Hora punta de agosto

Hora punta de agosto

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El metro suena cerca y la gente corre desbocada para no perderlo. En el borde de las escaleras una madre joven se esfuerza en coger el pesado carrito de bebé a pulso. La gente la adelanta por los costados sin verla.
Voy más lenta, pues arrastro una lesión agravada por cumplir una promesa, pero decido que es mejor perder el metro. Mejor la bondad que la prisa. Bajamos el carrito y aún cogemos el convoy. Me sonríe y me da las gracias. No tiene importancia, hice lo debido, por eso duele tanto que quien te importa se olvide de ti.

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Voy bien de tiempo

Voy bien de tiempo

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Vivo en una gran ciudad. Poco importa que sea París, Nueva York o Madrid. Lo que voy a contar es común a todas ellas. En éstas ciudades hay un concepto que la gente maneja a diario: «ir con la hora pegada al culo». Creo que se entiende, pero si alguien con el ritmo de vida más tranquilo me lee y no termina de visualizarlo, les contaré que es esa sensación de no terminar de ver claro si te vas a retrasar o no en llegar a algún sitio. Una frontera difusa en la que el tiempo que te sobra está delante de ti pero el que te falta ya te anda pisando los talones. Produce cierta angustia cuando es un compromiso ineludible. El más habitual es la hora de entrada al trabajo.
Una calcula la hora de salir de casa en función de lo que se tarde en llegar al centro de trabajo. Hay que coger el autobús, después el metro y, por último, otro autobús que suman hora y media de trayecto.
Bueno, ya sé que algunos viven a cinco minutos del curro, pero eso en una gran ciudad, es un lujo al alcance de unos pocos.
La perversión del asunto consiste en que, sabiendo que necesitas ese tiempo mínimo para llegar a tu hora, no planificamos el horario de salida concediendo un margen a los imprevistos. En realidad si lo hacemos, al menos mentalmente, pero son como las promesas de dejar de fumar o de adelgazar, y los elementos se nos vuelven en contra.
Y es que los urbanitas tenemos un gen optimista que nos descarrila cualquier buena intención del día de antes porque aunque vayamos viendo que la hora comienza a pegarse a nuestro culo, somos optimistas por naturaleza y pensamos que nos va a dar tiempo. Y hay mil cosas que pueden pasar en el trayecto y que nos retrasen: un atasco, una huelga, una manifestación (si, aquí se manifiesta todo dios y nosotros nos las comemos con papas). Nosotros nunca pensamos en esto, es más, confiamos en tardar menos que ayer como si el metro de hoy tuviera alas como las compresas y echase a volar acortando los tiempos. Como un amigo mío diría…
– ¡Eso va a pasar por los cojones!
Y ahí que vamos, como pollos sin cabeza, optimistas y confiados mirando continuamente el reloj, y todo, por apurar la hora de salida. Porque esos si, antes de salir de casa, parece que el tiempo es de chicle y tiende a estirarse.
Suena el despertador y das media vuelta pensando.
– “Cinco minutos más… voy bien de tiempo”.
Pero los cinco minutos nunca son cinco sino diez o más. Al final terminas dando otra cabezadita de la que te levantas sobresaltada.
– “¡Hostias… son y veinte!”
Total, que te has pegado una “sobada” de quince minutitos de nada y ya vas algo “pillada”.
Es el momento de centrarse y calcular.
– “Vale Luisa… tranquila, no pasa nada. A “en punto” estás saliendo por la puerta sin problemas… Voy bien de tiempo”.
Así que una vez auto consolada, te metes al cuarto de baño a dejar el kilo y medio de legañas en la ducha. Pero esa ducha matutina es ladina y traicionera y te tiende mil trampas porque entras pensando que son cinco minutos y ¿adivináis?… pues sí… ¡Bingo para el caballero del fondo!…nunca son cinco minutos. Primero es esa agüita tan placentera que da gustito que te resbale por todo el cuerpo. Después viene el enjabonado con ese champú especial de hierbas esenciales que me recomendó mi amiga Puri. Que conste que cuando me lo recomendó (y conociéndola) creí que lo de las hierbas esenciales era porque estaba fabricado con marihuana. Pero no, resulta que son todas hierbas “muy decentitas” (manzanilla, romero, espliego, hierbaluisa y cosas así).
Total, que cuando te has enjabonado bien y te has aclarado llega el turno del acondicionador del pelo (que una no va a salir a la calle con los pelos de cualquier manera). En fin, que sales de la ducha más tarde de lo previsto. Enchufas el secador y a secar la cabellera. Y estás tan relajada y tan bien que no te has acordado del reloj hasta que te entra el whatsapp del pesado de las siete menos veinticinco. Miras y es una fotito de un cachorrito de Golden que cuando la agrandas esconde al negro del whatsapp… ya me entendéis. Total, que mientras te acuerdas de su santa madre (que no tiene la culpa de tener un hijo tan capullo) te das cuenta de que son menos veinte.
– “¡Hostias, joder!… ya voy mal de tiempo”.
Así que, cambias el plan. No desayunas en casa, tomarás una pulguita en el descanso de las diez en la cafetería. Ahora te centras en saber qué demonios te pones hoy, porque no te vas a poner la falda blanca (ni la larga, ni la azul, ni la de vuelo, ni la de colores, ni la…) con la blusa que te regaló tu madre para tu cumpleaños….una tortura elegir la ropa (y el tiempo sigue corriendo amigos…). Al final te decides por unos jeans ajustados que te hacen buen culete y una camiseta ajustada de los Stones (que una cumple años pero sigue vistiendo como cuando iba al instituto)¡Divina de la muerte!
En un arranque de optimismo se te pasa por la cabeza que te da tiempo a maquillarte, pero lo desechas de inmediato.
– “Mejor no, Luisa. Una sombrita de ojos, un poquito de eye liner y, ya si acaso, me doy un toque de colorete en los pómulos en el bus y me pinto los labios. Así gano tiempo.”
En fin que sales por la puerta con muchos apuros pero a “en punto” y mientras bajas en el ascensor vas pensando que si tienes suerte y el bus de las ocho y cinco no se retrasa… vas bien de tiempo.
Pero claro, el citado autobús se retrasa cuatro minutos. Vosotros, los que no estáis sometidos a la tiranía del reloj pensaréis de manera ilusa que cuatro minutos no es tanto, pero si lo es, porque eso te puede impedir llegar a menos cuarto a coger el metro y, una vez que comienzas a acumular retrasos en los trasbordos el tiempo se te echa encima.
En fin, subes al autobús, mirando con disgusto al conductor y te vas pintando los labios sin hacer caso a la mirada del caballero de enfrente cuya imaginación ya le está haciendo levitar dos palmos del suelo.
– “Bueno, tranquila, con suerte no pillas el autobús del colegio y ese tiempo que te ahorras”.
Y, por fin, una buena noticia: ni rastro del bus escolar. Eso te hace ganar un tiempo precioso. – “De puta madre… voy bien de tiempo. Por cierto, ¿qué coño mirará el caballero éste? ¿Pero se ha mirado la facha? …no se ha hecho la miel para la boca del asno majete”.
Siguen las buenas noticias y no hay atasco en la general y vuelves a recalcular el tiempo.
– “Son menos cuarto… o sea que a las nueve en punto estoy en el metro… voy bien de tiempo.”
Hay veces que los astros se alinean a favor y cuando llegas a una estación el metro está llegando y tú, a la carrera con tacones y todo, lo coges a tiempo. Y en esos momentos sientes una especie de bienestar como si te hubieras fumado uno de esos cigarritos que le gustan a Puri.
– “Perfecto, en quince minutos estoy en el curro… voy bien de tiempo”.
Total, que llegué a buena hora ¡Siete minutos antes! Y en esos momentos aprecias más los minutos clandestinos que le arañaste al reloj en la ducha, en la cama o eligiendo vestuario.
Y tan abstraída y feliz iba que al cruzar la calle no vi el Opel Corsa robado que se saltaba el semáforo. Y aquí estoy, acompañada por los tres delincuentes que después de atropellarme se incrustaron contra la hormigonera, esperando que San Pedro nos de turno para contarle nuestros pecados a Dios. Lo único que me consuela es que al precipitarme dentro del coche como un saco de patatas golpee con mi trasero la cabeza del conductor, desnucándolo en el acto (y ese es un pecado que no me cuenta porque ya estaba muerta).
En fin…supongo que ahora si voy “bien de tiempo”. No me esperéis a comer, me da en la nariz que aquí voy para rato. Esto funciona peor que el ambulatorio de al lado de mi casa.

Del montón o fea

Del montón o fea

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No soy bonita, lo sé. No hace falta que nadie me lo diga. Noto sus caras de disgusto al verme, incluso el asco dibujado en su expresión. Desde pequeña oigo eso de que la belleza está en el interior. Supongo que alguien muy guapo lo acuñó como consuelo de los feos.
Lo que pasa es que vivir en la piel del feo es menos llevadero que ser alguien bello. Incluso siendo “del montón” se tienen posibilidades de sentirte halagada algún día, lo que pasa es que yo soy del montón. Pero del montón…de la basura.
¡No!… no se escandalicen. Seguro que ahora, de manera bienintencionada, están diciendo
– ¿Pero qué dices chiquilla? Eres hermosa por dentro, eso es lo que cuenta, el envoltorio es lo de menos.
Claro, lo pensáis porque cuando menos, sois “del montón”. O “normalita”, como me decía una amiga (cuando me hablaba, claro). Pero creerme: vivir siendo horrenda es complicado. A veces lo notas en su actitud. Cambian de acera cuando te ven y ponen cara de que les repugnas sin disimulo alguno. Los niños pequeños se ponen a llorar y las mamás tratan de protegerlos de tamaña fealdad.
No eres bien recibida en ninguna casa y no digamos en un centro de trabajo. Si te ven, poco menos que llaman a Sanidad o se ponen a fumigar. Notas su rechazo y terminas por ser una loca solitaria sin amigos ni compañeros. A nadie le importas. Nadie se acuerda de ti en Navidad. Esos a los que quieres, se acuerdan de todos menos de ti. ¿Por qué?…porque eres un bicho raro y por tanto poco importa lo que te pase. Es mejor tener un detalle con cualquiera menos contigo…incluso en esas fechas.
Y, a veces, ni siquiera tú misma logras entenderlo. ¿Qué les habré hecho? Y llegas sólo a una conclusión: eres fea y repugnante. Así de duro y de claro.
Y eso que dicen que las rubias tienen más éxito. Pues conmigo no se cumple. Soy rubia (y rubia natural, no “de bote”), pero ni por esas. Y me gusta hacer cosquillas y soy sociable e incluso soy crujiente como las patatas fritas…pero soy una cucaracha.
A lo mejor es por eso.

(No elegir la foto de ningún insecto, please. Le resta la gracia)7496262590_34895f31a2_fea

 

ALMA NEGRA, por Luisa

ALMA NEGRA, por Luisa

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Abrió los ojos tanto como podía y no vio nada. Sólo oscuridad, una repentina ceguera. No podía ser, sería una pesadilla.
–»Despierta Lourdes» –pensó.
Pero era real, seguía aturdida pero no dormida. El corazón le iba a mil mientras el cerebro trataba de poner calma.
–“Tranquila. Evalúa la situación”.
Pero el pánico la desbordó medio segundo después. No se podía mover. Estaba amordazada, desnuda y atada en cruz en una cama a oscuras. Creyó ver un trémulo reflejo casi imperceptible a su derecha. Quiso pedir socorro pero sólo conseguía guturales gruñidos.
–“Tranquilízate Lourdes, respira. Te has preparado para esto. Que el pánico no te venza”.
Notó un cosquilleo en sus pies y sus piernas. Hace años, en un quirófano, la durmieron de cintura para abajo. Recordaba esa sensación en las piernas como si fueran de corcho. Notaba la presión, los cortes pero no el dolor. Ahora sentía esas cosquillas igual. Pero había algo más en el ambiente. Un olor dulzón que reconocía. Olía a sangre.
Quiso levantarse pero sus piernas no respondían. Comenzó a transpirar a borbotones. Ahora nada podía sacarla de ese estado de pánico.
–»Haz memoria Lourdes ¿Cómo llegaste aquí?»
Recordó que había dejado a su compañero en comisaría pasadas las diez de la noche. Quería repasar unos informes del forense y, de paso, escribiría un relato para un concurso.
–¿No vas a participar tú?
–No.
–¿Por qué? Tú me descubriste la página de desafiosliterarios.com y ahora estoy aprendiendo en taller de relatos.
No sé Alex, me parece que los textos quedan forzados cuando hay que escribir una dirección web. Es por publicidad, lo sé, yo haría lo mismo si fuera mía, pero ya colaboro escribiendo en ella y dándola a conocer a todo el que puedo. Manda un relato, escribes bien. Yo me voy a casa.
¡Fue entonces! …ahora lo recordó. Cerca de casa, un borracho se cayó en la calzada delante de su Volvo. Fue a socorrerle pero ya sólo recordaba el fuerte olor del cloroformo. Después se despertó aquí.
Los ojos se le salieron de las órbitas. Tomó consciencia de lo que pasaba y lloraba por las certezas sobrevenidas.
El reflejo a su derecha era él y sus gafas de visión nocturna. Tenían su ADN gracias al semen que dejaba en el suelo, pero no estaba fichado. Sabía que estaba muriendo.
Las cosquillas en las piernas avanzaban hacía su vientre. Ahora estaban en todas partes: sus muslos, las rodillas, la vulva. Avanzaban pero de cintura para arriba no estaba anestesiada. Notaba sus pequeños pellizcos sin alma en los pezones, el cuello, el mentón. Podía olerlas, oír sus chillidos infernales mientras hacían su trabajo. Comprendió que era el fin.

Las versiones digitales de los periódicos recogían la noticia a eso del mediodía.
«La teniente Lourdes Castelo, encargada del caso, nueva víctima del asesino de las ratas”.

Photo by Dani_vr

¿Un día cualquiera? (El enigma)

¿Un día cualquiera? (El enigma)

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Me encanta el cine. He ido con amigas, con amigos, con algún que otro novio y también sola (a esas sesiones de los miércoles a mitad de precio). Pero lo que me ocurrió éste miércoles no es explicable y les aseguro que no me quedé dormida. Alguna vez he oído en algún lado que si deseas algo con todas tus fuerzas se convierte en realidad. Francamente estoy desengañada de ello pero déjenme que les cuente lo que me sucedió a ver si entre todos logran descifrar el enigma.
Me fui al centro, a una de esas filmotecas que ahora se llaman indis. Era una sesión doble con un par de películas que ya sólo puedes ver en casa. Una tarde perfecta. Yo era la única espectadora en la sala. No era la primera vez que me ocurría y siempre me daba pena. Al poco de empezar la primera de las pelis, «Fargo”, la protagonista, en plena investigación de un crimen me llamó por mi nombre.
– Luisa, sube aquí.
Me quedé pasmada y miré en derredor esperando no sé bien qué.
– Es a ti, no hay nadie más – dijo Frances McDormand.
Como seguía pegada a la silla, bajó de la pantalla, me dio la mano y me dijo.
– Ven conmigo, sé que siempre has deseado esto. Te lo mostraré por dentro.
Estábamos en pleno paraje nevado. Una ambulancia, dos coches patrullas y, a cierta distancia de la cuneta, dos cadáveres y un coche volcado.
– ¿Tú crees que embarazada y con este frío apetece investigar un doble crimen? …pues no, pero los malos no descansan querida. Sube al coche, te llevaré a comisaría a tomar un café caliente, nos vendrá bien.
Hablaba y no paraba pero al entrar en el coche me vi dentro no del auto, sino de un ascensor al mando de la señorita Kubelik. Reconocería «El apartamento» con los ojos cerrados pues me sé de memoria los diálogos. Entró Jack Lemmond, saludó y subimos juntos al piso diecinueve.
– Es más guapa en persona, ¿verdad? – me dijo aludiendo a la ascensorista.
– Se arrepentirá toda la vida si no le dice que la quiere señor Baxter – le dije antes de apearme.
Al bajar del ascensor me encontraba en una plaza. Hacía sol y podían ser los años cuarenta a juzgar por la vestimenta de la gente. Pronto salí de dudas. A mi espalda un señor gritó…
– ¡Buenos días, princesa!
¡Qué bonito!… estaba en «La vida es bella».
– Luisa, venga, no hay tiempo que perder. El hechizo no es eterno y aún tiene que ver muchas más cosas – me dijo el propio Benigni en persona.
Me llevaron delante de una casa. Era un tipo divertido que no paraba de declarar su amor por su princesa.
Pasé a la casa sin saber adónde conduciría esa puerta. Estaba excitada y emocionada.
Detrás de la puerta, perdí pie y caí por una especie de tobogán helado en compañía de un mamut, un tigre dientes de sable, un cachorro humano y dos zarigüeyas. Viajaba dentro de una película animada, «Ice age, la edad del hielo».
– Vamos Luisa, que esto está chupado – me animaban mientras caíamos.
Pero caí en blanco y negro, cerca de donde Sam, la volvía a tocar. «Casablanca» me dije. Bogart, muy cortés, vino a recibirme y me condujo al fondo.
– Ven nena, te mostraré tu mesa.
Pero al sentarme, el café de Rick se desvaneció, la muchedumbre bramaba y tardé un minuto en darme cuenta de que estaba en el palco de un estadio de Rugby al lado de Morgan Freeman.
– «Invictus » – grité emocionada.
– Llámame Mandela mientras no acabe la película – me susurró Morgan Freeman.
– Disculpa Morg… esto, Mandela, con la emoción me estoy haciendo pi-pi.
– Por ese pasillo – me indicó caballeroso.
Salí por el vomitorio indicado pero al otro lado había un Castillo y me topé con un vampiro siniestro con un falso sentido de la hospitalidad.
– Bienvenida a mi humilde morada Luisa.
Era “Drácula”, en una versión en blanco y negro que le confería un aire aterrador. Ni que decir tiene que con el susto olvidé mis urgencias de vejiga. Salí huyendo hasta que al doblar un pasillo me encontré en lo que parecía una estación de metro o ferrocarril. Una joven delante de un fotomatón me llamó por mi nombre. Estaba en medio de una película deliciosa, “Amelie”.
– ¡Deprisa, pasa dentro del fotomatón! – me dijo.
Al entrar, vi que aquello era un centro sanitario en donde Robbin Williams trataba de curar, entre otros, a Robert de Niro. “Despertares”, conseguí recordar. Seguí al doctor hasta la puerta opuesta por donde entré. Al otro lado, tropecé pues apenas se veía nada. No sabía dónde estaba ahora. Parecía una cueva. De pronto, un tipo con sombrero y látigo vino corriendo hacía mí perseguido por una enorme bola de roca.
– ¡Rápido Luisa, corre! – me gritó.
Ahora huía en mitad de una escena de «En busca del arca perdida».
Fue una tarde llena de emociones. Formé parte de esas escenas famosas que había visto cientos de veces y todos parecían esperarme.
Llegué al poblado vaquero de «Sin perdón», recorrí los paisajes africanos a bordo de una avioneta en «Memorias de África», volví a pasar miedo cuando transité por las escenas de «El exorcista». Conocí a Marty McFly en «Regreso al futuro» y a un tipo tan despistado como encantador en «Cuatro bodas y un funeral». Supe de lo que se cocía entre bambalinas con unos pillos geniales en «El golpe». Fue después de quedarme embobada mirando a los ojos azules de Robert Redford y Paul Newman sin decidir cuál me gustaba más, cuando Paul me hizo una indicación.
– Luisa, sal por esta puerta: te esperan al final del callejón.
Obedecí y salí a la avenida. Allí, frente al escaparate de Tiffanys, una mujer tomaba un café y un croissant mientras sonaba moon river en alguna parte de mi cabeza. Lloraba de felicidad siendo testigo de esa escena de «Desayuno con diamantes» cuando un grupo de muchachos pasó raudo a mi lado en bicicleta.
– ¡Síguenos Luisa! – me dijeron.
Tomé prestada una bici recostada en una farola y los seguí y, de pronto, nos elevamos por los aires recortando nuestras siluetas contra la luna llena. Rodábamos «ET, el extraterrestre» y yo iba con ellos.
Finalmente aterrizamos en una comisaría de policía donde Somerset y Mills trataban de resolver un caso diabólico de un asesino en serie. Participaba en «Seven». Morgan Freeman se me acercó de nuevo.
– Es mejor que te marches ya Luisa, en esta película corres peligro.
Obedecí y salí por la puerta de atrás. De nuevo estaba en mi ciudad. Salía del cine y volvía ¿a la realidad? …aún no lo sé. Sólo sé lo que viví, aunque no lo pueda explicar de un modo racional.

Ahora que el lector sabe lo que me ocurrió, quizás le interese saber algo.
Éste texto contiene un mensaje oculto que quizás lo explique todo… o quizás no.
Para descifrarlo tan sólo tendrán que coger la primera letra de cada película que aparece en el texto y en el orden en que aparecen.
Good luck, bonne chance, buena suerte.

FIN

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