El hombre de Alepo

El hombre de Alepo

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—Déjalo ya. Tenemos suficiente material gráfico —gritó Alberto, cámara de TVE, mientras me dirigía hacia el edificio situado a nuestra izquierda con la fachada desparramada sobre la calle por la explosión del obús.
Le hice la señal de que aguardara un instante y él me gritó por encima del ulular de las sirenas:
—Debemos abandonar este lugar antes de que reinicien los pepinazos.
“Necesito otro punto de vista”, pensé. “La toma cenital explicará con mayor dramatismo aquello que esta pobre gente está padeciendo”. Entré en el ruinoso zaguán. Subí hasta la azotea. Enormes bloques de hormigón la bloqueaban. A mi derecha la vivienda del último piso tenía la puerta entreabierta. Entré. Avancé por el pasillo cubierto de cascotes hasta el dormitorio del fondo con ventanas a la calle, y allí encontré al anciano. Estaba sentado sobre el borde de la cama de matrimonio. La colcha, en el lugar ocupado por él, había sido retirada como si pretendiese protegerla de su polvoriento traje. Junto a él un gramófono de cuerda con la tapa levantada mantenía un disco sobre su plato sin que emitiese algún sonido. El hombre, con pipa apagada en la mano izquierda, mano derecha reposada en el regazo, piernas cruzadas, lo contemplaba como si estuviese atento a una melodía que sólo él escuchaba. De su bolsillo izquierdo sobresalía un documento cuyo contenido no alcancé a distinguir. Grandes bloques de hormigón esparcidos a su alrededor evidenciaban lo allí ocurrido.
—As-salamu aláikum —saludé, sin obtener respuesta.
Fotografié la escena mientras él se mantenía impasible. Me acerqué a la desvencijada ventana sin que el anciano moviese un sólo músculo. Enfoqué la calle repleta de coches ardiendo, gente mutilada que gritaba pidiendo ayuda y voluntarios de la Media Luna Roja que se esforzaban en la evacuación de los heridos, y tomé varias fotografías.
De regreso al Aleppo Palace Hotel redacté la crónica para mi periódico, y acto seguido descargué en el portátil la tarjeta de memoria de mi cámara Canon. Inicie la búsqueda de la imagen perfecta que ilustrase el artículo. Cada una de las fotografías tomadas podrían pertenecer a la sesión fotográfica de cualquier otro día de guerra: cuerpos mutilados por la metralla, civiles aplastados bajo los cascotes e imágenes de niños bañados en sangre. Estas últimas solían ser las preferidas por mi editor. Nada nuevo. Pulse la tecla de “siguiente” y apareció sorpresivamente el anciano sentado sobre la cama junto al gramófono antiguo, con su pipa apagada. Aquella escena carecía de muertos, de cuerpos mutilados; ni siquiera mostraba una simple gota de sangre que rompiese la armonía gris de aquellos colores desvaídos del cromatismo del blanco y negro, aunque era en color, reveladora de todo lo ominoso que la guerra atesora. Ninguna de las miles de fotografía tomadas a lo largo de los veintitantos años de carrera profesional, como fotoperiodista, visualizaba mejor que esta aquello que eufemísticamente denominamos “daños colaterales”.
Durante unos instantes experimenté profunda tristeza en mi encallecida alma. Me había acostumbrado a ejercer mi oficio en medio del dolor ajeno, como aquel que contempla lo que acontece en casa de otros a través de una ventana, o como quien asiste a la proyección de una película que olvida en cuanto abandona la sala de cine. Aquel viejo sentado sobre el borde de la cama desafiaba todos los mecanismos de autoprotección que me habían salvaguardado durante años cuando regresaba a las cómodas habitaciones de hotel desde donde escribía mis crónicas. Sabía que con un par de güisquis conciliaría el sueño hasta el siguiente día, en el que todo volvería a ser igual de horroroso y falto de sentido que el día de antes, y el anterior a este, hasta el mismo instante en que Caín asesinó a su hermano Abel.
¿Quién era aquel hombre? ¿Qué hacía allí? ¿A quién esperaba? Me causó un profundo dolor la certidumbre de que nunca conocería las respuestas. Experimenté el repentino impulso de regresar e incluir su historia en mi crónica, pero en aquel mismo instante llamaron a la puerta y Alberto dijo excitado que habíamos conseguido permiso para acompañar al ejército sirio en su asalto final al barrio de Yakhur para desalojar a las tropas rebeldes.
Aquella fotografía causó un impacto impredecible en los lectores del ABC. Con ella fui nominado y obtuve el premio internacional Pulitzer de fotografía, pero hubiese renunciado con gusto a la fama y a los honores que esa imagen reportó a mi carrera profesional por unos pocos minutos de conversación con aquel hombre de Alepo.
***
Mouhamed Whuidar llegó a Alepo con catorce años. La ciudad florecía bajo el dominio turco y él deseaba prosperar. Entró como aprendiz en el más prestigioso taller de sastrería, junto a la Gran Mezquita. El joven estaba dotado de una habilidad excepcional para el corte y confección de trajes de hombre. Los ricos comerciantes exigían que fuera Mouhamed quien se encargara de sus trajes occidentales. Con veinte años ya era socio del negocio y disponía de suficientes ahorros para comprar una vivienda en el barrio de Yakhur, al este de Alepo. Allí fijó su residencia, tras su matrimonio con Selda. Fueron padres de cinco hijas. A la muerte de Bassam Hussein, fundador de la sastrería, se convirtió en el único y rico propietario. El matrimonio participaba en todos los actos culturales y benéficos que se celebraban en la ciudad y Selda se vanagloriaba de que sus hijas estudiasen en el prestigioso y exclusivo colegio francés para señoritas, fundado durante la administración colonial francesa.
Una mañana Selda llegó al lujoso apartamento con un antiguo gramófono de cuerda protegido por una primorosa caja de madera tallada, que según el vendedor había pertenecido al gran Enrico Caruso, acreditado por un documento que exhibió emocionada ante su marido, que hizo enmarcar y colocó en una de las paredes del dormitorio. Desde aquel día, su pasión era descubrir viejos discos de ópera en los bazares, que escuchaba mientras le servían el desayuno en la cama.
Tras su jubilación, Mouhamed daba diariamente largos paseos matinales y a su regreso se sentaba en el borde de la cama a fumar su pipa mientras escuchaba las arias con sonido añejo. Selda le gritaba:
—Amor, retira la colcha. Por favor, no te sientes sobre ella, que la estropeas.
Mouhamed se levantaba con lentos movimiento de viejo y obedecía a su mujer. Cada día igual, siempre lo mismo, hasta convertirse en rutina de vida: regresaba de los paseos, cruzaba las piernas, sacaba la pipa, la encendía, posaba la otra mano sobre el regazo y se sumergía en recuerdos de juventud y nostalgia. A media mañana tomaba un taxi y marchaba a la sastrería que dirigía su hija mayor, y regresaba a la hora de la comida. Cuando empezaron los combates, el edificio en cuyos bajos estaba situada la sastrería fue destruido por un bombardeó de la aviación rusa. Murieron todos los empleados y sus cinco hijas. A medida que la guerra se hizo presente se fueron acabando los suministros y era imposible conseguir algo de comida, o tabaco para la pipa.
Aquella mañana el reloj de la desgracia se puso inexorablemente en marcha. Había caminado unos quinientos metros cuando un conocido le advirtió del francotirador que abatía a los transeúntes, al doblar la esquina siguiente. Se detuvo. Entonces escuchó la grandísima explosión. Todos los cristales de las viviendas colindantes se convirtieron en cuchillos mortales. Ni uno sólo le alcanzó. La onda expansiva lo derribó y sus oídos comenzaron a emitir un infernal pitido. La gran nube de polvo avanzó hacia él como una riada y le cubrió de polvo blanco. Su corazón inicio un desbocado latido. Entonces escuchó el griterío, el sonido de los cláxones y el ulular de las sirenas. Corrió hacia su domicilio deseando estar equivocado. Frente al edificio varios coches ardían y la calle estaba repleta de víctimas que gritaban entre los cascotes de la fachada que se había desplomado sobre ellos. Avanzó trastabillando, sorteando cadáveres de niños y mujeres mutiladas. El edificio estaba sin luz. El aire, saturado de polvo, presentaba un fuerte olor metálico y a gas. Era irrespirable. Ascendió todo lo rápido que le permitían las piernas. Tuvo que valerse del encendedor Zippo para introducir la llave en la cerradura y avanzó sobrecogido por el pasillo en dirección al dormitorio. La habitación estaba en ruinas, pero no encontró a Selda. Recorrió la casa llamándola a gritos, sin obtener respuesta. Al entrar en el cuarto de baño la encontró en la bañera. Un gran bloque de hormigón la había aplastado. Él murió allí mismo con ella. Regresó a la habitación. En el suelo encontró el marco roto con el documento que acreditaba la pertenencia del gramófono al gran Caruso. Recogió el papel y lo guardó en el bolsillo. Apartó la colcha, se sentó en la cama, sacó la pipa del bolsillo, cruzó las piernas, apoyó el otro brazo sobre el regazo, y comenzó a escuchar a María Callas interpretando “O mio babbino caro” de Puccini, a la espera de su amada Selda.
Por Arturo Ortega Ibáñez.

LLEGADA DE ISABELA AL CAMPAMENTO DEL M19 EN LAS MONTAÑAS DEL CAUCA

LLEGADA DE ISABELA AL CAMPAMENTO DEL M19 EN LAS MONTAÑAS DEL CAUCA

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Cali, sábado 29 de octubre de 1988, 1,22 p.m.

Me tomó de la mano y me condujo hasta el restaurante La Bodeguita, ubicado en un lateral de la plaza. Estaba repleto de turistas. Nos sentamos en una mesa del fondo, junto a una pared pintada de amarillo, un gran zócalo de madera abría  el restaurante a la calle. Olía a carne a la brasa.

—Mi nombre en clave es Loren. Me han pedido que te transmita lo mucho que agradecen la decisión que has tomado. También, que confíes en aquellos que han enviado con la misión de guiarte hasta el campamento. Están entrenados para cuidar de ti. Hay peligro, pero está todo controlado.

Llamó al camarero. Su gesto era relajado. Pidió arroz atollado, especialidad de la casa, guisado con costilla de cerdo, patatas y trozos de chicharrón. Quería aparentar tranquilidad, pero me costó trabajo terminar la comida. Me acordaba de mi hijo. No cesaba de preguntarme si hacía lo correcto. Mi acompañante se mostraba atenta, pero no me dijo su nombre, ni me preguntó el mío. Pagó la cuenta y me acompañó en autobús urbano hasta la universidad del Valle. Frente a los edificios universitarios, nos esperaba un Ford blanco, tipo campero. Intercambió unas palabras con el conductor, un negro de apenas veinte años. Se despidió de mí, y el Ford tomó la carretera de Popayán. A las dos horas llegamos a la ciudad. En ese tiempo, el conductor no me dirigió una sola palabra ni una mirada por el retrovisor. Atravesamos la ciudad. Tomó la carretera hacia el cerro Munchique. Una hora después, se detuvo en una pequeña hacienda cercana al Parque Munchique, cubierto de nubes. Salió a recibirnos un viejo campesino de rostro ajado, que no habló. Me ofreció un plato de gallopinto y agua con panela. El conductor abandonó la cabaña. El viejo estuvo en el exterior unos minutos con él. Los oía murmurar, sin entender qué decían. A su regreso me entregó una manta, colocó un colchón sobre el suelo de tierra y me hizo una señal para que me acostara. El sueño me venció mientras escuchaba el crepitar del fuego. El viejo mantuvo vivas las llamas durante toda la noche. De madrugada, me despertó con un vaso de tintico caliente. Hacía frío. Otro conductor, de poco más de dieciocho años, imberbe y con una boina azul calada que le tapaba los oídos, me esperaba al volante del Ford. Inició la marcha por caminos de herradura. A nuestra espalda observé el majestuoso volcán Puracé, al otro lado del valle. Durante varias horas transitó por vías de acceso imposible. El Ford se retorcía y brincaba sorteando surcos que había abierto el agua. Finalmente se detuvo a unos tres metros de un hombre sentado bajo un roble; un rayo había partido en dos el tronco centenario. Sujetaba el ronzal de un borrico que no se mantenía quieto.

—Baje, señorita. Desde aquí sigue con este compañero —dijo el conductor, rompiendo un silencio que nos había acompañado todo el camino.

Dio media vuelta y regresó por donde habíamos venido.

—Me llaman “Manco”, señorita.

El desconocido soltó una sonora carcajada y me mostró la mano derecha inválida, agarrotada, que no le impedía sujetar con fuerza al borrico que se removía inquieto. Tendría unos cuarenta años, montaraz, el rostro quemado por el sol; vestía ropas de campesino que cubría con un poncho de rayas multicolores.

—Vamos, señorita. Nos queda un largo camino.

Me ayudó a montar sobre el jumento, me aferré a la cincha que aseguraba la silla a la cabalgadura, y emprendimos la marcha. El páramo entre frailejones[1] se extendía dirección a la gran cordillera, parecía el espinazo de un animal prehistórico. La mochila dificultaba la estabilidad sobre el borrico, y, en ocasiones, Manco tenía que ayudarme a recuperar el equilibrio. Sujetaba con fuerzas las riendas, obligando al animal a subir y a bajar las empinadas cuestas. Alcanzamos la divisoria de una de las estribaciones del gran macizo montañoso. El tránsito humano había formado una senda que recorría el país de norte a sur, había muy pocos árboles, sólo algunos pinos colombianos, robles y la palma de cera, el árbol icónico de Colombia, que alcanzaba los ochenta metros de altura.

Al anochecer llegamos a una humilde casa de paredes de cañabrava sin embarrar, cuyo techo de palma descendía casi hasta tocar el suelo. Hacía frío y llovía con intensidad. Un matrimonio indígena, abrigados con mantas de lana color marrón, nos invitó a entrar. La casa estaba impregnada de un persistente olor a bestia de carga. La mujer nos ofreció panela y un guisado de carne. Fueron tan parcos en el trato, que no guardo ningún recuerdo de ellos. Al día siguiente emprendimos el camino, esta vez a pie. Manco me indicó que me calzara las botas de hule.

Las cuestas eran tan empinadas, que difícilmente el borrico las hubiera escalado. El arcilloso terreno atrapaba mis botas hasta los tobillos a medida que avanzaba. Numerosas torrenteras bajaban repletas de agua, y no paraba de caerme. Precisaba de Manco para levantarme. De vez en cuando, me detenía y vaciaba el agua que se acumulaba dentro de las botas. Encrespados cerros y montañas frías atravesaban la ascensión de la parte alta del macizo. Escalé varios salientes rocosos, los arbustos raspaban mis manos invadiéndolas de espinas. Al atardecer, Manco se detuvo delante de una cueva. Grandes piedras protegían la entrada del gélido viento vespertino. Por el montículo de cenizas y leña seca apilada junto a una de las paredes, dedujimos que era un refugio de caminantes. Manco encendió una hoguera. Diluyó un trozo de panela en una lata y sobre una piedra caliente cocinó arepas[2]. Fue nuestra cena. Durante la noche se desató una gran tormenta. Manco me arropó con su poncho y avivó el fuego. Le di las gracias y me sonrió. Cuando me despertó, aún no había amanecido; una inmensa luna llena reinaba en el cielo e iluminaba el interior del refugio. Bajo esa fría luz, reparé en la lata que, encima de la hoguera mortecina, desprendía un estupendo olor a café. Manco seguía cuidando de mí.

El ascenso hacia las fuentes del río San Joaquín, afluente del río San Juan de Micay, poco a poco fue siendo más selvático. Las cuestas eran pronunciadas y resbaladizas. Las piernas no me respondían. Me sentía tan exhausta, que era incapaz de avanzar un metro más.

—Manco, por favor, déjame descansar aunque sea un momento —le supliqué.

—De acuerdo. —Se detuvo—. Pero no te sientes, o no te podrás levantar otra vez. —Se acercó a mí y me tocó las sienes—. Cierra los ojos. Visualiza el cóndor, durante todo el camino, ha sobrevolado por encima de nuestras cabezas. ¿Lo ves en tu mente? Observa qué majestuoso es el vuelo. No te esfuerzas; tu cuerpo es liviano como una nube; te sostienes sin apenas movimiento. ¡Siente la energía! No te fatigas, no te cansas. ¡Mírame, Isabela! ¡Tú eres el cóndor! Continuarás ascendiendo, caminarás sin esfuerzo, y muy pronto llegaremos al final del camino.

Le creí.

Al atardecer, escuchamos unos agudos silbidos que el eco expandió por los riscos de la montaña. Manco respondió a ellos con otros largos y cortos. Las piedras rodaron montaña abajo, delatando la presencia de los francotiradores por encima de nuestras cabezas. Nunca llegué a ver quiénes eran. A medida que avanzábamos por la depresión de un arroyo de aguas bravas, los silbidos se hicieron más frecuentes. Llegamos a la parte alta. Un mar de cambuches, perfectamente alineados como un libro abierto, cubrían los dos márgenes del río.

[1] Extraña planta de tronco grueso, con hojas muy velludas. Es típica del páramo del Cauca. Los guerrilleros colocaban sus flores en el suelo de los cambuches, porque aíslan del frío y son confortables.

[2] Tortitas hechas con harina de maíz y agua.

LAS TRETAS DE LA CONTRARREVOLUCIÓN.

LAS TRETAS DE LA CONTRARREVOLUCIÓN.

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El Rama, viernes 4 de febrero de 1983.

La región de Zelaya sufrió las consecuencias de la escalada militar. Escaseaban las provisiones. Al campesinado indígena le faltaban semillas, abonos orgánicos, machetes y las indispensables botas de hule para moverse por los caminos embarrados. Además, sufrían las continuas idas y venidas de la guerrilla contrarrevolucionaria y del ejército que las combatía.

Los pobladores de una aldea situada en un remanso del río, rodeada de maleza y grandes árboles, a un día de viaje en canoa, le explicaron a Isabela las tretas que la Contra usaba para obligarles a colaborar con la guerrilla. Inició el relato un hombre de unos setenta años, piel cobriza, llena de arrugas y mirada acuosa:

—Emplean métodos crueles para reclutarnos. ¿Sabe usted, señorita? Cuando la Contra pasa por la casa de un campesino, le dice: “Nos vas a llevar a tal lugar”. Él no puede negarse. Tiene que acompañarles, si no quiere que le maten a él y a la familia. —Realizó un movimiento como si cargara un bulto pesado en la espalda, recogido del suelo y añadió—. Nos obligan a cargar con una mochila y luego nos dicen: “Mira, te han visto con nosotros y piensan que eres de los nuestros. Así que cuando te cojan, te van a fusilar”. Entonces ya no tenemos otra opción, que enrolarnos con ellos. No hay nada que podamos hacer para impedirlo.

Otro, que dijo llamarse Pedrito, de unos veinticinco años, tan bajo que parecía un niño, vestido totalmente de azul, se puso en pie, se quitó la boina como si entrara en un funeral y añadió:

—Usan métodos, todavía más crueles, para comprometernos.

Hizo una pequeña pausa. Isabela observó terror en la mirada del grupo. Sabían qué iba a contar. Él añadió, sin levantar la voz, como si revelara un secreto:

—La Contra puede obligar, a cualquiera de los estamos aquí presentes —Hizo un gesto circular a su derredor con la mano derecha, la dejó en la garganta y añadió, bajando aún más la voz, transformada en susurro—, a degollar a una persona que ellos desean eliminar. Llegan y nos amenazan con matar a toda nuestra familia, si no obedecemos. Cuando el infeliz comete el crimen, debe quedarse con ellos para que el ejército no le fusile. Le han hecho maldito por siempre. —Elevó la voz, transformada en grito—. ¡Le han convertido en asesino! ¿Qué se espera que nosotros hagamos, señorita?

El mal se presentaba para aquella pobre gente con dos caras igual de aciagas. La llegada de la revolución les impuso métodos comunistas para la organización del trabajo colectivo de las tierras, violentando las tradiciones ancestrales. Cuando se resistían, el ejército sandinista los reprimía con dureza. Indefectiblemente, morían a manos de unos o de los otros, pero siempre terminaban masacrados. Isabela no sabía qué hacer para evitar tanto sufrimiento injusto. Sus quejas a Hipólito Fuensanta no encontraban nunca respuesta, y la Contra, cada día, era más activa en Zelaya.

 

LA CONTRA SE ENFRENTA AL EJÉRCITO SANDINISTA EN LA FRONTERA ENTRE NICARAGUA Y HONDURAS

LA CONTRA SE ENFRENTA AL EJÉRCITO SANDINISTA EN LA FRONTERA ENTRE NICARAGUA Y HONDURAS

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Río Coco, frontera entre Honduras y Nicaragua, jueves 3 de julio de 1986.

El grupo guerrillero integrado por treinta comandos, entre los que se encontraban Anchón y Lobato, abandonó el campamento de Las Vegas. Cargaban a la espalda una mochila que pesaba alrededor de cincuenta kilos; en ella portaban la munición para los fusiles, las granadas de mano, ocho cargadores con veinte balas cada uno, el cuchillo de comando, una radio Walkie Talkie con cuatro docenas de baterías, brújula, prismáticos, botes de comida de campaña, una caja metálica de primeros auxilios, un poncho impermeable, un poncho sábana y una hamaca. Tenían asignada la misión de desestabilizar Zelaya Norte, particularmente en Walpasiksa, Seven Benk, Bismuna y Prinzapolka, territorio nicaragüense. Debían volar las dos turbinas de la planta hidroeléctrica de Centro América en Jinotega y las torres de alta tensión. No era fácil cruzar el río Coco porque el enemigo estaba alerta, dispuesto a diezmar y a perseguir en territorio nicaragüense a la Contra invasora; las unidades militares cambiaban sus posiciones en la ribera continuamente.

Al abandonar el campamento Las Vegas en Honduras, Anchón empezó a sentirse mal, pero no dijo nada; le costaba trabajo seguir el ritmo de los compañeros. Trastabillada, se detenía a cada paso y, con su andar lento y pesado arrastraba los pies como si patinara sobre el terreno. Tras una hora de marcha llegaron al puesto de vigilancia de la frontera, en la llanura fluvial tapizada de arbustos, a cien metros de la ribera del río Coco, en la que se habían cavado trincheras protegidas con sacos terreros y se mantenía una guarnición de cuarenta comandos pertrechados para repeler cualquier ataque del ejército. Desde su posición divisaban, arribados entre los cañaverales y los juncos de la orilla, los pequeños botes y canoas que habían arrebatado a los sandinistas. Se detuvieron lo justo para cargar seis botes entre grupos de cinco. Anchón no pudo cargar con el suyo. La arcada le hizo caer de rodillas y necesitó ayuda para incorporarse. Después vinieron los escalofríos, la tiritona y unos dolores generalizados en los músculos y articulaciones que le impedían mantenerse derecho. La mochila tiraba de Anchón hacia el suelo. El paramédico le tomó el pulso y comprobó que tenía la fiebre alta. Había contraído la malaria. Le recomendó regresar a Las Vegas, pero  Anchón Gurruaga decidió continuar.

Cruzaron en bote el río Coco por un lugar llamado Bolinche, aprovechando la luna nueva. La corriente los arrastró cientos de metros y tuvieron que esforzarse en el manejo de los remos para no desviarse demasiado. Los saltos de agua aliviaron el fuego que Anchón sentía en el rostro. Escondieron los botes en los cañaverales y se adentraron en Nicaragua. Avanzaron en silencio por la parte cercana al cauce del río que se abría paso entre pequeñas colinas que delimitaban la selva y una estrecha franja de terreno aluvial donde crecían los cañaverales. Desconocían la orografía del terreno. La oscuridad de la noche los obligó a permanecer sujetos con una mano en la mochila del compañero que iba delante de cada uno de ellos. Un batallón sandinista ocupaba lo alto de la colina que tenían a la izquierda. Oían las conversaciones y las risas. Se detuvieron por un momento. Entonces, nítido y lúgubre, el canto de la lechuza emergió en el murmullo de la noche. Algunos pensaron que era un mal presagio; Lobato auguró que la masacre era inminente. No se equivocaba. El comandante dio la orden de avanzar hacia el barranco que se encontraba frente a ellos. La delantera tropezó con el fino hilo de una mina claymore[1]. La metralla se proyectó en forma de abanico a medio metro de altura del terreno. Alcanzó en el estómago a varios hombres que cayeron muertos. Habían entrado en terreno minado. Los cuerpos saltaban por el aire en medio de nubes de polvo y humo que convertían las tinieblas en día, en la coreografía de un baile dantesco. La noche se inundó de explosiones y gritos, el aire adquirió un perfume de pólvora y sangre. Una ratonera de la cual era imposible escapar.

Los sandinistas dominaban la loma, los pocos comandos que se mantenían ilesos no tenían donde resguardarse. Anchón empezó a correr en zigzag mientras disparaba.

—¡Valerio, ve hacía el río! —Lobato le gritaba entre los cañaverales, sin dejar de disparar. —¡Yo te cubro. No te detengas! ¡Corre hacia el río! ¡Guíate por mi voz!

Vació los cargadores contra los sandinistas que descendían a la carrera, colina abajo. Anchón detectó al capitán: corría intrépido al frente de los hombres. Apuntó hacia él y disparó antes de desaparecer junto a Lobato en la corriente del río. No llegó a ver como un gigante albino protegió al capitán con su cuerpo. Marco enloqueció. Juró que vengaría a su amigo Stuart. Ordenó disparar insistentemente en la dirección de los dos comandos, aunque resultaba imposible distinguir, entre las tinieblas de la noche, la corriente brava de las aguas. Desde el campamento instalado en lo alto de la colina, dos escuadras bordearon el río siguiendo la dirección que habían tomado los dos huidos. Los perros  iniciaron de inmediato la cacería.

Anchón empeoraba por momentos. A la fiebre alta y a los dolores por todo el cuerpo, se sumó una cefalea que le impedía mantener los ojos abiertos. Sentía palpitar el cerebro. Agarrado a un tronco, se dejó llevar por la corriente a lo largo de varios kilómetros.

 

[1] La M18A1 Claymore es una mina antipersonal direccional usada por las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos desde la Guerra de Vietnam. Fue diseñada entre 1952 y 1956 principalmente Norman A. Macleod, quien le puso el nombre en honor a una gran espada escocesa. A diferencia de una mina terrestre convencional, la Claymore es direccional y activada por control remoto, de forma que cuando es detonada dispara una lluvia de bolas metálicas hacia una zona determinada (zona de muerte) de forma similar a una escopeta. Es usada principalmente como dispositivo anti-infiltración contra infantería enemiga. La M18A1 Claymore tiene el tamaño de un ladrillo pequeño (216×124×38 mm) y pesa poco más de 1,5 kg. Tiene una carcasa de plástico verde horizontalmente convexa, cuya forma fue resultado de experimentar la distribución óptima de sus fragmentos a una distancia de 50 metros. Cuenta en la parte inferior con un par de patas de tijera para poder colocar la mina en el suelo verticalmente. En la parte superior se encuentran las dos entradas para el detonador, a ambos lados de la mina, en ángulo de 45º. Internamente la mina contiene una capa de explosivo C-4 (680 gramos) tras una matriz de unas 700 bolas de acero de 3,2 mm de diámetro fijadas con resina epoxi. Cuando la M18A1 es detonada, la explosión proyecta la matriz de bolas hacia adelante a una velocidad de 1.200 m/s (al mismo tiempo que rompe en fragmentos individuales) formando una nube de proyectiles con forma de abanico de 60° que alcanza casi 2 m (6,5 pies) de altura y 50 m de anchura a una distancia de 50 m. La fuerza de la explosión deforma las bolas a una forma similar a un proyectil .22 Long Rifle. Estos fragmentos son letales hasta 50 m, moderadamente efectivos hasta 100 m y pueden llegar hasta 250 m distancia.

IRUNE SUBE AL CAQUETÁ (COLOMBIA)

IRUNE SUBE AL CAQUETÁ (COLOMBIA)

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Región del Caquetá (Colombia), domingo 5 de octubre de 1986.

Un adolescente de unos quince años pilotaba la canoa con motor fuera borda en medio de la llovizna malsana del trópico. Varias horas después, completamente empapada, en medio de la lluvia incesante, subí por una cuesta embarrada hasta una casa de ladrillo con tejado de uralita, rodeada de espesa vegetación.  Allí vi, por primera vez, a los guerrilleros del M19: Mario, Antolín y Masera, tres jóvenes que no pasaban de los veinte años, armados con AK47 y granadas. Iniciamos la marcha hacia el campamento avanzando por la tupida selva. Cuando penetramos el día se convirtió en aparente noche. Ni la lluvia, ni la luz del día podían atravesar aquella barrera de madreselvas que empapaban la piel y la ropa. Delante de mí, los guerrilleros iban abriendo camino a machetazos, rompiendo las hojas de las plantas. Trepamos por cuestas empinadas, atravesamos hondonadas y riachuelos, para volver, de nuevo, a trepar otras cuestas tan difíciles como las primeras. En numerosos trechos observé algunos espacios sin vegetación. Luego supe que eran sembrados de coca. Debido a la humedad del terreno, el camino se había convertido en fango y resbalaba con facilidad. Nadie hablaba. A menudo desfallecía en las cuestas y los guerrilleros tiraban de mí agarrándome de la muñeca o sacudiendo mi cuerpo por los hombros. Atravesamos una vaguada cubierta por bromelias. A mis pies, reptó una culebra con la cola roja. Me gritaron que me estuviera quieta; al cabo de unos minutos, desapareció. Por fin, hicimos un alto junto a un riachuelo. Los guerrilleros tomaron grandes hojas de plátano, las doblaron a modo de cuenco, las llenaron de agua, y me ofrecieron una para saciar la sed. Mientras me sacaba el agua de las botas de hule, escuché unas voces que se acercaban. En medio de la oscuridad, aparecieron otros dos guerrilleros que acudieron a mi encuentro. Era evidente que Carlos había dado órdenes muy precisas de cómo debía ser recibida y conducida. Embarrada de pies a cabeza, con las manos llenas de espinas, arañazos en la cara y respirando con dificultad, llegué por fin al pequeño campamento. Era un puesto de vigilancia avanzada del campamento principal en el Caquetá.

Alrededor del fuego, y en medio de un calor infernal, vi al grupo de hombres y mujeres que regresaban del baño diario; vestidos con uniformes de camuflaje, pañoleta con los tres colores del M19: azul, blanco y rojo, atada al cuello y botas de hule, hablaban animadamente mientras se secaban. Me ofrecieron gallopinto y agua de panela y me ayudaron a instalar el cambuche, una especie de pequeña tienda de campaña formada por un toldo que descansa sobre dos palos clavados en el suelo. En pocos minutos, caí profundamente dormida. A las 4.30 a.m. me despertaron las conversaciones de los guerrilleros que se acercaban a la hoguera para servirse un tintico, y acto seguido procedieron al rito militar de protección del campamento que no conocía de días festivos y se realizaba, de manera invariable, cada jornada. El capitán del grupo me entregó el fusil Fal con la munición correspondiente, a partir de entonces me acompañaría hasta la entrega de armas. Cada uno se situó en el puesto designado alrededor del perímetro del campamento y, en un silencio absoluto, escrutó la parte de selva que debía rastrear. Los ataques del ejército siempre eran a esa hora, lo que les permitía estar prevenidos.

A las 8.00 a.m., acompañada de Mario, Antolín, Masera y dos guerrilleros más, me puse de nuevo en marcha hacia el gran campamento que el M19 mantenía en el Caquetá. Anduvimos durante toda el día y al anochecer alcanzamos el Macizo Colombiano, a más de 3000 metros de altura, un lugar repleto de bosques y páramos que nos permitía mantenernos a salvo de los ataques del ejército. Allí se concentraba la plana mayor del M19. El recibimiento fue cordial desde el principio. Rápidamente me sentí parte del grupo. El comandante Barrionuevo, por petición de Carlos, me adoptó como a una hija. Pasaba largas horas junto a mí, explicándome cómo era la vida en el campamento y qué normas me ayudarían a formar parte del grupo y a integrarme en la guerrilla. Decidí llamarme Esperanza, quizás porque era el sentimiento que mejor definía mi nuevo estado de ánimo. En cuanto descubrieron que era enfermera, dejaron bajo mi responsabilidad la salud del grupo guerrillero, lo que no me libraba de participar en trabajos comunitarios, en especial, de la cocina, atendida de manera rotativa por cada uno de nosotros. Yo quería combatir y pronto tuve la oportunidad de hacerlo, sin embargo, duré poco en los combates; de manera inmediata me sacaron de la línea de fuego para que prestara atención sanitaria a los heridos.

Iniciaba una nueva manera de enfrentar la vida. Entré a formar parte de un grupo de fuertes vínculos donde no existía el egoísmo: todo era de todos y no se negaba al compañero aquello que necesitaba y tú tenías; un grupo donde los demás tomaban el lugar de las relaciones personales que habías dejado afuera y las sustituía  con eficacia; un espacio vital alejado de convencionalismos, en el que era imposible aventurar qué sucedería mañana, no sólo porque cada día era distinto, quizás vivido en un lugar diferente, sino porque nunca se sabía cuándo la paz del campamento iba a verse amenazada por fuerzas cuyo único propósito era la aniquilación del grupo, y para  poder escapar dependías, a partes iguales, del compañero que protegía tu espalda y del azar que permitía advertir el ataque a tiempo de protegerse o de huir sin dejar a nadie atrás; un colectivo ilegal y clandestino donde me jugaba diariamente la vida.

Me había convertido en guerrillera del M19 y nada sería igual. Carlos ya me lo había advertido y no había exagerado.

Durante cuatro años, primero en esta selva del Caquetá y después en las altas montañas del Cauca, aquel campamento, u otros similares, fueron mi hogar[1].

 

[1] NOTA DEL AUTOR: Entrevista realizada, en el verano de 2001, a Irune Otegui Ruíz.

 

EL EXCAPITÁN ANCHÓN GURRUAGA SE PREPARA PARA LA VENGANZA

EL EXCAPITÁN ANCHÓN GURRUAGA SE PREPARA PARA LA VENGANZA

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Roncesvalles, viernes 16 de agosto de 1985.

La fachada recubierta de buganvilias, los geranios en los alféizares de las ventanas, los prados ascendiendo con suavidad hasta convertirse de manera abrupta en montes con bosques de hayas, los potrillos en lontananza trotando alegres detrás de las yeguas ofrecía una apariencia que nada tenía que ver con aquello que sucedía en el interior de las instalaciones. En Larrandore, un caserío del Pirineo navarro, cercano a Roncesvalles, condujeron al excapitán Anchón Gurruaga hasta una habitación cuyo único mobiliario era una cama junto a la ventana. Los wáteres, lavabos y duchas eran comunes para los pacientes. Permanecía continuamente vigilado. Un médico, una psiquiatra, dos enfermeras y varios fornidos auxiliares, le dedicaban su profesionalidad y sapiencia para revertir el daño que el alcohol había provocado en su cerebro. Le recetaron tranquilizantes y sedantes con el propósito de aliviar y controlar los efectos de la continencia. Anchón Gurruaga permanecía todo el día tumbado en la cama, soportando con estoicismo las náuseas y las alucinaciones. «Es cuestión de tiempo. Ya pasarán», se decía a sí mismo. Estaba convencido de que no necesitaba ayuda. No le importaban los médicos, ni la psiquiatra, ni los tratamientos que tuviera que sobrellevar cada día. Sólo necesitaba aparentar que el tratamiento había sido efectivo.

Tres meses después, en la cafetería Rolando situada en la calle Correo, cercana a la Puerta del Sol, se reunió con Antonio Silva, agente del CESID. La decoración era funcional: numerosas mesas de metacrilato y aluminio, sillas tapizadas y una gran barra  con una vitrina refrigerada repleta de pinchos: callos madrileños, calamares y tortillas de varias clases. En las paredes colgaban enormes fotografías del Madrid antiguo y un casillero del que sobresalía la prensa diaria. Grandes ventanales mostraba el ir y venir de los transeúntes. Nada recordaba el atentado[1] en el que murieron trece personas y alrededor de setenta resultaron heridas. A aquella hora de la mañana, las mesas se encontraban ocupadas por los funcionarios que tomaban un tentempié y leían la prensa deportiva. Anchón Gurruaga le descubrió sentado al fondo del local, lejos de la barra, de cara a la puerta. Hacía girar entre los dedos, según habían convenido, un Montecristo apagado. Se sentó frente a él. Pidió un cortado. Antonio Silva, de unos treinta años, aspecto anodino de empleado de banca, traje azul marino, camisa azul celeste y corbata de lunares, simulaba leer el ABC. Por debajo de la mesa, le entregó un falso pasaporte de Costa Rica, un billete de Iberia con destino a Guatemala y un sobre con dos mil dólares de los fondos reservados del ministerio del Interior. Se limitó a decir:

—Te trasladarás a Tegucigalpa, en Honduras. La CIA se encargará de introducirte en las guerrillas de la contrarrevolución que te infiltrarán en territorio nicaragüense. Desconocen quién eres, ni cuál es tu misión. No contactes, bajo ningún concepto, con el comandante Otegui en la embajada de Managua. ¡Suerte!

Dobló el periódico. Lo depositó en la mesa. Se levantó. Dejó una moneda de cinco pesetas y se fue. Anchón esperó unos minutos antes de abandonar la cafetería. Estaba eufórico. Al día siguiente voló a Guatemala.

Llegó a Las Vegas, campamento base de la contrarrevolución en Honduras, situado a unos cinco kilómetros de la frontera de Nicaragua. Era un gran complejo militar financiado por los Estados Unidos, allí se agrupaban el mando estratégico de la guerrilla, la logística, las instalaciones hospitalarias donde se recuperaban los heridos que habían tenido la suerte de ser evacuados, y un inmenso campo de adiestramiento y de prácticas de tiro. No existían edificaciones, sino algunas cabañas de madera que ocupaba la comandancia, en grandes barracones de lona dormía la tropa o se atendía a los heridos, unidos entre sí por un enlosado de piedra que evitaba el barro, siempre presente.

 

[1] Cometido por ETA el 13 de septiembre de 1974

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