La chica de la curva

La chica de la curva

5.00 Promedio (96% Puntuación) - 2 Votos

 


GRACIAS A NUESTROS PATROCINADORES
“El inspector Tontinus y la nave alienígena”, de Avelina Chinchilla
“Botas de hule”, de Arturo Ortega
“Mar de sueños azules”, por Mar Maestro.

 

La noche era tan oscura que parecía que sólo existía la parte de mundo que alumbraban los faros de mi coche. Subía un puerto de montaña con interminables curvas e intensa lluvia. Era invierno y los árboles sin hojas emergían de las tinieblas a mi paso, como si pretendieran darme caza, pero quedaran paralizados al ser iluminados. En la radio sonaba un programa cutre de sucesos paranormales que incrementaba el mal rollo de mi situación. Giré el dial para cambiar de emisora y no encontré nada en todo el rango de frecuencias, ni siquiera la que estaba oyendo antes. Desvié la vista de la carretera para comprobar el dial y al levantarla de nuevo casi se me para el corazón al ver, en plena curva, a una chica haciendo autostop.
No podía dejarla ahí, estaba empapada y pálida.
—¿Dónde vas? —le pregunté recuperándome del susto.
—No encuentro mi casa —respondió con la voz más dulce que había oído jamás.
—Puedo ayudarte si quieres.
La invité a entrar. Retomé el camino de curvas. Vi que temblaba y subí la temperatura de la calefacción. Su piel parecía de porcelana. Sus ojos negros estaban llenos de tristeza. Seguía temblando. Su ropa fina y empapada mostraba más de su cuerpo que la propia desnudez, sentí vergüenza y evité volver a mirarla a pesar de ser el ser la mujer más bella que había tenido ocasión de contemplar.
—¡¡Frena —gritó aterrorizada —, esa es la curva en la que me maté!!
Frené sin pensar y cuando logré detener el coche, ella había desaparecido.

Es una leyenda contada miles de veces que siempre acaba ahí, pero no conmigo. Yo volví a buscarla; fantasma o viva, me había enamorado de ella.

 [product id=”22554″]

DESAFÍO MALDITO VIAJE MALDITO. Convocatoria y clasificación en tiempo real

5.00 Promedio (96% Puntuación) - 2 Votos
PERDICIÓN

PERDICIÓN

5.00 Promedio (94% Puntuación) - 1 voto

Todos los días en el puente Richmon, a eso de las 19.30, un extraño e insólito suceso acontece sin que el universo pueda evitarlo.

Un hombre salta al vacío hasta estrellarse irremediablemente contra el asfalto de una transitada carretera. El suceso en cuestión dura un par de minutos, desde que el hombre se acerca con decisión al borde de la acera,  se encarama a la barandilla, se santigua y se lanza.

Un par de minutos de horror, que a más de un transeúnte ha helado la sangre.

Pero solo a los turistas parece horrorizar. A la gente del pueblo en cambio, le resulta algo tan cotidiano como que el reloj del campanario repique a las horas en punto.

Y es que Willby T. junior es un viejo y conocido fantasma de la comarca.

No siempre fue así, en vida fue un honorable hombre de negocios. Un respetado miembro de la comunidad, con valores, de los que ya se van perdiendo. Uno de esos hombres tan recto y honrado que jamás en su vida faltó a nadie.

Hasta el día que ella llegó al pueblo. Pepa, la de los ojos de almendra marcona.

Las mujeres pueden ser una verdadera perdición y Will lo supo nada más conocerla. Una gitana con dotes adivinatorias, con más desparpajo que clarividencia.

Llegó al pueblo en su carromato de malas artes, o de artes que no lo son, la mágica, la quiromántica, o el arte del mal amar. Pepa era la tempestad, la luz del sol y la tormenta, todo a la vez. Era como un gran torbellino capaz de arrasar todo a su paso. Ese tipo de mujer que deja una huella imborrable entre el pecho y la espalda. Capaz de dejar una cicatriz a la altura del esternón más endurecido.

Cuando Will la vio llegar, sintió como se le iban escarchando cada una de las capas de su piel. Pudo notar el crujir de la sangre expandiéndose y golpeando al completo su corpus cavernosum penis, y el chisporroteo espontáneo de una bengala encendida en su arteria dorsal. Se quedó clavado en sus ojos, y supo que algo malo, muy malo, iba a pasar. Ella le sonrió, dejando ver el destello de su diente de oro, conocedora del poder que ejercía sobre los hombres. Saludó desde el carromato al compás del vaivén de unos pechos tan peligrosos como las rocas de un acantilado, un escote donde despeñarse y dejarse morir.

Pepa se instaló en lo sombrío del bosque, oculta de las miradas de curiosos.

Alumbrada por cientos de luciérnagas que se acercaron también seducidas y desconcertadas por el brillo que emitía la mirada de Pepa, que peinaba plácidamente el zaino pelaje de sus caballos, a la luz de la luna llena.

Pronto empezaron las habladurías en el pueblo, que si una bruja se había instalado en lo profundo del bosque. Que si un alma en pena con apariencia de mujer se paseaba entre   el verde nocturno de los cipreses,  en el camino del cementerio.

Pero en realidad nadie se había atrevido a comprobar que tan cierto era todo aquello. Nadie excepto Will. Una noche se despertó sobresaltado, se incorporó de un salto en la cama tras escuchar un susurro en sus oídos. Una voz helada de mujer lo citaba por su nombre. Era ella, la había visto en sueños llamándolo. Sin saberlo, Will, era ya presa de un maleficio iniciado al momento en que ella le regaló su sonrisa de oro.

Durante noches luchó consigo mismo, para no ceder al llamamiento de la gitana, pero finalmente accedió y emprendió el camino hasta el carromato.
A medida que se acercaba escuchaba con más claridad la voz de Pepa, que lo llamaba insistentemente. Atravesó un estrecho camino que se cerraba sobre su cabeza por unos frondosos árboles. Tan solo la luna llena iluminaba cada uno de sus pasos. Caminaba hipnotizado, sin voluntad propia, arrastrado a su  perdición sin poder evitarlo.

Al rato de caminar, se abrió un claro en el bosque, topándose enseguida con el carromato. Los caballos relinchaban,   dejando ver al contraste con la fría noche, su cálido vaho . Pepa salió a su paso, llamándolo, atrayéndolo hasta ella con el dedo. Ella sonreía y él temblaba. Sus ojos gitanos eran negros, de una profundidad escalofriante. Eran dos cuencas de un negro abismo sin regreso.

—Ven, siéntate a mi lado, quiero contarte una historia, muy antigua. Una historia tan antigua que lo más viejos del lugar no alcanzaron a conocer. Parece que tienes miedo, Will, pero nada debes temer. Si tu alma es limpia y tu mirada clara, el miedo se esfumará aniquilado por tu bondad. Porque… tú no ocultas nada, ¿verdad? Solo los hombres de noble corazón encontrarán el camino de regreso a casa. Pero, tú no temes nada ¿verdad, Will? 

Sentados junto al carromato en la vieja mesilla de mil colores, se tomaron de las manos en torno a una singular bola de cristal.

 

—Quiero que mires fijamente al interior de la bola, hazlo pausadamente, como si tuvieras que atravesar toda la esfera hasta llegar al centro de ella con tu mirada. Concéntrate en traspasar el cristal y alguien te hablará desde el más allá. No es casualidad que yo esté aquí, alguien me ha pedido que te viniera a buscar. 

¿Sabes que hay almas en pena que vagan sin rumbo ? se trata de almas que no encuentran su lugar. Destellos de luz que permanecen en una zona de tránsito, sin poderse marchar. Almas agraviadas que necesitan el saldo de una deuda. Normalmente, se trata de una deuda de sangre.

¿No conocerás a alguien así, verdad Will?

Will permanecía helado, petrificado por el miedo y el frío de la noche. No comprendía que hacia allí, como había llegado, ni como regresar. Aunque podía sentir angustiosamente el embrujo de aquella mirada con aires acusatorios. Una mirada que lo intimidaba con una profundidad imposible de esgrimir. Hizo memoria retrocediendo en el tiempo, escarbando en sus recuerdos. Buscando si existía algo dentro de él que debiera ser ocultado.

Y allí, en mitad de la nebulosa del pensamiento, se manifestó   la primera escena en su mente, como un fantasma del pasado. Apareció en su imaginación el cuerpo de Eloisa, cubierta de sangre, atada de pies y manos, cerca del puente.

Y acto seguido brotó otra escena, la de Norah, saltando al vacío, presa del pánico. perseguida por un depredador sexual. Y Julia implorando clemencia de rodillas, y…

Soltó de golpe las manos de la gitana, apartó la mirada de la bola de cristal y dándole un brutal manotazo la lanzó contra el suelo, haciéndola estallar en pedazos. Contuvo con sacrificio las lágrimas, ahogándolas en un grito de horror. Y recordó de golpe un pasado oculto en su memoria. Pepa agarró con fuerza las manos de Will y lo miró a los ojos, ahora su mirada parecía más encendida y menos negra. Mucho más furiosa y colérica.

— Vaya, Will, parece que no has sido bueno ¿quieres contarme algo? o prefieres contárselo a Norah, o a Sara, o a Eloise, Julia… podría continuar nombrándote decenas de nombres de chicas a las que llevaste al suicidio… Pensaste que podrías cometer tus fechorías y quedar impune al hacerlas luego desaparecer. Pero ellas han vuelto, para reclamar venganza, usándome a mi para tal fin.

Esta noche has venido por tu voluntad, sabes que debes pagar. El mal tiene un precio, pero la muerte, la muerte se paga con muerte y algo más…

Esta noche cuando te levantes de esa silla, caminarás hasta el puente Richmon dónde las obligaste a todas a saltar. Yo te condeno en el nombre de todo lo que luce bajo la luz de la Luna, en el nombre de las chicas muertas, te condeno a saltar por siempre al vacío.

Sonríe Will, para que pueda decirte con alegría… bienvenido al primer día del resto de tu condena. La eternidad.

 

 

 

 

5.00 Promedio (94% Puntuación) - 1 voto
El fantasma del pan  10  último capítulo

El fantasma del pan 10 último capítulo

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

El fantasma del pan 10

Tras una semana de trabajo en el ferrocarril Pepe se presentó en casa con un paquete de comida. Andrea quedó sorprendida cuando lo vio entrar por la puerta sonriente y con la caja bien atada. Los críos se arremolinaron alrededor de los padres que la habían colocado sobre la mesa de la cocina. Los alimentos eran básicos, garbanzos, lentejas, habichuelas, arroz, harina, manteca, una cola de bacalao seco y una lata grande de sardinas en aceite. Aquello era una bendición para la familia que estaban muy necesitados. La mujer interrogó a su marido sobre aquello y él dijo que se lo habían dado en el economato de la ferroviaria con cargo al sueldo que cobraría al final del mes.

—Pero esto es mucho gasto… —protestó la mujer

—No te preocupes. El economato es más barato que la tienda, me lo han dicho los compañeros que llevan más tiempo en el trabajo. Además, los niños necesitan comer y nosotros también. Todavía faltan quince días para que me paguen y mientras podemos arreglarnos con esto.

—Sí, claro que sí… —dijo ella comenzando a guardar todo en la alacena que estaba completamente vacía. Por fín podría hacer un buen potaje para su familia y llenar con algo más que pan y tocino seco la capacha de su marido.

Pasaba el tiempo. Las noticias de la guerra llegaban al pueblo sobre todo por los contingentes armados que solían atravesar sus calles y el alboroto que esto suponía entre los habitantes, aunque cada vez se sentía más los efectos de ésta cuando, alguno de los jóvenes que luchaban en el frente, volvía a casa maltrecho o directamente le llegaba a la familia la desaparición de su hijo, hermano o marido.

Pablito había recuperado las ganas de jugar y bromear con su hermano. Se enzarzaban en peleas cada dos por tres sin causa aparente. Desde que su padre trabajaba en el ferrocarril no tenían que ir a mendigar y la madre pasaba más tiempo en casa, aunque ahora tenía que ir a la escuela, cosa que antes no había hecho y en realidad no les gustaba demasiado aquello de aprender letras y dibujarlas en la pizarra. Pero su madre insistía: «Leer y saber de cuentas le abriría muchas puertas en el futuro» les repetía cuando se hacían los remolones por la mañana. Además, tenían que llevar también a sus hermanas pequeñas y cuidarlas lo que les dejaba menos tiempo para disparar sus tirachinas contra pájaros, lagartijas o cualquier otro ser volador o reptante.

El fantasma que asustaba al niño atenazando su garganta, desapareció poco a poco, gracias a la pócima y el buen hacer de la hechicera que le curó de sus pesadillas y también al uso del hábito tanto que, estaba deseando llegase Navidad para deshacerse de él. Estaba harto de llevar faldas como las niñas ya que le impedían subir a los árboles y correr sin engancharse en cualquier arbusto que se encontraba en su camino.

Fué, precisamente cercana la Navidad, cuando una tropa de soldados llegó al pueblo y esta vez no pasó de largo sino que, ocuparon diferentes casas, el cuartel de la guardia civil, el ayuntamiento y la escuela. Los habitantes del pueblo se dieron cuenta de, que aquello que tanto temían, la guerra, había llegado y se quedaba. A partir de ahora, la historia iba a adquirir matices sangriento y diferentes que nada tendría que ver con «El fantasma del pan», o quizás ¿sí…?

Yo, por mi parte termino, la mía aquí.

 

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
El fantasma del pan  7

El fantasma del pan 7

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Cuando Andrea miraba a Pablo lo veía más pálido y delgado que al resto de sus hijos. Caminaba con la espalda encorvada como un anciano, llevándose a menudo las manos al cuello como si le ahogase una cuerda invisible. La pesadilla que le asustó tanto el día que apedreó al mendigo le asaltaba cada noche, aunque ya no gritaba para no amedrentar a sus hermanas, se acurrucaba junto a Pedro y abrazado a él lloraba en silencio hasta que se volvía a dormir. Había veces que el hermano se despertaba y le consolaba, pero no llamaban a su madre que bastante tenía con trabajar, cuidar de las niñas y preocuparse por la salud del padre que había salido de la cárcel muy desmejorado, amén de que no encontraba trabajo y cada vez volvía de la plaza más alicaído y cansado.

 

Los niños tenían por costumbre extender una manta en el portal para echar la siesta todos juntos. Era un momento en que  la familia compartía esa estancia: Los pequeños dormían en el suelo y los padres, cada cual en su mecedora, observaban a los chiquillos mientras daban alguna que otra cabezada. En las tardes calurosas adormecerse después de la comida era inevitable y qué mejor lugar que el zaguán con las baldosas de piedras recién fregadas  para refrescar el ambiente y el sonido de las chicharras en el exterior ambientando el mediodía.

Una de estas tardes en que todos dormían Andrea abrió los ojos pasmados de horror. En su pesadilla el hijo menor desaparecía ante ella arrastrado por las garras de un demonio que se lo arrebataba del regazo. Buscó a Pablo en la manta  para comprobar que se encontraba bien y lo que vió la hizo palidecer. Su hijo se encogía poco a poco sobre el jergón adoptando la postura del feto en el vientre de la madre y le pareció que su niño estaba desapareciendo poco a poco.  Un grito desgarrador escapó de su garganta despertando a los demás que se frotaban los ojos soñolientos y asustados ante la imagen de la madre gritando desesperada señalando a su hermano. El niño parecía una bolita enroscado sobre sí mismo,al igual que las cochinillas, daba la impresión que de un momento a otro se iba a volatilizar en el vacío. El padre se abalanzó sobre la manta para cogerlo en brazos, pero se estrelló contra un muro invisible que le hizo rebotar hasta caer al suelo, quedando tirado como un fardo, sin fuerzas  para levantarse y recuperar el aliento.

 

Andrea se sobrepuso al temor y corrió escaleras arriba hasta su altar rogando a la Virgen a Dios y a todos los santos que se le ocurrieron que protegieran a su hijo del diablo porque se lo quería llevar con él a los infiernos. Cogió la botellita de agua bendita y bajó a zancadas los peldaños esparciendo inmediatamente el líquido sobre  Pablo que prácticamente había desaparecido del camastro.

 

—Padre nuestro que estás en los cielos…. —dijo a su familia que rezaran con ella— santificado sea tu nombre…. — la voz asustada de sus hijos sobrecogió aún más a la mujer, — venga a nosotros tu reino…..— el vozarrón de su marido se impuso en la estancia…..

—Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo…. — el llanto de Andrea distorsionaba su voz pero siguió rezando junto a sus hijos y su marido sin dejar de regar agua bendita sobre Pablito y alrededor de él. Un vapor espeso y maloliente comenzó a subir hacia el techo como si bajo la manta se cociesen huevos podridos o como si las puertas del Averno se hubiesen abierto bajo los cimientos de la casa.

Que el líquido tenía poderes sobrenaturales quedó demostrado plenamente cuando el pequeño comenzó a surgir de entre el vaho en su forma y tamaño original. Se extrañó del mal olor que reinaba en el portal y de ver a su familia mirarle con ojos llorosos y expectantes.

—¿Te encuentras bien….?— preguntó su madre con ansiedad yendo hacia él con los brazos extendidos en actitud protectora.

—Estoy bien pero, ¿qué ha pasado….? ¿Ardió alguna cosa…?

Los chiquillos se movieron con nerviosismo y la más pequeña con voz de pito le dijo señalando la manta

—Tú echabas humo en el suelo….

Ante el asombro de Pablito se escucharon unas risillas nerviosas de parte de sus hermanos….

Levantó la cara hacia su madre deshaciéndose del abrazo y comprobó que sí, que lo que decía Librada tenía sentido, sus ojos lo confirmaban y entonces algo dentro de él se rompió recordando el sueño que había tenido.

 

Unas manos con uñas como garras y fuertes igual que tenazas le arrastraban del cuello hacia la profundidad de la tierra donde un calor asfixiante amenazó a derretir su cuerpo y hacerlo  cada vez más pequeño….

 

Se estremeció de miedo y apoyando la cabeza contra el seno de su madre comenzó a llorar con desesperación….

Photo by Manel

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
EL FANTASMA DEL PAN  2    Nicole Regez

EL FANTASMA DEL PAN 2 Nicole Regez

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

El cuadro en la habitación era dantesco. La madre sentada en el catre con su hijo en brazos, le pasaba la mano mojada en agua bendita por la cara y el cuello, mientras sus labios murmuraban una oración a Dios pidiéndole que redimiese a su pequeño, salvandole de las garras del demonio que se lo quería llevar; las cuatro niñas,  asustadas y con ojos somnolientos se escondían tras ella mirando al padre que, a grandes zancadas, paseaba por la habitación con las manos en la cabeza  soltando una clase de barbaridades que jamás le habían escuchado; Toñito se había hecho un ovillo en la otra esquina del catre y lloraba en silencio repitiendo: «yo no he sido….yo no he sido…»

Pasaron unos minutos muy largos hasta que el cabeza de familia cejó en sus paseos, sacó la petaca del bolsillo y se lió un cigarro. El chasquido del mechero sonó como un trueno en el espacio, seguido de la pequeña llama que como un relámpago iluminó por un instante la cara del hombre, ceñuda y curtida por el sol. Dio una profunda calada al cigarillo y  fijó la mirada en su mujer que seguía acariciando al niño tranquilizado y en silencio. Ella le miró a los ojos y se entendieron sin hablar. Paseando la vista por sus hijos Juan habló:

—Esto no puede salir de aquí, ¿comprendéis lo que quiero decir…?

Vio las caras asustadas y somnolientas de las pequeñas y su corazón aceleró los latidos en el pecho. Eran demasiado pequeñas para entender nada. Comenzaron a lloriquear.

—¿No… vamos a… ir a la calle para jugar..? — se atrevió a preguntar María la que seguía a Pablito en edad y la mayor. Las otras asintieron con la cabeza  apoyando a su portavoz, incluso Librada que solo tenía tres añitos  movió sus rizos de arriba abajo ya que repetía todo lo que hacían sus hermanas.

—Claro que saldréis a la calle, no os voy a castigar a vosotras. Solo que…—miró a su mujer y esta le hizo una seña advirtiéndole que no dijese nada más.

Cambiando el tono de voz dijo con cariño:

—Venga, vamos a la cama.  A dormir que es muy tarde…Vuestro hermano solo ha tenido una pesadilla, ¿sabéis…?

Las crías, enteradas de que sus juegos no se iban a interrumpir por los gritos de su hermano, salieron de detrás de la madre y se fueron a sus catres cuchicheando entre ellas

—María ¿tú sabes lo que es una pesadilla…?

—Toñito — dijo el padre dirigiéndose a su hijo mayor — de esto ni una palabra a nadie, ¿eh?— No vayáis diciendo nada por ahí—ahora se dirigía a Pablito que respiraba normalmente y había recuperado su color habitual.

—Sí padre, nosotros no contaremos nada. Lo prometemos, ¿verdad Toñito…?

—¡Hala! pues no se hable más y a seguir durmiendo que  mañana tengo que madrugar… A ver si consigo llegar a tiempo para que me contrate el capataz

La mujer dejó a su hijo sobre el catre y después de besarle en la frente le hizo la señal de la cruz, de igual forma actuó con el mayor. Luego puso el tapón a la botella del agua bendita y la colocó de nuevo en el altarcito. Fue a la cama tras el marido y solo entonces, se permitió llorar silenciosamente.

—¿Pepe, por qué nos tienen que pasar estas cosas a los pobres…? No sé cómo Dios permite que haya gente tan mezquina para robar el pan a unos pobres chiquillos. Que él lo tenga en su gloria y le perdone, pero que contenga al diablo para que nuestro hijo viva en paz.

—Calla, mujer, esto no tiene nada que ver con  Dios ni el Demonio, somos los hombres que nos volvemos mezquinos frente al hambre y la falta de trabajo. Las cosas no pueden seguir así mucho tiempo. Se habla de levantarnos contra los terratenientes, de repartir las tierras, de que todos tenemos derecho a tener un trozo de pan que llevarnos a la boca…

—¡Pepe, por dios, no te metas en líos…!

—¿Que no me meta en líos, dices….? ¿Qué piensas…. que esto puede seguir mucho tiempo más así…? No somos solo nosotros los que estamos mal, son muchos en el pueblo y los de alrededor… la situación ya ha llegado a ser insostenible…. en cualquier  momento habrá una revuelta… no podemos continuar así…no es justo…

—Pero…nuestros hijos…

—Peor que ahora no van a estar, mujer …. Anda, duerme…. mañana será otro día…

Andrea dio la espalda a su marido para que no viese su cara surcada por las lágrimas, pero éste le pasó el brazo por  la cintura y la atrajo hacia su cuerpo intentando transmitirle una seguridad que ni él mismo sentía.

 

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
A %d blogueros les gusta esto: