Relatos con Historia… «Tacos y frijoles con tortilla de patata» de Mª Ángeles Cantalapiedra

Relatos con Historia… «Tacos y frijoles con tortilla de patata» de Mª Ángeles Cantalapiedra

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México D.F., 24 de marzo 2002

  • ¿Pero ¿qué me pides muchacho? No tengo edad para esa locura; soy un anciano de noventa y seis años. Si me subo a un avión, ¿qué crees que hará la presión con mi viejo corazón? No soy el Papa que viaja con toda la corte celestial, sino Cosme Ferrer cuyo pasado es tan lejano que se nubla y a veces se pierde en el tiempo. Ven a la terraza. ¿Ves esa nube sucia en el valle de Anáhuac? Y ahora mira allá lejos, hacia levante; los volcanes nevados con el humeante guerrero Popocatépetl e Iztacihuatl, su mujer dormida. Pues bien, abre los oídos y escúchame: Esta ciudad de contrastes tan marcados, que tiembla más que los flanes que hacía mi madre por los constantes seísmos, el bosque de Chapultepec que me recibe cada mañana de primavera para que pueda pasear a mi querida Guadalupe, son mi presente, mi vida, no quiero más.

-Señor Ferrer, no deseo que me conteste ahora mismo, tómese su tiempo. El viaje sería para septiembre y sería un gran honor para la Fundación Pablo Iglesias contar con su asistencia, el Rey inaugurará las jornadas. Todos los gastos correrán a cargo de la fundación, por eso no se preocupe.

  • ¡Qué testarudo eres, jovencito! Pero me gustas, tienes una mirada franca, una juventud y una ilusión que te rezuman por los poros. ¿Sabes? Durante muchos, muchísimos años sentí en mi corazón el desarraigo, la vejación, pero esas sensaciones terminaron en mil novecientos setenta y ocho cuando el rey Juan Carlos vino a México exclusivamente a abrazar a la viuda de Manuel Azaña; también a mí me saludó y a otros muchos que estaban allí. Si vieras cómo lloraba mi Lupita. ¡Recórcholis qué gran mujer me regaló esta hermosa nación!

-Señor Ferrer, ¿está usted cómodo? ¿Necesita alguna cosa más? Su esposa está sentada a la izquierda ¿La ve? Bien, pues cuando usted desee comenzamos. ¡Ah! Si quiere más agua o se cansa, por favor levante la mano.

Toma I, invierno 1939. Playa de Saint Cyprien

¡Eh miren qué linda plaza, che! Es la de las Tres Culturas, vean cómo bailan los estudiantes a la manera azteca. ¡Ay, perdón! Ya me centro. Los viejos mezclamos el pasado y el presente sin querer. Nos convertimos en niños, nos distraemos con un… copo de nieve.

Aquel invierno del treinta y nueve fue duro de veras; la nieve caía y caía. En los caminos tenía al menos veinte centímetros de grosor, los surcos dejados por algún coche eran nuestra guía. Ingentes columnas de hombres y mujeres con niños desfilaban por tierras cubiertas de un blanco sepulcral. Las madres abrazaban a sus hijos para darles un calor que no tenían. Los ancianos, arrastrando sus escasas pertenencias en hatillos o maletas atadas con cuerdas, caminaban tras los jóvenes. Muchos de ellos se quedaban tirados en la cuneta; ya no sólo era la edad, eran sobre todo aquellos veinte grados bajo cero que helaban un futuro incierto.

Yo era médico, igual que mi padre. Cuando nos obligaron a ir a la estación para ser trasladados a Madrid, mi padre tomó su viejo maletín de trabajo, metió el manual de medicina y me dijo: Cosme despídete de tu madre, no lleves nada, lo necesario ya lo llevo yo.

Fui junto a mi madre; estaba encorvada; me puse de rodillas y metí la cabeza en su cintura; quise oler por última vez el aroma de mi casa. Luego me dio su amuleto, “La estampa del Ángel de la guarda”, impregnada con el sabor de sus labios.

Tuvimos suerte en el vagón en que nos montaron; era uno de esos que trasladaban animales y allí nos hacinaron. Me hace gracia ese pensamiento; quizá los facciosos pensaron que al llevarnos de semejante manera nos iban a humillar, pero se equivocaron. Nuestra dignidad y la fuerza de nuestras ideas lo impedían. Allí dentro había de todo, campesinos, un orfebre, tres o cuatro médicos, un arquitecto, un catedrático de lengua. El trozo de trayecto que hice antes de fugarme con tres catalanes fue alegre y bullicioso; unos cantaban, otros compartían vivencias… así hasta que en medio de la noche el tren se paró.

Mi padre me cogió por las solapas de la chaqueta y me susurró “Hijo mío, éste no es aún tu final, tu destino es otro. Vete con estos tres catalanes”. Y sin más, me dio un empujón y caí a la tierra fría y mojada. Sentí miedo, mucho; temblaba como un niño chico, pero uno de los catalanes me espetó que no fuera una nena y que moviera el culo. Al amanecer me di cuenta de que llevaba asido el maletín de mi padre. Encontramos un muerto tirado en medio del campo; uno de los catalanes, Sergi, se agachó a registrarlo; le quitó el abrigo que me lo tendió para que me abrigara; olía a rancio. Después, le quitó los calcetines y las botas; el catalán valiente, frío y calculador, hasta ese momento había ido caminando descalzo; su fortaleza y su riguroso ánimo imprimieron en mí un código de silencio… Creo que jamás volví a quejarme de nada.

Como a unos cien kilómetros de la frontera, ya casi en los Pirineos, comenzamos a ver masas de peregrinos que, como nosotros, huían; caminábamos por la noche y nos escondíamos durante el día, pero la oscuridad no pudo impedir que uno de los aviones bombardeara por dónde íbamos, matando a Marc y a un grupo de mujeres; fue sobrecogedor. Mientras unos hacían una zanja para enterrarlos, otros les desposeían de sus miserias. Un sacerdote, rezó sobre aquel nicho y reemprendimos la marcha.

Y con el cansancio en nuestros huesos y la esperanza en los corazones llegamos lentamente a Francia, a la playa de Saint Cyprien, uno de los numerosos campos de concentración para la diáspora republicana. Nos lavábamos en las aguas heladas de un mar salado y gris, cavábamos zanjas mientras la nieve caía y los grados se congelaban; el mearnos encima nos producía cierto calor reconfortante.

Subsistíamos como podíamos, en una Europa que poco a poco se preparaba para una guerra, la grande de todas las grandes… yo más sangre, más dolor no quería. Hablé con Sergi y Pau y planeamos una nueva huida. Esta vez sería América, que se convertiría en la madre protectora de los hijos pródigos y descarriados.

-Don Cosme, ¿cómo se encuentra? ¿Animado para seguir? Como verá, sus deseos son órdenes para nosotros y esta escena la rodaremos delante del mural de Diego Rivera. ¿Dónde quiere que pongamos la silla?

-Gracias joven, son todos ustedes muy amables. Esta vez prefiero, apoyado en mi bastón, caminar por mis recuerdos y pasear mi vista por esta belleza que simboliza el acueducto de Lerma con el agua, el maíz y la papa, alimentos imprescindibles de este pueblo maravilloso que me dio la oportunidad de volver a nacer…

Toma II, 1941 rumbo al Nuevo Mundo

Los principios que cada uno tiene, son tu guía, tu emblema, la extensión de tu yo, pero a veces las circunstancias te obligan a ser infiel eventualmente; mentir no entraba en mi vocabulario, robar tampoco, matar menos… sin embargo, estas tres infidelidades las cometí sin pestañear.

El camino hasta Marsella estuvo salpicado de incidentes. Nada más escaparnos de Saint Cyprien tuvimos la suerte de poder subir a un camión que transportaba cerdos y gallinas; el olor era apestoso, pero estábamos felices con la suerte de haber encontrado un campesino de buenos sentimientos que nos camufló entre sus animales. Los controles en las carreteras cada vez eran más frecuentes, con lo que el campesino decidió ir campo a través. En una bifurcación encontramos de nuevo un control con tres soldados; éstos se pusieron muy pesados pidiendo documentación al campesino y queriendo registrar la parte trasera del camión. Al hombre no le quedó más remedio que dejarles mirar; un par de gallinas se asustaron y descubrieron uno de los pies de Pau… Aquello se convirtió en una pesadilla. Uno de los soldados se volvió al campesino y le disparó un tiro en el cuello; los cerdos se abalanzaron hacia la tierra cayendo encima de dos de los soldados, lo cual nos permitió golpear a los dos soldados con todas nuestras fuerzas. El tercero fue abatido por Sergi con uno de los fusiles. Cuando terminó aquella barbarie, muertos los soldados y el campesino, nos vestimos con las ropas de los soldados y robamos hasta la documentación del campesino; nos llevamos tres lechones y una gallina, y huimos en el coche de los militares. Al caer la noche nos refugiamos cerca de un acantilado; teníamos un hambre atroz y decidimos matar la gallina. Llegados a este punto, jovencito, te he de confesar que me dolió más matar la gallina que a aquel soldado; ella campaba tranquilamente cuando mis manos la estrangularon. La imagen de los ojos desorbitados del animal me impidió aquella noche cenar y me dormí por tercera noche consecutiva con el estómago vacío… No he vuelto a comer una gallina en mi vida.

El sonido de una sirena nos despertó y salimos zumbando de aquel lugar. Al rato llegamos a la costa; era un pueblecillo marinero que se preparaba para salir a faenar aguas adentro. ¡Cuánto me alegré en aquel momento de las enseñanzas de mi padre con el idioma francés! La ristra de mentiras que dije al capitán de una de las embarcaciones no las puedo ya ni recordar, pero sí se resumían en que queríamos salir de aquella Europa que bramaba entre el fuego y los disparos. Estoy convencido a estas alturas, jovencito, de que aquel hombre sereno y fortachón no se creyó nada de lo que le conté; su actitud hasta dejarnos cerca de las costas africanas me lo demostró… Con su silencio, su respeto, su saber estar. Aprendimos a pescar, ayudamos a nuestros salvadores y al despedirnos de ellos nos estrechamos con fuerza las manos; Sergi les tendió uno de los lechones y ellos lo recogieron agradecidos. Luego emprendimos el camino hacia Casablanca.

Allí, un veintiuno de noviembre embarcábamos en un buque mercante de un tal Indalecio Prieto rumbo a México, por un océano plagado de minas y submarinos. Siguiendo la ruta de los destructores ingleses, para evitar a los alemanes que andaban por la zona, llegamos a las costas de México en veintitrés días.

Recuerdo como si fuera ahora mismo, jovencito, las caras de aquella pequeña España al atisbar en el horizonte la tierra que nos iba a recibir gracias al presidente Cárdenas. En nuestros rostros se veía la esperanza de que aquella situación, aunque cada uno de los deportados la tomábamos como provisional, fuera el resorte para dejar atrás el terror, la miseria humana, y recobrar la identidad y dignidad para volver a sentirnos ciudadanos del mundo.

-Buenos días señor Ferrer… Doña Guadalupe, ¡qué linda está usted tan de mañana!

-Buenos días niños. Recuérdenme, cuando terminemos hoy la grabación, que como broche final los lleve a uno de mis lugares favoritos. ¿Empezamos?

Toma III, Hernán Cortés, diciembre de 1941

Jovencitos, sepan a estas alturas de la historia que Cosme Ferrer no era ni valiente ni hombretón de pelo en pecho; no, era un gallina que aunque por su boca no salía queja alguna, en sus modos era, como decía Sergi, una nena que llegó a Veracruz mareado, asustado, que no sabía hacer otra cosa que no fuera puntos de sutura, ayudar a parir a los animales, a las mujeres y bajar la fiebre de los niños; sus vómitos eran constantes y, en cuanto pisó tierra mexicana, estuvo más de un mes beodo por culpa del tequila. ¡Ah! También cuidaba de García y Veleidad… las mascotas, que ya no eran lechones sino hermosos cerdos.

Hispanoamérica abrió sus puertas sin restricción; nos diversificamos de tal manera que los artesanos se fueron para Chile, a Venezuela los médicos; en México se quedaron gentes de todas las profesiones y oficios. Hacia Argentina partieron los intelectuales y… Jajajajajaja, ¿Saben que a Trujillo hubo que pagarle para que acogiera a refugiados en Santo Domingo? ¡Vil metal don dinero, chiquillos! Nosotros tres nunca despegamos de la pobreza económica, pero una vez superado y asimilado que aquello no era una situación transitoria, que nuestra España ya no existía…, guardamos nuestra añoranza, nos comimos nuestro dolor y tiramos hacia el futuro.

Pero dentro de la costra latían sentimientos, no sólo tristezas y nostalgias; unos a otros nos apoyábamos, ayudándonos a que nuevas ilusiones enraizaran en nuestras existencias. Nos forjamos una evocación única para transmitir a las futuras generaciones, porque sobre el olvido no puede construirse una sociedad justa y libre.

Mi profesión me ayudó también a superar esa pena tan honda y trajo hasta mí una nueva luz de esperanza una linda mañana de verano. Mientras ayudaba a un ternero a nacer… unas trenzas negras como el azabache se posaron en mis hombros; quería ver nacer al animal… Era mi Guadalupe.

Poco a poco los aromas de las taquerías, las fritangas callejeras, los antojitos, los panes dulces, el llanto rodeado de mariachis comenzaron a correr por mis venas y… mi sangre se convirtió en mestiza.

-Jovencitos, ¿me dan un último capricho? Me gustaría que el reportaje terminara con una reflexión de León Felipe:

“Franco, tuya es la hacienda/ la casa, / el caballo/ y la pistola. / Mía es la voz antigua de la tierra. / Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo…/ Mas yo te dejo mudo… ¡mudo! / Y ¿cómo vas a recoger el trigo/ y alimentar el fuego/ si yo me llevo la canción?”

EPÍLOGO

-Hemos disfrutado mucho con usted, don Cosme… Gracias de verdad, pero, ¿dónde está la sorpresa que nos iba a dar?

  • ¡Ay, juventud impaciente! Mi sorpresa está muy cerca del Zócalo, en una callejuela tan vieja como la sorpresa… Vamos.

-Señor Ferrer, ¿qué fue de sus amigos catalanes?

  • ¡Venga! Muevan el culo y dejen de ser nenas. Ya hemos llegado… Entren ¿A que es una taquería muy hermosa?

  • ¿Y esos dos cerdos disecados con la bandera republicana y la catalana, señor Ferrer?

-Jovencito, estás en la taquería García & Veleidad. ¡Sergiiiiii! Prepara unos tacos y fríjoles con tortilla de patata, y di a Pau que ponga bien de cebollita.

Madrid, 25 de octubre 2002

Escrito por Mª Ángeles Cantalapiedra

«La sugestiva atracción de las pistolas» de Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

«La sugestiva atracción de las pistolas» de Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

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El sol se va ocultando por el horizonte en donde se ubica el principal vertedero de las basuras de Madrid y que dentro de setenta años se convertirá en uno de los parques más bonitos de la capital. Los ojos de Mariano José de Larra se extasían con la inverosímil puesta de sol que allí se produce y que queda afiligranada con la inconmensurable belleza de ese cielo enmarañado de nubes y rico en matices azules y grisáceos, ahora teñido de naranjas y violetas que tienen un contacto vivo con la tierra, con los montes de la sierra del Guadarrama en la lontananza y con un aire fresco y transparente en esas horas, después del sofocante día, en que empieza el crepúsculo y las sombras empiezan a cubrir la ciudad.

Las farolas, a las que se les ha bautizado con el nombre de fernandinas, de farol cilíndrico y acristalado y con su parte superior en forma de cúpula con corona y una tiara muy pequeña encima, que fueron colocadas en las calles para conmemorar el nacimiento de la infanta Luisa Fernanda en 1832 y que se reconocen con una inscripción en su base que dice dicho año y dos efes entrelazadas, por su padre el rey Fernando VII, ese que el pueblo llamó el Deseado y derivo en déspota, cruel, tirano, oportunista, mentiroso, felón, represor y defensor a ultranza de los privilegios de la Iglesia y de la nobleza, empujando a España a una de sus más tristes, sangrientas y conflictivas épocas y del que se cumplen ya casi tres años que ha tenido a bien abandonar este mundo, van siendo poco a poco encendidas por los faroleros.

Mariano José, el pobrecito hablador, el gran Fígaro que escribe en El Observador y es gran amigo de don Ramón de Mesonero Romanos, ha pasado la tarde paseando por las huertas del Molino Quemado que en unos años ocupará el que será llamado barrio de Argüelles y que él, pese a su juventud, no llegará nunca a ver ni conocer. Sus pasos, después de ascender la cuesta de Areneros, se dirigen hacia su casa en el número 3 de la calle de Santa Clara, cercana a la plazuela de Santiago, donde en su lugar se asentaba hace poco el convento de monjas franciscanas que da nombre a la calle y que fue fundado en 1460 por Alonso Álvarez de Toledo, tesorero del rey Enrique IV de Castilla, y donde, según dicta la tradición, quince días antes de la boda, las amigas de la novia debían llevar una docena de huevos como ofrenda a la santa para que el día de las nupcias hiciera buen tiempo. Gira hacia la derecha y toma la calle de Bailén. Los jardines de Sabatini y a continuación la impresionante mole del Palacio Real, donde juega una reina niña, la que será la más castiza, quedan a la izquierda de su marcha. En vez de dirigirse a su destino, Fígaro decide continuar y bajar por la costanilla los grandes desniveles hacia la calle de Segovia, desde donde divisa la casa de sus padres donde nació hace veintisiete años.

Ya es noche cerrada de este 14 de agosto de 1836 y en las Vistillas, la verbena de la Paloma está en su apogeo llenando el aire de anís, aguardiente y azucarillos. De los cafetines y tabernas se escapa el humo de los cigarros por sus puertas y ventanas abiertas y un olor a vino y limonada corre por las intrincadas callejuelas del Madrid de los Austrias. Se empiezan a escuchar las palmadas llamando a los serenos, se escuchan los sones de las guitarras y se aspira el aroma a churros fritos: Los hombres visten con gorra y blusa; las mujeres con moño y falda larga, con mantón en los hombros y pañuelo en la cabeza. Los vecinos han sacado sus sillas a la calle frente a

los portales de sus casas para refrescarse con la brisa de la noche. Hablan con alegría entre ellos y todo está adornado con farolillos de papel de todos los colores.

Mariano José se para a beber un vaso de vino de Navalcarnero, mientras a su alrededor todo es jarana y bullicio. Él, en cambio, parece no percatarse de nada y es como que ya no le interesase descubrir con sus ojos curiosos las escenas de esta España que, en lo que va de año, gracias al presidente del Consejo de Ministros, Juan Álvarez de Mendizábal, se ha decretado la venta de los bienes inmuebles de todos los monasterios y conventos de varones, se ha redistribuido la tierra a favor de la burguesía con la intención, por fin, de modernizar las estructuras sociales y económicas del país, hasta el momento sumidas en un carácter feudal, se han anulado las elecciones y se ha restablecido en el Motín de la Granja “La Pepa”, esa Constitución de 1812 que fue abolida por el indeseable Fernando VII dos años después de su promulgación por las Cortes de Cádiz, después de haber jurado guardarle fidelidad, y que plasmará en sus geniales artículos satíricos en días posteriores.

Es el principio de una gran noche de alegría en este Madrid al que él tanto ama, pero su corazón está inundado por la insufrible amenaza de la separación, que presupone próximamente definitiva, de su gran amor, Dolores de Armijo, esa mujer a la que idolatra, aunque desde que la conoció ha sido un infierno en el que tan pronto le aceptaba como le abandonaba, y que ya nunca más volverá a ver hasta que, acompañada de su cuñada, le visite el 13 de febrero del siguiente año en su domicilio de Santa Clara para devolverle todas las cartas que él con tanto ahínco le ha escrito y anunciarle su decisión irrevocable de romper la relación que les une a ambos, a lo que Mariano José de Larra, el pobrecito hablador, el gran Fígaro, reaccionará desesperadamente situándose frente a un espejo y acariciando con manos crispadas la culata de madera de una pistola, se la llevará a la sien.

© Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

Relatos con Historia… «Castilla de luto» de Marisa Martín

Relatos con Historia… «Castilla de luto» de Marisa Martín

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Hoy me decís que el rey ha muerto, y lo hacéis con esta tranquilidad, con esa parsimonia tan propia de la corte castellana.

Me pedís que sea comedida, que mi condición no puede saltarse las normas de protocolo.

¡Fuera de aquí, malnacidos! ¡Fuera de mi vista todos!

Beatriz, ¿Eres tú?, no quiero volver a escuchar que el hecho aconteció hace meses. Yo, que siempre te he creído y te he querido cómo a una madre, vienes a engañarme cómo todos los demás.

¿No entiendes del sufrimiento del alma?, No sabes de mi desconsuelo, ni de mi amor roto precipitadamente. ¡Tanto amor, para tan poco tiempo!

Mi corazón ha sido traspasado con todas las lanzas de este reino, no deja de sangrar, y cada día siento un hierro candente que me abrasa, que  quema las entrañas, que duele el infinito.

Me recrimináis que no llore, me decís que ni una lágrima habéis visto salir de mis ojos. Pero acaso ¿lloran los muertos? Mis lágrimas se convirtieron en espinas, en miles de espinas, que se clavan en la piel, en los pies con los que acompaño al ser de mis desdichas, en el pecho que se queda sin aliento, en la boca que recuerda sus besos, en las manos que abrazaban su cuerpo. Y cada día renacen de nuevo, buscando rincones recónditos de este maltrecho cuerpo, que ya no es el que fue, ni volverá a ser el que era.

Ese dolor tan grande es el que siento, no me habléis de tiempo, pues el tiempo se para, cuando los ojos se cierran.

Me llaman loca, ¿creéis acaso que no lo sé?, loca por no dejar entrar sus restos ni a la corte en el convento de monjas. ¡Un hombre tan hermoso, no puede estar rodeado de tantas mujeres!, Beatriz, ¿no comprendes que él era insaciable en asuntos de cama?, ¿cómo podría dejarle con tantas hembras?

Me llaman loca, porque ellos no querían estar en pleno invierno en ese páramo, en nuestra Castilla, en invierno. No son hombres Beatriz, no lo son. La infanta Catalina, que sólo tiene tres meses y yo misma, somos, mucho más aguerridas que todos ellos. ¿Dónde está el espíritu de Castilla? ¿Dónde ha quedado la hombría de nuestros nobles? Es su rey, al que deben vasallaje.

¿Recuerdas que después llegamos a Hormillos, y fuimos acogidos por el párroco?, nuestros pueblos son hermosos, nuestros pueblos son agradecidos. No, no podemos entrar en grandes villas, he de salvaguardar mi honor, soy mujer de un solo hombre.

Me casaron, sí, pero al verle me enamoré, tan intensamente que el océano entero no podría contener tanto amor, ni tanta pasión por él. ¡Que ardiente era mi cuerpo junto al suyo! El deseo traspasaba cada poro de mi piel, jadeaba al faltarme el aire cuando sus manos recorrían palmo a palmo mi geografía de niña hecha mujer.

Todo se deteriora, seis hijos le di. La última aquí, en este peregrinaje, mi pequeña Catalina, pero ni ella ni nadie impide sentir el dolor tan grande que me hace morir cada segundo, cada minuto del día. Duermo para encontrarme en sus brazos, y sus brazos no son míos.

Sería mejor apagar los sentidos, diluirlos en la lluvia, arrastrarlos al viento, sumergirlos en aguas turbias. No, Rescataré mi memoria, para no perderla,  Hasta que el tiempo termine, y deshaga el conjuro de la luz en penumbra.

Corazón de piedra que no despierta, porque morir no puede, y vive muriendo.

¿Dónde se han ido los sueños  perdidos?… Vestidme con ellos  cuando me despida para siempre. Que nadie se los apropie, ¡que nadie me los robe! Que no vaguen solitarios por los campos oscuros.

Llega la noche y se abren los recuerdos.  Se extravía la mirada, mientras la mente divaga por otro tiempo, otro mundo que se escapó escurriéndose entre los dedos.

Quiero atrapar ese espacio en el que fuimos felices, sin embargo, nada retorna…

Quedaron sábanas tibias en el olvido, palabras barridas por el viento, ilusiones desvanecidas en los mares de la conciencia.

Loca me dicen, por temer que me roben el cuerpo y abrir su féretro cuando el alma lo solicita. ¡Si ya se llevaron su corazón!, le abrieron y se lo llevaron, no me opuse, fue su voluntad, ¡dejadme ahora que haga la mía!

Loca llaman a la reina de Castilla. Pero no es locura cuando se ama, y se muere, cuando el dolor es tan intenso que el pensamiento se aleja de mí, por temor a las heridas.

Noble nací, noble soy. Reina me nombraron, y reina seré. Pero antes cumpliré el peregrinaje como una viuda que llora por dentro, el llanto eterno de sangre hecho.

¡Dejadme ser mujer!, ¡Dejadme ser doliente! ¡Dejadme tener ese cuerpo que nunca fue del todo mío, y ahora sí, ahora nadie me lo arrebatará!

Llamadme loca, pero seguid caminando sobre estas tierras duras, cubríos del frío mesetario, y rendid pleitesía al rey hermoso.

Autora, Marisa Martín

Relatos con Historia… «El río de la ciencia» de Antonio Miralles Ortega

Relatos con Historia… «El río de la ciencia» de Antonio Miralles Ortega

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Este año del señor de 1602 lo guardare en la memoria por ser uno de los más importantes no solo para mí o la ciudad de Valladolid, la capital del reino, sino para el futuro de todo el país, por los avances científicos que supone nuestra prueba de hoy.

Gracias a Dios, esta España nuestra da grandes genios, tanto para la guerra como para la ciencia, y hoy, ante el mismo rey nuestro señor don Felipe III, demostraremos de lo que es capaz la invención española.

Don Jerónimo Ayanz y Beaumont, el genial inventor navarro y a la sazón mi patrón, y yo mismo, vamos a desplazarnos con todos los preparativos frente al palacio de la Ribera, la residencia de verano de su majestad. Nuestro rey estrena hoy una nueva embarcación, la galera San Felipe, con la que surcará las aguas del Pisuerga y desde la que contemplará nuestra hazaña.

Una multitud se apiña en el espolón para presenciar no solo la botadura del navío sino para ver en funcionamiento nuestro invento.

A pesar de ser dos de agosto, viernes, las aguas del rio bajan frías. Mi patrón me coloca con cuidado el traje submarino que forma parte de su invento. A él van conectados tubos de entrada y salida de aire, con unas válvulas que se abren y cierran en el momento preciso para suministrar aire a los pulmones, aire que se envía mediante unos fuelles que lo fuerzan a bajar al fondo del rio.

No voy a negar que los primeros días pasé algo de miedo, pero tras muchas pruebas tengo la confianza suficiente para saber que funcionará sin problemas.

Siempre ha sido un sueño de la humanidad el poder respirar bajo el agua, y con el invento de nuestro compatriota podrán hacerse cosas maravillosas, y tendrá un sinfín de aplicaciones que aun no llegamos a comprender totalmente.

Llego al fondo del rio, a unos tres metros de profundidad. Desde arriba el público y el rey observan mis movimientos con expectación. Debo demostrar la capacidad del traje de respiración submarina, que tanto supone de avance para España respecto de otros países.

No sé qué ha pasado, pero debo llevar tan solo una hora sumergido y ya me están izando. A pesar de que podía haber aguantado muchas horas bajo el agua, al salir la gente aplaude entusiasmada. Ha sido un éxito.

Don jerónimo me ha confesado el motivo por el que ha acabado la demostración tan prontamente: su majestad ha mostrado signos de aburrimiento. Parece ser que esperaba una demostración más emocionante, y quiere poner vela a su nueva nave y partir por el rio.

Espero al menos que el invento haya sido de su interés y se dote a su magnífico inventor con los fondos necesarios para utilizarlo en todos los puertos de España, para que así nuestro país sea referencia en todo el mundo en estos adelantos que pueden ser tan útiles.

Autor, Antonio Miralles Ortega

Relatos con Historia…»La vida en trece minutos» de Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

Relatos con Historia…»La vida en trece minutos» de Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

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Esta noche he tenido un sueño muy extraño. Me habían nacido dos alas blancas en la espalda y volaba sobre las cúpulas de las mezquitas de Bagdad. O, quizás, no sea un sueño tan extraño, después de un año escuchando el lema de “No a la guerra” en las bocas de la gente que se manifestaba por las calles desde la Cumbre de las Azores, cuando Bush, Blair, Durao Barroso y Aznar dieron un ultimátum de veinticuatro horas al régimen de Saddam Hussein para que destruyera unas supuestas armas de destrucción masiva que decían que tenían en su poder, aunque nunca han aparecido, bajo la amenaza de declararle la guerra que comenzó cuatro días después.

Parecía que los días de este marzo de 2004 eran eternos y que no iba a llegar nunca este jueves 11, pero ya está aquí. Es un día muy especial en mi vida porque va a ser el último que voy a tener que ir a trabajar ya que me jubilo, y aquí estoy, como todas las mañanas desde hace un porrón de años, a las 7 y 24 minutos de la mañana, esperando en el concurrido andén de la estación de Coslada el tren que dentro de un minuto, puntual y fiel como siempre a la cita, llegará para llevarme hasta la estación de Atocha camino del trabajo del que hoy me despido.

Ahí llega el tren, mamá, –oigo a mi lado la voz de un niño que se aferra a la mano de una chica joven vestida con una bata azul, bajo un abrigo pardo bastante ajado por el uso y el tiempo, que lleva bordado el nombre de una empresa de limpieza en el bolsillo superior- en Atocha ¿me comprarás un bollo para comerlo luego en el recreo?

Y es que este tren, rebosante de pasajeros en las primeras horas de la mañana, nos lleva a muchos desde los barrios obreros del corredor del Henares en el extrarradio de Madrid hasta donde nos ganamos el pan de nuestras familias con el sudor de nuestra frente como parece que fuimos condenados los que poca cosa tenemos.

El tren ya viene casi lleno, pero he tenido la suerte de encontrar un asiento justo al lado de la puerta por donde he accedido a su interior. Abro el periódico que he comprado en el quiosco de Matías. Parecen que son siempre las mismas noticias en los últimos meses: la guerra de Irak, el hundimiento del petrolero Prestige frente a la costa de Galicia, las elecciones generales del domingo… Me voy a la sección de deportes para ver a qué hora jugará mi Atleti el domingo contra la Real Sociedad en San Sebastián, aunque me parece que este año tampoco nos toca ganar la Liga, y más después de haber empatado a uno el otro día en el Manzanares, gracias a una nueva pifia del Mono Burgos, contra el Murcia que es el farolillo rojo. Pero qué más da si hoy por fin me jubilo y a partir de mañana empezaré una nueva vida.

Nací muy pocos días antes de que las radios se llenaran con la voz engolada y triunfal de ese locutor que clamaba eso de: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”. Sí, la guerra había terminado, pero para nosotros no empezaba la paz, sino que íbamos a sufrir amargamente la victoria.

A mi padre, trabajador en una imprenta en la que entró como aprendiz nada más proclamarse la República y en donde se imprimió la cartelería propagandística del Madrid sitiado, se lo llevaron de casa, según tantas veces me contó mi pobre madre, una noche del mes de mayo de 1939 por cinco individuos de camisa azul acusado de rojo y ugetista, como si eso fuese un crimen, y a la mañana siguiente apareció con un tiro en la nuca, despatarrado junto a las tapias de la Almudena. Tenía tan sólo veinticuatro años y su pecado había sido ser sindicalista y socialista de los de Largo Caballero.

Con catorce años, entré a trabajar en un bar de Carabanchel como camarero hasta que un cliente asiduo me dijo en el verano de 1963 que iba a poner un taller de forja y cerrajería en el barrio de Usera y que me ofrecía trabajo. Como el sueldo, aunque pequeño, era mejor que el que me daban en el bar, no lo dudé ni un minuto y empecé al mes siguiente en mi nuevo puesto de trabajo como forjador.

En la calle de Amparo Usera, muy cerca del taller, está el Mercado municipal del barrio, y una tarde, en que mi madre me encargó que comprara un poco de fruta para la cena de la noche, conocí a Toñi que era dependienta de una de las fruterías que allí se ubicaban, seguramente más caras que otras, pero su sonrisa, su pelo moreno recogido con gracia en una cola de caballo y sus profundos ojos marrones me abocaron a comprar en esa bancada de la que ya no era la tarde, al terminar el trabajo, que no visitara. Dos años después, en el mes de mayo de 1967, Toñi y yo nos casamos y ya nunca hemos dejado de estar juntos, siempre muy felices, y nadie podrá separarnos hasta que uno de los dos muera. Con el trabajo de ambos pudimos ahorrar algún dinerillo que dimos de entrada para comprar un piso pequeño en Coslada y nos fuimos a vivir en él después de las navidades de 1972. Desde hace dos años ya es completamente nuestro pues terminamos de pagar la hipoteca al banco.

Mi jefe, en el otoño de 1989 sufrió un infarto y cerró el taller, pero tuve la gran suerte de que me cogieran con cincuenta años ya cumplidos en el hotel Nacional del Paseo del Prado con la plaza de Atocha, hacia, como todos los días, me dirijo en este tren atestado de trabajadores como yo y de estudiantes, pasando a engrosar la plantilla de su equipo de mantenimiento.

Hoy, ya lo he dicho antes, es un día muy especial. Ya mañana no tendré que hacer este viaje después de tantos años. Esta tarde me despediré de mis jefes y de todos mis compañeros y llegaré al anochecer a mi casa como un hombre jubilado después de cincuenta y un años sin parar de trabajar. El sábado invitaremos a comer en casa a mis dos hijos, mi nuera y mis tres nietos, dos niñas y un niño a los que adoro, para celebrarlo. El domingo por la mañana iremos a votar con la esperanza de que gane este joven llamado José Luis Rodríguez Zapatero, y por la tarde me bajaré al bar de la esquina a ver qué hace el Atleti contra los donostiarras. Y el lunes, la gran sorpresa para mi Toñi, porque he reservado quince días en Benidorm para disfrutar por fin unas vacaciones en la playa que nunca hemos tenido.

El tren se ha detenido. El reloj marca las 7,38. Estación de El Pozo. Entra más gente al tren de dos pisos y se van colocando como pueden porque no cabe ni una aguja ya. Desde que entré hace trece minutos, al lado de donde estoy sentado, pegada a la pared me he percatado de que hay una mochila negra que alguien se ha debido dejar olvidada y que parece como que nadie le hace caso porque no se han fijado en ella. La voy a recoger y en Atocha la entregaré a algún revisor para que la lleve a objetos perdidos por si alguien la reclama.

Suena el pitido. Se cierran las puertas. El tren comienza de nuevo a andar. Hoy es mi último día de trabajo. Hoy me jubilo. En nada comienza para mí una nueva vida.

© Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

Agosto de 2018

De ayer somos

De ayer somos

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Somos hijos del ayer…
Nada es por sucesión espontánea.
Darwin da clases en la calle de poesía clásica,
la luz se ufana ante la sombra de Einstein.
No puede la razón contra natura
la oruga de hoy, mañana será mariposa…
Y madre orgullosa la joven que madura.
El fuego que retoza con alarde
ayer fue poema bajo las ropas
o chispa a golpe de pedernales,
el aire que hoy es testigo inmutable
ayer fue aliento de Eolo en suave baile.
Y una piedra hija de algún volcán rijoso
se anidó en mi pecho, que late y arde.

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