Rocketman

Rocketman

4.50 Promedio (180% Puntuación) - 2 Votos
Vi la película Rocketman y me quedé pensando acerca de lo que me transmitía.
Hubiera preferido que estuviera más centrada en la música de Elton John que en sus adicciones y en su sórdida vida sexual. Por un lado recomiendo la película porque es distinta y porque para la gente de mi generación personajes cómo Elton John, aunque suene cursi y tópico decirlo, es verdad, son parte de nuestra vida. Estuvieron presentes cuándo descubrimos la amistad y el amor empezamos a jugar a ser mayores. Elton John fue un verdadero genio y digo fue aunque no esté muerto porque entiendo que son páginas ya cerradas. Un genio un poco chillón y provocativamente hortera. El sapo cornudo que aparece en una de las letras de Bernie Turpin quizás fuera Elton. Pero demostró tener una sensibilidad y un talento musical fuera de toda duda. Sin embargo, la película no se basa en su música ni en su genialidad sino en su fragilidad emocional y en sus vicios, ignorando que ése es el camino de millones de personas que sin embargo no son geniales como él.
 
Hay una línea de películas biografías contemporáneas sobre personas como Steve Jobs, Mark Zuckerberg, o Freddie Mercury, aunque aparentemente no tengan ninguna relación unos y otros. En general creo que hay que dar la bienvenida a este tipo de películas y por eso no quiero ser especialmente crítico con Rocketman. He leído comentarios muy buenos y efectivamente tiene algunos cambios de escena magistrales y los actores son magníficos aunque el protagonista no tiene la voz ni la autoridad del Elthon John.
 
Creo que fue en 1976 cuando yo pude ver la película Tommy. Una ópera rock, se decía entonces. Ahora creo que no sabría llamarla así. La película está básicamente compuesta por the Who, supongo que especialmente por Roger Daltrey, pero muchos otros de los grandes mitos del rock aparecían en ella. Entre ellos Elton John, que interpretó la canción Pinball wizard, qué es una de las que aparece también en Rocketman. El caso es que el drama de los padres de Tommy en aquella película recuerda demasiado descaradamente al de los padres de Elton John. Incluso el estilo de algunas de las escenas que en Tommy protagonizaron Ann Margret. Por tanto la película no me ha parecido tan original como dicen sus buenos críticos.
 
Elton John lanzó mucha cancioncilla pegadiza. Pero también tiene otras con una fuerza impresionante, baladas de amor inolvidables, y piezas que me atrevo a decir qué son de verdadera profundidad. Pero la película Rocketman, a pesar de centrarse en tratar de descubrirnos sufrimientos que ocasionan unos malos padres, y un problema con las drogas, y de despedir un aire de pesimismo y tristeza, para mi gusto no acaba de reflejar esa profundidad. Insisto en animar a todos a que vean la película. Sin dudarlo, considera que está por encima, muy por encima del promedio de las películas que tragamos continuamente, así que podemos decir que es en este sentido una buena película aunque para mí no está a la altura de lo que merecía y merece este gran ídolo juvenil.
4.50 Promedio (180% Puntuación) - 2 Votos
ESCRITOR Y SOCIEDAD: LOS BODORRIOS DE LAS LAURITAS

ESCRITOR Y SOCIEDAD: LOS BODORRIOS DE LAS LAURITAS

5.00 Promedio (200% Puntuación) - 2 Votos

El grupo. Ay, el grupo. Me gusta relacionarme con las personas de una en una. También hablar en público, porque doscientos oyentes en una conferencia se comportan en realidad como uno solo. No soy aficionado a volar en bandada El grupo nos condiciona hasta la nausea. Nos vestimos en función del grupo, consumimos según nuestro colectivo referente, nuestra conducta es muy poco nuestra, mucho menos de lo que creemos.
Quisiera no ser previsible pero todos lo somos.

Conspiro respecto a la sociedad. No acabo de ser su enemigo, pero no ceso de murmurar en su contra. No me rebelo del todo, no doy mi golpe de estado, no corto las amarras. Lo malo es que a pesar de todo, mi desconfianza hacia lo colectivo me delata. Se me nota.

Yo comprendo que debo pagar peajes. No es que me guste, claro, pero sé que en el fondo soy un afortunado y eso debe ser compensado retribuyendo a la chusma de alguna manera para que no le escueza. Hay una especie de socialismo de las identidades que pretende no ya acabar con los ricos, sino con todo vestigio de diferencias. Y no por proteger a los desvalidos sino para atacar a quienes creen que descolla injustamente. Les parece provocador que otros sean mejores o peores en algo, o simplemente distintos, aunque sea por silbar, o cocinar croquetas cuadradas. Ni siquiera precisan ser mejores. Simplemente que no sean “100% grupo” es suficiente. Les joden los listos, porque no todos lo son. Las guapas, porque les parece injusto no serlo ellas o ellos también. Los fuertes les intimidan y quieren demostrar que se atreven a darles una patada donde más duela. Los ágiles, con su ritmo, que se alejen y les dejen en paz. Los graciosos siempre quitan brillo a los demás. ¿No podrían pensar un poco en los que somos grises y ser menos divertidos? Como los interesantes, los atractivos, los originales. Los pobres, que se jodan, oye, que los demás no somos millonarios. Los voluntariosos y laboriosos no tienen comprensión y creen que todos deberíamos ser iguales. Los enamorados se creen los primeros y únicos en vivir. ¡Qué decir de las decepcionadas, los extranjeros, los motivados… Todos merecen el rechazo del grupo. Todos: expertas, atentos, despistados, desdichados, educados, felices, buenos, profundas, creativos, deseados, torpes, queridos, odiados, brutos, suaves, simpáticos, sencillos, orgullosos, claros, oscuros, discretos, tontos, asequibles, tiernos, románticos, apasionados, idealistas, ilusionados, fieles, escépticos, orgullosos, pacíficos, modestos, amistosos, animosos, deprimidos, clarividentes, ofuscados, tranquilos, sinuosos, impulsivos, informados, realistas, descreídos, ocurrentes, solitarios, vulnerables, soñadores… Por todo y por su contrario te pueden odiar. Por cualquiera de estas facetas, sobre todo por la de soñador y por ser un ingenuo, y estar con las defensas bajas, y por tres mil motivos más así, nos merecemos un escrache no basado en insultos y pancartas sino en la hipocresía apestante que llega si puede hasta las puertas de tu casa. Es el colectivismo totalitario de la falta de personalidad, que intenta coaccionarte cada día en cada momento. Te requiere para que pagues un impuesto a su administración de la vulgaridad. Una ecotasa inventada al individualismo. Pretende diezmar tu alegría con la acción coordinada de su mala fe, y del linchamiento social. Es como convocar a los espíritus con la ouija. Entre todos la van moviendo un poco con el dedo, empujando y dejando de empujar. Luego dicen que nadie la ha movido, que entre todos la matamos pero ella sola se murió. Es la cobardía. la que manda protegerse en la manada y traicionar al individuo.

Qué palabra tan interesante: individuo. En español parece algo malo. Lo usan los policías, los juristas, las autoridades y los periodistas de sucesos. “A las 23:48 del día de ayer tres individuos abrieron fuego en plena calle contra los empleados de un supermercado… ” El individuo es alguien sospechoso y desprovisto de la protección que otorga una mínima descripción. De las víctimas sabemos tan poco como de los asesinos, pero los primeros son empleaados, los asesinos ni son nada, no tienen catalogación. Solo son individuos, expoliados de cualquier otro ropaje, referencia, o clasificación, hasta ser más minuciosamente estudiados y fiscalizados. Los delincuentes son siempre individuos y casi se podría decir que los individuos son delincuentes. . . Desnudos de toda cualificación subjetiva. El individuo es como un espécimen atrapado en la platina del microscopio, bajo la mirada fría del entomólogo. Se le ve pequeño, insignificante, pero al mismo tiempo capta toda la atención del gran ojo escrutador que todo lo mira de modo invasivo, al otro lado del tubo del microscopio, detrás de la lente. El grupo quiere gobernarte y que tú seas su escudero. Debes delatar al individuo. ¿Por qué deberíamos tolerar que alguien sea distinto? Yo le llamo socialismo ya que pretende repartir la riqueza humana individual y arrebatar, no el oro, sino el aura de los que la tienen. Acabar con las distintas clases de personas, que no haya humanos de distintos estilos. Pero no tiene nada que ver con ser socialista, sino con ser rastrero. No es el estado el opresor, sino la mentalidad pobre, cobarde, servil, falsa e hipócrita de cada persona. El grupo es por definición anti filantrópico, aunque se proponga remediar a los marginados, porque el propio concepto de marginación necesariamente hace referencia al grupo, igual que palabras como suburbio o extrarradio no tienen sentido sin la idea de ciudad . Se cimenta en el cálculo de conveniencias personales, el interés disimulado, cobarde e innoble de sus miembros. Resistir al grupo hace que los hombres fracasen o que se conviertan en grandes. Debes medir tus fuerzas, como el escalador ante la montaña, o te vas a autodestruir. El poder es siempre el poder del grupo o el poder de quien maneja el grupo. En cuanto queremos dañar a alguien, tratamos de enfrentarlo al grupo, lo denigramos ante los miembros del grupo. El cotilleo es una actividad neurótica de adoración al grupo y de desprecio a los individuos. La sociedad fomenta la mediocridad y disuade de la veleidad de cualquier posición alternativa personal. Hay un nazismo solapado en las mamás que van a buscar al niño al colegio; en los compañeros de oficina; está soterrado en el resentimiento del conserje, la frustración del peluquero y en la soberbia de la esposa del banquero; en el empresario, el sindicalista, y en el redactor jefe. La coacción es social pero el recelo está en las vísceras de cada persona. Es el origen de la eterna trama cainita que mueve la historia. En cuanto Adán y Eva tuvieron hijos nació el primer Caín.

La mente del escritor es un caleidoscopio. Por si las nuevas generaciones se hubieran olvidado de esta palabra, recordaré que es un tubo con dos o tres espejos inclinados y cristales de colores en su interior, dispuestos de tal manera que si se mueve el tubo y se mira en su interior por uno de sus extremos, se pueden ver distintas figuras geométricas simétricas. El escritor debe estar pendiente de su propia mente. Unas veces debe tratar de no mover su caleidoscopio para que nada se altere y pueda mantener un tono, una voz, una escena imaginada que se le representa vívida en un momento dado. Otras veces se trata de ir moviendo el caleidoscopio suave o bruscamente. Necesitas soledad. La vida social te distrae, no puedes ir a la boda de Laurita y Felix y llevarte el caleidoscopio, porque ése seria un comportamiento inadmisible. Hay que mantener las relaciones personales humanamente enriquecedoras y evitar compromisos sin significado personal. Esa es la relación entre el escritor y la vida social. Esta siempre trata de hacer pasar por el aro al escritor. Su mundo imaginario es infinitamente más rico que las bodas de las Lauritas y de no ser así, sería absurdo seguir escribiendo. A partir de ahí es inevitable que el grupo, la sociedad, te vuelva la espalda. Tu desinterés lo percibirá la madre de Aurorita y el hermano de Laurita, las primas, el padre, pronto renegará de ti todo el círculo de Laurita. Además de tu desinterés, que es real, te atribuirán rareza, inmadurez, soberbia y falta de conexión con la realidad y comprenderás que habría sido mejor para ti no haberlos conocido jamás o tener una vocación… una personalidad, menos antisocial. Vas a ser víctima de la eterna pregunta: ¿Quién te crees que eres? Tú mismo acabarás preguntándotelo. Con suerte, hallarás la respuesta: tú eres tú y tienes todo el deber y el derecho de serlo, aunque implique pagar más peajes y afrontar consecuencias.

Un escritor, como cualquier otro artista, es alguien distinto. Puedes dibujar bien y no ser un artista. Puedes redactar bien y de nuevo, no ser un artista. Ser escritor requiere mostrar una visión subjetiva, y diferencial del mundo y no ser el que puede presumir de tener más conocidos ni mayor éxito social. Tu juegas en otra liga. Escribiendo bien demostrarás conocer las técnicas: el oficio de escritor. Pero en realidad ser escritor no es un oficio. Desconfía de todos los escritores que dicen que escribir es un trabajo como otro cualquiera. Saben que mienten. Con su falsa modestia se disfrazan de desmitificadores. Son ellos los verdaderos pedantes Escribir es un trabajo, sí. Y mucho más. El síntoma del verdadero artista es presentar un cierto grado de falta de integración social, de inadaptación. Si estuvieras en el mundo feliz, el arte sería innecesario. Un gran escritor es un excelente inadaptado no un miembro del grupo, no un gregario del pelotón. El homenaje de la sociedad a los artistas es de las manifestaciones más cínicas que existen. La sociedad rinde pleitesía a los artistas cuando por fin están muertos, después de haberlos detestado y marginado como seres humanos. Remarcan su nacionalidad y lo convierten en símbolo de todo un país, que en realidad recelaba de él. En vida si tienen éxito acaso lo han convertido en bandera o han sabido no tomarse en serio ni a ellos mismos ni a la sociedad. El escritor es impulsivo. A la mierda, decía Fernando Fernán Gómez. Yo he venido a hablar de mi libro, decía Umbral. El autor no se anda con paripés. Por eso, muchos artistas, camino de llegar a serlo, optan acertadamente por marginarse ellos mismos.

Yo tengo la esperanza de que la ciencia nos diagnostique algún día como algún tipo de síndrome de déficit de atención a la realidad circundante. Entonces los individuos dejarán de ser sospechosos y los artistas serán tratados como enfermos, tendremos un dia en el calendario, como los enfermos de cáncer o algunas minorías protegidas por lo políticamente correcto. Se nos prescribirán pastillas con cargo a la seguridad social que actuarán sobre nuestros peculiares neurotransmisores y paliarán nuestro problemático ADN.

De Cela o de Umbral, hasta después de muertos, mucha “gente de grupo”, ¿qué decían de ellos? No voy a caer en el recurso demasiado usado de acabar este párrafo con una palabra gruesa. Pero la mayoría los detestaban.

Escribir es un privilegio. Un privilegio individual. Un privilegio de un individuo. Si notas que no te lo hacen pagar es que tus resultados son todavía modestos. Puede que te estés dedicando a ganar dinero al acariciar la melena de lectoras románticas o a mesar el bello facial de niños de más de cuarenta años, lectores impenitentes de tebeos sin dibujitos. Esa es una posición intermedia, sana, legítima y respetable si tu lo sientes así.

Pero yo no hablaba de eso. Yo hablaba de ESCRIBIR.

Precisamente hoy es domingo. Debo elegir entre escribir en una terraza, al sol, o cumplir con algún compromiso social. ¿Qué voy a hacer? ¿Seré suficientemente valiente? ¿Lo bastante individualista, artista y antisocial? Pues no. Me veo en casa de la tonta de Laurita, que domina a la perfección palabras como cenefas y bodoquitos, y el simplón de Felix, con su grupo de amigos. No los hemos visto aun desde que volvieron de su viaje y subsanar ese grave déficit seguramente sea un deber ciudadano para que no nos excluyan, cosa que me haría tan feliz…

5.00 Promedio (200% Puntuación) - 2 Votos
En aquel momento quiso flotar (fragmento)

En aquel momento quiso flotar (fragmento)

5.00 Promedio (200% Puntuación) - 2 Votos
En aquel momento quiso flotar. Había estado caminando un rato. Desolado, triste, tratando de encontrar un sentido a las cosas. Sentía una cierta inclinación por la derrota. Se aflojó levemente la corbata y se alejó del coche sabiendo que el día estaba gris y que se pondría más gris aún. Quizá deseaba la lluvia. Quizás deseaba ahogarse. Caminaba, miraba… como quien trata de encontrar algo, pero no descubría nada que fuera suficiente para cambiar ni su humor ni su vida. ¿Dónde aparecería lo que estaba buscando? ¿Era el letrero de alguna tienda? Quizás un perro abandonado. ¿Podría ser una chica que le ayudase a arrancar un capítulo nuevo? ¿Una propuesta inesperada? ¿Un conflicto distinto?
 
El cielo estaba tan oscuro… Y comenzó a gotear. Pero él siguió cargando sobre su espalda cierta lástima por sí mismo, ya que no veía de qué modo las cosas podrían variar. La cara y el pelo ya estaban mojados. La corbata parecía ser de las que se estropeaban con el agua. ¿Qué más le daba?
 
Quizás debería entregarse a la bebida y morir algo más rápidamente… Beber, caminar bajo la lluvia y morir sobre un charco… Se percató de que tal muerte le parecía más dulce que trágica. Lo trágico era seguir viviendo.
 
Las nubes estaban imponentes al atardecer. Parecían los cascos de acero de una flota de submarinos sumergidos en el cielo de Madrid. Pero realmente eran nubes y tan pronto dejaban pasar el sol como le regaban la cabeza. Pero él seguía alejándose del coche, aunque pensando en su paraguas abandonado en el asiento trasero. Allí estaba el paraguas.
 
La lluvia ya era intensa y le recordaba de modo impertinente que debía volver a la realidad y dejar de volar imaginariamente entre las gotas. Las chicas que salían de un colegio se ponían las carpetas sobre la cabeza para cruzar corriendo las calles. Los viejos se sujetaban el sombrero o la gorra. La gente se agolpaba bajo las marquesinas y se quedaban mirando su andar lento de caballo moribundo. Un camarero recogía los toldos y dejaba sin resguardo a unos peatones allí refugiados. Y cuando el agua ya manaba del cielo con rabia, empezó el verdadero aguacero. De los tejados chorreaban cataratas de un agua gris oscuro que rebotaba con fuerza de los aleros. Algunos coches paraban a un lado porque la calle se había convertido en un embalse. Los limpiaparabrisas no daban abasto para retirar el agua y dentro de cada auto, los hombres miraban con ojos igualmente intimidados y redondos que las mujeres y los niños por lo que parecía que era el principio de una inundación que llenaría la ciudad como si estuviera edificada dentro de un depósito, y se estaban temiendo llegar a ver el nivel del agua por encima de sus ventanillas. La tormenta era ruidosa por los chasquidos y latigazos que los chorros infligían sobre las aceras y las fachadas, pero de vez en cuando se escuchaba la voz de algún niño gritando, mamá, fíjate cómo llueve. Y mientras el caminante seguía impasible.
 
La lluvia arreció cuando él ya estaba empapado. En consecuencia, optó por decirse a sí mismo que eso no empeoraba dramáticamente las cosas. Se sentía patético y por algún extraño motivo, quería resistir así, permanecer patético. El mundo no le prestaba suficiente abrigo, pues el ignoraría al mundo, empezando por los fenómenos atmosféricos. Su traje y zapatos estaban ya arruinados y su triste figura siguió avanzando hasta que resbaló. Era imposible decir que se precipitó en un charco. Casi sería más apropiado contar que cayó sobre un estanque. El golpe le dolió. Se sentó sobre la acera notando el empuje del agua que circulaba cuesta abajo. Un matrimonio con un paraguas acudió a ayudarle. Pero él solo decía, estoy bien, estoy bien, hasta que casi enojado les dijo que podía levantarse solo, que le dejasen en paz.
 
El matrimonio se fue. Y siguió sentado empapándose.
 
Notó que lo miraban desde una cafetería extrañados. Se dijo que pensarían que era un loco. Y quizás acertaban.
 
Cada cierto tiempo alguien pasaba por ahí con un paraguas y le preguntaba si podían ayudarle. Otros tal como estaba decidían que era un marginado. Y a los marginados no se les ayuda nunca, porque se les ve ya instalados en su infortunio tan ricamente. Les dará igual. Solo sentimos mayor compasión algunas veces por los que no están tan mal. Quizás debía profundizar en eso… En lo de la derrota. De nuevo el alcohol le parecía la mejor idea.
 
Se hizo de noche y él, entre tanto, siguió sentado mirando hacia la leve cuesta arriba cómo brillaban las luces naranjas intermitentes de un cruce, sin poder determinar en qué pensaba exactamente. Solo mojándose sentado en mitad de la acera. Los nubarrones no podían distinguir bien desde su altura a aquel  hombre, oculto entre la tormenta y las sombras.
 
Le sobresaltó la voz de un policía:
-¿Se encuentra bien?
Levantó la vista y vio al hombre uniformado. Subió las cejas, pensativo,sin saber qué responder.
-Me encuentro como siempre más o menos.
-Levántese, aquí se va a poner malo.
Bajo la cabeza.
-Ya estoy mal.
 
El policía llamó a su compañero que lo miraba apoyado en el volante del coche de policía. Este salió de mala gana. Entre los dos lo tomaron por los hombros:
 
-Venga, haga el favor, que aunque usted se quiera mojar, nosotros no.
 
Le pusieron de pie a la fuerza y se refugiaron en un portal que había al lado. Comenzaron a preguntarle dónde vivía, qué le había ocurrido, si estaba bien. Él se encogía de hombros…
-Este hombre no tiene pinta de haberse fumado nada. 
-Déjenme. No estoy enfermo, ni drogado, y creo que… no tanto como loco, por ahora.
-Entonces, ¿qué le ha pasado?
Giró la cara como buscando hacia dónde seguir antes de responder:
-Nada. Que quiero flotar.
 
Hubo unos largos segundos de silencio, en los que los policías se miraron.
 
-Oiga, amigo. ¿Flotar? No flota, créame. ¿No será que usted en realidad lo que quiere no es flotar sino hundirse?
Él trató de sentarse de nuevo en el suelo pero se lo impidieron sujetándole otra vez.
-Vamos, levántese. ¿Qué le sucede?
-¿Quiere que le llevemos a su casa? -dijo el otro.
-¿Dónde vive? ¿Vive solo?
Los miró con calma y respondió.
-Llévenme a mi coche si quieren ayudarme, gracias.
-No. Olvídese un poco del coche, ya me dirá dónde lo tiene. O a su casa o a que un hospital le haga un reconocimiento.
Al dirigirse hacia el coche de policía se quedó mirando las gotas que, como pequeños brillantes, caían junto a los faros sin que nadie los recogiera y se subió al asiento trasero sin pensar en nada más.
5.00 Promedio (200% Puntuación) - 2 Votos
Sumérgete

Sumérgete

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La yerba es sagrada. El mar también. Y la lombriz.

La piedra y tú sois sagrados. Sí, tú eres sagrado. Hasta yo lo soy, aquí donde me ves.

La niebla es sagrada, como el balón de mi hijo, o su goma de borrar.

El pan, el vacío, y la luz.

Mi pensamiento y su risa; las carreteras, la hoja, los perros, la pena, y el sol.

Hay una absoluta sacralidad en cada cosa, ya sea viva o inanimada. En todo átomo, en las cumbres, en el magma, y en el peine de una prima del hombre que cruzó la calle.

Y en el agua, tanto la de la nieve, como la del charco que pisamos ayer.

Hay un explosión gigantesca de belleza en las piezas y en el todo. En tu inquietud, en su indiferencia, y en mi ira. En el barro y en la cal.


Escucha el silencio. Sumérgete. Maréate con él. Disuélvete en él.


Y no me digas más, te lo ruego, lo profundo que es el mar, ni qué hermosa es esa niña, o qué preciosa su mirada.

No exclames más, te lo pido por favor, qué grande es la luz o el color de las rosas.

Te han enseñado que la flor es bonita, y solo repites lo aprendido. Eso no tiene valor. No lo percibes de verdad y por eso no lo puedes transmitir.

Antes de escribir, siéntelo con atención. Respíralo. Has de parar el tiempo. .
Vuelve a descubrir la belleza de las cosas. Partiendo de la soledad. Partiendo de ti.
Enrique Brossa, Taller de Relatos.
Juntos aprendemos modestamente a escribir y a vivir.
Nuevos grupos.

4.80 Promedio (480% Puntuación) - 5 Votos
Ceniciento

Ceniciento

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Se hicieron las doce y cayó el sueño como una cortina que casi no me dejaba ver. Abandoné las redes sociales, repletas de princesas azules y de otros colores, y salí, pese al cansancio, con cierto garbo, de mi despacho en dirección al dormitorio. Pero con las prisas, perdí una alpargata en el pasillo. ¿Cómo se pierde una alpargata caminando? La respuesta es que tienes que verme a mí con sueño. Mi hijo pequeño, no sé qué haría despierto a esas horas, la recogió y dijo:

-Se lo voy a decir a Mamá, que tú también te dejas zapatillas por ahí, y te enfadas cuando lo hago yo.

-¡Eso mismo! -dijeron sus hermanos.

-¡Vaya acusicas! Parecéis hijastros malos de cuento.

Mi mujer, dijo:

-¿De quién es esa zapatilla? ¿Os parece bonito? El propietario, mejor que confiese.

Pero yo me metí en la cama, mientras ella seguía tratando de averiguar de quién era. Yo abrí un ojo al oírla entrar al cuarto. Sonriendo, introdujo la mano buscando mi pie bajo el edredón. Cuando por fin lo cazó con maestría como a un gazapo tratando de esconderse asustado en su madriguera, logró sujetarlo:

-Vamos a probar si la zapatilla es de este señor -decía. No sé por qué le hacía tanta gracia la cosa pero pronto me contagió su risa.

-Déjame que te la pruebe -decía- y si es de tu talla está pantufla de cristal, me casaré contigo otra vez. ¿A dónde iremos de luna de miel?.

-Pues sí que tienes ganas de reincidir -le respondí yo, asomando el dedo gordo para permitirlo.

-¡Horror! ¿Sabes que tendremos bodorrio -y me buscó las cosquillas en la planta del pie.

Al día siguiente tendría algunas tareas poco interesantes que hacer. Dejé de soñar despierto. Me quedé pensando en mi zapatilla de Ceniciento… y en que mi coche fantástico se había convertido en calabazas. Lo pensé mejor y me dije: <<Bueno, no. Quizás no>>

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Propósitos de Nochevieja

Propósitos de Nochevieja

4.67 Promedio (280% Puntuación) - 3 Votos

Ya muere la madrugada de la Nochevieja. Cuando el jolgorio pase, quedarán rescoldos de juerga callejera. La euforia será un eco cada vez más lejano y algunos fuegos artificiales tardíos dibujarán brillos en la noche. El gruñir de motores, y el canturreo de jóvenes ebrios apurando las últimas oportunidades, perderán la guerra contra el manto oscuro de sueño y silencio, que irá apagando las risas a pocas horas del amanecer.

Pensaré en ti.

Querré pensarte sin nostalgia. Mirar hacia el presente que está a punto de llegar. Quiero dominar los acontecimientos. Moldear los siguientes eventos. Ahuecarlos. Mullirlos para ti, por si quieres permitir que tu nuca repose en ellos un poco, o quizás algo más. Para que podamos jugar y reir sobre una cama que tú sabrás decorar con sonrisas, con el color de tus ojos y con el calor de tus lomos. Querer algo con desesperación, es como rezar con los puños cerrados. Así de intenso es el deseo de que mis hechos labren el tiempo y el mar. O labrarte a ti mientras arañas las sábanas. Te dedicaré mi esfuerzo y mis recaídas, a ti, si nada exiges ni reprochas. Por ti que me tolerarías todo, y que todo lo comprendes, siento que te debo algo y que disfruto con mi ofrenda.

No vuelven solos de nuevo nuestros días. Te los voy a traer yo.

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