PERICO RIVERA

PERICO RIVERA

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PERICO RIVERA

─Buenas tardes, señor Serrney, el doctor lo espera en el estudio.
Rossie, la impresionante mulata atrapada en una blusa semi abierta que insinúa dos tetas alevosas extiende el brazo señalando el camino. Sigo la indicación y de reojo miro el par de caderas cómplices prisioneras en una falda negra. El estudio de Pedro Rivera, notario público de Lima, graduado con honores en la Pontificia Universidad Católica y doctorado en Yale, es amplio, suntuoso, ozonizado y con sillones forrados en cuero marrón. A través del gran ventanal que filtra la luz del jardín, se aprecia el atardecer.
─Hola, Jorgito, disculpa la demora pero estaba cagando la cebichada del almuerzo, ¡Rossie! ─brama─, tráenos una botella de Chivas y bastante hielo.
─ ¿Qué tal, Perico, cómo llevas el encierro?
─Como si nada, Jorgito. En este país el arresto domiciliario es un saludo a la bandera. ¿Has visto algún policía en la puerta de la casa? Les doy permiso y plata para que vayan a perder el tiempo en otro lado. Cuando quiero salir les aviso y se hacen los de la vista gorda, así de fácil.
Rossie regresa con el pedido. Coloca la bandeja sobre la mesa central y deja ver dos piernas de ensueño. Pide permiso y se retira meneando los glúteos descomunales.
─ ¿Qué tal la negra? ¿Buenaza, verdad? La cojo en el sillón de allá; le doy su propina y se va más que contenta. Es lo bueno de estar encerrado en tu casa. Sexo a domicilio y nadie te jode…
─ ¿Tienes fecha de sentencia, Perico?
─Aún, no, Jorgito. Mis abogados están ocupados en ese trámite, pero ya todo está arreglado. El juez que ve mi caso es mi compañero del colegio y me debe muchos favores…
─Excelente, Perico, el que está jodido es el gordo Rafael. Ha quedado medio paralizado de la cintura para abajo. Está en rehabilitación y no se sabe si volverá a caminar. La semana pasada estuve en su casa y me pidió que te mandara a la mierda si te volvía a ver. Que te dijera que si vuelve a andar vendrá para meterte un balazo, no fallará y te dejará bien muerto y enterrado….
─No jodas, Jorgito, ¿eso te dijo? Qué tal hijo de puta… ¿Recuerdas la semana santa del año pasado?
─Claro, Perico, imposible olvidarla. Estuvimos reunidos en tu casa de playa de Bujama. Acordamos juntarnos para recordar viejos tiempos y pasarla bien.
─Tú fuiste el primero en llegar, luego el gringo Gregory, el rey de los melones, y a los pocos minutos el gordo Rafael, general retirado del ejército ─recuerda el notario ─. Carolina y yo organizamos y arreglamos todo desde el día anterior. Ella regresó temprano a Lima y dejó la casa lista para nosotros…
Perico toma aire y continúa:
─El gordo Rafael preparó los langostinos al ajillo, las conchitas a la parmesana y los espárragos frutados. Tú te encargaste del bar y la música y el gringo de la parrilla. Yo me dediqué a joderlos. Hasta ahí lo tengo claro, ¿te acuerdas de lo demás?.
─Hasta el mínimo detalle, Perico. No sé en qué momento se torció el destino. Varias botellas de pisco habían caído y felizmente el gringo, antes que se drogara, prendió la parrilla e hizo el papillote de lenguado en salsa ostión, el pulpo anticuchado y las colas de langosta. Te digo algo más, Perico:
Interrumpo los recuerdos para tomar un trago largo de wisky. Prosigo:
─No sé de dónde el gringo sacó la bolsita con cocaína y empezó a aspirar. Se puso tan duro que no podía hablar y le mencionaste que no se excediera porque acababan de re vascularizarlo. El colorado, en un esfuerzo de lucidez destrabó la lengua y gritó que los médicos se fueran al carajo, que solo querían asustarnos y sacarnos plata. Puso como ejemplo a Barboza, el brasileño, que hacía diez años lo condenaron a muerte por un cáncer de colon y seguía tirándose a las empleadas de su fábrica de embutidos.
─Tienes razón, Jorgito. Ya lo había olvidado. Tengo un arroz con mango en la cabeza.
─Es más, Perico, logramos controlarlo y tranquilizarlo. El destino se torció en el momento que Rafael tocó la importancia del tamaño de la verga. Explotaste cuando el gordo afirmó que la tenías pequeña y que tu mujer protestaba por eso….
─ ¡Maldito gordo! ─retumba su voz en el estudio─ Sabía que la tenía chica y que mi mujer se quejaba. Hice cortocircuito, corrí hacia mi habitación y regresé con la pistola que el mismo me obsequió…
Perico está con las yugulares ingurgitadas. Detiene la narración para tranquilizarse y disminuir las pulsaciones cardiacas. Retoma el relato:
─Pensé que estaba descargada. Solo quería asustarlo y disparé al techo, En el camino, no sé si por efecto de la emoción o cólera, la pistola no subió y el balazo lo agarró en la barriga…
-─Tranquilo, Perico, cuidado con tu presión arterial ─recomiendo y alzo el vaso
─Después ya no recuerdo mucho, supongo que tú, sí. En fin, Jorgito, la más afectada fue la puta de mi mujer. No tardó en pedirme el divorcio, aduciendo que era la hazmerreir de la sociedad limeña, que no soportaba las miradas en el club ni los murmullos a sus espaldas. Fuimos noticia en los programas dominicales; un triángulo amoroso en el jet set peruano, etc., etc. Tú sabes bien la historia, Jorgito.
Me levanto y le palmeo el hombro derecho. El abogado Perico Rivera, mi amigo, ex amigo del gordo Rafael, promete a través del cristal del vaso:
─Espero tranquilo mi sentencia y ojalá el general vuelva a caminar. Quiero meterle el balazo definitivo antes que me lo meta…

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REBECA

REBECA

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REBECA 6

Lejos están los años estudiantiles de la facultad, a la que llegué por mis propios méritos desde Celendín. Cobijada por un familiar en su casa del Rímac, me costó disfrazar mi hablar motoso, vestir diferente, aprender los modales de la gran capital y a no asustarme en los microbuses para llegar a mis destinos. Soporté mis lentes de carey y me habitué a las zapatillas compradas en el Mercado Central. Al comienzo fue difícil. Serrney, tú lo sabes de memoria. Muchos años después de graduarme la vida me sonrió y gracias a la iniciativa de un compañero izquierdista una ONG me contrató.

Nuevamente en Lima y, recién llegada de New York donde laboro en la OMS como epidemióloga, estoy en el bar del Crillón degustando con Serrney un pisco sour. Lo observo con cuidado, sin perder detalles. Siempre me cautivó su andar despreocupado, modales elegantes y facilidad para la conversación entretenida. Sus ojos azules siguen desconcertándome cuando me mira fijamente. Viste jean desteñido y en el bolsillo de la camisa de lino lucha por no caer la infaltable cajetilla de cigarrillos. En cambio, yo llevo puesta una blusa de Armani que combina con el pantalón Dolce Gabanna y mis pies calzan zapatos Prada. En la silla cuelga una cartera Louis Vuiton. A pesar de la simpleza de su vestimenta no deja de atraerme su prestancia innata. Le tengo una especie de amor platónico y sus ojos azules no dejan de observarme.
─Rebeca, ¿qué te trae por acá?
─Solo quería reunirme contigo un rato, darling. Después ya veré lo que hago. Mañana viajo a Celendín a visitar a la familia, a darme un baño de recuerdos. Luego asistiré a un symposium de Enfermedades Emergentes en un hotel de San Isidro. Expondré un tema aburrido y rutinario por el que me pagarán bien.
─Por lo escuchado, estarás muy ocupada. ¿Visitarás a tus amigos zurdos?
─No, con ellos marqué distancia hace buen tiempo. No les perdoné la traición que cometieron. ¿Sabes, sweetie? Olvidaron mi rol protagónico de dirigente y no les importó que hubiera estado en la cárcel. Tú sabes, dear Serrney, cómo se porta la gente cuando las papas queman. Creo que nunca supiste que el flaco Benítez fue el único que me visitaba cuando estuve tras las rejas. Los demás no asomaron las narices. El pobre se fajó conmigo y por suerte no terminó encerrado. Escapó con las justas y pasó desapercibido. Así lo creí durante años. Lamentablemente la historia fue otra y acabó desaparecido. No entiendo qué pasó y hasta hoy entristezco al recordarlo.
─Ustedes fueron muy inocentes. Creyeron que organizando marchas, enfrentando a la policía, pintando calles, volanteando, haciendo ollas comunes con los mineros y cambiando de domicilio era suficiente para hacer la revolución y que Seguridad del Estado no se daba cuenta. Siempre estuvieron chequeados, Rebequita. Pude ver tu expediente y, gracias a un fiscal amigo, te clavaron unos cuantos meses…
─Lo sé, Serrney. Lo tengo muy claro, pero quedé curada de espanto y me vi obligada a salir del país. Nadie me quiso adoptar, ni siquiera Cuba. Por aquel entonces fui la amante de uno de los funcionarios de la embajada cubana. No logré que ese hijo de puta me ayudara. Al enterarse me ignoró y el muy marica se hizo trasladar a un país africano. Me quedé sola, sin dinero y a punto de empezar el SERUMS, ¿sabes de lo que hablo? ¿No? Es el programa mediante el cual devuelves con servicios profesionales lo que el estado invirtió en tu formación. Pues bien, mi pasado rojo me mandó a un pueblo perdido de la puna. A más de cuatro mil metros de altura, además de hacer muy poco, me tuberculicé. No morí porque nadie muere la víspera, pero mis trompas de Falopio se pudrieron y quedé estéril. ¿Lo sabías, honey? Me salvé porque un amigo piadoso me ayudó con el tratamiento. Aprendí, querido Serrney, que la vida no es como te la pintan en el adoctrinamiento proselitista…
─En cambio hoy, basta con mirar tu página de Facebook para darse cuenta lo bien que te va en el país que tanto criticaste. Eres una linda burguesa con aires de diva. Creo que te lo mereces, cariño. Rebequita, debiste entender en su momento que eras un Quijote peleando contra los molinos de viento del sistema yanqui y que la cortina de hierro se derrumbaría, tal como ocurrió…
─No digas eso, Serrney. Así no fue exactamente. Tuve oportunidad de analizar los hechos, autocriticarme, curarme en salud y cuando Sendero Luminoso arreció, terminé de comprobar algunas cosas, desilusionarme y retirarme a tiempo.

─Viste la luz ─apunta Serrney─ ¿Cuántos liftings faciales te has hecho?
─Uno, hace dos años y me pongo Botox cada seis meses. Me operé la miopía y uso lentes cosméticos de color verde. Lo demás está tal como vine al mundo…
─ ¿Incluyendo el trasero?
─ ¡Por supuesto, Serrney! Natural y no profanado ─esbozo una sonrisa pícara─. Lo guardo para alguien especial…
Recibo la mirada inquisitiva de Serrney. Está inquieto en la silla y sus piernas cruzadas intentan disimular la erección incipiente. Pretende comprender mi rostro sonrojado. Ordeno una nueva ronda de pisco sour. El primero estuvo maravilloso y ya siento el cosquilleo en mi entrepierna. Serrney sugiere ir a un sillón más cómodo. Acepto y levanto el prodigio que Dios me ha dado. Sé que sus ojos azules están clavados en mi anatomía.
La tarde avanza y, entre recuerdos universitarios y alguna discusión de principios acallada cuando me toma las manos, haciéndome sentir pajaritos en la cabeza, decido dar por terminada la reunión. El cuarto pisco sour le dice al oído que he reservado una habitación antes de irme mañana a Cajamarca.
─Será lo que Dios quiera o lo que tú quieras, Rebequita ─dice mi amigo de tantos años, irreconciliables en una época de nuestras vidas, unidos por el destino y los giros extraños que ofrece el mundo.
Media tambaleante por los tragos, el buen Serrney me ayuda a recuperar la compostura, me abraza fuertemente y le entrego la llave de la habitación, diciéndole:
─Will be whatever you want, George…

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MAGGIE

MAGGIE

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MAGGIE
Desperté desnuda, cubierta por la sábana. Mi piel es fiel testimonio de haber sido besada toda la noche. Mi cuerpo exhala un aroma desconocido, mezcla de pachuli y hierbabuena. Mis cabellos ensortijados están impregnados con humo de cigarrillo y la muñeca derecha exhibe un pequeño rasguño. Con la cabeza adolorida miro la habitación, tratando de encontrar a alguien.
Debajo de la almohada, asoma una rosa roja. Mi ropa yace doblada y ordenada sobre el sillón de la esquina, debajo de la ventana que da a la plaza de Armas.
Me incorporo y busco en el baño. Procuro hallar una explicación, un nombre, un recuerdo. Está limpio y aparentemente alguien se duchó. Una toalla húmeda cuelga en el perchero y la cortina está mojada. El espejo muestra mis ojos verdes enrojecidos y adornados por esplendidas ojeras. Son signos inequívocos de haber estado de juerga. ¿Con quién, en dónde, qué sucedió? Solo encuentro el tacho de basura con las toallitas faciales que usé antes de salir del hotel y envolturas vacías de barras de granola.
Me siento en el inodoro y orino. El mundo me da vueltas y al momento de limpiarme un ligero ardor en la vagina me estremece. La examino con ayuda de un espejo de mano y luce inflamada. No recuerdo nada. Tengo agujereada la memoria de mis últimas horas. Me ducho imaginando lo que pudo haber ocurrido.
Bajo a desayunar no sin antes mirar el reloj de pared que marca las diez de la mañana. Ordeno café cargado y una botella con agua mineral para tomar un analgésico. Al momento de sacar el dinero para pagar la cuenta, aparece una nota escrita a mano. Al mediodía estoy citada en las gradas de la catedral para encontrarme con un hombre que llevará puesta una casaca roja. Sorprendida por el hallazgo, intento nuevamente recordar y no lo consigo.
Presa del nerviosismo llego a la hora establecida. Me sobrepongo a la angustia e incertidumbre de una cita inexplicable y compruebo, una vez más, que la plaza de Armas del Cusco siempre está llena de gente local, turistas extranjeros, comerciantes curiosos. Tomo asiento en una de las gradas y contemplo el cielo azul y despejado. A lo lejos escucho mi nombre:
─ ¡Maggie!
Giro en varias direcciones y lo descubro. Sentado en una de las bancas de la plaza, un hombre con casaca roja me saluda con la mano. Me levanto lentamente para no perder el equilibrio. Aún la cabeza me da vueltas y me aproximo hacia él. Sin cambiar de posición me invita a su lado. Lo miro extrañada, analizo sus ojos azules y un desconcertante olor me envuelve. No identifico al sujeto pero resulta tan conocido y cercano que me inspira seguridad y confianza. Continúa mirándome con ternura y su sonrisa amplia y despreocupada sosiega mi temor. Me acomodo junto a él. Parece que su casaca roja se funde con mi chompa de lana de alpaca. Saca la cajetilla de cigarrillos y me ofrece uno. Lo acepto temblorosa y los malestares con los que desperté desaparecen. Me lo quita de los dedos y lo enciende. Da una amplia bocanada que anida en mis cabellos rubios de estudiante de antropología de Kansas, llegada al Perú a recopilar material de investigación para su tesis. Me vuelve a mirar con esos ojos azul profundo y me lo devuelve.
Enciende el suyo, me toma de la mano y nos vamos caminando sin decir una palabra, entendiéndonos con el pensamiento. Recorremos las calles empedradas de los recuerdos que no tardarán en llegar. Alzo la mirada hacia el cielo y no me importa…
Solo quiero sentir la magia de esta tierra ancestral y maravillosa y dejarme llevar por uno de sus hijos. Olvidé una noche en mi vida y me perdí en los caminos de su aventura; hoy sabré encontrar la ruta de regreso hacia la rosa que dejé bajo la almohada, la que perfumaba la habitación con el misterio de su presencia y que a gritos silenciosos me decía lo que había vivido…

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LAS NOCHES DE EUSTAQUIO

LAS NOCHES DE EUSTAQUIO

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LAS NOCHES DE EUSTAQUIO

Eustaquio Salvatierra era el arquitecto de moda cuando sufrió el accidente que le cambió los planos de la vida y trastocó las maquetas de su futuro. Mientras supervisaba las molduras de un balcón colonial en el centro histórico de Lima, no prestó importancia a la marcha de protesta y manifestantes enfrentados con la policía antimotines. Fue muy tarde cuando quiso reaccionar y el andamiaje que lo sostenía se vino al suelo, cayendo con tres albañiles y golpeando a un par de revoltosos. Llevó la peor parte: estuvo una semana en coma y salió de alta tras permanecer hospitalizado un mes.

A partir de entonces las pesadillas jugaron con sus sueños y en varias ocasiones despertó a su madre y a los seis perros pekineses. Los alborotaba de madrugada con incendios ficticios, ruptura de tuberías de agua inexistentes y ladrones invisibles que se metían por las ventanas. Eustaquio mató a patadas a uno de los perros luego de encarnizada batalla en las escaleras. Se sintió orgulloso de haber librado a la casa de una rata prehistórica de medio metro de altura.

Doña Florencia, aburrida de los escándalos de su único hijo, y al constatar que los atrapa sueños colgados en la casa no funcionaban, decidió llevarlo al psiquiatra. Para Eustaquio las pesadillas acabaron pero no logró controlar la modorra, confusión y equivocaciones en las que frecuentemente incurría. Por equivocación, en vez del costalillo de ropa usada que había sido seleccionado, regaló el perro más joven a un ropavejero y puso a su madre al borde del infarto. La desconsolada mujer habló con su médico para que tomara cartas en el asunto ya que la población de sus engreídos había mermado drásticamente en pocos meses. Le cambaron la receta médica y fue recuperando la salud mental. Pudo reintegrarse a sus labores cotidianas, dejadas de lado por un supuesto post grado en Alemania.
─Jorge, ¿crees en fantasmas? –Me preguntó una vez que coincidimos en una galería de arte.
─Depende del tipo de fantasmas.

No contento con la respuesta dio media vuelta y abandonó la sala, dejándome con las ganas de mayores argumentos. Así había quedado mi buen amigo después del accidente. Lo estimo mucho y me apenó enterarme que diseñó un bar gótico en un hotel cinco estrellas en vez del salón vanguardista encomendado. Se convirtió en la comidilla del gremio y casi todos ponían en tela de juicio su cordura.

En la casa familiar sus desvaríos dieron paso a noches de sonambulismo. Repentinamente aparecía con un pekinés en la mano para dárselo a su madre, quien optó por encerrarse con los perros y amanecer oliendo a galpón. Hasta ahora nadie ha podido explicar cómo Eustaquio abría la puerta del dormitorio y sacaba a pasear a los perros por los jardines del parque. Al amanecer de un sábado, su madre fue despertada por el serenazgo municipal para recibir a su hijo inconsciente y a tres perros. La pobre mujer entró en pánico al comprobar que su engreído más viejo no había regresado. Amenazó con echarlo de la casa, pero Eustaquio no sabía qué le reclamaba.

El viejo jardinero, responsable por décadas del cuidado de los ficus, recomendó un brujo norteño y fue llevado para acabar con las excursiones nocturnas que lo ponían en peligro de ser atropellado, asaltado o secuestrado. Al regresar del viaje, Eustaquio lucía mejor semblante, con mejillas chaposas y sonrisa de oreja a oreja. Mejoró su estado de ánimo, le provocó revisar las revistas especializadas a las que estaba suscrito y se animó a colaborar con los estudiantes de arquitectura de la universidad.

Sin embargo, se acostaba tarde por la dificultad para conciliar el sueño. Despertaba de pésimo humor, fastidiado, quejoso y reclamón. El insomnio era dueño de sus noches y deambulaba como un espectro por los pasillos, corredores, jardines y aposentos de la enorme casa. En la más absoluta oscuridad reconocía cada rincón con solo olerlo. El mínimo rayo de luz le permitía distinguir los muebles, decoraciones y demás vericuetos. Cuando se sentaba en la sala con las luces apagadas para no mortificar a su madre veía pasar los fantasmas de sus antepasados. Conversaba con ellos, reían en silencio, jugaban naipes a escondidas, disfrutaban del vino que compraba en la bodega.
De noche la casa se convirtió en el feudo donde empezó a renacer. Aguardaba ilusionado el anochecer y cuando la casa estaba silenciosa daba rienda suelta a la felicidad perdida por el golpe en la cabeza. La casa se convirtió en el mejor tratamiento que pudo encontrar. Los aparecidos le confiaron secretos y misterios de tíos que había visto en daguerrotipos. Se enteró que un antepasado peleó en la guerra del Pacífico y que, antes que una bala equivocada le rajara el corazón, mandó al otro mundo a una docena de chilenos.
─No me importa que mi asesino fuera un peruano. Sé que fue una equivocación, pero me di el gusto de cargarme a doce chilenos, ¡Salud! ─le confesó el pariente con la mirada transparente que caracteriza a los muertos en batalla.

En el colmo de la orgía fantasmal de las noches, una tía solterona de principios de siglo se le insinuó para tener sexo etéreo. Eustaquio, ebrio de tanto brindar con familiares y amigos que la parentela invitaba, estuvo a punto de ser seducido. Antes de cometer la locura de engendrar un ánima se desmayó en la poltrona de turno y horas después doña Florencia lo encontró vomitado y con la bragueta abierta, rodeado de los tres pekineses sobrevivientes.
─Jorge, nuevamente, ¿crees en los fantasmas?
─Absolutamente, Eustaquio ─lo miré fijamente y muy a su pesar desaparecí, dejándolo con más dudas que certezas.

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SEÑORITA RAMIREZ

SEÑORITA RAMIREZ

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SEÑORITA RAMÍREZ
Anuncié el velorio de la señorita Ramírez en el obituario de un diario: esta noche en la Parroquia Virgen de Fátima. Años atrás nos conocimos cuando realizábamos trámites en el Ministerio de Agricultura.
Recuerdo haber observado su belleza discreta y distinguida. Me di cuenta que era una dama de finos modales, andar pausado, voz clara y cabellos plateados atrapados en una peineta de nácar. Su elegancia natural se complementaba con el sobrio vestido gris que caía debajo de las rodillas. Había escuchado sus reclamos frente a la ventanilla y en ningún momento perdió la compostura clásica de las mujeres de antaño. Venía a cobrar los bonos de la Reforma Agraria, los mismos que honrarían la expropiación de sus haciendas azucareras. Luego que examinó varias veces los documentos, noté que estaba a punto de sufrir un vahído. Alcancé a tomarla del brazo, evitando que se desplomara sobre el piso. Con el auxilio de otros la ayudé a sentarse en una de las sillas de la sala de espera. Jamás olvidaré su mirada perdida y ojos acuosos tratando de no llorar. En aquella ocasión me alarmó descubrirle el pecho agitado y los temblores que recorrían su cuerpo delgado. Una secretaria intrascendente le alcanzó un vaso con agua. Abrió la cartera y extrajo una pastilla que ingirió rápidamente. Pasado el sofocón inicial, el barullo a su alrededor desapareció. Me percaté que yo era el único que seguía interesándose por ella.
─Muchas gracias, señor. Es usted muy amable asistiendo a una anciana desvalijada. Porque eso es lo que soy, caballero. Después de treinta años he venido a cobrar algo que me quitaron y ¿qué he conseguido? Lea, por favor. ¿Puede creer que mis tierras valgan esta cantidad?
Con su venia leí el monto que cobraría en el Banco de la Nación. Fruncí el entrecejo, dibujé un gesto de sorpresa inaudito y me ofrecí a llevarla a su casa.

Vivía en un antiguo y pequeño chalet de dos pisos. El jardín exterior lucía cuidado, en el que geranios y rosales comulgaban armónicamente. Una cerca de madera blanca, enlazada con hiedra rozada, lo aislaba de la vereda. Me comentó que un domingo mojó la notificación del ministerio mientras regaba las macetas.
Me invitó a ingresar y el cuadro del Corazón de Jesús con la vela encendida nos recibió. Debajo de él la consola de ónix mostraba portarretratos con imágenes de arcángeles. Las paredes de la sala estaban empapeladas con motivos florales y dos cuadros de la escuela cusqueña, enmarcados en pan de oro, colgaban orgullosos. La mesita de centro exhibía fotografías de su esplendor pasado.
Traspasando un medio arco divisorio, el comedor se anunciaba con pocas pretensiones. Centrado a la perfección, cayendo por detrás de la mesa, un gobelino recreaba una escena bucólica de la campiña francesa. El aparador de caoba dejaba ver la colección de copas de cristal Bohemia y los platos de porcelana Limoges. Escondida en una esquina, casi con miedo, una botella de champagne, con la etiqueta borrada por el tiempo, se había marchitado en la soledad del olvido.
Sus tres gatos siameses salieron a saludarla. Tomamos asiento en un sofá tapizado en terciopelo. Cómodamente instalados me mostró el álbum con fotos de su hacienda favorita. El trapiche centenario, la destilería de ron artesanal, los sembríos de caña de azúcar, la iglesia de adobe y la casa hacienda habían sido capturados fielmente en sepia y eran testimonios evidentes de épocas doradas. Presurosa guardó el álbum y me obligó a aceptarle una taza de té y galletas de vainilla hechas en la madrugada. Acepté gustoso y a partir de entonces nos convertimos en grandes amigos.
Cada vez que llegaba a Lima, la visitaba para conversar sobre los misterios del campo, la bondad de la tierra y las injusticias de la vida. Descubrí que le gustaban los bizcochos de canela rellenos de manjar blanco y me enseñó a descifrar la magia de las galletas. Con el correr del tiempo, y gracias a la confianza alcanzada, me develó su alma, hasta confesarme que nunca se casó. Seguía siendo señorita porque el caporal que la enamoró no tuvo el valor para seducirla y menos pedir su mano. El único pariente vivo que tenía era una sobrina que radicaba en New York y se comunicaban esporádicamente. Subsistía vendiendo las joyas de la familia y por un fideicomiso paterno.

Estando fuera del país me enteré sobre la enfermedad que padecía y arribé a tiempo para cuidarla en una clínica local. Le conseguí medicinas, afronté gastos y la entretuve con mis aventuras estrambóticas. Fueron días de risas y recuerdos.
─Jorge, cuando salga de acá te voy a preparar unas galletas nuevas que he visto en la televisión.
El tiempo no le dio la razón y falleció en paz, tranquila, oliendo a Heno de Pravia que siempre me pedía le comprara.
Esta noche, señorita Ramírez, tenemos una última cita, los dos solos. La quiero linda, elegante y distinguida como siempre. Usted me conoce, voy a estar puntual para despedirnos. Algún día nos volveremos a encontrar para hablar del sol de mediodía, el que calcina y hace fuerte la tierra generosa. Conversaremos de las lagartijas que perseguía, de las grullas revoloteando por los ojos de agua, del jugo de caña recién exprimido, de los paseos a caballo, de las misas dominicales en la iglesia de adobe que decoró con azulejos valencianos, de las correrías por los canales de regadío de su juventud, del canto de los cañaverales y ojalá se nos una el caporal que desperdició la oportunidad de amarla. Espero que tenga la iniciativa de rehacer el tiempo…
Tenemos tanto de que hablar, querida señorita Ramírez, y si usted me lo permite, con todo respeto yo le contaré mis andanzas y travesuras.

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Fortunato

Fortunato

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FANTASMAS EXTEMPORÁNEOS
(Conversaciones con Jorge Serrney)

FORTUNATO

─Siempre había escuchado que en noches de luna llena nadaba con los bufeos.
─Nadaba con ellos y en la orilla conversaban. Señor Serrney, los pescadores afirman que los lobos de mar se aproximaban para escuchar las charlas. Al día siguiente la caleta amanecía más iluminada, el mar transparente y las chalanas retornaban con las redes llenas de pescados…
─Algo había escuchado pero no tenía la confirmación. Esteban, ¿usted se enteró cómo murió?
─ Yo era un adolescente cuando mi padre desapareció en el mar de Pimentel. Lo sé por mi madre, hermanos mayores y Fortunato, su compadre. Ambos se proclamaban los dueños de esas aguas y competían para acaparar la atención. Mi padrino fue el primero que inició esta leyenda, una de las tantas que dan colorido al norte peruano. Aunque era unos años mayor que mi padre, mi viejo sabía más del mar y sus secretos. Por otro lado, mi padre acabó la primaria completa y Fortunato era analfabeto. No sabía agarrar un lápiz, pero sus manos maravillosas armaban anzuelos y cocían redes como ninguno. El único papel que cogía era el periódico para imaginar las caricaturas. En fin, mi padrino era muy hábil manualmente y mi padre sabía de memoria las fases lunares y se orientaba por las estrellas. No interesaba si la noche era negra absoluta. Mi viejo, con solo escuchar el oleaje golpeando el bote, sabía exactamente en qué lugar se hallaba y seguía la ruta correcta para encontrar el cardumen.
─ Cuando estuve en Puerto Eten uno de los pobladores más ancianos me confesó que tu padre había amenazado de muerte a su compadre por un lío de faldas…
─Efectivamente, don Jorge, la falda en disputa fue la de mi madre. Mi padre siempre creyó que yo era hijo de Fortunato. No sé de dónde imaginó tal barbaridad y, para colmo de males, lo hizo mi padrino. ¿Puede usted entenderlo?
─Lo intento. Al fin y al cabo superaron esa sospecha y la vida siguió como si nada, supongo…
─Es posible. En cierta ocasión mi madre me asustó al decirme que en una noche de luna llena un bufeo había confesado la verdad a mi padre. Contó que la vio revolcándose con Fortunato en la arena. Mi padre, lo confirmó mi madre, casi se volvió loco y no dijo nada a nadie. Solo la increpó y ella lo botó de la casa diciendo que estaba alucinando, que era el colmo que le creyera a los bufeos cuando son los animales más mentirosos que existen y que era mejor confiar en los lobos marinos.
Anochecía en Pimentel y el invierno castigaba con rigor. El malecón lucía solitario y el señor Serrney y yo éramos los únicos que caminábamos por él. Antes de despedirnos me dijo:
─Esteban, aún no me ha contado cómo murió su padre…
─ Lo que sé es que una noche de julio desapareció con Fortunato. Esperamos durante siete días que el mar varara los cadáveres. Fortunato fue hallado a la deriva, medio muerto de frío, hablando como poseído. Decía que un lobo marino había hecho naufragar el bote y que los bufeos se llevaron a mi padre. Fue perdiendo la razón y, de un momento a otro, nunca más habló. Los alimentos que le llevaban terminaban pudriéndose o comidos por las gaviotas y pelícanos. Finalmente, sin emitir quejido de dolor o derramar una lágrima, empezó a ser mordido por los cangrejos. Sus ojos miraban el horizonte, perdidos en lontananza, descifrando el vuelo de las aves. Tiritaba con la humedad de la noche o se sofocaba con el sol. Abandonado en la mecedora la piel terminó de arrugarse. Esperaba la llegada de su compadre para aclarar el malentendido que les había atormentado los últimos años de vida. Murió de tristeza ante la mirada atónita y compasiva de los vecinos…

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