Una hamburguesa por navidad

Una hamburguesa por navidad

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

¿Por qué me gustaría tanto la comida basura? La comía con gula aunque no dejara de pensar en el colesterol que me metía al cuerpo así como en los futuros kilos que pasarían a engrasar mis carnes. Pero, aún así, comía hamburguesas y patatas fritas de aceite reciclado. Lo que no sabía es que por su culpa iba a vivir la peor pesadilla. No vestida de colesterol precisamente…

Aquel veinticuatro de diciembre iba rumbo a casa de mis padres a pasar las vacaciones de navidad. Tuve que hacer transbordo de tren y esperar una hora al siguiente. ¿Qué se me ocurrió? No sé si era el aburrimiento, el hambre o la gula, el caso es que arrastré mis posesiones hacia la cantina de la estación a comerme una hamburguesa con patatas y Coca-Cola. Me senté junto a un ventanal; la vista era preciosa. Daba al exterior. Nevaba con profusión y los trenes parecían llegar patinando; tenía en ese momento la sensación de estar metida en un cuento.

Me dispuse a dar el primer bocado a la hamburguesa cuando me di cuenta que no llevaba suficiente mayonesa y mostaza. Me precipité a la barra y cuando volví a mi mesa, no quedaba ni rastro; ni siquiera de la hamburguesa. Se habían llevado todo y cuando digo todo, es todo.

Me quedé parada, sin reacción, no dando crédito a lo que mis ojos me querían contar; mi mente lo negaba.

A los cinco minutos, alguien me preguntó si iba a ocupar la mesa y yo contesté lacónicamente “Me han robado” No me hicieron caso y se sentaron. Yo seguía parada hasta que un sexto sentido me dijo “Mueve el culo y vete a denunciarlo”

Parecía un fantasma deambulando por la estación preguntando a unos y a otros a dónde debía dirigirme. Al final fui a parar a una puerta; llamé y una voz inteligible me dijo que pasara o algo parecido.

Abrí la puerta. Delante de mí, sentado detrás de una mesa llena de cartas, había un gordinflón comiéndose una enorme hamburguesa; por sus barbas blancas escurría el Kétchup… ¡Qué asco!

Sin dejar de comer, me preguntó:

-¿Qué le pasa?-Apenas un hilo de voz salió de mi garganta.

-Me han robado.

-¿Le hacía falta lo que se han llevado?- ¿Ese gordinflón era idiota o qué?

-Eran mis chismes, mis cosas-dije con voz alterada, más bien histérica.

-Insisto, ¿de sus chismes, como usted dice, había algo importante?

-Mi ordenador, mi ropa, mis cremas, los regalos para mi familia. Mi dinero, mi documentación, mi teléfono, mi tabaco…-la voz murió dentro de mí; notaba que me iba hundiendo por segundos.

-Pero, ¿importante, lo que se dice importante, había algo?-Le miré enfurecida. No me podía creer que no comprendiera mi angustia.

-Todo. Todo era importante. Y ahora, ¿me va a decir qué va a hacer para devolverme mis chismes?

-¿Yo? ¿Qué qué voy a hacer yo? Mientras siga en ese estado de tozudez, no puedo hacer nada. Ahora despeje la sala y deje pasar al siguiente-…Y siguió comiendo la hamburguesa.

Salí con los brazos desplomados, mientras un hombre se precipitaba en la sala que acababa de abandonar yo y cerraba con energía la puerta. Seguí allí parada sin saber qué hacer. No tenía dinero, hacía un frío tremendo y tenía ganas de llorar; me senté en un banco frente a la sala del gordinflón tratando de ordenar mis ideas. Al cabo de un rato, salió el hombre y entraron un par de mujeres. Luego una niña, después una pareja de ancianos… Todos salían sonrientes, así que me decidí a entrar de nuevo.

-A usted, ¿qué la pasa?-preguntó sin mirarme mientras rebuscaba entre las cartas algo.

-Soy la de antes.

-Aquí no están sus datos.

-No me los pidió-aquel tío era raro de narices.

-Tengo el tiempo justo, o me dice qué la pasa o salga por donde entró-… y maleducado.

-Me han robado.

-¿Había algo importante?-empezábamos de nuevo la misma serenata, así que le contesté desafiante:

-Me han robado mis chismes. ¿Le parece poco?-sin mediar palabra, alzó la voz y dijo “El siguiente” Y me volví a ver sentada frente a la puerta.

Seguía nevando, cada vez más. La gente iba y venía de un tren a otro. Era muy bonito observar las caras de ilusión, los abrazos de los encuentros… ¿Qué sería de mí?

En el despacho del gordinflón no dejaban de entrar y salir personas. ¿Qué las pasarían a ellas? ¿Tantos robos en una estación tan pequeña?

Caía la tarde y cada vez tiritaba más de frío, como si se me estuvieran helando todas las sensaciones.

Me dije a mí misma que debía entrar de nuevo; no tenía otra salida. Siempre que preguntaba, me remitían al despacho del gordinflón.

Llamé suavemente y oí una voz muy distinta que me invitó a entrar, pero cuando entré allí estaba el tío gordo, ¡desnudándose!

-Disculpe. Tengo prisa. Mientras me cuenta, yo me voy vistiendo- ¡Qué morro tenía aquel fulano!

-Quiero volver a casa-no dije más; a fin de cuentas, era lo que más deseaba.

-¿Y sus chismes?-el gordo aquel me incitaba, pero no entré al trapo.

-Sólo quiero volver a casa…

-Pues vamos. Me pilla de paso.

…Desperté con la voz de mi madre. Descorrió las cortinas y pude ver todos los tejados blancos. Era una sensación placentera: estaba en casa, la sonrisa de mi madre, el griterío de mis sobrinos abajo, en la cocina…

-Date prisa. Están los niños muy excitados esperando a abrir los regalos.

Bajé sonriendo las escaleras y todos juntos nos fuimos al árbol. ¡Estaba tan bonito lleno de paquetes de colores! Todo eran exclamaciones, besos…

-Patricia abre tu regalo, hija- la voz de mi padre me sustrajo de la nube en la que estaba flotando.

Cogí el paquete y rompí con todas mis fuerzas el papel. Eso a mis sobrinos les volvía locos de contentos. Y entre carcajadas, descubrí mi regalo: era una pequeña maleta preciosa. Dentro había una tarjeta “Para que la llenes de tus chismes más importantes”… La nota estaba manchada de Kétchup.

No he vuelto a comer hamburguesas; bueno, miento. Como una al año, el día de Nochebuena. Ahora me pillo cada dos por tres preguntándome “¿Esto es importante?” Y a lo que respondo que sí, lo aliño de unas gotas de magia, que no de Kétchup.

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
Ya no estás…

Ya no estás…

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Ya no estás… No, me lo acaba de decir el silencio porque hay silencios que hieren tanto que casi parecen que te acribillan con balas de mutismo sordo, tan vacías que van entrando una a una hasta que te desplomas en un suelo. Este es frio, hielo. ¡Eso! Agua helada cayendo a un precipicio vacuo, un desierto sin, ni siquiera, arena, y lentamente te vas ahogando en oscuridad, esa opacidad que no te deja ni ver ni sentir. Te estrangula despacio y el aire se esfuma, desaparece de ti sin dolor, sin ser nada, si apenas percatarte.

Ya no estás… Me lo susurra a cada segundo mi desconsuelo. Solo hay dolor, congoja.

Ya no estás… Sí, me lo ha dicho la casa, sus paredes, sus puertas que ni se abren ni se cierran, están inertes, como si hubieran desfallecido por falta de vida. Como si el reloj si hubiera parado en una hora incierta que no quiero escuchar.

Ya no estás… Lo sé, mi sonrisa voló contigo a donde mi mente no puede llegar ni imaginando. Ni siquiera me deja decir “Vuelve” Su mano evaporada me cierra mis labios tan secos y agrietados que parecen tierra yerma.

Ya no estás… No, no estás ni estarás y mis ojos caen como la noche sin estrellas mientras el crepúsculo atusa esas penas negras, lúgubres, sin esperanzas…, sin nada a lo que asirme.

Ya no estás… Y que no me pidan que vuelva. Hoy no. tal vez algún día, cuando aprenda a coser tu ausencia, a engancharme a algún dobladillo que necesite como yo un porque…, no sé.

Ya no estás… Yo, tampoco.

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
La carta

La carta

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Pontevedra, 14 de febrero, 2016

 

Mí querido Miguel…

No podía creer lo que mis ojos veían, cuando este domingo de invierno tan lluvioso y nostálgico, se me ocurrió abrir el buzón. Una ola de sentimientos acalorados, locos, titubeantes y tímidos, se alojaron todos a la vez en mis manos al reconocer tu letra, tan fina, tan varonil, tan tuya.

Subí las escaleras con las energías que me ha quitado el tiempo pero que tu carta me ha devuelto por unos instantes. Me he encerrado en el baño con las lágrimas descontroladas por la emoción del ayer que regresaba a mi hoy.

Has logrado emocionarme, cosa que ya creía imposible. Leer tu alma hecha letra me ha conmovido, y me ha hecho recordar sentimientos que guardaba con celo, miedo y nostalgia.

Si te soy honesta, nunca me quise desprender de ellos pues era el recuerdo más bonito que tengo de mi faceta como mujer. De pronto, se han agolpado en mi mente aquellos tiempos en que paseábamos nuestro amor a escondidas, la vida por aquel entonces no era fácil, pero tú te supiste adaptar a mí sin reprocharme nada ¡Gracias! Creo que nunca te las di por todo el cúmulo de sensaciones que me regalaste sin esperar nada a cambio, de sobra sabías que en cierto modo era una mujer fiel a otro hombre, y que jamás me separaría de él

¿Fui cobarde, egoísta? Un poco de todo, Miguel. Pesaba mucho la educación, los hijos, la bondad de mi marido…, no le podía abandonar, yo le respetaba, le quería mucho, y a veces el sexo y el amor parecen ir por caminos distintos. Tú aún tienes mi alma y mi cuerpo. Él, mi corazón. Nunca he visto  y comprendido de manera tan nítida como ahora mismo, la dualidad que hay dentro de un ser humano, cómo conviven ambos dentro de los paisajes del alma.

Miguel, me enseñaste a dar vida a mis horas y aún en la renuncia que me supuso dejarte marchar, tu amor prende una llama constante en mi ánimo para seguir caminando, ahora lo comprendo. Me equivoqué al pensar que eras pasado y que mi presente era otro. Mi presente es la vida que llevo, el día a día de entregas, sonrisas y algún llanto. Es mi realidad inequívoca. Sin embargo dentro de mí yace otra vida adormitada pero que corre por mis venas, silenciosa, dulce, cadente. No, no te tenía relegado en un cajón sino que vas parejo a mí en el día a día aunque nuestros cuerpos no se unan ni los ojos se regalen la fotografía de nuestro físico.

De verdad, me ha parecido muy hermosa tu carta, hasta romántico el gesto de llegar por correo tradicional, ese que ya sólo lo utiliza la gente mayor o ¿acaso la edad ya está haciendo mella en nosotros? Da igual, he recuperado la magia de abrir el buzón y encontrar  noticias de mis seres queridos.

 

Siempre, siempre te amaré.

Carmen

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
Pequeñas esperanzas

Pequeñas esperanzas

5.00 Promedio (94% Puntuación) - 1 voto

Está lloviendo de tal manera que las calles comienzan a ser riachuelos en búsqueda rápida de un destino. Isabel se refugia en un portal y mete la mano en un bolsillo del abrigo y luego vuelve su búsqueda al bolsillo derecho. De sobra sabe que tampoco va a encontrar nada, sin embargo no pierde la esperanza del milagro de última hora.

Así ha transcurrido siempre su vida, al borde del precipicio y, en el último instante, ocurría lo inesperado y volvía a empezar, siempre a empezar. Nunca le ha faltado el ánimo, más desde que murió Damián, su marido. Mala gente, peor marido y padre. Desde entonces cada noche se metió en la cama, aún con el estómago muchas veces vació pero tranquila, con esa paz que se siente del deber cumplido.

Isabel ha sacado adelante a sus tres hijos, se sentía orgullosa de ellos. Buenos chicos trabajadores y honrados…, hasta que llegó la crisis hace dos años y comenzaron los despidos. El primero fue Arturo, el mayor y el más débil. Luego, Ramiro, pero Isabelita, la hija pequeña y ella misma, siguieron limpiando casas, cada vez menos hasta que su mundo femenino, ese bastión que tiene toda mujer para aguantar tormentas, truenos y rayos, se desvanece y cada vez menos esperanza.

Ella no fue de pedir, pero tuvo que solicitar que la fiaran en el supermercado de Felipe, en la carnicería. Ellos jamás preguntaron nada; la daban lo que pedía, pero llegó un momento que las deudas la ahogaban y su conciencia no le permitía pedir más. La cortaron la luz, luego el gas. Más tarde el agua… Arturo, que en el fondo se sentía el cabeza de familia, aceptó cualquier trabajo, hasta los más sucios… Todo ocurrió muy deprisa, piensa Isabel mientras mira como llueve. Son sus propias lágrimas las que caen del cielo… Arturo se juntó con gente de pocos escrúpulos siendo consciente de su declive pero engañando a su madre para no hacerla sufrir. Un buen día, antes de amanecer, llamaron apresuradamente a la puerta. Tantos golpes aporrearon a la puerta que les sacaron de un sueño frío. Era invierno y ni las mantas calentaban al aliento. Cuando abrieron se encontraron a la policía.

Enterraron a Arturo al día siguiente al mismo tiempo que Isabel se enteraba de cómo había muerto su hijo en un ajuste de cuentas; ella hubiera puesto las dos manos en el fuego sabiendo que nunca se quemaría porque sus hijos eran de lo mejor. Sin embargo, desde entonces, un mes atrás, la escocía todo el cuerpo mientras su corazón sangraba de pena.

Isabel se ajusta el abrigo y dentro de él derrama nostalgia, penas, mientras sigue lloviendo ahí fuera.

Un señor pasa y la mira. Ella siente que los ojos varoniles la miran con admiración. Sí, no lo puede negar, aún conserva la belleza de su juventud, y ese porte que hace de quien lo posee en una dignidad y elegancia innatas. Pero lejos de consolarla, a Isabel la entristece más porque para pedir limosna hay que poseer espíritu de indigente y ella no lo tiene aunque detrás de su máscara sus tripas rujan enfurecidas.

Sigue lloviendo pero más suave. Isabel estornuda por la humedad y, sin embargo, sale a la calle. En una papelera hay un paraguas roto; lo saca y lo abre. Al menos algo tapa, piensa mientras se encamina a la Iglesia de San Justo. Pronto habrá misa de doce, es domingo, Nochebuena. Tal vez hoy tenga suerte y caigan algunas monedas de los feligreses. Es navidad y a la gente se le pone el corazón más tierno.

Isabelita y Ramiro se acercan a la iglesia de San Justo a recoger a su madre; vienen contentos. En un supermercado cercano han sacado mercancía caducada; han llegado a tiempo. Isabel ve llegar a sus dos cachorros. Sonríe y piensa que aún la queda lo más importante. Tal vez mañana su suerte cambie y pueda tejer su próxima esperanza, piensa. Mientras, abre sus brazos para alimentarse del amor de sus hijos. Hoy es Nochebuena y tendrán algo que llevarse a la boca… ¡Maldita crisis!

5.00 Promedio (94% Puntuación) - 1 voto
La dolce equazione… Rita

La dolce equazione… Rita

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Rita se atusa el moño, coloca bien una horquilla despeinada y después pasa a colocarse bien el inmaculado delantal blanco. Apenas son las siete y cuarto de la mañana y en menos de diez minutos comenzará su trabajo. Echa una última mirada a la terraza a ver si algo falta, si todo está en perfecto orden. Da un par de pasos y se instala al lado de una buganvilla que crece perezosa enrolada a una columna y sus ojos se pierden en el horizonte dividido entre el tierno azul jalonado de volutas blancas y el azul cobalto del Tirreno.

Ella no sabe que estoy observándola desde mi rincón favorito en el que mis ojos vuelan de la montaña al mar, pero he visto a Rita y he posado mis alas en su persona. Bien puede ser la representación de la mujer napolitana, de pelo negro bien tupido, pechos generosos y caderas marcadas. Su piel es tostada como el color del café difuminado con unas gotas de leche. Sí, su cuerpo incita a la sensualidad sin ella proponérselo. Sin embargo, verla actuar y la sensualidad se diluye para pasar a la ternura, a la generosidad sin esperar nada a cambio. Bueno, miento. Si tú respondes aún se la ilumina más el rostro de agradecimiento.

Sigo en mi rincón catapultado de buganvilla, olivos y mar, suspendida en el aire mientras mis alas abanican los sentidos. De pronto escucho “Buongiorno, signora”, giro la cabeza y me emborracho de Tirreno en los ojos de Rita; sí, sus ojos son tan azules que deslumbran mientras la sonrisa se recrea en su boca “¿Capuchino?” La sigo mirando sin expresar palabra alguna porque a veces no se necesitan; tan sólo un gesto y dices un todo. “¿Oggi ha scritto molto, signora?” Bajo mis ojos a la agenda emborronada de frases, letras, que tal vez algún día compongan un cuadro estilizado de lo que significa Positano en mi corazón y levanto la vista al cielo buscando a mi Ángel justo cuando una gaviota revolotea en mis pupilas. Sonrío, me vuelvo a Rita y leo “Mis ojos cargados de sueños” Nuestras sonrisas se funde en un abrazo y Rita se pierde entre mesas coquetas, sonrisas y la fresa de la buganvilla.

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
El atleta de Dios

El atleta de Dios

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

La barba blanca, su porte gallardo y la mirada franca decían todo de aquel hombre. Caminaba despacio, sujeto a un bastón cuya empuñadura era una bola del mundo en plata; sus pasos no eran los de un anciano sino de quien disfruta de la ausencia del reloj y la reflexión. Había quedado en el café Gijón con una persona que no conocía pero su voz en el teléfono le había gustado; por lo visto, era escritor y estaba recabando información para su próximo libro ¿Cómo habría dado con él? ¿Quién le habría hablado de su existencia?

-Si me permite don Ignacio, siéntese aquí, sé que le gusta mirar por el ventanal mientras escucha o habla.

-Sabe de mí y yo, nada de usted.- Su voz era queda, sin reproches.

-¿Recuerda a Amador González? Le conocí en un viaje a Uruguay, invitado por la comunidad vasca que allí reside. Un hombre que me impresionó, de los mejores conversadores que he conocido y, mire usted por dónde, me habló de Ignacio Taibo; comentó que si alguna vez quería escribir algo que mereciera la pena, que le buscara. De eso hace un par de años. En el mes de julio, un amigo me llamó para decirme que Amador había muerto y, entre sus cosas había un sobre cerrado con mi nombre; fui a recogerlo y él, me ha traído hasta aquí. Desvelado el misterio, don Ignacio.- La cara de Ignacio mientras hablaba su interlocutor, se iba iluminando por momentos y, en su boca se dibujo una sonrisa entre el agrado y el misterio.

-¿Por dónde empezamos?- Preguntó sin preámbulos.

-Por donde usted quiera, sienta o desee…

“Yo era un adolescente provinciano, bueno, mejor dicho, un pueblerino sin recursos, que no le gustaba trabajar la tierra y amaba la lectura. Gracias a que mi madre era una beata, muy amiga del párroco del pueblo, Turégano, logró una plaza para mí en el seminario de Valladolid. Fui feliz no porque amara a Dios, sino por librarme de los sabañones que me salían en invierno. Pretender que a los doce años, un chiquillo tenga vocación, es de mermados cerebrales, además, en aquellos tiempos, mandar a los seminarios a los chavales sin recursos era una buena salida para esas familias y no menos para la iglesia que así veía engrosadas sus filas ¡Cuánta suerte me ha acompañado a lo largo de la vida! Me pusieron un tutor excelente, eso sí, lo único que me daba a leer eran Las Santas Escrituras pero, nadie sabe hasta qué punto aprendí en aquellas lecturas farragosas y que pacientemente don Críspulo me explicaba. No creas que las interpretó a su libre albedrío porque, una vez que fui un adulto con cabeza, al releerlas, me di cuenta que era exactamente las explicaciones de mi antiguo tutor. Me enseñó a leer mi corazón, a interpretar la palabra de Dios como ha de ser y no, en tu propio interés, los sacerdotes muchas veces caen en ese error pero, hay que perdonarles ¿no crees? Son seres humanos como cualquier otro y, sus debilidades pueden ser pecaminosas, destructivas…”

-¿Un coñac, orujo? ¿Eres vasco, Josu?

-Sí, don Ignacio y a mucho honra. Tengo 34 años y para ganarme la vida, soy profesor de Relaciones Internacionales en la UNED, ya sabe que de escritor no se vive bien mientras no hay oportunidad y ésa, aún no ha venido a mí.

-La suerte no existe Josu, sí, las oportunidades que hay que saber detectar. Recuerdo que…

“Me hice soldado de Cristo; amaba mucho a mi profesión, me gustaba y para colmo, no se me daba mal. Recorrí varios pueblos de España, la pena es que no me daba tiempo a encariñarme demasiado con mis feligreses, pues enseguida me cambiaban de destino; era como si constantemente estuviera oyendo la palabra de Abraham *Sal de tu tierra y de tu parentela, deja la casa de tu padre y vete a la tierra que yo te mostraré* así, llegué en un otoño de frío y lluvia a lo que me dio por llamar la tierra prometida. Hay una leyenda india, Josu, que cuenta que cada otoño, los cazadores del cielo matan al Gran Oso y, al derramar su sangre, mancha de rojo las hojas de los árboles. El rojo se va diluyendo y ofrece una gama de colores que iluminan las montañas. Pues bien, cuando llegué al valle del Baztán vi y sentí como esa leyenda se hacía realidad. La belleza que Dios dio a la naturaleza es grandiosa, el problema del hombre es tener sensibilidad para saborearlo…”

-Don Ignacio, le sienta bien la chápela. Mientras le estaba esperando, me he fijado en ese hombre ¿le ve? Siempre que venimos, él está; no hace nada, sólo observa.

-¡Hoy hace un frío del carajo! Es su trabajo, Josu.

-¿Qué me quiere decir con eso?

-Llevo media vida bajo sospecha y, estoy convencido de que el día que muera, alguien estará apostado en la tumba de al lado para saber quién me lleva flores. Los caminos de Dios son inescrutables y, muchas veces sólo la fe ciega te hace seguir hacia delante.

“Desde el primer momento, me gustó aquella gente sencilla y noble, trabajadora, orgullosa de sus tradiciones y profundamente religiosa. Créeme Josu que, es difícil para un sacerdote con mis ideas, separar política y religión, porque la genuina filosofía de la iglesia católica está íntimamente unida al pueblo, a la conciencia de clases y por tanto a la defensa de la justicia. En poco tiempo, mi parroquia se fue llenando los domingos de gentes de otras zonas, me enorgullecía que la palabra de Dios arrastrara a personas hasta allí, hiciera calor o frío. Josu, les hablaba del amor a sus raíces, al consuelo del que sufre, diera igual el motivo de su dolor, era obvio que la primera víctima de sus propios sentimientos es quien sufre. Les suplicaba el diálogo entre hermanos, sobre todo entre los que pensaban de manera diferente, había que aprender una palabra con muchos matices: la del respeto. Sentía que era muy importante testimoniar serenidad y tolerancia. No sé por qué conducto, mis homilías llegaron hasta el vicario de San Sebastián que solicitó mi presencia aunque yo perteneciera a la diócesis de Navarra. No iba temeroso, no tenía por qué, sin embargo, al tener a aquel hombre delante, me di cuenta que había algo en él que no me gustaba, como si la parte de hombre que lleva todo sacerdote, pesara más que la de Dios ¿Me explico, Josu? Me dijo que hacía bien en defender públicamente el derecho del pueblo vasco a preservar su identidad, eso sí, debía medir y estudiar antes cada palabra que iba a comunicar. Por último, me ofreció ir al seminario de Derio a formar a los futuros soldados de Cristo, cosa que desestimé; sí, era importante enseñar a futuros sacerdotes pero yo aún era demasiado joven para que el poso de la experiencia fuera transmitido en su justa medida. Creía que al lado del pueblo llano podría ayudar más a mi Dios y seguir aprendiendo. Empezábamos a vivir en aquel entonces, una época de debilitamiento de la fe y del sentido moral, presentía que de un momento a otro la justicia divina podía ser manipulada. Había en la mirada de algún feligrés la decisión de valorar la vida de otros a favor de una causa, que se me escapaba a mi entendimiento ¿Por qué digo esto? Josu, el confesionario es un libro abierto a ciertas verdades ocultas. El ser humano allí muestra su alma, sabe que de la boca de un sacerdote no saldrá sino el silencio. Había muchos corazones atormentados, que necesitaban descargar sus incertidumbres; yo, escuchaba, trataba de meterme en su piel y, humildemente aconsejaba la palabra de Dios que transmitía un profundo respeto a la vida y, el rechazo firme a la violencia. Se tilda aún, que en las sacristías se han fraguado insurrecciones, que se ha ocultado a criminales y no es verdad. Se hablaba mucho eso sí y, se luchaba porque el rebaño tuviera las ideas claras, el amor a la tierra no puede hacer olvidar la historia y distorsionarla en beneficio de unas ideas y de unos cuantos. A los míos les enseñaba, porque no lo sabían, que ya en el año 19 de nuestra era, Augusto sometió a los vascones y cántabros, instaurando la Pax Romana y, convirtiendo en provincia romana a toda Hispania; Desde entonces, toda la historia nos habla de acontecimientos repletos de personajes que con su vida y su heroísmo, nos hacen presente la unidad de esta tierra llamada España; la unidad no está reñida con tu cultura y tus tradiciones, muy por el contrario, enriquece al conjunto. En las noches oscuras con el farolillo de la fe, les proporcionaba una alternativa viable a la paz y a la convivencia. La retórica de los políticos vascos iba por un lado, el estado franquista atacaba y cada vez era más peligroso decir la verdad, tu propia opinión. No te perdonaban que tuvieras un discurso negativo cuando la pluralidad de tendencias es el enriquecimiento de un pueblo. Se comenzó a presentar las cosas fuera de contexto, los medios de comunicación se hacían eco pero sus dedos y su voz estaba maniatados…”

-Veo que llevas alianza, Josu ¿Es adorno o un compromiso adquirido?

-Compromiso, don Ignacio. Por cierto ¿Por qué cree usted que hoy el amor es tan vulnerable, frágil?

-Hoy somos más sinceros, más egoístas, quizá, más auténticos. En mis tiempos, portar una alianza en tus manos era signo inequívoco de fidelidad eterna, en muchos casos, aún después de la muerte. Recuerdo que…

“Tenía a mis adorables beatonas confesándose un día sí y otro también, de esta forma, tenían la sensación de estar en paz con Dios ¡pobres mujeres! Había una que estuve mucho tiempo sin ver su rostro, sólo conocía de ella su voz y su corazón; era muy rígida en sus costumbres, se confesaba los martes y los viernes; me hacía gracia que no sintiera arrepentimiento por su conducta, tampoco había nada por lo que arrepentirse, sin embargo, puntualmente después de la misa de 9, se arrodillaba y comenzaba a contar fragmentos de una vida dura, cabal y con mucho arrojo, en definitiva, una mente bien amueblada. El día que la reconocí dándole la comunión, fue por sus manos decoradas con dos alianzas y tendidas para recibir el cuerpo de Cristo; sentí que mi corazón se arrugaba y, ahí comenzó un calvario personal entre la sospecha política, el servicio a la iglesia y mi corazón de hombre. Pedí el traslado, me daba igual donde me mandaran con tal de salir del influjo que me producía aquella mujer. Me mandaron al seminario de Derio, de ahí a Bilbao… Sin duda, me había convertido en un hombre atormentado cuyo celibato pesaba más que su amor a Dios. Sí es cierto que recobré algo la calma espiritual, cuando creyeron conveniente destinarme al valle de Aezcoa; allí, encerrado entre bosques de hayas y robles, pastos y cabezas de ganado, me sentí de nuevo libre y al servicio de Dios en cuerpo y alma. También, te puedo decir Josu que comenzaba a haber un difurcamiento de mi vida como sacerdote, me explico: Sí, es verdad que parecía superado mi amor por aquella mujer pero, cada vez me veía más comprometido con la causa del nacionalismo vasco, eso sí, por supuesto sin dejar de amar a Dios ¡Es gracioso! Más que nunca le sentía a mi lado, según me iba alejando del compromiso de la iglesia que, lógicamente me iba dando toques de atención y yo, cada vez me sentía más ahogado. Recuerdo como si fuera ahora mismo aquel día de principios de octubre; era media noche cuando aporrearon la puerta colindante a la iglesia donde yo vivía, me asusté pero salí precipitado a abrir. Mis ojos contemplaron a un hombre malherido, sujetado por otro en cuya cintura reposaba una pistola; le pedí que dejara el arma en la calle, en la casa de Dios no podían entrar semejante violencia. Entre los dos, le dimos los primeros auxilios al herido. Pregunté si deseaba la confesión y me dijo *Padre, no hay arrepentimiento, también Cristo dio la vida por su pueblo* y, cerró los ojos para siempre; obligué al compañero a que saliera pitando de allí. Llegó la guardia civil y me inventé una historia entre lo real y lo ficticio; ahí me di cuenta que no podía seguir con las vestiduras de sacerdote…”

-¿Hay consenso en su alma actualmente, don Ignacio?

-¡Qué cosas preguntas, hijo mío! El hombre si camina no está en paz jamás, el demonio sale en cada esquina. He estado en la cárcel, perseguido, en la sombra, pero tratando siempre de luchar por mis ideas, por Dios y por el amor a mi mujer.

-¿Se casó, don Ignacio?

-No, me excomulgó la iglesia pero lo gracioso, es que sé que Dios me ama y, yo trato de que su palabra y su verdad estén siempre en todo lo que hago.

-¿Cómo es que vive en Madrid?

-En el año 70, las cosas estaban tan feas, recuerde el juicio de Burgos, que me aconsejaron irme de España. Ayudado por un simpatizante de Acción Nacionalista Vasca, Amador González, me fui a Uruguay hasta que en 1975 volví. No me gustó lo que encontré al regresar; se me puede tachar de idealista pero, no puedo estar de acuerdo con gente que se toma la justicia por su cuenta y decide sobre la vida de otros, decretando la muerte para atemorizar a la sociedad; suprimir físicamente a quienes no comparten la propias ideas o, se resisten a su predominio en un pueblo, en un barrio, en una ciudad o, en una nación entera. Josu, Dios me enseñó que los zarpazos del terrorismo no son el camino. Me desvinculé de ellos totalmente, aunque traté de continuar con mi labor pastoral, visitando a los presos en las cárceles, dando consuelo a sus familiares…

-¿Y ahora?

-Ambos bandos me odiaban, pero nunca he llegado a sentirme incomprendido, he hecho lo que he creído conveniente, sin más. Mis huesos han venido a parar a esta gran ciudad que aunque no me gusta, y ame la paz del campo, aquí, el anonimato es bueno.

-Y ¿Su compañera?

– Itziar sigue, muy arrugadita aunque tan hermosa como siempre, en el Baztán; ya le dije que las alianzas de antes no son las de ahora.

-¿Entonces?-Nada. La amé, la amó en cuerpo y alma y precisamente por eso, no puedo obligarle a renunciar a su propia esencia.

-¿Algo más? Sí *Yahvé, mi Señor, es mi fortaleza, que me da pies como de ciervo y me hace correr por las alturas*

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
A %d blogueros les gusta esto: