Ya no estás,
y yo no me acostumbro a la rutina
de esconderme de nuevo en el desorden
tratando de encontrar algún olvido.

Tan fugaz como un soplo de pestañas,
te fuiste sin mirarme las pupilas
a pesar de que estaban clavadas en tu nombre
y seguían tu estela hasta los verdegales
donde habita tu boca.

Yo tan sólo quería llenar de tu sabor
mis cuevas taciturnas,
y hacerme una costumbre en tu sonrisa.

Pero aún no me rindo.

Por eso aquí me tienes,
descorchando los cofres de la fe
mientras crecen memorias de lo que nunca tuve
en mis alas de hierba.

Te fuiste, y sin embargo yo me quedo
temblando entre tus manos, vulnerable,
como el cuerpo de un pájaro.

Mariví González Sáez

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