La llama de la soledad, capítulo 19. Fin del tratamiento

La llama de la soledad, capítulo 19. Fin del tratamiento

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En enero, mientras yo todavía estaba en la clínica, se había publicado el reportaje Mujeres de éxito, con el que Hoy tendencia se apuntó un tanto al lograr vender una gran cantidad de ejemplares como hacía meses que no lo hacía. La dirección de la revista felicitó a Amalia por la buena elección que hizo de las colaboradoras y ella a su vez me transmitió las congratulaciones con una sonrisa de oreja a oreja. Quedaba claro que nuestras diferencias hacía ya mucho que habían quedado atrás y volvíamos a ser las amigas de siempre.

Al volver a casa, tras mi ingreso, me sentí con fuerzas para escribir de nuevo. Entregué algunos trabajos que tenía aplazados desde hacía tiempo y recibí algunos pagos por ellos, lo que me llenó de satisfacción. También retomé la novela, en la cual trabaja a diario con gran intensidad porque Amalia y yo queríamos que la presentación y el lanzamiento fueran en marzo, justo antes de las falla. Literalmente me dejaba la piel para que fuera posible hacerlo en ese plazo, ya que me quedaban por pulir algunos flecos de la trama antes de poderla mandarla a editar. De hecho, una de las partes que aún no tenía resultas era el desenlace final. Tenía que decidirme por una de estas dos opciones: mataba a la protagonista tras alcanzar la anhelada felicidad o por el contrario le permitía vivir, eso sí, llevando una vida desgraciada. Porque yo escribo novela negra y todo el mundo sabe que en este género, los finales felices están absolutamente proscritos. Esas pequeñas maldades, inherentes a mi oficio de escritora, son las que me hacen sentir poderosa. Porque si leer es vivir otras vidas, escribir me convierte en la dueña de otros mundos en los cuales hago y deshago a mi voluntad. Ojalá pudiera sentir la misma seguridad en la vida real que al enfrentarme a los argumentos de mis novelas.

Por aquellos días Ricky también andaba ocupado con actos políticos y del partido a los cuales no me gustaba asistir. Por eso nos veíamos menos que de costumbre. Yo apenas salía, enfrascada como estaba en la escritura, y él pocas veces tenía tiempo de pasar por casa a verme. A pesar  de ello, seguíamos adelante con lo nuestro. Continuábamos hablando a diario por teléfono o wasap y los fines de semana, los sábados por lo general, encontrábamos un hueco en nuestras agendas para salir a cenar y pasar la noche juntos.

Si bien lo miro, pienso que nuestro modelo de pareja no nos dejaba demasiado tiempo para compartir en la intimidad, aunque al parecer resultaba de lo más conveniente para los dos. Sin embargo, a veces me seguía preguntando si era el hombre ideal para mí. Parece que, después de todo, las advertencias de Carlos, al que por otra parte no me podía sacar de la cabeza por más que quisiera, no habían caído en saco roto. Lo cierto es que ya no veía a Ricky con la mirada inocente de cuando nos conocimos. Empezaba a tener cierta suspicacia hacia todo lo que él hacía, pensaba o decía. Aunque, para ser sincera, como no encontraba nada alarmante en su conducta, sino todo lo contrario. Pronto acallaba mis recelos y la culpabilidad que sentía por haber albergado aquellos sentimientos negativos hacía que luego me mostrase mucho más cariñosa y complaciente con él, a pesar de que acusaba un cierto desencanto hacia su persona. No sabía concretarlo, pero era como si a pesar de todo lo que había hecho por mí, de los cuidados que me prodigaba y todos lo que se esforzaba por complacerme, nuestra relación fuera incompleta. Sentía que algo faltaba en mi vida.

Durante una temporada seguí visitando una vez por semana a la doctora Carrión, mi psicóloga. Me daba cuenta de que las sesiones me ayudaban: solía sentirme muy relajada después de ellas. Sin embargo, cuando tocaba el pesaje, que era el paso previo a la sesión propiamente dicha, mis progresos no se veían reflejados de igual manera. No solo no ganaba lo que se suponía que debía sino que algunas semanas incluso perdía algunos gramos. Y es que reconozco que tras regresar a casa había vuelto a descuidar mi alimentación. Tú, mamá, algo barruntabas porque no parabas de invitarme a casa a comer. Y yo volvía a poner la excusa de siempre: el trabajo. Solía comer una o dos veces al día, lo que pillaba de mi nevera desangelada o lo que de vez cuando me traíais Amalia —que también me conocía bien— o tú misma.

La enfermera me recriminó en varias ocasiones por mi escasa de ganancia de peso. Cada vez que la báscula no daba lo que ella consideraba me sometía a interrogatorios que me resultaban extenuantes. «¿Cuántas comidas te has saltado durante la semana? ¿Cuántas veces has vomitado? ¿Tomas laxantes? Ya sabes: ¡nada de productos bajos en calorías…!». La retahíla era interminable. Tanto me agobiaba aquello que una semana, al marcharme, decidí que no volvería más. Os lo oculté a Ricky y a ti todo el tiempo que me fue posible. A Raquel no hay caso, porque ella, después de la enorme bronca que tuvimos aquella vez que intentó hacerme entrar en razón, ya no me hablaba del tema.

Ricky se enteró al cabo de un mes porque le vino devuelto el recibo de la clínica. Cuando llamó para preguntar a qué era debido, le dijeron que llevaban semanas sin verme el pelo. Rápidamente te lo contó y entre los dos me organizasteis lo que yo consideré la encerrona del siglo. Todavía recuerdo cómo llorabas en silencio, mientras que él estaba totalmente fuera de sí. Creo que ha sido la única ocasión en que me ha gritado:

—¡No seas boba! ¡No te das cuenta de que todo esto es por tu bien y solo por tu bien! Creo que no eres consciente de lo mal que estás. Vas desmayándote por las esquinas. Sabes que no puedes seguir así…

Yo me conocía la cantinela de memoria. Eran exactamente las mismas palabras que llevaba oyendo de tu boca toda la vida. Pero reconozco que en la suya me causaron mayor impresión, aunque de ningún modo estaba dispuesta a dar mi brazo a torcer. Te pedí que nos dejaras solos a ver si él podía manipularlo como tantas veces había hecho en el pasado contigo. Entonces lloré, pataleé y no sé cómo, lo convencí de que en la clínica eran demasiado estrictos, de que tenían demasiadas normas que yo no podía sobrellevar. Que coartaban mi libertad y que en aquellas condiciones nunca podría superar mi trastorno de alimentación. Al final se dio por vencido. Yo me creí triunfante, cuando en realidad era la mayor perdedora.

Otra cosa que afectaba entonces a mi ánimo eran las noticias que llegaban de Grecia, que no eran buenas. A veces me abstenía de leer el periódico o de ver el telediario solo para no tener que preocuparme por cómo le iría a Carlos en lo que yo presentía que tenía que ser un auténtico infierno, pero aun así acababa por enterarme de todo. Sin embargo, todo cambió a peor el 20 de marzo de 2016, cuando entró en vigor el tratado de la UE con Turquía. Simplificando, te diré que se acordaban una serie de medidas para reducir la llegada de refugiados —principalmente de nacionalidad siria— a las islas griegas. Al mismo tiempo, muchísimos desgraciados que ya habían conseguido entrar, aunque continuaban atrapados en los campos, serían deportados a Turquía, país que se haría cargo de ellos a cambio de 3.000 millones de euros iniciales —en teoría como ayuda de la UE para atender a los migrantes— más 3.000 millones adicionales si fuera necesario. No dejaba de ser irónico que de repente Turquía hubiese sido ascendida a la categoría de guardiana de Europa. Pero la política a veces tiene estas cosas tan extrañas.

Muchas de las ONG que trabajaban sobre el terreno calificaron el acuerdo como bochornoso y como una auténtica vergüenza, ya que no solo dejaba a los pies de los caballos —en este caso en manos del gobierno turco— a los refugiados, la mayoría de ellos en busca de asilo político, sino que también afectaba a todos los equipos de las ONG, medios informativos y demás, que se habían desplazado a la zona a cubrir la crisis. A partir de aquel momento comenzaron a acusar de manera absurda a algunos equipos de rescate de cargos como el tráfico ilegal de personas. Además, los periodistas quedaron expuestos a un sinfín de peligros añadidos por el simple hecho de realizar su trabajo. Yo, sin embargo, me alegré al pensar que una vez acabado su trabajo, Carlos, con quien había seguido manteniendo contacto de forma esporádica tras su marcha, regresaría. Pero me llevé una terrible decepción cuando en wasap casi telegráfico y ante mi pregunta directa,  me comunicó que por el momento prefería quedarse en la zona del conflicto. Según me dijo, no podía marcharse cuando más falta hacía una buena cobertura periodística.

Aquel wasap supuso para mí una bofetada de realidad, porque me di cuenta de cuánto anhelaba que Carlos volviera. Lo echaba mucho de menos y me angustiaba pensar que podría pasarle algo malo. Además, conociendo lo intrépido que es, sabía que allá donde las cosas se pusieran más difíciles estaría él. Muchas noches, cuando no podía dormir me daba por pensar en él y lloraba sin consuelo al imaginarme mil peligros en los que podría caer. Me di cuenta de que me importaba mucho, muchísimo más de lo que hubiera querido admitir y tras muchas noches de insomnio al fin me di cuenta de que me debatía entre dos amores que a todas luces eran incompatibles. No podía amar a Ricky y al mismo tiempo permanecer leal a Carlos, con todo lo que seguía significando para mí. Era una disyuntiva terrible porque tampoco me sentía en desposició de elegir a uno sin sentirme culpable por dejar al otro.

 

La llama de la soledad. Capítulo 18. La visita de Carlos

La llama de la soledad. Capítulo 18. La visita de Carlos

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Una de las cosas que no te conté en su momento es que en uno de los domingos que no viniste a verme mientras estuve ingresada en la clínica fue Carlos quien lo hizo. La verdad, no me lo esperaba pero me llevé una gran alegría, aunque no se lo quisiera demostrar de inmediato, sobre todo después de la discusión habíamos tenido la última vez que nos vimos. Ya sabes que fue a cuenta de todo lo que dijo sobre Ricky. En aquel momento me resultaba un poco difícil de tragar que hubiese una enemistad tan grande entre los dos hombres que más significaban o habían significado en mi vida. Después de papá, claro. El uno era el pasado y el otro el presente y tal vez, solo tal vez el futuro. O eso creía yo. Bueno, al final ha resultado así, aunque no en el orden en que yo pensaba.

Ese día Carlos fue muy amable a pesar de que mi recibimiento no fue lo que se dice cordial. La verdad es que estuve muy borde con él, pero no se quejó en ningún momento.

—Pero mira a quién tenemos aquí. Al mismísimo Carlos Escalante, el gran periodista que va a destapar, él solito, toda la corrupción de nuestros políticos.

—Vamos, Sandra, que solo he venido a ver como estabas —dijo haciendo caso omiso de mi impertinencia y dándome un beso en la mejilla que yo no quise esquivar, pese a que aún me sentía molesta con él.

—Pues ya ves… —contesté con desgana y algo reticente.

—Te encuentro muy recuperada. Si hasta tienes las mejillas sonrosadas. Hacía tiempo que no te veía con tan buen aspecto. —Esbozó una leve sonrisa y me ganó, porque de repente ya no estaba enfadada con él.

—Es el régimen de engorde de este puñetero sitio… Les agradezco lo que hacen por mí, no te creas, pero me muero por que me dejen salir de una vez.

Yo también sonreía. No solo sonreía, sino que sentía un cosquilleo en el estómago que me hizo recordar tiempos pasados. Cuando estábamos juntos. Cuando Elena y su trágica muerte era solo una sombra pequeñita que no llegaba interponerse entre nosotros sino que nos acompañaba y parecía que nos alentara a seguir unidos. ¡Por Dios, mamá! Tenías que haberlo visto: ¡estaba tan guapo! Se había quitado la barba y parecía que había rejuvenecido varios años. Por primera vez lo vi con determinación, sin esa mirada triste que arrastraba desde lo de Elena. En ese momento me pregunté, no sin un poco de amargura por qué lo nuestro había tenido que acabar tan mal. Si nos queríamos, si nos entendíamos tan bien… En aquel momento, en mi mente se engrandeció la figura de Carlos y por el contrario la de Ricky se me hizo pequeñita. De Carlos había estado muy enamorada, de Ricky tan solo quería estarlo poniendo en ello toda mi fuerza de voluntad. ¿Pero acaso la voluntad es suficiente para amar a alguien?

Seguimos hablando largo y tendido sobre mil cosas, esquivando siempre todo lo relacionado con Ricky. Me preguntó sobre mis nuevos proyectos y le hablé acerca de la novela que estaba terminando. Luego yo le pregunté por los suyos. De repente se puso serio y me dijo:

—¿Sabes, Sandra? Me han ofrecido ir como freelancer a Grecia a cubrir todo el asunto este de los refugiados. Me lo estoy planteando seriamente. Aquí, ahora mismo no me retiene nada…

La vista se me nubló de repente. Era cierto que él y yo hacía mucho que ya no éramos pareja, pero estaba acostumbrada a su presencia constante en mi vida, a saberlo cerca de mí como a un gran amigo con el que sabes que siempre puedes contar. No quería que se marchara.

—¿Cómo que nada? ¿Tu familia no es nada? ¿Tus amigos no son nada? ¿Tu trabajo en la revista tampoco significada?

—La revista va mal, es posible que cierre y ya lo tengo hablado con el director. La parece bien que busque otros caminos, ya que él poco me puede ofrecer ahora mismo. Además, me ha asegurado que en caso de que cambie de opinión, me recibirá con los brazos abiertos, siempre y cuando la revista siga en pie…

Se me hizo un nudo en la garganta y tragué saliva.

—En cuanto a la familia y los amigos no tendrán más remedio que comprenderlo. Ya soy mayorcito como para llevar mi vida del modo que crea más conveniente. ¿No te parece?

—Pero, ¿y yo…? ¿Yo tampoco significo nada para ti?

—Tú, querida Sandra, lo serías todo si quisieras. Pero ahora has empezado otra relación y parece que la cosa va en serio.

Entonces vi como sus ojos se humedecían apartó por un momento la mirada hasta que pudo recomponerse para continuar. Me acerqué y lo abracé mientras permanecía en silencio. No me creía con derecho a decir nada en aquel momento.

—Yo ya no pinto nada en tu vida. No me pongas las cosas más difíciles de los que ya son.

Sabía que no era cierto, que Carlos en mi vida «pintaba» mucho todavía. Pude haberle pedido, suplicado que no se fuera, pero no lo hice. A pesar de que sabía que su marcha me iba a producir un vacío enorme. Creo que me di cuenta de lo extremadamente cruel y egoísta que estaba siendo. Por eso bajé los brazos y dejé de insistir. Él fue muy generoso al no habar de Ricky en aquella ocasión, aun sabiendo que ambos lo teníamos muy presente a pesar de que no lo mencionáramos por su nombre en ningún momento.

—Supongo que tienes razón —acerté a contestar con la voz desmayada—. Solo prométeme que tendrás cuidado. Se oyen tantas cosas por ahí…

—Descuida, eso está asegurado. Lo tengo todo muy bien planeado y la zona donde vamos a estar es de las más seguras de la zona. No te preocupes por mí. Además, no te creas que aquí estoy mucho más seguro. ¿Sabes, Sandra…? —por su gesto vi que era algo que no quería confesar abiertamente, pero que de alguna manera se le escapó—. He recibido amenazas más o menos veladas por todos los trapos sucios que están saliendo a la luz por mis investigaciones.

—¡Amenazas! ¿De quién? —le pregunté de inmediato.

No me quiso contestar y en aquella ocasión su silencio fue más elocuente que cualquier respuesta que me hubiera podido dar. Sin decirlo todo apuntaba a Ricky o a su entorno más cercano.

 

Aquella vez nos despedimos con un beso apasionado que me hizo revivir momentos que ya creía olvidados. Volví a darme cuenta de que la voluntad no manda en el corazón, pero decidí ahogar ese sentimiento.

Antes de irse, ya no pudo controlarse y ya en la puerta me hizo una última advertencia sobre Ricky.

—Créeme Sandra. Tarde o temprano ese patán acabará mal, lo sé. Así que atiende bien porque es la última vez que te lo digo. Sé lista y apártate cuanto antes de él. Si cuándo caiga estás junto él, también a ti te arrastrará al fango.

Él se marchó y yo me quedé desolada. Tal vez porque que Carlos se marchaba y no me había atrevido a decirle lo mucho que me seguía importando. O tal vez porque me seguían doliendo sus intentos —hasta entonces fallidos— para demostrarme que el hombre que me cuidaba con tanto esmero; que velaba como ningún otro por mi salud;  que me hacía la vida un poco más fácil; al que intentaba amar con toda mi voluntad aunque no siempre lo consiguiera, en realidad no era merecedor de mi cariño.

 

En el transcurso de la semana siguiente salí de la clínica, como ya sabes y vinisteis a recogerme Ricky y tú.

—Pero hija, cualquiera diría que te han dado el alta. ¡Vaya cara que me traes! —exclamaste al verme sentada y ya con la maleta preparada.

 

 

La llama de la soledad. Capítulo 17. La clínica

La llama de la soledad. Capítulo 17. La clínica

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La clínica era privada y cara. Comprenderás después de lo que te conté que yo no me lo podía permitir y sabía que tú tampoco. Tal vez Raquel, que gozaba de mejor posición económica que nosotras dos habría podido hacerlo. Pero nunca me hubiera atrevido a pedírselo y menos entonces que estábamos siempre como el perro y el gato. Ricky, una vez más, estuvo al quite con el tema y me dijo que no me preocupara, que él se haría cargo de los honorarios. Otra vez se convertía en el caballero que salvaba a su dama. Ante su insistencia no pude negarme  y al cabo de unos pocos días —en cuanto los preparativos estuvieron listos— ingresé en la clínica.

Nunca te quise contar nada sobre mi vida allí, porque la rutina en este tipo de centros no es fácil de llevar y menos para una persona como yo, acostumbrada a hacer siempre su santa voluntad. Pero por fin te lo voy a contar: para empezar, te quitan el móvil y te restringen las llamadas. Como sabes, puesto que viniste en alguna ocasión, las visitas se permiten una hora los domingos y siempre en las zonas comunes. Según parece, la incomunicación es algo necesario para el proceso de reseteo mental al que nos someten. En el día a día la vigilancia es muy estricta, sobre todo a las horas de las comidas e inmediatamente después. Como hay tres comidas principales más la merienda, eso implica sentirse bajo observación la mayor parte del tiempo. A mí me cohibía muchísimo y es algo a lo que no logré acostumbrarme en aquella ocasión. No hay un solo espejo en todo el centro y los váteres de las zonas comunes están cerrados con llave. Solo los de los dormitorios se quedan abiertos, pero no nos dejan entrar en las habitaciones hasta la hora dormir, y bueno, también la de la siesta, siempre y cuando haya transcurrido el tiempo suficiente desde la comida. Las visitas al baño también son supervisadas, no vaya a ser que alguna paciente se provoque el vómito nada más comer. Por las mañanas, después del desayuno teníamos terapia con los psicólogos. Los lunes martes y miércoles era de grupo y los martes y jueves en sesiones individuales. Por la tarde había talleres. Era obligatorio participar en alguno, aunque los habías para todos los gustos: música, pintura, teatro, etc. también había uno de literatura, pero por raro que parezca no me apunté, preferí hacerlo al de pintura. Pero la monitora se enteró de que era escritora y me pidió que la ayudara con alguna de las sesiones. Y bueno, lo hice, más por quedar bien que porque realmente me apeteciese, pero a las demás chicas les encantó.

Allí entablé amistad con Yolanda, mi compañera de habitación. Era una chica que venía de un pueblo del interior de Castellón, de esos que están casi deshabitados, al menos en invierno. Las dos éramos muy parecidas tanto de físico como de carácter: secas como palos. Sin embargo, a los dos días parecía que nos conocíamos de toda la vida. Su historia no tenía que ver demasiado con la mía. Ella fue una chica normal hasta los dieciséis más o menos. Luego, con el desarrollo parece ser que engordó algo más de la cuenta y empezó a seguir una dieta detrás de otra, a cual más severa. Terminó por aficionarse a las webs PRO ANA y PRO MIA. Aquello fue todo un descubrimiento para mí, porque yo siempre he ido por libre hasta en esto de la anorexia y no conocía esas páginas. La verdad, no sé cómo se consiente que sigan abiertas con el daño que hacen. Supongo que la policía hace cuanto puede, pero no es suficiente, está claro. Una noche me quedé horrorizada cuando me enseñó los brazos llenos de cicatrices, todas de heridas autoinfligidas. Luego nos quedamos abrazadas y llorando hasta que nos dormimos.

Bajo aquel régimen de engorde tan severo no tardé en recuperar alguno de los kilos perdidos. Pero al cabo de unas pocas semanas ya no podía más con aquello. Resultaba evidente que tras mejoría inicial empezaba a languidecer en aquel lugar y el equipo médico también era consciente de ello. De modo que a las mes exacto de mi ingreso y puesto que mis progresos eran buenos, conseguí que me dieran el alta hospitalaria. Tan solo debería acudir a una visita semanal con una de las psicólogas del centro, la doctora Carrión. Mientras duraron aquellas sesiones, le agradecí mucho el hecho de que no se centrara en mi relación con la comida sino, que por el contrario, me hiciera hablarle de los momentos más traumáticos de mi vida, en concreto sobre las pérdidas de papá y de Elena. Yo entonces era escéptica y no pensaba que aquello tuviera nada que ver con mi falta de apetito, mis dolores de estómago y mis vómitos, mis inseguridades o mis cambios de humor. Era algo que me seguía atormentado a pesar de todo el tiempo transcurrido, pero de lo que no solía hablar contigo o con Raquel. Me resultaba más fácil soltarle toda aquella mierda a una desconocida.

La llama de la soledad. Capítulo 16. De mal en peor

La llama de la soledad. Capítulo 16. De mal en peor

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Los disgustos recientes y el estrés por no atender  mi trabajo como a mi me hubiera gustado me habían pasado factura, aunque yo como siempre no quisiera verlo.  Arrastraba desde hacía tiempo una recaída de mi enfermedad. Traté de disimularlo vistiendo ropa ancha y gruesa —arte en el que como sabes, era toda una experta—.

Pero mamá, tú me notaste enseguida a la vuelta de Roma, que había adelgazar mucho otra vez. Siempre dices que la cara se me vuelve más pálida y las ojeras más negras cuando empeoro. Creo que me tienes bien calada. Yo ponía todo mi empeño en convencerte de que no eran más que figuraciones tuyas, pero estabas tan acostumbrada a bregar con aquellas situaciones, que no te dejaba engañar con facilidad. En aquella época volvimos a discutir como en nuestros mejores tiempos, cuando no era más que una cría rebelde que se creía en posesión de la verdad. Cuando me ponía en ese plan sabía que podía llegar a ser muy cruel, pero no me importaba lo más mínimo hacerte llorar cada vez que nos veíamos o hablábamos por teléfono. Pero por suerte para mí, tú no pensabas en cruzarte de brazos mientras me veías empeorar día a día.

Primero recurriste a Raquel. Nuestra relación entonces ya no era ni mucho menos tan íntima como cuando éramos pequeñas. Eso y el hecho de que yo la sintiera como mi igual, hacía que tampoco tuviera la suficiente autoridad sobre mí como para hacerme cambiar de actitud. Además, me molestó muchísimo su intervención en al asunto. ¿Quién era ella para darme lecciones? ¿Es que se creía mejor que yo? Lo cierto es que «ella» era la hija ideal: todo lo hacía bien. Tenía un buen sueldo a final de mes; unos niños de postal navideña; un marido ideal y yo no podía soportar tanta perfección. Por el contrario, yo era un desastre para todo. Lo único que se salvaba de la quema era mi carrera como escritora. Aunque en el fondo tampoco me iba tan bien: era verdad que vendía bastante, pero ya me hubiera gustado llegar a fin de mes con la misma solvencia que Raquel —sobre todo en los últimos tiempos—, por mucho que me burlase de su trabajo y la llamase chupatintas en tono despectivo.

Lo cierto es que siempre que me medía con ella salía malparada, pero ahora me doy cuenta de que no era culpa suya sino mía. Ella nunca me menospreció. Era yo la que me creía inferior, la que no podía soportar su éxito porque en el fondo me hacía sentir una fracasada. Aquel la discusión fue terrible. En pocas palabras le dijeque se metiera su asquerosa vida perfecta dónde le cupiese y que me dejara en paz. Después de aquello Raquel se mostró dolida, con toda la razón del mundo, y no volvió nunca más a hablarme del tema. Algún día habré de tener sincerarme con ella y pedirle perdón por todas esas cosas horribles que le dicho a lo largo del tiempo y no solo aquel día. Has tenido que caer tú enferma para hayamos vuelto a ser nuevamente «hermanas».

Entonces, al ver que no había manera de hacerme entrar en razón, tomaste una drástica decisión. A pesar de que Ricky no era santo de tu devoción —y yo lo sabía, que conste—, hablaste con él y le pediste ayuda. Nunca terminaré de sorprenderme de la capacidad de maniobra de una madre cuando la situación lo requiere. Él, que ya sospechaba que algo no andaba bien, porque mi pérdida de peso era más que evidente, me buscó la clínica y me obligó a ingresar casi contra mi voluntad. Yo no quería. Si por algo se caracteriza mi enfermedad es porque no la queremos ver. Que yo me negaba a admitir mi verdadero estado era incuestionable. Sí, notaba como me sobresalían los huesos de las caderas, pero quería deshacerme de unos michelines inexistentes, que solo yo veía. Si conseguía perder tres kilos, ponía mi objetivo en seis y así hasta el infinito. «Trastorno dismórfico corporal» lo llama mi doctora. Si por mí hubiera sido, habría querido adelgazar hasta disolverme en la nada, o lo que es mismo morirme de inanición. Pero Ricky me convenció utilizando todo su don de gentes, que, como político que era, estaba dispuesto a desplegar en cualquier ocasión en la que fuera necesario. Al contrario que Raquel y que tú, él sí tenía entonces un poder sobre mí. Aunque luego, a lo largo del tiempo pude constatar que era un experto manipulador, en aquella ocasión lo utilizó para hacerme un bien y a pesar de todo lo ocurrido después se lo agradezco de corazón.

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La llama de soledad. Capítulo 15. Navidad

La llama de soledad. Capítulo 15. Navidad

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A pesar de las serias advertencias de Carlos, en las semanas siguientes creo que me dejé enredar por Ricky más de lo que me había propuesto en realidad. Yo, al principio no buscaba otra relación. O tal vez sí. Si te digo la verdad, no tengo claro lo que quería. Pero su galantería, su labia, su insistencia, unidas a la seguridad que me transmitía y sobre todo a aquel aroma de lavanda que me recordaba tanto al de papá, hicieron que no pusiera demasiadas pegas en dejarme querer. El hecho de que tanto Amalia como Carlos me hubieran prevenido en su contra no parece que me influyera y si lo hizo estoy segura de que fue en sentido contrario, empujándome hacia él. Así era yo de soberbia, que con tal de llevar la contraria a los demás hubiera sido capaz de arrojarme al pozo más profundo. Pero no nos pongamos dramáticas, que con todos los defectos que pudiera tener, Ricky no era el demonio personificado, tan solo un hombre. Eso sí, ni el mejor, ni probablemente el que más me convenía. Puede ser que él, siempre ávido de nuevas conquistas, me utilizara o puede ser que fuera yo la que lo utilizara a él como tabla de salvación, ya que entonces me sentía muy perdida. Quizás no estaba enamorada, pero estoy convencida de quería estarlo a toda costa y aquello me pareció que podía bastar. Era una manera de sentirme viva, aunque mis emociones estuvieran anestesiadas. En todo caso continuamos saliendo y a la tercera o cuarta ocasión lo invité a subir a casa a tomar una copa y nos acostamos por primera vez. Descubrí que él sabía muy bien cómo hacerle el amor a una mujer, y aunque no fuera algo memorable debido a mí bajo perfil emocional de entonces, me satisfizo sobradamente en el plano digamos más físico. No tardó en darse cuenta de que estaba muy delgada, demasiado, y  partir de aquella noche me bautizó con el apodo de «el saco de huesos más sexi». En aquel momento me hizo reír con aquella ocurrencia y mi corazón vibró con algo que me pareció cercano a la felicidad. Pero a la larga empezó a molestarme que se dirigiera a mí con aquel apelativo, sobre todo porque no lo reservaba única y exclusivamente para nuestra intimidad. Pero tampoco quería contrariarlo y menos aún en público, de modo que lo acepté, aunque fuera a regañadientes. Con todas las cosas de Ricky que no me gustaban adoptaba la misma postura: hacer como que en realidad no ocurrían. De esa manera acallaba mi malestar.

Por aquel entonces me estaba malacostumbrado a que fuera Ricky quien se hiciera cargo de mi economía. Yo estaba pasando una mala racha. Llevaba tiempo sin encontrarme bien. Dormía peor que nunca, que ya es decir, y me despertaba sin energías para afrontar el día. Me quedaba en la cama prácticamente durante jornadas enteras y me resultaba imposible escribir porque sentía como si tuviera la cabeza llena de plomo. Por las noches en mi cabeza volvía a comenzar el baile del insomnio. No tengo que recordarte que durante aquella época me pasaba los días enteros sin casi probar bocado. Solo tomaba alimentos sólidos cuando salía con Ricky e íbamos a algún restaurante o bien cuando iba a tu casa a comer. Normalmente los sábados o los domingos. Tú ya empezabas a darte cuenta de que algo no marchaba bien.

—Hija, mírate. ¡Qué cara traes! Si parece que hayas visto un fantasma. Por el amor de Dios. ¿Comes bien? ¿Te estás cuidando lo suficiente?

—Claro, mamá. Si solo es que he pasado una mala noche, ya me conoces. No te preocupes, que estoy bien —contestaba yo, sin darme cuenta de que con mi mentira, más que engañarte a ti, me engañaba a mí misma.

Pero no, no estaba bien. Es más, por culpa de mi enfermedad, que entonces todavía me negaba a reconocer, me había retrasado en muchos compromisos de trabajo. En el mundo capitalista en que vivimos y más si trabajas por cuenta propia como es mi caso, si no trabajas no cobras. Llevaba unos meses sin apenas ingresos y llegó un punto en el que me sentí agobiada por no poder hacer frente a todos mis gastos. Pedirte ayuda a ti me daba vergüenza. Tampoco sé hasta dónde habrías podido ayudarme, porque soy consciente de que la pensión te da lo justo para vivir y bueno, para alguna alegría muy de vez en cuando. Sé perfectamente que a estas alturas sigues haciendo malabarismos para llegar a fin de mes, como si ese hubiera sido el sentido de tu vida. En cuanto a Raquel, quedaba descartada de antemano. Mi orgullo me impedía pedírselo a ella. No es necesario que te explique el porqué.

Ricky se enteró de mis apuros económicos cuando me encontró un día llorando de desesperación frente a un recibo del banco.

—¿Cómo es que no me lo habías contado? —me dijo en un tono a medio camino entre la regañina paternalista  y el de consuelo—. Anda, para ya de llorar y no te preocupes. Déjalo en mis manos.

Yo ni siquiera le contesté y me refugié en sus brazos dando ya rienda suelta al llanto que había estado conteniendo, solo a medias, mientras él me hablaba.

Aquel día, cuando se marchó se llevó el recibo sin que yo me diera cuenta. Al día siguiente me notificaron que la deuda estaba saldada y a partir de aquel momento comencé a recibir en mi cuenta corriente todos los meses una pequeña asignación que me permitió respirar tranquila, por lo menos hasta que fuera capaz de volver a ganarme el sustento por mí misma.

En un primer momento me mostré reticente con Ricky, porque aquello iba en contra de todos mis principios, de todo lo que nos habíais inculcado desde pequeñas papá y tú. Pero él supo convencerme con muy buenas palabras.

—Pero vamos a ver, Sandra. Parece mentira que no sepas todavía que las parejas se tienen que apoyar entre sí. Tienen que estar juntas en lo bueno y en lo malo. Si estuviéramos casados, ¿qué problema habría? Lo verías normal, ¿no?

Ante mi indecisión y mi silencio prosiguió en un tono vehemente:

—Pues, ¡qué diferencia hay? El matrimonio es tan solo un papel que para mí no significa nada. Déjame que te ayude. No ves que me necesitas.

Me lo puso todo tan fácil, tan de color de rosa que me convenció. No me daba cuenta de que al aceptar su ayuda económica más allá de una necesidad puntual, estaba cayendo en una dependencia que no me convenía en absoluto. Pero estaba enferma aunque yo no mediara cuenta y mi mente se hallaba confusa. De modo que te pido, mamá, que no me juzgues con dureza por haberme rebajado a esa situación.

Para Navidad, las cosas con vosotras habían mejorado. Incluso estuvimos planeando entre las tres los menús para Noche Buena y Navidad. Bien sabe Dios que una de las cosas que más odio es el pasteleo de esas fechas, pero como por entonces me hallaba en plena fase «zen» me dejé envolver por aquel ambiente donde todo rezumaba paz y amor.

Por otra parte, me había quedado muy resentida con Carlos después de nuestro último encuentro e hice todo lo que pude por no coincidir con él. Todavía me dolían las palabras que dijo sobre Ricky —que yo seguía creyendo falsas—, de modo que levanté una barrera impermeable a todas las habladurías que circulaban acerca de él. Desoí todas las advertencias e incluso a mi propia intuición a la que acallé sin contemplaciones.

En mi descargo diré que él seguía comportándose conmigo como un verdadero encantador de serpientes, colmándome de atenciones y haciendo mi vida mucho más fácil. Si vuelvo la vista atrás, desde la época anterior a la muerte de papá no recordaba ningún momento en que llevara una existencia tan plácida. Ahora sé que placidez no equivale a felicidad, pero se le parece, ¿no?

Después de aceptar su ayuda, llegaron también otra clase de regalos, incluidas algunas joyas muy por encima de mis posibilidades. Al principio me hacía la remilgada, pero poco a poco aquel ritual del tira y afloja se fue reduciendo hasta desaparecer por completo y llegó un momento en el que ya los admitía con la mayor naturalidad del mundo sin hacer preguntas incómodas acerca de su valor. Entre aquellos regalos también había viajes de lujo a los que no me costó demasiado acomodarme. Los viajes, además me sentaban bien. Durante ellos parecía que mi salud tan quebradiza mejoraba un poco tanto a nivel físico como mental.

Precisamente fue en uno de ellos cuando vi de nuevo en toda su crueldad aquella mueca feroz que atisbé tras su pretendida sonrisa en nuestra primera cita. A decir verdad, era una expresión que mostraba a menudo, pero aquel día la vi de una manera diferente y un escalofrío me recorrió el espinazo cuando se reflejó en su rostro. Por primera vez sentí miedo de Ricky. No fue un miedo físico, a que me pudiera lastimar ni nada por el estilo. Por el contrario, fue mucho más emocional. Sentí un miedo inexplicable por su temperamento, por su determinación. Lo veía capaz de todo para lo bueno, sí, pero también para lo malo. En el fondo, aquel miedo más que por mí lo sentí por él, porque presentí lo que podría ser capaz de hacerse a sí mismo.

El motivo que desencadenó la situación fue de lo más banal. Yo estaba a punto de terminar mi novela y como Amalia me estaba apurando con los plazos, me llevé el ordenador con la intención de dedicar algunas migajas de tiempo al libro. Pese a todo, aquel seguía siendo mi trabajo, de cual yo vivía —o al menos pretendía hacerlo— y ya lo había descuidado demasiado.

Habíamos ido a Roma en una escapada de fin de año. Nos alojábamos en un hotel fabuloso entre la Vía Veneto y la plaza de España. Desde la terraza, las vistas de la ciudad eran espectaculares. A esa hora del día habíamos superado ya la resaca de la fiesta. Por la mañana habíamos estado viendo el belén de la plaza de San Pedro —por expreso deseo mío— y luego fuimos de compras por el centro. Yo quería llevar regalos para vosotras y los niños. Al final, Ricky se animó también y compró unos detalles para sus hijas a las que solo veía en ocasiones como Navidad o Reyes tras su divorcio. Las compras fueron extenuantes y volvimos agotados. Ya por la tarde estábamos descansando en la habitación de todo el ajetreo. Sin ningún plan concreto hasta la hora de la cena, me pareció que aquel impasse era un buen momento para trabajar un poco. No llevaba ni cinco minutos con el ordenador cuando Ricky me pidió que volviera a la cama. Yo me excusé dando por sentado que él se mostraría comprensivo. Sin embargo, a mi tercera negativa se levantó, vino hasta la mesa donde yo intentaba trabajar y con esa pesudosonrisa que por primera vez consiguió asustarme, me cerró el ordenador sin darme tiempo a que guardara el documento y a empujones me llevó hasta el lecho. Yo traté de imponer mi voluntad sobre la de él, pero mi resistencia no debió de ser lo bastante firme, porque consiguió lo que se proponía. No se puede decir que empleara una violencia explícita, pero me hizo sentir muy incómoda. De hecho, aquel primer episodio lo empecé a revivir constantemente en mi cabeza algún tiempo después sin entender por qué había consentido que me pasara por encima aquella vez y las otras muchas que vinieron luego. Pero me tenía subyugada, enseguida me hacía el amor y conseguía que se me olvidaran todos los malos momentos que me había hecho pasar antes. El sexo con él desde el principio fue fácil y sin complicaciones. Era —es— un hombre sensual que sabía cómo complacerme y de ello se valía muchas veces para someterme. Ahora lo veo claro, pero entonces mis sentimientos estaban confundidos y mi juicio nublado. Ejercía sobre mí un influjo que me resulta tan difícil de explicar…

 

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