La emoción del encuentro

La emoción del encuentro

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Estamos a mediados de agosto, sábado y son las doce del mediodía. Asomada a la ventana espero, impaciente la llegada de mis nietos. Sé que no voy a reconocer el coche nuevo que se han comprado este año, pero a ellos si, en cuanto aparezcan. Sólo hay una entrada desde la carretera general para venir a mi casa a no ser que, den la vuelta y vengan por otro lado. Desde mi posición controlo las tres posibilidades. Pasan algunos vehículos de una y otra dirección, pero ninguno se para y además, no conozco a los conductores. A mi izquierda, dobla la esquina un Megan negro… el corazón me da un salto en el pecho…. mi hijo va al volante. Estoy que no quepo en mí de alegría, han llegado bien, a la hora esperada y sin contratiempos, por lo menos, lo que puedo ver desde aquí.

Antes de que aparquen y toquen el timbre, ya estoy en la calle para recibirles. Han encontrado sitio frente a la puerta de casa.

Mi nieto de cuatro años está fuera del coche y me ve. Emocionado mira a su hermano que todavía está sentado y dice excitado:

           —¡Amuma, amuma…! ¡Es amuma….!

Levanta la vista hacia  su madre sin saber muy bien qué hacer…

          —¡Mami…mami…. es amuma….!

          —¡Corre… ve a darle un beso!—dice ella, mientras coge al pequeño y lo deja en el suelo.

El mayor trota hacia mí y el chiquitín  viene trastabillando detrás…Los recibo a su altura y los abrazo con fuerza pero su empuje hace que pierda el equilibrio, quedándome sentada en el suelo. Dudan un momento pensando que me he hecho daño pero, después, todo son besos y risas y conversación aturullada y abrazos…. y felicidad.

Mi hijo y mi nuera nos miran riendo mientras sacan las maletas del coche… ellos ya me saludarán después.

 

 

NOTA: Amuma es abuela es euskera

 

Photo by Mister-Mastro

Una pasión inexplicable

Una pasión inexplicable

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Es la hora bruja del mediodía… La canícula cae a plomo sobre la ciudad haciendo el aire irrespirable. Colgado del techo de la habitación, un ventilador destartalado ronronea embotando los sentidos, sin apenas mover el aire ni refrescar el  ambiente cargado de volutas de humo. La figura del hombre permanece estática sentado frente a una mesa donde está la máquina de escribir. Respira entrecortadamente cubierto de perlas de sudor. Siente los puntos de calor mullido sobre sus teclas como el leve cosquilleo de un despertar sin apremio… El escalofrío que recorre su espalda hace surgir un hondo quejido que llena la penumbra, mientras un rayo de sol se cuela por la persiana entreabierta, iluminando con un halo polvoriento el objeto de su deseo… Tiene un cuerpo de formas perfectas, negro como el azabache que le incita constantemente. Siente el movimiento voluptuoso del carro al cambiar de línea y acaricia sus teclas con delicadeza, como si fuese una mujer. Con movimientos firmes y precisos, los delicados y suaves dedos del escritor, arrancan suspiros metálicos a la máquina, haciendo que sobre el papel se dibuje su sensualidad… Clap, clap, clap….ssshhh… clap, clap clap…..El sonido armónico le tiene hechizado y mueve los dedos a  mayor velocidad mientras un baile de letras aparece frente a sus ojos manchando la cuartilla inmaculada. Clap, clap, ssshhh….. Con agilidad retira el folio e introduce otro nuevo. Sus manos se mueven rápidas aumentando el ritmo de los dedos sobre las teclas, hasta que el paroxismo del placer sume a hombre y máquina en un orgasmo difícil de definir. Una unión mística que solo ellos entienden. La  compenetración entre ambos es envidiable. Él aplica su imaginación, ella le ofrece la obra escrita. Entre los dos crean historias fantásticas. La complicidad tiene que ser total.  Él no es nada sin ella y ella nada sin él. Nadie puede  romper esta relación de amantes, sensibles y apasionados que depende única y exclusivamente, del momento y del deseo de los dos.

Ella sabía que la amaba como a ninguna otra y  respondía a su amor como él quería que lo hiciese. Nunca habían pulsado cada tecla de su cuerpo con la pasión y la entrega con la que él lo hacía.

 

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Invisible

Invisible

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eDescubrir el secreto de la invisibilidad fue siempre el deseo de Johan.
Ya desde pequeño se escondía bajo cualquier objeto con tal de que nadie le viese aunque en realidad, no le servía de mucho pues conociendo su afición la madre o los hermanos siempre le encontraban.
Estudió ciencias físicas para poder investigar y eso es lo que hacía en el laboratorio donde trabajaba. A petición del gobierno estaban buscando un método que hiciese invisibles a barcos, aviones y a cualquier material bélico susceptible de ser utilizado en guerras o espionaje.
Johan experimentó con toda clase de elementos, líquidos, sólidos y gaseosos. Como algo es visible cuando la luz se refleja en ello, probó todo tipo de ondas de luz para conseguir su objetivo. Algunos resultados fueron satisfactorios, pero en cuanto la onda lumínica dejaba de fluir las cosas volvían a ser visibles de nuevo. En realidad el pretendía una desaparición total pero el artilugio que creó no la conseguía al completo aunque sirvió a los propósitos del laboratorio que se forró a cuenta del invento.
Al no quedar satisfecho con los resultados, siguió experimentando por su cuenta hasta que, cierto día una pipeta que contenía la última combinación que había preparado se resbaló de sus dedos dejando caer unas gotas sobre la mesa en la que trabajaba. Al momento pareció abrirse un agujero en ella y se extendía a medida que el líquido resbalaba por su superficie. Se quedó mirando extasiado hasta que de pronto gritó emulando al famoso Arquímedes:
¡Eureka, lo encontré!
Fue depositando gotitas de la pócima en diferentes objetos y comprobó que automáticamente desaparecían. Al ver que eso era lo que había estado buscando siempre y que no necesitaba de ningún objeto para ayudarse a ocultar lo que no quería que se viese, decidió que sólo le faltaba probar su efectividad en las personas. ¿Y quién mejor que él mismo…?
Volcó un poco del elixir en un vaso, se puso frente al espejo y se lo tomó de un trago. La verdad es que no estaba muy rico, pero no le importó demasiado cuando comenzó a ver cómo desaparecía su imagen. Solo una cosa no desapareció: sus gafas.
Cuando se cansó de ser invisible y gastar bromas a sus compañeros, pensó que ya era hora de volver a su estado normal y ….
¡Oh Dios…! Se había olvidado de comprobar de qué forma se hacían perceptibles las cosas que hizo desaparecer. De hecho, no había previsto ningún antídoto que revirtiese su estado de invisibilidad
Cogió su bastón, se puso el sombrero y salió a la calle. Su sueño se había hecho realidad para siempre….

Photo by Daquella manera

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Leyenda de la isla de Ízaro

Leyenda de la isla de Ízaro

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En la bahía que forman las playas de Laga, Laida, Mundaka y Bermeo (Vizcaya) existe una isla famosa en el mundo entero pues su imagen aparece en las películas que patrocina “Izaro films”.

Esta isla es la de Izaro, popularmente llamada la isla de los conejos, supuestamente por la abundancia de conejos que había en ella.

Antiguamente existió en la isla un pequeño convento de franciscanos. La comunidad estaba formada por una veintena de frailes, que tenían fama de austeros, piadosos y cumplidores de las estrictas normas de su congregación. Salvo una excepción, precisamente la que dio pie a un relato popular.

Refiere la leyenda que uno de los monjes más jóvenes de aquel convento se enamoró de una muchacha de Bermeo, residente en un caserío algo apartado de la población, enclavado junto a la costa. Cada noche, el fraile cruzaba a nado el trozo de mar que separaba la isla de la costa, para reunirse secretamente con su amada. La cosa era bien sencilla. La mujer colocaba una luz en una de las ventanas del caserío, dando así aviso a su enamorado de que todos dormían y tenía el camino libre. Pero sucedió que una noche, un familiar descubrió las intrigas de la pareja. Nada manifestó, pero decidió tomar cartas en el asunto. Esa misma noche, actuando con gran sigilo, cambió de lugar la luz de la ventana. La sacó de la casa y la hizo brillar en un punto más apartado de la costa, donde existen unas rocas y las olas se estrellan impetuosamente. El fraile, que nada sospechó, se lanzó tranquilamente al agua, como de costumbre. Pero cuando quiso darse cuenta de que algo fuera de lo habitual estaba sucediendo, era ya demasiado tarde. Su cuerpo fue a estrellarse contra los rompientes, donde encontró la muerte. El cuerpo del fraile fue hallado destrozado y devorado por las aves marinas. Decía la gente del lugar, ignorando  sus amores con la bermeana, que aquello había sido un castigo de Dios porque, tal vez, el difunto maltrataba en vida a las gaviotas.

Photo by txaille

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El accidente

El accidente

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Genau pisó a fondo el freno del camión. Un coche a toda velocidad venía por el carril contrario adelantando, temerariamente, a cualquier vehículo que le impedía el paso. Tras él, la policía con la sirena a todo volumen, trataba de cortarle el paso, cosa casi imposible debido a que la carretera secundaria por la que transitaban era sumamente estrecha y peligrosa. Sólo diez minutos antes, había tomado la salida de la autopista y le faltaban unos pocos kilómetros para llegar a su destino.

Desde la altura de su camión divisaba el cementerio de la ciudad junto al polígono industrial donde tenía la base su empresa. Aquel tramo de carretera era un tanto peligroso, pero la gente que transitaba por ella lo conocía bien y no se producían incidentes importantes. La mayoría eran trabajadores del polígono y vecinos de la zona. El mercedes negro iba directamente hacia hacia él y sólo podía girar a la derecha. Estaba peligrosamente cerca del puente que cruzaba el río y si no conseguía parar antes, el golpe iba a ser mortal a aquella velocidad.

Las ruedas del camión chirriaron contra el asfalto cuando pisó el freno. Sujetando fuertemente el volante, levantó el pie durante un segundo y volvió a frenar para controlar el vehículo y girar hacia el campo de girasoles, evitando así la entrada en el puente. Sin embargo, su mayor preocupación era la reacción del remolque cuando la cabeza tractora rodase por la tierra, un terreno completamente diferente que haría cambiar la estabilidad del vehículo. Genau intentó con todas sus fuerzas dominar aquel monstruo pero sucedió lo que se temía. Por el espejo retrovisor, vio cómo el remolque seguía la inercia del movimiento y escuchó el chasquido que se produjo cuando el gancho que lo unía a la cabina se rompió. Ahora el peso era menor pero el peligro había aumentado. Las ruedas delanteras del remolque entraron en el sembrado hundiéndose en la tierra y perdiendo la estabilidad. A cámara lenta tuvo la visión de lo que sucedía tras él e intentó girar el volante para ir hacia la izquierda, mejor darse un baño en el río que morir aplastado por su propio camión.

Fue en vano. Sintió el terrible golpe propinado por el remolque en la parte derecha de la cabina. Ésta perdió el equilibrio y se quedó durante un instante como suspendida en el aire. Después, comenzó a caer girando sobre sí misma pendiente abajo al igual que un fardo de hierba. Genau intentó abrir la puerta para saltar pero estaba atascada y no pudo. A pesar de la desesperación que le llegaba a oleadas, consiguió sujetarse fuertemente el volante y se hundió todo lo que pudo en su asiento, quizá podría minimizar el impacto de su cuerpo contra el techo y las paredes al girar. No llevaba puesto el cinturón de seguridad por lo que no pudo evitar salir despedido hacia el lado del copiloto golpeándose la cabeza. Se acordó de su mujer que siempre le recriminaba esta costumbre y pensó en su hija mientras se golpeaba contra el techo y la litera, intentando sujetarse a cualquier punto sin conseguirlo. Sintió un dolor insoportable en la cabeza, como si algo se hubiese introducido en ella, después….nada.

La cabina siguió dando tumbos pendiente abajo y quedó con las ruedas hacia arriba medio sumergida en el río. A pocos metros, el remolque también se había detenido contra unas rocas y la carga que llevaba se desparramaba por el campo de girasoles

Desde la carretera, algo alejado del lugar del accidente, un hombre de negro con gafas oscuras miraba la escena. En su rostro se dibujó una sonrisa que más parecía un rictus. El Mercedes había conseguido escapar de la policía. Todo había sucedido como lo tenía planeado. Caminó hasta el lugar donde había dejado la Harley y se marchó en dirección a la autopista.

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