Maldito Milán

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El hotel London en Milán, regentado por unos hindúes que hablaban perfectamente inglés, tenía una habitación con un baño minúsculo, decoración antigua y una combinación de olores que creaba confusión al entrar, pero era barato y estaba céntrico.

Y sin saber realmente si mi obsesión por ese olor era de tipo romántico/existencial o de tipo desagradable/evitativo, visualicé a una multitud de cuerpos de distintas razas, edades, tamaños y pesos, junto a su infinita variedad de calzados, sudores, olores corporales y hábitos higiénicos conviviendo en armonía (o no) en esa habitación de cuatro paredes con moqueta verde desgastada.

Me obcequé entonces en descifrar la procedencia de ese olor. Multipliqué huéspedes por días de la semanas, luego añadí los meses y finalmente los años. Más tarde, agregué otras variables a la ecuación; magnitudes aleatorias que combiné al azar con el único propósito de obtener una única fórmula química que explicase el origen de ese tufo que impedía que me reconciliara de una vez por todas con la humanidad.

Maldito Milán. “Todo el mundo es tan elegante aquí”, me digo mientras observo como cae la noche serena sobre la “Piazza del Duomo”.

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La chica guapa que se casó con el chico guapo

La chica guapa que se casó con el chico guapo

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La gente opinaba que la chica guapa debería estar con el chico guapo. Así que la chica guapa se lió con el chico guapo ya desde muy jóvenes.

En el pueblo había alguna que otra chica guapa, pero ninguna tan guapa como la chica guapa que se lió con el chico guapo. La gente exigía que la chica guapa se casase cuanto antes con el chico guapo. Así que el chico guapo le pidió matrimonio a la chica guapa y se casaron en una época donde ambos eran los más guapos. La gente aplaudió la decisión de la pareja.

La boda entre la chica guapa y el chico guapo fue el acontecimiento del año en el pueblo. Muchos se acercaron a la iglesia para ver el vestido blanco precioso que hacía que la chica guapa pareciese más guapa. También vitorearon y piropearon al chico guapo, pero en menor medida.

El acontecimiento superó las expectativas y la gente del pueblo se mostró satisfecha porque del enlace entre la chica guapa y el chico guapo nacerían hijos guapos que también vivirían y crecerían en el pueblo.

Tras la boda, perdí la pista de la chica guapa y el chico guapo. No volví a verles ni a tener noticias de ellos. Se fueron del pueblo a otro más grande donde posiblemente ya no serían reconocidos por ser la chica guapa o el chico guapo. Esta decisión no agradó mucho a los vecinos del pueblo y dejó en mal posición a los familiares de la chica guapa y del chico guapo.

Nunca me gustó la chica guapa del pueblo. En mi opinión tenía cara de cordero triste y estilo rancio. Pero ella siempre se creyó muy guapa y el chico guapo se creía muy guapo. Ambos me provocaban cierta tirria y rechazo. Yo por aquella época, aun era niño. Mi madre compraba ropa para que me pareciese al chico guapo y pudiera tener una novia guapa. Recuerdo como me peinaba como él (con la raya al lado) y como me atosigaba insistiendo a todas horas que debería aprender del chico guapo.

A mí, todo aquello me provocaba arcadas, al igual que cuando escucho canciones de Phil Collins o de Marta Sánchez.

Mi amigo Carlos, se convirtió en la adolescencia en el chico feo del pueblo. Todos lo sabíamos pero nadie se lo decía explícitamente. Mi madre repetía constantemente “¡pasas mucho tiempo con el chico feo del pueblo!” y yo, encogía los hombros sin entender muy bien el doble significado de aquellas palabras.

El chico feo se lió con la chica fea del pueblo, pero al contrario que el chico guapo y la chica guapa del pueblo, éstos no se casaron. Aunque por lógica bien podrían haberlo hecho y nadie se hubiese ni extrañado ni escandalizado. Hubiéramos aceptado esa relación como algo dentro de la normalidad, pero no fue así.

El chico feo del pueblo se fue a la ciudad y dejó de ser el chico feo para ser un chico intelectual. Uno de los pocos chicos con estudios universitarios del pueblo.
El chico feo convertido en chico intelectual volvía de vez en cuando al pueblo en un coche de marca alemana que ninguno nos podíamos permitir y nos miraba con cierta suficiencia y rencor. De no haberse marchado, su futuro en el pueblo estaría determinado y encasillado desde tiempo ha.

La chica fea del pueblo también tomó una decisión, a mi parecer, acertada. Se operó la vista y se operó otras partes del cuerpo. Creo que ahora trabaja en el departamento de recursos humanos de una empresa muy famosa de la capital. Por supuesto, ya nadie la considera la chica fea del pueblo.

Yo también me fui del pueblo. No soy ni guapo ni feo, posiblemente mi etiqueta sea la del “chico del ni fu ni fa”. Y con esa misma etiqueta y actitud sigo hoy en día. El chico del ni fu ni fa no destaca, no tiene un puesto importante en ninguna empresa, ni tiene un coche relevante. Mi pareja también pertenece al club del ni fu ni fa y nuestros hijos, si nadie lo remedia, también lo son y lo serán.

Somos personas sin pena ni gloria, o con pena y sin gloria, tanto me da. Vagamos por el mundo como espectros o fantasmas. No interesamos a nadie salvo a los bancos, las aseguradoras, las compañías eléctricas, las compañías telefónicas y demás multinacionales que viven y se lucran de nuestro dinero del ni fu ni fa.

Que triste.

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