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Me dejaron ingresada todavía unos días más. En apariencia, había superado la crisis y me estaba recuperando bien de la intentona de suicidio, pero dado mi historial, la psiquiatra quiso asegurarse de que yo comprendía bien cuál era mi situación real. Entre otras cosas también intentaba asegurarse de que no tuviera una recaída de mi enfermedad. Con toda sinceridad, no creo que yo fuese muy proactiva con mi recuperación en aquel momento. Además de no recordar en qué momento decidí atentar contra mí misma tampoco estaba especialmente sensible con el tema de mi anorexia. Créeme si te digo que puedo comprender a cualquier adicto, ya sea al alcohol a cualquier tipo de sustancia. Ellos no piensan nada más que en consumir, y no hay nada en el mundo que les importe más que conseguir su copa o su dosis. Siguiendo con la analogía, yo o tan solo quería que me dejaran en paz para dormitar a toda hora. Tal vez no quería morir, pero está claro que tampoco quería enfrentarme a mi vida, que pasaba por vicisitudes que me resultaban muy incómodas de afrontar. La esperanza de que si dormía no tendría que enfrentarme a ese desafío me llevaba a mantenerme en aquella actitud absurda, lo reconozco.

Una de aquellas tardes en que Raquel y tú protegíais mi duermevela, oí que murmurabais entre pesados silencios el nombre de Ricky y al instante me di cuenta de que me ocultabais algo muy gordo.

—Mamá, Raquel, ¿qué estáis hablando de Ricky? ¿No os dije que no quería volver oír su nombre nunca más?

Era cierto. Lo último que sabía de él era que dos días después que yo y tras pagar una suculenta fianza había salido en libertad con cargos.

—Nada —salió al quite Raquel—. Has debido de entenderme mal. Le decía a mamá que tu sobrino Iván se ha vuelto un friki de los videojuegos, que de repente se ha hecho mayor.

—¡Y un cuerno! —contesté yo, que para bien o para mal siempre tuve el oído muy fino—. Has nombrado a Ricky. ¿Por qué?¿Qué ha pasado?

—Nada, Sandra. ¿Qué va a pasar, hija? Anda, duérmete un rato más hasta que te traigan la cena, que hoy has tenido un día de mucho trajín con todas las pruebas que te han hecho.

Y eso me lo decías tú, la que siempre me animaba a permanecer más tiempo despierta, a levantarme de la cama, a dar una vuelta por el pasillo, a hablar con otras pacientes. Entonces tuve claro que sí, que había sucedido algo con Ricky que no me queríais contar.

Insistí:

—Quiero que una de las dos me cuente ahora mismo qué pasa con Ricky. ¿Por qué hablabais de él hace un instante?

—Pero, hija… En tu estado no conviene que te den disgustos.

—Ah, no. Ni hablar. Ahora no podéis dejar así. No os dais cuenta de que cualquier noticia que me deis por mala que sea no puede serlo tanto como dejarme en la incertidumbre. Venga, ya estáis largando…

Entonces vi como las dos torcíais el gesto, pero como tú no te decidías fue Raquel la comenzó con pies de plomo.

—Mira, Sandra. Ha sucedido una desgracia. Ricky por lo visto no ha podido con la presión…

—¿Qué insinúas?

—Hoy han abierto todos los telediarios con la noticia.

—¿Con qué noticia? ¡Suéltala ya por favor, que no puedo ya con tanto misterio!

—Que…que lo han encontrado ahorcado en su casa.

Me quedé muda el resto de la tarde. Yo había conocido a ese hombre, me había acostado con él, casi podía decirse que lo había querido y ahora también estaba muerto.

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.