En el día de hoy he sabido algo que ocurrió al filo de los días 20 y 21 de abril. Es sobre nuestro compañero y amigo de Desafíos LIterarios, Antonio Llamas. Nos ha dejado para siempre.

Antonio, ahora que nadie se sentirá ofendido, os diré que para mí era el mejor. Me da igual que alguien piense que es una especie de responso o de discurso hueco que sobra Da esa casualidad. Para mí, escribiendo, era el mejor. Era culto, era profundo, simpático en su prosa, tenía un estilo propio que establecía un puente entre la buena literatura en español del siglo XX y algo más actual. Suena desmesurado y excesivo decirlo a partir de unos pocos relatos subidos a un blog, pero yo le veía un gigantesco potencial. Como amigo de escribir, me identificaba personalmente en algunas cosas con él, como su mirada frecuente hacia la adolescencia, y su tono que esbozaba un ligero desencanto con rasgos de humor. En lo personal, era, inteligente y modesto, valga la redundancia. Y es una mierda que ya no podamos tenerle más. No llegamos a conocerle en persona. Por eso nunca le dije lo que opinaba de sus escritos. Tampoco es tan importante lo que yo diga… Pero siento no haber podido decírselo. Estuvo con nosotros tan pocos meses…Tenía una gran ilusión con aparecer en nuestro libro, “El año en que escribimos peligrosamente”, donde accidentalmente no pudo figurar. Fue como una premonición. Quizás no teníamos derecho a tener a alguien así con nosotros.

Al recibir la noticia, lo primero que he hecho es releer su último relato en Desafíos Literarios. Y trata precisamente sobre el balance de una vida, con lo cual, cobra un significado muy especial. Parece como si hubiera querido regalarnos a nosotros una mirada hacia atrás sobre su existencia. Es por tanto un tesoro, un gran tesoro de inmenso valor. Gracias.

Querido amigo, Antonio, por favor, vuelve.

Os dejo un enlace a su Repaso de una vida previa:

 

Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.
Enrique Brossa

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