Evaristo

Evaristo

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Yo era una niña cuando oteé por primera vez a Evaristo. Vivíamos en un primer piso, y me pasaba las horas muertas en la ventana escudriñando a unos y a otros. A los más reticentes, hubiera jurado conocerles por dentro: sus maneras de comportarse al hablar con algún conocido, los gestos, la forma de caminar, los movimientos mecánicos, incluso me hablaban de sus estados del alma, de su forma de ser.

El que más me cautivó fue el galán de doña Asunción, nuestra vecina del segundo piso. En aquel entonces aún era joven y apuesto. Pasaron años en la misma actitud. Jamás le vi subir a su casa, y sí despedirse quitándose el sombrero para, después, besar con un leve roce de labios la mano de la mujer que en esos momentos parecía una dama, aunque en la convivencia vecinal fuera insoportable. A doña Asunción la podías ver por las escaleras y darte ganas de vomitar por su mero aspecto: tez ajada, amarillenta. Su ropa olía mal, no tenía apenas cabello. Todo le molestaba, cuando era ella la que mortificaba al resto de la comunidad.

Sin embargo, en los encuentros con Evaristo dejaba una estela de perfume delicioso en el portal, la piel era tersa y de buen color. Su pelo semejaba un frondoso jardín de orquídeas en forma de mariposas brillantes. Al ver Evaristo se la iluminaba la cara con una sonrisa. Sus movimientos eran delicados, así como la musicalidad de su voz al dirigirse a él.

Un buen día, estudiando yo primero de carrera, él desapareció de escena. En el decorado surgió un nuevo acompañante. Nada que ver con el anterior, y sí muy cercano a la verdadera doña Asunción. Éste subía a su casa y preparaban unas grescas que nos tenían a todos escandalizados. Una noche, mi padre tuvo que llamar a la policía. Cuando ésta llegó, era demasiado tarde. Él la había estrangulado. Por los periódicos nos fuimos enterando de los pormenores. En ese momento entendí muchas cosas, sobre todo la más importante: las apariencias son sólo eso. Engañan y ciertas situaciones a veces no son tan fáciles de comprender, y menos para juzgar. Lo único decente que tuvo esa mujer atropellada por las circunstancias, los maltratos de un marido que terminó matándola, fue aquel caballero que la cortejó durante los años en los cuales el esposo estuvo en la cárcel por ladrón y no sé cuántas cosas más.

El verano en que me licencié, me salió trabajo en una de las bibliotecas municipales situadas, para la estación, en los parques de la ciudad. Principalmente los visitantes más asiduos eran los chavales de doce y trece años y, esporádicamente, algún adulto. A primera hora de la mañana se formaban largas colas para coger los libros. En una de ellas encontré de nuevo a Evaristo. No habían pasado los años por él, sin embargo, se me antojó triste al apreciar las ojeras que jalonaban sus ojos a pesar de ir bien vestido con termo, corbata y sombrero de verano. Sus ademanes seguían siendo exquisitos y, con suma educación, me preguntó qué libros de poemas había en la biblioteca ambulante.

A partir de aquí comenzó una extraña relación con este hombre. Cada mañana a las diez en punto estaba esperando. Me regalaba una dulce y tímida sonrisa y, mientras yo buscaba su pedido, me contaba alguna anécdota de su vida. Después, se sentaba en un banco frente a la biblioteca. Al observarle, ofrecía una estampa muy hermosa aquel hombre que entraba en la ancianidad con porte y serenidad mientras se concentraba con agrado en la lectura; los rayos de sol que se colaban entre las hojas de los árboles iluminaban su silueta.

Si tenía algún hueco libre, me acercaba a charlar con él. Así pude conocer a poetas maravillosos como Francisco Pino, Oliverio Girando o Cesar Vallejo. Incluso saber que él era poeta. En alguna ocasión me leyó algún poema suyo: “Yo sólo creo en los placeres de la cama/ y en la irremediable soledad del alma” *… Entre sus versos intuí la forma que él tenía de ver el mundo, el desgarro de su lírica y su crispación ante el engaño y el desamor. Poseía, además, un fino e irónico humor al narrarme pasajes de su historia más personal. Era un descreído de la vida, se burlaba de ella, pero palpé que al fin y al cabo era un buen hombre.

Se había casado dos veces y en ambas fue abandonado, sin embargo, los hijos de los dos matrimonios fueron a vivir con él hasta que se independizaron. Ahora, me decía, con una leve nostalgia, que vivía solo y el silencio a veces le pesaba demasiado.

Me moría de ganas por preguntarle por doña Asunción, pero siempre había algo que me echaba hacia atrás. Él era tan comedido, delicado y cauto, que me intimidaba. Sí notaba que necesitaba hablar, oír su propia voz y yo, lo único que podía hacer por él, era acompañarle, escuchar sus sabias y cifradas palabras.

No obstante, una tarde en que yo estaba cerrando ya la biblioteca, se personó y me contó que venía del médico. Debí poner cara de susto porque enseguida me tranquilizó contándome que su dolencia venía de antiguo y que había aprendido a vivir con ella: sufría depresiones y el psiquiatra de vez en cuando le cambiaba el tratamiento. Me reconoció con renuencia que las pastillas no eran suficientes si no se acompañaban por una fuerza interior de búsqueda de valores espirituales. Los antidepresivos podían atenuar el dolor, pero no eran capaces sin la voluntad del enfermo de recuperar los alicientes que daba la vida, y él ya no tenía ganas de luchar ni de buscar. Su tiempo había pasado.

Aquella confesión me dejó desconsolada. Le noté totalmente entregado a su desgracia y yo no supe qué decir. Pero no me hizo falta pues Evaristo, con la amabilidad que le caracterizaba, se ofreció a acompañarme hasta el autobús y de paso, me narró el trozo más importante de su vida: doña Asunción…

Se conocieron siendo muy jóvenes y, su historia no tuvo nada de insólito y sí mucho de común con otras que suceden a diario. Evaristo era un chico muy apuesto, de buena familia y con gran éxito entre las mujeres, aunque él nada hacía. Afirmaba que era la timidez junto a su buena conversación lo que más las atraía. Sin embargo, sus ojos se posaron en la menos adecuada. Asunción fue una mujer que le amó demasiado o demasiado poco, según se mire. La relación entre ellos resultó tóxica y dañina. Ella era incapaz de ser fiel a nadie. Le gustaba flirtear demasiado, quizá porque se supiera, en aquellos momentos, atractiva y que, junto a su amor por una mal entendida libertad, un buen día se largó, dejándole con dos niños. Tiempo después, quiso volver, pero él sólo la ofreció amistad sincera, un hombro donde llorar penas y un corazón que la hiciera respetarse así misma… En voz queda, me explicaba: “Compréndeme, era la madre de mis hijos”.

Nunca llegó a entender el fracaso estrepitoso con las dos mujeres con las que se desposó, ni su falta de voluntad para liberarse de las redes del amor, ese eterno desconocido que marchitó su corazón. Cuando se enteró de la muerte de Asunción, él murió también… Escribió su último poema y rompió la pluma con la que siempre dibujó carencias y deseos.

Al acabar de relatarme ese pedazo de su vida, ya se había ido mi autobús. Las luces de la ciudad, los barrenderos y el silencio era el único rastro de vida que quedaba a esas horas. Sentados en la parada como dos estatuas, enmudecimos. Pasé mi mano por su hombro. En poco más de tres horas había envejecido una barbaridad. Me impresionó profundamente, no ya su historia sino su actitud al rato de terminar de hablar porque me dio las gracias de una forma, con un tono revelador de despedida, de agradecimiento tan profundo y sincero por haberle escuchado que, cuando a los tres días leí en la prensa el suicidio de un hombre, supe que era él.

A la semana de su desaparición, recibí una carta. El sobre contenía sólo un poema:

“Puede que sea la tristeza/ que nace con los brotes del otoño y muestra/ su talante umbrío cuando caen las tardes. / Tal vez la soledad que cubre de penumbras y algodones grises/ que empapan el silencio de lágrimas calladas y bajan/ entre surcos que la piel ampara. / O ¿por qué no? Las ilusiones entre cortinas mecidas por la brisa/ que son tan largas de dolores que el tiempo no las abandona y afloran/ los odres de recuerdos que al pasar han fundido en blanco y negro. / Puede que sea tanta la tristeza de este otoño/ que me da igual que muera yo o que mueran otros/ sólo me abrigo en la esperanza y sueño.” *

Al terminar de leerlo, me hundí en una dulce y triste nostalgia.

Nunca olvidaré que tuve el privilegio de conocer a un venerable anciano, víctima de sus sentimientos. Un hombre honrado y un caballero… un tímido seductor.

*El poema es de Luis Alfredo Alcocer.

 

Abuela de cartón

Abuela de cartón

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Despierta el alba en la ciudad de Hong Kong, la ciudad con mayor esperanza de vida del mundo y la más cara de todo el planeta. Una ciudad que no duerme, pero durante las horas centrales de la madrugada es un simple zumbido de avispa el que corre por el aire de la ciudad. Sin embargo, según llega la claridad del día es como si un avispero se hubiera escapado de la colmena. Coches, metro, autobuses, gente caminando como zombis…, y la Señora Wong con su carrito.

Tiene una edad indefinida, pero no baja de los setenta años, seguro. Su pelo es un mar de plata escaso, peinado con raya al medio y recogido en un diminuto moño pegado a la nuca. En su juventud no fue bajita, pero ahora su espalda está más bien encorvada y arrastra los pies. Su gesto, no es hosco, tampoco sonriente. Un rictus afable recorre todo su rostro. Nariz chata, boca chiquita en la que apenas se la ven sus labios y unos ojos, ¡qué ojos!, rasgados, pero de un mirar que parecen los de dos sabuesos buscando a su presa.

Tira del carrito despacio, esa mañana está más cansada que de costumbre, no ha dormido bien y, para colmo, se ha levantado nostálgica, recordando su ayer cuando se casó y se enamoró de su esposo el mismo día que lo conoció en los esponsales, tuvo dos hijos, tenía una casa y un plato de comida siempre caliente… Ahora, por el contrario, no tiene nada.

Su esposo resultó un bebedor y maltratador; de él solo se pudo librar hace cinco años cuando murió. Entonces la quitaron la casa, los pocos ahorros que tenía pues había demasiadas deudas que pagar.

Sus hijos habían muerto diez años atrás en un accidente; entonces ella también quiso morir, pero no tuvo valor para quitarse la vida, aunque murió por dentro. Cuando enviudó, el estado la pasó una pensión de trescientos euros, pero con eso no tenía ni para compartir una habitación, con lo cual tomo una decisión drástica o la vida la tomó por ella. Viviría en la calle.

Sí, la Señora Wong vive a la intemperie como muchos en Hong Kong y se busca el sustento como puede con su carrito. En él van sus pocas o mínimas pertenencias y hay el suficiente hueco para meter cartón.

Sí, la Señora Wong busca cartón como cinco mil abuelas más de la ciudad. Antes la pagaban mejor, ochenta o noventa céntimos el kilo, pero desde que China prohibió la importación de cartón, ahora la pagan a sesenta céntimos.

Trabaja unas quince horas al día y recauda, con suerte, un poco menos de cinco euros.

Pero, hoy, el día, pesa demasiado, la cuesta respirar, la soledad la siente como una losa mientras empuja el carrito y se pregunta para qué de tanto esfuerzo. Para, mira al cielo, ese tan lejano que crece en la cúspide de los rascacielos y un puñal, de pronto, se clava en su pecho, Cae al suelo doblado su cuerpo en dos.

Solo la da tiempo a ver cómo su carrito avanza a la deriva por la avenida; no más y cierra los ojos para siempre. Por fin, alguien le ha escuchado.

Un pequeño lago azul

Un pequeño lago azul

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Hacía dos semanas que ella esperaba preparada para hacer feliz a los suyos, era su momento, vestida con sus mejores galas después de un crudo invierno a la sombra de una nube eterna, pero una racha de tormentas locas estropeó su vestido azul. Sus zapatos verdes, del color de los pastizales recién nacidos y mullidos de tono, fueron machados de hojas y barro. Sus trenzas como cuatro pinos esponjosos, para dar cobijo a sombra y pajarillos, fueron tan agitadas que a punto estuvieron de deshacer su graciosa compostura.

Cada mañana, al despertar, me asomaba a la ventana y allí estaba ella cada vez más arrugadita. Me fui cuatro días fuera y nada supe de ella hasta hoy. Abrí la ventana y un aire cálido me dio los buenos días; lo sonreí, parecía tan afable… y, después, mis ojos se extraviaron por un cielo azul, pero una voz me llamó “Eh, vecina, ¡hola! ¿No vas a bajar? Moví la cabeza y allí estaba ella saludándome. Su insultante alegría me contagió, la verdad, no me había vuelto a acordar de su figura atormentada. “Sí, luego voy a verte” La respondí regalándola un beso en su faz cristalina.

La mañana se me complicó, demasiados asuntos amotinados en cuatro días que hasta la hora de comer no pude hacer una escapada para saludarla.

Bajé casi de puntillas, estaba tan emocionada con nuestro encuentro, que la quería dar una sorpresa. Cuando llegué estaba callada, reposando en el silencio, solo unos pajarillos trinaban alegremente. Dejé mis cosas encima de sus zapatos, ¡qué mullidos estaban!

A continuación y cogiéndola desprevenida, me zambullí en un enorme abrazo en su cuerpo de agua. ¡Qué fría estás, chiquilla! Le dije aterrorizada. Ella, en una espuma de carcajadas circulares, me contestó “Tanto Caribe, tanto Mediterráneo y te has olvidado de mi frescura”

Nos pusimos a jugar como dos niñas en su primer día de colegio y cuando caí exhausta de brazos y piernas, me tendí en sus enormes escarpines glaucos y me dejé dorar por el sol tibio de la tarde quedándome dormida en sus brazos agradecidos.

Un coro de voces infantiles me despertó. Acababan de llegar Antonio, Cristinita, Ana, Pepe, Carlitos, con los pulmones a pleno rendimiento y me dije” Es hora de subirte a casa.

Caminé un rato y antes de perder de vista su figura, la dije “¡Hasta mañana! Eres más bonita que cualquier piscina de Madrid” Ella sonrió satisfecha. De sobra sabe que es nuestro pequeño lago azul.

Paisajes del alma

Paisajes del alma

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Dibujo en letras a la mujer que tengo delante de mí, me impacta su vejez complacida, la mesura de sus gestos, la paz que destila.

Me ha mandado el periódico a que selle un artículo con aires rurales, la autenticidad del mundo que se va y creo haber encontrado un oasis en una aldea…

 

Carmiña permanece sentada en la puerta de la carbonera. Para ella el tiempo no existe a estas alturas de su vida. Se entretiene atisbando sombras ajenas, esbozando cómo serán y a dónde irán esas huellas.

Si alguien se para, ella pone la mejor sonrisa desdentada que posee. Su vista está cubierta por una nube que va tapando cada día un poco más la luz, pero con su tacto palpa quien se le acerca. Toda la textura de su piel está arrugada y sus huesos mermaron hasta el infinito; son ochenta y siete años a sus espaldas. Pelo apenas tiene, y los cuatro hilos plateados que cubren su cráneo de marfil están atados a un moño, tan bajito, que se desploma en su cuello. La ropa es negra, brillante de tantas aguas, jabones y planchas pasadas por ella.

 

– Estos tiempos, niña, son fáciles, pero no en los que yo viví mi juventud. ¡Bendita juventud!

Se esfuerza en hablar castellano y lo hace casi a la perfección, dando a sus palabras ese tono tan musical como deleitoso que es el idioma gallego.

 A su lado está colocado Sauco, un perro de mil padres; cada parte del cuerpo es de una raza y un color. Por variopinto, no le falta detalle teniendo una oreja hacia sol y otra hacia el infierno.

 – Es mi lazarillo, a veces, mis ojos. Cuando huele el peligro que yo no siento, tira de la enagua. ¿No ves? Toda ella está agujereada de colmillos.

– Jajajaja, Carmiña ¿cuántos hijos tienes?

– Niña, no me llames de usted que me haces mayor. Tuve cuatro y a los cuatro vi partir. Mi marido se le tragó la mar, de él sólo queda ese trozo de madera. Mira, ahí en lo alto.

Levanto la cabeza y veo un cacho de madera verde y blanca descolorida con dos iniciales.

– La C, es de Carmiña; la S de Sebastián- al decir esto, se le nubla la sonrisa y su expresión se pierde en océanos lejanos, temporales de agua y viento, de oleajes poderosos, más fuertes que el ser humano-… Siempre he vivido aquí. Lo más lejos que han ido estos huesos fue a Santiago.

– ¿No conoces más tierra que ésta Carmiña?

– ¿Para qué quiero conocer más? Aquí está el mundo a mis pies. Tuve todo cuanto quise, ¿por qué buscar más allá? Ahora con los nuevos tiempos sois vosotros, forasteros, quienes me traéis aquello que desconozco.

 

… Y su mirada vuelve a perderse en la lejanía, seguramente, en la riqueza de sus recuerdos. Un abanico de sensaciones recorren esa faz surcada de líneas inconexas como si por ella hubiera pasado el arado de la vida, de luchas, de trabajo, de amor, de risa…Un rostro lleno de expresión, de enseñanza para quien algo quiere ver en la vejez ajena.

 Sin mediar palabra, Carmiña se levanta, toma el bastón y con pasos diminutos se encamina con un rumbo que desconozco. Me quedo parada observando una estampa cargada de verdad.

 

Está amaneciendo y la humedad me despierta. Me asomo a la ventana, desde aquí veo la playa; hoy el mar está tranquilo. Por la orilla alguien pasea… Es Carmiña y Sauco. El perro revolotea en torno a su ama, ella camina despacio saboreando el momento. Lleva descalzos los pies y el agua juguetea entre ellos.

Tacos y frijoles con tortilla de patata

Tacos y frijoles con tortilla de patata

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México D.F., 24 de marzo 2002

 

-¿Pero qué me pides muchacho? No tengo edad para esa locura; soy un anciano de noventa y seis años. Si me subo a un avión, ¿qué crees que hará la presión con mi viejo corazón? No soy el Papa que viaja con toda la corte celestial, sino Cosme Ferrer cuyo pasado es tan lejano que se nubla y a veces se pierde en el tiempo. Ven a la terraza. ¿Ves esa nube sucia en el valle de Anáhuac? Y ahora mira allá lejos, hacia levante; los volcanes nevados con el humeante guerrero Popocatépetl e Iztacihuatl, su mujer dormida. Pues bien, abre los oídos y escúchame: Esta ciudad de contrastes tan marcados, que tiembla más que los flanes que hacía mi madre por los constantes seísmos, el bosque de Chapultepec que me recibe cada mañana de primavera para que pueda pasear a mi querida Guadalupe, son mi presente, mi vida, no quiero más.

-Señor Ferrer, no deseo que me conteste ahora mismo, tómese su tiempo. El viaje sería para septiembre y sería un gran honor para la Fundación Pablo Iglesias contar con su asistencia, el Rey inaugurará las jornadas. Todos los gastos correrán a cargo de la fundación, por eso no se preocupe.

-¡Qué testarudo eres, jovencito! Pero me gustas, tienes una mirada franca, una juventud y una ilusión que te rezuman por los poros. ¿Sabes? Durante muchos, muchísimos años sentí en mi corazón el desarraigo, la vejación, pero esas sensaciones terminaron en mil novecientos setenta y ocho cuando el rey Juan Carlos vino a México exclusivamente a abrazar a la viuda de Manuel Azaña; también a mí me saludó y a otros muchos que estaban allí. Si vieras cómo lloraba mi Lupita. ¡Recóncholis qué gran mujer me regaló esta hermosa nación!

-Señor Ferrer, ¿está usted cómodo? ¿Necesita alguna cosa más? Su esposa está sentada a la izquierda ¿La ve? Bien, pues cuando usted desee comenzamos. ¡Ah! Si quiere más agua o se cansa, por favor levante la mano.

Toma I, invierno 1939. Playa de Saint Cyprien

¡Eh miren qué linda plaza, che! Es la de las Tres Culturas, vean cómo bailan los estudiantes a la manera azteca. ¡Ay, perdón! Ya me centro. Los viejos mezclamos el pasado y el presente sin querer. Nos convertimos en niños, nos distraemos con un… copo de nieve.

Aquel invierno del treinta y nueve fue duro de veras; la nieve caía y caía. En los caminos tenía al menos veinte centímetros de grosor, los surcos dejados por algún coche eran nuestra guía. Ingentes columnas de hombres y mujeres con niños desfilaban por tierras cubiertas de un blanco sepulcral. Las madres abrazaban a sus hijos para darles un calor que no tenían. Los ancianos, arrastrando sus escasas pertenencias en hatillos o maletas atadas con cuerdas, caminaban tras los jóvenes. Muchos de ellos se quedaban tirados en la cuneta; ya no sólo era la edad, eran sobre todo aquellos veinte grados bajo cero que helaban un futuro incierto.

Yo era médico, igual que mi padre. Cuando nos obligaron a ir a la estación para ser trasladados a Madrid, mi padre tomó su viejo maletín de trabajo, metió el manual de medicina y me dijo: Cosme despídete de tu madre, no lleves nada, lo necesario ya lo llevo yo.

Fui junto a mi madre; estaba encorvada; me puse de rodillas y metí la cabeza en su cintura; quise oler por última vez el aroma de mi casa. Luego me dio su amuleto, “La estampa del Ángel de la guarda”, impregnada con el sabor de sus labios.

Tuvimos suerte en el vagón en que nos montaron; era uno de esos que trasladaban animales y allí nos hacinaron. Me hace gracia ese pensamiento; quizá los facciosos pensaron que al llevarnos de semejante manera nos iban a humillar, pero se equivocaron. Nuestra dignidad y la fuerza de nuestras ideas lo impedían. Allí dentro había de todo, campesinos, un orfebre, tres o cuatro médicos, un arquitecto, un catedrático de lengua. El  trozo de trayecto que hice antes de fugarme con tres catalanes fue alegre y bullicioso; unos cantaban, otros compartían vivencias… así hasta que en medio de la noche el tren se paró.

Mi padre me cogió por las solapas de la chaqueta y me susurró “Hijo mío, éste no es aún tu final, tu destino es otro. Vete con estos tres catalanes”. Y sin más, me dio un empujón y caí a la tierra fría y mojada. Sentí miedo, mucho; temblaba como un niño chico, pero uno de los catalanes me espetó que no fuera una nena y que moviera el culo. Al amanecer me di cuenta de que llevaba asido el maletín de mi padre. Encontramos un muerto tirado en medio del campo; uno de los catalanes, Sergi, se agachó a registrarlo; le quitó el abrigo que me lo tendió para que me abrigara; olía a rancio. Después, le quitó los calcetines y las botas; el catalán valiente, frío y calculador, hasta ese momento había ido caminando descalzo; su fortaleza y su riguroso ánimo imprimieron en mí un código de silencio… Creo que jamás volví a quejarme de nada.

Como a unos cien kilómetros de la frontera, ya casi en los Pirineos, comenzamos a ver masas de peregrinos que, como nosotros, huían; caminábamos por la noche y nos escondíamos durante el día, pero la oscuridad no pudo impedir que uno de los aviones bombardeara por dónde íbamos, matando a Marc y a un grupo de mujeres; fue sobrecogedor. Mientras unos hacían una zanja para enterrarlos, otros les desposeían de sus miserias. Un sacerdote, rezó sobre aquel nicho y reemprendimos la marcha.

Y con el cansancio en nuestros huesos y la esperanza en los corazones llegamos lentamente a Francia, a la playa de Saint Cyprien, uno de los numerosos campos de concentración para la diáspora republicana. Nos lavábamos en las aguas heladas de un mar salado y gris, cavábamos zanjas mientras la nieve caía y los grados se congelaban; el mearnos encima nos producía cierto calor reconfortante.

Subsistíamos como podíamos, en una Europa que poco a poco se preparaba para una guerra, la grande de todas las grandes… yo más sangre, más dolor no quería. Hablé con Sergi y Pau y planeamos una nueva huída. Esta vez sería América, que se convertiría en la madre protectora de los hijos pródigos y descarriados.

-Don Cosme, ¿cómo se encuentra? ¿Animado para seguir? Como verá, sus deseos son órdenes para nosotros y esta escena la rodaremos  delante del mural de Diego Rivera. ¿Dónde quiere que pongamos la silla?

-Gracias joven, son todos ustedes muy amables. Esta vez prefiero, apoyado en mi bastón, caminar por mis recuerdos y pasear mi vista por esta belleza que simboliza el acueducto de Lerma con el agua, el maíz y la papa, alimentos imprescindibles de este pueblo maravilloso que me dio la oportunidad de volver a nacer…

Toma II, 1941 rumbo al Nuevo Mundo

Los principios que cada uno tiene, son tu guía, tu emblema, la extensión de tu yo, pero a veces las circunstancias te obligan a ser infiel eventualmente; mentir no entraba en mi vocabulario, robar tampoco, matar menos… sin embargo, estas tres infidelidades las cometí sin pestañear.

El camino hasta Marsella estuvo salpicado de incidentes. Nada más escaparnos de  Saint Cyprien tuvimos la suerte de poder subir a un camión que transportaba cerdos y gallinas; el olor era apestoso, pero estábamos felices con la suerte de haber encontrado un campesino de buenos sentimientos que nos camufló entre sus animales. Los controles en las carreteras cada vez eran más frecuentes, con lo que el campesino decidió ir campo a través. En una bifurcación encontramos de nuevo un control con tres soldados; éstos se pusieron muy pesados pidiendo documentación al campesino y queriendo registrar la parte trasera del camión. Al hombre no le quedó más remedio que dejarles mirar; un par de gallinas se asustaron y descubrieron uno de los pies de Pau… Aquello se convirtió en una pesadilla. Uno de los soldados se volvió al campesino y le disparó un tiro en el cuello; los cerdos se abalanzaron hacia la tierra cayendo encima de dos de los soldados, lo cual nos permitió golpear a los dos soldados con todas nuestras fuerzas. El tercero fue abatido por Sergi con uno de los fusiles. Cuando terminó aquella barbarie, muertos los soldados y el campesino, nos vestimos con las ropas de los soldados y robamos hasta la documentación del campesino; nos llevamos tres lechones y una gallina, y huimos en el coche de los militares. Al caer la noche nos refugiamos cerca de un acantilado; teníamos un hambre atroz y decidimos matar la gallina. Llegados a este punto, jovencito, te he de confesar que me dolió más matar la gallina que a aquel soldado; ella campaba tranquilamente cuando mis manos la estrangularon. La imagen de los ojos desorbitados del animal me impidieron aquella noche cenar y me dormí por tercera noche consecutiva con el estomago vacío… No he vuelto a comer una gallina en mi vida.

El sonido de una sirena nos despertó y salimos zumbando de aquel lugar. Al rato llegamos a la costa; era un pueblecillo marinero que se preparaba para salir a faenar aguas adentro. ¡Cuánto me alegré en aquel momento de las enseñanzas de mi padre con el idioma francés! La ristra de mentiras que dije al capitán de una de las embarcaciones no las puedo ya ni recordar, pero sí se resumían en que queríamos salir de aquella Europa que bramaba entre el fuego y los disparos. Estoy convencido a estas alturas, jovencito, de que aquel hombre sereno y fortachón no se creyó nada de lo que le conté; su actitud hasta dejarnos cerca de las costas africanas me lo demostró… Con su silencio, su respeto, su saber estar. Aprendimos a pescar, ayudamos a nuestros salvadores y al despedirnos de ellos nos estrechamos con fuerza las manos; Sergi les tendió uno de los lechones y ellos lo recogieron agradecidos. Luego emprendimos el camino hacia Casablanca.

Allí, un veintiuno de noviembre embarcábamos en un buque mercante de un tal Indalecio Prieto rumbo a México, por un océano plagado de minas y submarinos. Siguiendo la ruta de los destructores ingleses, para evitar a los alemanes que andaban por la zona, llegamos a las costas de México en veintitrés días.

Recuerdo como si fuera ahora mismo, jovencito, las caras de aquella pequeña España al atisbar en el horizonte la tierra que nos iba a recibir gracias al presidente Cárdenas. En nuestros rostros se veía la esperanza de que aquella situación, aunque cada uno de los deportados la tomábamos como provisional, fuera el resorte para dejar atrás el terror, la miseria humana, y recobrar la identidad y dignidad para volver a sentirnos ciudadanos del mundo.

-Buenos días señor Ferrer… Doña Guadalupe, ¡qué linda está usted tan de mañana!

-Buenos días niños. Recuérdenme, cuando terminemos hoy la grabación, que como broche final les lleve a uno de mis lugares favoritos. ¿Empezamos?

 

Toma III, Hernán Cortés, diciembre de 1941

Jovencitos, sepan a estas alturas de la historia que Cosme Ferrer no era ni valiente ni hombretón de pelo en pecho; no, era un gallina que aunque por su boca no salía queja alguna, en sus modos era, como decía Sergi, una nena que llegó a Veracruz mareado, asustado, que no sabía hacer otra cosa que no fuera puntos de sutura, ayudar a parir a los animales, a las mujeres y bajar la fiebre de los niños; sus vómitos eran constantes y, en cuanto pisó tierra mexicana, estuvo más de un mes beodo por culpa del tequila. ¡Ah! También cuidaba de García y Veleidad… las mascotas, que ya no eran lechones sino hermosos cerdos.

Hispanoamérica abrió sus puertas sin restricción; nos diversificamos de tal manera que los artesanos se fueron para Chile, a Venezuela los médicos; en México se quedaron gentes de todas las profesiones y oficios. Hacia Argentina partieron los intelectuales y… Jajajajajaja, ¿Saben que a Trujillo hubo que pagarle para que acogiera a refugiados en Santo Domingo? ¡Vil metal don dinero, chiquillos! Nosotros tres nunca despegamos de la pobreza económica, pero una vez superado y asimilado que aquello no era una situación transitoria, que nuestra España ya no existía…, guardamos nuestra añoranza, nos comimos nuestro dolor y tiramos hacia el futuro.

Pero dentro de la costra latían sentimientos, no sólo tristezas y nostalgias; unos a otros nos apoyábamos, ayudándonos a que nuevas ilusiones enraizaran en nuestras existencias. Nos forjamos una evocación única para transmitir a las futuras generaciones, porque sobre el olvido no puede construirse una sociedad justa y libre.

Mi profesión me ayudó también a superar esa pena tan honda y trajo hasta mí una nueva luz de esperanza una linda mañana de verano. Mientras ayudaba a un ternero a nacer… unas trenzas negras como el azabache se posaron en mis hombros; quería ver nacer al animal… Era mi Guadalupe.

Poco a poco los aromas de las taquerías, las fritangas callejeras, los antojitos, los panes dulces, el llanto rodeado de mariachis comenzaron a correr por mis venas y… mi sangre se convirtió en mestiza.

-Jovencitos, ¿me dan un último capricho? Me gustaría que el reportaje terminara con una reflexión de León Felipe:

“Franco, tuya es la hacienda/ la casa, / el caballo/ y la pistola. / Mía es la voz antigua de la tierra. / Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo…/ Mas yo te dejo mudo… ¡mudo!/ Y ¿cómo vas a recoger el trigo/ y alimentar el fuego/ si yo me llevo la canción?”

 

EPÍLOGO

-Hemos disfrutado mucho con usted, don Cosme… Gracias de verdad pero, ¿dónde está la sorpresa que nos iba a dar?

-¡Ay, juventud impaciente! Mi sorpresa está muy cerca del Zócalo, en una callejuela tan vieja como la sorpresa… Vamos.

-Señor Ferrer, ¿qué fue de sus amigos catalanes?

-¡Venga! Muevan el culo y dejen de ser nenas. Ya hemos llegado… Entren ¿A que es una taquería muy hermosa?

-¿Y esos dos cerdos disecados con la bandera republicana y la catalana, señor Ferrer?

-Jovencito, estás en la taquería García & Veleidad. ¡Sergiiiiii! Prepara unos tacos y fríjoles con tortilla de patata, y di a Pau que ponga bien de cebollita.

Madrid, 25 de octubre 2002

 

Photo by Loperon

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