Tacos y frijoles con tortilla de patata

Tacos y frijoles con tortilla de patata

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México D.F., 24 de marzo 2002

 

-¿Pero qué me pides muchacho? No tengo edad para esa locura; soy un anciano de noventa y seis años. Si me subo a un avión, ¿qué crees que hará la presión con mi viejo corazón? No soy el Papa que viaja con toda la corte celestial, sino Cosme Ferrer cuyo pasado es tan lejano que se nubla y a veces se pierde en el tiempo. Ven a la terraza. ¿Ves esa nube sucia en el valle de Anáhuac? Y ahora mira allá lejos, hacia levante; los volcanes nevados con el humeante guerrero Popocatépetl e Iztacihuatl, su mujer dormida. Pues bien, abre los oídos y escúchame: Esta ciudad de contrastes tan marcados, que tiembla más que los flanes que hacía mi madre por los constantes seísmos, el bosque de Chapultepec que me recibe cada mañana de primavera para que pueda pasear a mi querida Guadalupe, son mi presente, mi vida, no quiero más.

-Señor Ferrer, no deseo que me conteste ahora mismo, tómese su tiempo. El viaje sería para septiembre y sería un gran honor para la Fundación Pablo Iglesias contar con su asistencia, el Rey inaugurará las jornadas. Todos los gastos correrán a cargo de la fundación, por eso no se preocupe.

-¡Qué testarudo eres, jovencito! Pero me gustas, tienes una mirada franca, una juventud y una ilusión que te rezuman por los poros. ¿Sabes? Durante muchos, muchísimos años sentí en mi corazón el desarraigo, la vejación, pero esas sensaciones terminaron en mil novecientos setenta y ocho cuando el rey Juan Carlos vino a México exclusivamente a abrazar a la viuda de Manuel Azaña; también a mí me saludó y a otros muchos que estaban allí. Si vieras cómo lloraba mi Lupita. ¡Recóncholis qué gran mujer me regaló esta hermosa nación!

-Señor Ferrer, ¿está usted cómodo? ¿Necesita alguna cosa más? Su esposa está sentada a la izquierda ¿La ve? Bien, pues cuando usted desee comenzamos. ¡Ah! Si quiere más agua o se cansa, por favor levante la mano.

Toma I, invierno 1939. Playa de Saint Cyprien

¡Eh miren qué linda plaza, che! Es la de las Tres Culturas, vean cómo bailan los estudiantes a la manera azteca. ¡Ay, perdón! Ya me centro. Los viejos mezclamos el pasado y el presente sin querer. Nos convertimos en niños, nos distraemos con un… copo de nieve.

Aquel invierno del treinta y nueve fue duro de veras; la nieve caía y caía. En los caminos tenía al menos veinte centímetros de grosor, los surcos dejados por algún coche eran nuestra guía. Ingentes columnas de hombres y mujeres con niños desfilaban por tierras cubiertas de un blanco sepulcral. Las madres abrazaban a sus hijos para darles un calor que no tenían. Los ancianos, arrastrando sus escasas pertenencias en hatillos o maletas atadas con cuerdas, caminaban tras los jóvenes. Muchos de ellos se quedaban tirados en la cuneta; ya no sólo era la edad, eran sobre todo aquellos veinte grados bajo cero que helaban un futuro incierto.

Yo era médico, igual que mi padre. Cuando nos obligaron a ir a la estación para ser trasladados a Madrid, mi padre tomó su viejo maletín de trabajo, metió el manual de medicina y me dijo: Cosme despídete de tu madre, no lleves nada, lo necesario ya lo llevo yo.

Fui junto a mi madre; estaba encorvada; me puse de rodillas y metí la cabeza en su cintura; quise oler por última vez el aroma de mi casa. Luego me dio su amuleto, “La estampa del Ángel de la guarda”, impregnada con el sabor de sus labios.

Tuvimos suerte en el vagón en que nos montaron; era uno de esos que trasladaban animales y allí nos hacinaron. Me hace gracia ese pensamiento; quizá los facciosos pensaron que al llevarnos de semejante manera nos iban a humillar, pero se equivocaron. Nuestra dignidad y la fuerza de nuestras ideas lo impedían. Allí dentro había de todo, campesinos, un orfebre, tres o cuatro médicos, un arquitecto, un catedrático de lengua. El  trozo de trayecto que hice antes de fugarme con tres catalanes fue alegre y bullicioso; unos cantaban, otros compartían vivencias… así hasta que en medio de la noche el tren se paró.

Mi padre me cogió por las solapas de la chaqueta y me susurró “Hijo mío, éste no es aún tu final, tu destino es otro. Vete con estos tres catalanes”. Y sin más, me dio un empujón y caí a la tierra fría y mojada. Sentí miedo, mucho; temblaba como un niño chico, pero uno de los catalanes me espetó que no fuera una nena y que moviera el culo. Al amanecer me di cuenta de que llevaba asido el maletín de mi padre. Encontramos un muerto tirado en medio del campo; uno de los catalanes, Sergi, se agachó a registrarlo; le quitó el abrigo que me lo tendió para que me abrigara; olía a rancio. Después, le quitó los calcetines y las botas; el catalán valiente, frío y calculador, hasta ese momento había ido caminando descalzo; su fortaleza y su riguroso ánimo imprimieron en mí un código de silencio… Creo que jamás volví a quejarme de nada.

Como a unos cien kilómetros de la frontera, ya casi en los Pirineos, comenzamos a ver masas de peregrinos que, como nosotros, huían; caminábamos por la noche y nos escondíamos durante el día, pero la oscuridad no pudo impedir que uno de los aviones bombardeara por dónde íbamos, matando a Marc y a un grupo de mujeres; fue sobrecogedor. Mientras unos hacían una zanja para enterrarlos, otros les desposeían de sus miserias. Un sacerdote, rezó sobre aquel nicho y reemprendimos la marcha.

Y con el cansancio en nuestros huesos y la esperanza en los corazones llegamos lentamente a Francia, a la playa de Saint Cyprien, uno de los numerosos campos de concentración para la diáspora republicana. Nos lavábamos en las aguas heladas de un mar salado y gris, cavábamos zanjas mientras la nieve caía y los grados se congelaban; el mearnos encima nos producía cierto calor reconfortante.

Subsistíamos como podíamos, en una Europa que poco a poco se preparaba para una guerra, la grande de todas las grandes… yo más sangre, más dolor no quería. Hablé con Sergi y Pau y planeamos una nueva huída. Esta vez sería América, que se convertiría en la madre protectora de los hijos pródigos y descarriados.

-Don Cosme, ¿cómo se encuentra? ¿Animado para seguir? Como verá, sus deseos son órdenes para nosotros y esta escena la rodaremos  delante del mural de Diego Rivera. ¿Dónde quiere que pongamos la silla?

-Gracias joven, son todos ustedes muy amables. Esta vez prefiero, apoyado en mi bastón, caminar por mis recuerdos y pasear mi vista por esta belleza que simboliza el acueducto de Lerma con el agua, el maíz y la papa, alimentos imprescindibles de este pueblo maravilloso que me dio la oportunidad de volver a nacer…

Toma II, 1941 rumbo al Nuevo Mundo

Los principios que cada uno tiene, son tu guía, tu emblema, la extensión de tu yo, pero a veces las circunstancias te obligan a ser infiel eventualmente; mentir no entraba en mi vocabulario, robar tampoco, matar menos… sin embargo, estas tres infidelidades las cometí sin pestañear.

El camino hasta Marsella estuvo salpicado de incidentes. Nada más escaparnos de  Saint Cyprien tuvimos la suerte de poder subir a un camión que transportaba cerdos y gallinas; el olor era apestoso, pero estábamos felices con la suerte de haber encontrado un campesino de buenos sentimientos que nos camufló entre sus animales. Los controles en las carreteras cada vez eran más frecuentes, con lo que el campesino decidió ir campo a través. En una bifurcación encontramos de nuevo un control con tres soldados; éstos se pusieron muy pesados pidiendo documentación al campesino y queriendo registrar la parte trasera del camión. Al hombre no le quedó más remedio que dejarles mirar; un par de gallinas se asustaron y descubrieron uno de los pies de Pau… Aquello se convirtió en una pesadilla. Uno de los soldados se volvió al campesino y le disparó un tiro en el cuello; los cerdos se abalanzaron hacia la tierra cayendo encima de dos de los soldados, lo cual nos permitió golpear a los dos soldados con todas nuestras fuerzas. El tercero fue abatido por Sergi con uno de los fusiles. Cuando terminó aquella barbarie, muertos los soldados y el campesino, nos vestimos con las ropas de los soldados y robamos hasta la documentación del campesino; nos llevamos tres lechones y una gallina, y huimos en el coche de los militares. Al caer la noche nos refugiamos cerca de un acantilado; teníamos un hambre atroz y decidimos matar la gallina. Llegados a este punto, jovencito, te he de confesar que me dolió más matar la gallina que a aquel soldado; ella campaba tranquilamente cuando mis manos la estrangularon. La imagen de los ojos desorbitados del animal me impidieron aquella noche cenar y me dormí por tercera noche consecutiva con el estomago vacío… No he vuelto a comer una gallina en mi vida.

El sonido de una sirena nos despertó y salimos zumbando de aquel lugar. Al rato llegamos a la costa; era un pueblecillo marinero que se preparaba para salir a faenar aguas adentro. ¡Cuánto me alegré en aquel momento de las enseñanzas de mi padre con el idioma francés! La ristra de mentiras que dije al capitán de una de las embarcaciones no las puedo ya ni recordar, pero sí se resumían en que queríamos salir de aquella Europa que bramaba entre el fuego y los disparos. Estoy convencido a estas alturas, jovencito, de que aquel hombre sereno y fortachón no se creyó nada de lo que le conté; su actitud hasta dejarnos cerca de las costas africanas me lo demostró… Con su silencio, su respeto, su saber estar. Aprendimos a pescar, ayudamos a nuestros salvadores y al despedirnos de ellos nos estrechamos con fuerza las manos; Sergi les tendió uno de los lechones y ellos lo recogieron agradecidos. Luego emprendimos el camino hacia Casablanca.

Allí, un veintiuno de noviembre embarcábamos en un buque mercante de un tal Indalecio Prieto rumbo a México, por un océano plagado de minas y submarinos. Siguiendo la ruta de los destructores ingleses, para evitar a los alemanes que andaban por la zona, llegamos a las costas de México en veintitrés días.

Recuerdo como si fuera ahora mismo, jovencito, las caras de aquella pequeña España al atisbar en el horizonte la tierra que nos iba a recibir gracias al presidente Cárdenas. En nuestros rostros se veía la esperanza de que aquella situación, aunque cada uno de los deportados la tomábamos como provisional, fuera el resorte para dejar atrás el terror, la miseria humana, y recobrar la identidad y dignidad para volver a sentirnos ciudadanos del mundo.

-Buenos días señor Ferrer… Doña Guadalupe, ¡qué linda está usted tan de mañana!

-Buenos días niños. Recuérdenme, cuando terminemos hoy la grabación, que como broche final les lleve a uno de mis lugares favoritos. ¿Empezamos?

 

Toma III, Hernán Cortés, diciembre de 1941

Jovencitos, sepan a estas alturas de la historia que Cosme Ferrer no era ni valiente ni hombretón de pelo en pecho; no, era un gallina que aunque por su boca no salía queja alguna, en sus modos era, como decía Sergi, una nena que llegó a Veracruz mareado, asustado, que no sabía hacer otra cosa que no fuera puntos de sutura, ayudar a parir a los animales, a las mujeres y bajar la fiebre de los niños; sus vómitos eran constantes y, en cuanto pisó tierra mexicana, estuvo más de un mes beodo por culpa del tequila. ¡Ah! También cuidaba de García y Veleidad… las mascotas, que ya no eran lechones sino hermosos cerdos.

Hispanoamérica abrió sus puertas sin restricción; nos diversificamos de tal manera que los artesanos se fueron para Chile, a Venezuela los médicos; en México se quedaron gentes de todas las profesiones y oficios. Hacia Argentina partieron los intelectuales y… Jajajajajaja, ¿Saben que a Trujillo hubo que pagarle para que acogiera a refugiados en Santo Domingo? ¡Vil metal don dinero, chiquillos! Nosotros tres nunca despegamos de la pobreza económica, pero una vez superado y asimilado que aquello no era una situación transitoria, que nuestra España ya no existía…, guardamos nuestra añoranza, nos comimos nuestro dolor y tiramos hacia el futuro.

Pero dentro de la costra latían sentimientos, no sólo tristezas y nostalgias; unos a otros nos apoyábamos, ayudándonos a que nuevas ilusiones enraizaran en nuestras existencias. Nos forjamos una evocación única para transmitir a las futuras generaciones, porque sobre el olvido no puede construirse una sociedad justa y libre.

Mi profesión me ayudó también a superar esa pena tan honda y trajo hasta mí una nueva luz de esperanza una linda mañana de verano. Mientras ayudaba a un ternero a nacer… unas trenzas negras como el azabache se posaron en mis hombros; quería ver nacer al animal… Era mi Guadalupe.

Poco a poco los aromas de las taquerías, las fritangas callejeras, los antojitos, los panes dulces, el llanto rodeado de mariachis comenzaron a correr por mis venas y… mi sangre se convirtió en mestiza.

-Jovencitos, ¿me dan un último capricho? Me gustaría que el reportaje terminara con una reflexión de León Felipe:

“Franco, tuya es la hacienda/ la casa, / el caballo/ y la pistola. / Mía es la voz antigua de la tierra. / Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo…/ Mas yo te dejo mudo… ¡mudo!/ Y ¿cómo vas a recoger el trigo/ y alimentar el fuego/ si yo me llevo la canción?”

 

EPÍLOGO

-Hemos disfrutado mucho con usted, don Cosme… Gracias de verdad pero, ¿dónde está la sorpresa que nos iba a dar?

-¡Ay, juventud impaciente! Mi sorpresa está muy cerca del Zócalo, en una callejuela tan vieja como la sorpresa… Vamos.

-Señor Ferrer, ¿qué fue de sus amigos catalanes?

-¡Venga! Muevan el culo y dejen de ser nenas. Ya hemos llegado… Entren ¿A que es una taquería muy hermosa?

-¿Y esos dos cerdos disecados con la bandera republicana y la catalana, señor Ferrer?

-Jovencito, estás en la taquería García & Veleidad. ¡Sergiiiiii! Prepara unos tacos y fríjoles con tortilla de patata, y di a Pau que ponga bien de cebollita.

Madrid, 25 de octubre 2002

 

Photo by Loperon

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El paraguas

El paraguas

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Ayer llovió. Iba a salir de casa cuando vi el cristal de la cocina gimotear agua. Me gusta mojarme pero ayer me había lavado el pelo, así que volví a coger el paraguas.

Ya en la calle, el agua caía feroz tintineando en el techo del paraguas con una musicalidad que hacía tiempo que no escuchaba, pero la sorpresa me la llevé al mirar hacia arriba, a la tela del paraguas; sostuve durante unos segundos una picazón fuerte en el corazón… ¡Cuántos recuerdos me trajo!

Sin darme cuenta, caminaba llorando igual que el día, eran tanta la nostalgia que creí estar en Santiago de Compostela corriendo por los soportales porque llegaba tarde a clase, pero en la rúa do Vilar tuve que meterme a comprar un paraguas. Estaban atendiendo a un chico, pesado como él solo, que no se decidía si un paraguas negro o uno de colores verdes; nada que ver con un paraguas y otro y yo le dije, para que abreviara, que el verde daba más luz a una ciudad tan gris, pero mi comentario cayó en vacio así que me fui y llegué a clase tarde según la hora estipulada, pero el nuevo profesor de Lengua y Literatura aún llegó más tarde que yo.

Cuando le vi aparecer mis ojos no daban crédito; era el pelmazo de la tienda; desconecté rabiosa de sus escusas y posterior arenga literaria.

Cuando salí de clase seguía lloviendo, ya me daba igual estar más mojada o no. Al rato, noté que la lluvia no caía sobre el abrigo y me di cuenta que alguien me tapaba con un paraguas de colores verdes; sí era él.

… La lluvia en Santiago siguió su cauce como siempre, pero yo nunca volví a ser la misma. Me enamoré perdidamente de Mario y su paraguas. Fue una historia tan bonita como irreal. Duró tres años y luego desapareció, nunca volví a saber de él, pero nunca le olvidé. Tuve un montón de amoríos, hasta me casé y me divorcié, pero ninguno fue como Mario, ninguno.

Ayer llovía sobre Madrid. No me mojé pues llevaba un paraguas de colores verdes. En un semáforo me paré. Había un hombre delante de mí que me dio pena pues se estaba calando con esa agua alocada que caía. Inconscientemente le tapé. Él se volvió extrañado. Unos ojos, iguales a una carballeira de robles, me nublaron.

-¡Olga!

-¡Mario!

Hoy no llueve aunque el hombre del tiempo ha amenazado que a última hora quizás lo haga.

Llevaré el paraguas. He quedado con Mario y me encantaría que lloviera.

Photo by :: De todos los Colores ::

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Tiempos sin cosecha

Tiempos sin cosecha

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-¡Mare de Déu, Mare de Déu! Estáis locos- rezongaba Virtudes mientras unas lágrimas salpimentaban la ropa que recogía en ese momento del tendal.

Había llegado un momento de su vida en el cual se desconectó del mundo. No sabe muy bien si por falta de entendimiento o porque ya no la interesaba. Ella, luces tenía las justas pero eso no era óbice para que no se diera cuenta y comprendiera mucho de los actos de sus hijos junto al mutismo del padre y la presencia omnipresente de la madre que era ella misma, Virtudes, la mujer que vino del campo castellano hace treinta y cinco años a buscar trabajo a Barcelona.

¿Y por qué a Barcelona y no a Madrid que estaba más cerca de su pueblo? Muy sencillo… Virtudes por no saber no sabía lo que era una capital; nunca había salido del pueblo ni de las faldas de su madre. Eran cinco hermanos y los cinco trabajaban las tierras de su padre que antes fueron de su abuelo y mucho antes de su bisabuelo. Trabajaban de sol a sol y era precisamente lo que Virtudes bien sabía hacer: trabajar. Sin embargo, llegaron tiempos de malas cosechas, sus hermanos varones emigraron a las ciudades en busca de pan y trabajo, y a su padre le dio por la bebida, perdiendo las tierras de dos generaciones y una cirrosis se lo llevó.

Su hermana Suplicio, que arrestos no la faltaban y el pueblo la picaba las entrañas, decidió también marcharse, cuanto más lejos, mejor. Don Pere, el párroco, un catalán reconvertido a castellano por los muchos años que llevaba por esas tierras por mandato de su diócesis, escribió a unos familiares que aún conservaba en Barcelona. Estos le mandaron un par de referencias para que Suplicio trabajara de “Noia de servei” y, sin pensarlo dos veces, partió. Al poco tiempo de irse, la madre, de pena y años, murió, quedándose Virtudes sola en el pueblo. Por caridad cristiana a su madre y a ella, las habían dejado vivir en la casa que tampoco era ya suya pues las tierras y la casa iban unidas. Así que en la calle y sin nada con veinticinco años se fue en busca de su hermana a Barcelona.

Virtudes nunca había visto el mar y aquella masa de agua interminable llamada Mediterráneo le cautivó como le sedujo aquel azul de cielo tan lleno de luz. Comenzó una nueva vida donde todo era nuevo y sorprendente para ella. Lo único que de verdad conocía era trabajar y a su hermana; el resto, para ella, era volver a nacer y aprender a caminar como si se tratara de una niña chica.

Entró de Noia de servei, como Suplicio, en la casa de la cuñada de la señora donde trabajaba su hermana. Y allí precisamente conoció a Pere, el chófer de la familia.

¿Qué vio en él? Todo. Eran la noche y el día con solo dos puntos en común: trabajador y servicial y amor a su tierra. Pere era extrovertido, soñador. Virtudes, tímida y realista. Él apenas hablaba castellano y Virtudes nada de catalán, pero sus miradas y gestos hablaban por ellos. Sus ratos libres siempre iban a la playa, a sentarse en la orilla y sistemáticamente Virtudes decía a Pere “¡Me gusta tanto el mar! No tiene patria ni condición y sus aguas darán eternamente cosecha”

Después de más de tres décadas ninguno sabe el idioma del otro, sin embargo Pere aprendió a amar los campos castellanos sin haberlos visto jamás y para Virtudes Cataluña se convirtió en su otra tierra. La ama, la venera y no concibe su vida sin el Mediterráneo que la brindó su segunda vida. Siete lustros mirando ambos en la misma dirección e igualmente comprometidos que el primer día.

Pere y Virtudes aún no se han jubilado, el trabajo les mantiene vivos y así les han podido dar a sus hijos una amplitud de miras que ellos no tuvieron. Pero ahora, mientras Virtudes sigue colgando la colada en un domingo de otoño soleado y dorado que se dibuja por la parra que crece en el patio de su hogar, se pregunta para qué tanto sacrificio si sus tres vástagos son más obtusos que ella misma sin ningún estudio, ni si quiera su Pere, tan catalán que es y que nunca salió de su tierra, es tan visceral como sus hijos.

– Ells saben el que volen, Virtuts. Allà ells, el futur és per a ells. Nosaltres ja hem fet tot el que havíem de fer i orgull és l’única cosa que hem de sentir (Ellos saben lo que quieren, Virtudes. ¡Allá ellos! El futuro es para ellos. Nosotros ya hemos hecho todo lo que debíamos hacer y orgullo es lo único que debemos sentir)- dice Pere a Virtudes con una sonrisa cansada y una mirada buscado la comprensión de su esposa.

-Pere mírame a los ojos y contéstame, ¿Tú vas a ir a votar para separarte de España?

– Sí, Virtuts. Jo em sento català, no espanyol. Als teus fills els passa el mateix (Sí, Virtudes. Yo me siento  catalán, no español. A tus hijos les pasa lo mismo)- calla un momento para coger aire, para seguir mirando a su amor castellano-… Així aquesta vegada, encara que sentis que m’allunyo de tu, no és cert del tot ja que em quedo en una part de tu mateixa, potser la més important, en els teus fills (Así esta vez, aunque sientas que me alejo de ti, no es cierto del todo, pues me quedo en una parte de ti misma, tal vez la más importante, en tus hijos)- los ojos de Pere taladraban a los de su esposa- ¿vas a respetar mi decisión?

Virtudes bajó los ojos pero sintió que los pasos de Pere se alejaban. Aquel domingo la comida familiar fue distinta a otros festivos en los que se sentaban los cinco alrededor de una mesa y compartían las cuitas semanales. A partir de aquel día en la casa de Virtudes más que voces se oían susurros que enmudecían cuando sentían acercarse a Virtudes. Y en el hogar de esta mujer sin más entendederas que la propia subsistencia, comenzó a crecer una brecha que ni ella misma comprendía ni se explicaba, pero su tozudez, su forma de ser reservada le impidió decir una palabra más alta que otra, ni siquiera un reflexión escapada en un momento de soledad, nada. Por su parte, tanto su marido como sus hijos, por amor, respeto y no querer herir a su madre, silenciaron pensamientos, verbos, todo, y en casa de Virtudes y Pere se instaló la afasia.

Tan atribulada estaba que hasta su propia hermana se lo notó y un buen día la invitó a dar un paseo. Se acercaron hasta la playa, el lugar predilecto de Virtudes. Ambas hermanas se descalzaron, a las dos las gustaba el contacto de la arena en sus pies. Caminaron hasta la orilla. Virtudes se volvió a su hermana y mirándola con una sonrisa extraña, dijo

:-Me hubiera gustado saber nadar para comprender qué sensación es la de flotar. ¡Me gusta tanto el mar! No tiene patria ni condición…, es de todos. Nunca se me ocurrió pedirle a Pere que me enseñara. Si hubiera aprendido, quizá ahora sabría flotar entre dos aguas, hermana.

-Algo dejó caer Pere el otro día cuando estuvo en casa de mis señores y no te entiendo Virtudes. Cataluña te ha dado todo, en cambio España nos quitó todo- Virtudes al oír las palabras de su hermana se volvió y en su cara solo había estupefacción.

-Suplicio, ¿tú también reniegas de España?

-Mi patria es esta, Virtudes, no te digo  nada más. Es lo que siento.

Las hermanas no hablaron más. Fueron por el reborde del agua mientras la tarde palidecía y una suave brisa agitaba  sus hebras de plata. Virtudes se agarró al brazo de su hermana pero presintió en él la frialdad del hielo y lo soltó. Se dijeron adiós y cada hermana tiró en una dirección. Virtudes se montó en el autobús sentándose en un asiento de atrás del todo. Solía hacerlo con asiduidad siempre que estaba libre. Sentía que era el confesionario consigo misma mientras sus ojos se perdían por el ventanal viendo la ciudad. Esa tarde se sentía especialmente sola y abatida. Nunca  se había sentido así como si su corazón se hubiera rasgado y nadie acudiera a coser su herida.El autobús paró en un semáforo y mientras ella miraba a lo lejos el Mediterráneo, un fuerte impacto rebotó en el autobús. El cuerpo de Virtudes salió despedido; apenas vivió unas horas.

– ¿Pare, on anem a soterrats a la mare?

-En el Mediterráneo.  No tiene patria ni condición y sus aguas darán eternamente cosecha.

Fue la única vez que Pere habló en castellano. El uno de octubre Pere y sus hijos fueron a votar.

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El billete de lotería

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Domingo amaneció demasiado temprano. Eran las cinco de la mañana cuando su madre escuchó ruidos en la habitación contigua. Quiso incorporarse, pero sus huesos no se lo permitieron. El frío era demasiado atronador en aquella casa que tenía fisuras por todas las esquinas y, el poco calor que había, se escapaba a volar con la niebla. Sin embargo, Dionisia seguía dando gracias a Dios por tener un techo y saber que sus dos hijos aún seguían vivos. La guerra ya la había quitado bastante, ahora tenía que procurar que lo que la quedaba estuviera a buen recaudo.

Ella, apenas podía trabajar y se limitaba a conservar esas cuatro paredes para sus polluelos. El invierno venía muy crudo. Faltaban alimentos, sobraba hambre, pero las esperanzas seguían prendidas en el corazón de Dionisia. Sabía que algún día esa guerra terminaría, dejarían de fingir y vivirían en paz. Todos los días, sin que lo supieran sus hijos, se acercaba a la puerta de la parroquia y, a la salida de misa de una, se ponía en la puerta a mendigar; siempre regresaba con algo, aún quedaba gente caritativa.

Domingo, con diecisiete años, era el limpiabotas del bar Central, el más reputado de la ciudad, y Teresita, con quince años, había entrado a servir en casa del abogado Díaz, muy afamado, aunque un hombre sobradamente tacaño. Pero Dionisia se conformaba con pensar que la niña estaba recogida y, aunque casi no la pagasen, tomaba un plato caliente al día. No así Domingo, que cada día estaba más escuálido. Lo poco que ganaba apenas les permitía comprar unas patatas y algún huevo. En el bar, de vez en cuando, le daban un poco de leche que en vez de tomársela él, se la llevaba por las noches a su madre. Dionisia añadía agua y con mendrugos de pan duro se tomaban un tazón cada uno.

Desde que muriera su marido, a principios del treinta y siete, en manos de los republicanos cuando volvía junto a Sebastián, su hijo mayor, todo había ido de mal en peor. Ni siquiera sabía dónde los habían enterrado. Sólo se acercó una pareja de la guardia civil a entregarle la documentación de su marido e hijo y comunicarla su fallecimiento acusándoles de desertores, además… Cuántas mentiras tuvo que escuchar y soportar aquellos días. Estuvo a punto de morir de pena y, si no llega a ser por los dos hijos que la quedaban, Dionisia se hubiera dejado morir.

De esto había pasado veintiún meses de calvario…

Domingo sacó a su madre de aquellos recuerdos. Apareció con el rostro encendido y una vela en la mano.

-Madre, hoy es el gran día.

– ¿Ya estamos con esas, hijo?

-Madre, usted, déjeme a mí hacer. Hoy antes de que termine el día, todo habrá cambiado para nosotros y nos iremos los tres muy lejos de aquí.

-Sigue soñando, Domingo, y la torta que te vas a llevar se te romperán los huesos de por vida.

-Madre, le repito que aquel hombre era un ángel, un mago, un duende un…, bueno, da igual. Nunca le había visto por el bar. Me dijo que venía de tierras lejanas y cálidas. Después de limpiarle aquellos zapatos que parecían espejos, metió la mano en el bolsillo y me entregó el décimo de lotería. ¿Le leo el número, madre?

-No, Domingo, no. De sobra me sé el número, 36.758… Llevas mes y medio repitiéndomelo. Tengo miedo, hijo. Como te pesquen con el décimo, pensarán que lo has robado. ¿No lo comprendes, Domingo?

-Madre no se puede vivir con miedo. Estoy harto. Hoy nos iremos de aquí. Ya he preparado todo. Teresita no irá a trabajar.

-Domingo, no quiero que sigas, ¿de acuerdo? Teresita irá a trabajar a las ocho, como todos los días.

-No voy a discutir con usted, Madre. El hombre me lo dijo bien claro.

– ¿Qué te dijo, hijo?

-No se lo puedo decir, Madre. Todo lo sabrá en su momento- Domingo se inclinó para dar un beso a su madre y salió precipitadamente para regresar con la manta de su cama para ponérsela a su madre. Con amorosa actitud tapó a su madre y como despedida sentenció: Madre a las once estese lista. A los diez treinta y cinco minutos nuestro destino habrá cambiado para siempre- y con estas palabras se dio la media vuelta y salió de casa.

Dionisia meneando la cabeza, rezó una plegaria a Dios para que protegiera a su hijo y cerró los ojos un rato más, la dolían demasiado los huesos.

Se despertó asustada cuando oyó las diez campanadas de la iglesia. Sin darse cuenta se levantó como una paloma que inicia el vuelo. Se sentía ágil, feliz, como si los años hubieran desaparecido de su dolorido cuerpo. La casa estaba en silencio y, aunque la pobreza era la misma que hacía unas horas, aquellas paredes a Dionisia la parecían muy distintas.

Las campanas de la parroquia dieron las medias y unos minutos después, una luz extraña se pegó a la ventana desvencijada de la habitación de Dionisia. Ésta la miró como si la hubiera estado esperando desde hacía mucho tiempo; sonrío y cogiendo el hatillo se fue a la cocina. Se sentó con la calma que sabe que un fin está próximo y cunado las campanadas no habían terminado de dar las once, el chasquido de la puerta de la calle la hizo girar la cabeza. Se puso de pié sonriendo a Teresita y a Domingo. Los tres se abrazaron y salieron de aquella casa para siempre…

Domingo, su madre y hermana caminaban despacio, en cualquier momento aparecería el autobús que le dijo aquel hombre. Apretaba los billetes con su mano con temor a que se fueran a volar mientras rememoraba las palabras de aquel extraño “Domingo, pronto te cambiará la vida. Toma este décimo de lotería y estos tres billetes de autobús. El veintidós de diciembre a las once cogeréis un autobús hasta Burgos. Ingresarás el décimo en esta dirección. Allí te darán unas instrucciones. Síguelas. Pronto estaréis en Méjico. No digas nada, eres el elegido…”

 

Una radio no deja de sonar, unas voces infantiles cantan números, en especial el premio gordo, el 36.758. Es el veintidós de diciembre de mil novecientos treinta y ocho en una España de vencedores y vencidos; aún faltaban unos meses para que terminara aquella guerra de hermanos contra hermanos.

Sin embargo, para algunos, aquel día fue el principio de una esperanza… Y es que, en navidad en aquel entonces, entre disparos, odios y muerte, aún pudo subsistir la magia.

Photo by Gonmi

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La subasta

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Me desperté nervioso, por fin llegaba el día de hacer realidad el sueño de mi abuelo.

Todo había comenzado por un cúmulo de casualidades. Navegando por internet, me fijé en un anuncio sobre una subasta en el Monte de Piedad de Madrid. Pinché y me llevó al catálogo. Nunca había asistido a una y no sé porqué me acordé de Marta, mi novia. De un tiempo a esta parte quería pedirla que se casara conmigo, pero no me atrevía. Ella tan independiente me impedía dar el paso. Al ojear el catálogo, en la sexta página vi una pieza y mis ojos se anclaron en la foto. A la mañana siguiente indagué cuándo era la subasta y la dirección. Incluso volví a mirar el precio de salida y mi cuenta corriente, entonces llamé a Pablo, mi hermano.

-¿Me acompañarías el día 18 a una subasta? Si te cuento no te lo vas a creer, Pablo.

… Salgo del metro acelerado. Mi hermano ya está en la Plaza de las Descalzas, en la puerta del Monte de Piedad. Entramos. Comienza la subasta. La quinta pieza es la nuestra y llega el momento. Precio de salida 289,47 euros y yo tenso, mientras Pablo alza la mano de vez en cuando, el tiempo se me hace eterno y de pronto escucho “Adjudicado” y mi hermano me abraza.

He metido la mano en la americana y he leído la carta de mi abuelo:

Madrid, 17 julio 1936

Mí querida Marta… Hoy te he comprado el regalo de pedida. En septiembre te la llevaré. Es una sortija CHEVALIER, gallonada en oro y vista de plata con piedra de color central talla rectangular flanqueada por piedras de imitación. Es perfecta para ti.

Te amo Pablo

Pero no pudo ser. La guerra se interpuso y mi abuelo murió. Sin embargo, hoy ya la tengo y esta misma noche se la regalaré a Isabel.

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Daniel y Lucas

Daniel y Lucas

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Lucas,  así se llama mi perro y, por mucho que digan algunas voces que los animales son el vivo reflejo de sus amos, Lucas y yo no nos parecemos en nada; eso sí, el entendimiento es total. Cada uno de nosotros tiene sus manías, sus gustos y sus amores.

Hay una química entre ambos muy especial. Lo mío por él he de reconocer que comenzó por ese sentimiento llamado lástima. En aquel entonces, hace dos años, nueve meses y once días,  pasaba por el peor momento de mi vida en el que la pena y la soledad se habían incrustado en mi alma, en mí ser.

Él era demasiado pequeño para barruntar cómo podía ser la vida callejera si no llego a aparecer en su vida. Su madre parió delante de mis narices mientras estaba sentado al calorcito del sol andaluz un mes de abril del 2004; me impactó. Al rato, sin yo haber despegado los ojos de aquella escena y mientras la madre lamía los tres cuerpecillos famélicos, apareció el dueño del cortijo. Me explicó que estaba harto de que se le colaran chuchos por cualquier rendija y, sin más dilación, cogió a la madre y a los tres cachorros y se los llevó; no sé qué haría con ellos, lo que sí sé es que dos días después estaba observando la lluvia tan delicadamente triste igual a como yo me sentía cuando un ruido distrajo mi ensimismamiento. Miré en dirección a la maceta de geranios que está instalada junto a la puerta de la casa y, allí encontré una especie de bola negra con manchas blancas que levantaba a duras penas los ojos en mi dirección. ¡Joder! Se me pusieron de escapulario mis partes varoniles ante aquella mirada de desamparo, de abandono…, tal como yo me sentía.

Inmediatamente, según le cogía con mi mano, recordé que era uno de los perrillos de dos días antes. Aferré una toalla y lo envolví; estaba tiritando. A continuación, comenzó a chupar mi dedo meñique.
Sé que, a veces, los hombres damos de sí lo que damos, y lo único que se me ocurrió en aquel momento fue tirar de mi taza de café, ¡cómo lamía el plato!… Desde entonces, puedo decir que Lucas es un experto cafetero; no le vale cualquiera y, es más, el aroma le hace mover el rabo que da gusto. Si ve despistada una taza de café va a por ella así que hay que ser previsor y retirar lo que haya alrededor a riesgo que vaya al suelo. Ante el café no hay miramientos para él.
El resto de mis vacaciones solitarias las pasé con aquel chucho de raza imprecisa compartiendo mis cafés y llevándole en mi mochila cada vez que bajaba a Sevilla a ver alguna procesión; pensaba que si le dejaba solo le podría pasar algo.
Llegó el día de mi partida y, honestamente, mi intención fue dejarlo y entregárselo al dueño del cortijo pero, ¡coño!, me lanzó una de esas miradas tan suyas que se me partió el mundo en dos.

¿Qué iba a hacer yo con un perro en Madrid si no sabía cuidar ni de mi vida? Me sentía el ser más desdichado desde aquel once de marzo en que mi Macarena se fue al cielo en uno de aquellos trenes malditos. Yo, tampoco quería seguir viviendo y, sin embargo, estaba condenado a respirar el mismo aire que el de los asesinos que me robaron a mi esposa… Entonces, ¿qué hacía un perro en mi truculenta existencia?
Después de sopesar todos los inconvenientes y la ausencia de ventajas, el chucho se coló en mi coche… Bueno, no tengo porqué mentir: el perro era tan pequeño que si no le llego yo a montar en el asiento, allí se queda.

Así llegamos juntos a mi nueva vida de viudo de España. Con él, nunca me sentí solo en aquellos tiempos difíciles en que la niebla oscureció mi biografía.

Juntos hemos aprendido a caminar, a disfrutar de los pequeños placeres. Lucas es mi mejor confidente. Fíjense cómo será de inteligente que cuando le cuento historias de Macarena y me quedo callado porque una lágrima se escapa de mi corazón, él me lame mis manos perdidas en la nada.
Claro que, a veces, es un perro que no me respeta: odia a Tchaikovski y en el momento que me ve con el CD en la mano, se pone a ladrar como un poseso… ¿Lucas no será la reencarnación de Mozart?

… Si una mañana, alguien llama a tu puerta y ese alguien es de cuatro patas y te ladra, déjale que se enganche a tu corazón… Yo sé que Lucas me salvó del abismo.

Photo by Ana _Rey

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