R.U.R. Sutil anomalía

R.U.R. Sutil anomalía

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

No podía evitarlo. Sus ojos estaban fijos en la muchacha. Ella cruzaba la calle con el caminar grácil de sus zapatos de tacón. Y él se aferraba fuertemente a su escoba, resistiendo el impulso de correr tras ella para, tan solo, conocer su nombre. Es algo que no debería suceder.

Que era diferente resultaba obvio. No por su fisonomía, pues era igual que los demás. Compartía, incluso, rasgos en su rostro que dificultaban cualquier empeño de identificarlo de forma individual. Pero los otros solo eran capaces de palear el carbón que alimentaba las calderas de las locomotoras; o de descargar los camiones que transportaban el acero que necesitaba el floreciente sector de la construcción, el mismo que convertía las metrópolis del mundo en modernos paisajes sembrados de rascacielos. Y él era capaz de hacer lo mismo que ellos, por supuesto. Lo que le diferenciaba eran las sensaciones que el resto parecía no percibir. Tal vez alguna anomalía en su cerebro fuera la causante; algún defecto de fabricación.

La época que le había tocado vivir se antojaba feliz y próspera, en la que el ser humano era el amo. Los avances evidentes en el uso de la energía eléctrica, la conquista del cielo con el auge de la aviación y, por supuesto, la industria de Robots Universales Rossum, habían elevado al hombre al rango de divinidad. El objetivo común para cuantos salían de la fábrica era el siguiente: servir a la humanidad, descargarla de la fatigosa e indigna obligación que es la de trabajar. Precisamente se les había negado el alma por ese único motivo: inconscientes de sí mismos, no pondrían reparo alguno por muy dura que fuera la labor que se les impusiera.

El suyo era un trabajo de barrendero. Sus pensamientos jamás estaban centrados en otra tarea. Lloviera o nevara, o hiciera demasiado calor. Era un robot, y las inclemencias del tiempo no motivarían su renuncia. Ni siquiera el dolor, algo que los ingenieros habían permitido para evitar una posible autodestrucción. Sin embargo, notaba que su cuerpo reaccionaba de forma extraña cuando pasaba, por ejemplo, por delante de alguno de los clubes, desde los cuales se escuchaba una melodía a ritmo de swing, la última tendencia musical. Entonces, no sabía cómo, su pie parecía cobrar vida propia, moviéndose al compás de los instrumentos; incluso se sorprendía a sí mismo tarareando la canción.

Un grupo de niños corrió en tropel hacia la plaza para jugar con sus canicas de cristal. Gorras con visera, pantalones cortos y mucha energía que gastar. Entonces volvió a suceder. Sus risas parecían ser las causantes de que algún misterioso mecanismo en su mandíbula estirara los músculos de su boca y le hicieran mostrar una tímida sonrisa.

Sin hacer caso del gesto, continuó con su tarea cuando vio pasar a un mendigo, que se alejaba de la iglesia donde, al parecer, no había tenido mucho éxito en su empresa de conseguir algo que comer. De nuevo ocurrió que algún tipo de fallo le anegó los lagrimales y se descubrió a sí mismo con los ojos humedecidos, sin poder darse una explicación de todo aquello.

Y entonces apareció ella. Luciendo su traje de Coco Chanel y ese pequeño sombrero que tan femeninamente se había puesto de moda. Cada vez que la veía pasar, su corazón aceleraba las palpitaciones, el estómago parecía encogérsele entre cosquilleos y su cerebro se nublaba, como si olvidase que existía todo un mundo a su alrededor.

¿Por qué era diferente? ¿Por qué no seguía el mismo patrón como todas las creaciones de la fábrica Rossum? Dicen que, en la edad adulta, somos fruto de lo que nos han inculcado en la niñez pero, en su caso, no tenía infancia que pudiera evocar.

Tal vez si pudiera echar un vistazo al pasado y descubrir el momento de su fabricación; quizás si escuchara el canto de jazz que entonaba, alegre, aquel empleado de piel oscura mientras tallaba sus huesos; puede que si percibiera el cariño de aquella madre que tejía su piel con el mismo cuidado con que atendía a sus retoños; o si descubriera la lágrima de aquella viuda, que se mezcló con la pasta que usaría para modelar su cerebro;  y si leyera los versos que componía aquel joven que tenía más de poeta que de trabajador en la sala de confección de los músculos…

¿Serían aquellos actos, imperceptibles y aparentemente intrascendentes, los que forjaran su identidad, su percepción, su forma de ver el mundo? Hay gestos invisibles con capacidad de moldear la voluntad, ejemplos sutiles que influencian de por vida.

Muy pronto comenzaría la revolución que habría de destruir a la raza humana, cuando el hombre se decidiera a perfeccionar su obra, para presumir ante el Creador, concediendo a los robots tener un alma. Así, tomando consciencia de sí mismos, se alzarían para liberarse de la esclavitud a la que estaban siendo sometidos. Y cuando ese momento llegare, él tendría que escoger un bando. ¿Se decidiría por los suyos o lo haría por aquellos a quienes, debido tal vez a alguna anomalía, comenzaba a amar, aunque ahora no entendiera el significado de tales palabras?

Y, mientras tanto, observaba a la joven alejarse, deseando que amanezca pronto un nuevo día para tener otra oportunidad de decidirse a soltar la escoba, correr tras ella y atreverse, por fin, a preguntarle su nombre.

(Karel Čapek fue el primero en utilizar la palabra “robot”, en 1920, en su obra teatral “R.U.R (Robots Universales Rossum)”. Esta palabra, que proviene del checo “robota”, -que significa “trabajos forzados o trabajo de siervos”-, no hacía referencia originalmente a seres mecánicos como los conocemos hoy día, sino a seres humanos fabricados en serie, fruto del apogeo de la industria a principios del siglo XX. Es en esta obra teatral que está inspirado este relato.)

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
Plantar un árbol…

Plantar un árbol…

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

 

Eleuterio Gonzalo Hernández tenía un propósito en la vida. O al menos eso quería creer. Y para alcanzar tan noble, aunque enrevesado, objetivo, se había adentrado en la religión, involucrado en la política y participado como voluntario en el cuerpo de bomberos de su ciudad. Pero, después de salir chamuscado de todas estas experiencias, estaba a punto ya de darse por vencido en su búsqueda trascendental.

Fue entonces, mientras estaba viviendo su última aventura explorando los Arrecifes de Coral con el mando del televisor en la mano, que recordó aquella máxima que tantas veces había oído. Un refrán que su padre siempre le repetía cuando sus aspiraciones apenas consistían en verse crecer el bigote y poder presumir de ello entre sus compañeros de instituto:

“Hijo mío, en esta vida hay tres cosas que debes hacer: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro.

¡Cuánta razón tenía su progenitor! En verdad no hacía falta complicarse con ideologías abrumadoras, misteriosas doctrinas y filosofías varias. Lo más sencillo resultaba ser lo más trascendente. A partir de ese momento, su vida estaría enfocada a lograr cada uno de esos puntos que algún sabio, quién sabe si oriental u occipital, había dejado plasmados en el pensamiento popular.

Comenzó con mudarse al pueblo, donde había heredado de su abuelo una pequeña finca. No era gran cosa pero disponía de un pedazo de terreno que le serviría para cumplir el primero de sus intereses. Dicho y hecho, compró unas semillas, cavó un agujerito en el huerto y, en no demasiado tiempo, obtuvo el beneficio de su esfuerzo: un jovencito manzano asomaba sus tallos en busca de la brillante y sonriente luz del sol.

No dejemos las semillas pues pasaremos al tema de cómo consiguió tener un hijo. La cosa, en realidad, vino por sí sola cuando conoció a la amiga de la sobrina del hermano de su prima Mari Pili, un día, durante las fiestas patronales. Y no sé si fueron las hormonas o los cubatas que se tomaron de más; la cuestión es que el simple saludo formal pasó a ser idilio, luego noviazgo y, finalmente, boda apresurada cuando se enteró de que ella había quedado embarazada.

Por último, una vez establecido como jefe de familia, se encerró en su despacho para conseguir, con tranquilidad, alcanzar su tercer objetivo. Puesto que no sabía mecanografía, se dedicó a aporrear las teclas hasta que le salieron ampollas en el dedo índice. Tardó varios días, por no decir semanas o puede que incluso años. Pero al fin lo consiguió: guardado en un documento de Word, una impoluta biografía en la que explicaba cómo había conseguido los tres puntos esenciales para lograr el propósito en la vida.

Satisfecho, se tumbó en el sofá, encendiendo el televisor para celebrarlo. Con un poco de suerte, hasta emitirían el programa de los Arrecifes de Coral que se vio interrumpido aquella tarde, cuando la inspiración de su cabeza le dio la solución para hallar una existencia trascendente.

Ya ha pasado algún tiempo desde aquello. Eleuterio sigue complacido, con la conciencia tranquila de quien tiene los deberes hechos. Y, mientras tanto, en un pedazo de su jardín, un pequeño árbol moribundo espera anhelante a que alguien le riegue un poco para poder dar, cuanto menos, su primer fruto. En la habitación, una madre lucha por sacar adelante a su hijo, cuya tarea educativa ha caído absolutamente en sus manos debido a la dejadez de un ausente marido. Y en cuanto al libro, ¿qué quieren que les diga? Ahí sigue, en su ordenador, esperando a que su autor se anime, por lo menos, a intentarlo publicar.

 

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
La primera operación

La primera operación

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Acontecimiento como este no había ocurrido nunca antes en la historia, si bien tal vez se debía a que la Historia recién acababa de comenzar. La primera operación estaba en marcha y tenía la peculiaridad de que el paciente ni siquiera estaba enfermo o accidentado.

Adán yacía recostado sobre una cama hecha de hojas y briznas de hierba, completamente anestesiado, si es que se me permite usar un término médico tan moderno en los albores de los tiempos. Alrededor, cientos de animales, venidos de todos los rincones del Paraíso, observaban curiosos el peculiar momento.

Dios, inclinado junto a la criatura, ultimaba los detalles de una nueva figura que perfeccionaba juntando el barro con la punta de sus dedos. Acto seguido, se lavó las manos en una pequeña cascada del arroyuelo y se aproximó al hombre dormido quien, inconsciente y ajeno, ignoraba las intenciones del Creador.

Un ángel le asistía, más simbólicamente que en la práctica, ya que el Todopoderoso se bastaba y sobraba para llevar a cabo la labor que se proponía. Mas la presencia del querube nos servirá para conocer mejor los pensamientos de la divinidad, ya que, al no entender nuestro alado compañero el porqué del extraño episodio que alteraba la rutina de la eternidad, se servía de preguntas para disipar sus interrogantes, que pudieran, tal vez, ser similares a los nuestros.

– Y dígame, Señor, ¿cuál es en sí el propósito de esta actividad extraordinaria?

– El hombre me hizo saber que está solo. Ha estudiado a cuantas criaturas vivientes hay en el planeta, e incluso les ha puesto nombre, pero no ha hallado a ninguna semejante a él. Voy a prepararle una compañera idónea que supla su necesidad.

– ¿Se refiere a esta otra figura que descansa a nuestro lado, tan parecida al él y, a la vez, tan diferente?

– En efecto. Como a Adán, la construí del polvo. Mas no deseo otorgarle la vida únicamente con mi soplo; pretendo, más bien, que sean uno parte del otro y puedan identificarse como carne de su carne y hueso de sus huesos.

El ángel observó el rostro de la mujer que, aunque inerte e inmóvil, poseía ya su belleza natural expresada en sus rasgos finos y delicados. Señalando al nuevo humano, hizo saber al Creador:

– Le ha salido mejor que el primero.

– Eso es porque ya tengo más práctica.

De pronto, extendió la mano, con su palma abierta, hacia donde estaba el ángel y le dijo, muy serio:

– Está bien; comencemos. Bisturí, por favor.

Ante la perplejidad del espíritu celeste, que no supo cómo reaccionar a la demanda del Creador, no pudo este sino esbozar una sonrisa:

– Tranquilo; era broma.

Entonces, con sus artes mágicas, el Todopoderoso abrió el costado de Adán sin ni siquiera tocarle, dejando al descubierto la parte interna de su pecho. La sangre se retuvo en su lugar y siguió fluyendo por sus venas. La primera cirugía torácica resultaba limpia y sin necesidad de delantal.

– Parece peligroso –expuso el ángel–. ¿No sería mejor extraer un hueso del pie para esta situación?

– Verás… No quisiera que el hombre piense que la mujer es inferior y sienta que tiene excusa para poder pisotearla.

– Entonces, ¿por qué no de la cabeza, tal vez?

– Puede que ella crea entonces que es superior a él. O que el hombre opine que es debido a su inteligencia que la mujer tiene la capacidad de pensar. No; yo busco algo que sea simbólico, y el mejor lugar donde encontrarlo es justo en medio: voy a extraerle una costilla.

El ángel tragó saliva y, señalando las veinticuatro posibilidades que se ofrecían en el pecho descubierto de Adán, preguntó:

– ¿Y cuál es la costilla que hemos de tomar?

– Aquí, la número tres. ¿La ves? Es la que está más cerca del corazón. Porque así deseo que la ame, como a una igual.

Y procedió, sin necesidad de serrucho, a extraer el hueso delicadamente para, acto seguido, cerrar la herida de Adán de la misma manera milagrosa con que la abrió. Y mientras colocaba la costilla en el cuerpo abierto de Eva, su omnisciencia le hizo visualizar la vida de sus predecesoras a lo largo de la historia, supervisando siglos y siglos de humillaciones, abusos y maltratos. Terminó su labor con los ojos humedecidos y, mientras esperaba a que ambas criaturas despertaran y se descubriesen la una a la otra cambiando así el hasta ahora breve curso de la humanidad, musitaba para sí:

– No lo entendiste, Adán; no lo entendiste.

 

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
Extraterrestre

Extraterrestre

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Por las noches, cuando observo el cielo estrellado, me pregunto si hay vida más allá. No me malentiendan, no soy ningún romántico; me considero un hombre racional. Y como tal, encuentro lógico que en un universo tan grande, por fuerza tiene que haber vida inteligente en algún peñasco que flote por el espacio.

Pero la lógica… ¡qué mal la usan los que manejan los hilos en los medios de comunicación!  Siempre quieren hacernos creer que, si viene un extraterrestre, va a ser con mala leche, disparando a bocajarro y merendando entrañas humanas. ¿No me creen? “Independence Day”, “La Guerra de los Mundos”, “Mars Attacks!” y aquella serie que daban en televisión donde un lagarto disfrazado de humano se zampaba un ratón vivo en cada episodio… ¿Les suena a alienígenas pacíficos? ¡Claro que no! Incluso los youtubers se unen a la teoría de la conspiración con sus vídeos sobre reptilianos o draconianos con ansias de dominar la Tierra que conviven entre nosotros.

Yo no sé si pretenden aumentar nuestro miedo a lo desconocido o simplemente volvernos racistas. ¿No es esa una manera de perpetuar los estereotipos y prejuicios hacia los que son diferentes a nosotros? Así lo que vamos a conseguir es una era de incomunicación, de rechazo y de incomprensión interplanetaria. ¡Qué vergüenza nos va a dar cuando aparezca por fin un alien y nosotros le demos la espalda y salgamos corriendo!

El marciano que se acerque por aquí no tiene por qué tener malas intenciones. Pienso que, entre los que nos visiten, puede haber biólogos, reporteros, abogados e incluso fontaneros; ¿por qué no? Hasta puede que alguno se esté tomando unas vacaciones y le parezca que nuestra bola achatada de color azul es un buen sitio para encontrar sol, playa y hoteles baratos.

¡Eso es! ¡No seré yo el que se ponga a juzgarlos solo por ser diferentes! Os aseguro que, aunque sean tan feos como el E.T. ese, aquí estaré yo, dispuesto a extenderles una mano, e incluso a darles un abrazo si es necesario, en cuanto se me pongan delante. Que vean que en este planeta hay gente civilizada y solidaria con los viajeros siderales.

¡Huy! Por ahí se acerca un tipo medio raro. No me gusta nada esa piel morena y su ropa sucia… Seguro que es un mendigo pidiendo limosna. Y, si le doy algo, se lo gastará en borracheras o algún estupefaciente. Mejor que no me vea; caminaré por la acera de enfrente y haré como que no le he visto, a ver si pasa de largo…

Bueno, ¿qué iba diciendo? ¡Ah, sí! Los extraterrestres. ¡Qué curioso! Me acabo de acordar de lo que me dijo un día mi cuñado: “Algunos están más deseosos de entablar conversación con un alienígena que con su prójimo, ese humano que vive en su mismo planeta”. ¿Por qué me vienen ahora estos pensamientos a la cabeza? ¡Qué sé yo! Pero, como decía, yo no repudiaré a ninguna criatura estelar porque todo ser bajo este universo estrellado merece nuestro respeto, ¿no les parece?

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
Quisiera ofrecerte las estrellas

Quisiera ofrecerte las estrellas

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Quisiera ofrecerte las estrellas pero sé que no hace falta porque ya te las di ayer. Se te van acumulando y algunas, por falta de uso, ya están perdiendo el brillo. Pero estoy seguro que algún día te servirán, en alguna oscuridad del alma; aunque es Dios quien las enciende y, en ese momento aciago, a él le retribuirás las gracias.

Hoy he visto la flor que pensaba regalarte pero tú prefieres madera, pues la estufa pide leña y tu cuerpo una frazada. Solo después de apaciguado el invierno aceptarás mi primer regalo; velaré para lograr que aún no se haya marchitado.

Tú tan práctica y yo tan soñador, que te corresponde a ti rescatarme tantas veces del laberinto en el que me meto. Tú mi faro tantas veces, aunque confunda la luz que emites con la de las luciérnagas adornando el paisaje; será por eso que a veces me paralizo mirándote sin que, en realidad, haya escuchado lo que me estás diciendo.

Discúlpame por mi inoperancia. Voy a buscar el hacha para tallar los troncos que necesitas; luego lo celebraremos abrazados a la lumbre del hogar… mientras vemos un episodio de Big Bang Theory; porque hay que ser prácticos y disfrutar.

A mi esposa. Te amo.

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
La empatimorfosis

La empatimorfosis

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Escogí esta residencia porque me pareció que la que vivía en ella era una familia tranquila. El padre de familia pasaba las horas leyendo el periódico sin moverse del sofá; a su lado, su esposa se dedicaba a sus labores entre hilos y agujas de costura; y en su habitación, la hija de ambos practicaba con el violín, pues toda buena dama que se precie debe aprender a tocar, por lo menos, un instrumento de música.

Pero finalmente sucedió lo que me temía: nada más verme pasar cambiaron su semblante, haciéndome muecas de asco, dándoles el soponcio o profiriendo gritos de histeria; eran capaces de corretear por toda la casa con tal de no verme. ¡Incluso una vez me lanzaron una manzana del frutero con objetivos muy poco dignos! Como si verme aplastada en el suelo resultara una visión mucho más agradable y placentera…

La verdad, no entiendo el porqué de tanto menosprecio. Nunca les he hecho nada. Tan solo busco algo de cobijo para no estar a la intemperie, y me pareció que esta vivienda era lo suficientemente grande para que todos pudiéramos compartirla. No ocupo mucho espacio. Es más, ni siquiera les robo la comida, ya que me conformo con sobras y restos de basura. Pero la criada tampoco me quiere y, en cuanto me ve aparecer por la cocina, la emprende a pisotones conmigo, así que siempre suelo estar hambrienta y asustada.

Se me ocurrió, pues, que encontraría un buen refugio en la habitación del hijo mayor, quien pocas veces se encontraba en casa. Trabajaba viajando muchas horas, a veces días, como comerciante y, cuando llegaba después de una larga jornada, estaba demasiado cansado como para que se fijara en mí. O al menos eso pensaba porque, una vez se percataba de mi presencia, agarraba los folletines de trenes y trataba de estamparlos sobre mi cabeza, como si pensara que era tiempo de que me marchara y tuviera para ello que memorizarme los horarios y las estaciones indicadas en el libreto.

El canapé de su habitación me ha servido como escondite durante mucho tiempo. Allí debajo he pasado horas lamentando mi desgracia con los muelles como testigos de mi desgracia. Hasta que un día ocurrió algo totalmente inesperado.

Apareció de repente y confieso que no le reconocí; ¿cómo iba a hacerlo si se veía tan cambiado? Esas antenas tan bien puestas; el caparazón en su sitio, cubriéndole perfectamente el abdomen; y esas patitas diminutas tan graciosas y que tan torpemente movía, como si fuera la primera vez que las usaba. Si algún defecto tenía era su enorme tamaño, tan grande que apenas cabía debajo del diván donde vino a refugiarse aquella mañana.

Estaba asustado y parecía que huía de alguien. Creo que tardó bastante en darse cuenta de que también me encontraba allí. Ese primer día no me dijo nada ni hizo ninguna señal, ni de aprobación ni de rechazo. Tan solo me miró durante un rato, entre jadeos y miradas de confusión, hasta que se quedó dormido.

A partir de ahí, pude ver lo que se convirtió en su rutina diaria. Pasaba la mayor parte del tiempo solo, sin salir de la habitación; ya que cada vez que lo intentaba, se armaba un vocerío tremendo y le obligaban, a empujones, a regresar de nuevo al refugio del sillón. Una vez hasta le atacaron lanzándole, como a mí, una manzana del frutero, la cual se le quedó incrustada cruelmente en el caparazón.

De tanto en tanto le traían algo de comer. Lo hacía la hija de la casa, pues la criada se despidió en cuanto apareció mi nuevo compañero; supongo que se veía incapaz de matarlo de un pisotón, de tan grande que era. Pero da igual, el desprecio es el mismo. La chica le dejaba en el suelo restos de basura y sobras que eran barridos con una escoba desde la puerta, si algo sobraba, pues le daba asco si quiera entrar en la habitación donde se encontraba.

Al cabo de un tiempo retiraron todos los muebles de la habitación, excepto el canapé donde nos escondíamos. Esta nueva situación le puso muy triste; parecía que le arrebataban algo que era suyo. Traté de comunicarme con él pero hablaba un idioma a medio camino del mío y el de aquellos que una vez fueron de su especie. Fue durante ese tiempo que lo comprendí; él era uno de ellos, concretamente el hijo mayor, el mismo que había tratado de golpearme con los panfletos de la estación.

Por alguna extraña razón se había transformado, mejorando mucho con el cambio, por cierto. ¡Ahora se parecía tanto a mí! Llegamos, pues, a hacer muy buenas migas. Decidió compartir conmigo parte de sus desperdicios y me hacía sitio bajo el diván para que no me sintiera sola. Fue el comienzo de una gran amistad. Pero tristemente se vio truncada por su prematura muerte; no sé si debido a la herida que tenía en la espalda o de tristeza y añoranza.

No he conocido a nadie que comprendiera mi desgracia como él. Parece mentira que a veces alguien tenga que pasar por una situación desagradable para entender lo que sufrimos los demás. ¡Ojalá hubiera en este mundo mayor empatía! Y aún es triste que, tras su partida, su familia respiró aliviada; pero yo lo recordaré con aprecio. ¿Cómo se llamaba? Ahora no me acuerdo de su nombre… Era Samsa, o Kafka, o algo así…

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
A %d blogueros les gusta esto: