Novela: Botas de hule, de Arturo Ortega

Novela: Botas de hule, de Arturo Ortega

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  • Título: BOTAS DE HULE. Tras la huella de la revolución.
  • Autor: JOSÉ ARTURO ORTEGA IBAÑEZ
  • Editorial: CALIGRAMA
  • Primera edición: mayo 2018
  • Páginas: 245

Lo peor que le puede pasar a una novela es que deje al lector indiferente. Eso no ocurre con la ópera prima de Arturo Ortega, Botas de Hule.

Cuenta la tortuosa vida de dos enfermeras españolas —que además són primas— que se dejaron seducir y formaron parte, por diferentes motivos, de los movimientos guerrilleros de la revolución sandinista y del M19 colombiano.

Se trata de una historia conmovedora y en ocasiones desgarradora. Hay pasajes tan terroríficos que se podía haber dejado llevar por un estilo sensacionalista y recrearse con escenas de sangre y violencia que gustan tanto en estos tiempos. Pero no lo hace. La forma en que escribe es directa y ausente de adornos. Parece incluso que se esfuerce en economizar palabras. A veces uno tiene la sensación de que es una narración un tanto telegráfica, pero la trama es tan interesante que una vez que te has metido dentro ya no puedes parar hasta el final. Y eso, desear acabar una novela, es una virtud que no todos los libros provocan.

Botas de Hule es también un relato profundo. Que hace pensar, aunque eso tampoco esté de moda ahora. Te hace reflexionar sobre lo fácil que es confundirse de objetivos cuando se tiene esa edad en que las injusticias provocan una rabia incontenible. Ésa, puesta en manos de líderes ambiciosos, sin escrúpulos y manipuladores, han conducido a lo largo de la historia de la humanidad a la perdición de generaciones enteras de jóvenes que buscaban «el nuevo hombre». ¿Acaso han cambiado las míserias humanas a lo largo de la evolución? En definitiva es lo que alguien dijo en alguna ocasión: «Una revolución lo cambia todo para dejarlo otra vez igual que estaba».

Por todo ello recomiendo su lectura a todo aquel que sea inconformista, que se siga cuestionándose todo de esta vida, que luche por intentar cambiar las cosas, por tener un criterio propio y no dejarse llevar por la corrientes de pensamiento dominantes… Naturalmente también se la recomiendo a aquel que, simplemente, quiera pasar un buen rato con una buena historia.

MECO JC

Entrevista a ARTURO ORTEGA IBAÑEZ

Entrevista a ARTURO ORTEGA IBAÑEZ

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Arturo Ortega apareció un buen día en mi camino digital. ¿Qué es lo que me pasó con él? Algo muy raro: me pareció un escritor. Así, sin más.  Entonces empecé a leerlo. Con ese espíritu que hay en mí de científico loco, empecé a aplicarle  la duda metódica de Descartes para llegar al conocimiento. Ya, ya lo sé. La literatura no es lo mismo que la física o la biología. Pero quise poner en duda mis propias intuiciones y empecé a leerlo todo lo que vi de él, pero predispuesto en contra, tomando postura de abogado del diablo. Al cabo de un rato, eché mi espalda sobre el respaldo del sillón y tuve que reconocerlo. Mis primeras intuiciones se estaban confirmando. Era sólido, solvente, riguroso… ¡Había encontrado un escritor! Entonces me puse en contacto con él mediante el messenger y estuve por preguntarle: <<El  doctor Livingston, supongo.>>

Sabía que sería serio, y que podría ser para él difícil de aceptar el trato que nos caracteriza a la gente de Desafíos Literarios, que es algo así como un chute de amistad y confianza inmediatas. Pero  yo estaba dispuesto a comprender eso, que por otro lado es lo normal, lo atípico es lo nuestro. Resultó ganador de uno de nuestros desafíos y mantuve con él una interesante conversación en la que  me habló de sí mismo y de su novela, BOTAS DE HULE. No dudó en venir en a la presentación de nuestro libro de relatos, EL AÑO EN QUE ESCRIBIMOS PELIGROSAMENTE. Arturo pareció salir de allí transformado. Absolutamente convertido en  uno de nosotros. Para mí es un honor y un orgullo enorme contar con este caballero al que estoy seguro que le espera un gran éxito con una novela realmente muy completa e interesante.

 

1. Defínete si te atreves.

Soy una persona que se esfuerza en implementar el potencial que Dios me ha dado para ser feliz, en favorecer que los demás lo sean y en contribuir con mis capacidades a mejorar sus vidas mediante un legado que transcienda mi muerte. Cuando se falla en alguno de estos propósitos no se puede hablar de éxito en la vida. No obstante, siempre hay lugar para el arrepentimiento y el perdón, y vuelta a empezar. Yo he necesitado pedirlo muchas veces y reinventarme otras tantas para seguir adelante. Lo vivido me ayuda a escribir.

Efectivamente, soy cristiano y no me avergüenzo de aquello que creo.

2. Estás en un momento muy especial como escritor. ¿Me equivoco?

Siempre he escrito. Cuando me jubilé y tomé la decisión de escribir Botas de Hule, mi primera novela, fui consciente de que era imprescindible afilar otra vez mi lápiz. Lo hice. Creo que ahora estoy maduro para eclosionar como creador de historias. Detrás de cada una de ellas hay preparación, método, esfuerzo, tenacidad, sacrificio y anhelo de ser mejor escritor. Soy muy apasionado en todo lo que hago y esto se deja ver en cada uno de mis proyectos literarios.

3. He leído en desafiosliterarios.com varios fragmentos de tu novela y la definiría como ambiciosa e interesante. ¿De dónde ha salido la idea de esa trama que parece tener un buen ritmo, pero también cierta complejidad?

Debo empezar aclarando que lo publicado hasta el momento de Botas de Hule corresponde a un borrador anterior al texto definitivo. La propia novela explica en sus comienzos que es una historia inspirada en acontecimientos que fueron o pudieron ser reales. ¿Qué es real? La presencia de una enfermera española que respondió en 1979 al llamado del Frente Sandinista para que profesionales sanitarios y maestros acudiesen a Nicaragua para revertir la caótica situación que dejó tras de sí Somoza, y años después formó parte del movimiento guerrillero M19 de Colombia. Botas de Hule no es la biografía de Isabela, personaje inspirado en ella, aunque estoy seguro de que se reconocerá a lo largo de la misma, pero al crear este personaje me he esforzado en preservar su intimidad y anonimato. De todo aquello que ella me compartió en su día surgió la semilla de esta novela. Detrás del relato hay tres años de documentación e investigación. Todo lo que se cuenta si no fue pudo ser real.

4. ¿Hay cierta dosis de violencia en tu novela?

El trasfondo de la novela es una España donde los atentados de ETA están presentes, una Nicaragua donde ha triunfado una revolución enfrentada por la Contrarrevolución financiada por los EEUU, y una Colombia donde los movimientos guerrilleros intentan provocar cambios sociales y políticos mientras son combatidos por el ejército. Sería impensable que las dos protagonistas no se vieran inmersas en situaciones violentas, a veces muy violentas. Pero también hay lugar para el amor, la bondad, la amistad, la fe, la redención y la esperanza en Dios. Desprende un perfume positivo a medida que se acerca a su final, que es lo que permanece en nuestro mundo interior cuando finalizamos la lectura.

5. ¿Tu novela es para pasar el rato distraído, para dar placer o la sensibilidad estética, para transmitir valores, para reflexionar…?

Por encima de todo, Botas de Hule huye del panfleto. Sin embargo, no me avergüenza admitir que enfrenta el “realismo divino”. A lo largo de la historia Él está presente: la mayoría le ignora, o tienen ideas equivocadas sobre quién es Él; unos pocos le reconocen en los acontecimientos y actúan en consecuencia. Me limito a presentar los hechos tal y como son, sin añadir juicios de valor. Es una novela que se lee de un tirón, entretiene y permite reflexionar en situaciones que pueden tener coincidencia con nuestras propias vivencias, aunque no sean tan dramáticas. Es por tanto una novela de valores cristianos que puede interesar e interesa a todos los lectores, aún a los no cristianos.

6. La maldición es un tema dominante en tu novela ¿Por qué?

Irune, la otra protagonista de la historia, plantea un sofisma en el inicio de la novela: asume que Dios es malo e injusto, y desde esa falsa premisa juzgará todo lo que le sucede como una maldición divina. De esta manera induce al lector a considerar que sobre ella recae un castigo que no merece. Además, lo presenta a Dios como un ser cruel porque la ha impulsado a creer que Él estaba interviniendo en los acontecimientos para que terminaran de mejor manera, para finalmente descubrir que esa convicción era una falsa percepción subjetiva. Creía hablar con Dios, pero Él no intervenía en la conversación. No era un diálogo.

El planteamiento de Irune es erróneo y falso. Todo lo que ella padecerá a partir del estallido de la bomba no será una maldición, un castigo injusto de Dios, sino el resultado de una decisión que jamás debería haber tomado: colocar la bomba y esperar que la magia de Dios la librara de las consecuencias. Su incapacidad para ver esto y asumirlo, la hundirá en la desesperanza del sufrimiento injusto.

7. En tu novela siempre llueve. ¿Es un fenómeno atmosférico propio de los escenarios tropicales o tiene algún otro propósito literario?

Efectivamente, las tormentas tropicales son habituales en estos países y casi siempre llueve, pero en Botas de Hule son además un guiño a los lectores cristianos, habituales de la Biblia. En 1ª Reyes 19 se narra un episodio del profeta Elías, escondido en una cueva, al que se le invita a salir porque va a tener un encuentro con Dios. El texto narra una serie de fenómenos atmosféricos terroríficos que anuncian la presencia divina, pero ninguno de ellos es Dios. Finalmente, un silbo apacible predispone al asustado Elías para que pueda escuchar la voz divina.

La novela empieza con una tormenta que hace caer al suelo a Irune, y desde ese momento la acompañara siempre: continuamente llueve sobre ella o tiene nubes oscuras sobre la cabeza, y tiene la percepción de que los fenómenos atmosféricos son manifestaciones de la cólera divina y de la maldición a la que la ha castigado. Al final de la novela reaparecerá el mismo silbo apacible que escuchó Elías en la cueva.

8. ¿Te documentas en la lectura, en viajes, escuchando historias de la vida real o simplemente recoges los datos que te dicta tu fértil imaginación?

La narración discurre por países que no conozco y con acontecimientos que en su día yo seguí desde lejos. La enfermera real me concedió varias entrevistas. Los datos que ella narraba los contrastaba con abundante documentación. Mi “fértil” imaginación, como tú dices, hizo el resto. Ha sido un trabajo arduo, pero que me ha llenado de momentos muy felices. Cada capítulo con sus escenas podía ocuparme todo un mes, sin embargo el final de la novela lo escribí de un tirón, prácticamente en un solo día, conmovido por lo que tecleaba sin descanso y al releer lo escrito no pude contener las lágrimas. Reflejaba exactamente lo que deseaba contar cuando soñé con esta historia, y aun lo superaba con creces, y le di gracias a Dios.

9. ¿Te obsesionan tus propias historias?

Mientras escribo cualquier escena, mi consciente y mi inconsciente trabajan al unísono. Por eso mi mujer me recrimina que estoy siempre en las nubes y mis sueños están repletos de imágenes que terminaran por convertirse en palabras. Durante días puedo estar luchando por encontrar la palabra exacta que mejore radicalmente el texto escrito. No existe trabajo más esforzado ni valiente que la edición de cualquier texto, pero nada produce tanto placer ni satisfacción que cuando se alcanza la excelencia que se persigue.

10. ¿Qué es exactamente lo que te hizo querer comunicarte escribiendo?

Desde muy niño he sido un “cuentahistorias”. En segundo de bachillerato descubrí que podía escribirlas y que gustaban no sólo a mis compañeros sino también a la profesora de lengua, que en cada clase me hacía ponerme de pie y leer lo último que había escrito. Descubrí la fascinación que en otros provocaba el uso adecuado de las palabras. Desde entonces no he dejado de escribir.

11. ¿Eres metódico o te dejas llevar a la hora de escribir?

Soy muy metódico. Escribo la sinopsis completa con el principio y el final. Defino cada escena con su correspondiente sinopsis. Creo una ficha de los personajes principales. Establezco la línea temporal que se convertirá en documentación de consulta: cada año, cada mes y a veces cada hora están definidos para la trama y los personajes. De un vistazo compruebo la edad y situación de cada personaje y los acontecimientos locales, nacionales y mundiales que tienen lugar en ese momento. Nada es al azar, pero al finalizar el primer borrador se reajustan “las miguitas de pan” para sorprender al lector y todo encaje.

12. ¿Tienes algún tabú o algo sobre lo que jamás escribirías?

Todo lo humano me es cercano y me interesa. En el relato de Botas de Hule no me cohíbo cuando describo relaciones sexuales, aunque procuro afrontar estas situaciones con elegancia.

13. ¿Cómo conociste desafíosliterarios.com y qué es lo que te hizo querer formar parte?

Yo no descubrí desafiosliterarios.com, Enrique Brossa me descubrió y contactó conmigo por Messenger. Me preguntó si era escritor y me ofreció potenciar mi carrera literaria a través de desafíosliterarios.com. Inmediatamente me deje seducir por él, como tantos de nosotros ¿no?, y al poco tiempo publicaba en mi propia columna. Siempre le estaré agradecido por haberme captado para un colectivo tan mágico como he tenido ocasión de comprobar en la presentación del segundo volumen: “El año que escribimos peligrosamente”. Admiro a todos mis compañeros y me siento apreciado, como también todos ellos lo son para mí.

14. De pequeño soñabas con ser…

Primero, periodista. En Valencia no había escuela de periodismo. Me resultó más fácil estudiar Filosofía y Letras. De adolescente soñaba con ser un gran novelista.

15. ¿Tienes algún objeto fetiche o talismán en tu mesa de escribir?

Me gustaría decir que sí y mostrarme “original”, pero solo tengo el PC (siempre escribo en el ordenador), el portátil para documentación y una estantería con diccionarios sobre el uso del español, ideológico, etimológico de la lengua castellana, sinónimos y antónimos, corrección de estilo, y numerosos libros y apuntes de consulta y documentación.

16. ¿Sigues algún ritual antes de ponerte a escribir?

El más sofisticado de todos: que mi mujer y mis nietos me permitan quedarme a solas, aunque sea un momento, y que las interrupciones sean las menos posibles. Cuesta trabajo finalizar la frase cuando la dejaste a medio terminar y retomar el hilo, minutos u horas después, de lo que deseabas contar. Exagero un poco pero hay mucho de verdad en lo que digo. No es tan complicado: sujeto, verbo y predicado, Nacieron para ir juntos y no deben sorprenderse cuando se reencuentran después de haber estado perdidos, por tiempo indefinido, unos de otros…

17. ¿Te pertenecen todas las frases que has escrito o sientes que has copiado un poco alguna vez?

El término plagio es muy fuerte. Cuando has leído, estudiado y admirado a un autor, y son muchos, y relees aquello que has escrito, te descubres utilizando palabras y frases que te retrotraen a la obra literaria que te impactó. Mi reacción es sentir que les rindo homenaje. Al citar de memoria, creo que no les robas nada que es únicamente suyo. Me gusta la frase de que “avanzamos sobre hombros de gigantes”.

18. ¿Te gusta el momento literario actual? ¿Por qué?

Es un momento apasionante, no sólo para los autores consagrados sino también para aquellos que sienten deseos de aprender a escribir, y aun muchos otros que además se animan a escribir una novela. Hay verdadera pasión por la escritura creativa. Abundan por doquier los cursos. Es imprescindible tener el lápiz bien afilado y yo recomiendo vivamente los cursos que imparte Enrique Brossa.

19. Para finalizar, ¿cuál es tu próximo proyecto?

Estoy documentando las luces y las sombras de una pequeña comunidad evangélica española, desde el comienzo de la guerra civil hasta la muerte de Franco. Fueron tiempos difíciles de persecución y amenazas, en los que eran imprescindibles la fe y la confianza en Dios. La novela también contempla la aparición de las iglesias “Filadelfia” dentro del pueblo gitano y el gran despertar espiritual que para ellos supuso este acercamiento a Dios. Está inspirada en acontecimientos que fueron o pudieron ser reales.

LLEGADA DE ISABELA AL CAMPAMENTO DEL M19 EN LAS MONTAÑAS DEL CAUCA

LLEGADA DE ISABELA AL CAMPAMENTO DEL M19 EN LAS MONTAÑAS DEL CAUCA

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Cali, sábado 29 de octubre de 1988, 1,22 p.m.

Me tomó de la mano y me condujo hasta el restaurante La Bodeguita, ubicado en un lateral de la plaza. Estaba repleto de turistas. Nos sentamos en una mesa del fondo, junto a una pared pintada de amarillo, un gran zócalo de madera abría  el restaurante a la calle. Olía a carne a la brasa.

—Mi nombre en clave es Loren. Me han pedido que te transmita lo mucho que agradecen la decisión que has tomado. También, que confíes en aquellos que han enviado con la misión de guiarte hasta el campamento. Están entrenados para cuidar de ti. Hay peligro, pero está todo controlado.

Llamó al camarero. Su gesto era relajado. Pidió arroz atollado, especialidad de la casa, guisado con costilla de cerdo, patatas y trozos de chicharrón. Quería aparentar tranquilidad, pero me costó trabajo terminar la comida. Me acordaba de mi hijo. No cesaba de preguntarme si hacía lo correcto. Mi acompañante se mostraba atenta, pero no me dijo su nombre, ni me preguntó el mío. Pagó la cuenta y me acompañó en autobús urbano hasta la universidad del Valle. Frente a los edificios universitarios, nos esperaba un Ford blanco, tipo campero. Intercambió unas palabras con el conductor, un negro de apenas veinte años. Se despidió de mí, y el Ford tomó la carretera de Popayán. A las dos horas llegamos a la ciudad. En ese tiempo, el conductor no me dirigió una sola palabra ni una mirada por el retrovisor. Atravesamos la ciudad. Tomó la carretera hacia el cerro Munchique. Una hora después, se detuvo en una pequeña hacienda cercana al Parque Munchique, cubierto de nubes. Salió a recibirnos un viejo campesino de rostro ajado, que no habló. Me ofreció un plato de gallopinto y agua con panela. El conductor abandonó la cabaña. El viejo estuvo en el exterior unos minutos con él. Los oía murmurar, sin entender qué decían. A su regreso me entregó una manta, colocó un colchón sobre el suelo de tierra y me hizo una señal para que me acostara. El sueño me venció mientras escuchaba el crepitar del fuego. El viejo mantuvo vivas las llamas durante toda la noche. De madrugada, me despertó con un vaso de tintico caliente. Hacía frío. Otro conductor, de poco más de dieciocho años, imberbe y con una boina azul calada que le tapaba los oídos, me esperaba al volante del Ford. Inició la marcha por caminos de herradura. A nuestra espalda observé el majestuoso volcán Puracé, al otro lado del valle. Durante varias horas transitó por vías de acceso imposible. El Ford se retorcía y brincaba sorteando surcos que había abierto el agua. Finalmente se detuvo a unos tres metros de un hombre sentado bajo un roble; un rayo había partido en dos el tronco centenario. Sujetaba el ronzal de un borrico que no se mantenía quieto.

—Baje, señorita. Desde aquí sigue con este compañero —dijo el conductor, rompiendo un silencio que nos había acompañado todo el camino.

Dio media vuelta y regresó por donde habíamos venido.

—Me llaman “Manco”, señorita.

El desconocido soltó una sonora carcajada y me mostró la mano derecha inválida, agarrotada, que no le impedía sujetar con fuerza al borrico que se removía inquieto. Tendría unos cuarenta años, montaraz, el rostro quemado por el sol; vestía ropas de campesino que cubría con un poncho de rayas multicolores.

—Vamos, señorita. Nos queda un largo camino.

Me ayudó a montar sobre el jumento, me aferré a la cincha que aseguraba la silla a la cabalgadura, y emprendimos la marcha. El páramo entre frailejones[1] se extendía dirección a la gran cordillera, parecía el espinazo de un animal prehistórico. La mochila dificultaba la estabilidad sobre el borrico, y, en ocasiones, Manco tenía que ayudarme a recuperar el equilibrio. Sujetaba con fuerzas las riendas, obligando al animal a subir y a bajar las empinadas cuestas. Alcanzamos la divisoria de una de las estribaciones del gran macizo montañoso. El tránsito humano había formado una senda que recorría el país de norte a sur, había muy pocos árboles, sólo algunos pinos colombianos, robles y la palma de cera, el árbol icónico de Colombia, que alcanzaba los ochenta metros de altura.

Al anochecer llegamos a una humilde casa de paredes de cañabrava sin embarrar, cuyo techo de palma descendía casi hasta tocar el suelo. Hacía frío y llovía con intensidad. Un matrimonio indígena, abrigados con mantas de lana color marrón, nos invitó a entrar. La casa estaba impregnada de un persistente olor a bestia de carga. La mujer nos ofreció panela y un guisado de carne. Fueron tan parcos en el trato, que no guardo ningún recuerdo de ellos. Al día siguiente emprendimos el camino, esta vez a pie. Manco me indicó que me calzara las botas de hule.

Las cuestas eran tan empinadas, que difícilmente el borrico las hubiera escalado. El arcilloso terreno atrapaba mis botas hasta los tobillos a medida que avanzaba. Numerosas torrenteras bajaban repletas de agua, y no paraba de caerme. Precisaba de Manco para levantarme. De vez en cuando, me detenía y vaciaba el agua que se acumulaba dentro de las botas. Encrespados cerros y montañas frías atravesaban la ascensión de la parte alta del macizo. Escalé varios salientes rocosos, los arbustos raspaban mis manos invadiéndolas de espinas. Al atardecer, Manco se detuvo delante de una cueva. Grandes piedras protegían la entrada del gélido viento vespertino. Por el montículo de cenizas y leña seca apilada junto a una de las paredes, dedujimos que era un refugio de caminantes. Manco encendió una hoguera. Diluyó un trozo de panela en una lata y sobre una piedra caliente cocinó arepas[2]. Fue nuestra cena. Durante la noche se desató una gran tormenta. Manco me arropó con su poncho y avivó el fuego. Le di las gracias y me sonrió. Cuando me despertó, aún no había amanecido; una inmensa luna llena reinaba en el cielo e iluminaba el interior del refugio. Bajo esa fría luz, reparé en la lata que, encima de la hoguera mortecina, desprendía un estupendo olor a café. Manco seguía cuidando de mí.

El ascenso hacia las fuentes del río San Joaquín, afluente del río San Juan de Micay, poco a poco fue siendo más selvático. Las cuestas eran pronunciadas y resbaladizas. Las piernas no me respondían. Me sentía tan exhausta, que era incapaz de avanzar un metro más.

—Manco, por favor, déjame descansar aunque sea un momento —le supliqué.

—De acuerdo. —Se detuvo—. Pero no te sientes, o no te podrás levantar otra vez. —Se acercó a mí y me tocó las sienes—. Cierra los ojos. Visualiza el cóndor, durante todo el camino, ha sobrevolado por encima de nuestras cabezas. ¿Lo ves en tu mente? Observa qué majestuoso es el vuelo. No te esfuerzas; tu cuerpo es liviano como una nube; te sostienes sin apenas movimiento. ¡Siente la energía! No te fatigas, no te cansas. ¡Mírame, Isabela! ¡Tú eres el cóndor! Continuarás ascendiendo, caminarás sin esfuerzo, y muy pronto llegaremos al final del camino.

Le creí.

Al atardecer, escuchamos unos agudos silbidos que el eco expandió por los riscos de la montaña. Manco respondió a ellos con otros largos y cortos. Las piedras rodaron montaña abajo, delatando la presencia de los francotiradores por encima de nuestras cabezas. Nunca llegué a ver quiénes eran. A medida que avanzábamos por la depresión de un arroyo de aguas bravas, los silbidos se hicieron más frecuentes. Llegamos a la parte alta. Un mar de cambuches, perfectamente alineados como un libro abierto, cubrían los dos márgenes del río.

[1] Extraña planta de tronco grueso, con hojas muy velludas. Es típica del páramo del Cauca. Los guerrilleros colocaban sus flores en el suelo de los cambuches, porque aíslan del frío y son confortables.

[2] Tortitas hechas con harina de maíz y agua.

LAS TRETAS DE LA CONTRARREVOLUCIÓN.

LAS TRETAS DE LA CONTRARREVOLUCIÓN.

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El Rama, viernes 4 de febrero de 1983.

La región de Zelaya sufrió las consecuencias de la escalada militar. Escaseaban las provisiones. Al campesinado indígena le faltaban semillas, abonos orgánicos, machetes y las indispensables botas de hule para moverse por los caminos embarrados. Además, sufrían las continuas idas y venidas de la guerrilla contrarrevolucionaria y del ejército que las combatía.

Los pobladores de una aldea situada en un remanso del río, rodeada de maleza y grandes árboles, a un día de viaje en canoa, le explicaron a Isabela las tretas que la Contra usaba para obligarles a colaborar con la guerrilla. Inició el relato un hombre de unos setenta años, piel cobriza, llena de arrugas y mirada acuosa:

—Emplean métodos crueles para reclutarnos. ¿Sabe usted, señorita? Cuando la Contra pasa por la casa de un campesino, le dice: “Nos vas a llevar a tal lugar”. Él no puede negarse. Tiene que acompañarles, si no quiere que le maten a él y a la familia. —Realizó un movimiento como si cargara un bulto pesado en la espalda, recogido del suelo y añadió—. Nos obligan a cargar con una mochila y luego nos dicen: “Mira, te han visto con nosotros y piensan que eres de los nuestros. Así que cuando te cojan, te van a fusilar”. Entonces ya no tenemos otra opción, que enrolarnos con ellos. No hay nada que podamos hacer para impedirlo.

Otro, que dijo llamarse Pedrito, de unos veinticinco años, tan bajo que parecía un niño, vestido totalmente de azul, se puso en pie, se quitó la boina como si entrara en un funeral y añadió:

—Usan métodos, todavía más crueles, para comprometernos.

Hizo una pequeña pausa. Isabela observó terror en la mirada del grupo. Sabían qué iba a contar. Él añadió, sin levantar la voz, como si revelara un secreto:

—La Contra puede obligar, a cualquiera de los estamos aquí presentes —Hizo un gesto circular a su derredor con la mano derecha, la dejó en la garganta y añadió, bajando aún más la voz, transformada en susurro—, a degollar a una persona que ellos desean eliminar. Llegan y nos amenazan con matar a toda nuestra familia, si no obedecemos. Cuando el infeliz comete el crimen, debe quedarse con ellos para que el ejército no le fusile. Le han hecho maldito por siempre. —Elevó la voz, transformada en grito—. ¡Le han convertido en asesino! ¿Qué se espera que nosotros hagamos, señorita?

El mal se presentaba para aquella pobre gente con dos caras igual de aciagas. La llegada de la revolución les impuso métodos comunistas para la organización del trabajo colectivo de las tierras, violentando las tradiciones ancestrales. Cuando se resistían, el ejército sandinista los reprimía con dureza. Indefectiblemente, morían a manos de unos o de los otros, pero siempre terminaban masacrados. Isabela no sabía qué hacer para evitar tanto sufrimiento injusto. Sus quejas a Hipólito Fuensanta no encontraban nunca respuesta, y la Contra, cada día, era más activa en Zelaya.

 

LA CONTRA SE ENFRENTA AL EJÉRCITO SANDINISTA EN LA FRONTERA ENTRE NICARAGUA Y HONDURAS

LA CONTRA SE ENFRENTA AL EJÉRCITO SANDINISTA EN LA FRONTERA ENTRE NICARAGUA Y HONDURAS

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Río Coco, frontera entre Honduras y Nicaragua, jueves 3 de julio de 1986.

El grupo guerrillero integrado por treinta comandos, entre los que se encontraban Anchón y Lobato, abandonó el campamento de Las Vegas. Cargaban a la espalda una mochila que pesaba alrededor de cincuenta kilos; en ella portaban la munición para los fusiles, las granadas de mano, ocho cargadores con veinte balas cada uno, el cuchillo de comando, una radio Walkie Talkie con cuatro docenas de baterías, brújula, prismáticos, botes de comida de campaña, una caja metálica de primeros auxilios, un poncho impermeable, un poncho sábana y una hamaca. Tenían asignada la misión de desestabilizar Zelaya Norte, particularmente en Walpasiksa, Seven Benk, Bismuna y Prinzapolka, territorio nicaragüense. Debían volar las dos turbinas de la planta hidroeléctrica de Centro América en Jinotega y las torres de alta tensión. No era fácil cruzar el río Coco porque el enemigo estaba alerta, dispuesto a diezmar y a perseguir en territorio nicaragüense a la Contra invasora; las unidades militares cambiaban sus posiciones en la ribera continuamente.

Al abandonar el campamento Las Vegas en Honduras, Anchón empezó a sentirse mal, pero no dijo nada; le costaba trabajo seguir el ritmo de los compañeros. Trastabillada, se detenía a cada paso y, con su andar lento y pesado arrastraba los pies como si patinara sobre el terreno. Tras una hora de marcha llegaron al puesto de vigilancia de la frontera, en la llanura fluvial tapizada de arbustos, a cien metros de la ribera del río Coco, en la que se habían cavado trincheras protegidas con sacos terreros y se mantenía una guarnición de cuarenta comandos pertrechados para repeler cualquier ataque del ejército. Desde su posición divisaban, arribados entre los cañaverales y los juncos de la orilla, los pequeños botes y canoas que habían arrebatado a los sandinistas. Se detuvieron lo justo para cargar seis botes entre grupos de cinco. Anchón no pudo cargar con el suyo. La arcada le hizo caer de rodillas y necesitó ayuda para incorporarse. Después vinieron los escalofríos, la tiritona y unos dolores generalizados en los músculos y articulaciones que le impedían mantenerse derecho. La mochila tiraba de Anchón hacia el suelo. El paramédico le tomó el pulso y comprobó que tenía la fiebre alta. Había contraído la malaria. Le recomendó regresar a Las Vegas, pero  Anchón Gurruaga decidió continuar.

Cruzaron en bote el río Coco por un lugar llamado Bolinche, aprovechando la luna nueva. La corriente los arrastró cientos de metros y tuvieron que esforzarse en el manejo de los remos para no desviarse demasiado. Los saltos de agua aliviaron el fuego que Anchón sentía en el rostro. Escondieron los botes en los cañaverales y se adentraron en Nicaragua. Avanzaron en silencio por la parte cercana al cauce del río que se abría paso entre pequeñas colinas que delimitaban la selva y una estrecha franja de terreno aluvial donde crecían los cañaverales. Desconocían la orografía del terreno. La oscuridad de la noche los obligó a permanecer sujetos con una mano en la mochila del compañero que iba delante de cada uno de ellos. Un batallón sandinista ocupaba lo alto de la colina que tenían a la izquierda. Oían las conversaciones y las risas. Se detuvieron por un momento. Entonces, nítido y lúgubre, el canto de la lechuza emergió en el murmullo de la noche. Algunos pensaron que era un mal presagio; Lobato auguró que la masacre era inminente. No se equivocaba. El comandante dio la orden de avanzar hacia el barranco que se encontraba frente a ellos. La delantera tropezó con el fino hilo de una mina claymore[1]. La metralla se proyectó en forma de abanico a medio metro de altura del terreno. Alcanzó en el estómago a varios hombres que cayeron muertos. Habían entrado en terreno minado. Los cuerpos saltaban por el aire en medio de nubes de polvo y humo que convertían las tinieblas en día, en la coreografía de un baile dantesco. La noche se inundó de explosiones y gritos, el aire adquirió un perfume de pólvora y sangre. Una ratonera de la cual era imposible escapar.

Los sandinistas dominaban la loma, los pocos comandos que se mantenían ilesos no tenían donde resguardarse. Anchón empezó a correr en zigzag mientras disparaba.

—¡Valerio, ve hacía el río! —Lobato le gritaba entre los cañaverales, sin dejar de disparar. —¡Yo te cubro. No te detengas! ¡Corre hacia el río! ¡Guíate por mi voz!

Vació los cargadores contra los sandinistas que descendían a la carrera, colina abajo. Anchón detectó al capitán: corría intrépido al frente de los hombres. Apuntó hacia él y disparó antes de desaparecer junto a Lobato en la corriente del río. No llegó a ver como un gigante albino protegió al capitán con su cuerpo. Marco enloqueció. Juró que vengaría a su amigo Stuart. Ordenó disparar insistentemente en la dirección de los dos comandos, aunque resultaba imposible distinguir, entre las tinieblas de la noche, la corriente brava de las aguas. Desde el campamento instalado en lo alto de la colina, dos escuadras bordearon el río siguiendo la dirección que habían tomado los dos huidos. Los perros  iniciaron de inmediato la cacería.

Anchón empeoraba por momentos. A la fiebre alta y a los dolores por todo el cuerpo, se sumó una cefalea que le impedía mantener los ojos abiertos. Sentía palpitar el cerebro. Agarrado a un tronco, se dejó llevar por la corriente a lo largo de varios kilómetros.

 

[1] La M18A1 Claymore es una mina antipersonal direccional usada por las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos desde la Guerra de Vietnam. Fue diseñada entre 1952 y 1956 principalmente Norman A. Macleod, quien le puso el nombre en honor a una gran espada escocesa. A diferencia de una mina terrestre convencional, la Claymore es direccional y activada por control remoto, de forma que cuando es detonada dispara una lluvia de bolas metálicas hacia una zona determinada (zona de muerte) de forma similar a una escopeta. Es usada principalmente como dispositivo anti-infiltración contra infantería enemiga. La M18A1 Claymore tiene el tamaño de un ladrillo pequeño (216×124×38 mm) y pesa poco más de 1,5 kg. Tiene una carcasa de plástico verde horizontalmente convexa, cuya forma fue resultado de experimentar la distribución óptima de sus fragmentos a una distancia de 50 metros. Cuenta en la parte inferior con un par de patas de tijera para poder colocar la mina en el suelo verticalmente. En la parte superior se encuentran las dos entradas para el detonador, a ambos lados de la mina, en ángulo de 45º. Internamente la mina contiene una capa de explosivo C-4 (680 gramos) tras una matriz de unas 700 bolas de acero de 3,2 mm de diámetro fijadas con resina epoxi. Cuando la M18A1 es detonada, la explosión proyecta la matriz de bolas hacia adelante a una velocidad de 1.200 m/s (al mismo tiempo que rompe en fragmentos individuales) formando una nube de proyectiles con forma de abanico de 60° que alcanza casi 2 m (6,5 pies) de altura y 50 m de anchura a una distancia de 50 m. La fuerza de la explosión deforma las bolas a una forma similar a un proyectil .22 Long Rifle. Estos fragmentos son letales hasta 50 m, moderadamente efectivos hasta 100 m y pueden llegar hasta 250 m distancia.

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