50 SOMBRAS DE VARGAS

50 SOMBRAS DE VARGAS

5.00 Promedio (94% Puntuación) - 1 voto

Bajo el zaguán un cuchillo ensangrentado. A dos metros, Revancha Vargas, el hombre más cansino de todo el condado de Miramonte, yacía muerto sin posibilidad de regresar a la tierra de los vivos.

Unas horas atrás nuestro protagonista tomaba cerveza plácidamente en la plaza del pueblo. Había puesto sus ojos en una mujer, “Lola Puñales”, la chica más sexy y temperamental que ha conocido la tierra.

Mujer de armas tomar. No había hombre que le durara dos asaltos.

Sin embargo, Revancha, tenía todos los ingredientes necesarios para hacerla feliz. Hacía meses que se venían fijando el uno en el otro, jugando con las miradas y con ese contoneillo de caderas que Lola tenía tan ensayado.

Aquella mañana estuvieron hablando, seduciéndose mutuamente. Ella le contó, que ahora leía mucho. Se había propuesto convertirse en una chica de finos modales. Necesitaba dejar atrás esa tosca brusquedad que la caracterizaba. Llegó incluso a explicarle que mataría por participar en desafiosliterarios.com el concurso de moda, que iba de boca en boca.

Él estaba fascinado con todo lo que ella le contaba, pero si hubo algo que impactó a nuestro Vargas, fue la confesión sin precedentes que Lola le hizo.

— Querido Vargas, he leído ¡la saga completa de Grey! -dijo ella con una sonrisa picarona.

—¡Ay, No! me mataste con eso, Lola, -le contestó el galán recalentado, tras la confesión.

—Mira Revancha, no soy mujer de andarme por las ramas, así que te diré justamente lo que quiero y como lo quiero. Hagamos realidad una por una las escenas del libro. Siento que estoy evolucionando como los pokemon, ya no soy la misma chiquilla que mataba gorriones con la escopeta de perdigones, ahora quiero saber que se siente manejando un cañón. Vargas, no sé si me entiendes y si tendrás lo que yo necesito.

Nuestro macho dio un paso al frente, había captado perfectamente lo que ella le pedía. No era tonto y le tenía las mismas ganas que los churros al chocolate, así que dijo:

—Sí, Lola hagámoslo, espérame en tu casa, ya tu vas a ver que un Grey no tiene nada que hacer frente a un Vargas.

Por el camino, Vargas  recordó la conversación, y no pudo evitar empezar a asustarse. Sintió mareos, escalofríos. Es que Lola, era mucha mujer. Hasta él habían llegado rumores muy inquietantes, al parecer se decía  que había acabado con la vida de alguno de sus amantes, enterrándolos después  en el jardín junto al granero y el corral.

El miedo comenzó a apoderarse de él, de camino a casa fue imaginando cosas terribles. ¿Y si no daba la talla? ¿Y si Lola se quedaba a medias y presa de la ira le asestaba un machetazo? El miedo le hizo temblar desde los pies al flequillo.

Lola en cambio, se encontraba muy relajada y sintió hambre. Siempre le pasaba antes de sus citas amorosas. Así que, sin pensarlo dos veces, agarró el cuchillo de cocina y fue hasta el corral. Escogió un pollo para la cena y con arte y precisión le dio matarile. La sangre del animal caía a borbotones, se puso perdida toda la ropa. Cuchillo en mano se dispuso a entrar en casa, pero al pasar, tiró la pala del jardín que estaba apontocada en la pared, la recogió manchandola inevitablemente de sangre.

Al levantar la mirada comprobó con agrado que su adonis venia llegando.

La escena que Revancha Vargas presenció, nada tenía que ver con la realidad, para él aquella imagen quedaba muy lejos de ser agradable y placentera. Sintió un rayo helado atravesándole el corazón. Él no vio a una mujer enamorada preparando la cena, él se sintió testigo de que sus peores temores se estaban haciendo realidad.

Lola de pie ensangrentada, con pala y cuchillo en mano, le saludaba desde el zaguán. Iluminando la escena con una sonrisa tan amplia y ancha como sus caderas.

Nuestro achicado amante cayó fulminado al suelo.

Un ataque al corazón le dio el pasaporte hasta el otro lado. Y es que a Vargas no le quedó más remedio que morirse ante semejante mujer. Lola Puñales ¡Qué mujer!

  • Si conoces a alguna “Lola Puñales” etiquétala y le regalas el texto.

5.00 Promedio (94% Puntuación) - 1 voto
CINÉFILOS, por Juan Mantero, 385 palabras

CINÉFILOS, por Juan Mantero, 385 palabras

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Estaba ya quemado y tiré de mis amigos. Al fin y al cabo éramos unos niñatos. A los 16 años casi todo el mundo tiene cosas de qué avergonzarse, muchas, y yo prefería poder envanecerme de algo. Me gustaba escribir y a las pibitas les gustaba lo que escribía, pero el panoli aquel me pisaba todos los certámenes, parecía que compraba jurados, en el colegio, en el instituto… En fin, decidimos darle un pequeño susto para que se borrara del siguiente; al fin y al cabo, yo habría matado por colaborar en Desafiosliterarios.com; de hecho, a punto estuve de matar; casi se nos va de las manos.
Le pillamos entre los cinco a la salida de clase. No se resistió a tomar un café gratis con nosotros cuando le dijimos que necesitábamos ayuda con el trabajo de literatura; de hecho, era un chulito. Hasta le invitamos a una copa. Eran los ochenta; conocíamos a los camareros, bebíamos siendo menores, bebíamos y mucho.
Entre engaño y engaño le engatusamos –qué precioso verbo, engatusar-. Fuimos al garaje de Álvaro. Lo teníamos todo preparado, acabábamos de ver “Reservoir Dogs”; empezamos con tonterías varias; sólo nos faltaba ponernos los nombres de los colores. Más alcohol, dos porritos…; él estaba en su salsa, pontificando. Yo le admiraba, podía jurarlo obre la misma Biblia, y le envidiaba; necesitaba que no presentara ningún escrito al certamen. No hubiera soportado que me ganara de nuevo, cualquiera menos él.. Entre risas y juegos le atamos a la silla. La gasolina era cara y le echamos por encima dos botellas de coñac barato mientras encendíamos los mecheros; incluso pusimos música, no recuerdo el tema. No íbamos a quemarle, por Dios, pero queríamos que se acojonara. No había manera, había visto la película, seguía el guión. Me crecí, no me valía baile y cuchillo y agarré una radial del padre de Álvaro, la conecté y fui hacia su oreja, ciego, dispuesto a rebanársela. Creo que llegué a decirle que Van Gogh era un tipo guapo a pesar de todo. Empecé a notar que su mirada cambiaba, estaba atemorizado cuando menos.
Actué de inmediato. Lo siguiente que recuerdo fue ver sangre a borbotones y escuchar a mis amigos chillar, mientras me sujetaba la mano izquierda. Desde aquel día, todos me llaman “nueve dedos”.

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
Lo que se promete se cumple

Lo que se promete se cumple

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

La sala estaba repleta, a todo llenar por la familia, los amigos cercanos, las amistades lejanas del muerto, incluso los vecinos de la calle donde había tenido su residencia el difunto estaban presentes. El nombre de la casa funeral donde se encontraba alojado, estaba muy distante de identificarse como una casa de pompas fúnebres debido a su nombre en la fachada colgado: “La posada”. Serapio Madaleno, propietario del negocio, del cual muchos asistentes de tan solo pensar que un día habrán de ser huéspedes distinguidos, la piel se les pone china cual gallinas asustadas, había accedido hospedar los días y las horas reglamentarias previstas en la ley que rige en estos casos, a su amigo de casi toda una vida, Tereso Pascual RioValle. A pedido expreso del hoy occiso desde el anuncio de su muerte próxima un año atrás a causa de un cáncer. Tereso, cuyo nombre aborrecía, se hacia llamar Daniel, prohibió a sus familiares ocultaran el tipo de la enfermedad cancerígena que al final lo llevo a la tumba.

– ¡Ahí viene, ahí viene!

Gritó uno de los dolientes con varios tragos de más entre pecho y pecho, olvidando, el amante de las bebidas espirituosas, disminuir el tono de la voz y mucho menos gritar en este recinto mortuorio: “La posada”, la funeraria en la cual descansaba el cuerpo de Tereso o Daniel, por sus amigos llamado, es un lugar para mostrar respeto y solidaridad para los que se van.
Quien entró a la sala era la hermana mayor del finado, María Piadosa. Traía consigo un paquete envuelto en papel regalo, los allí reunidos extrañados, se miraron unos a otros por lo anómalo de la situación, cuando alguien fallece, se llevan flores, no regalos, salvo la madre y los hermanos, el resto desconocía el contenido del envoltorio. A nadie miro mientras acortó la distancia hacia el féretro color azul, color favorito del hermano extinto.

– ¡Déjenla pasar por favor! ¡A un lado! ¿No ven la están estorbando?

María llego al ataúd, a la altura del pecho del hermano, sobre el cristal, acomodó con mucha solicitud, ternura y amor, lo que todo mundo creyó un obsequio. Luego de realizar lo anterior, se dirigió hacia los hermanos y hermanas y por supuesto también, con la matriarca de la familia, recibió de la asistencia, los abrazos y las condolencias por la sensible perdida del ser querido. La conversación al principio matizada por el ambiente sombrío, triste, derivó en una tertulia animada, casi festiva. El dolor, la pena, se amenizó saboreando los diversos antojitos sobre las mesas grandes acompañado de café negro, las damas lo pedían con crema o leche, además lo que nunca falta en los funerales, el licor; brandy, whisky, tequila, si no fuera por el cajón del muerto, uno diría que es una fiesta. Serapio, con anticipación, solicitó “permiso” a las autoridades locales, se hicieran de la vista gorda en este dispendio de generosidad hacia las muestras solidarias en estos momentos aciagos por el que partió a la casa de Dios.
La madre, de nombre Albertina, murmuro algo al oído de una de sus hijas más cerca de ella, entonces dirigiéndose a la concurrencia, preguntó:

– ¿Alguien sabe completo el rosario?

Se alzó una mano diciendo: “Yo mero”. Malena, la de siempre, por lo regular nunca falta a un evento luctuoso, del bolso extrajo un rosario, aclaró la garganta, solemne, inició la secuencia del mismo. Mientras se rezaba, poco a poco las risas menguaron, la charla trivial, el seseo de los borrachos se extinguieron para que la voz gruesa y ronca de Malena la cuarentona, resonara en el amplio salón.

María Piadosa, orgullosa por haber obtenido su primer trabajo después de terminar la escuela primaria, prometió a su hermano Tereso un par de zapatos nuevos en su cumpleaños número quince, ilusionado. Esperó la bendita fecha para estrenar el calzado nuevo prometido, por la pobreza estaba acostumbrado a pasar su día sin ningún festejo, menos recibir regalos. Esta vez sería diferente, su adorada hermanita habría de ser generosa con la promesa del presente, sin embargo, al llegar la fecha, este nunca arribó, la tristeza invadió su alma por el incumplimiento de la susodicha descerebrada, pasaron los meses y lejano era el recuerdo de su cumpleaños, a Tereso le dolió en el alma el olvido, no hizo mención del asunto por muchos años, ella, por razones desconocidas ni se disculpó por tal desacato cruel. Después, pasado mucho tiempo, conversando los dos en una reunión familiar sobre las menudencias típicas del quehacer humano, Tereso, fingiendo enojo pregunta muy serio:

– ¡Ay hermanita que mala eres, han pasado treinta años y algo me debes!

– ¿Qué te debo, tú?

– ¡Mis zapatos!

– ¿Qué zapatos?

– Los de mis quince años. ¿Que no te acuerdas pinche mentirosa?

– ¡Ahhh! Sí, es cierto…

A pesar del recordatorio, y quizá por el empeño de la palabra dada, habría de suponer cumpliría lo prometido al hermano en aquel entonces adolescente, el regalo de su cumple. Pero incumplió la desmemoriada y remisa María Piadosa.

Cuando fue hospitalizado a causa del cáncer, se sono joven caminando por las calles descalzo con un sol inclemente quemándole los pies, despertó y se acuerdó de María Piadosa y su falta de cumplimiento, se propuso ponerla en aprietos dejando un póstumo deseo.
Exigio, rogó entregasen a la hermana una carta manuscrita al momento de su deceso, tendría que cumplir lo expresado en ella, so pena de pagar las graves consecuencias de la fallida promesa.

Al día siguiente, por la mañana, se llevaría a cabo el sepelio, horas antes se llevaría a cabo la misa de cuerpo presente en la iglesia Vida Abundante, cita en el barrio del finado, todo se llevaría de acuerdo a los cánones del rito católico, no obstante, en vida del occiso, este tenía ideas muy particulares sobre el destino final de las almas.
María Piadosa, cumplió puntual el pedido escrito en la misiva.

Después de acabado el rosario, las cosas regresaron a la normalidad; las caras compungidas, cabezas somnolientas, niños llorones que ya quieren irse a casa, señoras comedidas y atentas poniendo en orden los arreglos florales y dando palabras de confort a los deudos, los clásicos tomadores sociales sabelotodos, reviven la ultima conversación en “La posada” que se convirtió en un galimatías de lo más estupendo. No faltan los aduladores de oficio, constructores de altares donde se realzan las virtudes y proezas de los que se han adelantado en el camino que a todos nos toca por caminar, “Daniel” en vida, escuchar los muchos elogios habría de ser el mismísimo santo papa.

Hay que notar en todo momento el cuerpo de Tereso estuvo expuesto a las miradas y comentarios de los asistentes en el cementerio y considerando el gran número de personas atendiendo las honras fúnebres, no era de extrañarse ver sobre la tapa de la caja mitad cristal, mitad madera, el rostro sereno y tranquilo de Tereso, parecía dormir placentero ajeno a los problemas cotidianos del mundo. En la víspera de su fallecimiento, estipuló fuese vestido de manera sencilla; pantalón mezclilla, camisa azul de manga larga, sus manos fueran acomodadas sobre el vientre, en la mano izquierda, sostuviera una copia de la edición: “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, de Pablo Guillen y en la derecha el primer tomo de “Caballo de Troya”, de J.J. Benitez. Encima del cristal descansaba el paquete con el regalo traído por María Piadosa y en el que todos previamente habían comentado la rareza de lo que ocultaba en el interior.

Maria Piadosa, se incorpora de la silla donde esta sentada al lado de los demás familiares , incluida la madre en silla de ruedas, se aproximan al cartapacio, la hermana toma el paquete envuelto en papel regalo y se lo guarda en una mano, con la otra, abre el cajón, se santigua para besar la frente de su hermano fallecido, a todos les llamó la atención los movimientos hechos por la pía María, los presentes, algunos de lejos y otros más cerca, fueron testigos lo que en verdad ocurría.

– ¡Ay, hermanito chulo, tú y tus ocurrencias! Pero no importa, aquí está lo prometido, ahora sí, más vale tarde que nunca y no vaya ser el día de mañana me andes jalando las patas por hacerme la mensa. Te los llevas puestos para que no te espines ni te lastimen las piedritas del camino.

Exiquio, el menor de los hermanos, se encargo de auxiliar a María Piadosa en calzar los pies desnudos de Tereso, levantó una de sus piernas, mientras María Piadosa desenvolvía la caja y sacaba un calcetín primero y luego un zapato, enseguida el hermano introducía en la extremidad inferior ambos artículos, a continuación, la misma operación con la otra. Habiendo terminado, cada uno le dio el beso de despedida al difunto, cerraron el ataúd, fue entonces que se desveló la historia sin contar de los hermanos.

– Lo que se promete se cumple. ¡A como de lugar! Aquí y allá y en todas partes.

Adusto y circunstancioso, Serapio Madaleno, propietario de la funeraria, dictó sentencia.

FIN

Stockton, Ca. USA., 2O de octubre, 2015
Pablo Guillen

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
REVANCHA DE BANDA ANCHA, por Mercedes E.M, 498 palabras.

REVANCHA DE BANDA ANCHA, por Mercedes E.M, 498 palabras.

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Le había sido muy sencillo conocer todos esos pequeños detalles de su vida que iba regando aquí y allá por las redes sociales: los restaurantes que frecuentaba, las escapadas de fin de semana, las fiestas celebrando con copas que brindaban al aire… Toda esa felicidad de escaparate no se le antojaba artificial pero sí artificiosa. ¿Realmente necesitaba esa puesta en escena para sus contactos, la mayoría desconocidos?.
Es cierto que inmediatamente algo en su interior comenzó a revolucionarlo todo. Sin embargo, constatar que no tenía nada que ver con ella en gustos, aficiones o valores, no sirvió para que esa pulsión interna cesara. No se atrevía a llamarlo enamoramiento. Era más bien la fascinación que se siente ante alguien escandalosamente hermosa, extrovertida, con esa capacidad de congregar a las masas que tienen ciertas mujeres sin proponérselo. Él no se consideró jamás un hombre vulgar. Tenía un aspecto corriente es cierto, nada destacable excepto su desmedida afición por la lectura. No tuvo tampoco nunca dificultades para entablar conversación con las mujeres, hasta el día en que ella apareció. Toda su seguridad se esfumaba en cuanto andaba cerca de su escritorio. Al principio se sintió muy bien, halagado por la amabilidad con que le preguntaba por tal o cual informe. Pero pronto se dio cuenta de que era una amabilidad a granel, que repartía a diestro y siniestro con cualquiera que le solucionara algún problema del día a día laboral o que acabara haciendo su trabajo.
Quedarse hasta tarde terminando algún informe que no le correspondía ante la expectativa de un “te debo un café”, no le suponía ningún esfuerzo pero el 1 de marzo abrió los ojos repentinamente. Ese día, una página literaria convocó un concurso. Ni se le pasó por la cabeza no participar. Era estimulante para él compartir sus historias ficticias o reales con otros espíritus inquietos. Cuando ya llevaba unas líneas escritas de lo que sería su participación, ella se acercó taconeando con un dosier en la mano derramando su encanto. Se inclinó junto a él y leyó un momento por encima de su hombro:
– ¿Qué haces Luis? –le dijo fingiendo un interés que no sentía
– Es un cuento. Hace unos días le comenté a un amigo que mataría por colaborar con desafiosliterarios.com y me ha mandado la convocatoria de uno de sus concursos.
– ¿En serio eres uno de esos raritos que se dedica a escribir? ¡Ay Luis!, yo que creí que eras más divertido. ¡Sal a la calle y vive la vida de verdad hombre!. Bueno, te dejo con lo tuyo, ya le preguntaré mi duda a Alfredo.
Un calor intenso, mezcla de rabia y pena por la burla, le subió a la cara al tiempo que notaba que la sangre salía a borbotones de su nariz y manchaba el teclado. En ese momento tuvo claro que su relato tendría una dedicatoria especial y que se encargaría de darle la máxima difusión en el ciberespacio:
“A mi parásito laboral favorito, mi inspiración…”

 

Compartido en los grupos: “Escritores virtuales” y “Red de escritores”.

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
ME PERTENECES por Acacia Gonzalez, 500 palabras

ME PERTENECES por Acacia Gonzalez, 500 palabras

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Se alejó de la computadora, con paso lento, lamentó haberla encendido, no debió de leer el mensaje, tampoco era que dijera mucho, pero significaba que él había regresado. Dos palabras “Me perteneces” con un solo click pudo haberse olvidado de todo, creía haberlo superado. Camino a su cama, se preguntó ¿por qué había sucedido todo? ¿por qué lo permitió?
Comenzó todo cuando sintió que mataría por participar en desafiosliterarios.com, ahí encontró la manera de sacar las imágenes que como en tiovivo daban vueltas en su mente. Tuvo seguidores, uno en particular, opinaba sobre sus relatos, dejaba su huella, la buscó en facebook, se presentó, ella cometió el error de su vida al aceptarlo sin conocerlo, cuando se dio cuenta era tarde, su corazón se lo entregó antes de conocer su rostro.
Se interesó por su vida, detalle a detalle, sus íntimos pensamientos ya no eran únicamente de ella. La aconsejaba, le indicaba que ropa comprar para verla, aunque él se mantenía oculto. Mandaba mensajes preguntando dónde andaba, a qué hora regresaba a casa, incluso la obligó a alejarse de su mejor amiga, la despertarla en la madrugada recordándole que él era su hombre. No supo cuando comenzó a amarlo, menos aun, cuando él se consideró su dueño y ella se lo permitió. Se alejó, por órdenes de él, de todo aquello que la distrajera de su llamado, debía estar disponible y como a le gustaba. Podía pasar días, semanas sin que apareciera; ella sentía morir, se deprimía, incluso por error, tomó una noche más pastillas para dormir de las debidas. Despertó en el hospital con diagnóstico “suicidio involuntario”, sabía que sin él no deseaba vivir. Él regresaba para decirle que era suya, se lo recordaba con palabras dulces, haciéndola sentir la mujer más deseada y hermosa del mundo.
En medio de una larga ausencia ,su amiga tomó la revancha, la llevó a rastras buscando ayuda para su codependencia, Al principio le costó un esfuerzo desmedido salir, consiguió alejarse de las redes sociales, de su casa. Viajó, recorrió mundo, buscándose, reconquistando la mujer que quería creer que aun existía. Volvió al año, sintiéndose libre de aquellas cadenas que una voz la habían sujetado a una computadora, sintiéndose recuperada, fue que ese día, se enfrentó a la última prueba que nadie le pidió, pero sentía se lo debía.
Al llegar a la cama mareada por la impresión de leer esas palabras, sintió como su voluntad se escapaba, lloró hasta desfallecer, al despertar marcó a su amiga diciéndole que la quería y se despidió como cada noche. Abrió el cajón de su buró, sacó las tijeras que guardaba y cortó sus venas…
Al no recibir noticias en todo el día, su amiga no dudó en ir a verla, no le gustó nada el tono de su voz ni sus palabras. Vio encendida la computadora, supo de inmediato que algo andaba mal, y ahí la encontró, con las venas reventadas donde salió a borbotones la sangre por donde se le fue la vida.

 

Compartido en: El Arte es mostrar el alma y Escritores Virtuales y en el propio muro.

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
A %d blogueros les gusta esto: