Robin 8, el paracaidista

Robin 8, el paracaidista

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La luna llena, rasgada y espectral, dejaba ver la silueta de grandes nubes que, sin duda, habían regado la isla poco antes de que llegásemos al alféizar de la ventana. Un fuerte olor a tierra mojada y una agradable sensación a humedad me inundaron entera.
Matías y yo, nos miramos entusiasmados ante la libertad que se abría ante nosotros. Aún quedaba un largo trecho hasta llegar a casa, pero al menos habíamos escapado de las zarpas de la niñita de los rizitos y del tragón de Piku.
– ¡Estamos salvados! – gritó Matías haciendo gala de un optimismo envidiable, no exento de su inconsciencia natural.
– ¡Para el carro colega!, estamos aún lejos de casa y eso es no estar aún a salvo. Nos queda un buen trecho hasta alcanzar la valla. Allí sí pensaré que estoy en casa – enfrié los ánimos.
Matías se quedó pensativo. Quizás no esperaba que yo le bajase la moral así, pero es que, en verdad, aún nos quedaba mucho por recorrer. Había que atravesar un jardín y la línea recta en dirección al Teide que nos llevaba adónde vivía, atravesaba una pequeña fuente circundada por un seto de flores diversas. Sin duda sería un buen sitio para esconderse durante el día, pues no creía que nos diera tiempo a cubrir todo el trayecto en una sola noche. Oí como Rose llamaba llorando a Jack. La película estaba acabando a juzgar por los sollozos de la madre de ricitos de oro que nunca dominaba el llanto en esa escena.
– No hay tiempo que perder Matías. Estoy oyendo como la peli está terminando. Pronto traerán a la niña dormida y puede que cierren la ventana. ¡Hay que salir de aquí! – apremié.
Casi no me dio tiempo a acabar la frase cuando el papá de la niña trajo a la mocosa dormida y la depositó en la cama.
– ¡Rápido Matías, salgamos de esta ventana! – insistí angustiada.
Oímos como desde la sala, la madre lo instaba a voces a cerrar la ventana (fermé la fenêtre “pa” que el aire no penetre, que diría uno que yo conozco).
El padre, solícito, se dirigió a la misma, con nosotros aún en el borde.
– ¡Corre Robin! gritó Matías.
Yo corría tan rápido como podía pero el grueso marco de madera era muy ancho para mí y me costaba horrores llegar al borde. Era como en esos sueños en los que alguien te persigue y por más que intentas huir no avanzas.
El padre de ricitos de oro se acercó a la ventana y la cerró sin percatarse de dos caracoles que huían. Yo aún no había completado la superficie del marco cuando el padre de la niña comenzó a cerrar la ventana. Corrí tan rápido como fui capaz para llegar al extremo. La hoja de la ventana se fue cerrando a mi espalda y me golpeó en la punta de la cola de mi pie sin llegar a atraparlo.
– Ufff, por poco nos pilla. Le anduvo muy cerca – dije aún presa del pánico.
Lo que no sabíamos ninguno era que en ese momento, Piku se las había ingeniado para amontonar las hojas de lechuga colocadas a modo de escalera en dirección al hueco que nosotros habíamos dejado en la tapa y, de esa forma, había conseguido huir también…
Pasado el peligro, comenzamos a descender despacio por la pared cabeza abajo cuando Matías me hizo una de sus geniales observaciones.
– Oye Robin, ¿no crees que por la mañana cuando se dé cuenta la niña que nos hemos escapado le puede preguntar a Piku dónde fuimos?
Aquello me paró en seco.
– A ver “genio”, definamos conversación. Tú dices algo, yo te contesto, tú replicas, yo matizo…en fin, lo normal. ¿Tú ves a una niña hablando con un escarabajo y entendiéndose? ¿Verdad que no?
No quise ensañarme con Matías. El pobre no daba más de sí.Pero en estos días me estaba dando cuenta de que tenía mejor fondo del que yo recordaba. Quizás fuese el forzoso cautiverio que nos tocó vivir juntos y esta huída, pero el caso es que lo empezaba a ver como un compañero. Dicen que las adversidades unen a las personas y nosotros, los caracoles, no somos menos personas por llevar la casa a cuestas. A veces me sacaba de mis casillas por su poco seso, pero el poco que tenía lo percibía como noble.
– Tranquilo Matías, lo tengo controlado.
– Vale, yo confío en ti, eres más lista que yo – dijo rendido.
– Hay que intentar llegar a las flores antes de que amanezca. Ahí buscaremos un escondite y pasaremos el día. Intentaremos llegar a casa a la noche siguiente.
– Tengo una idea para ir más rápido – dijo Matías orgulloso de haber tenido una iniciativa – ¿Ves que abajo está lleno de musgo?
– Sí, dije sin saber muy bien qué se le pasaba por la cabeza.
En efecto, toda la vegetación que había bajo la ventana era una extensión de musgo que crecía gracias al agua que soltaban las macetas que había en la ventana y que hacían que toda esa zona fuera muy húmeda.
– Pues observa – anunció risueño y orgulloso de sí mismo.
Matías se fue metiendo dentro de su concha. Yo, al principio no sabía a qué jugaba hasta que, una vez que desapareció por completo dentro de la concha oí un grito gutural.
– ¡Gerónimooooo!
Matías se dejó caer en caída libre hasta aterrizar en el suave manto de musgo y rodar en dirección a las flores casi dos metros.
– ¡Vamos Robin, te toca. Ya casi estoy donde las flores.
Y era verdad, Matías, en su arriesgada maniobra había rodado hasta estar muy cerca de nuestra meta de esa noche. Yo dudé bastante si seguirlo del mismo modo pero él me animaba a ello.
– Vamos Robin, que no te haces daño…caes en blandito. Marea un poco pero así se me colocan las neuronas en su sitio jajajaja – rió satisfecho de su hazaña.
Me armé de valor y venciendo mi miedo, me retraje en mi concha y, cerrando los ojos, me despegué de la pared. Noté como caía y el estómago me subió a la boca. El corazón se me paralizó y por unas décimas interminables pensé que moría. Noté un golpe suave y comencé a girar sin rumbo. Rodé sin saber dónde iba. Para cuando quise salir y ver donde estaba comprobé que no estaba junto a Matías. ¿Dónde estaba? ¿Adónde había ido a parar? Me giré lentamente reconociendo aturdida el entorno y, de pronto, comprobé horrorizada que me hallaba frente a unas patas con garras…levanté la vista aterrada y vi lo que era….me hallaba a los pies de un pájaro enorme.

Continuará…

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La gran evasión…de Robin

La gran evasión…de Robin

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La puerta entreabierta del cuarto de la niña, permitía que la luz del salón se colara tímidamente por los agujeros practicados en la tapa de nuestra prisión. Llevaba encerrada pocas noches, dos o tres. Se me hacía difícil de saberlo con certeza debido a los problemas que os conté con la rubita de los rizitos de oro y además, como ya os dije, tengo serios problemas para contar más allá de tres y nunca sé, si detrás viene el siete o el cuatro…por no hablar de lo que viene más allá.
No obstante en ese poco tiempo si me había percatado de que la familia se sentaba frente al televisor después de cenar y que cuando acababa lo que estuvieran viendo, el papá traía a rizitos de oro, que ya estaba en brazos de Morfeo, a la cama. Y desde que a la niña la avisaban para cenar ya no volvía sino a seguir durmiendo.
Esa noche oí claramente a la rubita protestar porque mamá le había puesto acelgas rehogadas para cenar. Ella se quejaba y decía que no tenía mucha hambre y que le diera las salchichas.
– Jo mamá, me duele la barriga y sólo me entran las salchichas – protestaba la mocosa.
– Si no te comes la verdura no hay salchichas – sentenció la madre.
He de confesar que sentí una satisfacción interior. Ahora recibía su castigo por la “dieta de la lechuga” a la que nos había condenado.
– “Si sigo comiendo lechuga voy a parecer un dirigible con tanto gas”- pensé para mis adentros.
– Matías, es la hora de empezar con nuestro plan. Hay que darse prisa – le dije a mi “compañero a la fuerza”. – La niña no volverá por aquí en algún tiempo. Todas las noches lo hacen así. Es el momento de huir – añadí resuelta.
Trepar hasta el borde de la caja no nos costó gran esfuerzo. No somos ningún Ferrari, somos caracoles, así que vamos a nuestro ritmo, pero tampoco un Ferrari treparía por un ángulo recto. Aunque, bien pensado, un Ferrari no estaría encerrado en ésta caja. Bueno talleristas, que me distraigo con media albóndiga y me disperso…el caso es que llegamos arriba sin novedad.
Una vez arriba, había que colocarse como yo había planeado. Matías, que era más fuerte, se colocaría debajo de mí y me empujaría con todas sus fuerzas, mientras intentaba seguir trepando para ayudar en la labor y hacer más presión. Yo me colocaría arriba procurando que mi nueva concha arrebatada al pobre devorado quedase en contacto con la tapa de la caja. De ésta manera, cuando Matías empujase desde abajo, mi concha presionaría la tapa que iría cediendo.
No hagáis líos los argentinos. Cuando digo concha quiero decir cáscara, caparazón Que visto con otros ojos, tanto Matías, tanto empujar y tanta concha pareciera que estoy describiendo una postura del Kamasutra y no van los tiros por ahí.
– Ahora Matías empuja con todas tus fuerzas – le dije.
Él empujó con fuerza y constancia pero se le notó que se había atiborrado de lechuga poco antes en el sonoro pedo que se le desencajó del cuerpo. Aquello era las cloacas del infierno. Y, por si lo habéis olvidado, el gas tiende a subir. ¿Y quién estaba arriba?… ¡Habéis acertado!…La que se comió todo el regalito no sin proferir varios insultos que iban desde el suave “puerco” hasta acordarme de su parentela.
Salvado ese imprevisto mi plan surtió efecto y la caja fue cediendo hasta dejar una abertura por la que cabían nuestros cuerpos. En el momento en que ya estábamos arriba, oímos cómo Piku se despertaba no se bien si por el alboroto causado o por el aroma dejado por Matías en el ambiente.
– ¡Eh, esperarme! ¡Ayudarme a subir! ¡No os vayáis sin mí! – gritó el escarabajo.
– ¡Y una mierda, ahí te quedas!- dijimos a coro los dos.
Al salir, vi que estábamos en lo alto de un sinfonier del Ikea. A la derecha, a unos tres metros había una ventana abierta que parecía dar al jardín. Por ahí debíamos ir. En la televisión se veía cómo Leo DiCaprio acababa de ganar dos pasajes para el “Titanic” en una mano afortunada a las cartas.
– ¡Perfecto! Grité. – Tenemos tres horas para huir.
– ¿Por qué tres horas? – inquirió Matías.
– Es lo que dura la película.
– Oye, ¿Tu por qué sabes tanto de cine?
– Te lo cuento por el camino, no hay tiempo – zanjé la cuestión.

Continuará…

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