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Volvió a mirarse fijamente en el espejo por enésima vez. Era muy molesto tener que llevar las gafas puestas, pero desde hacía un tiempo no veía nada sin ellas, sobre todo a la hora de leer, y esos pelos de la nariz se resistían a ser cortados.
También esas cerdas que crecían en sus orejas, que además de ser tan poco estéticas, no hacían más que recordarle que ya tenía una edad respetable, y lo acomplejaban haciéndole verse más viejo de lo que en realidad se sentía.
Este acicalamiento tan minucioso, que hasta entonces no era una preocupación para él, se debía a la extraña cita que tendría esa tarde. No recordaba cual había sido la última vez que se había arreglado con tanto esmero para salir con una chica, y probablemente la mujer de aquella vez que no recordaba, no era tan joven como la de esta ocasión.
¿Qué temas podrían tratarse en una conversación entre un hombre de su edad y una chica tan joven?
Le producía cierto desasosiego pensar que podía quedar en ridículo, y que su tiempo junto a ella se llenara de lamentables silencios, en lugar de esa amena charla que pretendía que fuera su cita.
Pero ciertamente, la conversación que habían mantenido con anterioridad, y de la que surgió la idea de este encuentro, había fluido de manera muy entretenida. Pero en esta ocasión, el tema a tratar no sería de carácter académico, sino que debía ser algo más personal, ligero y ameno.
Optó por dejar de pensar, y terminar de vestirse. Decidió que se pondría algo informal, pero no tanto que le hiciera parecer ridículo, o que diera la impresión de que intentaba de algún modo disimular su edad.
Sonrió al descubrirse imaginando como vestiría ella en esa ocasión. Era tremendamente atractiva, y se sonrojó al recordarla en minifalda, como la otra vez. Era ridículo pensar que esa muchacha pretendiera otra cosa que no fuera agradecer, con aquel encuentro, la ayuda prestada y sus consejos para la edición del libro que terminaba de escribir la joven.
Sabía que al menos disfrutaría de la contemplación de su belleza.
Después de tantos años de soledad, cualquier ilusión confortaba sus momentos de tristeza, cada vez más largos con el paso del tiempo.
No lamentó en su día la decisión de vivir solo, ni se arrepentía de haber dejado esa relación que le agriaba el carácter y no le hizo feliz. Pero el paso del tiempo lo golpeaba con cada detalle diario, a fuerza de descubrir una arruga nueva, o el nacimiento de otro pelo rebelde en el lóbulo de su oreja, y le hacía recapacitar sobre la conveniencia de buscar o no, remedio a su soledad.
No será esa tarde. Ira a su cita con la ilusión de un adolescente, disfrutara de la charla y unas bebidas con una joven atractiva, como un adolescente; y volverá a su casa solo, como un adolescente.
Hoy tendrá la edad que quiera tener, y mañana será otro día.
Aún le quedan muchas mañanas.

Antonio Miralles Ortega

Trabajador manual desde siempre en multitud de oficios, eterno estudiante de historia del arte. Escritor novel, a mi edad.

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