La peste

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A los dos minutos de lanzar a la papelera aquel relato desechado, mi casa comenzó a oler muy mal. Era un olor nauseabundo, vomitivo, era el olor de la descomposición. Yo me acomodé muy pronto, porque ya me había ocurrido otras veces y una madre siempre se acostumbra al olor del hijo, ya esté vivo o muerto. Pero transcurrió una semana y, para mi desconcierto, el olor fue en aumento. “Huele a perros muertos”, gruñían los vecinos limpiando su propio vómito del rellano. “Se han abierto las puertas del infierno”, decían otros, con la mirada enloquecida y la garganta cerrada del susto. Cuando aparecieron los gusanos entre las ranuras de la escalera, alguien llamó a las fuerzas del orden.

Buscando el foco de la purulencia, aquellos policías protegidos con aparatosas mascarillas, no dejaron ni un centímetro de mi casa sin registrar. Miraron debajo de la mesa, abrieron el tambor de mi lavadora, se asomaron al alboroto de los oscuros bajos de mi cama solitaria y registraron mis cajones de las bragas, desordenando colores, tejidos y sabores. Cuando acariciaron mis juguetes los miré con un rencor mal disimulado ¿No deberían buscar en el congelador? Es allí donde se suele esconder a los muertos, dije. No encontrarán un cadáver entre mis medias de encaje negro.
Díganos dónde lo tiene, dijo el sargento, no nos haga perder más tiempo. Está justo ahí, dije señalando la papelera. El sargento me miró perplejo. Soy escritora, sargento, a veces deshecho relatos, expliqué. ¿Y qué tiene que ver su relato desechado con este hedor que asola la comunidad?, preguntó el sargento. Es que es un relato muerto, dije, y lo que huele es su descomposición.

Vamos a ver, señora, ¿me está diciendo que su casa huele mal porque tiene usted un folio arrugado dentro de la papelera?, dijo aquel sargento ofuscándose por momentos.
Sí, señor policía. Pero no es sólo un folio arrugado. Es casi una historia. Y dentro de ella hay un tiempo, una ciudad y un invierno. Y en ese invierno viven unos personajes que parí con dolor en una noche de insomnio. Personajes que tienen nombre y apellido, edad y profesión. Ella tiene una boca hermosa y él unos ojos llenos de estrellas; ella un cuello frágil y unas manos delicadas. Él es un romántico. Es la carne podrida de ellos lo que huele.
¡Usted nos está tomando el pelo! Ahora mismo se viene a la comisaria y le da las explicaciones pertinentes al señor comisario, dijo colocándome unas esposas brillantes. Le advierto que a mi estos temas de las ataduras me excitan sobremanera, dije yo dejándole hacer.

La comisaría me recordó a cierto edificio grande y gris que vi en una película titulada “El proceso”, basada en una novela de Kafka. Un lugar frío, de altísimos techos y largos pasillos pelados, donde sólo se escuchaba el tecleo sincopado de alguna vieja máquina de escribir. En cada cuarto sombrío sólo había una secretaria sombría que miraba el reloj de la pared. Llovía fuera y pensé que era ideal. Siempre llueve en los momentos más solemnes.
El comisario era un tipo bajito y gordo. Siéntese, dijo. En el escritorio había una foto color sepia donde una mujer y dos niños lucían una sonrisa muy poco natural.
Dicen mis hombres que su casa huele a muerto, dijo. Es por culpa de un relato, expliqué. Un relato muerto, añadí presurosa. Un relato sólo es un pedazo de papel, dijo, las palabras no huelen. ¡Ah, que poco sabe usted de literatura! Dije yo jugándome una noche entre rejas. ¿Me está usted llamando cateto?, dijo expulsando el humo de su puro en mi cara. Yo, que en mis noches solitarias había visionado innumerables películas policíacas, me repantingué en la silla dispuesta ya a la tortura y al apaleo. No, no, contesté. Si quiere le explico en qué consiste un relato sin vida, que no sin alma, dije. Que no es lo mismo un relato muerto que un relato sin alma, dije empeorando la cosa.

Ese hombre de cara redonda me miró de manera escrutadora y supe que ya andaba buscando cargos para encerrarme una noche al fresco. Posesión de drogas, alteración del orden público. Tal vez pertenencia a alguna banda armada. ¿Entiende usted, señora mía, que me debe contar por qué huele mal su casa, verdad? dijo contra todo pronóstico. Y dicho esto llamó a su secretaría sombría, que acudió boli en mano. Cuando se sentó eché en falta un cruce de piernas sensual y chasqueé la lengua, decepcionada. Mari Pili, proceda usted a escribir todo lo que la presunta diga, dijo.
De pronto yo ya era la presunta, pensé sonriendo. Si confiesa usted su crimen, tal vez podamos encontrar algún eximente. Podríamos alegar enajenación transitoria o embriagueces varias, dijo bonachón. A veces se nos va la mano en una disputa y vuela un jarrón chino o un cuchillo jamonero, disertó el señor comisario. Luego, en un vano intento de ocultar las pruebas, intentamos deshacernos del cuerpo del delito y lo troceamos o lo disolvemos con ácido en la bañera, creyendo que luego con un poco de hipoclorito de sodio borraremos todas las huellas del crimen, continuó. Pero el olor… ¡Ay el olor! El olor del crimen no se va, señora mía, dijo. Dígame ¿Dónde lo tiene escondido?, preguntó aproximando peligrosamente su rostro colorado al mío.

Lo que huele mal es ese relato muerto, volví a explicar. ¿Es usted escritora?, preguntó alegremente la secretaria sombría, aminorando sólo un segundo la velocidad de su taquigrafía de academia. Creo, Mari Pili, que “relato muerto” es un apelativo despectivo que la presunta utiliza para referirse al interfecto, explicó el comisario. Prosiga usted, aunque tal vez prefiera continuar en presencia de su abogado. Si no lo tiene puede solicitar uno de oficio, ya sabe. De pronto me acordé nuevamente de K., el protagonista de El proceso.

No tengo ningún cadáver en mi casa, señor comisario. Sólo tengo un relato muerto y no creo que por eso me vaya usted a meter en la cárcel, gruñí ¿Cómo de muerto está ese relato?, preguntó el comisario. Suspiré. Como los ojos de un tiburón, como un amor que se acaba, muerto como la verga de un muerto muy muerto, dije a modo de explicación somera. ¿Y de qué va esa historia? Preguntó la secretaria, aminorando de nuevo la velocidad de su bolígrafo.

Es un asunto particular, dije defendiendo mi intimidad. Aquí no hay asuntos particulares, dijo el hombre masticando cada sílaba. Bien, dije, allá voy:
Es un relato de amor. De amor muerto. Es un entierro de amor. Es una tumba de amor. Es el grito de un luto. Son campanas llamando a agonía. De eso va. Por eso lo tiré a la basura. Y por eso huele mal mi casa.
Entonces admite que ha asesinado a su novio, dijo el comisario ufano como un pollo ufano. Suspiré. En cierto modo sí, confesé. Se podría decir que lo he matado, pero sólo metafóricamente.
¿Entonces confiesa usted que tiene un muerto en su casa? Dijo machacón. Me parece, señor comisario, que no sabe usted lo que es una metáfora. Sí, confieso que tengo un relato muerto que habla de un amor muerto.

Y no diré más.

Moscas

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Cuando llegó aquel hombre rodeado de moscas, tocado con un sombrero mugriento y portando una espada que, al caminar, chocaba contra los adoquines del suelo, todas las miradas de los allí congregados se desviaron hacía él. Luego se miraron entre ellos, algunos se encogieron de hombros, otros elogiaron la gran imaginación del recién llegado y la gran mayoría brindó por la diversidad.
La anfitriona, sorprendida, pensó que se trataba de un invitado del esposo, que lucía un pomposo atuendo homenajeando al emperador Carlomagno; el marido creyó, divertido, que era un convidado de su excéntrica esposa, que había elegido para la ocasión una copia zafia y demasiado ajustada del vestido blanco de diamantes que llevó María Antonieta en su boda con el futuro rey de Francia. Más de uno estuvo tentado de acercarse al andrajoso para interesarse por el personaje que interpretaba, pero el enjambre de moscardones que le circundaba incansable haciales cambiar de opinión y se limitaban a colocarle, de vez en cuando, una copa de champaña entre los pringosos dedos con refinado disimulo.
Bordeaba la fiesta la media noche cuando la esposa sintiose ligeramente mareada y tuvieron que sentarla junto a la ventana para que tomara un poco de aire fresco. Como no se le pasaba el mareo y su tez cada vez se hallaba más lívida el esposo preocupado preguntó en voz alta si, por casualidad, se encontraba algún médico en la sala. Bonaparte miró a la mujer morena de Julio Romero, esta miró a Aníbal con el que había bailado toda la noche pero este encogiéndose de hombros dijo ser corredor de bolsa y miró al hombre que tenía a su lado, que iba disfrazado de jorobado, pero el giboso también se encogió de hombros y dijo que era actor y que interpretaba al duque de Bomarzo.
—Yo soy médico —dijo el tipo andrajoso acercándose a la anfitriona—. Esta mujer se halla justamente en la antesala de un ataque epiléptico. Para abortarlo necesitaré algunos ingredientes que ustedes me proveerán con la mayor rapidez, si tienen en estima a la reina consorte de Francia.
—¿Y cuáles son esos ingredientes? —preguntó Bonaparte—. Hay una farmacia aquí al lado.
—Mercurio, sal y orina, con eso me bastará para frenar las convulsiones –dijo tomándole el pulso.
—¿Quién diablos es usted? —bramó el marido de la anfitriona apartándolo de su lado de un empujón—. ¡Un chalado sin duda! Lárguese ahora mismo o llamo a la policía.
—¿Un chalado? ¿Yo? —gruñó el hombre de las moscas desenvainando la espada—. Sepa usted, monigote miserable, que yo he curado la sífilis de tres reyes. ¡Soy el gran Paracelso! Y ahora bájese los pantalones y orine, o le rebano el pescuezo.

A través de la madera

A través de la madera

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Llego hasta la puerta y, nervioso, me coloco bien la corbata. Trago saliva antes de acercar el dedo al pulsador del timbre. De pronto, avergonzado, lo retiro. Mis zapatos están llenos de barro y tengo hojas podridas pegadas a la suela. No entiendo cómo pudo suceder, si los sacudí en el banco de la plaza. Ese banco solitario donde solíamos sentarnos para ultimar los detalles de nuestra boda. ¡Qué linda tu sonrisa entonces! Animado por fin, adelanto el dedo hasta el pulsador, pero algo me lo impide ¡Alto! ¿Qué son esas dos lucecitas verdes que se han clavado de pronto en mi? Son tan fijas y penetrantes que las noto como dos puñales en el pecho. ¡Black, mi viejo amigo! ¿Eres tú? ¡Corre! Sube hasta su regazo y dile que estoy aquí, que soy yo, que he vuelto. Y que no puedo irme sin ella.

Desafío Espeluznante (El gato negro)

 

Photo by Vitizoom

 

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