Suspiros de España

Suspiros de España

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“De verdad que no sé qué hago aquí”

Gonzalo se mueve nervioso en su silla, al tiempo que se seca el sudor de las manos en los pantalones. Es incapaz de mirar a los ojos”

“¿Por qué le tengo que contar mi vida, eh?, ¿por qué? ¿Y ese empeño en conocer detalles tan insignificantes? Ya se lo he dicho: soy un tipo normal con una infancia normal, como la de todo el mundo. Jugué a policías y ladrones, al fútbol, mi padre me llevaba a los toros los domingos por la tarde mientras mi madre y mi hermana limpiaban la casa. No, claro que nunca lloré, mi padre no me lo permitía, decía que eso es de niñas, y tenía razón. Lo mismo hago yo con mis hijos, educarles correctamente, como dios manda. ¿Y por qué le tengo que hablar de mis novias? Con quince años empecé a salir con chicas, ya sabe, chavalas fáciles para descubrir el sexo. No, mi hermana se quedaba en casa, mi padre no la dejaba salir, ni ponerse la ropa que quisiera. Me decía que la cuidara siempre y que no permitiera nunca que fuera como una puta por la calle; nada de estar con chicos así como así. Luego me casé y mi mujer hizo como su madre y la mía, quedarse en casa, como tiene que ser, que para eso traemos nosotros el dinero a casa. Con el tiempo empezó con no sé qué tonterías de retomar los estudios, y yo le decía, ¿y nuestros hijos?, ¿quién los va a cuidar, eh? Nuestra vida de matrimonio era normal, ya se lo he dicho, como la de todos. Yo salía con mis amigos al bar, al futbol… ¿Por qué ella tuvo que empezar a querer cambiarlo todo? ¿Y por qué coño le cuento todo esto? ¿Qué mierda hago yo aquí?”

“Gonzalo, está usted aquí porque se lo ha ordenado el juez”

Gonzalo levanta el índice de modo amenazador.

“Sí, por librarme de la cárcel, que si no, me iba a ver usted aquí”

El terapeuta suspira profundamente,  como para coger fuerzas.

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Esfuerzo paterno

Esfuerzo paterno

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“Érase una vez que se era un reino donde la alegría y el consuelo anidaban a partes iguales en los corazones  de sus habitantes”

 

-¿Por qué, papá?

-Sí, ¿por qué? ¿Era el cumpleaños de la princesa?

-No, nada de cumpleaños, que salen muy caros.

-¿Qué?

-Nada, nada, vosotros escuchad.

 

“El motivo de tanta alegría era nada más y nada menos que la victoria en la guerra”

 

-¿Contra el Team Rocket?

-¿Contra quién?

-Son enemigos de los Pokemon.

-No, nada de Pokemon. ¿Y tú ahora por qué lloras, cariño?

-No me gustan las guerras.

-Pero esta ya acabó y ganaron los buenos.

-Pero, papá, no nos cuentes el final.

-Pero si he empezado por el final.

-Jo, qué rollo de cuento.

-Vosotros esperad, que ya veréis que la cosa se pone buena.

 

“El rey había vencido al monarca vecino, que con su avaricia había querido poseer más tierras”

 

-¿Qué es avaricia?

-Vale, lo cambio, lo cambio.

 

“El rey había vencido al rey vecino que era muy malo”

 

-¿Muy malo?

-¿Cuánto de malo?

-Muchísimo. El más malo de todos, horroroso, espantoso. ¿Y ahora qué te pasa?

-Tengo miedo.

-¿Pero por qué?, si  no es de miedo.

-Has dicho que era espantoso. No quiero escuchar más.

-No, ya verás que no es de miedo. Mira a tu hermano, él no tiene miedo.

-Pero el otro rey es malo, ¿no?

-Sí.

-Y le venció, ¿no?

-Sí.

-¿Y ya está?

-No, claro que no. Acabo de empezar. Oh, a ver cuándo vuestra madre cambia el turno en el hospital.

-¿Qué?

-Nada.

 

“Pero la gente no solo era feliz por la victoria; todos coincidían en mostrar su asombro”

 

-¿Por qué?

-Cariño…Te juro que te lo voy a contar ahora mismo.

-Vale.

 

“No se asombraban porque el rey condecorara a los más valientes de sus soldados. Se asombraban porque el más alto honor de esta guerra se lo había concedido a la institutriz de su hijo”

 

-Vale, ok, no hace falta que me preguntéis. Comprendo vuestras miradas. Una institutriz es como una profesora que atiende a solo un niño, en este caso al hijo del rey.

-¿Y no tiene que ir al cole?

-No, claro, le da las clases en el castillo.

-Qué guay.

-Un enorme castillo que…

-¿Y no tiene amigos?

-¿Quién?, ¿el hijo del rey? No lo sé, ¿por qué?

-Porque no va la a la escuela.

-Pues…supongo que no; la verdad es que no lo había pensado. ¿Vuelves a llorar?

-Es que no tiene amigos.

-Sí que tiene.

-Tú has dicho que no.

-Claro que tiene, que sí…su, su, institutriz es su mejor amiga. Va con él a todos lados. ¿Mejor?

 

“El caso es que la institutriz recibió la medalla más importante”

 

-¿Y sabéis por qué? Vaya…ahora no preguntáis.

 

“La gente sí se lo preguntaba; vaya que sí. ¿Cómo es que una simple profesora era premiada con esa distinción si ni siquiera había luchado en la guerra?”

 

-Hizo trampas.

-¿Cómo?

-Si no fue a la guerra tuvo que hacer trampas.

-No, claro que no hizo trampas. ¿Por qué os iba a contar un cuento donde se gana con trampas?

-¿Qué?

-Nada.

 

“Para entenderlo, tendríamos que retroceder unos cuantos años en el tiempo”

 

-¿Cuántos?

-¿Cuántos qué?

-¿Cuántos años?

-Pues no lo sé, unos cuantos…El príncipe era un crío como vosotros

 

“La anciana institutriz, que tantos años había servido a su rey, debía retirarse y descansar, de modo que el rey buscó una nueva para su hijito”

 

-¿Y la reina?

-¿Qué le pasa?

-¿Dónde está?

-Y yo qué sé.

-Es que nunca la nombras.

 

“El rey y la reina, vieron muchas candidatas a institutriz, pero ninguna les convencía”

 

 

-¿Por qué?

-Francamente, no lo sé.

 

“Hasta que por fin encontraron una. La reina no estaba muy de acuerdo con la elección de su esposo, pero éste le decía que no había que buscar más. Incluso los habitantes de su reino quedaron sorprendidos cuando lo supieron”

 

-¿Por qué? ¿Era muy fea?

-sí, ¿Era muy fea?

-No, claro que no. ¿Y qué si era fea? Chicos, recordad que la belleza siempre está en el interior.

-Eso es lo que dicen los feos.

-¿Pero qué dices? ¿Quién te ha enseñado eso?

-No sé.

 

“No. La institutriz no era fea. Había sido expulsada del reino vecino, el que años más tarde empezaría la guerra”

 

-Por fea, la echaron por fea.

-Que no.

 

“Cuando el rey supo el motivo por el que la había echado su vecino la aceptó de inmediato, pese a la negativa de su esposa”

“Ya verás- le dijo- llegará un día en que esta institutriz nos salvará”

“La reina aceptó la decisión de su esposo, y el príncipe creció sano y felizmente educado por la institutriz. Esta informaba puntualmente a sus padres de los progresos de su hijo, pero también de sus defectos”

 

-Como hace nuestra profesora.

-Exacto, eso es, muy bien. Veo que estáis entendiendo el cuento.

-La chivata.

-Pero, hijo, ¿qué dices? ¿Cómo que chivata?

-Sí, lo cuenta todo.

-Pero es su trabajo. En fin, sigo.

 

“El rey escuchaba atentamente todo lo que le decía la institutriz y trataba de corregir a su hijo como buenamente podía”

 

-Era el rey, su hijo tenía que obedecerle.

-Cariño, cada padre es un rey en su casa.

-¿Entonces tú eres un rey?

-No exactamente…

-¿Eres rey o no eres rey?

-Era, era una metáfora, por dios.

-¿Una qué?

-Sigo.

 

 

“De modo que el príncipe llegó a la mayoría de edad como un buen hijo que todo lo compartía con sus padres. Apenas discutían y siempre trataban de entender sus puntos de vista. Cuando estalló la guerra contra el rey malo, el príncipe luchó junto a su padre hasta la victoria final. Sin embargo, el otro príncipe discutió cada una de las órdenes de su padre…”

 

-¿Sí, cariño?

-¿Cuántos príncipes hay?

-Dos, hay dos. Tienes razón, no había hablado del otro príncipe. Joder, qué difícil es esto.

-Has dicho una palabrota.

-No, qué va, es del cuento.

-Se lo voy a decir a mamá.

-¿Ah, sí? ¿Quién es la chivata ahora? Ja. ¿Y ahora por qué lloras?

-Yo no soy ninguna chivata.

-Claro que no, cariño mío, claro que no. No me hagas caso.

-Eres una chivata, eres una chivata.

-Cállate hijo, por dios.

 

“El rey malo tenía un hijo que había sido educado por nuestra institutriz hasta que la echaron. Ese príncipe, el dey rey malo, no el dey rey bueno, había crecido muy malo”

 

-Como su padre.

-Exacto, muy bien.

 

“Pues cuando llegó la guerra, el rey malo y su hijo discutieron por todo, hasta que el hijo fue contra su padre. Eso lo aprovechó el rey bueno para ganar la guerra. Y todos fueron felices y comieron perdices”

 

-¿Y la institutriz?

-Ostras, es verdad.

-No me gusta comer perdices. Las perdices son animales buenos.

 

“Cuando el rey condecoró a la institutriz le recordó a su esposa las palabras que le había dicho cuando la aceptaron en la tarea de educar a su hijo”

“¿Y por qué, amado esposo, padre de mi hijo? ¿Por qué lo sabías?’”

 

-Sí, ¿por qué?

-Por fea.

-Y dale con la fea.

 

“Cuando hablé con ella por primera vez- le contestó el rey- le pregunté los motivos por los que le habían echado del reino vecino y me dijo: “Por decir la verdad; yo siempre digo la verdad” “¿Y qué fue lo que le dijiste para que no quisiera verte más?- le preguntó el rey- “Le dije que su hijo era un chiquillo maleducado que necesitaba dos buenos azotes y que si quería se los daba yo mismo”

“Desde ese momento- le dijo el rey a la reina- supe que era la institutriz perfecta para nuestro hijo, y no me equivoqué”

 

-¿Qué?, no está mal el cuento, ¿eh?

-¿Pero ya acabó?

-Claro.

-¿Y el príncipe hizo más amigos?

-¿Qué?, no sé. ¿Pero es que no habéis entendido el cuento?

-No.

-Yo tampoco.

-Pues le diré a vuestra madre que tenemos que volver a los cuentos tradicionales.

 

 

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Una segunda oportunidad

Una segunda oportunidad

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Veinte años de duro trabajo habían dado sus frutos. Ángel había dedicado dos décadas de su vida en verter toda su formación y conocimientos en aquella máquina que viajaba en el tiempo.

Siempre lo tuvo claro, desde el primer momento, desde que quedara solo tras el brutal  asesinato de su madre. Veinte años sin relacionarse, sin vida social. Solo. Trabajando en su invento.

Hizo un solo viaje en su máquina del tiempo. Con uno era suficiente. Retrocedió a los años sesenta, encontró a su madre, veinteañera en aquel tiempo y gastó todo su ingenio  en convencerla de que no se casara con ese joven agradable del que tanto se había enamorado.

Cuando, tras varias semanas,  logró convencerla,  Ángel buscó su reflejo en el escaparate de una tienda. Allí, esperó pacientemente a que su imagen se desvaneciera. Desapareció de la existencia sonriendo con la certeza de haber contribuido a la felicidad de la que hubiera sido su madre.

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INSOMNIO

INSOMNIO

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Arturo nunca había sentido celos. Los consideraba un signo de debilidad, de amor mal entendido. Sin embargo, en una noche más donde el insomnio dominaba sus ansias de dormir, su mujer emitió un débil sonido mientras soñaba. Que él recordara, aquello constituía toda una novedad en ella, mucho más, cuando repitió el sonido. Esta vez había sonado más nítido, era un nombre propio, masculino, y lo volvió a repetir: Julián.

El nombre cayó como una losa sobre la imaginación de Arturo pues sabía muy bien a quién se refería. El hecho de no poder dormir le hizo caer en el abismo de las elucubraciones. No obstante, a la mañana siguiente decidió no comentarle nada a su esposa. Durante toda la jornada, Arturo fue incapaz de concentrarse deseando que llegara la noche cuanto antes. Una vez cerciorado de que su mujer dormía esperó ayudado por su insomnio. Esperó y esperó con la mirada clavada en el bello rostro de su mujer hasta que por fin sonó, bien entrada la madrugada: Julián. Más lo decía, más odio sentía Arturo por él, puesto que de la duda pasó a la certeza de que su esposa tenía una aventura con su jefe. Un tópico insoportable, pensó, pero lo que no se imaginó fue lo insufrible que le iban a ser los días con unos celos que no dejaron de atormentarle como los violines estridentes en una escena de terror barato. Celos silenciosos, porque nunca le dijo nada, nunca le dio pie a que sospechara que él lo sabía. Esperaba el momento oportuno para acabar de cuajo. Profundamente humillado, dominado por la venganza, pensó y pensó hasta tramar el crimen perfecto, y lo fue, porque nadie sospechó de él.

Qué alivio. Aquél había sido el mejor remedio para su insomnio. Dio las buenas noches a su afligida esposa y apoyó la cabeza en la almohada como lo hubiera hecho un ángel sobre una nube. Ya con los ojos cerrados comprobó cómo, una vez más, su esposa se dormía antes que él. Su respiración profunda así se lo indicó. Unos minutos más y él también estaría dormido. Fue entonces, cuando, en medio del silencio, un sonido invadió la estancia. Arturo levantó incrédulo la cabeza y esperó, con el corazón acelerado, deseando, rogando porque el sonido no se repitiera, pero se repitió, esta vez más claro. Su mujer había hablado en sueños: Luis, Luis, Luis…

 

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ÚNICO TESTIGO (relato policial)

ÚNICO TESTIGO (relato policial)

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-¿Pero me estás diciendo eso en serio, Trápaga?- le preguntó el fiscal convencido de que el comisario le estaba tomando el pelo.

-Que sí, leches, que te lo digo en serio. ¿Puedo o no puedo llevarlo como testigo a un juicio?

El fiscal  le miró con la sonrisa de quien se siente engañado.

-¿Es una cámara oculta?, ¿es eso?

-¿Pero qué cámara oculta ni que cojones fritos?

-Por dios, Manuel, que no puedes estar en serio.

Si el fiscal había apelado al nombre de pila del comisario, muy grave debía de ser la cosa.

-Que sí, que es mi único testigo, que lo vio todo.

-Pues no puedes llevarlo.

-¿Pero por qué?

-Porque es un loro, joder, que estamos hablando de un loro.

-Sí, un loro que estaba en la habitación donde asesinaron a esa pobre mujer.

-¿Pero de verdad esta conversación está teniendo lugar?- el fiscal se pasaba la mano por su calva buscando el sosiego que había perdido con el comisario- ¿Y qué coño le pregunto a un loro?

-Pues tus jodidas preguntas de fiscal, como haces siempre.

-Ya, y el loro me contesta, ¿no?

-Joder, los loros hablan, ¿por qué no iba a hablar este?

 

Pues precisamente este no hablaba. Por supuesto, el fiscal dio por zanjada la discusión largándose de su propio despacho, quitándose así de vista al comisario. Trápaga, por su parte, hubo de acudir a un especialista con su loro mudo.

 

-Verá usted- empezó a explicarle el veterinario-, cuando un loro no habla puede ser por varios motivos. Quizás no esté recibiendo el cariño que debiera. ¿Quiere usted a su loro?

Trápaga arrugó el rostro para mostrar su más absoluta repulsa.

-¿Cómo voy a querer yo a un loro?, vamos, hombre, no diga memeces.

-¿Lo ve usted? Así tiene al pobre animal.

-Que no, cojones, que el puto loro lo tengo desde la semana pasada, que no es eso.

Al comisario no había que apretarle mucho para que empezara a gritar. No obstante, esto no pareció impresionar al veterinario.

-Dice usted que lo ha adoptado…

-No, yo no he dicho eso, lo que me faltaba. Lo he recogido. Estaba en la escena de un crimen y quiero que hable de una jodida vez para que testifique en un juicio.

El veterinario le miró buscando la broma en la expresión  de su cliente.

-¿En serio quiere hacer eso?

Trápaga miró a un lado para no perder los nervios.

-Pues no me digas más- continuó el veterinario-. Este loro ha sufrido un shock. Dice usted que presenció un crimen. Eso es lo que le ha hecho perder el habla.

-Pero el hambre no, ¿verdad?

-¿Cómo dice?

-Que el jodido no para de comer.

-Eso es la ansiedad.

Trápaga se fue de la consulta más soliviantado de lo que había entrado. No podía comprender que un loro, un animal, en definitiva, pudiera sufrir ansiedad.

-Sal tú a las calles a jugarte la vida y verás lo que es ansiedad- le decía al loro desde la silla de su despacho. Nunca antes en una comisaría había habido un loro. Tan renombrado fue que incluso vino una cadena de televisión.

-¿Cómo dice?- preguntó Trápaga al periodista como si le hablara a un chulo de la calle.

-Que si le ha puesto nombre al loro- le repitió intimidado.

-Sí, hombre, lo que faltaba, ponerle nombre. Se llama loro, y punto.

El loro pasó en comisaría los siguientes cinco años y a tenor del número de pipas que comía al día, la ansiedad parecía no querer desaparecer. Por alguna razón que el comisario no alcanzaba a comprender, le había cogido cariño al animal. Probablemente fuera, precisamente, porque no hablaba.

-Ay, loro, tú sí que me entiendes- solía decirle cuando iniciaba sus largos monólogos sobre sus casos de investigación o cuando había tenido una discusión con su mujer. El loro se limitaba a ladear la cabeza de un lado a otro y a escucharle en silencio. Hasta los delincuentes se habían encariñado con él.

Sin embargo, pocos casos como el de la dueña del loro se le habían atragantado tanto al comisario. No pasaba una semana sin que pensara en él, lo cual era lógico teniendo en cuenta la presencia del loro.

Un día de reflexión en estado puro, tuvo un impulso de esos con los que te reprochas no haberte dado cuenta antes de algo. Salió de su despacho sin despedirse del loro y no regresó hasta al cabo de un par de horas. Traía una caja de cartón. La abrió y empezó a sacar su contenido. El loro miraba con curiosidad desde su puesto. De pronto, hizo algo que no había hecho (al menos el comisario nunca lo había visto) en todos esos años: con un habilidoso brinco se posó en la mesa. En otras circunstancias, Trápaga le hubiera dado un buen trompazo por allanamiento de su espacio, pero ahora se limitó a observar con más curiosidad que el animal, si cabe.

El loro se acercó a la caja y batió las alas al tiempo que su cresta se erguía.

-Las reconoces, ¿eh? Son las pertenencias de tu legítima dueña. Nadie las reclamó. Increíble- murmuraba el comisario prendado de asombro ante la actitud de su amigo.- Vamos, dime algo, dame una señal.

Trápaga comprendió que debía colaborar sacando las cosas de la caja. Empezó a mostrarle fotografías que nunca le llevaron a una pista segura. Las pasaba una a una pensando que realmente se encontraba con el único testigo de un asesinato. Y entonces ocurrió. Justo en el momento en que el comisario le enseñaba la tercera fotografía el loro dilató sus pupilas y habló.

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