Ambrosio, Celedonio y Dimas

Ambrosio, Celedonio y Dimas

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Ambrosio, Celedonio y Dimas nacieron el mismo año ( el año conocido como el de la cebada), a la misma hora del mismo día y en el mismo lugar. Bueno, con este último no se llegaba a un acuerdo en el pueblo, ya que a su madre, la Engracia, le costó parirlo más de lo habitual. Era tan inmenso el neonato que ni entre el doctor y dos de los hombres más fuertes del pueblo podían sacarlo. Tardó el muchacho en salir entero dos horas y media según los vasos de vino de Don Jeremías, el médico. En aquel lugar se contaban las horas así. Se sabía que el galeno era capaz de beberse unos veinte cada hora, y así haciendo la media lograban saber cuánto tiempo había pasado. Para Don Jeremías el tinto era como para un camello el agua, se comentaba que ya de bebé su madre se untaba el pezón con vino porque le sabía mal a la mujer que su pequeño tuviera que beber leche pudiendo disfrutar de algo mejor. El pequeño Jeremías, desde que tuvo la conciencia ya crecida, bañaba con él todo lo que se llevaba a la boca. Se casó con la Filomena, una mujer a la que sus padres debieron hacer durante un enfado, porque no podía ser más desfavorecida la muchacha. No es que el doctor no fuera agraciado, pero tuvo dificultades para encontrar esposa porque ninguna moza de ningún lugar, de los muchos que había visitado, se dejaba untar los labios con vino cada vez que tenía que ser besada.

En fin, que el bueno de Dimas defendía con vehemencia inusitada que él había nacido en el mismo instante que sus dos amigos, que no tenía la culpa de que su madre hubiera tardado tanto en expulsarlo.

– Una vez saqué la cabeza ya estaba en el mismo mundo que vosotros, les decía cada vez que salía a relucir el tema. A lo que Ambrosio y Celedonio siempre  respondían que nacer es salir del todo, porque si se está en un lugar no se está fuera hasta que ha salido todo el cuerpo.

Desde que surgió el debate se dividió el pueblo en dos sectores, los que apoyaban la teoría de Dimas y los que defendían la de sus dos amigos. Se discutía hasta el cansancio el tema ante la perplejidad de don Severino, el maestro, que no cesaba de repetir que el ser humano era un ejemplar aún en proceso de pruebas.

La hora del nacimiento era lo único que rompía los paralelismos entre ellos. Salieron de la casa de la Gumersinda, la comadrona, los tres a la vez en brazos de sus madres, bueno, Dimas no, a él lo sacó  su abuela Herminia, ya que la pobre Engracia se dejó ir en el último esfuerzo del parto argumentando que había parido un ser tan grande que no iban a caber en la casa en cuanto creciera. Y que era mejor irse en ese momento que no más adelante con el cariño a medio hacer.

Cuando eran bebés lloraban amenazando incluso el récord de Otilia, una mujer de la que se aseguraba que era la persona que más había llorado en aquel lugar. Decía don Indalecio, el cura, que posiblemente era la que más había llorado del mundo, pero que como nunca había sido medido su llanto no había posibilidades de demostrarlo. Lloraban, como digo, cada vez que notaban la ausencia de cualquiera de los tres y tuvieron que irse a vivir las tres familias juntas ante la imposibilidad de separarlos. El primer año en una casa enorme todos juntos. Tuvieron que arreglarse así mientras se les construían tres casas unidas entre sí, una para cada familia. Una edificación que tenía la particularidad de tener puertas por las que se podía acceder de una a otra vivienda y una sala gigante, en la del centro, donde dejaban a los pequeños turnándose cada día un familiar de cada casa para estar con ellos.

Se comieron la primera papilla juntos, echaron a andar justo en el mismo momento, incluso su primer beso lo dieron a la vez. Le habían pedido a tres muchachas forasteras, mayores que ellos, que les iniciaran en las artes amatorias desde el primero hasta el último paso y cuentan que se asombraron las tres meretrices, puesto que eso es a lo que se dedicaban, al comprobar que sus tres clientes gritaron al unísono y con la misma intensidad al culminar su aprendizaje.

Pero fue Ambrosio el alumno más aventajado, ya que a partir de entonces no hubo una sola mujer que él probara, que no volviera a sus brazos desesperadamente. Se decía en el pueblo que ni siquiera Héctor, un muchacho de rasgos apolíneos, sonrisa de niño y cuerpo de gimnasta que había nacido en ese mismo lugar, había besado a tantas hembras como él.

Tanto Ambrosio como Celedonio protegían a Dimas desde que la fuerza se les aferró a los brazos con el crecimiento y resultaba curioso ver como en su niñez  salían en su defensa cada vez que algún compañero de clase se metía con él llamándole, gigante, monstruo, ogro o incluso Polifemo que es como le llamaba el hijo del maestro. Dimas no sabía que significaba aquel nombre pero le dolía igual que los otros por el tono empleado más que por la palabra en sí. Se acurrucaba en toda su inmensidad y temblaba mientras sus dos inseparables amigos se debatían en una lucha de sopapos contra los otros niños a cuál más fuerte.

La infancia de Dimas fue difícil, sobre todo desde que descubrió el significado del odio en los libros, fue entonces cuando pudo saber que aquello tan horrible era lo que sentía su abuela hacia él.

Una noche en la que soplaba el viento que enloqueció a Onofre mientras hablaban en el parque, aquella era una frase que se repetía en el pueblo cuando hacía mucho viento y que ya nadie recordaba ni cómo ni porqué se acuñó, Ambrosio y Celedonio le preguntaron a Dimas la razón por la cuál siempre guardaba una distancia considerable con ellos desde hacía unos años

– Hace mucho tiempo que no nos abrazamos, Dimas, dijo Ambrosio.

– Es verdad, añadió Celedonio, los amigos se abrazan mucho.

A Dimas se le llenaron los ojos de un terror inclasificable y les suplicó que no se acercaran.

Ambos amigos se miraron entre ellos extrañados y se sentaron en el suelo frente a él sin dejar de mirarle y en absoluto silencio.

Mucho rato después el tiempo se cansó de esperar e hizo que Dimas pariera la historia que guardaba dentro desde hacía más de un año. Ni Ambrosio ni Celedonio se dieron cuenta, pero Dimas tardó en atreverse a contarla justo el mismo tiempo que tardó su madre en parirle a él y pudo acercarse al mismo dolor que sintió ella durante el alumbramiento.

– Vosotros sabéis que mi padre murió hace poco más de un año, ¿ verdad?

– Claro, Dimas, estuvimos contigo como siempre.

– Pues yo lo maté. Fui yo, maté a mi madre y luego a mi padre. Por eso me odia mi abuela.

– ¿ Que dices?, intervino Celedonio, tu madre murió en el parto y a tu padre le cayó un tronco talando y lo partió en dos.

– No, eso es lo que contaron, a mi padre lo partí yo de un abrazo, no medí mi fuerza, estaba tan contento aquel día…

Un llanto incontrolable le inundó el habla durante unos segundos y continuó. Mi abuela siempre me decía que yo tenía que estar en una jaula en algún Zoológico, que no merecía vivir con los humanos y cuando pasó eso dijo que me vendería al primer circo que pasara por el pueblo.

Cuando Dimas quiso darse cuenta sus dos amigos le rodeaban en un abrazo que calmó su terremoto interno.

– ¿ Qué te pides tú, Ambrosio? Dijo al fin Celedonio, yo elijo domador de leones.

Celedonio era de los tres el más reservado, meditabundo, lacónico y reflexivo. Tenía un mundo propio en el que se escondía de cuando en cuando y en su rostro se vislumbraba una tristeza que no desaparecía ni en sus momentos más felices.

– Guardo un secreto muy importante, les dijo a sus amigos una tarde.

¿Cuál? Preguntaron ansiosos.

No lo sé aún, pero sé que tengo un secreto dentro.

Huelga decir que los tres amigos no se separaban nunca, y que todo lo importante en el ejercicio de vivir lo descubrieron juntos y a la vez. Su boda, por supuesto, se celebró en la misma fecha con tres mujeres que conocieron el mismo día y a las que pidieron matrimonio a la misma hora. Es necesario especificar que sus tres esposas no fueron las primeras a las que les hicieron la petición, pero hasta que no coincidió que tres dijeron que sí, no decidieron contraer matrimonio e ir a ubicar su amor a una casa enorme donde pudieran convivir las tres parejas.

Pero todo cambió un día en el que compartían cervezas en el bar. Habían retomado una conversación que llevaban teniendo desde que eran niños. Dimas era un gran lector, devoraba los libros. Su obra preferida era “Los tres mosqueteros” de Alejandro Dumas y defendía desde que la descubrió que así deberían llamarse y que así deberían hacerse llamar. Celedonio y Ambrosio argumetaban que en esa novela el más importante era D’Artagnan y que la historia perdía sentido sin él.

– La verdad, dijo Dimas, no se puede con vosotros, que más os da, somos tres ¿no?

Hicieron el último brindis y se despidieron hasta el día siguiente.

Aquella mañana, Celedonio no amaneció con ellos en la casa y Dimas y Ambrosio se cruzaron sin ni siquiera saludarse. Coincidían en el bar, iban a los mismos sitios, pero ni un hola se decían, ni una mirada cómplice. La gente del pueblo no daba crédito, y como en aquel lugar no pasaba ni la vida a saludar ya tuvieron entretenimiento para rato. No se hablaba de otra cosa: ¿ Dónde estaba Celedonio? Siempre había sido un muchacho triste, siempre tan callado. No hubiera sido de extrañar que se hubiera…

Nadie quería decir el qué, pero todos pensaban lo mismo.

¿ Por qué no se hablaban Ambrosio y Dimas? ¿Qué había pasado la noche posterior a que se les viera juntos por última vez?

Fueron a preguntarle a sus esposas, pero ninguna  sabía que había ocurrido. Incluso ellas mismas les preguntaron a sus maridos: -Oye, ¿y a ti que te pasa con Dimas?, preguntó Laureana a su esposo. ¿ Dónde está Celedonio?

Lo mismo hizo Maruja con el suyo, pero tanto el uno, como el otro decían no conocer a los otros dos.

La esposa de Celedonio, la Robustiana, fue la única que aportó un dato:

-Llevaba un tiempo más raro de lo habitual, dijo.

Se armó un revuelo importante y se decidió que uno de los dos que seguían en el pueblo habían matado a Celedonio y que el que no lo había hecho sabía que el asesino era el otro y por eso no le hablaba. El uno no le habla al otro por no venderlo y el otro no le habla al uno para disimular sentenció la asamblea de sabios compuesta por el Nicasio, el Otiliano y el Pancracio que eran los que estaban más serenos aquella tarde. Y tal fue la algarabía por haber solucionado el caso que estuvieron celebrándolo hasta que no quedó más vino. Amanecieron todos al día siguiente más tarde de lo habitual, ya que alguien durante el transcurso de la celebración se había comido al gallo del corral donde se celebró la fiesta y por ende éste  no pudo despertar al pueblo.

Todo continuó y ya nadie volvió a preguntarse por qué los inseparables habían dejado de serlo, hasta aquel atardecer en el que alguien vio acercarse a Celedonio por la calle de abajo. En aquel lugar llamaban a las calles de una manera u otra según su ubicación. Habían pasado varios meses desde la desaparición del recién llegado y todos los habitantes fueron saliendo de sus casas para ir a verlo llegar.

Se fue directamente al bar, se sentó en su silla de siempre, entre la de Ambrosio y el tonel sobre el que lo hacía Dimas. Allí donde siguieron sentándose ambos sin hablarse durante la ausencia del primero.

La gente del pueblo al ver que Celedonio se metía en el bar se fueron de nuevo a sus casas a seguir con lo que estaban haciendo y los que estaban dentro del local dejaron de prestarle atención porque era de mala educación husmear en asuntos ajenos.

– No va a poder ser lo de Los tres mosqueteros, Dimas, dijo al fin Celedonio. Tendremos que conformarnos con ser Ambrosio, Celedonio y Dimas.

 

Nunca nadie en el pueblo supo jamás el motivo de la desaparición de Celedonio ni la razón por la que dejaron de hablarse Ambrosio y Dimas, pero aquella noche todos los lugareños se fueron a celebrar que Celedonio había vuelto, o que se volvieron a juntar. ¿ Que se hablaban? Bueno, nadie logró recordar al día siguiente qué demonios habían celebrado.

Nadie, absolutamente nadie siquiera sospechó que Celedonio poco antes de desaparecer había descubierto mediante una carta que llegó de la ciudad firmada por un tal anónimo, al que por supuesto él no conocía; con ese nombre me acordaría, pensó, aquel secreto que aún desconocía. Tenía un hermano gemelo, al que al nacer habían entregado sus padres a unos forasteros porque no lo esperaban y no tenían nombre pensado para ponerle.

Así que Celedonio se fue un día en busca de   D’ Artagnan más porque Dimas dejara de dar la lata que por curiosidad. No logró hallarlo, y nunca supo que su hermano, el mosquetero que les faltaba, respondía por Bernardo y era conductor de tren.

Como tampoco supo que Ambrosio y Dimas habían estado sin hablarse durante su ausencia, porque como los tres siempre habían estado juntos no supieron reconocerse en cuanto faltó alguno.

Nadie llegó a saber nunca todo lo que yo supe, es lo que tiene ser escritor.

Y ahora quisiera darles un consejo a los tres con todo mi cariño:

Dimas, Celedonio, Ambrosio, queridos amigos. Nunca le contéis a un escritor vuestros secretos, no podrá evitar hacerlos públicos.

 

La voz del frío.

La voz del frío.

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– Papá, ¿por qué se empañan los cristales?

– Es la manera que tiene el frío de advertirnos que está fuera. Lo que ves ahora en el vidrio es la voz del frío.

Bernardo se quedó observando a su hija mientras ella escribía sobre el vaho:   Gracias, frío. Llevamos todos abrigo.

Sonrió y perdió la mirada en el horizonte infinito de aquel vagón de tren en el que viajaba con su pequeña a ver la nieve.

No estaba demasiado lleno, era el primero de la mañana.

Bernardo hacía lo que podía para educar a su pequeño tesoro, como él la llamaba, y tenía la certeza de que a quien madruga Dios le ayuda, pero que si te despiertas antes que Dios le ahorras trabajo.

– Bastante ocupado está con todo lo que pasa en este mundo, repetía en cuanto tenía una oportunidad de ser escuchado.

Al volver la mirada a sus ojos tras su paseo por la nada, se detuvo a contemplar como una muchacha dibujaba un corazón sobre la piel de la ventanilla ubicada tres asientos más allá de donde estaba Bernardo sentado.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que en un vagón de tren se podía dibujar la vida o hablar con el frío. Le pareció un momento tan mágico que al querer retornar a la realidad se vio atrapado en un mundo de fantasía repleto de segundos por desnudar. Al recuperar la conciencia  vio como aquella muchacha escribía dos iniciales dentro y como su acompañante, una joven de su misma edad, le tatuaba su nombre completo en los labios a través de un beso.

En los asientos de al lado, en la parte izquierda del tren según su marcha, un orondo señor expresaba a ronquidos las pocas ganas que tenía de despertarse ese día para abrir su tienda de souvenirs en un pueblo de montaña tres estaciones más allá.

– Elizabeth, cariño, dijo dirigiendiose a su niña. ¿Ves ese señor?, tiene el corazón en la barriga. ¿ No ves como late? Arriba, abajo, arriba, abajo.

La pequeña intentó parar su risa con sus diminutos dedos pero se le coló entre ellos en un estallido vocal que provocó algún que otro carraspeo entre el resto de viajeros. Incluso una señora de mediana edad con pintas de profesora de inglés, situada dos asientos mas allá de donde estaban, justo detrás de Don Ronquidos, interrumpió su lectura  para volver la cabeza hacia ellos, suplicando un silencio acorde con aquellas horas.

Aquella mujer tan solo quería amenizar el viaje hacia la casa de su hermana sin que la arrancaran del mundo paralelo que estaba viviendo entre las páginas de “Pigmalion”. Estaba casada con un profesor de gimnasia al que los años habían convertido más en profesor que en gimnasta y el hecho de no haber podido tener hijos había acostumbrado más su oído a los ronquidos que a la risa de un niño.

La cuadrícula de asientos que había justo delante de Bernardo y su hija estaba ocupada por una familia, de las modernas, como le gustaba decir. Dos niños, su madre y su abuela. Sabía a ciencia cierta, ya que también era su caso, que en la actualidad la mayoría de familias estaban desestructuradas y se componían de uno de los progenitores de los niños y sus respectivos padres.

– Lluc, dijo la más anciana de las mujeres, sientate como es debido, tienes que darle ejemplo a tu hermano menor. Ambos niños estaban de rodillas sobre el sillón, observando a través de la ventana como el mundo corría en contra dirección, mientras su madre navegaba en las redes mediante su teléfono móvil, ajena a su verdadera vida.

Estos tiempos es lo que tienen, pensaba Bernardo al contemplar la escena, se puede viajar en tren y navegar al mismo tiempo. Esto no pudo predecirlo ni Julio Verne.

En los asientos de al lado, un joven tatuado hasta las cejas, con las orejas adornadas con mil pendientes, escuchaba a través de los cascos incrustados en sus oídos, algo que con toda probabilidad no debía ser Bach, ni los Beattles.

Aquel tren era para aquel muchacho el vehículo que le transportaba a la fama. Se dirigía a firmar un contrato con un magnate de la música que le iba a financiar todos sus próximos discos.

La pequeña Eli, mientras tanto, continuaba sumergida en la conversación con el frío cuando el tren fue aminorando la velocidad hasta pararse en una estación.

– ¿ Donde estamos, papá? ¿Cuánto falta?

Un rato aún, cariño. Estamos aún en Badbarcas del Alba. Yo te aviso, intenta dormir, añadió mientras se recostaba sobre el respaldo y cerraba los ojos. Minutos después de que el tren arrancara de nuevo, miró a su hija a través de la rendija que dejaban sus pestañas a medio cerrar  y se durmió.

No habían pasado ni diez segundos, cuando volvió a abrir los ojos tras quedarse traspuesto y fijó la vista en la pantalla donde venían indicadas la temperatura, la hora y las paradas venideras. Pudo comprobar que en ese momento estaban a seis grados, pero aquel panel informativo no debía funcionar correctamente ya que al aparecer la hora en pantalla constaba que eran exactamente las 52560:00h. Le hizo gracia ese pequeño error informático y empezó a imaginar como sería el mundo si los días tuvieran esa cantidad de horas.

“ Seguramente nos harían trabajar 35000 y el resto lo repartiríamos entre ocio y dormir.

Tras esa desproporcionada cantidad, apareció en letras rojas paseando por la pantalla el anuncio del siguiente destino:

Próxima estación Fran Garcés.

¿Qué demonios le pasaba a aquel panel informativo?

Además de conocer el recorrido, aún barajando la posibilidad de que el tren hubiera desviado su ruta, no le parecía haber escuchado nunca un pueblo con ese nombre.

Minutos después, mientras Elizabeth desempañaba el cristal para ver si le podía ver la cara al frío con esos ojitos idénticos a los de su padre, tal y como decía todo el mundo, el tren empezó a aminorar la velocidad para acabar parando en la estación anunciada. Se abrieron las puertas del vagón y el sonido de estas al mover los engranajes se asemejaron a un lamento. Bernardo intentó vislumbrar a través del espacio limpio por el que miraba su hija cual era el nombre verdadero de aquel lugar, pero tan solo logró ver al joven de los cascos y tatuajes mirándole fijamente con los  ojos repletos de desconcierto y lástima a partes iguales. Las puertas se cerraron esta vez con un ruido estremecedor, nada distinguía aquel sonido al de un grito humano de terror. Acto seguido en un acto reflejo, Bernardo miró a su izquierda para comprobar que en los asientos de al lado ya no estaba sentado el joven músico.

Aquella escena logró inquietarle levemente. Tal vez lo que había visto era producto de una especie de ensoñación provocada por el madrugón y la oscuridad que les acompañaba aún.

No tardó la pantalla en anunciar una nueva parada: Próxima estación Carlos Huertas.

Bernardo no podía apartar la mirada de aquellas letras que parecían gastarle una broma de mal gusto, le ardían los ojos, y aún así no podía cerrarlos para aliviar esa sensación. El tren se detuvo de nuevo y un isntinto incontrolable le hizo mirar hacia fuera. En el andén, sin dejar de mirarle, vio al orondo señor que él había apodado Don Ronquidos con la misma expresión en los ojos del muchacho de los pendientes en la oreja justo antes de que las bisagras de las puertas emitieran un grito desesperado de dolor como el que había escuchado minutos antes. Cuando Bernardo miró buscando a aquel tipo en su asiento halló el espacio completamente vacío. No podía ser que aquel hombre se hubiera bajado del tren sin que él lo hubiera visto, además no había tenido tiempo material, desde el lamento de apertura hasta aquel grito terrorífico pasaban apenas fragmentos de segundo.

Cuando el ferrocarril continuó la marcha seguía Bernardo sin poder dejar de mirar a la pantalla, aquellas letras le escocían cada vez más en los ojos hasta que acabaron sangrándole y derramándose en lágrimas por sus mejillas. Él sufría por su pequeña, no quería que se asustara al verle así, pero Eli seguía conversando con el frío, ajena a todo lo que pasaba en aquel vagón.

El viaje continuó con Bernardo incapaz de apartar la mirada de los sobrecogedores anuncios de parada, cada estación un nombre y en cada parada uno de los pasajeros mirándole fijamente desde el andén precediendo al grito de las puertas, un berrido escalofriante que le estaba volviendo loco. Luchó por dejar de mirar, sobre todo cuando fueron los niños de los asientos de delante los que le observaban desde el andén con esa mirada tan hiriente y tan dolorosa. ¿Por qué le miraban con lástima si eran ellos quienes desaparecían?

Tan solo quedaban dos personas aparte de ellos, la profesora de inglés y la madre de los niños que permanecían impasibles, una inmersa en la lectura y la otra en la pantalla de su teléfono , mientras Bernardo cogió a su hija en brazos y se dirigió a las puertas para abandonar aquel tren maldito en cuanto un lamento anunciara la apertura de las mismas. Le aterrorizaba ver el nombre de su pequeña en la pantalla, no sabía por qué pero sabía que si la veía anunciada la iba a perder para siempre.

El panel anunció la siguiente parada, Inés Jiménez. Se oyó el lamento de los muelles de apertura y Bernardo se preparó para saltar, pero un vacío en sus brazos le hizo mirar hacia el asiento de Elizabeth y la vio allí, escribiendo sobre el cristal. Frente a él, tras las puertas ya cerradas, en el andén, la tal Inés le observaba fijamente con una mirada inquisidora que acabó por producirle un dolor insoportable en los ojos.

La siguiente estación venía anunciada como Karen Lawrence y Bernardo se abrazó con todas las fuerzas que poseía a su pequeño tesoro, tras ver a la mujer en el andén supo que ya sólo quedaban dos estaciones y rezó para que el siguiente nombre fuera el suyo, allá donde les llevara aquel tren, quería ir él primero. Si se iba antes su pequeña no podría soportarlo. El panel atrajo su mirada irremediablemente y al fin pudo leer:

Próxima estación, Elizabeth.

Un grito de angustia heló el frío y se aferró al cuerpecito de su niña para que aquel despiadado tren no la alejara de su lado. La sangre de sus ojos acabó anegando su mirada y oyó el lamento de la puerta y un grito sobrehumano un instante antes de que Bernardo viera a su hija en el andén mirándole fijamente con el mayor odio que pueda albergar un ser humano en sus entrañas.

 

– Buenos días.

– Buenos días, Manolo. Menudo frío, ¿eh?. He visto pingüinos luciendo abrigos ahí fuera.

– Ja, ja, que exagerado. Aquí no hace frío, tendrías que vivir en Alaska, eso sí que es frío. ¿Qué, cómo va tu primera semana aquí?

– Bien, haciéndome al lugar. Ya sabes que cada centro es un mundo.

– Sí, claro. Lo más importante es que vayas conociendo a los pacientes. Aquí hay una máxima: cada loco es un mundo, viaja con él.

– Donde estaba antes no nos dejaban pronunciar la palabra loco.

– Bueno, hombre, cómo sois los nuevos. Nadie nos oye y lo he dicho en tono jocoso.

– Oye, Manolo, aquel que está escribiendo en el cristal no es ese paciente que se llama…. Bernardo, eso, Bernardo. Que curioso, escribe perfecto aún siendo invidente. Quiero decir.. los ciegos no escriben, ¿no?

– Es que Bernardo no nació ciego. Es una historia muy larga, ya te contaré.

¿ Y por qué no ahora? Tenemos todo el día. La verdad, me intriga ese tipo.

– Bueno, sucedió…

– ¿Tú siempre dices bueno antes de cada frase?.

– Bueno, no me doy cuenta. ¿ Quieres que te lo explique o no?

– Sí, claro, perdona.

– Bueno, como te decía. Esto pasó hace mucho tiempo, creo que hoy hace seis años y medio. Bernardo era un hombre normal, con problemas normales, aficiones normales y algún que otro sueño por cumplir. Estaba separado y tenía una niña preciosa, Elizabeth se llamaba. Le puso ese nombre en honor a Elizabeth Taylor.

Una mañana, la pequeña cogió un tren para ir a ver la nieve. Iba con su madre. A Bernardo aquel día le habían cambiado el turno y no se había levantado con buen pie, había pasado la noche prácticamente en vela. Llevaba una semana sin hablar con su ex-mujer por un enfado y no podía soportar estar tanto tiempo sin saber nada de su pequeña. Había decidido que de aquella tarde no pasaría, llamaría a su niña. Sabía que se había ido con su madre de fin de semana, pero no sabía exactamente dónde ni cuándo.

Como te he dicho, a Bernardo le habían cambiado el turno. Tenía que conducir el tren de la tarde, pero el destino quiso que lo hiciera en el de la mañana, justo en el que viajaban ellas dos.

El infortunio hizo que a Bernardo le venciera el cansancio y se durmió minutos después de dejar la estación de Badbarcas del Alba. Fueron unos segundos pero al despertar dio un giro brusco y uno de los vagones, el de cola, volcó, falleciendo en el accidente 10 personas, una de ellas Elizabeth. Cuando Bernardo, destrozado por lo acontecido, se dirigió con premura al vagón accidentado y vio entre los cadáveres a su pequeña, la cogió zarandeándola y empezó a gritarle:

– Eli, cariño, mírame. Abre los ojos, mírame.

Al ver que la niña permanecía inerte enloqueció y se arrancó los ojos allí mismo para que su niña pudiera volver a ver. Cuentan que estuvo varios meses tras la tragedia visitando a todos los familiares de las víctimas y preguntando sobre las vidas que truncó para ser perdonado.

Desde que lo ingresaron, en los días de frío como el de hoy, escribe siempre la misma frase:

“El frío la llamó”.

Todos los familiares de las víctimas lograron perdonarle, incluso su ex- mujer, más por compasión al ver como quedó él. Todos menos el padre de Elizabeth, él mismo.

 

El año de la cebada.

El año de la cebada.

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No descansaba el sol aún sobre la cima de la montaña cuando apareció Eulogio Montesinos en la plaza buscando al alcalde.

– Venanciooo, gritaba siendo oído más allá del camino hacia el río.

Un vecino que andaba en ese momento buscando el tiempo que sin darse cuenta se le había escapado, le gritó desde el callejón que estaba el señor alcalde con el secretario y Don Walterio, el maestro, en el bar echando la partida.

Se dirigió entonces Montesinos hacia el lugar indicado sulfurado como la Justina, la mula del Yiyo, cuando le toca subir el cerro cargada hasta las orejas. Le había puesto ese nombre al animal porque le recordaba mucho a su difunta esposa decía.

– Es igual que la Justina, que en gloria esté, igual de tozuda. Con los años había aprendido el Yiyo, un extorero  sin suerte en la lidia que se ocultó de su fracaso en el pueblo, que la vida manda sobre los hombres y la muerte lo hace sobre la vida. Habiendo recibido él tantas heridas provocadas por el asta de un toro seguía en pie, vivito y coleando y sin embargo a Justina se la llevó un mal soplo sin haberle dado siquiera un hijo al que enseñar a equivocarse.

Cuando entró Eulogio Montesinos con los carrillos llenos del humo que provoca la ira a interrumpir la partida, todos cambiaron el gesto para reprobarle la acción. Todos menos Zalacas, el bizco, cuyo nombre auténtico era Zalacaín por la novela de Pío Baroja, pero al que una vez su madre tomó conciencia mientras zurcía bajo el umbral de su puerta de que el nombre de su hijo terminaba en caín, prefirió cambiarlo por el actual, no fuera a ser que por aquellas cosas del destino y de la mala leche del personal, que todo hay que decirlo, decidieran llamar todos a su vástago como aquel horrible hombre que mató al bueno de su hermano.

– Válgame el señor, decía la madre de Zalacas, que un nombre mal puesto puede cambiar la vida de una persona.

– Voy a sembrar cebada, dijo erguiendo el cuello Montesinos.

A Amancio, el propietario del bar y amigo personal de todos sus enemigos más íntimos, se le cayó el vaso de vino rompiéndose en mil pedazos al oír a Eulogio, el hijo de Catalina, pronunciar aquella frase que cambió la historia del pueblo. Todos los presentes y se diría que algún ausente, debido a la repercusión que tuvo posteriormente en la villa aquel momento, quedaron paralizados sin poder dejar de mirar al recién llegado con la boca abierta de estupefacción.

Solo el mismo Montesinos consiguió romper el letargo emocional que él mismo había provocado.

– Voy a sembrar cebada, repitió con firmeza.

Todos se miraron entre ellos para acabar posando los ojos en el alcalde que observaba anonadado a Eulogio como queriendo calcular los grados de locura que se le habían subido a la cabeza.

Montesinos permanecía de pie en la entrada del bar, impasible, mientras Venancio, el mandamás y mandamucho, tal y como le gustaba que le llamaran, intentaba reanimar a las palabras que se le habían desmayado en la boca del susto, para responder a tamaña atrocidad.

– Aquí sembramos trigo, ya lo sabes Eulogio, ¿qué te ha dado?

– Pero yo voy a sembrar cebada. Bueno, yo y todos los de la parte de la cuadra del Braulio. Hemos decidido que así será y venía a comunicartelo.

– Vamos a ver, Eulogio. ¿No habrás ido a la era sin la gorra? Se diría que se te ha quemado la sesera con el sol ¿Cómo que lo habéis decidido? Eso se tendrá que hablar con el grupo gubernamental.

A mí ni Walterio, ni Ceferino, ni Dionisio me han comunicado nada al respecto.

-Walterio, ¿tú sabes algo? Preguntó el alcalde.

– ¿Yo? Que voy a saber, pero si Eulogio no se pasa por el bar desde la última guerra por lo menos, respondió el maestro rascándose confuso la cabeza.

– ¿A quién se lo has dicho, Eulogio?, preguntó Venancio.

– A ti, te lo estoy diciendo a ti. No entiendo para qué demonios le tengo que pedir permiso al cura, al maestro y al guardia del pueblo para hacer lo que me venga en gana. Te lo comunico a ti para que sepas que ni mi familia, ni yo, ni nadie de los de la parte de la cuadra del Braulio te vamos a traer más trigo. A partir de ahora sembraremos cebada.

– ¿ Como que no lo entiendes? Todos los que has nombrado son el grupo gubernamental del pueblo junto conmigo. Eso ya lo sabes de sobra. Aquí llevamos mucho tiempo viviendo del trigo y no vas a venir tú ahora a cambiar las cosas. Ya sabes que puedes sembrar lo que quieras para tu familia pero según las leyes aprobadas hace 31 años, tienes que aportar tu cosecha de trigo como todo el mundo.

– Ya, pero no me parece justo. En mi familia desde hace muchísimo tiempo se ha sembrado cebada y nos gusta más. Dice mi Daniel, que como bien sabes estudia en la ciudad para labrarse un futuro  que la cebada es nuestro signo de identidad y que deberíamos imponer nuestro producto ante cualquier otro porque esa es nuestra esencia.

– Mira, Eulogio. Aquí en este pueblo hay unos tipos que deciden qué es lo mejor para el pueblo y ya sabes quienes somos. Así que dile a tu Daniel que labre su futuro en la ciudad todo lo que quiera pero en este pueblo se labra lo que yo diga… lo que digamos que se labre y sanseacabó, dijo ya algo alterado el alcalde. Vamos a estudiar si es posible tu petición y ya te diremos.

– No es una petición, solo te informo.

Venancio, a punto de estallar de ira, miró a su alrededor y pudo ver como todos y cada uno de los presentes no lograban salir de su asombro. Entonces dirigiéndose a Don Walterio, el maestro, le preguntó:

Dime, amigo Walterio ¿ crees que sería posible que nuestro estimado Eulogio pueda dejar de sembrar trigo para dedicarse a la cebada?

Su mirada era penetrante, cualquiera hubiera podido afirmar que era capaz de agujerear un muro tan solo con los ojos.

– Pues sin duda alguna, es cuanto menos imposible, señor alcalde.

-¿ lo ves Eulogio? El hombre que más sabe del pueblo opina lo mismo que yo y ambos  ya somos el cincuenta por ciento del grupo gubernamental. Por tanto mucho me temo que no va a poder ser, añadió sonriendo de manera ladina. Anda, muchacho, vete a casa y saludame a la Eustaquia y al Daniel.

– Mira, Venancio, somos amigos desde hace mucho tiempo, de hecho hemos crecido juntos. Nos conocemos todos desde que no levantábamos un palmo del suelo. Pero has de saber que en mi casa y en la parte de la cuadra del Braulio nos hemos reunido y hemos decidido dejar de sembrar trigo y dedicarnos exclusivamente a lo que mi familia y los habitantes de aquella parte nos gusta hacer.

Un fuerte golpe en la mesa que hizo caer la mayoría de fichas del dominó al suelo sirvió de preámbulo al estallido vocal del alcalde de la villa.

– Aquí se siembra trigo por dos razones fundamentales, gritó levantándose de la silla como un resorte. Por mis cojones y por mis genitales. Y como se te ocurra dedicarte a la cebada, te comes grano por grano hasta que mees cerveza. ¿Estamos?

Eulogio, mostró su disconformidad torciendo la boca y dándose media vuelta se despidió diciendo:

– A más ver.

No tardaron los murmullos en ser el sonido prioritario en aquel pueblo en el que lo más importante que había pasado en años es que la Francisca había tenido gemelos y ni siquiera ella sabía distinguirlos porque ninguno de los dos lograba acordarse de quién era quién y decidieron en familia que serían cada mes uno diferente.

– Tú este mes serás Gabriel y tú Higinio, les decía. Y el mes que viene lo hacéis al revés.

No sirvió de mucho, porque los muchachos en cuanto supieron usar el ingenio se cambiaban la personalidad entre ellos y acababan no cumpliendo lo estipulado. Pero lo que se rieron en su infancia no lo ha reído nunca nadie más en el pueblo.

Cuando llegó el mes de rendir cuentas al ayuntamiento se presentaron Eulogio Montesinos y los de la parte de la cuadra del Braulio con cebada cosechada durante todo este tiempo e informaron ante la multitud reunida en la plaza que se desvinculaban de aquel ayuntamiento al estar en desacuerdo con el grupo guberbamental y que formaban ellos otro grupo para decidir de manera interna todo lo concerniente a sus parcelas.

Si aquella tarde los gritos y abucheos hubieran sido lluvia se hubiera vivido en aquel lugar el segundo diluvio universal.

Ni Eulogio Montesinos, el hijo de Catalina, ni nadie de los de la zona de la cebada como pasó a llamarse desde entonces aquel rincón del pueblo fueron bien recibidos en aquel lugar nunca más y no pudieron ni vender ni comprar nada a sus antiguos vecinos.

Una tarde en la que el sol enrojecía de vergüenza  fueron a prender a Montesinos y lo encerraron en el calabozo con un ladrón al que habían sorprendido robando en los alrededores a todo aquel que se cruzaba en su camino.

Cuando el ladrón preguntó que porqué habían encerrado a su compañero de celda, no fuera el caso que tuviera que convivir con un asesino peligroso. El alguacil le respondió que por preferir la cebada al trigo. Se echó a llorar al saber el ladrón la razón del encierro de Montesinos, dando por seguro que si en aquel lugar habían metido preso a aquel señor tan solo por llevar la contraria, él jamás sería perdonado por sus delitos.

Una semana más tarde se despertaron los habitantes de la zona de la cebada con más calor del acostumbrado, era muy extraño que en aquella época del año quemara tanto el sol, pero fue al salir de sus casas cuando se dieron cuenta de que lo que ardía eran todas sus tierras. Aquello fue el detonante de que los más jóvenes de la zona de la cebada se fueran a la otra parte del pueblo armados con palos para dar una lección a los que creían culpables de su desgracia. La batalla en las calles fue descomunal y cuando tras varios muertos por ambos bandos y todos los de la zona de la cebada detenidos, se acercó el alcalde a hablar con Montesinos para intentar hacerle entrar en razón.

– Ya no tienes tierras, le dijo. Y tu hijo y el mío han muerto en la reyerta. Porque no dejamos que todo vuelva a su cauce, añadió ofreciéndole la mano a su antiguo amigo Eulogio.

Este le aceptó la mano y le ofreció la suya  tras meterla en el bolsillo. El alcalde satisfecho apretó y notó algo en la palma de Montesinos. Al separarla vio resbalar de entre ambas manos granos de cebada que se estrellaron contra el suelo al tiempo que una lágrima rodaba por la mejilla de Eulogio.

 

Un mundo nuevo

Un mundo nuevo

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No sabría definir en qué momento empezó todo a forjarse ya que en Pakeri no se miden los días en mañana, tarde y noche. Ni siquiera sabría decir qué aspecto tiene Sotu, el protagonista de mi historia.

Yo ya llevaba un buen tramo recorrido de mi destino cuando aquellos seres se pusieron en contacto conmigo de la manera más eficaz que podían hacerlo, aprovechando mi condición de melómano.

Soy un tipo de lo más normal, según lo estipulado por las normas terrestres. Huyo de los problemas, me preocupo por los míos y su bienestar y cumplo con lo que esperan de mí los que aún esperan alguna cosa, pero si algo me caracteriza es mi pasión por la música. No recuerdo un solo día de mi vida que no tenga su propia banda sonora. Cuando tomaron contacto conmigo mi presente era tan rutinario como lo es ahora, los días parecían paridos por un espejo igual que hoy, lo mismo que mañana. Este jueves fue idéntico al martes pasado y el lunes una copia exacta al domingo de hace 369 días. Todas las mañanas me despertaba, igual que ahora, con una canción de mi grupo preferido. Decidí ponerla como sonido de la alarma del móvil. Justo antes de asearme escojo un CD y lo escucho mientras me empleo a fondo en mi higiene personal y eso es justo lo que hice ese día. Una vez listo conecto los cascos al teléfono y me dirijo al parking a buscar el coche para ir a trabajar. Durante el trayecto hacia un trabajo que no es ni peor ni mejor que el de cualquiera de las personas que ocupan mi entorno escucho un disco al azar y repito todo el proceso cuando acaba mi jornada laboral y vuelvo a los brazos de mi hogar. Y eso es exactamente lo que hice entonces.

Me tenían muy estudiado, sabían como llamar mi atención y no sabría explicar cómo lograron introducir un código alfanumérico entre las notas musicales de cada uno de los temas que yo escuchaba para comunicarse conmigo y poder decirme todo aquello que ahora sé.

Viven en un lugar llamado Pakeri, mucho más allá de los límites imaginados, su planeta o lo que sea aquel lugar no tiene formas reconocibles por el ojo del ser humano. Según me dijo Sotu, el portavoz que escogieron para contactar conmigo a través de la música, nosotros los terrestres tenemos unas figuras que conocemos desde que empezamos a aprendernos nuestro mundo, el círculo, el cuadrado, el triángulo… pero existen otras formas que somos incapaces de ver. Lo mismo pasa con los estados líquido, sólido y gaseoso, hay más estados, muchos más, pero no estamos capacitados para reconocerlos. Se reía Sotu un día hablando conmigo a través de “The Wall” de Pink Floyd de la imagen que tenemos los de aquí de los de allí. Orejas puntiagudas, cabezas enormes y ovaladas, colores como el verde o el morado. Su forma, su color, su lenguaje, todo en ellos escapa a nuestros conocimientos. Aunque los tuvieramos delante de nuestras narices seríamos incapaces de saber que están ahí porque ni siquiera su estado es perceptible a nuestra mirada.

Pude comprobar la veracidad de lo que Sotu me explicaba una tarde que hablamos mediante un disco de OMD. Me pidió que me dirigiera al antiguo campo de fútbol del barrio, hoy desierto de gritos y de vida y que esperara allí. Yo llevaba los cascos puestos como siempre pero aquel día eran más necesarios que nunca porque justo en el momento en el que empezara a sonar el primer tema de su disco “Sugar Tax” aterrizarían con una de sus naves y se presentarían tal y como son. Por supuesto nuestro encuentro y conversación duraría lo que dura el disco, unos cincuenta minutos y según lo estipulado, en cuanto empezó a sonar la primera canción, su vehículo espacial o como queramos llamarlo se posó sobre los matojos que ahora crecían en el suelo del antiguo estadio y fueron saliendo de uno en uno para iniciar un contacto físico.

No pude por supuesto ver su medio de transporte, ni como eran ninguno de ellos, pero Sotu me fue explicando a través de la música todos sus movimientos. Me contó que en otros lugares extragalácticos e intergalácticos seres de otros planetas no nos podían ver porque no estaban capacitados para ello. Nuestras medidas, formas y estados estaban situados en su fase pentafísica, una fase imposible de alcanzar para sus sentidos. Que no todos los seres de otros lugares del infinito eran más inteligentes que nosotros, que en muchos vivían en lo que los terrestres  conocemos como la prehistoria y en otros aún nos faltaba evolucionar siglos para llegar al nivel intelectual y científico que ellos tenían. Me puso al corriente del ínfimo conocimiento que tenemos respecto a otros planetas y me prometió hallar la forma de llevarme a su mundo.

Conocerlos me ha proporcionado ampliar las miras y poder extender mis rutinas sobre el infinito de mi imaginación y hoy me he dado cuenta que gracias a ellos la monotonía que me tenía maniatado y me impedía evolucionar ha desaparecido. Soy un hombre nuevo, he decidido empezar de cero y esperar a que Sotu se ponga de nuevo en contacto conmigo y seguir ampliando mis conocimientos sobre la especie humana. Quiero descubrir algo grande, sobrepasar los límites establecidos, abrirle los ojos a la humanidad sobre lo que hay ahí fuera. Nos rodea un mundo tan atractivo como misterioso y yo pensándolo fríamente he sido elegido para conocerlo y ser el mesías moderno de mi raza. No sé muy bien por qué, nunca me he considerado nada especial, jamás destaqué en nada, pero seres alienígenas me han proporcionado a través de mi pasión una información de la que carecen el resto de seres humanos. Ahora solo me queda, tal y como me indicó Sotu, eliminar mi entorno, acabar con todo lo que soy ahora para reiniciarme y empezar a aprender como aprende un bebé. Desde el auténtico punto de inicio. Nada de lo que tengo debe existir, ni una sola cosa de lo que ahora es mi vida debe seguir en mi día a día. Tan solo he de conservar la música, ella es mi vía de comunicación, gracias a las canciones y a las notas musicales lograré ser un ser excelso, superior en conocimientos al ser más inteligente de mi planeta. Sólo he de hacer una cosa, acabar con todo lo que significa mi yo actual. Subiré el volumen del equipo musical, tal y como me dijo Sotu, la música del disco que me propuso escuchar ha de envolverme y a través de ella sabré qué hacer. Veo a Sandra al fondo del pasillo, está preciosa, hoy más que nunca. A pesar de los baches que produce la erosión de los años siempre nos hemos llevado bien y me ha dado un hijo maravilloso. Raúl es lo mejor que me ha pasado nunca. No me cansaría nunca de verle jugar, estaría un día entero tan solo observándole. Ahí está en la mesa del comedor, con los cascos puestos y estudiando un mapa del mundo.

No hay nadie en la cocina, Sandra se retrasa en preparar la cena. Hoy le toca a ella. Aquí está el cuchillo, si algo ha habido en esta casa siempre es orden, todo está donde debe estar. No te asustes amor, no grites, he de empezar de cero. No puede quedar nada de mi vida actual. Te aseguro amor que me está doliendo más tu mirada de lo que te pueden doler a ti mis puñaladas.

Tu sangre sobre el suelo es como un río que desemboca al futuro.

Raúl, hijo mío, ¿no puedes moverte?. Me miras desde el comedor de pie, temblando.  ¿No puedes hablar? ¿ O es que acaso Sotu te ha hecho entender a través de la música cual es mi misión?

No te va a doler, te lo prometo. Va a ser un corte limpio en la garganta, tal vez te salga la voz entonces. Prefiero que grites como tu madre, la música ahogará cualquier sonido que emitas, está lo suficientemente alta para ello. Habla por dios, ese silencio horrible que encierras en las lágrimas que no dejan de mirarme me está haciendo mucho daño.

Ya está hijo mío, ya está. Ya se han callado tus ojos. Empieza mi vida. Por fin todo tiene sentido. Ya solo me queda sentarme a esperar.

 

Un día más me quedaré sentado aquí
en la penumbra de un jardín tan extraño
Cae la tarde y me olvidé otra vez
de tomar una determinación
Esperando un eclipse
me quedaré
Persiguiendo un enigma
al compás de las horas
Dibujando una elipse
me quedaré
entre el sol y mi corazón
Junto al estanque me atrapó la ilusión
escuchando el lenguaje de las plantas
Y he aprendido a esperar sin razón
Soy metálico en el Jardín Botánico
Con mi pensamiento sigo el movimiento
de los peces en el agua
Un día más me quedaré sentado aquí
en la penumbra de un jardín tan extraño
Cae la tarde y me olvidé otra vez
de tomar una determinación
Esperando un eclipse
me quedaré
Persiguiendo un enigma
al compás de las horas
Dibujando una elipse
me quedaré
entre el sol y mi corazón.

 

La estatua en el jardín botánico. (Radio Futura).

Somos recuerdos

Somos recuerdos

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Era el tercer día que visitaba el mundo. En los dos primeros, bastante tuvo con adaptarse al aire e intentar aclimatarse a la velocidad de las cosas. Había decidido recuperar el tiempo perdido y cruzar la vida de esquina a esquina, pero apenas hallaba espacios en las aceras y sobre el asfalto hervían los coches humeantes llenando el invierno de un clima casi irrespirable. Sus piernas se enfrentaban, casi por primera vez, a distancias largas y había decidido apoyar su caminar en un bastón que optó por no dar un paso más cuando se topó con la piedra viva de la monumental Sagrada Familia. La miró desde abajo por primera vez y el asombro le abrió tanto la boca que podría haberse tragado el infinito de golpe. No podía seguir adelante. Quedó paralizado ante tamaña estructura y tomó la determinación de morir de un ataque de belleza allí mismo. Pero un rumor en la Avenida de Gaudí hizo que la curiosidad guiara su cojera hacia un grupo de gente reunida en un tumulto infranqueable. Su condición de anciano le permitió abrirse camino  y se colocó en la primera fila. El gentío se acumulaba en torno a un hombre barbilocuente de mediana edad que entretenía al personal sentado tras una mesa vieja y pequeña, sobre la que descansaban un carboncillo y folios por estrenar.

-¿Quiere usted saber?-preguntaba aquel hombre a todo curioso que se acercaba al lugar. – Solo tiene que decirme su nombre completo y le contaré el secreto de la longevidad durante la muerte.

La mayoría de los asistentes eran reacios a dar ese dato. Les parecía excesivo que un desconocido supiera incluso sus apellidos. Tal y como estaban los tiempos, a saber qué sería capaz de hacer una persona utilizando el nombre de otro. Pero entre la multitud siempre suele haber alguien más valiente, más confiado o más curioso que los demás y en esta ocasión, un joven salió del bullicio acompañado de su novia y le concedió a aquel hombre una oportunidad para explicar qué quería decir con eso tan extraño de la longevidad de la muerte.

La pareja se situó a su derecha sin soltarse de la mano y en pie, esperando a que iniciara la demostración de lo qué fuera aquello..

– Bien, dijo al fin. ¿ Cómo te llamas? El nombre completo por favor.

– Francisco García Huertas, respondió el muchacho.

El hombre cogió el carboncillo y anotó el nombre en uno de los papeles y lo hizo con la letra más pequeña que ninguno de los asistentes había visto jamás. De inmediato empezó a escribir hacia abajo partiendo de cada una de las letras del nombre del joven. Desde la F parecía formarse otro nombre con esa inicial, desde la R lo mismo y así paulatinamente con todas las letras que había anotado. A partir de esos segundos nombres se formaron otros y tuvo que darle el hombre la vuelta al folio para seguir mostrando a la expectante multitud como cada una de las letras paridas por las anteriores formaban otros nombres. Finalmente hizo una pausa para concentrarse hasta que escribió un número: 156.

Nadie entre los presentes lograba entender nada. El hombre del carboncillo se regocijó en otra pausa algo más larga, para crear ansiedad.

– Bien, Francisco. Si murieras ahora mismo tardarías en desaparecer del todo exactamente 156.

El muchacho confundido, preguntó tras mirar a su novia:

– ¿Días?

– No, personas. Un ser humano no muere del todo hasta que muere la última persona que le recuerda – respondió mientras se echaba la mano al bolsillo de la americana para sacar una lupa -. Somos recuerdo, todos nosotros existimos porque alguien nos recuerda, porque somos o hemos sido lo suficientemente importantes en la vida de alguien como para ser recordados. Ahora, mira por favor los nombres que he ido apuntando partiendo del tuyo y dime si reconoces alguno, añadió entregándole la lupa.

El muchacho leyó los nombres y asintió asombrado:

– Claro, son los nombres de mis amigos, de mi familia, antiguas novias y hasta hay algún nombre de gente a la que no veo desde hace muchísimos años.

– Podría escribir en estos folios los nombres de todas las personas que te recordarían si murieras en este momento y gracias a las cuales te mantendrías muerto durante un tiempo. Por lo tanto la longevidad de tu muerte es de 156 personas. Como comprenderás, no puedo poner el nombre de todas ellas, me ocuparía mucho tiempo y hay gente que está esperando a conocer su longevidad- añadió con una sonrisa de triunfador.

– Pero, ¿sólo 156 personas? Me parecen pocas. Juraría que he conocido a muchas más, advirtió el joven.  

– Sí, por supuesto, lógicamente has debido conocer a muchas más personas, pero son 156 las que  te recordarían durante sus vidas si murieras ahora. Y son muchas, muchacho, creemé -sentenció el hombre-, es la segunda cifra más alta que he sacado sin contar famosos y maestros.

No tardaron los asistentes en hacer cola para que aquel mago callejero o quién quisiera que fuese les dijera exactamente el número exacto de la longevidad de su muerte. Todos aquellos curiosa fueron observando perplejos cuando les llegaba el turno, cómo aquel tipo anotaba nombres que ellos mismos habían olvidado ya.

– Pero si a ese chico lo vi dos veces en mi vida, decía una señora.

-¿Irene? Se asombraba un señor, pero si apenas coincidimos.

La respuesta del hombre del carboncillo, siempre era la misma:

– Para esas personas sois más importantes de lo que vosotros hubierais imaginado.

Horas estuvo aquel señor anotando nombres para cada uno de las personas que se lo pedían, y respondiendo preguntas. La más curiosa fue la de una chiquilla que le preguntó porqué escribía con un carboncillo, si todo el mundo sabía que se usaba para dibujar.

– Escribir es un arte, pequeña – respondió. Agotado tuvo que pedir poco rato después a los que se aglomeraban que se fueran retirando.

-Recordad todos mi nombre gritó plegando la mesa tras guardar la lupa, el carboncillo y los folios. Me llamo Carlos Dieguez Barlovento. Carlos Dieguez Barlovento, no lo olvideis -repitió mientras abandonaba el lugar alejándose del murmullo..

– Difícil de olvidar -oyó tras de sí-. Su segundo apellido es muy poco común.

Carlos Dieguez Barlovento, se volvió para ver quién le hablaba y pudo ver al anciano a tan solo unos golpes de bastón de donde estaba.

– Sí, respondió. Mucho menos frecuente de lo que se imagina, señor. Tan solo queda una persona viva con ese apellido y la tiene usted delante.

– Vaya, todo un privilegio, ¿ verdad?

– No lo sabe usted bien. Disculpe pero si quiere que le diga su longevidad, no va a poder ser hoy, estoy muy cansado. Pero le prometo que mañana será usted el primero.

– ¿Se ha parado usted a pensar que podría hacerse millonario si cobrara por este don que tiene? He estado observando que no ha aceptado una sola moneda de sus clientes o como quiera llamarles.

– No necesito dinero, señor, tengo para dar y regalar. Soy el heredero de una enorme fortuna.

– Pero entonces ¿por qué va por las calles haciendo esto?

– Está claro, ¿no?. Lo hago para aumentar mi longevidad. Cuanto mayor sea el número de gente que me recuerde más tiempo estaré muerto. Y no me negará que este es un gran método para que se me recuerde.

– Sin duda, amigo, sin duda.

– Bien, pues como le he dicho, mañana será usted el primero. Ahora discúlpeme pero me tengo que ir.

– No me interesa mucho conocer mi longevidad, sé que es escasa, mucho más de la que se imagina. De hecho no creo que logre escribir más de cinco nombres.

Carlos Dieguez, miró fijamente al anciano intentando hallar una respuesta a tan extraño acertijo.

-Todo ser humano tiene una media de cincuenta personas que lo mantendrán muerto durante un tiempo – acertó a decir al fin.

– Yo no, se lo aseguro.

– Eso es imposible, señor, debe usted tener más de noventa  años. Le aseguro que si escribo su nombre hay al menos cien personas. Ha vivido usted mucho y obviamente habrá conocido a mucha gente.

– Noventa y dos.

– ¿ Noventa y dos personas?

– Noventa y dos años. Tengo noventa y dos.

– Pues más a mi favor.

– Mañana lo veremos.

Se quedó absorto por un instante mirando al anciano. Sacó el carboncillo y uno de los folios que guardaba muy bien doblados en el bolsillo de la americana, y preguntó apoyando la mesa plegable sobre un banco de la avenida para depositar en él el folio:

– ¿ Me puede decir su nombre, por favor?

– Ignacio Quintero Narváez.

Dieguez anotó al dictado y se concentró, pero quedó estupefacto al ver que de aquel nombre tan solo logró sacar otros dos: Nieves Roldán Gutiérrez y Zacarías Aguilar Barlovento.

– La señora Roldán es mi psiquiatra dijo asombrado el señor Quintero, pero le aseguro que no he conocido nunca a nadie llamado Zacarías Aguilar Barlovento, lo recordaría. Pero, ¿no decía usted…?

La cara de Carlos Diéguez se tornó indescriptible. se le acumularon en ella la enorme sorpresa de estar frente a un hombre con un dos de longevidad y el asombroso descubrimiento de que había en la Tierra otra persona apellidada Barlovento, que para más inri tenía que ver con aquel anciano al que no conocía de nada.

Una vez pudo reaccionar, miró al anciano y le increpó intentando salir del laberinto que se había formado en su mente:

– Es imposible, trate de recordar, esto nunca falla, es una ciencia exacta, tiene usted que haber conocido a alguien con ese nombre. Es esencial que haga un esfuerzo, investigué sobre el apellido que heredé de mi madre, ella era hija única y todos los antecesores que se apellidaban así ya fallecieron, al igual que ella. No consta en ningún registro nadie con ese apellido, créame, tengo mucho dinero y removí cielo y tierra con la ayuda de los mejores detectives del mundo para cerciorarme de que solo quedaba un Barlovento en el planeta.

– Pues si tan fiable es esa extraña ciencia, queda otro ser humano con ese apellido, amigo. Y según usted me conoce y me mantendrá muerto mientras viva. Aunque le juro por los libros, que es lo único que tengo en esta vida que no he conocido a nadie con ese nombre.

– No puede ser, tiene que haberse cruzado con alguien llamado así, un compañero de clase, de la mili, de trabajo, del gimnasio, del club de petanca… piense, piense, piense.

Un momento, y perdone la pregunta. ¿Por qué tiene usted psiquiatra? Se le ve en su sano juicio.

– Padezco, agorafóbia desde muy niño, y la mía es extrema, no existe otro caso en el mundo igual. No he podido salir de mi casa en todos estos años, desde mi ventana he visto todos los días de mi vida la Sagrada familia pero hasta hoy no he podido verla desde la base y le aseguro que nunca imaginé su inmensidad. Llevo tres días saliendo a la calle. Hace cuatro me pareció ver una sombra en mi casa y me asusté, cuando me quise dar cuenta había corrido hasta el portal huyendo de esa sombra y poco a poco el miedo que me provoca esa presencia me ha hecho vencer el miedo a salir a la calle.

Al menos esa es la explicación que me ha dado la doctora Roldán. Aunque le aseguro que hay alguien en casa.

– No puede ser, no puede ser -dijo alejándose como llevado por el diablo el hombre del carboncillo-, he de averiguar qué está pasando.

Nunca volvieron a verse ninguno de los dos.

Carlos Dieguez Barlovento se dejó desde aquel día la mitad de su fortuna en intentar averiguar quién era Zacarías Aguilar Barlovento pero nunca pudo  descifrar el misterio. Mientras Ignacio Quintero Narvaez volvió todos los días a la avenida de Gaudí arrastrado por la curiosidad y con la esperanza de encontrar al hombre del carboncillo y que le diera la respuesta de quién era ese misterioso Zacarías Aguilar Barlovento, estaba seguro de que jamás lo había conocido.

Estando en casa una tarde, el anciano Quintero y ya con noventa y cinco años, vio desaparecer de un folio ajado que tenía desde hacía ya tres sobre la mesita de noche el nombre de Nieves Roldán Gutiérrez, al día siguiente supo que había fallecido de un ataque al corazón. Fue a partir de entonces cuando don Ignacio supo que Zacarías Aguilar Barlovento era la sombra que le acechaba en su casa y huyó de allí para acabar deambulando por las calles hasta que los servicios sociales le ingresaron en un centro de salud meses después. La vida quiso que el anciano viviera ciento doce años, una noche de San Juan lo hallaron muerto sobre el suelo de su habitación aferrado a un viejo trozo de papel en el que se podía leer el nombre de Zacarías Aguilar Barlovento.

Unos años antes, Carlos Dieguez Barlovento acudió a una extraña cita en el pueblo de su madre. El antiguo párroco, don Anselmo Aguilar le confesaría en su lecho de muerte que él era su verdadero padre y que al nacer lo registró como Zacarías Aguilar Barlovento. Que al encontrar su madre, seguramente por obra de Dios, un hombre bueno como Procopio Dieguez que quiso hacerse cargo del pequeño, destruyó los documentos. No pudo hacer las cosas mejor el Señor, ya que el pequeño Zacarías, rebautizado como Carlos por su millonario padre halló la mejor vida que se le podía dar a un niño. Tanto fue así que no solo asistió a los mejores colegios de Europa, sino que pudo además financiarse las investigaciones científicas que le permitieron hallar un método para calcular la longevidad de la muerte de las personas y conseguir así que el apellido Barlovento pasara a la historia antes de desaparecer . Ahora frente a su último  suspiro y a punto para la extremaunción el padre Aguilar, confesaba a su hijo una verdad que nunca cupo en un confesionario.

En cuanto supo Carlos que él era Zacarías fue en busca del anciano pero nadie supo decirle que había sido de él, nadie logró recordar quién era.

 

El barrio de William Bisiesto

El barrio de William Bisiesto

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Mi barrio está al lado del otro barrio. Algo debe de tener ese otro barrio que no tiene el mío porque cuando se va alguien hacia allí, ya nunca vuelve.

Hace ya algunos años, no preguntéis cuántos porque eso de contarlos no se me da nada bien, que no logro aclararme. Dice mi madre y no creo que me mienta en esas cosas, que nací un 29 de febrero y que cumplo los años de cuatro en cuatro, y así, claro, es mucho más difícil saber el tiempo que ha pasado desde aquello. Cualquier día adelanto a la vida de tanto que corro. Eso sí, lo haré por la izquierda. Dice mi padre que se ha de adelantar por la izquierda, que no somos ingleses y que a ver si se aplica el cuento el cabrón ese. Ah, claro, no sabéis quién es el cabrón ese. Yo tampoco, la verdad. Sólo sé que es uno que nos adelanta por la derecha cada vez que cogemos la autopista para ir a ver a la abuela.

Me gusta ir a su casa y mirar por la ventanilla del coche. Desde ahí el mundo es bisiesto como yo, va tan rápido que no cumple los minutos de uno en uno. A veces mamá me deja abrirla y sacar un poco la cabeza. Me gusta despeinarme y que el aire choque contra mi cara, aunque luego, cuando se acaba y pienso en ello me pongo triste, porque por culpa de eso tengo a papá disgustado. Siempre dice que solo tengo aire en la cabeza y yo creo que es porque no me acuerdo nunca de no sacarla por la ventanilla y claro se me acumula todo ahí y yo no sé quitármelo. Muchas veces me siento a soplar para ver si se me va, pero se me olvida dejar de respirar. Una vez me acordé, pero algo debí hacer mal porque casi me muero y mi madre se asustó mucho. Me hizo prometerle que nunca más estaría a punto de morirme, aunque tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. No me gustó que mi madre se asustara, pero después de aquello estuvieron unos días cuidándome mucho. No se separaban de mí y me sentía muy feliz.

Soy un niño feliz, eso le dije a aquella señorita con bata blanca que me preguntó en el colegio. Mi familia me quiere y yo los quiero mucho, aunque no logro acostumbrarme a eso de ser bisiesto. Quisiera estar en el mismo escalón que los demás. Dice la tía Abril, que le pusieron ese nombre porque nació en abril y no logro entender porque no me pusieron a mí Bisiesto si nací en ese mes. Me hubiera gustado llamarme así. No conozco a nadie con ese nombre. De todas maneras, cuando me preguntan cómo me llamo siempre digo que mi nombre es William Bisiesto Álvarez Cantero. Mi mami me puso William en honor a un escritor en cuanto supo cómo era yo, no me acuerdo de su apellido, no se parece a los míos, pero dice que en uno de sus libros hay un personaje que le pasa lo que a mí. Yo tengo la inteligencia en el zapato, una vez oí a mi hermano decírselo  a un amigo suyo:

– William tiene una inteligencia por debajo de la media, eso le dijo, y yo lo entendí porque mi madre debajo de la media tiene el zapato. Pues eso, que me llamo William por ese señor, porque creó un personaje que era como yo. Y lo hizo en el libro preferido de mamá. Le puso un título un poco raro, no me gusta, era algo de gente enfadada, de gritos o algo así. Se le debió ocurrir en el bar cuando estaban dando el partido, porque sonaba a eso. Yo le hubiera puesto Benji el bisiesto, porque así se llamaba el personaje que se parece a mí. La tía Abril también ha leído ese libro pero dice que no hay dios que lo entienda, así que mamá no es dios. Me gusta la tía Abril. Dice que eso de ser bisiesto es ser especial; que cada año es un escalón y que yo me los salto de cuatro en cuatro, pero a mí me gustaría estar en el mismo escalón que los demás, cuando miro a mi lado nunca hay ningún amigo porque van unos escalones más atrás.

La tía Abril es bisiesta como yo. Casualidades de la vida dice papá, pero de niña no le debieron dejar que sacara la cabeza por la ventanilla del coche porque no tiene la inteligencia en el zapato.

Ni la tía, ni la abuela viven en el barrio pero tampoco viven en el otro. La casa de la abuela está en uno en el que no cambia la suerte y en donde los huesos no se mueven igual. Nunca puede venir a vernos porque no puede moverlos como nosotros y por eso tenemos que ir hasta allí. Si la abuela viviera en el barrio yo no tendría aire en la cabeza.

Me gusta el barrio. Tenemos una casa grande, con servicio, eso dice mamá a sus amigas de cuando era niña siempre que vamos a ver a la abuela. Mamá quiere traerla al barrio pero la abuela se ha convertido en árbol o algo parecido porque dice que ahí están sus raíces. Yo he visto las raíces de un árbol y son muy difíciles de arrancar. Yo entiendo a la abuela, se necesita ser muy fuerte para separarte de ellas, creo que habría que ponerle unos huesos que funcionaran mejor y así podría venir a vernos y traer sus raíces.

También me gusta porque en este barrio, cambia la suerte. Papá dice que a nosotros nos cambió el día de los abrazos y de las botellas. Nos tocó la lotería y mi familia saltaba de contenta, nos cambiamos de casa pero no nos fuimos del barrio  porque mi mamá quería restregarles los billetes a los vecinos en los morros. No entiendo para qué, pero espero que no hayan comido espaguetis porque se te quedan los morros rojos y lo manchas todo. Yo dejo la servilleta como si la hubieran asesinado, dice mi mamá.

La tía Abril viene mucho al barrio, dice que viene a vernos, pero yo sé que es para ver si le cambia la suerte como a nosotros. He oído a mi familia en casa de la abuela hablar de ella y todos dicen que no ha tenido suerte ni con los hombres ni en la vida.

También viene de cuando en cuando un señor, un policía, que debe de tener fuego en la cabeza porque papá cada vez que lo ve empieza a sudar. Una vez les oí desde mi rincón secreto, no puedo decir cual es, pero si queréis os doy una pista: está en el barrio. El señor policía le decía a mi padre que sabía que  había enviado al otro barrio al señor que había comprado el billete de lotería para quedarse con el dinero, y que si no le daba una parte a él lo llevaría a la cárcel. Yo quiero que mi papá rompa ese dinero y le de una parte al policía, porque la cárcel no está en el barrio y yo no quiero mudarme. Me preocupa mamá, que solo tendrá una parte de los billetes para restregarselo en los morros a los vecinos, pero creo que se conformará. Ella no quiere irse del barrio tampoco.

También me gustaría irme al otro barrio a ver cómo es. Una vez oí en el bar que el abuelo había ido allí y yo quiero mucho al abuelo. Además  también prefirió irse allí el amigo de papá que había comprado con él la lotería y ni él ni el abuelo han vuelto nunca. De lo del abuelo y lo del amigo de papá hace ya algunos años, pero no me preguntéis cuántos porque eso de contarlos no se me da nada bien.

Se debe de estar muy bien allí, aunque a mí me gusta mi barrio.

– Aquí tiene señorita. Hasta mañana.

 Me voy corriendo que ya debe de estar papá esperándome.  Me gusta que venga él a buscarme porque todos los niños se acercan a ver el coche y es la única vez que miro a mi lado y veo a mis amigos, pensó William.

– Hola, papá, mua, mua.

– Hola William. ¿Qué tal el cole? ¿ Qué habéis hecho hoy?

– Una redacción. Teníamos que explicar cómo es nuestro barrio.

 

En la foto William Faulkner.

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