Genialidad

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En cuanto Natalia les contó a sus padres la decisión que había tomado, estos sabían muy bien contra quien arremeter su rabia.

-Ha sido esa profesora tuya, ¿no? Amalia. Esa es la que te ha comido la cabeza. Siempre lo ha hecho, pues se va enterar.

Las broncas le llovieron a Amalia por todos lados, no solo los padres: la jefatura de estudios, la dirección, los padres de los demás alumnos, aunque no todos, las redes sociales…. El caso llegó a Inspección, que poco o nada podía hacer pues había sido decisión de la alumna que, además, ya era mayor de edad.

-¿Pero es que no te das cuenta de lo que has hecho?- continuaban los padres sin querer cerrar la discusión- ¿No te das cuenta del prestigio que supone estudiar con esa beca?

Natalia insistía en que eso era lo de menos, que ella era, por encima de todo, una buena persona y que eso era lo que tenían que valorar ellos. No hubo manera de convencerles de la bondad de su acto. Había renunciado a la beca de excelencia para que así recayera en la siguiente nota más brillante, otra alumna de su clase que no tenía sus recursos económicos y que, de otra manera, no hubiera podido ir a la universidad.

Amalia, por supuesto, continuó en su puesto de profesora y cuando, años más tarde, volvió a encontrarse con un alumno superdotado le dijo exactamente lo mismo que le había dicho a Natalia: no importa lo genio que seas, lo importante es que tengas buen corazón.

Suspiros de España

Suspiros de España

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“De verdad que no sé qué hago aquí”

Gonzalo se mueve nervioso en su silla, al tiempo que se seca el sudor de las manos en los pantalones. Es incapaz de mirar a los ojos”

“¿Por qué le tengo que contar mi vida, eh?, ¿por qué? ¿Y ese empeño en conocer detalles tan insignificantes? Ya se lo he dicho: soy un tipo normal con una infancia normal, como la de todo el mundo. Jugué a policías y ladrones, al fútbol, mi padre me llevaba a los toros los domingos por la tarde mientras mi madre y mi hermana limpiaban la casa. No, claro que nunca lloré, mi padre no me lo permitía, decía que eso es de niñas, y tenía razón. Lo mismo hago yo con mis hijos, educarles correctamente, como dios manda. ¿Y por qué le tengo que hablar de mis novias? Con quince años empecé a salir con chicas, ya sabe, chavalas fáciles para descubrir el sexo. No, mi hermana se quedaba en casa, mi padre no la dejaba salir, ni ponerse la ropa que quisiera. Me decía que la cuidara siempre y que no permitiera nunca que fuera como una puta por la calle; nada de estar con chicos así como así. Luego me casé y mi mujer hizo como su madre y la mía, quedarse en casa, como tiene que ser, que para eso traemos nosotros el dinero a casa. Con el tiempo empezó con no sé qué tonterías de retomar los estudios, y yo le decía, ¿y nuestros hijos?, ¿quién los va a cuidar, eh? Nuestra vida de matrimonio era normal, ya se lo he dicho, como la de todos. Yo salía con mis amigos al bar, al futbol… ¿Por qué ella tuvo que empezar a querer cambiarlo todo? ¿Y por qué coño le cuento todo esto? ¿Qué mierda hago yo aquí?”

“Gonzalo, está usted aquí porque se lo ha ordenado el juez”

Gonzalo levanta el índice de modo amenazador.

“Sí, por librarme de la cárcel, que si no, me iba a ver usted aquí”

El terapeuta suspira profundamente,  como para coger fuerzas.

Esfuerzo paterno

Esfuerzo paterno

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“Érase una vez que se era un reino donde la alegría y el consuelo anidaban a partes iguales en los corazones  de sus habitantes”

 

-¿Por qué, papá?

-Sí, ¿por qué? ¿Era el cumpleaños de la princesa?

-No, nada de cumpleaños, que salen muy caros.

-¿Qué?

-Nada, nada, vosotros escuchad.

 

“El motivo de tanta alegría era nada más y nada menos que la victoria en la guerra”

 

-¿Contra el Team Rocket?

-¿Contra quién?

-Son enemigos de los Pokemon.

-No, nada de Pokemon. ¿Y tú ahora por qué lloras, cariño?

-No me gustan las guerras.

-Pero esta ya acabó y ganaron los buenos.

-Pero, papá, no nos cuentes el final.

-Pero si he empezado por el final.

-Jo, qué rollo de cuento.

-Vosotros esperad, que ya veréis que la cosa se pone buena.

 

“El rey había vencido al monarca vecino, que con su avaricia había querido poseer más tierras”

 

-¿Qué es avaricia?

-Vale, lo cambio, lo cambio.

 

“El rey había vencido al rey vecino que era muy malo”

 

-¿Muy malo?

-¿Cuánto de malo?

-Muchísimo. El más malo de todos, horroroso, espantoso. ¿Y ahora qué te pasa?

-Tengo miedo.

-¿Pero por qué?, si  no es de miedo.

-Has dicho que era espantoso. No quiero escuchar más.

-No, ya verás que no es de miedo. Mira a tu hermano, él no tiene miedo.

-Pero el otro rey es malo, ¿no?

-Sí.

-Y le venció, ¿no?

-Sí.

-¿Y ya está?

-No, claro que no. Acabo de empezar. Oh, a ver cuándo vuestra madre cambia el turno en el hospital.

-¿Qué?

-Nada.

 

“Pero la gente no solo era feliz por la victoria; todos coincidían en mostrar su asombro”

 

-¿Por qué?

-Cariño…Te juro que te lo voy a contar ahora mismo.

-Vale.

 

“No se asombraban porque el rey condecorara a los más valientes de sus soldados. Se asombraban porque el más alto honor de esta guerra se lo había concedido a la institutriz de su hijo”

 

-Vale, ok, no hace falta que me preguntéis. Comprendo vuestras miradas. Una institutriz es como una profesora que atiende a solo un niño, en este caso al hijo del rey.

-¿Y no tiene que ir al cole?

-No, claro, le da las clases en el castillo.

-Qué guay.

-Un enorme castillo que…

-¿Y no tiene amigos?

-¿Quién?, ¿el hijo del rey? No lo sé, ¿por qué?

-Porque no va la a la escuela.

-Pues…supongo que no; la verdad es que no lo había pensado. ¿Vuelves a llorar?

-Es que no tiene amigos.

-Sí que tiene.

-Tú has dicho que no.

-Claro que tiene, que sí…su, su, institutriz es su mejor amiga. Va con él a todos lados. ¿Mejor?

 

“El caso es que la institutriz recibió la medalla más importante”

 

-¿Y sabéis por qué? Vaya…ahora no preguntáis.

 

“La gente sí se lo preguntaba; vaya que sí. ¿Cómo es que una simple profesora era premiada con esa distinción si ni siquiera había luchado en la guerra?”

 

-Hizo trampas.

-¿Cómo?

-Si no fue a la guerra tuvo que hacer trampas.

-No, claro que no hizo trampas. ¿Por qué os iba a contar un cuento donde se gana con trampas?

-¿Qué?

-Nada.

 

“Para entenderlo, tendríamos que retroceder unos cuantos años en el tiempo”

 

-¿Cuántos?

-¿Cuántos qué?

-¿Cuántos años?

-Pues no lo sé, unos cuantos…El príncipe era un crío como vosotros

 

“La anciana institutriz, que tantos años había servido a su rey, debía retirarse y descansar, de modo que el rey buscó una nueva para su hijito”

 

-¿Y la reina?

-¿Qué le pasa?

-¿Dónde está?

-Y yo qué sé.

-Es que nunca la nombras.

 

“El rey y la reina, vieron muchas candidatas a institutriz, pero ninguna les convencía”

 

 

-¿Por qué?

-Francamente, no lo sé.

 

“Hasta que por fin encontraron una. La reina no estaba muy de acuerdo con la elección de su esposo, pero éste le decía que no había que buscar más. Incluso los habitantes de su reino quedaron sorprendidos cuando lo supieron”

 

-¿Por qué? ¿Era muy fea?

-sí, ¿Era muy fea?

-No, claro que no. ¿Y qué si era fea? Chicos, recordad que la belleza siempre está en el interior.

-Eso es lo que dicen los feos.

-¿Pero qué dices? ¿Quién te ha enseñado eso?

-No sé.

 

“No. La institutriz no era fea. Había sido expulsada del reino vecino, el que años más tarde empezaría la guerra”

 

-Por fea, la echaron por fea.

-Que no.

 

“Cuando el rey supo el motivo por el que la había echado su vecino la aceptó de inmediato, pese a la negativa de su esposa”

“Ya verás- le dijo- llegará un día en que esta institutriz nos salvará”

“La reina aceptó la decisión de su esposo, y el príncipe creció sano y felizmente educado por la institutriz. Esta informaba puntualmente a sus padres de los progresos de su hijo, pero también de sus defectos”

 

-Como hace nuestra profesora.

-Exacto, eso es, muy bien. Veo que estáis entendiendo el cuento.

-La chivata.

-Pero, hijo, ¿qué dices? ¿Cómo que chivata?

-Sí, lo cuenta todo.

-Pero es su trabajo. En fin, sigo.

 

“El rey escuchaba atentamente todo lo que le decía la institutriz y trataba de corregir a su hijo como buenamente podía”

 

-Era el rey, su hijo tenía que obedecerle.

-Cariño, cada padre es un rey en su casa.

-¿Entonces tú eres un rey?

-No exactamente…

-¿Eres rey o no eres rey?

-Era, era una metáfora, por dios.

-¿Una qué?

-Sigo.

 

 

“De modo que el príncipe llegó a la mayoría de edad como un buen hijo que todo lo compartía con sus padres. Apenas discutían y siempre trataban de entender sus puntos de vista. Cuando estalló la guerra contra el rey malo, el príncipe luchó junto a su padre hasta la victoria final. Sin embargo, el otro príncipe discutió cada una de las órdenes de su padre…”

 

-¿Sí, cariño?

-¿Cuántos príncipes hay?

-Dos, hay dos. Tienes razón, no había hablado del otro príncipe. Joder, qué difícil es esto.

-Has dicho una palabrota.

-No, qué va, es del cuento.

-Se lo voy a decir a mamá.

-¿Ah, sí? ¿Quién es la chivata ahora? Ja. ¿Y ahora por qué lloras?

-Yo no soy ninguna chivata.

-Claro que no, cariño mío, claro que no. No me hagas caso.

-Eres una chivata, eres una chivata.

-Cállate hijo, por dios.

 

“El rey malo tenía un hijo que había sido educado por nuestra institutriz hasta que la echaron. Ese príncipe, el dey rey malo, no el dey rey bueno, había crecido muy malo”

 

-Como su padre.

-Exacto, muy bien.

 

“Pues cuando llegó la guerra, el rey malo y su hijo discutieron por todo, hasta que el hijo fue contra su padre. Eso lo aprovechó el rey bueno para ganar la guerra. Y todos fueron felices y comieron perdices”

 

-¿Y la institutriz?

-Ostras, es verdad.

-No me gusta comer perdices. Las perdices son animales buenos.

 

“Cuando el rey condecoró a la institutriz le recordó a su esposa las palabras que le había dicho cuando la aceptaron en la tarea de educar a su hijo”

“¿Y por qué, amado esposo, padre de mi hijo? ¿Por qué lo sabías?’”

 

-Sí, ¿por qué?

-Por fea.

-Y dale con la fea.

 

“Cuando hablé con ella por primera vez- le contestó el rey- le pregunté los motivos por los que le habían echado del reino vecino y me dijo: “Por decir la verdad; yo siempre digo la verdad” “¿Y qué fue lo que le dijiste para que no quisiera verte más?- le preguntó el rey- “Le dije que su hijo era un chiquillo maleducado que necesitaba dos buenos azotes y que si quería se los daba yo mismo”

“Desde ese momento- le dijo el rey a la reina- supe que era la institutriz perfecta para nuestro hijo, y no me equivoqué”

 

-¿Qué?, no está mal el cuento, ¿eh?

-¿Pero ya acabó?

-Claro.

-¿Y el príncipe hizo más amigos?

-¿Qué?, no sé. ¿Pero es que no habéis entendido el cuento?

-No.

-Yo tampoco.

-Pues le diré a vuestra madre que tenemos que volver a los cuentos tradicionales.

 

 

Una segunda oportunidad

Una segunda oportunidad

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Veinte años de duro trabajo habían dado sus frutos. Ángel había dedicado dos décadas de su vida en verter toda su formación y conocimientos en aquella máquina que viajaba en el tiempo.

Siempre lo tuvo claro, desde el primer momento, desde que quedara solo tras el brutal  asesinato de su madre. Veinte años sin relacionarse, sin vida social. Solo. Trabajando en su invento.

Hizo un solo viaje en su máquina del tiempo. Con uno era suficiente. Retrocedió a los años sesenta, encontró a su madre, veinteañera en aquel tiempo y gastó todo su ingenio  en convencerla de que no se casara con ese joven agradable del que tanto se había enamorado.

Cuando, tras varias semanas,  logró convencerla,  Ángel buscó su reflejo en el escaparate de una tienda. Allí, esperó pacientemente a que su imagen se desvaneciera. Desapareció de la existencia sonriendo con la certeza de haber contribuido a la felicidad de la que hubiera sido su madre.

INSOMNIO

INSOMNIO

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Arturo nunca había sentido celos. Los consideraba un signo de debilidad, de amor mal entendido. Sin embargo, en una noche más donde el insomnio dominaba sus ansias de dormir, su mujer emitió un débil sonido mientras soñaba. Que él recordara, aquello constituía toda una novedad en ella, mucho más, cuando repitió el sonido. Esta vez había sonado más nítido, era un nombre propio, masculino, y lo volvió a repetir: Julián.

El nombre cayó como una losa sobre la imaginación de Arturo pues sabía muy bien a quién se refería. El hecho de no poder dormir le hizo caer en el abismo de las elucubraciones. No obstante, a la mañana siguiente decidió no comentarle nada a su esposa. Durante toda la jornada, Arturo fue incapaz de concentrarse deseando que llegara la noche cuanto antes. Una vez cerciorado de que su mujer dormía esperó ayudado por su insomnio. Esperó y esperó con la mirada clavada en el bello rostro de su mujer hasta que por fin sonó, bien entrada la madrugada: Julián. Más lo decía, más odio sentía Arturo por él, puesto que de la duda pasó a la certeza de que su esposa tenía una aventura con su jefe. Un tópico insoportable, pensó, pero lo que no se imaginó fue lo insufrible que le iban a ser los días con unos celos que no dejaron de atormentarle como los violines estridentes en una escena de terror barato. Celos silenciosos, porque nunca le dijo nada, nunca le dio pie a que sospechara que él lo sabía. Esperaba el momento oportuno para acabar de cuajo. Profundamente humillado, dominado por la venganza, pensó y pensó hasta tramar el crimen perfecto, y lo fue, porque nadie sospechó de él.

Qué alivio. Aquél había sido el mejor remedio para su insomnio. Dio las buenas noches a su afligida esposa y apoyó la cabeza en la almohada como lo hubiera hecho un ángel sobre una nube. Ya con los ojos cerrados comprobó cómo, una vez más, su esposa se dormía antes que él. Su respiración profunda así se lo indicó. Unos minutos más y él también estaría dormido. Fue entonces, cuando, en medio del silencio, un sonido invadió la estancia. Arturo levantó incrédulo la cabeza y esperó, con el corazón acelerado, deseando, rogando porque el sonido no se repitiera, pero se repitió, esta vez más claro. Su mujer había hablado en sueños: Luis, Luis, Luis…

 

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