La cantante

La cantante

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A la memoria de Virginia, alentadora de sueños.

 De niña, Virginia, había sido corredora velocista, era una flecha rompiendo el aire a su paso. También, había jugado al baloncesto. Sin embargo, fue creciendo y con los años descubrió que tenía una hermosa y muy dulce voz. Atrás quedaron sus tiempos de corredora y basquetbolista, pero siempre los recordaba, siguiendo con atención las olimpiadas, partidos de baloncesto entre otros deportes.

Por aquel entonces, Virginia estaba en esa etapa de transición de pasar de la adolescencia a ser mujer, esa etapa en la que todos, seamos mujeres u hombres, soñamos y resoñamos lo que queremos ser a futuro; así ese futuro, sea solamente el día de mañana. Virginia no era la excepción: constantemente se veía en un escenario cantando frente al público.

La radio, ya que no había televisión, estaba en su apogeo. Cada emisora tenía su programación y sus fieles oyentes, los cuales, a veces, no eran tan fieles. Noticias, entrevistas, música, concursos de canto y radio-novelas eran la base de la programación de las emisoras radiales, entre ellas, la de Radio Quito que era la emisora más emblemática de la ciudad por aquellos días.

La transmisión de los concursos y radio-novelas se hacían en vivo, frente a una cantidad pequeña de público. Había programas de alta audiencia en donde la gente hacía colas para poder entrar a la emisora y ser testigo presencial de tal o cual programa.

Fueron Fausto y Jorge, hermanos de Virginia, que le alentaron a inscribirse en uno de esos programas de canto. Virginia se entusiasmó y fue a la sede de Radio Quito para inscribirse. Le hicieron varias pruebas y la seleccionaron para el próximo programa que salía al aire todos los sábados a las 5 de la tarde.

Ese día, Fausto y Jorge, se encontraban en la entrada de la emisora de radio, con un radio portátil. Se emocionaron mucho cuando escucharon a Virginia cantando el tango “Sombras nada más” que era una de sus canciones preferidas. Su presentación fue muy aplaudida por el público y elogiada por los presentadores del programa.

A las 5 de la tarde en punto, Jorge prendió la radio para sintonizar el programa de concurso de Radio Quito que tanto le gustaba a Marujita, su esposa. El programa iba avanzando y había gente con mucho talento y de repente ocurrió que oyeron una voz que conocían.

–¿Jorge, esa es la Virginia que está cantando?

–Claro que es ¿Pero qué hace ahí? ¿Tú sabías de esto? Porque a mí no me dijo nada.

–A mí tampoco.

Virginia, salió de la emisora y, junto con Fausto y Jorge se encaminaron a su casa en la calle Francia. Los tres iban muy alborozados. La felicidad les duró hasta que entraron a la casa. Jorge y Maruja, sentados en el sofá de la sala, esperaban por su llegada. Mejor dicho, esperaban la llegada de Virginia.

Virginia, en un alarde de juventud, había olvidado pedirles permiso a sus padres para participar en el concurso. Ella pensaba que esa había sido su única falta. Sin embargo, el discurso que siguió fue mucho más duro que el que ella esperaba.

En aquellos años, y más en ese Ecuador provincial de 194…, que una mujer quisiera ser cantante o actriz no era bien visto. Eso era para las mujeres de la vida, decían. Una señorita decente no podía tener tales sueños. Por lo tanto, Virginia tenía terminantemente prohibido volver a participar en cualquier concurso de canto sea en Radio Quito o en la radio que sea.

Fue de esta manera que el sueño de Virginia fue destruido como lo sería cualquier castillo de arena al ser atacado por las olas del mar.

Después la vida le hizo a Virginia tomar el camino de una mujer decente. Formó una familia. Tuvo seis hijos, dos que murieron y cuatro que aún están vivos, siendo yo, el último en llegar después de 12 años de la llegada de su tercer hijo. Es decir que, evidentemente, fui una sorpresa inesperada o, como se diría popularmente, fui un gol.

Con la llegada de los hijos, los sueños de Virginia pasaron a estar en un segundo plano. Se dedicó a oír los sueños nuestros y nos alentó para seguir la senda que nosotros quisimos seguir. En esta tarea se le fueron yendo sus años de vida, aunque se las arregló para cantar cuando podía.

En casa cantaba continuamente, a bajo volumen, pero lo hacía. Yo particularmente, disfrutaba oyéndole aunque nunca se lo dije. En esos instantes, se sentía como Virginia se elevaba del suelo y se iba a habitar ese otro mundo secreto, que ella aprendió a proteger y blindar, lejos de la mirada de aquellos que no quería que supieran de aquel universo.

Los vaivenes de las olas de ese mar que llamamos vida llevó a Virginia a conocer otras playas, otras arenas, otras montañas, otros llanos, otros aromas, otros sabores, otras costumbres y otras gentes. Venezuela nos acogió en su seno con los brazos abiertos. Virginia y mi hermana Vilma fueron el sostén de ese nuevo hogar que lo completaba yo y Rocío, la primera nieta de Virginia.

Caraqueando, como diría mi abuelo, fuimos creciendo. Mi hermana Martha vino a caraquear con nosotros por un tiempo. Fue en ese periodo que nació Daniel con un problema de incompatibilidad de sangre, que los médicos resolvieron muy bien. Mientras tanto en Quito la vida también continuaba y, con ella, la llegada de otro nieto: David, hijo de Bolo y Noemí. Ya Virginia era toda una abuelita.

En algún momento del camino, Martha decidió retornar a Quito. Otra vez la familia quedaba reducida y con menos ingresos. Había que trabajar más y ahí estuvo Virginia, trabajando duro aun cuando su salud flaqueaba.

Virginia tenía una dolencia importante en los riñones y su circulación no era la mejor. Era muy cuidadosa con la alimentación y cumplía todos los tratamientos médicos, pero las dolencias persistían y ella las combatía sin descanso ni tregua.

Dicen que el que persevera, alcanza. Pues, en el caso de Virginia, tenemos uno de sus mejores ejemplos. Con un tratamiento homeopático y de acupuntura, suministrado por la doctora. Ginette Dupuy de la Grand Vie, y sus infinitas ganas de vivir, Virginia fue derrotando, una a una, cada una de sus dolencias. La victoria sobre su enfermedad renal fue completa.

La vida en Caracas fue plena de altibajos, pese a eso, recuerdo que Virginia nunca dejó de cantar. Cuando en la radio ponían alguna canción que a ella le gustaba, era inevitable que su voz acompañara a la música y al cantante. Ahí, volvía a montarse en una nube e iba hacia ese paraíso recóndito, el paraíso de la música. Eso la confortaba. Sentía que estaba atrapando un pequeño retazo de su sueño que iba flotando por el aire acompañándola siempre.

En medio de su vida ajetreada, Virginia hizo malabares para formar parte del coro que iba a acompañar a la orquesta infantil de Venezuela en el mesías de Händel, orquesta en donde Rocío tocaba el violín. Virginia sacó tiempo hasta debajo de las piedras para ser integrante de ese coro y lo logró. El concierto fue en el Aula Magna de la UCV. Vilma también formó parte de ese coro.

También participó en todos los ensayos del réquiem de Mozart, pero finalmente, no estuvo en el coro los días de los conciertos en el teatro Teresa Carreño. Fue así, a retazos, que su sueño de cantante se cumplió aunque sea un poco.

Virginia sentía que sus años en Venezuela estaban llegando a su fin. Yo, para aquel entonces, ya tenía un trabajo fijo. Rocío, también tenía una profesión, ingeniero de sonido, que casi no la ejerció. Vilma seguía con sus clases de matemáticas y física.

Esos volcanes nevados, los hermanos que aún vivían, sus otros dos hijos: Bolo y Martha, sus otros nietos: David, Catalina, Daniel y Esteban y, una bisnieta: Gricel, la llamaban. Sentía esa llamada cada vez más fuerte y decidió retornar al Ecuador, convertida en una bella viejecita.

Virginia, a lo largo de su vida, no sé si de manera consciente o inconsciente, me fue preparando para los cambios que se avecinaban, por lo menos, así lo sentí siempre. Fue así, que cuando me dijo que pensaba retornar a Quito de forma definitiva, yo ya lo sabía, y también sabía que era lo mejor para ella, aunque eso me destrozara el alma.

¿Cómo llegué a esa conclusión? Simplemente viéndola. Virginia se iba a Quito por algunos meses y cuando retornaba tenía una presencia luminosa tan bonita que llegué a la conclusión que lo mejor para ella era estar allá. ¡Sí, era lo mejor para su felicidad! Su trabajo en Venezuela ya estaba terminado, después de todo. Cada quien iba en su camino, persiguiendo sus sueños. Ya era tiempo de que ella también persiguiera los suyos.

Por otro lado, vivir en Venezuela era cada vez era más inseguro y las condiciones de vida se hacían, día a día, cada vez más duras e inestables. El chavismo estaba tomando el país e iba allanando su camino por las buenas o por las malas.

A Virginia se le abrieron múltiples universos allá en Quito. Uno de ellos fue el club de la tercera edad, que era parte de un programa del Seguro Social para sus afiliados. Virginia, acompañada de sus amigos del club se iba de paseo y participaba en tertulias en donde no faltaba una guitarra y voces para cantar. Al fin, ella podía ir libre y errante por esos caminos de dios, tal como Matilde, su abuela, le había enseñado en su niñez y juventud. Ahora, en ese mundo secreto, tan suyo, había compañeros de viaje que también querían ser libres y caminantes.

Tres nuevos bisnietos llegaron en ese periodo: Shaddai, Eth y Dasha, hijos de Rocío e Yván.

Así fueron transcurriendo los años, con Virginia recibiendo lo que la vida le iba regalando pero sin pedir nada a nadie. La vida, al final de todo, la construye cada quien a través de sus acciones, que es lo que perdura en el tiempo, si acaso.

Yo siempre había tenido la idea de hacer algo para que Virginia pudiera cantar a sus anchas. ¿Grabar un CD? Pudiera ser, pensé. Hablé con Rocío y le expliqué la idea. Ella conocía en donde pudiera hacerse la grabación y conocía algunos ingenieros de sonido. De esa manera, la idea fue tomando forma. Ya sabíamos cuánto costaba la hora de grabación y podíamos tener una idea del costo total de la misma.

El costo era bastante alto, lo cual no fue ninguna sorpresa. Si queríamos que el plan se concrete iba a ser necesario hacer una colecta. Mis tres hermanos colaboraron gustosamente. Los nietos también pusieron su colaboración. Así, de centavo en centavo, fuimos completando el presupuesto para pagar unas horas en un estudio de grabación para que Virginia grabe algunas canciones.

Le explicamos la idea a Elmar, quien iba a ser el ingeniero de sonido y le gustó. Él nos explicó que debíamos definirle las canciones que Virginia cantaría para que fuera buscando las pistas. Quedaría mejor con músicos tocando en vivo, pero por el presupuesto que tienen, no creo que sea posible, nos indicó.

Como buenos productores, entre todos escogimos el repertorio a grabar, basándonos en las canciones preferidas de Virginia. Elmar buscó cada una de las pistas y, una vez que las tuvo todas, nos llamó para fijar la fecha y la hora para la grabación.

Virginia, al entrar al estudio, no entendía que hacía allí. Elmar fue lo más didáctico posible al explicarle que ella tenía que entrar en la sala de grabación, colocarse los auriculares y ponerse frente al micrófono.

–Empezará a oír la música de acompañamiento y podrá oír su voz… usted póngase a cantar nomás. Las canciones son muy conocidas por usted, así es que, al menos que usted no quiera, la grabación va a ser estupenda.

Virginia miraba todo a su alrededor con sus ojos muy abiertos y llenos de sorpresa. En ese instante, volvió a ser aquella chica que, en un sábado por la tarde de 194…, se paró frente a un micrófono a cantar en una emisora de radio, mientras el público le aplaudía. Todos los pensamientos que inundaban su mente fueron interrumpidos por la voz de Elmar que, sentado frente a la cónsola, estaba preparado para la grabación:

–Empezaremos con “Sombras nada más” ¿De acuerdo?

Fue así que, canción tras canción y por las siguientes cuatro horas, se fue construyendo el último retazo del sueño de Virginia.

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DESPEDIDA. Parte 4. Empieza el concierto.

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Le subió mucho más rápido de lo que habría esperado. ¡Eso estaba bien! El sopor comenzó a disiparse y creyó que enseguida estaría en condiciones para hacer la actuación más memorable de la gira. Al final resultaba que la mierda era buena. Sintió una pequeña punzada en el pecho, pero no le quiso dar importancia. Sin embargo, a los pocos segundos se repitió con más fuerza. Le dolía tanto que se quedó momentáneamente sin respiración. De repente las buenas sensaciones se esfumaron: el corazón se le desbocó y parecía que iba a explotarle de un momento a otro. Todo a su alrededor se volvió negro.
―Rod, sal ya, que empiezas en cinco minutos ―le dijo el manager.
Como no respondía, espero unos segundos y volvió a llamarlo. Silencio. Insistió una tercera vez:
―¿Rod, por qué no contestas? ¿Qué coño te pasa? ―Aporreó la puerta―. ¿Abre de una puta vez?
Como estaba cerrada por dentro, tuvo que echarla abajo. Cuando al fin consiguió entrar se encontró al cantante sin sentido y convulsionando en el suelo. Tenía los labios azulados y por la comisura de la boca le asomaba un hilillo de espuma blanca.
―¡Rod! ¡Rod! ―Trató de reanimarlo mientras lo zarandeaba aún en el suelo.
Al ver que estaba inconsciente, el manager no perdió ni un segundo más y avisó por teléfono a emergencias. Las asistencias llegaron muy rápido y en unos pocos minutos se hicieron con la situación. Mientras aún sonaban en el ambiente las notas finales de la última canción de los Rock Pistons y el público enfebrecido esperaba en medio del delirio la actuación de Rod Carson, la gran estrella internacional del Rock, en una ambulancia camino del hospital, un equipo de anónimos sanitarios luchaba por mantener al ídolo con vida.

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DESPEDIDA. Parte 3. Últimos minutos.

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En la lejanía se oían las canciones de los Rock Pistons, el grupo que estaba actuando como telonero durante toda la gira. Cumplían a la perfección con la misión de enardecer al público para él: cuando salía, ya estaba entregado. Aquellos teloneros eran grandes chicos y su música lo volvía loco. Ahora le estaba ayudando a evadirse de los problemas. No había nada mejor en la vida que un buen cuelgue.
―¡Sales en quince minutos! ―le gritó el manager a través de la puerta―. ¡Prepárate!
―¡Sí, ya voy!
Esa noche, dadas las circunstancias, no le apetecía actuar. Pero sabía que era un ídolo de masas y se debía al público. Había que estar listo: vivía para eso. Unos blue jeans rotos de manera estratégica por varios sitios y una camiseta negra de tirantes constituían sus signos de identidad. Siempre se vestía igual para cantar. Las camisetas tenía que comprarlas por docenas, ya que en cada actuación una de ellas terminaba hecha jirones. Aquella costumbre, que provenía de la época de sus inicios, había terminado por establecerse como norma. Los fans no daban la actuación por terminada si no lo hacía y enseñaba el torso desnudo.
―Vale, no tardes. Están en la recta final.
«¡Espabila, tío!». Se daba cuenta de que no estaba en condiciones. Necesitaba otro chute de coca para poder actuar. «¡Joder, tío, si ya no me queda!». Aquello era un desastre. Si no se metía algo enseguida iba a terminar tirado en cualquier rincón porque la flojera se estaba adueñando de él. Miró la botella de reojo y se dio cuenta que se había tomado casi tres cuartos. Demasiado incluso para él. ¡No podía salir así al escenario!
Por suerte en el camerino ―que era compartido― estaban también las pertenencias de los Rock Pistons. Alguno de ellos se había dejado la chupa y no dudó en mirar en los bolsillos. «¡Sí, estoy de suerte! ¡Te quiero, tío! ¡Seas quien seas!». Había encontrado un par de papelas. Desesperado como estaba pensó en meterse las dos de golpe. Ya lo había hecho otras veces y no le había pasado nada. ¡Ya pensaba en el subidón que iba a sentir! Claro, que siempre lo había hecho con mercancía de confianza. No sabía quién era su proveedor. «¡Pero qué cojones! Esos tíos son de fiar: su farlopa tiene que ser buena».

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DESPEDIDA. Parte 2. El desengaño.

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Aunque despotricara, en el fondo era consciente de que no podía culparla por esa decisión. Al menos, no del todo. Se daba perfecta cuenta de que él había contribuido en gran medida al fracaso de la relación. ¿Cuántas infidelidades había terminado por perdonarle ella? Su excusa siempre solía ser la misma: las grupis se le echaban encima, lo perseguían, se aprovechaban de la situación. Al final lo hacía sin darse cuenta. Se dejaba llevar por las circunstancias, aunque se arrepentía enseguida. Muchas veces iba tan colocado que ni siquiera recordaba lo sucedido. Después de la resaca le juraba que su amor era para ella y solo para ella. Que aquella sería la última vez. ¡Cuántas mentiras…! En los momentos de sobriedad se avergonzaba de todas y cada una de ellas. Pero luego tomaba unas copas o se fumaba unos petas ―con o sin su raya de coca, según se terciara― y se olvidaba de todas las promesas que le había hecho. Y todo volvía a empezar. Nunca había pensado con seriedad en poner fin a sus adicciones, aunque también aquello se lo había prometido un millón de veces: otra de las muchas promesas incumplidas.
Pero que fuera ella la que cortara con la relación era algo que no se esperaba. La quería demasiado o tal vez solo la necesitaba. Qué más daba: el sentimiento de abandono era el mismo. El hecho de saber que era él quien se lo había buscado no mitigaba su dolor. Por primera vez se sintió protagonista de sus propias canciones, cuyas letras desgarradas hablaban de héroes solitarios, de perdedores, de inadaptados que casi siempre terminaban mal. Entonces volvió a recurrir a lo que sabía que lo calmaría. Tras encenderse un canuto y meterse una raya, agarró también la botella de whisky y empezó a beber sin control. En unos minutos estuvo lo bastante puesto para que sus penas se disiparan y una sonrisa bobalicona asomase a sus labios. Ya no importaba nada. Todo fluía. La mente otra vez en blanco.

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DESPEDIDA. Parte 1. La estrella del Rock.

DESPEDIDA. Parte 1. La estrella del Rock.

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Rod Carson llevaba ya muchos años en el candelero, consagrado como estrella del rock. Nadie iba a disputarle su sitio en el Olimpo de la fama, pero no era esa la jodida cuestión. ¿Quería continuar con aquella vida disipada? ¿Hasta cuándo? Eso era lo que se preguntaba mientras el reloj ―no el tatuado en su antebrazo, de estilo biomecánico y tan realista que parecía que podía ver sus manecillas moverse, sino el de la pared del camerino― seguía avanzando. Ya se acercaba la hora de subirse al escenario para poner el broche a la gira mundial que lo había llevado durante los últimos tres meses por todos los continentes. Esa noche era la despedida. Al día siguiente plegarían bártulos y regresarían a casa. «¿Qué casa?», pensó angustiado. Sí, tal vez seguiría teniendo una casa, pero a aquello ya no podría llamarle hogar. Por lo menos, no después de lo que acababa de pasar.
Llevaba ya varios años con su novia y siempre había creído que un día formaría una familia con ella. En el futuro quizás, cuando hubiera sentado la cabeza y abandonado sus malos hábitos de una vez por todas. En contra de su costumbre, ella había decidido no acompañarlo esta vez. Aquello ya tenía que haberle puesto sobre aviso, pero reconocía que no vio venir el golpe. Acaba de dejarlo por wasap, la muy puta. «A pesar de todo me gustaría que siguiéramos siendo amigos. Siempre podrás contar conmigo». Eso le había escrito para despedirse y a continuación le había puesto dos emojis: lanzando un beso y guiñando el ojo. Por ese orden. La cabrona podría haber esperado a hacerlo en persona. Pero no, su cobardía la había llevado a hacerlo interponiendo su smartphone y veinte mil kilómetros entre los dos.

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