Relatos con Historia… Manuela, de Francisco Fernández Romero

Relatos con Historia… Manuela, de Francisco Fernández Romero

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El solsticio de verano había rebasado su meridiano, los días eran más cortos y las hojas de los árboles, pronto caerían mansas sobre las aceras. A sus ochenta primaveras, Manuela llevaba un par de años en la residencia de ancianos.  Inmóvil con los brazos extendidos sobre la sábana. Al alba, el sol se filtraba a través de la persiana, proyectando líneas paralelas en el suelo. Al abrir los ojos, vislumbró el marco que descansaba sobre la cómoda. En la vieja fotografía aparecía su marido, con las piernas cruzadas, enseñando la lengüeta de la bota, y ella de pie, con la mano en el hombro.  La anciana recordó el dolor aquella muerte, que llegó de puntillas y se lo llevó en silencio como el vuelo de una golondrina. Boca arriba, imaginó el blanco del techo la película de su vida

Nació en 1915. Su casa no disponía, ni de gallinero, ni de huerta. Nada sabía de la pobreza, porque nunca conoció la abundancia, apenas si tenía un par de zapatos que ponerse. Sin embargo, no todo fue dolor; un día, un desconocido le regaló una muñeca de trapo. A los dieciséis años, tuvo que amortajar a su madre con la falda negra y pesada que siempre llevaba puesta. Para entonces, se había convertido en una joven alta, esbelta, de ojos profundos, mejillas aterciopeladas y labios turgentes e infantiles, pero excitantes.

Manuela se colocó de sirvienta con una familia pudiente. El señor, cabello blanco, alto, delgado, de rostro alargado, nariz aguileña y una perilla perfectamente recortada. Procedía de una familia burguesa. El monóculo del ojo izquierdo y una levísima cojera, eran la consecuencia de un accidente de automóvil. Se apoyaba en un bastón de ébano, cuya empuñadura mostraba la cabeza de un león esculpido en marfil. Su mujer, de tez  pálida, ojos grises, nariz suave y labios perfilados. Tierna, inteligente, romántica y apasionada a la lectura de historias maravillosas.

La casa palacio, del siglo XIX, estaba protegida una verja de hierro forjado. En el verdor del jardín, abundaban olorosas madreselvas y coloridas jacarandas. Las losas blancas y negras del suelo, combinaban con los muebles ingleses y franceses. Y en la pared colgaban fantásticos óleos costumbristas de artistas italianos.

Manuela trabajaba tan duro, que terminaba con la espalda encorvada como el asa de un cántaro y le crujían los nudillos de tanto lavar. En tiempo frío, le salían en los dedos sabañones rojos como tomates. Más que limpia, era relimpia. Presumía de cómo tenía la casa; descolgaba las cortinas, las lavaba, las planchaba, volvía a colgarlas, sacudía las alfombras, limpiaba las lámparas, fregaba los muebles y se hincaba de rodillas para fregar baldosa por baldosa. A la plata sin usar, volvía a sacarle brillo y para blanquear  las camisas, las sábanas, las colchas y los manteles, le añadía añil a la colada.

Manuela se enamoró de Jeremías, el chofer de la casa. Un joven alto, ancho de espalda y de musculatura trabajada. De tez morena, ojos lánguidos, nariz aguileña y una poblada cabellera. Rústico, pero simpático y seductor. Solía vestir mono blanco y camisa azul y sentía una gran pasión por los automóviles. Y ocurrió que, en una noche de luna plateada perdieron la cabeza, se acoplaron y sacudieron los cuerpos mudos como flores.

El 18 de julio del 36, el señor decidió exiliarse. Jeremías arrancó el Dodge, el motor rugió jubiloso y lo traslado a la frontera de Portugal. A la vuelta, el aire de la medianoche fustigaba por la ventanilla llenándole los pulmones. El reloj del Dodge marcaba las doce. Varios milicianos armados les dieron el alto. Registraron el coche y le dejaron continuar. Jeremías piso el acelerador. El vehículo cogió velocidad y al tomar una curva, se salió de la carretera, dio varias cabriolas y chocó con una pared de piedra, en un estrépito de ruina y silencio.

El mes que a Manuela no le bajó la sangre infecunda, la oscuridad del pecado le nubló el pensamiento. Deseaba convertirse en roca y dejar de vivir bajo el sol. Ni la cosas más bellas tenía sentido; el agua cristalina, la fragancia de las rosas, el amor… Gracias a la señora, retomó la ilusión de ser madre, de sacar adelante al bebé que llevaba en las entrañas, de ver como crecía y amarlo por encima de todas las cosas. Transcurridas las veinte semanas, ya daba pataditas en el vientre. El embarazo iba normal, hasta que un fluido de sangre rosada le empezó a gotear por la vagina. Al día siguiente, los sangrados  se dieron más frecuentes, el feto dejo de moverse y empezó a sentir un peso en la parte baja.

La señora le acompañó hasta el hospital. El médico ordenó que la llevasen a la sala de partos. Sentada en la sala de espera, contaba las horas, mientras deslizaba las cuentas del rosario entre los dedos. Las manillas del reloj de pared habían rebasado las diez de la noche, cuando por fin apareció una monja. La señora leyó en los ojos la mirada triste y huidiza de la que va a dar una mala noticia. ¿Qué ocurre? —le preguntó ansiosa. El parto ha ido bien, pero el niño ha nacido muerto —dijo escueta. Le hizo seguir hasta una sala azulejada, donde un foco potente iluminaba el potro. En un punto de sombra se podía ver la toalla ensangrentada que envolvía al cuerpo inerte del bebé, un objeto olvidado a la espera que alguien lo quitase de en medio.

Desde entonces, Antonia vivió en un mar de dudas. A veces, aunque el día amaneciese soleado, nublado o lluvioso, a ella todos les parecían lentos, grises y desapacibles. Si el viento arreciaba en la ventana, la cerraba hasta que las ráfagas amainaran y reinase el silencio. A menudo sentía ganas de llorar, pero no le salían las lágrimas. Tenía el alma  sumida en un residuo de esperanza, la esperanza de que un día lejano pudiese encontrar a su pequeño.

En la residencia vivía una vejez tranquila. Aquella tarde se presentaba como otras tantas, pero fue distinta. Manuela estaba atenta a las noticias de la televisión. Un locutor endomingado informaba que una asociación de madres, había denunciado el tráfico de bebés en algunos hospitales. En ese instante, le latió en el corazón una mezcla de pena y  rabia. El pellizco frio y seco que traza el compás de una seguiriya recortá.

 

Agosto 2018.

Francisco Fernández Romero

 

 

Relatos con Historia… “El ángel” de Antonio Miralles

Relatos con Historia… “El ángel” de Antonio Miralles

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Jaén  1786

Te voy a contar ya que lo preguntas, querido nieto, como era tu abuela Catalina y las circunstancias en que la conocí.

Era el año de nuestro señor de 1735 y las epidemias y hambrunas se sucedían en Jaén, aunque gracias a Dios mi familia no fue muy afectada.

Aquel día en plena primavera unos compañeros que también trabajaban en la huerta de Barroso y yo, cruzamos la puerta Barrera y nos dirigimos al mercado bajo. Llegamos a la calle Mesones y entramos en el mesón de la Camacha, el más popular entonces.

Desde la puerta pude verla por primera vez, con su cesto de ropa dirigiéndose a los baños de la fontanilla, con menos ocupación que los baños del conde.

Morena, espigada, con unos rizos que escapaban de la cofia y ocultaban sus ojos, parecía un ángel. Vestía un sayuelo negro sobre su blanquísima camisa de cáñamo, y una saya oscura que dejaba ver sus pies calzados con unos escarpines de cuero. Su delantal estaba adornado con cintas de colores.

Ella también se fijó en mí, que no era mal parecido y también llevaba mi camisa blanca bajo el jubón y unos calzones de burel limpios. Me deshice de los amigos y la esperé a la salida, y a ella no le pareció mal que la acompañara un mozo de buen ver, por su seguridad.

Por el portillo de San Bartolomé nos dirigimos a la plaza de los Caños y de allí a la plaza de las Herrerías. Su casa estaba en la parte trasera de la herrería de su padre, y en la puerta me despedí de ella hasta el domingo que juré acompañarla a misa en la Catedral de la Asunción de la Virgen María. Su voz, querido nieto, sonaba también como la de un ángel.

Y allí la esperé el domingo, junto a la puerta del priorato de San Benito. Desde su casa recorrimos en línea recta la calle Maestra y desembocamos en la catedral, que casi terminada, aun necesitaba algunas obras menores. Jamás olvidare aquella primera misa en la capilla mayor frente a la reliquia del Santo Rostro y observando además el bello rostro de Catalina. Al salir la llevé al coro, donde aún trabajaban carpinteros y escultores en la sillería, y le presenté a mi amigo Miguel Arias, el encargado de la obra. Miguel era para mí un hermano, al que ayudé cuando llego a la ciudad en todo cuanto pude. Yo paseaba orgulloso con Catalina mientras nos enseñaban la catedral, y todos admiraban a tu abuela por su belleza y prudencia.

Nuestra boda, meses después, ya estaba programada, y nos dirigimos una vez más a la catedral a invitar a nuestros esponsales a Miguel. Pensaras que aún no te he dicho, querido nieto, como era el rostro de tu abuela. Pues bien, allí Miguel cogió la mano de Catalina y nos llevó a la sillería. En el acceso a la sillería alta, en el lado de la epístola, el primer sitial representa un ángel dando una cruz a un santo. Ese ángel, querido nieto, tiene el rostro de tu abuela. Miguel quiso así agradecer nuestra amistad, inmortalizando su imagen. Y desde entonces tu abuela es realmente un ángel para toda la eternidad.

Ahora tú sabes también mi secreto, y el motivo por el que  paso tanto tiempo en la catedral. Quiero que vengas mañana conmigo, y rezaremos una plegaria a los pies del ángel. De ese ángel mío, que ahora también es tuyo.

Autor, Antonio Miralles

El sillón del rey… Relatos con historia, por Flori Tapia

El sillón del rey… Relatos con historia, por Flori Tapia

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Después de trabajar varios años en aquel hotel emblemático en el centro de Madrid, uno de los dueños -El Portugués- en señal de agradecimiento quiso obsequiarle con algo que pudiera tener de recuerdo. Le dio a elegir entre varias piezas del mobiliario: Paco no se lo pensó y se decidió por un sillón original de aquella época.

En los años veinte, los cinematográficos años veinte del siglo pasado, aquel sillón formó parte del decorado de los contubernios no siempre nocturnos del rey, porque antes de ser un afamado hotel, fue uno de los burdeles más antiguos de la capital, al que Alfonso, rey putero y sexual, gustaba frecuentar. Recuerdo las veces que de pequeña mi padre nos llevaba a curiosear aquel espacio, ya convertido en hotel. Muchas de las habitaciones conservaban frescos en sus paredes con imágenes absolutamente erotizantes de bellísimas señoras entradas en carne ofreciendo sus sexos como frutas frescas en una orgía de pulpas y zumos naturales. Hasta los espejos formaban parte de ese bucolismo desenfrenado, ribeteados con dibujos en pintura-laca de hojas verdes y florecillas silvestres de color malva.

No sé si tendría que algo que ver el hecho de que se dijera que ese era el color de las putas. Los azulejos del cuarto de baño estaban dispuestos hasta media altura en color negro y llagueados en dorado, al igual que la grifería, que en algunos casos evocaba personajes mitológicos de cuyas aberturas manaba el agua. Algunas de las suites albergaban unas de esas bañeras de pie de león que tan de moda se pusieron entre la aristocracia, y en otras de ellas, la propia bañera había sido construida de obra de modo que quedaba perfectamente integrada en esas estancias que desde luego invitaban más al deseo que al aseo. Una de las habitaciones llamaba especialmente la atención, la veintisiete, ya que del techo nacía una especie de cortina veneciana en color rosa pálido, que lejos de ser de gasa o cualquier otro textil delicado, habían sido moldeadas con escayola, de modo que el efecto que producía al verla era cuando menos inquietante, como si fuera un dosel de piedra cincelado sobre aquella cama mullida a cuyos pies reposaba regio un sillón de madera y pan de oro.

Aquel sillón tapizado de terciopelo y acostumbrado a las posaderas del rey, recibió la jubilación inesperada y anticipada entre las cuatro paredes de aquel lupanar devenido en hotel de artisteo en el momento en el que Paco lo tomó como obsequio. Desde entonces, y hasta el día de hoy – tapizado con tela estampada de leopardo – descansa en lo que fue mi habitación en casa de mis padres, recogiendo nuestros bolsos y chaquetas a modo de perchero. Cada vez que hago ese gesto de dejar sobre él todo lo que sobra al calor del hogar, me descubro sonriendo, imaginando al rey con las piernas abiertas recibiendo la bendición de una lengua sobre su sexo real. A veces, incluso se me escapa una breve carcajada traviesa.

Autora, Flori Tapia

Relatos con historia… “Jouy, un presente inesperado”

Relatos con historia… “Jouy, un presente inesperado”

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¡Hola, queridos lectores!

En DesafiosLiterarios hoy iniciamos una nueva aventura “Relatos con historia”

¿Qué significa este título? Algo delicioso: aprender algo de historia mientras leemos un relato, así de sencillo.

Necesito colaboradores para poner en marcha este proyecto… ¿Te atreves a ayudarme? Es muy fácil, tan solo necesitas añadir una pizca de sal (historia) a tu guiso (relato, poema…)

Aprender, no ocupa lugar y hace que tus alas crezcan para volar en libertad tal alto como tú quieras…

JOUY, UN PRESENTE INESPERADO

Clara ha tenido tantas facetas como la vida la obligó. Dependiendo sus circunstancias, fue tendera, frutera, limpiadora, cuidadora de ancianos, niña rica, costurera… De esta última pende un desenlace feliz o no; en unas horas lo sabremos…

Clara, hija única, nació en el seno de una familia acomodada en mil novecientos ochenta. Estudió en los mejores colegios bilingües. Primero, inglés, al gusto de su padre y después, francés, al gusto de la madre. Era la época boyante de una España que se consolidaba en la democracia, así como crecía la construcción como la espuma, el negocio familiar. Era una chica mimada, malcriada, refinada y culta, hasta que comenzó la crisis económica. Su padre se arruinó y en una desesperada huida de acreedores persiguiéndole, se suicidó. Ahí Clara topó con la otra realidad de una sociedad que desconocía; la arruinada, la pobre. Las amistades de sus padres desaparecieron y no le quedó otra que adaptarse y tirar hacia delante para comer ella y su madre. De la etapa de opulencia solo le quedaban los recuerdos, migajas de una época que, cuando cerraba los ojos, soñaba con ella.

…Precisamente, una noche, soñó que estaba de regreso, después de un largo viaje, en la campiña francesa, en concreto en la corte de Luis XV en Versalles. Madame Pompadour, amante del rey y mecenas en las artes, hacía unos años que había muerto y con su fallecimiento, habían vuelto los rumores de la homosexualidad del rey. Este ambiente a Clara la decepcionó tanto que se marchó de Versalles y, por el camino, su carruaje pasó por Jouy. Notó una gran actividad en la población y preguntó qué pasaba. La contaron que se había abierto una fábrica de tapices y no paraban de enviar pedidos a las colonias británicas de Norteamérica. Clara pidió que la acercaran a la fábrica para comprobar por sus propios ojos la belleza de los tapices que tanto habían ensalzado. Y, efectivamente, era un bello tejido en algodón pintado solo por el anverso reproduciendo la naturaleza, pájaros, escenas bucólicas, en colores verdes, rojos, azules, siendo utilizados para cortinas y tapicerías… Clara se despertó de aquel sueño transfigurada. Corrió a la cocina. En la alacena conservaba su madre unos cuantos platos de la Cartuja de Sevilla “Justo es este mi sueño” Se dijo así misma, cuando recordó que en uno de sus miles de estudios que su padre consideraba absurdos, pero que su madre se empeñó en que su hija se ilustrara, se hallaba el dibujo y por aquel entonces la enseñaron los tapices de Jouy que habían servido posteriormente como inspiración en la cerámica inglesa, en la mayólica de Delf o en la de la Cartuja de Sevilla.

En aquel momento, el oficio de Clara era en de costurera, trabajaba en “un cose todo” en el que había aprendido mucho de telas y corte y confección. A partir del sueño, por las noches, trataba de dibujar en la tela de una sábana de algodón los dibujos de Jouy y cuando los tuvo bien definidos, se hizo con aquella tela una falda y se la llevó a la dueña del cose todo. Se quedó tan maravillada que la propuso hacer una pequeña colección para exhibirla delante de las clientas; de esto ha pasado un año. En unas horas mostrará en una pasarela su trabajo de prendas y accesorios. Clara tiembla de la emoción, está casi convencida del éxito, pero lo que más la seduce es saber que ha encontrado un nuevo camino labrado, esta vez, con sus manos y la cultura que una vez sus padres la proporcionaron.

Cosas, objetos, trastos, chismes…

Cosas, objetos, trastos, chismes…

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A veces los objetos poseen vida propia, aunque sea inanimada. Puede ser materia y, sin embargo, hablarte.

Así es mi mesa de jardín. Creo que cuando fui capaz de distinguir, ella ya estaba delante de mí para hacerme gratos esos momentos menudos de la vida cotidiana.

Como cualquier anciano, cojea, se agrieta, pero resiste los envites con soberbia dignidad.

Hoy me ha contado que tal vez este sea su último verano, y que la podía designar a otros usos más pausados. Me he quedado mirándola hasta hallar una pregunta o varias…

-Mesa, ¿cómo voy a escribir a media tarde sin ti?, ¿quién me va a dar mejor cobijo para mis lecturas?, y ¿mis desayunos al sol tibio del alba?, y ¿esas copas nocturnas mientras la música mece el verano?

He sentido que me ha mirado con la humildad de lo inanimado tan lleno de servidumbre, con la consistencia de saberse un simple instrumento y que su destino está en mí.

He acariciado sus patas deshechas, su rostro redondo de luna llena y he sentido la sonrisa de la materia posarse en mí.

Sí, tal vez pienses que estoy loca, pero las cosas que aprecias, te hablan.

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