral y asomó la nariz. El olor era muy intenso, pero no sabía a qué. La luz que se colaba por la rendija era tenue, pero suficiente para discernir que se trataba de luz artificial. Pasados unos segundos, empujó la puerta poco a poco; la curiosidad pudo más que el miedo. No encontró a nadie en su interior y eso ayudó a que se relajara parcialmente.

A pesar de que nada de lo que vio era desconocido, no entendió el sentido de mantenerlo escondido. Un sofá negro en forma de “L” y una cama con dintel. No había ventanas, aunque colgaban cortinas de las paredes. ¡No había televisión! ¿Cuál era el sentido de aquel sofá entonces?

Ahora que ya tenía una visión general de aquel espacio, empezó a fijarse en los detalles. Se dio cuenta de que tampoco había cuadros, sin embargo, dividido por temática, colgaban de las paredes dos tipos de artilugios, cada uno de ellos con ejemplos de diferentes tamaños, como si se estuviera haciendo una colección. Por un lado, eran palos estrechos y largos y, por otro, eran plumeros, pero extraños, porque no estaban hechos de plumas.

No había armarios, solo una cómoda de cajones y, a falta de más sitios donde fisgonear, se dedicó a abrirlos uno a uno. En el primero encontró cadenas y pinzas. En el segundo, máscaras. En el tercero… lo del tercer cajón no supo ponerle nombre.

Decidió aproximarse a la cama y analizar sus características. Lo más llamativo era que no estaba pegada a la pared por ninguno de sus lados. Podía cercarla obteniendo diferentes visiones del mismo objeto. La cama era muy grande, más incluso que la de sus padres. También era alta y pensó que se debía a la superposición de varios colchones. Hizo un esfuerzo por subirse, pero las sábanas resbalaban tanto que no lo consiguió.

Ya lo había visto todo y no le pareció interesante. Aquel olor no le agradaba y el color rojo de las paredes era estridente y contribuía a crisparle los nervios, lo notaba.

Salió de allí despreocupadamente y cerró la puerta tras de sí. En ese momento subía su madre y al verla se echó las manos a la boca y ahogó un grito que mostraba una mezcla de sorpresa y pavor. La pequeña sabía el porqué de su alteración y la tranquilizó:

—Mamá, no volveré a subir al tercer piso. Solo he encontrado una cama de la que te caes y un sofá que no tiene tele. Este sitio es un asco. ¿A quién se le ocurrió pintarlo todo en rojo y negro? Es una combinación de vampiros, horrible.

Su madre no supo qué contestar y la niña continuó bajando la escalera. La inocencia e ignorancia de su hija habían salvado una explicación para la que aún no se había preparado. Un lugar secreto como todo lo que allí se hacía. Una forma de disfrutar adulta incomprensible para todo infante, por no decir que también lo era para una gran parte de los adultos. Un misterio que requería de madurez para conocer sus reglas. Todo bien oculto a los ojos y oídos de un alma cándida. La fortuna no le daría una segunda oportunidad, debía resolver la situación; era el momento de buscar otro sitio para vivir y dejar toda la casa como lugar de recreo… adulto.

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Una mentira verdadera. Parte 2 y final

Una mentira verdadera. Parte 2 y final

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Fede se apartó del quicio de la puerta dando paso a una joven que apenas sonreía. A medio camino de alcanzar a mi hermano, el tío Julio paró su andar. A mamá se le cayó el vaso que sujetaba, rompiéndose al hacer contacto con la mesa. Me sobresalté por el estruendo y solté un grito. Después llegó el silencio.

Nadie se atrevía a realizar ningún movimiento. Todo se congeló esperando que mi madre se pronunciara. Ella se levantó de la mesa y sin mediar palabra con los recién llegados se marchó a la cocina. El tío Julio y yo nos cruzamos las miradas, pero yo no supe leer en sus ojos lo que él intuía que le había sucedido en ese momento a mamá.

Me levanté y me acerqué a Fede lentamente. Qué curioso. Había imaginado este reencuentro millones de veces y, en todos ellos, salía corriendo a echarme a sus brazos. Fede saludó primero al tío Julio con un apretón de manos y luego me agarró de los hombros y literalmente me arrolló con su abrazo. Ahí reconocí al Fede que se marchó y evoqué aquel momento mágico de hacía tres años.

—Juan, te presento a Niraya.
—Hola Juan, encantada de conocerte. Fede me ha hablado mucho de ti.

Me quedé sorprendido por la locuacidad con la que hablaba aquella chica. A juzgar por su nombre y aspecto, esperaba que no hablara español. Fede se dirigió a la cocina, buscaba a mamá. Niraya pareció entender la situación y no le acompañó. El tío Julio mostró la atención propia que se ofrece a los invitados, pero evitó excederse en cortesía. Y yo me quedé absorto en la cabellera de Niraya, abarrotada de rizos.

Fede se instaló en su antigua habitación y Niraya ocupó la habitación de invitados. La situación en casa era tensa. Oí a mamá y al tío Julio discutir un par de veces después de la cena, pero en cuanto me veían aparecer, interrumpían la dialéctica y sonrían como si no pasara nada. Fede, Niraya y yo pasamos buena parte del tiempo haciendo excursiones por las inmediaciones. Fede quería enseñarle a Niraya todos los preciosos rincones por los que había correteado durante su infancia. Fede había cambiado. Había dejado de ser osco e introvertido. Ese semblante antipático que le antecedía había desaparecido, dejando paso a una leve sonrisa que acudía con cierta regularidad. Esos días fueron maravillosos. Por fin disfrutaba de un hermano mayor, tantos años invisible, y Niraya parecía ser la pieza clave en su cambio de talante.

Mamá poco a poco fue recuperando su faceta afable, aunque todavía estaba lejos de su potencial, pero suficiente para que dejara de cortarse el aire con un cuchillo durante los ágapes.

—Estamos viviendo un engaño —solté una noche cuando estábamos cenando.

Fue la única frase que oí de aquella conversación que mantuvieron mamá y Fede y no me había acordado más de ella hasta ese momento. Dejé ir mis pensamientos en voz alta y resultó ser la chispa que encendió la mecha. Absolutamente todos paralizaron sus movimientos. Mamá dejó de servir la sopa. El tío Julio se atragantó con el vino. Fede mantuvo la cuchara llena de sopa a medio camino entre el plato y su boca. La única que no pareció sentirse demasiado afectada fue Niraya.

Fede miró a mamá y ésta asintió con la cabeza.

—Juan, tienes razón y te debo una disculpa —dijo mamá—Voy a acabar esta noche con una mentira verdadera que llevamos más de veinte años ocultando.

Me fijé en las caras de todos y aprecié como sus rostros se habían relajado sutilmente ante la declaración de mamá, contrariamente a lo que a mí me había producido.

—No sé por dónde empezar..

Temiendo que mamá hiciera marcha atrás en su decisión, Fede empezó a explicar los motivos por los que se marchó de casa. Fue en busca de papá y utilizó la excusa del servicio militar para no levantar sospechas. Siempre se había sentido unido a papá, pese a que durante muchos años su atención se viera dividida entre él y una niña, explicó.

—¿Lo encontraste? —pregunté ansioso.
—Sí, lo encontré. Lo localicé en un hospital, estaba moribundo. Había sufrido un infarto y su estado era crítico. A los pocos días murió. Niraya estuvo a su lado, cuidando de él, dándole cariño y atención casi veinticuatro horas al día.

—¡¿Papá ha muerto?! —dije exaltado y, mirando a mamá, añadí—¿lo sabías?
Mamá negó con la cabeza.
—Niraya, me dijiste que eras maestra. ¿También eres enfermera?
Niraya negó con la cabeza.

—Fede, ¿qué es eso de la atención dividida entre tú y una niña?

Un montón de preguntas se me agolpaban en la boca queriendo saber más. Impaciencia de un joven adolescente atónito con las noticias que iba escuchando.

—Cuatro meses más tarde de que yo naciera —empezó diciendo Fede —una niña de ojos negros llegó a este mundo en el Hospital Central de la capital. Esa niña era fruto del amor de dos personas: papá y otra mujer que no era mamá. Fede explicó que el matrimonio entre papá y mamá había sido por conveniencia. Así lo habían pactado los abuelos y ellos aceptaron porque era la mejor de las opciones.

—En aquellos tiempos las cosas eran de otra manera, lo sé—dije —Afortunadamente, ahora la situación ha evolucionado y, por ejemplo, una pareja como tú y Niraya, a pesar de que vuestro color de piel sea diferente, se acepta sin prejuicios.

—Años antes de que se marchara papá, ya había descubierto el secreto de la niña de ojos negros, pero no dije nada. Mamá también lo sabía, era motivo de muchas discusiones entre los dos. Ellos pensaban que su parloteo no traspasaba las paredes. Olvidaron que, a través de los tubos que salen de la chimenea, el calor se distribuye por toda la casa, pero también sirven como altavoz de las conversaciones, sobre todo de aquellas que guardan secretos. Esa niña de ojos negros creció con medio padre, al igual que lo hice yo. Cuando tú naciste y, perdóname hermano por lo que te voy a decir, fuiste la diana de todo mi rencor hacia aquella pantomima de familia. Creciste con un hermano que no te hacía caso, que no te quería ver porque le sobrepasaba la complejidad de los adultos.

Escuchaba a Fede atentamente. No perdía detalle de la historia que explicaba. Supuestamente narraba unos hechos cercanos y, sin embargo, tenía la sensación de escuchar una telenovela.

—Papá se enemistó con su hermano en los tiempos en los que tú crecías en la barriga de mamá.

Desde ese momento, la alegría se puso de luto. Las discusiones nocturnas desaparecieron y un silencio hiriente se apoderó de esta casa. Naciste y rompiste el embrujo. Mamá recuperaba la alegría cuando estaba contigo. Al poco de morir el último de nuestros abuelos, papá se marchó, ya no había razón para seguir alimentando una patraña. Decidió irse para no volver y yo en ese momento lo odié con toda mi alma porque me había dejado solo. Me equivoqué.

Fede interrumpió su relato para beber un poco de agua y aproveché para observar a los congregados allí. Mamá estaba cabizbaja y el tío Julio jugaba con el servilletero de forma nerviosa. Niraya seguía tranquila.

—El tío Julio no tardó en hacer acto de presencia cuando llegó a sus oídos la noticia de que papá se había marchado. Coincidió su presencia continuada en casa con el inicio de ruidos nocturnos que provenían de la habitación de papá y mamá. Un día decidí bajar para averiguar de qué se trataba y encontré al hermano de papá, el tío Julio, “durmiendo” junto a mamá. En menos de lo que dura un segundo, mi cabecita averiguó también el motivo por el que los dos hermanos se habían dejado de hablar hacía ocho años y nueve meses.

Mi cara debía de ser un poema en ese momento y un millar de preguntas acudieron a mi mente, pero, poniéndose un dedo en los labios, Fede me hizo entender que debía esperar a que acabara de contarlo todo. Contuve mi lengua tal como me lo solicitaba, pero mis ojos no podían dejar de mirar a mamá y al tío Julio.

—Papá no me dejó solo como yo creí al principio —siguió diciendo Fede —El día de su marcha me dejó un sobre, en cuya solapa se leía: ábrelo cuando cumplas dieciocho años. Obedecí. En la carta encontré a un padre cercano que pedía disculpas por no haber sido sincero conmigo y explicaba los motivos por los que había estado en silencio tantos años. Lamentaba no haber exteriorizado lo orgulloso que se sentía de mí y me pedía disculpas por su cobardía. Me dejó claro que nos quería a partes iguales, tanto a mí como a mi medio hermana. A pie de carta papá había escrito una dirección de correo postal. Allí me dirigí cuando me marché de aquí, pero nadie me abrió la puerta. Los vecinos me dijeron que la chica llevaba dos días en el hospital atendiendo a su padre. Papá abandonó este mundo sonriendo, cuando vio a su hijo Federico consolando a su medio hermana, Niraya.

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Una mentira verdadera. Parte 1.

Una mentira verdadera. Parte 1.

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Yo creía haber tenido una infancia feliz, o al menos, normal; el colegio, mis compañeros de clase, jugar, los veranos correteando por el monte… Soy el pequeño de dos hermanos, nos llevamos diez años y esa diferencia de edad no ayudó a facilitar el acercamiento entre dos caracteres, de por sí, muy distintos. Él, tan parecido a mi padre, serio y reservado, y yo, una reproducción del talante alegre de mi madre. Ni siquiera teníamos similitud a nivel físico, una copia de Zipi y Zape.
Un día al llegar de la escuela, encontré a mi madre con los ojos perdidos en las llamas del fuego de la chimenea del salón. El invierno había llegado temprano ese año y la nieve cubría los tejados del pueblo. Esa noche para cenar solo había tres platos en la mesa. En el lugar que ocupaba mi padre no había nada. Comprendí entonces la aflicción que mi madre mostraba a media tarde. Mi padre no volvió a sentarse nunca más a la mesa.
Desde aquel día mi hermano se encerró en sí mismo aún más, si cabe. Ese año acabó los estudios y decidió alistarse voluntario al servicio militar. Creo que quiso desaparecer. Alejarse cuanto antes del ambiente rural, de este pueblo perdido en las montañas, de sus rústicas gentes, pero, sobre todo, quería distanciarse de su familia.
El día de su marcha, le esperé en el quicio de la puerta de la entrada. A pesar de no congeniar, no quería que se fuese.
—Ahora que papá no está, mamá nos necesita más que nunca, Fede.
—Todavía eres muy joven para entender ciertas cosas, Juanito —dijo desde las escaleras del porche—. Mamá no me añorará, como tampoco añora a papá.
—¿Por qué dices eso? Mamá se quedó muy triste cuando papá se marchó.
—¿Tú, la viste llorar?
Me quedé inmóvil ante su pregunta. Ciertamente no derramó ni una lágrima, aunque sí oía que se quejaba por las noches.
—¿Y qué pasa conmigo?
Mi hermano mayor se me acercó y me rodeó con sus brazos en un fuerte abrazo.
—No dudes nunca que te quiero. Pase lo que pase, soy y seré siempre tu hermano. Me voy de esta casa, pero no te abandono— me dijo al oído.
Palabras que entendí a medias, la verdad, y en cada intento de análisis, más confusión me creaban.
Mamá no comentó su marcha ese día ni los posteriores. No sé porqué, pero yo tampoco lo hice. El tío Julio empezó a ayudarme con los animales de la cuadra. Decía que el verano era para ir al río a bañarse con los amigos, que todavía no era tiempo de asumir responsabilidades tan grandes. Lo de los amigos, lo entendía, pero lo de “asumir responsabilidades tan grandes”, no acaba de descifrarlo. A veces me parecía que los mayores hablaban otro idioma. Yo le miraba, asentía y continuaba con mis labores.
Pasaron tres años y Fede volvió una noche. Nos encontró cenando. Las risas de la conversación en la que estábamos enfrascados cesaron cuando irrumpió en la sala. Tardamos dos segundos en reaccionar. Mamá se puso seria, aunque sus ojos mostraban alegría. Yo grité su nombre por la sorpresa. El tío Julio se levantó y fue a su encuentro para estrecharle la mano.

 

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La infancia y el mundo en el televisor

La infancia y el mundo en el televisor

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Miro a través de la ventana de mi cuarto y sólo veo oscuridad en la calle. Me fijo en los edificios de enfrente y sus luces me llaman la atención. Me pregunto si esas familias estarán también a punto de cenar como nosotros.

Me acerco al salón y me encuentro la mesa puesta y un telediario en el plasma. Mamá me ha dicho que me lave las manos pues ya trae la cena. Papá habla por el móvil, lo veo a través de la puerta de cristal que da al recibidor.

Un guirigay de voces me llama la atención y vuelvo la vista hacia la tele para escuchar la noticia que se explica en ese momento. Unos periodistas, con sus cámaras y sus micros, acosando a una pareja de ancianos que caminan apesadumbrados y con dificultad hacia la entrada de un edificio oficial. Me pregunto qué habrán hecho estos dos. La cara de él me resulta familiar, ¿dónde lo habré visto? Mamá siempre dice que en las noticias sólo se habla de corrupción, y al mirarla sin entender, aclara añadiendo que todos son una panda de ladrones. No me imagino a estos abuelos atracando un banco, la verdad, aunque mamá también dice que los “chorizos” actuales ya no llevan pistolas y navajas, que se roba con los ordenadores, apretando una tecla que hace desviar fondos. No entiendo muy bien qué significa eso de desviar fondos pero intuyo que no es bueno.

Mamá se acerca al comedor alertada por el follón que están causando los periodistas al preguntar todos a la vez. Se queda plantada ante la escena de los ancianos y su talante alegre se evapora mostrando tristeza o preocupación o quizá desprecio, no sé, a lo mejor es todo eso a la vez. Me mira y me acaricia la barbilla, medio sonríe y me anima a que vaya a buscar a papá para cenar. ¿Qué ocurre, mamá? Le interrogo con la mirada pero no obtengo respuesta. Ella apaga el televisor y marcha de nuevo a la cocina negando con la cabeza y diciendo, qué barbaridad, qué barbaridad, dónde vamos a ir a parar. Me quedo unos segundos de pie, incómodo por no entender lo que quiere decir. Papá acude a mi lado justo cuando mamá desaparece. Tranquilo hijo, no pasa nada, no te preocupes, mamá se disgusta cuando ve las noticias pues no cuentan cosas buenas. Lo miro extrañado porque me resulta increíble que dos ancianos puedan crearle a mamá tanto malestar, pero callo, pues no me apetece oír otro sermón de papá si muestro más interés. De repente noto una vibración en el bolsillo y aprovecho para moverme de su lado. Es mi amigo Javi, que me ha mandado un mensaje para decirme que mañana, después del “insti” iremos a dar una vuelta con Álex y Roy. Sonrío, despreocupado ya de la realidad e imaginando las risas que los cuatro nos echaremos al día siguiente explicando paridas.

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Te amo intensamente

Te amo intensamente

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Duermes, lo sé. Hoy sé que duermes. Hoy descansas y soñarás conmigo, lo sé. Y mientras tú cierras los ojos, yo pondré orden a las palabras. Yo las combinaré para ti y así expondré mis sentimientos para ti, hacia ti.
Suena nuestra canción de fondo. Se ha agarrado a mi corazón como lo hace un lince al querer subir al árbol. Noto cada una de sus uñas clavadas para sujetarse y no caerse. Duele, sangro. Duele y sangro, sí….pero me hace sentir viva. Me estremece, me alborota el alma y reduce mi corazón a la mínima expresión, contraído con cada golpe de teclado. Me hace sentir la vida que corre por mis venas. Me hace ser consciente de la agitación que a mi lado tiene tu corazón. Porque para poder expresar un sentimiento tan grande y hacerlo comprensible al otro, es necesario haberlo vivido primero con la misma intensidad. Es necesario que hablemos el mismo idioma, es necesario que estemos sincronizados, enlazados, enredados.
Hoy me he enredado contigo, de igual manera que dos cables se enlazan entre sí. He sentido tu respiración en mi cuello, ha sido como asomarse al vacío sin miedo. Me sujetas y cierro los ojos. Tu amor me libera del peligro del precipicio. En tus brazos, en tus manos me estremezco. Me derrito al ver como me miras. Me reduces a la simplicidad del amor, a su estado puro, a dar sin esperar, a sentir su generosidad. Gracias, por todo ello. No me lo pierdo más tiempo. No se puede echar de menos aquello que no se conoce. Ahora te conozco. Has entrado en mi vida. Es mi momento. Me has encontrado y ahora soy yo la que digo, acompáñame. Dame la mano, enlázala con la mía. No me sueltes, sigue conmigo, por favor, sigue conmigo. Te amo.

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