ÚLTIMA CARTA

ÚLTIMA CARTA

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Querida Amiga:

Nunca te he escrito una carta y la verdad es que no sé muy bien por dónde empezar. Sólo tengo una idea clara, quiero contarte el por qué de muchas cosas que no entiendes. Y también quiero hacerte ves todas esas cosas que no ves a pesar de su grandeza.

Ya que he empezado la carta, voy a continuar pidiéndote explicaciones. Has dicho cosas muy feas de mí. Que soy una mierda es una de ellas. Sí, ahora sé que te avergüenzas de ello. Pero sé también que no lo volverás a decir. No te guardo rencor. La verdad es que ha habido veces en las que me he pasado contigo. No ha sido por gusto, sino para que volvieras al camino correcto. Te ponía señales y no las veías. Al final, tenía que tirarte al pozo y llevarme la cuerda. En ese momento decías cosas muy feas de mí. Pero a la vez veías todas esas señales que pasaste por alto días atrás.

He sido dura contigo, lo sé y no me arrepiento. Tenías que aprender unas determinadas lecciones para continuar tu camino. Lo has pasado mal, muy mal. Incluso has llegado a pensar que no tengo sentido. Pero eso sólo ha sido un pensamiento pasajero.

Amor, amigos, familia, salud, dinero… Te he tocado las narices con todos y cada uno de ellos. Había veces en las que cogía dos y jugaba a ver cómo superabas el reto. Aprendiste a priorizar y cuando te equivocabas en tus decisiones te lo hacía ver de forma clara.

Una de las peores cosas que has llevado es tu tren. Personas que no imaginabas que se iban a subir, te hacían compañía. Y esas otras que no pensabas que se iban a bajar, abandonaban el tren en marcha. Y ahí estabas tú, llorando a todo llorar sin entender nada. En esos momentos te daba un caramelo para contrarrestar el sabor amargo de la tristeza.

¿Y qué me dices del amor? Ahí también lo has pasado muy mal. Pero te diré una cosa, eso no es cosa mía ¿Eh? El que se encargó de todo fue el Señor Cupido. Pero ya te diste cuenta que cada desengaño tenía algo que enseñarte.

Te decía al principio que quería enseñarte todas esas cosas grandes que no ves. Ahora es el turno de ellas. El amor de tu vida cogiéndote la mano, todos y cada uno de los momentos bonitos que has vivido, las lágrimas de felicidad derramadas, la sensación de plenitud en las buenas temporadas.

Quería Amiga, tu tiempo, igual que el mío, se agota. Debo dejarte en manos de una señora a la que sé que le tienes mucho miedo. Pero créeme, te lo va a hacer fácil. Sonríe por última vez y saluda a la Señora Muerte.

Atentamente, la Vida.Photo by Canariensis2

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UN ÁRBOL MUY ESPECIAL

UN ÁRBOL MUY ESPECIAL

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¡Hola! Os saluda un árbol. Sí, ya lo sé, es raro que un trozo de madera escriba. Pero el papel sale de la celulosa que nosotros producimos. Así, que si lo piensas en frío, no es algo tan raro. ¿Por qué os escribo? Porque tengo algo que contar. Una historia. Mi historia. Bueno, en realidad no es ni sólo una ni mía, pero estoy seguro que os gustará conocerla.

Me he hecho una foto, que os muestro al principio del texto. ¿A qué salgo guapo? He querido que la viérais porque en la vida real existo y la imagen es una prueba de ello. Si algún día quieres visitarme, la mujer que me está ayudando a escribir estas letras estará encantada de decirte dónde puedes encontrarme.

Soy un trozo de madera muy especial. Único diría yo. Porque guardo con cariño las cenizas de todas esas personas que me nombraron como última voluntad. La vida y la muerte me hacen cosquillas en las raíces. Y cuando nadie está por aquí, cada uno me cuenta su historia. Sin palabras. No son necesarias. Porque lo más importante no es audible.

Un abuelo octogenario cuyo corazón se cansó de latir, un padre que se fue dejando a su hijo, un niño que no sobrevivió a la dura enfermedad, una abuela que dejó a su marido triste y viudo… Muchos de ellos ni se conocían, otros sí y lo que tienen en común soy yo. Les doy sombra en los peores días de agosto y abrigo cuando la nieve se posa sobre la tierra. En el mundo en el que están ya no experimentan ni frío ni calor pero sé que a todos les gusta sentirse queridos. Y yo les quiero, porque sus vidas forman parte de la mía.

Me cuentan sus historias cuando llegan. Al principio es duro, porque vienen con muchas preguntas “¿por qué yo?” es la más habitual. Pero cuando las personas que han venido a traerles se van, el resto de la familia les hablan. Es emocionante sentir los reencuentros. Los nuevos olvidan sus preguntas y aceptan la nueva vida.

No sé cuántos años puede vivir un árbol como yo. Pero lo que es seguro, es que nunca moriré. Y cuando llegue mi hora, dejaré una semilla para que otro árbol se haga grande y fuerte. Él será el encargado de dar cobijo a todas esas personas que pasaron de tener un cuerpo humano a uno de cenizas.

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MARÍA Y VICENTE

MARÍA Y VICENTE

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MARÍA Y VICENTE

María se despierta. Son las tres de la mañana. Busca la postura para volver a dormir y se encuentra con Vicente. El hombre duerme con la boca abierta, la baba colgando y con unos ronquidos que amenazan con despertar a todo el vecindario.

Le encanta ese hombre. Desde que le conoció supo que le quería en su cama y en su vida. Se conocieron en un bar de copas. Ella con sus amigas, él con sus amigos. No tardaron en bailar juntos y muy pegados. Esa misma noche, Vicente se fue a casa con un teléfono más en su agenda.

El primer encuentro no tardó en llegar, fue en casa de María. Quedaron a tomar café y antes de que estuviera hecho el cabecero golpeaba contra la pared. Desde aquél día se vieron todas las semanas.

Vicente se mueve en la cama. Le ha despertado un ronquido aún más alto que los anteriores. Son las tres y media. María cierra los ojos, haciéndose la dormida. El hombre sale de la habitación a tiempo que se viste y masculla entre dientes algo inaudible.

A pesar de cerrar con cuidado la puerta de la calle, ella siente un golpe fuerte. No lo quiere admitir, pero se ha enamorado de un hombre casado.

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EL CORAZÓN NO SE EQUIVOCA

EL CORAZÓN NO SE EQUIVOCA

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—¡Hola guapa! ¿Qué tal estás?

—Genial. Es tan guapo.

—Jajaja. ¿Ya habéis quedado alguna vez?

—Sí. Nos hemos visto varias veces. Besa súper bien y es muy cariñoso. Estoy encantada con él. Además, es diferente a los demás ¿Sabes? Hace dos días que nos acostamos y no ha salido huyendo como otros.

La conversación de las dos amigas sigue durante unos minutos. María está encantada con su nuevo novio. Bueno, ella le llama así aunque no han hablado nada. Le conoció en “busco novio”, una red social de moda entre los jóvenes. Desde el primer momento se han caído bien. Y a juzgar por la sonrisa de ella cuando habla por teléfono, parece el inicio de algo muy bonito.

Dos semanas después, María llama a su amiga.

—Tía, no sé que le pasa a Ismael. Lleva dos días desaparecido. Y antes de que me lo preguntes no, no ha pasado nada. Me dio los buenos días antes de ayer como siempre y no supe nada de él en todo el día. Le he llamado varias veces y unas suena el teléfono y otras no. No sé qué hacer.

—Lo siento, pero esto no tiene buena pinta. El otro día leí en una revista que había mucha gente que en vez de cortar, desaparecía. Y decían lo mismo que me estás diciendo tú. Suena el teléfono y no lo cogen, reciben los mensajes pero no contestan. Lo siento, pero él es como todos.

María cuelga el teléfono. No, él no es así. Vio en su mirada algo que no había visto antes. Está por ella, lo sabe. Piensa cómo puede contactar con el chico desaparecido. Y no se le ocurre nada. Sabe que trabaja en una fábrica de un polígono, que vive en la otra punta de la ciudad y no tiene ni idea de su apellido. Una lágrima resbala por su mejilla. Le ha tenido que pasar algo, está segura.

Pasan las semanas y las noticias son las mismas. No hay noticias. María sigue llamando a un teléfono que suena sin respuesta. Todas sus amigas le dicen que pase de él, que habrá encontrado a otra y no tiene valor para decirlo a la cara. Ella lo niega una y otra vez. Él no, él es diferente a los demás. Él…

La música que tiene en el móvil deja de sonar. Asoma la cabeza detrás de la ducha para coger una toalla y secarse la mano. El sonido de una llamada parpadea en la pantalla. Como tiene jabón en los ojos no acierta a ver el nombre que aparece, le da al botón verde y escucha una voz familiar.

—Hola preciosa. No me cuelgues, por favor. He tenido un accidente y no he podido llamarte antes. Se me rompió el móvil y mi madre puso la tarjeta en uno que tenía viejo que se apaga cada dos por tres. No me lo ha querido traer al hospital, porque decía que tenía que descansar. He salido esta mañana y te he llamado en cuanto he podido. ¿Qué tal estás? ¿Estás bien? ¿Estás… enfadada? —las palabras atropelladas de Ismael suenan sinceras.

La pareja acude de la mano al bar donde han quedado con las amigas de ella. Va con la cabeza muy alta y cara de “lo sabía”. Sabía que el chico de sonrisa bonita era diferente a los demás y que una mirada sincera no sabe mentir.

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VENCER EL MIEDO ES POSIBLE

VENCER EL MIEDO ES POSIBLE

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La noche era oscura y fría. Miguel caminaba despacio encogiéndose. Una mano metida dentro del bolsillo y la otra sujetando la correa de Toby, su perro. El caniche caminaba feliz oliendo todo a su alrededor y dejando su marca en cada árbol.

Sumergido en pensamientos de hogueras y playas soleadas, caminaba hasta un parque cercano. El silencio le rodeaba. A cada paso que daba, adentrándose en el parque, más miedo sentía. Giraba la mirada con cada crujir de ramas y notaba la piel erizada cuando una hoja caía a sus pies.

Una sonrisa irónica le asomaba a los labios. Él, un hombre de metro noventa y musculado pasando miedo. Se fijaba en Toby, que iba suelto correteando de un árbol a otro. Decidió estirarse y levantar mucho la cabeza. Estaba un parque sólo y nada le podía pasar. Era un hombre fuerte y valiente.

Con el pelo erizado, empiezó a ladrar y gruñir el pequeño caniche. Tenía la mirada fija en la zona más oscura del parque. Miguel abrió los ojos de par en par. Por su mente pasaron todas las películas de terror que habia visto y alguna que se inventó en ese momento. Presa del pánico su primer impulso fue huir. Pero no podía dejar al perro allí. Probó a llamarle con voz temblorosa sin atreverse a acercarse. El animal no le hizo caso. Siguió ladrando.

—Cariño, ¿Por qué has tardado tanto? —Nuria, la mujer de Miguel, sale de la cocina secándose las manos al oírle entrar en casa.

—Me he encontrado un murciélago. Tiene rota un ala y no puede volar. Menos mal que estaba yo allí para rescatarle.

—Pobrecito, ahora le busco una caja de zapatos. ¿Estás bien? Tienes la cara roja.

—Si, es sólo por el frío que hace en la calle.

Toby es el único testigo de la media hora que pasó Miguel llorando, aterrorizado. El verdadero héroe es el pequeño animal que consiguió vencer su miedo para coger al murciélago con cuidado para dárselo a su dueño.

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ENCUENTRO INESPERADO

ENCUENTRO INESPERADO

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Diana camina despacio pero con paso decidido. A pesar de no tener sentido de la orientación sabe perfectamente dónde quiere llegar. Su destino se encuentra unas calles más abajo. Mira al suelo. Se resiste a levantar la mirada. Nunca le han gustado esos sitios, motivo por el cual es la segunda vez que está ahí.

Un escalofrío le recorre la espalda. “Será por el frío”, piensa. Sube la cremallera del abrigo y continúa andando. Sabe que la sensación que ha tenido no es por el frío de la tarde de noviembre. Alguien le sigue con la mirada. Pero a ella le da igual. No tiene miedo.

Cuando sabe que está llegando, levanta la mirada. Se detiene justo delante de una escalera. Muy despacio, la sube. Nota como una lágrima resbala por su mejilla. Cuando llega a su destino, acaricia la foto de su madre. En ella, una mujer bonita vestida de novia, sonríe. “Qué ironía”, piensa. “Sus restos reposan en una caja de pino y veo su cara sonriendo. Y yo, que estoy viva, no puedo dejar de llorar”.

El silencio del campo santo sólo es roto por alguna que otra ráfaga de viento. Un aire que se lleva consigo los pétalos de las flores, que se desprenden de los ramos que hay en uno u otro nicho. No se oye nada. La muerte no tiene sonido. Sólo el goteo de las lágrimas de Diana. Gotas saladas que caen en el suelo.

—Hola.

La joven grita. Está asustada y sorprendida.

—No te asustes. Eres la hija de Catalina ¿Verdad? Sois iguales.

—Sí. ¿Tú eres…?

—La única persona que la amó. Como hombre, quiero decir. Porque estoy seguro que tú la querrías mucho. Fui su primer novio hasta que tu abuela le impidió que nos viéramos. Intenté volver con ella pero todos mis intentos fueron en vano.

—¿Qué haces aquí?

Diana ya conocía la historia, aunque llegó a creer que no era cierta. Nunca conoció a ese hombre cuando su madre vivía.

—Vengo a visitarla todos los años. Le traigo flores de plástico y limpio la lápida. Había bajado a por agua cuando te he visto pasar con la cabeza baja. Y he sabido quién eras, aunque el pelo te tapaba la cara.

—Sí, he notado que alguien me observaba.

Se miran a los ojos, en silencio. No hacen falta más palabras. Catalina ha querido que las dos personas que más ama, se conozcan. Sin mediar palabra se funden en un abrazo.

Media hora más tarde Diana desanda el camino. Ahora no la acompaña el silencio, sino una animada conversación con el hombre que conoció a su madre antes de que ella naciera. Él está feliz, por fin podrá saber qué fue de su amada desde que dejó de verla. Tal vez de esta manera sea capaz de poner punto y final a una historia de amor tan fuerte que ni la muerte pudo romper.Photo by Guillermo Perez Santos

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