El entierro de la prima

El entierro de la prima

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Era la prima muy ocurrente y graciosa al hablar. Había nacido y crecido en época de escasez. Contaba historias con las cuales me atrapaba y me metía en las aventuras de su niñez y en los sacrificios de su juventud. Casó por poder y emigró para mejorar sus condiciones de vida. De su país de origen se llevó intacto su amor por el carnaval, era su debilidad y su felicidad, y en su nueva vida se encargó de darle cabida, en consecuencia, no había año que no acudiera a la avenida principal del pueblo donde vivía para ver el desfile. Claro que los carnavales de su país eran los mejores. Yo misma con mi madre y mis hermanos acudí en algunas ocasiones en fechas carnestolendas a su casa en visita familiar y por supuesto, no nos perdíamos lo que para ella era el gran desfile de carnaval de su ciudad.

En esa época yo me sentía muy lejana al jolgorio carnavalesco y lo transitaba, por decirlo de alguna manera, a través de las vivencias de los demás. Ella reía a carcajadas y no se marchaba hasta que el último ser humano disfrazado desfilaba por aquella avenida. La recuerdo aplaudiendo, riendo, alborotada y hasta nostálgica cuando los recuerdos se le agazapaban en la garganta y las lágrimas ahogaban sus risas.

Viene a mi memoria, ahora que cuento esta historia, una canción que dice que la vida es un carnaval y sucedió con mi prima que la muerte fue al carnaval.
Recuerdo que íbamos por aquella avenida rumbo al cementerio familiares y amigos formando el cortejo fúnebre, el ataúd en hombros de sus hijos y el coche fúnebre, contrastaba el negro funeral con el colorido ambiente de aquel martes de carnaval.  La prima enfermó repentinamente los primeros de enero de aquel año y un mes le bastó a la leucemia para apagar su vida. Paradójicamente aquel día la muerte fue al carnaval y osó desfilar, prestándole a la prima su eterno disfraz. Debíamos transitar por aquella avenida, única vía posible de aquel pueblo para ir al cementerio, mientras que toda la parafernalia de la fiesta de la máscara y la purpurina se preparaba para comenzar su juerga.

Pequeños fantasmas

Pequeños fantasmas

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El silencio fantasmal de aquel recinto hacía que contuviera mi respiración. No podía quitar mi mirada de aquellas pequeñas camas, quería percibir en los desecados hilachos de las que alguna vez fueron sábanas, viejos aromas infantiles, pero un escalofriante miedo recorría mi cuerpo al intentar imaginar aquellas vidas humanas evaporadas y convertidas en nada.
Ni ruido ni viento eran capaces de entrar por aquellas desnudas ventanas. Sobre cada camita una muñeca de plástico con cabello sintético simulaba la vida que aquella catástrofe le negó para siempre al infante que la ocupó, quería mi imaginación descubrir los sueños que alguna vez flotaron en sus cabeceras.

Ese silencio fantasmal me incitaba a ver, en aquellas muñecas y otros juguetes pequeños fantasmas, y se me antojaba que poseídos por un misterioso poder lo controlaban todo, inclusive los recuerdos. Escuché que algunas personas los habían colocado por toda la habitación para que no se olvidara a los niños que habían vivido allí. Llamó mi atención un pequeño piano, cerré los ojos, y desafiando aquel lúgubre silencio presioné una tecla, oí un si agudo sin fuerza. Me pareció aquel lastimero sonido el gemido de una de las tantas voces infantiles devastadas por aquella tragedia nuclear.

Encontrarle sentido a la vida

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La niña buscaba desesperadamente su escuela, desorientada y aturdida caminaba entre los escombros, cansada ya de andar se le ocurrió una idea, tal y como se lo había enseñado su maestro, tocaría, así podrían escucharla y alguien vendría a por ella a socorrerla. En un intento por sacar la flauta de la mochila que apretaba contra su pecho, sintió un punzante dolor pero restándole importancia a tal anomalía y a la sangre que manchaba su viejo vestido siguió adelante para cumplir con el cometido de ser escuchada. Asustada dejó caer la mochila al suelo cuando una ensordecedora detonación hizo temblar los cuerpos inertes que llenos de polvo yacían tirados por doquier. La guerra le había arrebatado todo pero no lo que sentía cuando tocaba su flauta, estaba convencida de que la música la ayudaría una vez más a no darse por vencida y a encontrarle sentido a la vida. Con las dos manos sujetó con fuerza su instrumento musical, levantó la cabeza, irguió su cuerpo, cerró los ojos y sus pequeños dedos siguieron el orden aprendido en clase. Inspiró, retuvo el aire y comenzó a tocar.
María de la Luz

Pordiosero

Pordiosero

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Todos se miraron mientras un profundo silencio intentó delatarme. Emití una sonora carcajada y comencé a explicarles con lujo de detalles como había logrado un traje tan original. Creo que debí convencerlos porque sin terminar mi alegato ya me habían invitado a unirme a su grupo. Este era el quinto año consecutivo que lograba hacerlo. Como todos los años me colé en un grupo que esta vez era muy numeroso. Había descubierto un mecanismo mas de sobrevivencia, y este consistía en unirme a una juerga que ajena a mi verdadera condición de indigente celebraba por todo lo alto la originalidad y autenticidad de mi disfraz, a cambio de comida y bebida gratis. Por eso odiaba con todas mis fuerzas el carnaval, porque lejos de reportarme alegría y liberación de emociones me afianzaba en el amargo y penoso vestido que me había impuesto mi desgraciada vida. Pero en esta oportunidad  un detalle aparentemente inofensivo me sobrecogió, en aquel grupo detrás de un antifaz, una mirada profunda y negra erizó mi curtida piel, sin embargo la marea humana exultante de purpurina y maquillaje me arrastró y me dejé llevar, y pronto yo también cantaba y bailaba como todos, olvidando momentáneamente aquella espeluznante mirada. Entrada la noche que ya se preparaba para dar paso a la madrugada me volví a topar con el antifaz de la mirada profunda y negra, me había seguido y había descubierto mi escondite de miserable pordiosero, entonces supe que el o ella al igual que yo escondía su verdadera identidad en el carnaval. Entre sus puntiagudas uñas que mas bien parecían garras una afilada navaja brillaba en la oscuridad de la noche.

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