JUAN RAMON

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JUAN RAMON
Juan Ramón del Piélago y Casafranca, amigo de muchos años de tertulia, bohemia y papas rellenas en el Cordano, butifarras de jamón serrano en el Queirolo y chifas de la calle Capón, disfruta sin prisa la pensión de jubilado estatal. Frisando los setenta años, culto como pocos, escritor autodidacta, corrector de pasquines por afición y ojo crítico de carteles publicitarios, era capaz de encontrar el error gramatical más sutil así como la sintaxis equivocada en un escrito aparentemente bien redactado. Eterno participante en concurso de cuentos y poesías, nunca alcanzó una mención honrosa y menos una final. A insistencia suya leí sus obras presentadas y, en honor a la verdad, puedo decir que fueron dignas de competir. Sin embargo, la opinión de los jurados calificadores fue diametralmente opuesta a la mía. Tanto él como yo no entendíamos el porqué de sus intentos fallidos. Gran parte de su existencia transcurrió por los clásicos griegos y romanos y se perdió con deleite en la literatura francesa, española y alemana de los tres últimos siglos. Sabía de memoria muchos poemas y recitaba en inglés antiguo a Shakespeare. Las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma eran su terreno predilecto y siempre citaba alguna a manera de ejemplo para desenredar una situación confusa de la vida diaria. Los autores contemporáneos tampoco escaparon al prodigio de su memoria y sabía exactamente a qué autor del boom latinoamericano pertenecía tal o cual frase.
La ceguera galopante lo limitó severamente en la lectura y hoy dedica el tiempo libre a resolver pupiletras, sudokus y a repasar sus poesías de amor favoritas. La mayor de sus nietas le obsequió una tablet para que escuchara audiolibros, alegrándole la vida y haciéndole más llevadera la viudez. Retirado a sus cuarteles de invierno, se dedica a reforzar las tareas escolares de Toñito y le inventa historias de dragones y castillos para que el niño duerma pacíficamente y sin esfuerzo.
Como todas las noches de los viernes, se alista para ir a comer los chunchulines con choclo sancochado que tanto le gustan. Ajusta perfectamente la plancha de dientes postizos, se perfuma con Acqua Velva y va en busca del nieto.
Los espero en uno de los puestos de anticucheras del Estadio Nacional para conocer al niño, de quien me ha hablado maravillas. Los diviso a lo lejos, caminando lentamente. Juan Ramón lleva a Toñito de la mano y con la otra se apoya en un bastón con mango de plata. Viste su clásico terno plomo con chaleco y leontina, el pañuelo de bolsillo resalta nítidamente y el nudo Windsor que ajusta la corbata encaja perfectamente en el cuello almidonado de la camisa blanca. Nos saludamos con un abrazo cariñoso y Toñito me extiende la mano derecha.
─Jorge, pongámonos al costado de la parrilla, detrás de la dirección del viento.
Entiendo la sugerencia para evitar que el humo pueda impregnar su traje. Señalo la mesa reservada, concesión especial que me hizo doña Felicia por ser asiduo comensal. Usualmente los potajes se sirven y consumen de pie, pero Juan Ramón merece un trato especial y yo se lo estoy dando.
─Mucho gusto de conocerte, Toñito. Tu abuelito me ha contado que eres el goleador del salón.
Asiente con la cabeza y noto que sus ojos pícaros me preguntan sobre mi equipo favorito.
─Yo soy hincha del mejor equipo del fútbol peruano y ¿tú?
─Yo también, este año campeonamos.
Hacemos una pausa para acomodarnos mejor en la mesa y mi amigo toma la palabra:
─Toñito, muéstrale al señor Serrney lo que ganaste en el colegio.
De uno de los bolsillos del pantalón, el niño saca una hoja de papel doblada y me la entrega sonriendo. Antes de desdoblarla, Juan Ramón me advierte:
─Es una fotocopia, el diploma original está enmarcado y lo tengo adornando la pared de mi cuarto.
El documento da fe del premio que Toñito ganó en el Concurso Literario de Primaria del Colegio Héroes de Tarapacá, en el rubro de cuento infantil.
Observo que los ojos de mi gran amigo se aguan de emoción. Toñito explica que el cuento que escribió lo hizo con ayuda de su abuelito. Una de las bases del concurso lo permitía. Finalmente, Juan Ramón consiguió lo que tanto persiguió en la vida. De la mano de su nieto de ocho años logró demostrar la injusticia que siempre cometieron con él. Antes de despedirnos me entrega un sobre, solicitándome leyera su contenido en la tranquilidad de mi casa…
Es el cuento ganador. Los ojos de niño eterno de mi querido amigo llevaron a su nieto por los caminos infantiles, puros y tiernos de los párrafos escritos. El cuento traslucía la fortaleza del campo de papas, asolado por el crudo invierno de la imaginación inocente de Toñito. A través de la mirada clara y transparente del niño, Juan Ramón plasmó la obra maestra en el ocaso de su inspiración.

MOSQUERUTA

MOSQUERUTA

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MOSQUERTITA
Anoche me desvelé pensando en el cuento final. Tengo varias ideas pero aún no decido. Lo escrito hasta el momento, de acuerdo a lo solicitado por mi editor, ha abarcado mucha miseria humana: los desencuentros tormentosos, desamores sin explicaciones, asesinatos indescifrables, robos casi perfectos, secuestros abusivos y las intrigas estudiadas, violaciones inconfesadas y estafas de cuello blanco desfilaron por las páginas atormentadas de mi manuscrito. Sufrí lo indecible para hacerlos realidad. Maquiné intencionalmente los finales trágicos e impensados y dejé a la imaginación del lector la conclusión definitiva; una especie de gimnasia mental para llevarlo al derrotero que mejor prefiera, aunque se frustre, no comprenda o me odie. Caminé por los hilos invisibles del alma, fui intruso en los corazones descontrolados y jugué sin temor con la mente de los protagonistas. Sentí pena por algún personaje, me enamoré de una de las víctimas y angustié por el dolor que le di a uno.
Tarea difícil y complicada crear el último cuento. Frente a mí la página en blanco: el tormento diario y previsible, la odisea engañosa de la creación, la ansiedad invisible de la redacción correcta, la vorágine inquisitoria de la corrección, Escribir en ella el ducto maquiavélico y conductor que entrelace protagonistas, situaciones, lugares, historias pasadas y futuros inciertos. Qué trabajo decidir el carácter, personalidad, costumbres, manías, detalles específicos que caracterizarán e identificarán, poner nombres y apellidos, rasgos distintivos, relaciones personales, trampas del camino, salidas de laberintos, pesadillas y amaneceres.
A mi mente vienen historias de bares baratos, relatos contados de burdeles, pasadizos elegantes en centros comerciales, tiendas de ropa y perfumes franceses, estadios de fútbol con barras asesinas, pescadores de caletas y malecones comidos por el mar, perros adorables y furiosos, lustrabotas, mujeres insatisfechas, hombres sinvergüenzas, huérfanos del terrorismo, profesores universitarios, almuerzos de carretilla y prisiones ajenas. En fin, todavía hay mucha tela para cortar y no consigo enderezar la trama ni el desenlace. Una taza de café cargado con el primer cigarrillo matutino pueden ayudarme a despejar las dudas. Inicio la tarea.
Escribo las primeras líneas, las leo, las borro. No me cuadra el primer personaje e intento con otro. Parece que camina mejor pero me tranco al no coincidir con el lugar escogido y no concordar con el aire oscuro de su vida. Desecho el segundo intento. ¿Qué me pasa? Usualmente con las ideas en la memoria escribo sin dificultad; la sazón y aderezo fluyen a medida que las circunstancias se dan. Luego corrijo y corrijo hasta que la criatura nace. En este caso, van dos abortos y ni visos de gestación en el horizonte.
─Suele suceder, Mosquerita. Uno termina como limón de emolientero.
─Los que sufrimos con este oficio lo sabemos. Supongo que tampoco eres la excepción, ¿me equivoco?
─En absoluto, Mosquerita…
Recuerdo las conversaciones con Serrney cuando me servía de paño de lágrimas mientras me recuperaba del surmenage que me dio al trabajar en la revista de letras de la facultad. Siempre me decía que lo peor era sentarse a escribir sin haber dormido bien la noche anterior. Sostenía que los demonios del inconsciente tienen que estar apaciguados, guardados y liberarlos luego de ocho horas de sueño profundo. Sin Diazepam y tapado por una frazada con orejas para el frío o tocando la piel tibia de una mujer en las noches calurosas, decía cagándose de risa.
Serrney, para ti es muy fácil decirlo, pero ¿cuándo has escrito algo realmente bueno? Nunca que yo sepa. Soy un escritor exitoso, tengo en mi haber dos premios literarios y tres novelas publicadas. Además, sé que lees mi columna semanal del diario. ¡No me vengas con idioteces, por favor!
Tengo que serenarme. Es las diez de la mañana y voy por el segundo café, cuatro cigarrillos y dos tazas de toronjil con valeriana. La pantalla de la computadora en blanco me hace sudar copiosamente y siento que una mano me oprime la garganta. Empiezo a marearme y a dar vueltas sobre la silla. No puedo respirar bien, me levanto y camino por la habitación. Saco la cabeza por la ventana para tomar aire fresco. Estoy entrando en pánico. Debo relajarme, es cuestión de minutos y no quiero tomar la medicina que guardo en el velador. Recupero la calma lentamente y voy presuroso al baño a liberar la tensión. Las heces salen expelidas, nauseabundas, sonando a cuetones. Qué alivio, gracias, Señor. El maldito colon irritable siempre me hace una de estas cagadas; felizmente estoy en casa y dispongo de mis comodidades, no como la vez que me sorprendió en la presentación del libro del papanatas de Rengifo. Tuve que salir frunciendo el culo y estuve a punto de no elogiar su obra de porquería.
─Mosquerita, cuida tu salud ─me decías, desgraciado ─. No tienes ni cuarenta años y eres hipertenso y has entrado dos veces a la clínica para descartarte pre infarto.
Tengo presente tus advertencias, Jorge. ¿Acaso no sufres de algo? Maldita sea, fumas como chino en quiebra y ni una miserable tosecita. Me sacas pica con que subes a más de cinco mil metros de altura y ni taquicardia te da. ¿Por qué estoy haciendo hígado? ¿Qué culpa tiene Serrney que yo no pueda escribir? No quiero hacerlo pero voy a tener que llamarlo. Ojalá lo encuentre y no esté fuera de Lima o contándole una de sus historias extravagantes a alguna mujer para llevarla a la cama. Necesito conversar con él para que solucione el laberinto en el que estoy metido. No quiero reconocerlo pero es más práctico que yo en este tipo de encrucijadas. Siempre me ha dicho que escribe por pura diversión, una especie de terapia mental. Jamás publicará nada, todo es para consumo interno y que está esperando a alguien especial que lo lea. Ojalá, blue eyes, encuentres a la persona que te soporte, sea caritativa contigo y te ame a pesar de las pavadas que escribes. No es un profesional de las letras, pero el maldito se las sabe todas. Ya lo estoy escuchando:
─Mira, Mosquerita, la cosa es bien fácil: bebe un par de rones bien cargados, espera unos minutos a que hagan efecto y vas a ver cómo regresas a este planeta. Te faltará faltar papel para escribir. Hazme caso, yo sé lo que te digo…
Te odio Serrney y te necesito. Nunca te lo he dicho, y me jode aceptarlo, pero creo que te amo. Ojalá tuviera tu conchudez y esos lindos ojos azules. Nunca saldré del closet porque mataría a mi madre. Me atragantaré con este sentimiento antes de confesarlo. Ahora voy a llamarte por teléfono, contesta, te lo ruego…

DON PABLO

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DON PABLO
La última vez que vi a don Pablo fue hace poco más de un año. Me comentó que su juego de dominó había desaparecido. Acostumbraba guardarlo en el cajón del velador, encima de las postales que sus hijos le enviaban desde diferentes partes del mundo. Furioso inculpó al personal de limpieza del hogar geriátrico y quiso denunciar al turno de noche. Fue necesario sedarlo de urgencia para evitarle una crisis hipertensiva.
Aquella vez lo encontré medio dormido en el sillón del jardín, achicharrándose con el sol de la tarde y sudando como caballo. Me comentó, con la lengua medio adormecida, que estaba harto del sitio en el que estaba recluido. Se quejó de la dieta blanda; protestó porque la televisión la apagaban a las nueve de la noche; requintó al recordar los enemas evacuantes que le ponían dos veces por semana y maldijo en todos los idiomas al recordar que su enfermera favorita, la cómplice de sus caprichos, había sido despedida y ya no estaba para consentirlo.
Gracias a Joaquín, el menor de sus hijos, lo conocí en una parrillada que organizó en su casa de campo. Encontré a uno de los tipos más fantásticos que se pudo cruzar en mi camino. Don Pablo desbordaba vida en cada costillar que colocaba sobre las brasas, con el hueso asentado en el fierro y la carne de cara al cielo para que se cocinara lentamente, milimétricamente. Se divertía persiguiéndonos para hacernos probar el bife angosto término medio que acababa de sacar o el asado de tira macerado en salmuera. El entrecote de cerdo marinado con romero, salvia y orégano se rendía ante su ojo experimentado. Conversaba con los chorizos, morcillas, longanizas y salchichas mientras se engreía generosamente con los tintos de la Ribera del Duero. Preparaba el chimichurri y la salsa de rocoto mejor que ninguno y se jactaba que podía prender la parrilla aunque lloviera. Perfumaba el carbón con hojas de eucalipto y aserrín misterioso que conseguía en Paraguay.
Trabamos amistad y se ofreció a enseñarme a jugar dominó. Me sumergió en el alucinante mundo en blanco y negro de las fichas rectangulares. Jugábamos una vez por semana en su astillero en el puerto. Me esperaba siempre con un vino blanco italiano diferente y a las dos de la tarde hacíamos un alto para comer los platos marinos ordenados por teléfono.
Mis diversas ocupaciones me alejaron de don Pablo y extrañé las partidas de dominó y las charlas en las que nos enfrascábamos. Hombre de mundo, viajero impenitente, conocedor de la vida, sibarita, lector de filosofía, constructor de barcos, amante esposo, abnegado padre y amigo verdadero, vio la luz de su desgracia a los ochenta años,
El derrame cerebral le dejó la pierna derecha medio paralizada y lo condenó a usar pañales descartables y ser invadido por una sonda vesical. Para colmo de su desgracia se fracturó la cadera derecha al caerse de la bicicleta de rehabilitación. Fue operado y le colocaron una prótesis metálica de reemplazo y terminó de arruinarse la vida al ser extraditado a la silla de ruedas No perdió el espíritu guerrero y sacó provecho a la situación. Hacía carreras alrededor de la piscina con su amigo Vicente y en una de esas aventuras calculó mal la vuelta, cayó al agua y por poco se ahogó. Superó la neumonía y quedó obligsdo a dormir con una bigotera que le suministraba oxígeno. Lo único que lo deprimió fue la desaparición del juego de dominó de marfil que una de sus hijas le trajo de África.
Me he tomado el atrevimiento de comprarle un juego sencillo de dominó y llevarle escondidas unas alitas de pollo al sillau. Correré el riesgo de producirle algún desarreglo intestinal pero no viene al caso. Estoy seguro que le sabrán a gloria y no extrañará los caldos de verduras y carnes sancochadas.
Me anuncio en recepción y una auxiliar me acompaña hasta su habitación. Toco la puerta y no escucho respuesta. Giro la perilla y discretamente asomo la cabeza. Don Pablo está semi sentado en la cama, amarrado para no caerse, con un frasco de suero conectado al dorso de la mano y una sonda insertada en una fosa nasal. Al lado de la cama, por debajo de la colcha, asoma la bolsa urinaria. Tiene un monitor cardiaco colocado al pecho y a su costado la mascarilla para nebulizarlo cuelga del balón de oxígeno. Sobre la mesita de noche descansa una tablilla con las indicaciones. Me sorprendo con la cantidad de medicinas que recibe. Ingresa una enfermera con la jeringa de antibióticos para combatir la infección de sus escaras. La aplica, acomoda la almohada y se retira.
─No entiende ni dice nada ─afirma antes de cerrar la puerta.
Me acerco hacia mi entrañable amigo. Tomo su mano libre, le acaricio los cabellos y muestro la caja del dominó. Balbucea algo. Acerco mi oído a sus labios y logro entender:
─Te esperaba, muchachón…
Una lágrima rueda despacio por su mejilla, me dirige la mirada contenta y el brillo mustio de sus ojos me da a entender que pronto armaremos alboroto con el traqueteo de las fichas. En ese instante sé que don Pablo se alista para buscar a la mujer que desde hace cuatro años lo espera para comer parrillas y beber vino…

EL HUANGANA

EL HUANGANA

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EL HUANGANA

El paso cansino y despreocupado siempre fue la característica del Huangana. De niño miró pasar la vida frente a sus narices sin importarle si llovía, tronaba o el sol quemaba. Enfrascado en su propio mundo, los vecinos pensaron que era idiota o las culebras lo habían embrujado. Su madre se desinteresó de él cuando pasó una semana sin probar alimento. Llegó a la conclusión que moriría de hambre, estupidez o sobreviviría a su libre albedrío. El tiempo le dio la razón y el pequeño Huangana creció sano y fuerte hasta convertirse en el escuálido adolescente que concluyó la primaria. Al no tener vocación para nada, se dedicó a explorar el monte, desaparecer días enteros y regresar más alegre que nunca. Encandilaba a los paisanos contándoles que las sirenas de los estanques eran sus novias, que nadaba con los delfines blancos y que las mordeduras de shushupe solo le hacían cosquillas. En una esquina del poblado montó una pequeña cabaña a la que acudían enfermos y desesperados de amor.
A bordo de una piragua navegaba los ríos y se adentraba en la selva para recolectar raíces, cortezas y hierbas. Con lo obtenido preparaba pócimas, emplastos y sahumerios para diagnosticar y curar las demandas de sus clientes. La fama y dinero conseguidos con las curaciones extraordinarias a vecinos y pobladores de caseríos cercanos, le permitió adquirir un bote con motor fuera de borda. Cuando su cabaña, a orillas de uno de los brazos del Amazonas, fue arrasada por la crecida, no salió corriendo. Prefirió flotar agarrado de un madero y terminó bastante lejos. Regresó tranquilamente a ver lo que había ocurrido. Ese fue el instante en que decidió largarse a Iquitos.
Llegó al amanecer y, gracias al agradecimiento de un cliente curado, abarloó el bote a uno de los muelles flotantes de Belén. Con el paso de los días alquiló una modesta casa flotante sobre pilotes de madera. Instalado con cierta precariedad estableció el negocio que le daría de comer, adquirir prestigio y muchos encuentros amorosos con brasileñas y colombianas que, antes de ejercer la prostitución en los burdeles locales, lo visitaban para saber lo que el futuro les depararía.
El Huangana logró ser una celebridad. Atrás quedó el pasado de niño fronterizo que etiquetó sus primeros años de vida para dar paso al hombre ataviado de camisas multicolores, collares de cuentas y piedras de río, relojes de oro y hablar fluido, dicharachero, convincente. La universidad de la calle lo transformó en psicólogo del alma y, sobre todo, encantador de serpientes, vendedor de humo y magnífico oyente. La maestría de la vida le enseñó a descifrar, con intuición y mañosería, los problemas sencillos y elementales de sus pacientes. Sin título universitario alcanzó el doctorado en las ciénagas y recodos de los riachuelos, entre los árboles frondosos y gigantes, en el canto de las aves, en el nado sincronizado de los paiches y en el ácido sabor del aguaje.
Las noches de luna y los parajes indómitos le sirvieron para esclarecer la tristeza y los amaneceres al borde de los cauces le enseñaron las corrientes de la existencia humana. La palizada violenta que azotaba las riberas y hacía naufragar a las canoas, le demostró que el recorrido de las personas era susceptible de ser entendido y explicado. La magia de los relámpagos al iluminar el cielo lluvioso le sirvió para adquirir la sensibilidad necesaria y, en vez de asustarlo, le advertía que la lluvia de los corazones se podía secar con palabras amables y dichas en el momento oportuno.
Conocí al Huangana en una de mis visitas a Iquitos. Tuvo la osadía de leerme el futuro y se equivocó de cabo a rabo. Ese traspié no lo desacreditó sino sirvió para afianzar nuestra amistad. Cada vez que podíamos nos encontrábamos en el malecón para luego ir a tomar chuchuhuasi. La naturalidad casi salvaje que esgrimía en su charla no dejaba de sorprenderme y me causaba gracia la forma simple de ver las ocurrencias básicas del día y las soluciones prácticas y nada elaboradas que les daba. El Huangana era un doctor de las avenidas, caminos polvorientos y correntadas de aguas turbias. El análisis sencillo, rayando lo infantil, que hacía de los hechos era la clave de su éxito. No se andaba por las ramas, no elucubraba ni se perdía en lo etéreo. La simpleza de su ser era todo lo que requería para caer bien y convencer a la gente.
─Buen día, maestro Serrney─. El Huangana levantó su esmirriado cuerpo de la silla que ocupa en una de las heladerías de la plaza de armas y choca sus cinco dedos con los míos para luego cerrarlos en puño y simular un golpe suave.
─Huangana, ¿qué saludo es ese?
─Saludo moderno, maestro, ¿acaso no ha visto cómo se saludan los chicos de hoy?
Por supuesto que lo sabía y esos eran los gestos con los que el Huangana me asombraba al vernos ocasionalmente. Una fiel demostración del corazón blanco de ese buen hombre. Hablador, pitoniso, brujo, chamán y nunca embaucador ni estafador porque lo que hacía le salía de adentro, aquello que aprendió en la inocencia agreste de la jungla.

JEROME WHITEHEAD

JEROME WHITEHEAD

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JEROME WHITEHEAD
Antes que Jerome Whitehead desapareciera de este mundo, corrió la voz que los vientos jamaiquinos lo habían rescatado, llevándoselo una madrugada hacia donde nadie sabía. Atribuyeron su muerte a la adicción a la hierba colombiana, hongos alucinógenos y cocaína. Nadie sospechó que un par de sicarios lo achicharraron vivo en un ajuste de cuentas por no pagar deudas e infringir el código de los traficantes citadinos. Cuando el fiscal de turno ordenó el levantamiento de su cuerpo, solo recogieron pedazos de carne chamuscada y lo identificaron por el par de dientes de oro que adornaba su dentadura y porque una paisana reconoció en su tobillo derecho el tatuaje de una isla. Fue remitido a la morgue para la autopsia de ley y al no ser reclamado, enterraron lo poco que de él quedó.
Se habituó a armar encerronas en el cuarto miserable donde recogía sus huesos para dormir. Los interminables días de drogas, alcohol y sexo promiscuo con adictas que cambiaban la piel por momentos de alucinaciones le alteraron el juicio tropical y nunca imaginó que el brazo largo del narcotráfico limeño lo alcanzaría para ponerlo en su sitio.
Cuando cantaba las canciones de Bob Marley en su pueblo nativo, donde la costa de arenas blancas se moja con el mar cristalino del Caribe, alguien vio su potencial y lo convenció de abandonar las playas, el agua de coco y las morenas que morían por su apariencia. Engañado por un falso empresario llegó a Lima dispuesto a convertirse en el rey del reggae nocturno de la calle de las pizzas en Miraflores. Una noche disfruté su performance y al terminar se me acercó para ofrecerme una tarjeta de presentación y animarme a buscarle contratos. Fue el inicio de la amistad que terminó abruptamente cuando la magia negra del vicio le guiño el ojo.
Siempre que podía me daba una vuelta por el local donde actuaba y lo esperaba para invitarle un sangúche de lechón con salsa de cebolla y un par de cervezas. Aprovechaba para disfrutar sus ocurrencias típicas. En su media lengua, mezcla de jerga peruana e inglés hablado entre dientes, nos reíamos abiertamente al contarme que era capaz de ver respirar a los cocoteros, visualizar las notas musicales en el horizonte y escuchar el sonido estereofónico de las olas. La seriedad a veces lo asaltaba y la melancolía lo golpeaba con rudeza. Me hablaba del pica pica de los zancudos y de una hermosa jamaiquina llamada Georgette, a la que había dejado embarazada por confiar en Mr. Bermúdez, el empresario que le pintó pajaritos en el aire y le fregó la vida. Jerome vendió lo poco que tenía para afrontar el capital inicial del proyecto. No bien pisó Lima descubrió el engaño y tuvo que recursearse con su guitarra y facha estrafalaria. Ingresó al mundo de los músicos callejeros, deambuló sin éxito hasta que las calles y plazas barranquinas notaron su talento. Casi sin uñas que comerse, un alma caritativa le ofreció el estelar de un pequeño local en Miraflores. Fue el salvavidas milagroso que evitó se ahogara pero no le impidió entrar al mundo sin retorno de las drogas y malas compañías.
Cuando anochecía en su Jamaica adorada, y luego de fumar marihuana, Jerome Whitehead acostumbraba untarse el cuerpo desnudo con ron agrícola de la Martinica. Llevaba su mecedora a la orilla de la playa y esperaba que los primeros zancudos lo picaran, en ese instante sabía que estaba listo para ir a dormir. Se enjuagaba en las tibias aguas de su mar bendito, recogía la mecedora y se acostaba para caer en el sueño profundo donde sus ronquidos competían con la tormenta tropical para ver quién descuajeringaba las palmas de la cabaña. Al día siguiente estaba presto para romperle las caderas a su Georgette e iniciar la jornada de taxista en su carro viejo.
─Mr. Serrney, lo que te voy a contar casi nadie lo sabe ─me dijo una noche.
Acostumbrado a sus exageraciones, poco me sorprendía lo que pudiera decirme.
─Bob Marley una vez me dio la mano y no la lavé en tres días.
Así era Jerome Whitehead. No sé si fue un alienígena de carne y hueso o un ser puro, honesto y algo estrambótico. Su sencillez era tan grande como los enormes drets que le alcanzaban las rodillas y que más de una vez se enredaron en ellas, En una ocasión se le atascaron en la puerta del Ford y casi se desnucó al poner el motor en marcha.
Jerome, con seguridad tienes merecido el fuego purificador que un par de desalmados te infringió, pero tus errores no le quitan al anochecer de tu vida la bohemia de tu destino escrito en estas tierras. Mucho menos descuelga la hamaca en que nos mecías rítmicamente en las noches de bares. Te inspirabas para cantarle a capella a tu Georgette y yo me veía obligado a quitarte la boina rastafari y exigir la franciscana propina bien merecida. Apuesto doble contra sencillo que en el cielo de los rastas haces dúo con tu maestro y entre nubes de hachís le cantas a la dama caribeña que nunca va a ver tu regreso…

So, woman, no cry
No, no, woman, woman, no cry
Woman, little sister, don’t shed no tears
No, woman, no cry

El lamento de tu vibra ahumada por el incienso de tus amanecidas, buen Jerome, incomprendido y estafado, recala en el océano lejano, más allá de mis tierras, las tuyas, quisiera mías, perdidas en los caminos de los rones que nunca nos tomamos. En aquellas donde piratas, corsarios, filibusteros y bucaneros echaron raíces para fundar ese paraíso apellidado Bacardí.
En donde quiera que estés, limón, hielo y Coca Cola. Ten paciencia y espérame. Demoraré bastante en llegar pero lo haré, mientras tanto llora por Georgette mientras yo amo a mi mujer…

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