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En un principio, como te he dicho, agradecí que me dejaran sola y en paz. Sin embargo, como no podía ser de otra manera, las horas que pasé allí encerrada se me hicieron eternas. Estaba asustada, no tenía ni idea de en qué líos andaba metida, de las consecuencias futuras que podrían derivarse de todo aquello. Me aterraba la posibilidad de acabar en prisión, yo, la hija de un honesto inspector de policía que durante toda su vida no había hecho otra cosa que defender la justicia y la ley. ¿En qué lugar me dejaba aquello? Acaba de convertirme en la oveja negra de la familia. Y no, no por ser una rebelde o una inconformista. No por pelearme contigo o con Raquel. Era porque presuntamente había cometido algún delito de cual ni siquiera consciente. Intentaba poner en orden mis ideas, pensar, pero no podía. Hubiera querido llorar, aunque tampoco me salían las lágrimas. Tenía instalada en mi cabeza una madeja de ideas, borrosas y desordenadas de las que era incapaz de extraer conclusiones que me ayudaran a sobrellevar aquella situación. El único pensamiento que consiguió abrirse camino dentro del caos era que Ricky había hecho conmigo algo mucho peor que ponerme cuernos y partirme el corazón. De alguna manera que yo todavía no alcanzaba a comprender me había involucrado en alguno de sus chanchullos. Tal vez no hubiera sido a conciencia, solo tal vez. Aun así creí que lo odiaría para siempre por haberme arruinado la vida de aquella manera tan espantosa, por haberme señalado con esa mancha que no podría lavar ni en cien años. Si papá levantase la cabeza… Aquel pensamiento me sumió en una profunda tristeza. De ninguna manera merecía que nadie ensuciará su memoria y muchísimo menos una de sus hijas, precisamente yo, su preferida. En mi imaginación lo vi echándome un sermón por mi mala cabeza, por juntarme con quien no debía. Pero aquella ilusión no duró mucho. Papá no podía ser duro conmigo ni siquiera en mis delirios. Entonces recordé que la noche en salí con Ricky por primera vez me habló en sueños:

—Cuidado, Sandrita. Ten mucho cuidado —fue todo lo que me dijo.

Y en aquel momento sus palabras se me revelaron en todo su significado: jamás de los jamases debí aceptar el dinero de Ricky. Jamás. Un dinero sin duda ilícito y quién sabe si incluso manchado con la sangre de Elena y de otros inocentes como ella. Aquella idea terminó de hundirme.

Cuando vinieron a buscarme para llevarme ante el juez me sentía absolutamente rota. No tenía ni idea del tiempo que había pasado encerrada en el calabozo. No recuerdo siquiera como llegué a la sala y me presenté ante el juez. Todavía con el vestido de fiesta que se me había desgarrado por una costura, y los tacones en los que apenas podía sostenerme. Me sentía sucia. Sucia por fuera, pero mucho más sucia por dentro. El abogado que me envió Raquel cumplió hizo bien su trabajo y tras un interrogatorio que a mí me pareció largo, pero que seguramente hubiera podido serlo muchísimo más, su señoría consideró que no había motivo para retenerme más tiempo y me dejo en libertad sin cargos. Si fuera necesario me llamarían para declarar como testigo en la causa abierta contra Ricky. A la salida me esperaba Raquel con cara muy seria y los ojos rojos de haber llorado. Tuvo el buen tino de no preguntarme nada. Tan solo me abrazó como solo una hermana puede hacerlo y luego casi en volandas me metió en el coche donde tú también con impaciencia esperabas mi salida. Me acurruqué en tu regazo y por fin rompí a llorar.

Ya en casa un baño bien caliente para quitarme toda la mugre acumulada, un vaso de leche, porque el estómago no me admitía nada más, y un tranquilizante para entregarme a un sueño largo y reparador —o quizá no tanto—. En todo caso me metí en la cama con la esperanza de que al día siguiente podría ver lo sucedido con otros ojos, dejar aquella pesadilla atrás para comenzar con una nueva vida. Y en cierto modo así fue, porque la nefasta experiencia marcó un antes y un después en mi trayectoria vital.