Apsonhad

Apsonhad

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Un viento suave peinaba los árboles aquella tarde y los rumores del bosque formaban una melodía que invitaba a tumbarse entre la maleza y respirar un paisaje único. Sobre el lago, un grupo de nenúfares servían de entretenimiento a las hadas que saltaban sobre ellos gracilmente, en un juego que consistía en lograr hacer el recorrido más largo posible evitando tocar el agua y sin utilizar las alas. Apsonhad contemplaba divertida desde la hierba cómo sus compaňeras y amigas intentaban pasar de un nenúfar a otro luchando por no perder. Era ella quien había ideado ese juego, ese y todos los demás. Desde que nació y bastante antes de que le crecieran las alas, ya dejó ver una capacidad especial para mejorar el entorno en el que habitaba y hacer felices a los que la rodeaban. Solo había que mirarle a los ojos para saber que iba a convertirse en la reina del lugar sin ni siquiera pretenderlo, pues guardaba en la mirada todos los olores, sabores y colores del bosque. Se disgustaba cuando algún habitante de aquel pequeño paraíso la halagaba o la hacía conocedora de la devoción y la admiración que sentía por ella, veía normal todo lo que hacía, y jamás consideró que fuera digno de elogiarse. Pero lo cierto es que su inventiva, su capacidad de decisión e improvisación y ese don natural que tenía para aprovechar el medio en favor de todos, la habían convertido en el ser más importante de toda la comunidad y alrededores. Era capaz de calmar al lobo más hambriento con solo una sonrisa y de convencer al castor de que escogiera los troncos más ancianos argumentando que estos ya habían asimilado su destino. Cuando no le organizaba el cumpleaños al alguno de los animales o ayudaba a los gnomos a decorar su seta, se entretenía en recolectar hojas de  plantas y unirlas mediante la resina de los árboles para fabricar un libro en el que escribía, con la savia del tallo de las mismas, historias conocidas e inventadas. Una vez dejaba secar la tinta de la naturaleza se sentaba en un claro a leerles esas historias a los duendes en lo que ella bautizó como la hora de la “saviduría”, le parecía el nombre más apropiado ya que gracias a la savia lograba mentes más sabias. Empezó ya de niña a ejercer tan gratificante tarea y al principio logró reunir a unos pocos duendecillos pero poco a poco se les fueron uniendo los duendes adultos, los gnomos, las ninfas y todos los animales, hasta lograr que en dos kilómetros a la redonda no hubiera un solo espacio de bosque que no estuviera ocupado por algún habitante del lugar. Incluso logró copar todos los árboles de seres hambrientos de sus historias. Era curioso observar aquel evento y llegaba a ser muy divertido porque Apsonhad tenía que ir haciendo pausas para que a través de los asistentes les llegara a los más alejados la historia que estaba leyendo, ya que ni gritando hubieran sido capaces de oírla. No tenía precio ver como se iban explicando cada fragmento unos a otros en cadena hasta llegar al final.

Por aquel entonces todos la llamaban el hada feliz puesto que nunca nadie la había visto triste, no tuvo jamás una mala cara para nadie pero guardaba un secreto, de cuando en cuando alguna tarde desaparecía horas antes de que se escondiera el sol y no volvía hasta que el cielo estaba estrellado. Ninguno de los habitantes de aquel bosque quiso seguirla jamás, era tanto el respeto y la confianza que le tenían que aguardaban a su regreso mientras jugaban a adivinar cuales eran los motivos de sus escapadas. Unos decían que se retiraba a llorar porque era imposible que alguien no tuviera momentos de tristeza, otros que había encontrado un lugar donde pensar y poner en marcha esa maquinaria perfecta que había en su cabeza capaz de crear infinidad de historias y juegos, los menos apostaban a que simplemente necesitaba estar sola.

Pero lo cierto es que Apsonhad, años atrás, había descubierto a Brupoibe, un ser de cien años de edad creado de la hojarasca. Fue él quien le descubrió el secreto de su felicidad y el que le enseñó a conocerse mejor. Fue él quien le hizo saber quien era ella en realidad y a él acudía cuando le invadía alguna inquietud o emoción extraña.

Aquella tarde se sentía frágil, una leve tristeza le recorría las venas y un cosquilleo nervioso le jugaba en la piel, dejó a sus compaňeras saltando en el lago y se dirigió a hablar con Brupoibe.

– Ha llegado tu hora, le dijo nada más verla. Tú naciste para cumplir una misión y este es el momento en el que habrás de hacerlo. Esa tristeza, esa inquietud que sientes dentro de ti, no es tuya.

Apsonhad, no pudo articular palabra y recogió las alas pegándolas a sus caderas mostrando absoluto desconcierto.

– ¿Cccc…cómo que no es mía?, acertó a decir sin poder cerrar la boca para vocalizar.

– Tú no eres un hada cualquiera, sabes que tienes un don y no se te concedió para hacer felices a los demás, aunque te honra haberlo utilizado para ello sin que nadie te lo dijera. Eso demuestra tu valía como ser vivo.

– No entiendo nada, Brupoibe. ¿De qué don me hablas, cuál es mi misión, si hasta ahora estaba equivocada quién soy en realidad?

– Eres el hada de las letras y la tarea principal para la que se te creó es para servir de inspiración a un escritor.

– ¿Perdona?, preguntó intentando asimilar lo que se le estaba explicando.

Esa reacción provocó una carcajada en Brupoibe que se movió de tal manera durante el acto que llegó a perder una docena de las hojas que lo formaban, aunque no tardaron estas, tras caer al suelo, en volver a formar parte de su cuerpo como si de un truco de magia se tratara.

– Hablas como los humanos, ja, ja, ja. Estás completamente preparada para contactar con ellos.

– Pero si yo nunca he visto un humano, no sé si sabré entender su mundo. No sé si me entenderán ellos a mí.

– No te preocupes, ellos no pueden verte, tan solo quien realmente te necesite y sepa valorarte podrá hacerlo.

– ¿Y ese escritor del que me hablas sabrá valorarme?

– No lo dudes, solo se necesita  una cosa para ello, amar las letras, y él las ama.

Todos los escritores humanos que aman las letras tienen asignada por Naturaleza un hada de cada uno de los bosques. Y tú eres el hada que se le ha asignado.

– Vaya, ¿y porqué ahora?

– Porque todos esos sentimientos que has notado dentro de ti esta tarde los está sintiendo él, por eso ha llegado tu momento. Te necesita, es un escritor novel y le ha llegado la hora de que se le envíe su hada que eres tú.

– ¿ Pero cómo llego hasta él, cómo lo reconoceré?

– No sufras por eso, tan solo vuela hacia la ciudad.

Apsonhad dudó unos instantes, pero Brupoibe jamás se había equivocado, tan solo lo había hecho una vez que pensó que estaba equivocado, así que batió las alas y se dirigió a la ciudad.

Fue durante su vuelo en busca de su escritor cuando descubrió atónita que al batir las alas despedía letras que se juntaban para guiarle a través de indicaciones en forma de palabras, “a la derecha”, escribieron unas en el aire, “a la izquierda”, dibujaron otras bastantes minutos después. Al fin mientras sobrevolaba un barrio tranquilo, las letras que le guiaban frenaron su vuelo. Miró hacia abajo y vio al escritor que se le había asignado sentado en un banco, el corazón se le aceleró hasta perder de vista los latidos y descendió suavemente hasta sentarse a su lado. Él no se alarmó lo más mínimo cuando la vio aparecer de la nada, reaccionó como si llevara esperándola toda la vida y fue al mirarse cuando sus ojos secuestraron sus miradas. Antes de que pudieran darse cuenta sus dedos entrelazados acogieron la ternura de su tacto y alzó de nuevo ella el vuelo situándose a un metro por encima de su cabeza y dejó caer mil besos que se frenaban justo al rozar los labios de él, y si alguno de ellos llegaba por completo a su destino se posaba en la comisura de su boca en una suerte de semibesos con mucho más sabor que un beso entero.

No necesitaron decirse nada, ambos supieron en aquel banco que cada uno de ellos estaba hecho de la felicidad del otro. Nunca antes un crepúsculo había iluminado tanto el mundo.

Tras aquel anochecer, ella volvió a sus quehaceres en el bosque y él escribió febrilmente todo tipo de historias en las que siempre estaba ella escondida entre las letras.  Le dedicó poemas e historias enteras y cuando no, le hacía un guiño con palabras que solo entendían ambos.

Apsonhad transcribió desde entonces, en los libros que fabricaba, todas las historias de su escritor y logró contagiar la pasión por las letras que él le había contagiado a ella.

Pero pasaron los meses y la silueta de Apsonhad se fue desvaneciendo, su generosidad, su entrega, y su dedicación al entorno la habían desgastado y fue perdiendo brillo a ojos de los demás y de sí misma, el bosque perdió color, los rumores silvestres creaban una melodía triste y se dejó de jugar a saltar nenúfares en el lago. Tan solo hubo una cosa que no se dejó de practicar en el lugar, la hora de la “saviduría”. Ella siguió leyendo todas las historias que él escribía.

Al igual que ella había notado los sentimientos de él antes de conocerse, él notó el desgaste de ella y la mantuvo viva mediante sus letras, sabía que si dejaba de escribir, ella desaparecería para siempre.

La tarde de ayer, el escritor, se sentó en el banco donde la conoció y creó esta historia para ella. Está feliz porque sabe que por más que se desdibuje su silueta, la mantendrá viva con la sangre de sus letras.

Para Apsonhad, mi hada de las letras. Existes en cada uno de mis latidos.

 

Photo by Danimj

Ley de vida

Ley de vida

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Nada más abrir los ojos vio como el domingo entraba por la ventana y traía consigo un sol tan tímido que no se atrevió a acceder a la habitación sin que lo hiciera con él un agradable aire de primavera.

Se desperezó lo justo, estirando brazos y piernas en una acción poco estética pero muy gratificante  y se dirigió al baňo para quitarse la capa de sueño que tenía en la cara y asearse. Decidió no ducharse aún, adoraba  esa sensación de pereza que le acariciaba la piel, le gustaba pensar que si no lo hacía, mantenía aún las ganas de seguir durmiendo en cualquier momento, ¿había algo mejor para hacer un domingo que dormir?.

Se preparó un café y unas tostadas de pan de centeno con mermelada. Antes del primer sorbo, se entretuvo en el aroma que desprendía la taza con el café recién hecho, cerró los ojos y respiró la mañana como queriendo retenerla para siempre en la memoria de cada uno de sus sentidos, e inmediatamente se mojó los labios con su intenso sabor. Si aquello no era la felicidad debía parecerse mucho, solo le faltaba su hija Laura, su pequeña. Estaba en una edad muy difícil según decía todo el mundo, se había alejado mucho, ya no era aquella niña que se sentaba con ella a desayunar y le explicaba todas las cosas que la vida le iba enseñando. Siempre habían sido dos en una, amigas además de madre e hija, su relación parecía indestructible pero Laura estaba ahora a otras cosas, sabía que tenía un noviete, no porque lo hubiera contado sino porque ella ya había tenido la edad de su hija y conocía perfectamente los síntomas. Le dolía ver como los años habían ido cambiando las cosas, parecía como si cada cumpleaños a partir de los trece hubiera ido abriendo una grieta en el cariño que le tenía. Le entristecía pero lo asumía como ley de vida, la frase con la que la mayoría de su entorno definía el alejamiento de Laura hacia su madre. Tuvo que criarla sola, como tantas heroínas anónimas del planeta, sin ayuda familiar, en un lugar desconocido y sin ningún hombro en el que llorar las fiebres y desilusiones de Laura, pero era precisamente ella quien le había enseñado a ser más fuerte, por ella se sentía capaz de todo, superaba el cansancio y el desánimo tan solo pensando en su pequeña.

Ahora, ya tenían ambas una vida hecha en la ciudad, con amigos y rutinas nuevas, Raquel había creado un mundo para Laura del que se sentía orgullosa y en el que se encontraba a gusto.  Precisamente uno de sus amigos le había dicho que recuperaría la relación con su hija en cuanto ésta fuera madre, “es ley de vida”, le dijo, pero a ella le aterrorizaba tener que esperar tanto tiempo, aún era una niña queriendo ser mujer.

Eran las nueve y media y Laura aún no había vuelto desde la noche anterior, probablemente ese domingo apenas se verían, llegaría tan cansada que se iría directamente a encerrarse en su habitación pidiéndole que no la despertara bajo ningún concepto. Ya ni recordaba cuál fue el último domingo que pasaron juntas, no lograba siquiera acordarse cuanto hacía desde la última vez que habían hablado más de cinco minutos. Seguramente a media tarde saldría de su habitación con el móvil en la mano, chateando, lo soltaría solo para abrir la nevera y calentar su comida en el microondas.

– Hola, Laura, ¿qué tal todo?

– Hola, como siempre, no seas pesada, respondería sin separar la vista de la pantalla.

Raquel empezó a inquietarse cuando el reloj amenazaba con dar las doce, nunca antes su pequeña había tardado tanto en volver de fiesta y tampoco había llamado para decir que no iría. Era una jovencita rebelde pero jamás había roto la norma de llamar si no iba a ir a casa. Decidió esperar un par de horas más, era conveniente no alarmarse, no quería parecerle una histérica, ya se lo llamó una vez y aún no había sido capaz de superarlo.

Pero le fue imposible mantener su intención, los minutos pasaban y en su camino sentía como la aguja segundera del reloj se le clavaba en el corazón en un tic-tac asesino que le hacía desangrarse entre pequeñas punzadas. Cogió el teléfono y la llamó, la voz del contestador le produjo una leve angustia, intentó calmarse, miró la hora de su última conexión, no se había conectado desde la noche anterior a las 22:08, imposible, su hija era incapaz de estar tanto tiempo sin usar el móvil, sintió que se ahogaba, todo indicaba que algo le había pasado. Comenzaron a pasear por su mente imágenes vistas en las noticias, inacabables casos de chicas desaparecidas a las que jamás encontraron en el mejor de los casos. Se sintió morir por dentro y un llanto aterrorizado empezó a ahogarle la voz.

Logró reponerse para marcar el número de Tere la mejor amiga de su hija, pero la respuesta de la joven no hizo más que incrementar su desesperación. Tere había estado llamando a Laura toda la noche del día anterior y todo aquel día  desde que despertó, Laura no había acudido al bar donde tomaban unas copas para empezar la noche. También intentó localizarla llamando al resto de amigos, nadie sabía nada de ella.

Raquel se vistió con un vestido color angustia y salió  con el coche hacia el lugar donde había quedado con Tere para iniciar la búsqueda de su pequeña. Es domingo todo está cerrado, le dijo la amiga íntima de su hija, pero no le importó, se le desgarraba el pecho, sabía que no podría preguntar en los lugares que frecuentaba su pequeña pero cualquier demora antes de encontrarla podría ser fatal. Fueron a las casas de todos los amigos y conocidos de los que Tere sabía la dirección, incluso la de los ex-novios.

Fue entonces cuando Raquel le volvió a preguntar si Laura salía con alguien, la joven le había dicho que no pero esta vez le temblaron los labios al responder lo mismo. Raquel la zarandeó, “por Dios santo, Tere, díme con quién sale mi hija, solo él puede saber dónde está, no es momento de secretitos, puede haberle pasado algo”, gritó desesperada.

Tere se derrumbó y sin poder evitar un llanto de desconsuelo respondió:

– Con el profesor de matemáticas, están juntos desde hace seis meses.

La mirada rota de Raquel se acabó de quebrar.

¿Dónde vive?, díme dónde vive ese cabrón.

Tere acompañó a Raquel hasta la vivienda del profesor mientras le explicaba que era un hombre casado y con dos hijos. Supo entonces la madre de Laura que probablemente no encontraría al novio, amante o lo que fuera de su hija, no tenía la menor duda, se habían fugado. Caminó decidida, guiada por Tere, intentando controlar sus emociones, la mujer de aquel despreciable ser debía saberlo y necesitaba encontrar alguna pista de dónde podían haber ido.

-¿Por qué no me llamaste?, le preguntó varias veces a Tere.

– Pensaba que acabaría apareciendo y quería evitar que te preocuparas.

Dos calles antes de llegar a su destino, la joven reclamó la atención de Raquel.

-Es él.

Un hombre de treinta y pocos años, de pelo algo canoso ya, pantalón vaquero y americana manejaba nervioso su móvil mientras cruzaba. Raquel abandonó el coche a un lado de la calle y se dirigió hacia él, una vez lo alcanzó, le golpeó varias veces el pecho mientras él desconcertado trataba de parar los golpes.

– ¿Dónde está mi hija, maldito cabrón?

El hombre miró a Tere que había salido detrás de ella y lo entendió todo.

-No lo sé, señora, estoy intentando hablar con ella desde ayer.

Raquel vio en los ojos del profesor una verdad herida de preocupación y se derrumbó de rodillas contra el suelo mientras seguía golpeando ya casi sin fuerzas las piernas del docente.

Resignada, se dirigió a comisaría a poner la denuncia de desaparición. Allí le indicaron que no se haría efectiva hasta pasadas cuarenta y ocho horas de la ausencia de la muchacha, aunque accedieron a tramitarla para evitarle un colapso nervioso a la madre de Laura.

Pero no tardó el barrio en movilizarse alertados por la búsqueda de Raquel y salieron a las calles con pancartas reclamando la vuelta de Laura o su liberación , estuviera donde estuviera. Nadie quería pensar lo peor.

No tardó la televisión local en hacerse eco del posible secuestro de la joven, según decía una reportera, en un barrio las noticias corren como la pólvora y no tuvo más remedio la policía que  iniciar la investigación como asunto prioritario. Designaron a un joven agente con estudios de psicología para el caso y le encomendaron como primera misión acudir a casa de la desaparecida para intentar hallar alguna pista que les llevara hasta Laura. Revisión de su móvil, registro de su habitación… según les había contado Raquel, no había tocado nada desde la desaparición.

Lo primero que hizo el policía fue dirigirse a la habitación y al primer vistazo le cambió el gesto, miró a Raquel y le preguntó si su hija estaba pasando algún mal momento y si conocía algún motivo por el cual quisiera huir de casa.

Raquel le explicó que no tenían una muy buena relación pero que eso era ley de vida, cosas de la adolescencia. Le puso al corriente de su aventura con el profesor de matemáticas y que ese era el único motivo por el que pensaba que su hija hubiera querido fugarse, pero estaba descartado porque él tampoco sabía dónde estaba.

– No hay nada descartado, señora, dijo el agente tras tomar varias notas al respecto de la conversación. Y menos con el profesor de su hija, se ha convertido en el máximo sospechoso.

Permítame que haga una breve llamada.

El joven encargado de la investigación, marcó un número sin dejar de mirar a Raquel, no lograba encontrarle la mirada en los ojos.

– Hola, inspector, es necesario aplicar el código 45, dijo justo antes de cortar.

– Bien, señora, continuó dirigiéndose a Raquel, hábleme de su hija, cualquier mínimo detalle nos puede ser útil.

Raquel inició su descripción de Laura pero no tardaron ni diez minutos en llamar a la puerta. Ella se levantó pidiendo disculpas, “seguramente es algún vecino que viene a ofrecerse para cualquier cosa, se están portando muy bien.

El agente miró a la mujer con compasión. Raquel abrió la puerta y aparecieron dos policías que la cogieron de un brazo cada uno y se la llevaron ante la mirada acuosa del joven que les había llamado y los gritos de protesta de ella. Inmediatamente después dos trabajadores de los servicios funerarios y un forense entraron a la casa.

El informe psiquiátrico coincidió plenamente con el del agente encargado de la investigación.

Raquel, una madre soltera, que había sacado a su hija adelante sin ayuda de nadie y que había basado toda su vida en ella, no pudo soportar que lo único que tenía en el mundo se alejara. Fue incapaz de asumir que su pequeña ya no lo era y que tenía otras prioridades en su mundo.

La noche anterior al día de la denuncia, la madre quiso impedir que su pequeña saliera, se sentía muy sola. Discutieron fuertemente y Raquel asesinó a su hija clavándole un cuchillo de cocina en la sien izquierda, luego la tumbó en la cama. Su mente sufrió un shock tan traumático que le hizo olvidar lo que había hecho, al día siguiente despertó sin recordar absolutamente nada de aquella noche. El terror aferrado a su subconsciente le impidió volver a entrar a la habitación de Laura y era incapaz de volver a reproducir en su cabeza los hechos acontecidos. Posiblemente según rezaba el informe psiquiátrico, Raquel nunca sabrá qué pasó con su hija y no logrará entender por qué  la acusaron a ella de su desaparición.

Vidas de papel

Vidas de papel

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He tenido mil vidas,

he viajado a cien muertes,

mis barcos naufragaron

en olas de papel.

A veces se suicidan

mis ganas de entenderte,

a veces me respiran

tus letras en la piel.

Gracias a ti en mi infancia,

no le temí a las  sombras,

fui feliz con aquella

que perdió Peter Pan,

me jorobó que en Francia

se perdieran las formas,

y le dije “Sí quiero”

a Esmeralda en Notre Dame.

Cuando fui mosquetero,

me pidieron constancia

y después de tres duelos

que pude solventar,

apareció Constanza,

como caida del cielo,

mademoiselle,comment ça va,

je m’apelle D’Artagnan.

Bebí ron en cubierta,

para creer en tesoros,

en mi isla desierta

no estaba Sandokan,

y Robinson y Viernes,

se zamparon al loro,

por no comerse el hombro

de un corsario del mar.

No seguí a Pulgarcito

a través del camino,

me pilló trabajando

para un tal Alí Babá,

ni mis cuarenta amigos,

ni yo fuimos testigos

de cómo se comían

sus miguitas de pan.

Vestí al último grito,

imponiendo mi estilo,

con mono de trabajo,

me llamaba Tarzán,

y francamente os digo,

que jamás fui vencido,

ni escuché al Principito

cuando me quiso hablar.

Luché con el Jabato,

y al lado de Goliath,

me calcé los zapatos

de Trueno el Capitán,

me convertí en guerrero,

me puse un antifaz,

y en globo Julio Verne

me enseñaba a volar.

 

Fui tantos personajes,

tal vez más de un millar,

mi único equipaje,

consistía en soñar.

Mil nombres, cien mil pruebas,

Strogoff y Crispín,

Segismundo en la cueva,

¡ay mísero de mí!

hoy soy enmascarado

de oficio espadachín,

en el trayecto he hallado

al gran Zalacaín.

Diego Valor y su equipo,

Roberto Alcázar, Pedrín,

no me gustaba aquel tipo

al que llamaban Tintín.

He vivido en Comala,

nunca me quise ir,

y si hablamos de malas,

si me dan a elegir,

me quedo con la rabia

de Cruella de Vil.

Mi familia, Buendía,

Benji Compson, y al fin

Adriá en el despacho

tocando su violín.

Si me llamais Cyrano,

así me haréis feliz,

Robín Hood es mi hermano

y mi amor es Beatriz.

Todos vosotros, los libros,

me habéis traído hasta aquí,

y de las vidas que vivo,

prefiero las que os viví.

 

Onofre y el viento.

Onofre y el viento.

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Onofre era un muchacho de ceja infinita, mirada embobada y un deje en el andar que le haría reconocible entre cien mil multitudes. Se despertaba siempre antes que cantara el gallo y acudía a sentarse al corral por ver si el animal, tras su canto, ponía un huevo. Hasta el momento aún no lo había logrado ver, pero estaba seguro que no tardaría en hacerlo, todos los chicos del pueblo habían sido testigos ya. A él le llegaba la vida mucho más tarde que a los demás, pero sabía que si se sentaba a un lado del camino que llevaba a la ciudad, acabaría por verla acercarse y sería entonces cuando conocería las cosas que aún no le había traído el viento que venía de las montañas.

Era precisamente esos días en los que llegaba ese viento a mover las cosas del mund, los que él más disfrutaba. Se reía hasta retorcerse al ver como se le levantaba la falda a alguna niña al salir de la escuela y se ensimismaba contemplando cómo ese mismo viento hacía saludar a los árboles moviendo sus ramas de manera cordial.

No conocía Onofre la escuela por dentro, pero había aprendido a aprendersela desde fuera a través de la ventana. Observaba el pizarrón con esos dibujos a los que llamaban letras, una vez le dijo Pilarín, una niña que siempre le miraba como si sujetara el mundo con los párpados, que aquellas letras formaban las palabras que luego se empleaban al hablar. No hubo un solo día desde entonces en el que Onofre, antes de ir a ver cantar al gallo, no se mirara la boca en el espejo sin lograr entender cómo era posible que cupieran tantas letras en un agujero tan pequeño, pero acabó por desaparecer esa inquietud en cuanto descubrió que mirársela en el reflejo del agua del río era mucho más divertido. La corriente se la llevaba y se la devolvía intacta un instante después.

También le llamó siempre la atención el enorme mapa  que había colgado en la pared. Según le había dicho también Pilarín, la única persona de todo el pueblo a la que se atrevía a preguntar, puesto que todos los demás habitantes se reían en cuanto abría la boca, – ya habló Onofre el zote, decían, y luego empezaban a reír hasta que se les dormía la risa de puro cansancio. Eso que había enganchado a la pared de la escuela al lado del pizarrón lleno de letras que acabarían en la boca de la gente, era España, el país en el que estaba el pueblo y muchos pueblos más, también estaba la ciudad y las montañas. Casi le revienta el mentón del asombro, España cabía en una tela de dos por dos y pensó en lo pequeňa que era y en lo fácil que sería salir de ella. Con unos tres pasos largos más o menos podía recorrerla de punta a punta e ir a las montaňas a traerse el viento para siempre. Pero por más que anduvo no tuvo nunca la sensación de haber salido del pueblo  y fue ese día cuando se dio cuenta de que solo podían recorrer y salir de España los que iban a la escuela.

Tenía Onofre dieciocho años que se le habían pasado observando la vida, resignado a no salir nunca de allí porque España estaba en la escuela, pero con la esperanza imperecedera de ver poner un huevo al gallo y de que el viento le trajera un día las cosas que les había traído a todos los demás. Al fin y al cabo a él le llegaba la vida más tarde.

Si de algo estaba seguro el muchacho es de que nadie le había dicho a sus padres que él ya había nacido, vivía con ellos y sabía que lo eran porque se lo había dicho Pilarín, ahora Pilar, se le debió caer el diminutivo en un movimiento de cadera al andar. Le gustaba a Onofre verla caminar, sentía una alegría en la bragueta que le hacía sentirse bien y cuando ya sus padres se enteraran de que él ya había nacido les preguntaría qué era aquello que sentía y por qué se le hinchaba el bulto del pantalón. Ya no lo podía hablar con Pilarín puesto que desde que se convirtió en Pilar solo estaba pendiente de Héctor un muchacho de su misma edad, de rasgos apolíneos, sonrisa de niño y cuerpo de gimnasta por el que suspiraban todas las lugareñas y forasteras que lo habían visto alguna vez.

Tampoco podía Onofre dejar de mirar a Héctor, pensaba que tenía una cara tan bonita como una espiga de trigo intentando postrarse para saludar al viento. Estaba casi seguro de que si aquel bello muchacho se viera la boca en el río no se la llevaría el agua para volverla a traer, no podría tampoco dejar de mirarla ni un solo instante.

Había días en los que aún sin venir el viento le gustaban mucho también, aquellos en los que los niños del pueblo ni le tiraban piedras ni le decían cosas que él no entendía pero que a ellos les hacía mucha gracia: – Onofre el zote, Onofre el zote, Onofre el zote, ja, ja, ja. Algunas veces eran tan grandes las risas que se salían de España. Adoraba esos momentos en los que a aquellos chicos se les olvidaba ponerse las letras de la pizarra en la voz y en los que se habían acabado las piedras del pueblo. Se sentaba entonces a mirar el movimiento de las caderas de Pilar al caminar  y la cara de Héctor. Después  se iba corriendo hacia el río a mirarse una boca que estaba en su rostro pero que ese día no era suya porque tenía una sonrisa entre los labios.

Una de aquellas tardes vio Onofre como a Pilar se le volvía la tez color azafrán y se le arrugaba la parte de arriba de la nariz. La oyó decir muy enfadada que maldita sea y que maldita sea esa zorra. Tuvo miedo de que aquella zorra de la que hablaba Pilar se hubiera comido el gallo y corrió sin pedirle permiso a sus piernas hasta llegar al corral, pero allí estaba sano y salvo. Ese día se puso tan contento como si hubiera venido el viento a mover las cosas del mundo.

Al día siguiente después de haber esquivado todas las piedras que le habían tirado los muchachos vio llorar a Pilar y se acercó.

– Hola Pilar, me llamo Onofre el zote, dijo aplastándose con fuerza el flequillo contra la frente para que se le metiera en la mollera lo que tenía que decir. Soy amigo de Pilarín, una niña que había en ti antes. ¿ Por qué lloras?

Él sabía muy bien lo que era eso, ya que era la pregunta que le hacía su amiga cuando de niño se apartaba en un rincón a mojarse las mejillas con el agua que le salía de los ojos porque llevaba días sin venir el viento.

– Onofre, te llamas Onofre, no Onofre el zote, dijo ella tras esconder una lágrima en el pañuelo. ¿Cuándo se te va a meter eso en la sesera?.

Entonces pudo ver el muchacho a Pilarín dentro de la mirada de Pilar y le dio confianza, tanta que volvió a preguntarle por qué lloraba.

La chica vio en su antiguo amigo alguien en quién descargar su pena, total tampoco iba a entender nada.

– Ayer vi a Héctor besar a Rosa.

No logró comprender Onofre lo que quería decirle, no sabía lo que era eso de besar pero se la quedó mirando esperando descubrirlo.

– Yo solo quiero que me bese a mí, continuó Pilar.

Allí se quedó un buen rato mientras ella se alejaba y ni siquiera se acordó de mirar como caminaba. Pero decidió sentarse todas las tardes en la plaza, aunque le llovieran piedras, para ver si lograba saber qué era aquello de besar.

Fue una tarde en la que el viento vino a visitar el pueblo cuando al fin, mientras le resbalaba un hilo de sangre por la sien por culpa de la buena puntería de uno de los muchachos, vio como le volvía el azafrán al rostro de Pilar y miró hacia donde ella miraba. Tras el aŕbol que presidía la plaza, Héctor y Sara, otra de las muchachas del pueblo, juntaban sus bocas y se tocaban.

No entendió por qué lloraba Pilar, él ya había visto hacer eso a Héctor muchas veces con todas las muchachas del pueblo y con las forasteras. Tan solo eran ejercicios para llamar al viento, ya de niño se los enseñó Teodosio, el pastor, había que juntar las bocas, tocarse y luego dejar que se pusiera detrás a cabalgar como hacían los asnos con las borricas. Era la única manera de que el viento no se olvidara de venir al pueblo, se lo había dicho a él en secreto y lo habían llamado ya muchas veces desde hacía años en el pajar. Al principio le dolía llamar al viento pero enseguida se acostumbró, tenía la sospecha que mientras más lo llamaran Teodosio y él, más veces vendría y llegaría un día en el que le traería las cosas que les había traído a los demás. Al fin y al cabo a él le llegaba la vida más tarde.

Pasaron los días y Onofre tuvo miedo de que a la muchacha le brotaran flores en las mejillas de tanto regarlas con el agua de los ojos, no quería que esas flores le impidieran ver a Pilarín en la mirada de Pilar y a base de aplastarse el flequillo contra la frente muy, muy fuerte para ver si se le metía alguna idea en el cerebro, halló la manera de que pudiera ser besada por Héctor. Lo haría a través de él, de su boca, él besaría a Héctor y se guardaría ese beso para dárselo a través de sus labios a Pilar.

Decidido se fue a buscarlo a su casa pero al llegar pudo ver a través de la ventana a Don Ignacio Buenaventura y a su esposa Jacinta sentados a la mesa con una muchacha, ya no volvió a ver a Héctor nunca más. Ignacio y Jacinta se habían equivocado de hijo y ahora era una muchacha llamada Andrea. Lo supo pocos días después cuando vino uno de esos señores con rifle y gorra que había traído el viento una tarde a llevarse a los hombres y le oyó llamarla así.

Fue por aquellas fechas cuando a todas las muchachas del pueblo se les apagó la cara y supo entonces que Héctor era mágico y era él quien se la encendía todos los días. Pero ya no estaba y pensó que a lo mejor Pilar no sabía que él también conocía la manera de llamar al viento y que era eso lo que en definitiva quería.

A la mañana siguiente despertó Onofre, se incorporó, se miró en el espejo la boca y se aplastó fuertemente el flequillo contra la frente para que le cupiera en la testa lo que tenía que hacer. Corrió al corral a ver cantar al gallo, no puso el huevo y se fue a dar cuenta del pan con mantequilla y el vaso de leche que encontraba siempre sobre la mesa de la cocinilla después del canto del animal. Él siempre comía allí, alejado del salón, porque nadie les había dicho a sus padres que él ya había nacido, algún día, cuando quisiera el viento, comería con ellos en la mesa grande al otro lado de la casa. Pero no fue aquel día a sentarse al lado del camino a ver si veía a la vida llegar, cambió la ruta y se sentó frente al portal de la casa de Pilar a esperar que saliera para ir a por agua a la fuente. Sabía que todas las mañanas iba a llenar las garrafas con la carretilla.

Cuando la vio aparecer por la puerta, se acercó sin decir nada, cogió la carretilla y la condujo hasta la fuente mientras Pilar tras saludarlo se lo agradecía.

La fortaleza de Onofre era descomunal, y si se ponía entre el sol y la tierra daba más sombra su espalda que un sauce llorón. Sabía Pilar que con él al lado sería mucho más liviano el transporte del agua ya que el enorme muchacho podía llevar al hombro si quería la carretilla con las garrafas llenas.

¿ No vas hoy a sentarte al camino?, preguntó la muchacha cuando ya llevaban medio tramo recorrido.

– No, hoy no, hoy vamos a llamar al viento tú y yo.

Ella conocía a la perfección al igual que todo el pueblo el amor obsesivo que tenía Onofre por el viento, lo miró y sonrió amablemente.

– ¿ Es eso lo que quieres en realidad, no?

– Sí, claro Onofre, puede ser muy divertido llamar al viento, respondió tras dudar un segundo.

Estaba el camino hacia la fuente completamente desierto, le gustaba a Pilar madrugar para ser la primera en llenar las garrafas sin hacer cola y aprovechó Onofre esa soledad, ya que Teodosio le había explicado que para llamar al viento tenían que estar solos. Soltó la carretilla, la agarró por la cintura y la besó iniciando así el ritual aprendido, luego la tocó como le habían dicho que había que tocar y sintió como se le despertaba el bulto del pantalón, le desgarró el vestido y la poseyó como un animal. De nada sirvieron los gritos de Pilar, recordaba que él la primera vez que llamó al viento gritó y lloró como hacía ahora ella. Varias veces lo llamaron y sintió que Pilar ya se había acostumbrado porque ya no gritaba ni lloraba. Cuando consideró acabados los ejercicios quiso ponerla en pie para continuar su marcha hacia la fuente pero la halló inerte, desgarrada, reventada y fría como el hielo. La situó en la carretilla como quien pone una hoja de laurel sobre el cocido y la llevó al pueblo a que durmiera en su cama.

Le pareció normal que unas horas después trajera el viento a unos hombres de uniforme , llamarlo tantas veces había dado resultado, en cuanto Pilar despertara le hablaría de lo que habían conseguido. Lo que no entendió es por qué gritó la madre de la chica al ver a su hija durmiendo ni por qué todos los mayores le gritaban diciéndole cosas que no entendía. Aquellos hombres de uniforme vinieron a por él, lo metieron en una habitación solo, con una ventana por donde entraba la luz partida en varios trozos y desde donde no se oía cantar al gallo ni venía el viento. Se sentó sobre el catre y decidió esperar. Al fin y al cabo la vida le llegaba más tarde que a los demás.

 

La buena ventura

La buena ventura

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Héctor era un muchacho de rasgos apolíneos, sonrisa de niño y cuerpo de gimnasta. Llegó a decirse de él que era el hombre más bello que había pisado la faz de la tierra. Todas las muchachas de su generación o de edad cercana suspiraban por ser correspondidas en el deseo irrefrenable que sentían por él, estaban dispuestas a dar su vida por tocar con los dedos temblorosos de pasión el contorno del rostro de aquel Adonis moderno. Incluso las forasteras cuando llegaban para pasar las fiestas se quedaban prendadas del ser más perfecto que jamás habían visto. Todas y cada una de las féminas que habían sentido el inevitable éxtasis que producía mirarle solían pasar jornadas enteras comparando a Héctor en sus pensamientos, con los hombres más guapos del planeta. Se llegó a crear un debate entre las mujeres del pequeño pueblo en el que habitaba sobre que rasgos eran de tal actor, de aquel cantante o de ese modelo. Pero cuentan que su belleza estaba por encima de lo humano, que no se podía comparar con ninguna de las terrenales y acababan concluyendo que aquel jovenzuelo estaba hecho de retales de los sueños más bonitos que se podían tener. Desde el momento en el que el niño se fue haciendo hombre años atrás, se iniciaron las apuestas en aquella breve villa por ver cuál de las chiquillas lo acabaría cazando. Jacinta, su madre, una mujer muy de su casa, de su marido y de su hijo, aseguraba que su muchacho acabaría casándose con Florinda, la hija del terrateniente, pues no iba a ser cualquiera la que se iba a llevar a su chico. Dicen que Héctor como aquel que pasa por allí de casualidad, fue estrenando los labios de todas las mozas con edad de merecer que vivían en el pueblo y de alguna que venía preguntando por el camino para ir a la capital. Pero no se le veía entusiasmado con ninguna, besaba sin más, más por petición que por voluntad propia. Decía su padre, Ignacio, un hombre sin ánimo ni interés para caminar más allá de donde le tocaba ir y que ejercía de enterrador en el pueblo, que su hijo era más inteligente que guapo, – y eso ya es mucho decir, añadía.  Y que había aprendido de muy jovencito que la vida son tres días y que dos de ellos llueve, y que por qué no iba su muchacho a vivir la vida sin ataduras ni obligaciones. Total su destino era acabar bajo la tierra como todos los demás.

Mientras andaba Héctor enamorando hasta a las ciegas, estalló la guerra y no tardaron los milicianos recién reclutados en recorrer los pueblos en busca de hombres que ayudaran en la lucha. Tenía el muchacho  dieciocho años cuando llegó el alcalde tras una de sus visitas a la capital para dar la buena noticia de que no tardarían los soldados en aparecer para llevarse a los hombres, pero ni él ni su madre estaban por la labor de acudir a servir a la patria.

– Me lo matan, decía su madre, al niño me lo matan nada más llegar. Lo más peligroso que ha cogido es el hacha para la leña y no se le ven trazas.

Ante la inminente llegada de las tropas de reclutamiento, la madre urdió un plan para evitar que le arrancarán de los brazos a su buen mozo. Habló con su marido y éste sin entender muy bien que más daba el momento si todos teníamos que morir, aceptó que su hijo no acudiera a filas, más por evitar el berrinche de su esposa que por convencimiento.

Así que cuando entró el pelotón de reclutamiento unos días después al pueblo para llevarse a todos los hombres útiles, la familia Buenaventura ya estaba preparada para evitar que les secuestraran a Héctor. Al entrar por la puerta tras aporrearla justo antes de que la madre les abriera, encontraron a Ignacio Buenaventura arreglando una silla que por lo visto cojeaba y a una hermosa muchacha doblando una ropa recién planchada.

– ¿No hay más varones en la casa que usted, señor?, preguntó un joven cabo que estaba al mando al padre de Héctor.

-No seňor, respondió Ignacio, aquí solo vivimos mi esposa, mi hija Andrea y yo.

No pudo menos el soldado que fijar la vista en la inusual belleza de la muchacha llegando a estar casi un minuto absorto contemplándola ante la inquietud disimulada de sus padres que se miraban entre ellos temiendo que aquel joven miliciano se diera cuenta que tras Andrea se escondía un muchacho llamado Héctor.

Su madre lo había vestido con ropas de mujer y una peluca que había comprado a un grupo ambulante de actores que actuaban de pueblo en pueblo y que no andaban lejos en ese momento.

– Bien, pues tendrá que venir con nosotros señor, se le ven buenos brazos, acertó a decir el soldado.

– No se lo lleven, suplicó Jacinta. Es el único enterrador que tiene el pueblo, las pocas personas que nos quedamos lo vamos a necesitar, solo seremos mujeres, niños y sobretodo viejos.

– Precisamente, señora, y dadas las circunstancias, es justo un enterrador lo que más podemos necesitar en la guerra.

– ¿Me dejarán al menos que me despida de él?, aňadió la matriarca con gesto resignado. Solo Dios sabe si lo voy a volver a ver.

Accedieron entre sonrisas pícaras y se lo llevó a la habitación mientras la joven Andrea intentaba ejercer de anfitriona guardando todo lo que pudo las distancias.

Salieron ambos minutos después y Jacinta les entregó a Ignacio con la mirada firme y sin derramar una sola lágrima.

– Cuidénlo, por favor, acertó a decir Jacinta, antes de que abandonaran la casa llevándose a su marido. Está enfermo.

– ¿Enfermo?, ¿ qué tiene?, preguntó sorprendido el joven cabo.

– No lo sabemos, tose sangre.

-Según Don Laureano el médico, podría ser tuberculosis pero tiene que hacerle una revisión.

En ese momento Ignacio tosió esputando sangre y decidieron no llevarselo argumentando que el enterrador debía ir pensando en cómo se las arreglaría para enterrarse a sí mismo.

Cuando se alejaron no tardó Jacinta en celebrar tanto la idea de disfrazar a Héctor como la de morderle la lengua a su marido hasta que sangrara para que ambos pudieran librarse de ir al frente.

Pero no contaban con algo, el joven cabo volvió una semana después, él solo, buscando a Andrea y suerte tuvieron de que Héctor no andaba por casa y pudieron inventar una excusa rápida. Se fue el soldado prometiendo volver a visitar a la hija de ambos cuando le fuera posible y siempre que ellos tuvieran a bien que él pudiera cortejarla. Le había parecido la muchacha más bonita de la tierra. Preguntó a Ignacio por su salud y se fue.

No tuvo más remedio el matrimonio que pedirle a Héctor que se convirtiera en Andrea todos los días hasta que se les ocurriera algo para alejar a aquel militar que se había enamorado de una mujer que no existía. No sabían en que momento podía aparecer y era un riesgo demasiado alto. Dos veces más en tres meses les visitó el joven cabo, Mario se llamaba, y así quería que le llamara Andrea. La guerra no le daba muchas oportunidades para escaparse a verla pero siempre que llegaba la encontraba sonriente y agradecida por los presentes que él le llevaba. Barajaron varias argucias Jacinta e Ignacio. Prometerla con el hijo del médico que al igual que todo el pueblo estaba al corriente de la falsa identidad de Andrea, y que apoyaban a los Buenaventura  porque al fin y al cabo los de la capital solo se habían preocupado de aquel lugar cuando les había interesado. Poco sentimiento patriótico habían desarrollado tras haber evolucionado apartados del mundo. Pero esta opción podría ofender al cabo Mario por aquello del “yo la vi primero” y los 14 años del hijo del doctor, uno menos de los que en teoría tenía Andrea que aparentaba ser mayor debido a su metro setenta de estatura. También pensaron en mandarla a estudiar a alguna ciudad lejana, pero ni estaban las cosas para viajar ni iba a desistir el soldadito enamorado en su obsesión por Andrea.

La tercera vez que apareció Mario en casa de los Buenaventura, ya era sargento y no tardarían en nombrarle capitán, sería entonces cuando pediría la mano de la bella muchacha, con la que cada vez lograba hablar un ratito más ante los atónitos padres que no podían salir de su asombro al ver como Héctor hacía de Andrea con una credibilidad absoluta.

Pero fue en su cuarta visita, casi ocho meses después del día en el que conoció a su amor, cuando Mario solicitó permiso para llevar a Andrea a la ciudad con la intención de presentarla a sus padres. Por supuesto Jacinta les acompañaría, en pos de la decencia de la muchacha. No pudieron poner reparo alguno ya que el joven sargento cumplía ese día 21 años y no era cuestión de aguarle la fiesta y se las llevó a ambas a la ciudad. Una vez allí y tras presentarles a sus padres y a su hermana Núria, una extrovertida chica de dieciocho años, decidieron dar cuenta de los alimentos dispuestos para el encuentro. En mitad de la velada Andrea, pidió permiso para ir al baño y Núria la acompañó por aquello de la hospitalidad y por si necesitaba su invitada algo. Pero antes de llegar, en mitad del pasillo, la hermana de Mario se abalanzó sobre Andrea y la besó apasionadamente.

– Me gustas muchísimo, dijo.

– Soy la pretendida de tu hermano, reaccionó Héctor tras recuperar el aliento. – Y soy una mujer, aňadió superado por los acontecimientos.

Pero a Núria le enamoraba la belleza fuera de hombre o de mujer y la de Andrea le pareció inigualable. Tras el incidente y sin llegar finalmente al baño volvieron a la mesa hasta la hora de la despedida.

Jacinta tomó aquella tarde la determinación de llevar a cabo la desaparición de Andrea antes de la próxima visita de Mario, aquel muchacho iba muy en serio y acabarían por descubrirles. Pero Héctor no pudo quitarse de la mente a Núria ni aquel beso, nunca había sentido nada igual. Y mientras Mario estaba en el frente, se fue a verla para declararle su amor y explicarle a la segunda cita quién era en realidad. Núria rió divertida al conocer la verdadera identidad de Héctor y decidió colaborar en el plan urdido por Jacinta para eliminar a Andrea de la faz de la tierra.

Mario tardó prácticamente un año en volver de la lucha ya como capitán y dispuesto a pedir la mano de su amada. – – Mañana por la tarde sin falta iré, dijo mientras comía con su familia. Esa misma tarde fue Núria a avisar al hombre con el que llevaba saliendo a escondidas de su familia un año y cuando llegó su hermano, encontró a todo el pueblo en el cementerio llorando la muerte de la joven Andrea mientras un destrozado Ignacio echaba la última palada de tierra sobre la caja donde descansaba su pequeña. Mario fue puesto al corriente por Jacinta que le contó entre lágrimas desconsoladas que a su pobre Andrea un golpe de viento se la había llevado entre llamas mientras quemaba sarmientos. Nadie pudo hacer nada, aún retumbaban los gritos de dolor de la muchacha en todo el pueblo. Ni siquiera se percató Mario, vencido por la aflicción, de la presencia de un guapo muchacho entre la comitiva de plañideras y demás apesadumbrados habitantes de un pueblo al que jamás iba a volver.

Cuando la guerra acabó, estaba el capitán Mario en Tánger, el lugar al que pidió el traslado meses después de fallecer Andrea, formando una familia con una nativa sumisa de mirada timorata. Mientras Núria, que se  fugó al pueblo una semana después del falso entierro, y comparte con Héctor la dicha de un bebé en común llamado Andrés, lleva cada año flores a la tumba de Andrea, colocándolas de tal manera que formen la palabra GRACIAS.

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