La puerta

La puerta

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Por muchos años había soñado con una mujer de tez blanca y un traje sastre café, que era sujetada por dos hombres por los brazos y la arrastraban detrás de una enorme puerta de madera. Ella gritaba y lloraba, yo estaba parada enfrente de ella, era una niña pequeña vestida con un único vestido de color blanco que tenía en esa época. Una noche en sueños la imagen de la mujer, se me apareció en medio de una nube y me pidió que pidiera a esos hombres que le devolvieran a su hija, ya que mientras no se la devolvieran, ella no podría descansar y seguiría atada a este mundo.  A la siguiente semana del sueño, me entere que yo era adoptada y que, mi madre biológica, había muerto pocos días antes, recluida en una institución psiquiátrica.

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La compensación, por Edith Zepeda, 149 palabras.

La compensación, por Edith Zepeda, 149 palabras.

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Corría, a través de la espesa niebla, los árboles le arañaban la piel. Quería detenerse, pero el miedo que estrujaba su alma era mayor. Sabía que estaba irremediablemente perdido, aun así, continuó.

El viento sopló más fuerte y lo empujó, unos bramidos emanaron de una sorda y ronca voz. Una helada mano lo tocó. Había llegado su momento, inspiró profundamente, mientras su rostro perdió toda expresión humana y cayó al suelo.

De rodillas, miró hacia atrás. Ahí estaba su abuela, a la que había asesinado. Aterrado, se llevó una mano a la boca. Una sensación helada lo recorrió. La anciana, lo observaba fijamente, sus ojos eran ascuas al rojo vivo.

De sus ojos brotaron lágrimas, pero estas eran tan rojas. Era sangre. Con la mirada empañada, contempló sus rasguños, se habían transformado en hendeduras profundas de las que también manaba sangre. El ánima, fue testigo de su último gemido.

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La noche más oscura, Edith Zepeda

La noche más oscura, Edith Zepeda

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Era medianoche, el silencio solo era quebrantado por el tic, tac del viejo reloj.  Vivía la noche más oscura de su existencia; todas cosas por las cuales había luchado, parecían tan intrascendentes. La incertidumbre y un vacío la desbordaban. El sino, la obligaba a mudar de piel, hizo una retrospectiva de su andar por este mundo. Debía haber algo más, las cosas no podían terminar así. Volvió a la realidad y observó que, detrás de la ventana el sol despuntaba con sus tonalidades rosadas y la vida se manifestaba con miles de sonidos. Había llegado el momento de volver a empezar. Se levantó, abrió la ventana y aspiro esa nueva oportunidad.

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EL PIANO, Edith Zepeda.

EL PIANO, Edith Zepeda.

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EL PIANO

No podía conciliar el sueño, su mente divagaba. Estiró la mano para encender la lámpara de la mesilla, no funcionó, volvió a presionar el botón pero ¡nada!

Se levantó, cuando llevaba unos pasos, una sudoración se apoderó de él, una descarga eléctrica, le recorrió la espalda, que por un momento lo paralizó. Tanto como podía, recobro la serenidad, continuo caminando, presiono el interruptor sin éxito.

En ese momento, se escuchó una melodía hermosa pero triste, que lo invadió de una profunda soledad. Aguzo el oído, al parecer provenir de la sala, decidió investigar en la mañana.

Con los primeros rayos del sol, se dirigió a la sala, ahí en un extremo, estaba un magnífico piano de cola. Lo reviso minuciosamente, todo estaba en perfectas condiciones, además, parecía que no se había tocado por un largo tiempo.

Pensativo, se sentó en el taburete. En esos momentos, escucho la voz de Sebastián, el mayordomo de la casa, que le indicaba que el desayuno estaba listo.

En el recorrido al comedor, le pregunto, sí había escuchado la música; este, sin la menor expresión en el rostro dijo:

– No, señor, seguramente fueron los ruidos provenientes de la tubería de la casa, son demasiado viejas.
– Posiblemente fue eso, en fin.

El resto del día, se dedicó a recorrer la vieja casa que, su tía le heredó. Era magnifica, pero había que hacerle varias reparaciones.

Llegada la noche, se retiró a su dormitorio, cayo inmediatamente en un profundo sueño. Había pasado algunas horas, cuando sintió en el rostro unos dedos fríos que le apartaban el cabello del rostro y una voz que le susurraba al oído:

– ¡Sal de aquí, si no quieres que te pase lo mismo que a mí!

Las palabras, le hicieron reaccionar y sacudirse el miedo que lo paralizaba, salió corriendo, se topó con Sebastián que, verificaba que las ventanas y puertas estuvieran cerradas.

Con palabras entrecortadas, le contó lo ocurrido, como siempre, sin expresión alguna en el rostro, le dijo que seguramente se había tratado de una pesadilla, que se calmara, iría a prepararle un té.

Bebió el té, y nuevamente se metió a la cama. Repentinamente, el silencio de la noche, fue roto con las notas desoladas del piano. Armándose de valor, se enfilo a la sala, la casa estaba completamente oscura, solo al fondo del pasillo, el trémulo reflejo de la luna, se filtraba por los grandes ventanales.

El recinto, estaba anormalmente frío con una especie de neblina que lo envolvía, en el taburete del piano, había una figura. Desde la puerta, le preguntó ¿Quién era? ¿Cómo había entrado?

Lentamente, se acercó para ver que se trataba de un hombre joven, su rostro era pálido y marcado por una profunda tristeza; sin darle tiempo de reiterar sus interrogantes, ante sus ojos la figura se desvaneció.

Poco tiempo después, encontró una fotografía antigua y una amarillenta página de un periódico, que decía: “Aparece un joven muerto en extrañas circunstancias”. El rostro de la foto, era idéntico al que cada noche tocaba el piano.

 

Compartido en los grupos: Lo que un A puede aprender de un B y Yo también escribo para ser feliz.

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Tardaste demasiado, Edith Zepeda

Tardaste demasiado, Edith Zepeda

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Pasaban los días, las semanas y los meses sin que tuviera noticias de él. Ansiosa, iba a los lugares donde sabía que podría andar o le hablaba a sus amistades, con la finalidad de saber de él.

La espera, era un agotador lastre y la zozobra le carcomió la mente y el sueño, ¿qué había pasado para que las promesas de amor sincero se transformaran tan solo en palabras dichas al viento? Se negaba a aceptar que el cuento de hadas había llegado a su fin.

Corrían los últimos atardeceres de marzo, la realidad la confrontó con su atroz crudeza, con pesar la aceptó; decidió salir nuevamente a la vida, recogió los pedazos de su entristecido corazón y se pintó de nuevos colores.

Sin buscar, nacieron nuevos anhelos, en su vida apareció otro él que se enamoró de su mirada y de su sonrisa; aceptaba su personalidad contrastante entre locura y sensatez.

Era un amor cálido, apacible que la fortalecía para entregarse plenamente. Aprendió qué es amar y ser amada con libertad, sin dudas ni tormentos.

Así las cosas, una tarde, de esas en que no espera nada extraordinario, apareció en su puerta, aquel que pidió un tiempo para reflexionar sobre sus sentimientos, con excusas tontas y palabras huecas de un amor comprendido pedía una nueva oportunidad.

Con un nudo en la garganta y un sentimiento de profunda pena, escuchaba en silencio, mientras con lucidez y objetividad su mente revivía sus palabras y su conducta contradictoria.

Le dejó terminar su patético discurso, para finalmente romper su silencio.

– Tardaste demasiado para volver, puedes regresar por el mismo camino por el que te alejaste.

Sin más ni mejores argumentos, el confundido enamorado, se alejó rumbo al olvido. Mientras ella, disfruta de su amor a cada instante sin agobiarse del mañana.

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