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Luego estaban las conversaciones con mi amigo el científico, que, bueno, eran como esas comidas para adelgazar que te dejan con hambre, por muchos vasos de agua que te bebas. Mi amigo el científico tenía el pobre una conversación que alimentaba el espíritu pero no lo satisfacía. Era un hombre sin duda inteligente, sencillo y sano. Además, hay que decir que su amistad era de las más verdaderas y desinteresadas que jamás haya conocido. Por eso no valía para nada. Porque las buenas amistades son las que sirven para algo, es decir, las falsas.
– Desde luego, hijo mío, mira que eres raro -me decía Carmen ante este tipo de comentarios míos-. Si es que piensas demasiado. Si no pensaras tanto serías más feliz.
– Tampoco te creas que pienso tanto. Pero es que yo prefiero pensar un poco más y ser menos feliz.
– Pues no sé para qué. No profundices, hijo, que profundizas mucho. Tú lo que tienes que hacer es administrarte el tiempo. Una parte del día piensas. Pero luego ya, el resto, descansas.
– Y hago abdominales.
– ¡Eso! ¡Genial!
Quiero recordar aquí que cuando yo le exponía a Anabel alguna de estas teorías, ella parecía entenderlo ya que torcía sus labios zumbones hacia un lado, como sonriendo con maldad. Yo lo interpretaba como un asentimiento, aunque no podía estar seguro.
Una vez sentenció peinándome con los dedos el pelo revuelto:
– Jorge, Jorge, Jorge… El atormentado. ¿Qué quieres saber? ¿El origen de todo? No está aquí. No está al final del rellano. No está en Madrid.
También me llega el recuerdo del sueño y de la palabra leprino, que no aparecía en el diccionario. Nunca me atreví a preguntarle a Anabel si sabía lo que quería decir leprino.
Anabel odiaba aburrirse. Por eso le bastaba con entender las cosas a la española, o sea, más o menos. Su cabeza no necesitaba conocer todos los pasos de la demostración, como le ocurría a mi amigo Carlos con sus formulaciones matemáticas. Para ella los razonamientos intermedios eran siempre irrelevantes, y si la conclusión de su interlocutor era errónea a ella le sonaba a errónea en seguida. Menos analítica pero más astuta.
Me sorprendía que hubiera tres tipos de inteligencia tan distintos como los de Carmen, Carlos y Anabel.
Carmen: la que de verdad sabía vivir, conocía su papel en el mundo y nos ganaba las partidas a todos de un modo aparentemente simple, con esos ojos dulces, inocentes… Pero perfecta heredera de todo el saber que las madres españolas conservadoras de clase acomodada provinciana han sabido transmitir a sus hijas durante generaciones. La vida es simple para ella y la sabe manejar como nadie.
La inteligencia de Anabel quedaba patente por su realismo y por su intuición para distinguir lo que es auténtico y lo que no. Su individualismo casi felino. La complejidad de su carácter, aparentemente equilibrado. No se vanagloriaba jamás de sí misma. Sabía luchar en la vida y por eso se veía abocada a hacerlo continuamente. El mundo se volvía siempre hostil a su alrededor. Sin embargo no había nada en ella de perdedora. Anabel vivía en favor de sí misma con todas sus fuerzas. Alguien habría podido elucubrar respecto al masoquismo de una personalidad como la suya, aparentemente atraída por los problemas y por los mundos turbios y adversos. Yo no lo creo. Anabel sabía disfrutar aunque no siempre lo hiciera. Simplemente vivía en su medio ambiente y, a su manera un poco descreída y amarga, amaba su mundo igual que un marino ama la mar, con su belleza y sus peligros. Igual que te puede fascinar una jungla de verdosos claroscuros y fieras acechantes.
Mi amigo el científico era el campeón de la inteligencia en su acepción más objetiva: aquélla que miden los test. Incontaminada de ideas, sólo análisis y conclusiones. Sin embargo, su conversación dejaba bien claro que poseía la imaginación, la intuición y la lógica necesarias para encontrar explicación a todos los problemas y misterios del mundo. También la sensibilidad para disfrutar con el verdadero placer superior: el intelectual. Nadie debería engañarse pensando que mi amigo era un mero recopilador de datos. Él mismo los producía. Yo siempre le decía que todas sus opiniones, sus hipótesis, sonaban no ya a acertadas, sino a rigurosamente ciertas. Nunca tenía frases atinadas. Sólo descubría realidades de una certeza exánime y fría. Eso me llevó a pensar que, en la vida, los que tienen el ingenio no son los que tienen la razón. Que es imposible que la verdad resplandezca, porque los guiños de la mentira brillan más. Parecía que Carlos no tomase parte del todo en la vida, como si estuviese por encima de ella, o por debajo. Pero finalmente no era así y su vertiente animal, como él mismo decía, se resentía con frecuencia amargándole con sus reclamaciones mal atendidas.
Tres personalidades muy distintas. Tres tipos de inteligencia.
Carmen era la única que sabía entender la vida y se deslizaba como sin esfuerzo sobre los problemas. En cierto sentido era por eso la mejor.
Junto a Anabel, todos parecíamos ridículos y chatos. Pequeños. Tontos. Conocerla era admirarla sin saber exactamente por qué. También ella parecía, visto así, la mejor.
Mi sabio amigo era un cerebro tal, que a su lado ninguna cabeza podía resistir la comparación. Dejando a un lado el hecho de que fuera un hombre y las otras dos unas chicas muy guapas, refiriéndonos tan solo a la materia gris, él era el mejor.
En resumen: los tres eran superiores a los tres. El Señor reparte sus dones para que todos tengamos nuestra faceta excelente. Lo que importa no es la capacidad que se tiene, sino el modo en que se ha elegido utilizarla, con sus ventajas y sus carencias. Y queda claro para mí que no nos sobra tanto cerebro como se dice ahora. Yo no admiraba realmente a nadie. Tampoco a Carmen y Anabel quizás porque al ser mujeres me provocaban otro tipo de admiración distinta de la verdadera admiración, que creo que no he sentido nunca pero la puedo intuir. Creo que nadie admira realmente a nadie.

Nadie admira realmente a nadie. Esto es importante. Es la prueba de que todos andamos en la tibia mediocridad.
Un domingo por la mañana, al zapear con el control remoto del televisor, escuché el fragmento de una homilía. “¿Cómo vamos a creer en Dios si ni siquiera somos capaces de encontrarlo en nuestros semejantes?” -preguntaba el sacerdote. Yo creo que hace falta mucha fe para encontrar a Dios en un semejante.

Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.
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