El cementerio de las palabras muertas..

El cementerio de las palabras muertas..

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… Llevo horas vagando sin destino, la ciudad se ha convertido en un saco de escombros. Sólo alaridos, quejas mudas. Las calles están enterrando a las palabras porque no hay quien las escuche. Espectros que caminan con la prisa de salvarse porque han perdido la razón de ser. La tierra nos ha devorado, no nos quedan ni los ojos. Nuestras lenguas se agitan para clamar al cielo que las entrañas dejen de rugir. Luego volvemos a enmudecer, al mutismo infernal de la desesperanza.

Doblo una esquina, un árbol a medio tumbar me llama. Me siento junto a él y cierro los párpados; necesito dejar de pensar lo que no pienso… Me duermo y cuando despierto, recito el sueño: mi humilde casa mirando al paraíso, campos sembrados de mango. A un lado de la casa, las sabanas secándose al sol tierno del mediodía. Lusandia cimbrea la mecedora mientras su sonrisa se tuesta en mis ojos; pronto dará a luz a nuestro primer hijo. Se llamara Adel, como mi padre. Tan sólo faltan dos semanas para tenerle en mis brazos y mis manos trabajaran la tierra para darle un porvenir mejor que el mío. Sabrá leer y escribir como su madre. Tal vez pueda ir a la universidad y hacerse doctor. Lusandia y yo le veremos crecer fuerte y vigoroso como la caña de azúcar…

Pero mis ojos al terminar de contarme el sueño, se han topado con la oscuridad. Me he incorporado y he seguido caminando. Las estrellas iluminan lo poco que queda. Sigue el silencio, el humo entre los escombros, y un gato negro se pierde entre las ruinas. Un soldado me para enfocándome con una linterna. Me he puesto las manos delante de los ojos y me he dado cuenta que por ellas hay regueros de sangre seca… Me pregunta a dónde voy. Le doy un manotazo y sigo mi camino, pero al rato, escucho el silencio mudo que se queja. Paro, vuelvo a escuchar un llanto tan débil que me asusta. Trato de orientarme y logro saber por dónde sale el maullido. Me acerco a unos escombros, ahora lo escucho con más nitidez, pero no tengo luz, no puedo ver nada. Vuelvo la cabeza en busca del soldado y camino por donde he llegado en su busca; me vuelve a enfocar mientras escucha mis palabras atropelladas. Los dos nos ponemos a correr hasta que llegamos donde creía haber escuchado el llanto; sólo hay silencio. El soldado me hace un gesto para que nos sentemos a esperar. Saca un cigarrillo, me ofrece uno, yo fumo y cada vez que la aspiro, se enciende como un pequeño fogata en mi interior… De nuevo un quejido. El hombre se levanta precipitadamente y me tiende la linterna. Nos acercamos a los escombros y mientras yo enfoco, él quita de aquí y de allá, hasta que hace un agujero entre la montaña; gatea y le pierdo de vista. Yo, comienzo a temblar y las palabras han vuelto a enmudecer…

No tengo reloj, pero veo que el horizonte clarea. No he vuelto a escuchar al soldado. Apago la linterna y me siento. ¿Qué estoy esperando?, me pregunto. Los milagros en mi pueblo no existen, me dicta mi subconsciente. Pero de pronto, tras de mí escucho algo; me vuelvo y los escombros que están alrededor del agujero que hizo el soldado se están moviendo. Corro hacia allí y me asomo. Una cabeza inerte asciende hacia mí. Tiro de ella y sale todo un cuerpo. Es el de una mujer. La arrastro hasta la calzada y pongo mi mano en su corazón. No late. Era joven, mucho, pero no me da tiempo a perderme en estas reflexiones, ahora tan absurdas porque sigo escuchando ruidos en el agujero y vuelvo hacia allí… Ya veo las manos del soldado que me están tendiendo un bulto; lo atrapo, me apresuro hacia la calzada, lo deposito sin mirar y vuelvo al agujero. El soldado trata de salir. Le ayudo y cuando lo logra, queda tumbado encima de los escombros. Le muevo pues me he asustado de nuevo, no quiero quedarme solo, no lo resistiría… Está ya amaneciendo y el soldado gira su cabeza hacia mí. Está sonriendo y yo también.

De repente, me pregunta qué ha pasado con el bebé; no le entiendo. Se levanta tropezándose y se va a la calzada. Yo le sigo sin entender nada. Se agacha y destapa el bulto; de él asoma una manecilla moviéndose, tan pequeña que, del susto, me caigo hacia atrás. El soldado suelta una carcajada y me extiende sus brazos para que coja al niño. Estoy temblando, debe ser un recién nacido, es diminuto. Le acerco a mi pecho para darle calor. Debe gustarle pues su gesto es complacido. El soldado nos observa mientras se fuma un cigarrillo. Al cabo de un rato me dice.

-Cuídalo. Su madre es ésa que está ahí- vuelvo la cabeza a mirar el cuerpo; no me quedan lagrimas, y aprieto más fuerte a la criatura contra mi pecho.

… Ya no estoy solo, ni lo que me rodea parece un cementerio de palabras muertas, Adel está dormido en mis brazos, no dejo de hablarle, sé que él me escucha. Voy buscando un poco de leche. ¿Saben ustedes dónde la podré encontrar?

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El juramento

El juramento

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Recuerdo que mi padre era un ser extraño para la época en la que vivió en donde las etiquetas sociales era lo primero que se aprendía. Toda la gente estaba clasificada desde que nacía; mi padre, también, aunque lo ignoró. Me fascinaba contemplarle en silencio y soñar que algún día yo sería como él, hasta una excelente maestra, exactamente como él.

Parecía una tarabilla esperando que escampara para reemprender el vuelo entre azules y grises. Jamás discutía, escuchaba, repetía las palabras ajenas. Asentía y parecía meterse en el alma humana del que estaba hablando con él. A veces pensaba que hubiera sido un buen sacerdote, un pastor de almas tránsfugas, corazones descarriados, pero no para someterse a una religión, porque papá no creía en falsos dioses, sino para cultivar la grandeza del ser humano.

Él decía que todos estábamos hechos de material de primera, pero que ignorábamos nuestro potencial.

Se pasaba el día en la buhardilla refugiado entre sus libros. Sólo necesitaba un sillón, una mesa para escribir y un ventanal desde donde veía el cielo con su arco iris. Los árboles floreciendo, la nieve colarse en las aristas del huerto, o el mar en la lejanía batiendo su poderío entre gaviotas y espuma.

El camino hasta llegar a nuestra casa en otoño se encharcaba con las lluvias y si estaba seco, era una alfombra entre dorados y bermellones. Mi madre se enfadaba mucho con él cuando después de volver de la escuela nos sacaba a saltar charcos o a hacer cantar a las hojas secas. Después, cuando la luz del membrillo caía sobre nuestras sombras, íbamos al corral a decir adiós a las gallinas, a los dos cerdos y a la vaca Lola. Allí había un calor muy especial; papá muchas veces nos decía que debíamos mirar con gratitud a nuestros animales pues gracias a ellos podíamos alimentarnos. Pancho, nuestro perro, giraba las orejas cada vez que le oía hablar, parecía que entendiera los matices de su voz.

Madre, cuando volvíamos de nuestras travesuras, nos tenía preparado el chocolate con picatostes. Yo la abrazaba, me gustaba su olor a jabón, mientras que papá olía a virilidad. Yo en aquel entonces no sabía lo que era un hombre, pero mi padre como si estuviera adivinando mis pensamientos, me contestaba que algún lo sabría y que sería uno de los descubrimientos más fascinantes de mi vida; por desgracia, lo supe mucho antes de que las primaveras me convirtieran en mujer.

Corría el año mil novecientos treinta y siete y mi nación estaba dividida; había estallado la guerra, una contienda de hermanos contra hermanos. No obstante, mi padre en cierto modo nos hacía vivir al margen de aquella guerra tan absurda. Aquel otoño del treinta y siete mientras íbamos recogiendo leña para el duro invierno que nos esperaba, nos hizo prometer a los cuatro hermanos que jamás nos separarían nuestras ideas y que nos respetaríamos; juramos solemnemente su petición mientras a lo lejos se oían disparos.

Aquella noche los fusiles llamaron a nuestra puerta. Nosotros estábamos ya en la cama, padre en la buhardilla leyendo y madre cosiendo al lado del fuego. Sé que él los vio venir, pero no le dio tiempo a avisarnos. Madre quedó sentada mientras su sangre corría entre los pliegues de su labor. Papá como buen maestro que era quiso hacer razonar a aquellos locos que creían que con el fuego no hacían falta las palabras y eso. Precisamente, hundió a su mundo. Primero le ataron y después le hicieron ver cómo fusilaban a su hijo mayor. Después, cómo violaban a sus tres hijas. María tenía dieciséis años, Ana, catorce y yo, once. Antes de que tatuaran su cabeza con dos disparos, aquellos locos vocearon al unísono “¡Fascistas!” … Desaparecieron en la oscuridad de la noche.

Han pasado tantos años que la memoria se ha convertido en un desván donde se alojan hasta los trastos más inservibles… Como el odio que corre por mis venas hasta el día de mi muerte; lo juro por mi padre.

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Relatos con Historia… El cántaro roto de Antonio Miralles

Relatos con Historia… El cántaro roto de Antonio Miralles

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  • ¿Cómo te has atrevido, maldito cobarde, a avergonzar así a todo un pueblo, poniendo con tus actos la deshonra sobre los hombros de todos sus habitantes?

  • ¿Tú que dices de deshonra? Deshonrado estaría yo si permitiera que mi mujer hiciera lo que le diese la gana. Es mi mujer y como tal me debe obediencia.

  • No voy a usar contra ti la misma violencia que demuestras, aunque ganas no me faltan, porque veo que eres un pobre inculto. Pero sí que te voy a enseñar algo que tú ignoras, aun siendo hijo de este pueblo de Bailén, orgullo de toda la provincia de Jaén.

Cuando se forma parte de la historia con mayúsculas, se tiene una responsabilidad con los antepasados, y hay que saber comportarse como lo hicieron ellos. Con una historia como la nuestra, no pueden surgir en nuestro pueblo ni cobardes ni maltratadores, porque eso sería un insulto para todos.

Ven, observa este escudo del pueblo que estás avergonzando y dime que ves en él.

-Yo sólo veo un escudo que habrán hecho los políticos; no sé qué tiene que ver con los asuntos que yo tenga con mi mujer.

-Pues te lo voy a explicar para que seas tú el que se avergüence.

Mira, a la derecha aparecen dos sables unidos por una cinta, y al final de ella un águila boca abajo atrapada por sus garras. Sobre los sables una corona de laurel y una cinta con la leyenda: Bailén, 19 de julio de 1808.

Esto, debes tenerlo claro, hace referencia a la famosa batalla, la primera que perdieron los franceses en campo abierto, representados por el águila.

Y a la izquierda, ¿Qué ves?

-Un cántaro roto, que imagino que alude a la cerámica que hacemos aquí desde hace tanto tiempo.

-Pues no. Hace referencia al valor de tu mujer. Si, al de todas las mujeres. Y te lo explico:

Ese día de la batalla se alcanzaron aquí, como puedes imaginar, altísimas temperaturas, y tanto los franceses como los españoles sufrían por la sed. Pero nosotros teníamos a las mujeres, que, aunque no combatieron directamente, si se dieron cuenta del problema de la falta de agua entre las tropas.

Un gran número de ellas decidieron, mostrando gran valor, socorrer a nuestros soldados cruzando el campo de batalla para llevarles agua, a pesar del peligro de las balas francesas. No te extrañe que un acto así ayude a cambiar el signo de una batalla.

Según cuentan, una tal María Bellido llevaba un cántaro de agua al general Teodoro Redding, jefe de las tropas españolas, cuando una bala rozó el cuerpo de María y fue a dar en el cántaro, abriendo en él un boquete por el que se perdió el agua de su interior.

María lo miró consternada, ya que era mucha la necesidad que de esa agua tenía el militar, y la muchacha vio que a pesar del orifico de bala aún quedaba agua en su interior, con la que el general pudo saciar su sed. Ese es el cántaro que ves en tu escudo, que homenajea así a todas las valientes mujeres de Bailén, por su colaboración en la victoria.

Tú, como todos los hombres del mundo, y aún más los de Bailén, no podemos olvidar esta historia, y menospreciar u ofender a ninguna mujer de cualquier manera, pues probablemente muchos de nosotros vivamos gracias al valor que demostraron.

Ahora ve a casa y pide perdón a tu mujer, que, como todas sus antepasadas de 1808, es más valiente que tú.

Autor, Antonio Miralles

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Relatos con Historia… “Tacos y frijoles con tortilla de patata” de Mª Ángeles Cantalapiedra

Relatos con Historia… “Tacos y frijoles con tortilla de patata” de Mª Ángeles Cantalapiedra

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México D.F., 24 de marzo 2002

  • ¿Pero ¿qué me pides muchacho? No tengo edad para esa locura; soy un anciano de noventa y seis años. Si me subo a un avión, ¿qué crees que hará la presión con mi viejo corazón? No soy el Papa que viaja con toda la corte celestial, sino Cosme Ferrer cuyo pasado es tan lejano que se nubla y a veces se pierde en el tiempo. Ven a la terraza. ¿Ves esa nube sucia en el valle de Anáhuac? Y ahora mira allá lejos, hacia levante; los volcanes nevados con el humeante guerrero Popocatépetl e Iztacihuatl, su mujer dormida. Pues bien, abre los oídos y escúchame: Esta ciudad de contrastes tan marcados, que tiembla más que los flanes que hacía mi madre por los constantes seísmos, el bosque de Chapultepec que me recibe cada mañana de primavera para que pueda pasear a mi querida Guadalupe, son mi presente, mi vida, no quiero más.

-Señor Ferrer, no deseo que me conteste ahora mismo, tómese su tiempo. El viaje sería para septiembre y sería un gran honor para la Fundación Pablo Iglesias contar con su asistencia, el Rey inaugurará las jornadas. Todos los gastos correrán a cargo de la fundación, por eso no se preocupe.

  • ¡Qué testarudo eres, jovencito! Pero me gustas, tienes una mirada franca, una juventud y una ilusión que te rezuman por los poros. ¿Sabes? Durante muchos, muchísimos años sentí en mi corazón el desarraigo, la vejación, pero esas sensaciones terminaron en mil novecientos setenta y ocho cuando el rey Juan Carlos vino a México exclusivamente a abrazar a la viuda de Manuel Azaña; también a mí me saludó y a otros muchos que estaban allí. Si vieras cómo lloraba mi Lupita. ¡Recórcholis qué gran mujer me regaló esta hermosa nación!

-Señor Ferrer, ¿está usted cómodo? ¿Necesita alguna cosa más? Su esposa está sentada a la izquierda ¿La ve? Bien, pues cuando usted desee comenzamos. ¡Ah! Si quiere más agua o se cansa, por favor levante la mano.

Toma I, invierno 1939. Playa de Saint Cyprien

¡Eh miren qué linda plaza, che! Es la de las Tres Culturas, vean cómo bailan los estudiantes a la manera azteca. ¡Ay, perdón! Ya me centro. Los viejos mezclamos el pasado y el presente sin querer. Nos convertimos en niños, nos distraemos con un… copo de nieve.

Aquel invierno del treinta y nueve fue duro de veras; la nieve caía y caía. En los caminos tenía al menos veinte centímetros de grosor, los surcos dejados por algún coche eran nuestra guía. Ingentes columnas de hombres y mujeres con niños desfilaban por tierras cubiertas de un blanco sepulcral. Las madres abrazaban a sus hijos para darles un calor que no tenían. Los ancianos, arrastrando sus escasas pertenencias en hatillos o maletas atadas con cuerdas, caminaban tras los jóvenes. Muchos de ellos se quedaban tirados en la cuneta; ya no sólo era la edad, eran sobre todo aquellos veinte grados bajo cero que helaban un futuro incierto.

Yo era médico, igual que mi padre. Cuando nos obligaron a ir a la estación para ser trasladados a Madrid, mi padre tomó su viejo maletín de trabajo, metió el manual de medicina y me dijo: Cosme despídete de tu madre, no lleves nada, lo necesario ya lo llevo yo.

Fui junto a mi madre; estaba encorvada; me puse de rodillas y metí la cabeza en su cintura; quise oler por última vez el aroma de mi casa. Luego me dio su amuleto, “La estampa del Ángel de la guarda”, impregnada con el sabor de sus labios.

Tuvimos suerte en el vagón en que nos montaron; era uno de esos que trasladaban animales y allí nos hacinaron. Me hace gracia ese pensamiento; quizá los facciosos pensaron que al llevarnos de semejante manera nos iban a humillar, pero se equivocaron. Nuestra dignidad y la fuerza de nuestras ideas lo impedían. Allí dentro había de todo, campesinos, un orfebre, tres o cuatro médicos, un arquitecto, un catedrático de lengua. El trozo de trayecto que hice antes de fugarme con tres catalanes fue alegre y bullicioso; unos cantaban, otros compartían vivencias… así hasta que en medio de la noche el tren se paró.

Mi padre me cogió por las solapas de la chaqueta y me susurró “Hijo mío, éste no es aún tu final, tu destino es otro. Vete con estos tres catalanes”. Y sin más, me dio un empujón y caí a la tierra fría y mojada. Sentí miedo, mucho; temblaba como un niño chico, pero uno de los catalanes me espetó que no fuera una nena y que moviera el culo. Al amanecer me di cuenta de que llevaba asido el maletín de mi padre. Encontramos un muerto tirado en medio del campo; uno de los catalanes, Sergi, se agachó a registrarlo; le quitó el abrigo que me lo tendió para que me abrigara; olía a rancio. Después, le quitó los calcetines y las botas; el catalán valiente, frío y calculador, hasta ese momento había ido caminando descalzo; su fortaleza y su riguroso ánimo imprimieron en mí un código de silencio… Creo que jamás volví a quejarme de nada.

Como a unos cien kilómetros de la frontera, ya casi en los Pirineos, comenzamos a ver masas de peregrinos que, como nosotros, huían; caminábamos por la noche y nos escondíamos durante el día, pero la oscuridad no pudo impedir que uno de los aviones bombardeara por dónde íbamos, matando a Marc y a un grupo de mujeres; fue sobrecogedor. Mientras unos hacían una zanja para enterrarlos, otros les desposeían de sus miserias. Un sacerdote, rezó sobre aquel nicho y reemprendimos la marcha.

Y con el cansancio en nuestros huesos y la esperanza en los corazones llegamos lentamente a Francia, a la playa de Saint Cyprien, uno de los numerosos campos de concentración para la diáspora republicana. Nos lavábamos en las aguas heladas de un mar salado y gris, cavábamos zanjas mientras la nieve caía y los grados se congelaban; el mearnos encima nos producía cierto calor reconfortante.

Subsistíamos como podíamos, en una Europa que poco a poco se preparaba para una guerra, la grande de todas las grandes… yo más sangre, más dolor no quería. Hablé con Sergi y Pau y planeamos una nueva huida. Esta vez sería América, que se convertiría en la madre protectora de los hijos pródigos y descarriados.

-Don Cosme, ¿cómo se encuentra? ¿Animado para seguir? Como verá, sus deseos son órdenes para nosotros y esta escena la rodaremos delante del mural de Diego Rivera. ¿Dónde quiere que pongamos la silla?

-Gracias joven, son todos ustedes muy amables. Esta vez prefiero, apoyado en mi bastón, caminar por mis recuerdos y pasear mi vista por esta belleza que simboliza el acueducto de Lerma con el agua, el maíz y la papa, alimentos imprescindibles de este pueblo maravilloso que me dio la oportunidad de volver a nacer…

Toma II, 1941 rumbo al Nuevo Mundo

Los principios que cada uno tiene, son tu guía, tu emblema, la extensión de tu yo, pero a veces las circunstancias te obligan a ser infiel eventualmente; mentir no entraba en mi vocabulario, robar tampoco, matar menos… sin embargo, estas tres infidelidades las cometí sin pestañear.

El camino hasta Marsella estuvo salpicado de incidentes. Nada más escaparnos de Saint Cyprien tuvimos la suerte de poder subir a un camión que transportaba cerdos y gallinas; el olor era apestoso, pero estábamos felices con la suerte de haber encontrado un campesino de buenos sentimientos que nos camufló entre sus animales. Los controles en las carreteras cada vez eran más frecuentes, con lo que el campesino decidió ir campo a través. En una bifurcación encontramos de nuevo un control con tres soldados; éstos se pusieron muy pesados pidiendo documentación al campesino y queriendo registrar la parte trasera del camión. Al hombre no le quedó más remedio que dejarles mirar; un par de gallinas se asustaron y descubrieron uno de los pies de Pau… Aquello se convirtió en una pesadilla. Uno de los soldados se volvió al campesino y le disparó un tiro en el cuello; los cerdos se abalanzaron hacia la tierra cayendo encima de dos de los soldados, lo cual nos permitió golpear a los dos soldados con todas nuestras fuerzas. El tercero fue abatido por Sergi con uno de los fusiles. Cuando terminó aquella barbarie, muertos los soldados y el campesino, nos vestimos con las ropas de los soldados y robamos hasta la documentación del campesino; nos llevamos tres lechones y una gallina, y huimos en el coche de los militares. Al caer la noche nos refugiamos cerca de un acantilado; teníamos un hambre atroz y decidimos matar la gallina. Llegados a este punto, jovencito, te he de confesar que me dolió más matar la gallina que a aquel soldado; ella campaba tranquilamente cuando mis manos la estrangularon. La imagen de los ojos desorbitados del animal me impidió aquella noche cenar y me dormí por tercera noche consecutiva con el estómago vacío… No he vuelto a comer una gallina en mi vida.

El sonido de una sirena nos despertó y salimos zumbando de aquel lugar. Al rato llegamos a la costa; era un pueblecillo marinero que se preparaba para salir a faenar aguas adentro. ¡Cuánto me alegré en aquel momento de las enseñanzas de mi padre con el idioma francés! La ristra de mentiras que dije al capitán de una de las embarcaciones no las puedo ya ni recordar, pero sí se resumían en que queríamos salir de aquella Europa que bramaba entre el fuego y los disparos. Estoy convencido a estas alturas, jovencito, de que aquel hombre sereno y fortachón no se creyó nada de lo que le conté; su actitud hasta dejarnos cerca de las costas africanas me lo demostró… Con su silencio, su respeto, su saber estar. Aprendimos a pescar, ayudamos a nuestros salvadores y al despedirnos de ellos nos estrechamos con fuerza las manos; Sergi les tendió uno de los lechones y ellos lo recogieron agradecidos. Luego emprendimos el camino hacia Casablanca.

Allí, un veintiuno de noviembre embarcábamos en un buque mercante de un tal Indalecio Prieto rumbo a México, por un océano plagado de minas y submarinos. Siguiendo la ruta de los destructores ingleses, para evitar a los alemanes que andaban por la zona, llegamos a las costas de México en veintitrés días.

Recuerdo como si fuera ahora mismo, jovencito, las caras de aquella pequeña España al atisbar en el horizonte la tierra que nos iba a recibir gracias al presidente Cárdenas. En nuestros rostros se veía la esperanza de que aquella situación, aunque cada uno de los deportados la tomábamos como provisional, fuera el resorte para dejar atrás el terror, la miseria humana, y recobrar la identidad y dignidad para volver a sentirnos ciudadanos del mundo.

-Buenos días señor Ferrer… Doña Guadalupe, ¡qué linda está usted tan de mañana!

-Buenos días niños. Recuérdenme, cuando terminemos hoy la grabación, que como broche final los lleve a uno de mis lugares favoritos. ¿Empezamos?

Toma III, Hernán Cortés, diciembre de 1941

Jovencitos, sepan a estas alturas de la historia que Cosme Ferrer no era ni valiente ni hombretón de pelo en pecho; no, era un gallina que aunque por su boca no salía queja alguna, en sus modos era, como decía Sergi, una nena que llegó a Veracruz mareado, asustado, que no sabía hacer otra cosa que no fuera puntos de sutura, ayudar a parir a los animales, a las mujeres y bajar la fiebre de los niños; sus vómitos eran constantes y, en cuanto pisó tierra mexicana, estuvo más de un mes beodo por culpa del tequila. ¡Ah! También cuidaba de García y Veleidad… las mascotas, que ya no eran lechones sino hermosos cerdos.

Hispanoamérica abrió sus puertas sin restricción; nos diversificamos de tal manera que los artesanos se fueron para Chile, a Venezuela los médicos; en México se quedaron gentes de todas las profesiones y oficios. Hacia Argentina partieron los intelectuales y… Jajajajajaja, ¿Saben que a Trujillo hubo que pagarle para que acogiera a refugiados en Santo Domingo? ¡Vil metal don dinero, chiquillos! Nosotros tres nunca despegamos de la pobreza económica, pero una vez superado y asimilado que aquello no era una situación transitoria, que nuestra España ya no existía…, guardamos nuestra añoranza, nos comimos nuestro dolor y tiramos hacia el futuro.

Pero dentro de la costra latían sentimientos, no sólo tristezas y nostalgias; unos a otros nos apoyábamos, ayudándonos a que nuevas ilusiones enraizaran en nuestras existencias. Nos forjamos una evocación única para transmitir a las futuras generaciones, porque sobre el olvido no puede construirse una sociedad justa y libre.

Mi profesión me ayudó también a superar esa pena tan honda y trajo hasta mí una nueva luz de esperanza una linda mañana de verano. Mientras ayudaba a un ternero a nacer… unas trenzas negras como el azabache se posaron en mis hombros; quería ver nacer al animal… Era mi Guadalupe.

Poco a poco los aromas de las taquerías, las fritangas callejeras, los antojitos, los panes dulces, el llanto rodeado de mariachis comenzaron a correr por mis venas y… mi sangre se convirtió en mestiza.

-Jovencitos, ¿me dan un último capricho? Me gustaría que el reportaje terminara con una reflexión de León Felipe:

“Franco, tuya es la hacienda/ la casa, / el caballo/ y la pistola. / Mía es la voz antigua de la tierra. / Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo…/ Mas yo te dejo mudo… ¡mudo! / Y ¿cómo vas a recoger el trigo/ y alimentar el fuego/ si yo me llevo la canción?”

EPÍLOGO

-Hemos disfrutado mucho con usted, don Cosme… Gracias de verdad, pero, ¿dónde está la sorpresa que nos iba a dar?

  • ¡Ay, juventud impaciente! Mi sorpresa está muy cerca del Zócalo, en una callejuela tan vieja como la sorpresa… Vamos.

-Señor Ferrer, ¿qué fue de sus amigos catalanes?

  • ¡Venga! Muevan el culo y dejen de ser nenas. Ya hemos llegado… Entren ¿A que es una taquería muy hermosa?

  • ¿Y esos dos cerdos disecados con la bandera republicana y la catalana, señor Ferrer?

-Jovencito, estás en la taquería García & Veleidad. ¡Sergiiiiii! Prepara unos tacos y fríjoles con tortilla de patata, y di a Pau que ponga bien de cebollita.

Madrid, 25 de octubre 2002

Escrito por Mª Ángeles Cantalapiedra

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“La sugestiva atracción de las pistolas” de Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

“La sugestiva atracción de las pistolas” de Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

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El sol se va ocultando por el horizonte en donde se ubica el principal vertedero de las basuras de Madrid y que dentro de setenta años se convertirá en uno de los parques más bonitos de la capital. Los ojos de Mariano José de Larra se extasían con la inverosímil puesta de sol que allí se produce y que queda afiligranada con la inconmensurable belleza de ese cielo enmarañado de nubes y rico en matices azules y grisáceos, ahora teñido de naranjas y violetas que tienen un contacto vivo con la tierra, con los montes de la sierra del Guadarrama en la lontananza y con un aire fresco y transparente en esas horas, después del sofocante día, en que empieza el crepúsculo y las sombras empiezan a cubrir la ciudad.

Las farolas, a las que se les ha bautizado con el nombre de fernandinas, de farol cilíndrico y acristalado y con su parte superior en forma de cúpula con corona y una tiara muy pequeña encima, que fueron colocadas en las calles para conmemorar el nacimiento de la infanta Luisa Fernanda en 1832 y que se reconocen con una inscripción en su base que dice dicho año y dos efes entrelazadas, por su padre el rey Fernando VII, ese que el pueblo llamó el Deseado y derivo en déspota, cruel, tirano, oportunista, mentiroso, felón, represor y defensor a ultranza de los privilegios de la Iglesia y de la nobleza, empujando a España a una de sus más tristes, sangrientas y conflictivas épocas y del que se cumplen ya casi tres años que ha tenido a bien abandonar este mundo, van siendo poco a poco encendidas por los faroleros.

Mariano José, el pobrecito hablador, el gran Fígaro que escribe en El Observador y es gran amigo de don Ramón de Mesonero Romanos, ha pasado la tarde paseando por las huertas del Molino Quemado que en unos años ocupará el que será llamado barrio de Argüelles y que él, pese a su juventud, no llegará nunca a ver ni conocer. Sus pasos, después de ascender la cuesta de Areneros, se dirigen hacia su casa en el número 3 de la calle de Santa Clara, cercana a la plazuela de Santiago, donde en su lugar se asentaba hace poco el convento de monjas franciscanas que da nombre a la calle y que fue fundado en 1460 por Alonso Álvarez de Toledo, tesorero del rey Enrique IV de Castilla, y donde, según dicta la tradición, quince días antes de la boda, las amigas de la novia debían llevar una docena de huevos como ofrenda a la santa para que el día de las nupcias hiciera buen tiempo. Gira hacia la derecha y toma la calle de Bailén. Los jardines de Sabatini y a continuación la impresionante mole del Palacio Real, donde juega una reina niña, la que será la más castiza, quedan a la izquierda de su marcha. En vez de dirigirse a su destino, Fígaro decide continuar y bajar por la costanilla los grandes desniveles hacia la calle de Segovia, desde donde divisa la casa de sus padres donde nació hace veintisiete años.

Ya es noche cerrada de este 14 de agosto de 1836 y en las Vistillas, la verbena de la Paloma está en su apogeo llenando el aire de anís, aguardiente y azucarillos. De los cafetines y tabernas se escapa el humo de los cigarros por sus puertas y ventanas abiertas y un olor a vino y limonada corre por las intrincadas callejuelas del Madrid de los Austrias. Se empiezan a escuchar las palmadas llamando a los serenos, se escuchan los sones de las guitarras y se aspira el aroma a churros fritos: Los hombres visten con gorra y blusa; las mujeres con moño y falda larga, con mantón en los hombros y pañuelo en la cabeza. Los vecinos han sacado sus sillas a la calle frente a

los portales de sus casas para refrescarse con la brisa de la noche. Hablan con alegría entre ellos y todo está adornado con farolillos de papel de todos los colores.

Mariano José se para a beber un vaso de vino de Navalcarnero, mientras a su alrededor todo es jarana y bullicio. Él, en cambio, parece no percatarse de nada y es como que ya no le interesase descubrir con sus ojos curiosos las escenas de esta España que, en lo que va de año, gracias al presidente del Consejo de Ministros, Juan Álvarez de Mendizábal, se ha decretado la venta de los bienes inmuebles de todos los monasterios y conventos de varones, se ha redistribuido la tierra a favor de la burguesía con la intención, por fin, de modernizar las estructuras sociales y económicas del país, hasta el momento sumidas en un carácter feudal, se han anulado las elecciones y se ha restablecido en el Motín de la Granja “La Pepa”, esa Constitución de 1812 que fue abolida por el indeseable Fernando VII dos años después de su promulgación por las Cortes de Cádiz, después de haber jurado guardarle fidelidad, y que plasmará en sus geniales artículos satíricos en días posteriores.

Es el principio de una gran noche de alegría en este Madrid al que él tanto ama, pero su corazón está inundado por la insufrible amenaza de la separación, que presupone próximamente definitiva, de su gran amor, Dolores de Armijo, esa mujer a la que idolatra, aunque desde que la conoció ha sido un infierno en el que tan pronto le aceptaba como le abandonaba, y que ya nunca más volverá a ver hasta que, acompañada de su cuñada, le visite el 13 de febrero del siguiente año en su domicilio de Santa Clara para devolverle todas las cartas que él con tanto ahínco le ha escrito y anunciarle su decisión irrevocable de romper la relación que les une a ambos, a lo que Mariano José de Larra, el pobrecito hablador, el gran Fígaro, reaccionará desesperadamente situándose frente a un espejo y acariciando con manos crispadas la culata de madera de una pistola, se la llevará a la sien.

© Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

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