La cabina vuelve a llamar

La cabina vuelve a llamar

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Se detiene un instante en la acera durante su habitual, y matutino paseo, entorna los ojos e inspira profundo el Mediterráneo, saborea en la punta de la lengua, la sal del mar en el interior de los labios, esta experiencia diaria es de las pocas cosas, que merecen la pena en el aburrimiento supino de su existencia. El Pepitu a pesar de llevar viviendo toda la vida en la gran ciudad, en una urbe admirada mundialmente, y plagada de turistas que entran en trance nada más pisar sus calles, se codea con gentes de aspecto lechoso en pantalón corto que, subidos a las sandalias, andan desnucados, fotografían a diestro y siniestro cada absurdo rincón por el que pasan.

Él siempre deseo irse lejos del barrio que le vio nacer, pero atado con nudo de doble lazo, no le permite huir de ninguna de las maneras. Cuantas veces ha querido mandarlo todo hacer puñetas, dejar todo atrás, todo, y no volver la vista nunca más hacía los gigantescos y grises bloques de pisos. Viviendas mal hechas, levantadas deprisa al amparo de la especulación institucional de los años sesenta. Eran nichos clonados para albergar, y amontonar almas penitentes, resignadas y amarradas a compromisos de todo tipo, con excepción del compromiso a ser felizmente libres. Podemos decir y decimos que, en cobarde silencio Pepitu es un resistente en muchas lides mundanales que le acechan. Aunque según dice la gente que le conoce, y, a los que él, ya ni les replica, estos dicen que es un inadaptado anclado en el pasado. Pero que narices, se grita en silencio a sí mismo, lleva años aguantando el bombardeo continuo de todos ellos, de todos los pesados que le rodean, soporta siempre, el machaqueo diario de la familia, de los amigos, los compañeros de trabajo, y hasta de los impertinentes, y lampiños dependientes de impersonales franquicias, que, con una estúpida media sonrisa dibujada en su rostro, le espetan con soberbio desprecio cosas tan tontas como.

— WhatsApp no tiene, ¿no? — No hijo, no tengo, sólo tengo SMS —Le contesta con un hilo de voz el Pepitu.

— Son 15,50 Euros caballero, que pase un buen día.  — Y sin más el pueril dependiente da por terminada la venta.

Una vez en la calle con un gesto de desprecio dibujado en sus labios, recuerda en la mente, la voz aflautada del insustancial mocoso, repiqueteando y arrastrando en la cantinela de día, la «ía» hasta el fango. No será gracias a ti, pensó al tiempo que giraba sobre él mismo y sobre su dignidad tocada pero no hundida.

Lo cierto es que, en esta guerra, Pepitu hace una eternidad que va perdiendo, lleva mucho tiempo escondido, agazapado, atrincherado en una guerra sin tregua, sin recibir compasión alguna por la inmensa legión de adictos a la tecnología que le rodean. Acosado sin piedad por los pobres diablos, que ven cumplidos sus sueños por el simple hecho de estar a la última en la moda tecnológica, son acosadores armados con el implacable e impecable Smartphone prolongando su brazo, con él recorren las calles, las pisan tiesos de superioridad, y todos ellos van derechitos como él en dirección al nicho que le tocó en suerte a sus padres en el sorteo de los bloques del barrio. Pero, eso sí, durante el camino disponen de toda la información posible en su poder, se contonean chulitos al andar, piensan que no le falta de nada a la última adquisición telefónica, hasta el tiempo que hace en Nueva York son capaces de decirte sin atisbo de equívoco.

Empieza a sonar una vez más, suena a través del tejido de la gastada americana que le cae por igual a derecha e izquierda de los hombros, discreto corre a refugiarse tras un árbol, mira a los lados y, sin levantar sospechas, despacio y nervioso extrae del bolsillo interior su querido y obsoleto Nokia 3310. Escondido en la palma de la mano y mirando a su alrededor para que nadie pueda darse cuenta del «atraso» —Debe ser el único aún lo posee Hace mucho tiempo que no ve a nadie hablar con teléfonos tan faltos de inteligencia como el suyo. En fin, dejemos la disertación aparte y volvamos a la llamada, a la última llamada recibida; es posible que esta llamada tenga la explicación del cariño por un terminal tan añejo. En la pantalla gris iluminada solo aparecen seis dígitos amarillentos. Ese es un dato que, a pesar de ser un tipo clásico y, para sus hijos más bien un tipo rancio, ese número tan corto le hace sospechar, un número de móvil no puede ser con tan pocas cifras, un fijo tampoco, ya que de unos años hacía aquí hay que añadir el prefijo, y de los pesados del número de impagados de la financiera del sofá aún menos. Lo dejo sonar cinco, diez, veinte, hasta treinta veces los tonos, de mientras el cerebro le echaba humo intentando discernir ¿Quién podía ser?

Con la curiosidad por todo lo alto, y con cierto acelero en los latidos del corazón, justo cuando iba a descolgar dejo de sonar, le lleno de inquietante silencio en sus pensamientos. Ni cinco minutos pasaron cuando estridente volvió a llamar, otra vez, igual, los mismos seis números. Sobresaltado, con temblorosa decisión presiono la gastada tecla verde, y con un hilo de voz de temerosa timidez, esta vez sí consiguió responder.

  • — ¿Si, dígame?

Al otro lado de la línea una voz masculina, el tono de voz le resultó familiar.

  • — ¡Soy José Luís, usted no me conoce, pero me tiene que ayudar, estoy atrapado, hace muchos años que llevo atrapado, ahora vienen, no puedo seguir hablando! Le volveré a llamar.

—    Asustado, Pepitu gimoteaba, no entiendo, ¿oiga?, ¿oiga?

Había colgado, ahora sí empieza a tener mucho miedo, desconcertado devuelve la llamada al número de seis dígitos, y ni un tono sonó.

  • — El número que usted ha marcado no corresponde a ningún abonado. —Decía la voz mecánica del operador telefónico.

Y, Santas pascuas, así se quedó todo el día, pensando, ensimismado y nervioso. La voz, esa voz tan familiar, la había oído infinidad de veces, pero no lograba recordar dónde o de qué.

Llegó la noche, y en el nicho 7º B de la escalera interior derecha le esperaba la cena familiar. Que, para no crear buenos precedentes, fue igual de tediosa que las cenas de los últimos años, los niños dándose codazos mientras wasapean, su mujer la Mariana explicando sin parar, yo no sé qué, de unos vecinos, algo que se supone que debía conocer. Que, si habían montado un cisco de bíblicas proporciones, algo inaudito según ella en una comunidad que de unos años para acá se habían convertido por obra y milagro bancario en clase media. «Creo que la raída americana del Pepitu no estaría de acuerdo con la afirmación» Con la mirada clavada en la Smart TV, no oye la descripción con pelos y señales de la escenita de los vecinos. Ya ni se irrita con la tontería que llevan encima el par de malcriados de clase media sentados enfrente de él, y hoy ni siquiera refugia el pensamiento como es de costumbre en la imagen de Matías Prats y Mónica Carrillo. Hoy solo piensa con emocionante temor en José Luís, en su voz tan familiar, lo tiene en la punta de la lengua, pero no hay manera, se aferra a la punta de ella como Harold Lloyd a la punta de la aguja del reloj.  Por un lado, quiere que le vuelva a llamar, pero por otro no sabe en qué líos puede acabar metido, y como venimos diciendo Pepitu nunca ha sido un tipo excesivamente valiente.

— ¡Mañana es sábado, así que mejor me tomo el Orfidal de rigor y me voy a dormir!

Pensó, con un poco de suerte hasta que no acabe «Tú cara me suena» eso será más o menos sobre las dos de la madrugada, hasta ese momento no cree que aparecerá la Mariana por la alcoba, este vocablo es de nuevo uso familiar, ya que, según ella, dignifica el dormitorio y reafirma la clase media a la que sin duda pertenecen, y gracias a Dios para esas horas ya estará dormido como un tronco.

El sábado amaneció soleado en la ciudad Condal, los vecinos pueblan bien temprano las calles del barrio, sonríen felices de no tener que ir a trabajar, se bambolean socarrones y alegres bajo el Sol que les ilumina. Hoy es el día de la semana en que se pavonean unos frente a los otros, alardean en competición constante de lo importantes que son todos y cada uno de ellos en sus trabajos, nada funcionaría sin su capacidad y experiencia, porque ninguno de sus jefes vale nada sin ellos. Pero al tiempo que llega el segundo round lúdico matinal, que consiste en ver cuál de «sus» empresas es la de mayor magnitud, es en ese momento, cuando se produce el milagro heredado de padres a hijos. Inexplicablemente a una hora determinada dirigen inconscientes sus pasos envueltos en alaridos gallipavos hasta el bar de costumbre, allí, ya no hay límites, allí pueden dar rienda suelta a las más grandes bravuconadas y fanfarronerías. Han sido atraídos por una fuerza gravitatoria invisible, que irremediablemente hace que a las once de la mañana la barra del Bar-Vero sostenga ya varias decenas de quintos, y sujete una treintena de codos reclamando entre alaridos las tapas.

Ante la grotesca escena Pepitu huye a paso ligero y con la vista perdida al frente, a medida que se aleja el griterío disminuye paulatinamente convirtiendo primero el vocerío en murmullo y en silencio finalmente. Con las hombreras de la americana resbalando por los brazos, va en busca de la tranquilidad, que le proporciona el anonimato durante el paseo cerca del Moll de la Fusta, acompañado de las caras sonrientes sujetas a cuellos cervicalmente dañados de los abducidos y desconocidos turistas.

Entre el gentío resguarda sus momentos de libertad para pensar, y esa mañana tenía mucho que meditar. En la mano derecha agarraba con fuerza temblorosa el 3310, la respiración acelerada y, la debilidad corporal al andar, delatan las luchas en su fuero interno, por una parte, quiere que ocurra, pero por otra el miedo le atenaza, aunque está seguro de que va a ocurrir y, sin tardar mucho, sin hacerse demasiado de rogar. Rozando el mediodía, con el calor apretando a cada paso al desandar la amplia acera junto a Capitanía. De pronto empezó a sonar, el brazo le temblequeó y, por un instante pensó en no descolgar, pero no tenía más remedio. Como decía su abuelo «a la fuerza ahorcan» que hombretón era, que valiente era el tío. Pepitu debía salir de la rama de la abuela pensaba siempre de él mismo. En fin, en otra ocasión nos centraremos en los antecedentes familiares de nuestro protagonista. Los tonos no cesan, él cubriendo el móvil con la mano y con la frente perlada por alguna gota de sudor, unas pequeñas gotas que resbalan por la mejilla al inclinar la mirada y ver en la pantalla los mismos dígitos de ayer. Empujando la voz hasta los labios, el sonido que emitió le recordó la voz aflautada de los últimos discursos del Caudillo.

  • — Si dígame —contesto Pepitu—
  • — Al otro lado oyó. — Vuelvo a ser José Luís, tiene usted que ayudarme.
  • — Yo no sé quién es usted, ¿Por qué yo? — Repetía lastimero.

Con serenidad, a pesar de las circunstancias que debía estar pasando aquel individuo, José Luis le contestó.

  • — Tranquilícese, a todos nos controlan a través del teléfono, todo empezó en los años setenta.
  • — No entiendo que me quiere decir.
  • — Pepitu tiene usted que venir, me tiene que ayudar.
  • — ¿Cómo sabe usted mi nombre? —Contesto entrando en pánico.
  • — ¡No tengo más tiempo, estoy en una cantera abandonada en la salida de Madrid dirección a la sierra, venga usted Pepitu, se lo ruego, es el único con el que he podido comunicarme en años, venga por favor!
  • — ¿Oiga José Luís? Si yo vivo en Barcelona, y solo he ido a Madrid una vez, le aseguro que yo no soy en absoluto su hombre ¿Oiga? ¿Oiga?
  • — El silencio se apoderó de nuevo de la tecnología.
  • ¿Qué pinto yo en Madrid? Que lio, que monumental lio, que tesitura señor, quizás me hubiera ido mejor quedándome en el Bar-Vero hinchándome a quintos y cortezas de cerdo revenidas. —Se reñía a si mismo sin parar.

La madrugada silenciosa amparada en la oscuridad solitaria, certera como una daga afilada, precisa y, que, sin remedio, siega siempre un día con el siguiente. Pero la madrugada del sábado fue testigo fiel de este hecho, hasta que llegó el alba del domingo. A diferencia de la placidez acostumbrada que le proporcionaba los ansiolíticos, la noche de hoy transcurrió extremadamente interminable, horas que pasaron lentamente invencibles. Por fin, con el sol iluminando el frescor de los poyetes de hormigón del enjambre de ventanas que cubren cada uno de los edificios del barrio, el Peiptu se pone en pie, y frente al espejo del baño la imagen le devuelve sus ojos dibujando el radio de una telaraña de color rojo en ellos, con el grifo abierto a riego portillo, se da varias palmadas seguidas, impulsando con fuerza el agua fría contra su rostro, chiscando entero el espejo, intenta espabilar la cara, pero aun así al cerrar fuerte los ojos nota el picor de unas almohadillas situadas en el interior de los parpados que le oprimen los globos oculares, ni el agua tan fria de las cañerías hace que se recupere de la noche toledana que le ha hecho pasar el dichoso José Luís.

Mientras aún duermen en casa, agarró la mochila de las excursiones del niño, con vinilo de Dragon Ball incluido en la solapa que cierra el pequeño macuto, y en él echó cuatro mudas, unas camisetas y un pantalón, todo ello medio arrugado, y con más miedos que decisión se aventura a las solitarias calles del domingo. Va en busca de la boca de metro que dista un par de manzanas, si, un par de manzanas, así como dicen en las pelis y series americanas. Una vez subido en el metro de la línea roja y tras un transbordo en Sagrera, el subterráneo le dejará bajo la estación central de Sants, y desde allí, le separan seiscientos kilómetros de la aventura, un abismo le separan de José Luis.

A pesar de llevar toda la vida en Barcelona, como si de un turista se tratará, tuvo que preguntar cómo se iba a la vía de salida del AVE 03462 con destino a Madrid que sale a las 6.40 de la mañana. Entre un montón de directivos encorbatados en sus trajes destacaba él en el andén. Tras las indicaciones de una joven azafata a la que sólo vio sus relucientes zapatos corporativos, dado que la belleza de la azafata sacó la legendaria vergüenza que arrastra el Pepitu desde siempre, siguiéndola con la cabeza gacha se sentó. El resto del pasaje a su alrededor desplego todo tipo de artilugios informáticos, y el de mientras miraba hacía todos lados. Fuera de lugar después de rechazar tomar nada del carrito que apareció por el pasillo, se centró en una peli que pusieron, más que por el interés en el filme, para parecer que pasaba desapercibido. En menos que lo que tardaba él en llegar a Canovelles en las cercanías, con una velocidad endiablada ya se encontraba en Atocha. Tras despedirse de los zapatos de la joven azafata, se volvió a sentar, está vez en un banco del hall de espera.

Su 3310 volvió a sonar, ya un poco más acostumbrado, parecía más seguro al descolgar. Casi no pudo decir nada, balbuceando recibió la dirección de la cantera y la orden tajante de coger un taxi y presentarse lo antes posible para rescatar a José Luís. Durante la espera en la cola de los taxis, se decía a si mismo «Este hombre se está poniendo muy altivo, y aquí el que le hace el favor soy yo» sin creérselo, remató «Cuando lo vea le voy a decir cuatro cosas al amigo José Luís» Ensimismado en ponerse bravo en su interior, escuchó.

  • — ¿Oiga sube o qué?
  • — Si, si voy.

Le leyó la dirección al castizo taxista, y este con un palillo ladeado en la comisura de los labios y con un arrastre de las silabas al dirigirse a Pepitu le dijo.

  • — ¿Se va a quedar allí solo?
  • — Si, me espera allí un amigo.
  • — Bueno, usted sabrá.

El taxista bastante tenía en su vida para preocuparse de él. Después de despedirse, y tragar el polvo en la arrancada del taxista cabreado por la escasa propina que el Pepitu le dejó, se aventuró con su mochila al hombro por un camino que indicaba «Mina abandonada no pasar» Soplando un par de veces, se envalentonó para adentrarse por el túnel, la linterna de los niños alumbraba muy poco cada paso. Tras un tiempo que no podía determinar llegó a una galería inmensa llena de miles de cabinas cerradas, de las que recordaba en su niñez. Todas ellas encerraban un esqueleto vestido, unos arañando los cristales, otros en posición fetal en un rincón de la diminuta estancia.

Con los ojos fuera de las orbitas ante el espectáculo dantesco, oí que me llamaban.

  • — Pepitu, aquí, estoy aquí, venga por Dios.
  • — ¿Dónde? No le veo.
  • — Hacia arriba mire hacia arriba.

Al mirar vio una cabina entre aquel cementerio telefónico que débilmente le hacía señales con la mano desde una altura de cuatro cabinas, fui subiendo con la mochila al hombro como si se tratara de emular a Indiana Jones. Una vez frente a la puerta donde estaba encerrado José Luís, miraba el bulto en su interior que estaba agazapado, veía su espalda, la nuca cubierta de pelo negro, y sus piernas y brazos haciendo un ovillo. Empujó la puerta, y esta se abrió dejando un hilo de polvo proveniente de las gomas que sellaban la puerta, una vez dentro. Gritó José Luís, soy yo el Pepitu, ya estoy aquí para rescatarlo, al tiempo que le gritaba le movió el hombro violentamente, y en vez de darse la vuelta se desmoronó. Las tibias, fémur, pelvis, brazos etc. se desparramaron por el suelo, trozos mal vestidos por el traje raído de los años setenta que vestía mi amigo misterioso, en la caída de los huesos, varios de ellos le golpearon en sus piernas. Se giró, sin respirar, corriendo ralentizado por el pánico, intentó abrir la puerta, pero no había manera, con los ojos fuera de las orbitas, gritaba y se rompía la uña intentado salir. En ese momento la voz, la voz que le había llevado hasta allí empezó hablar por megafonía.

  • — Este tranquilo, no es nada personal contra usted. Dado que vuelve haber demasiada población, nos vemos obligados a iniciar una nueva campaña para limitar sobrepoblación en el mundo.

Llorando entre los huesos de José Luís, el Pepitu se culpaba de que le habían vuelto a engañar, como tantas veces le había ocurrido en su vida.

Tenía agua y unas galletas en la mochila y, pensó, que quizás le daría tiempo para aguantar hasta que la Mariana pusiera en aviso a las autoridades por la desaparición. Dos semanas más tarde en Barcelona, y durante una cena más, la Mariana habló con sus hijos, estaba sería, pero no parecía preocupada, con la sopa humeante en la mesa les dijo a sus hijos.

  • Niños, creo que vuestro padre nos ha abandonado, pero no os preocupéis que mientras tengáis a vuestra madre no os faltará de nada.

Y así de esa manera zanjo el tema, los niños ni levantaron la mirada de la Nintendo DS ante la noticia.

Jordi Rosiñol Lorenzo.

Este relato quiere ser un pequeño homenaje a «La Cabina» La innovadora y genial película de José Luis Garci, Antonio Mercero y José Luis López Vázquez.

Harta del Tío

Harta del Tío

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Quiero decir, antes de nada, que jamás hubiera hablado públicamente si la incontinencia verbal del humano con el cual comparto mi vida, no me hubiera nombrado en Desafíos Literarios. También quiero dejar muy claro, y doy mi palabra solemne como gato de buena familia, dotado con infinidad de generaciones felinas del más alto standing gatuno, que no he cobrado nada de esta página literaria, y que mis declaraciones son meramente una defensa de mi honor ante la sarta de mentiras proferidas contra mi la semana pasada en estas mismas líneas.

Él, no quiero ni nombrarlo por su nombre, es un eslabón indeterminado en la cadena evolutiva, es un humano simplón, con más ínfulas que neuronas a su servicio. He tenido mucha paciencia con él, recién nacida acabé en un rellano de una comunidad inmensa de propiedades, cada una con su familia correspondiente. Cuando digo inmensa, hablo de una infinidad, y va, y abre la puerta el Tío, no les he comentado que él me llama “Niña” y yo a él el “El tío”, bien una vez aclarado el tema nominativo les explicaré mi primera impresión. En aquella época pesaba pocos gramos, era como una bolita parda con dos orejas tiesas, esperaba que la fortuna me sonriera en la vida, estaba en el rellano a oscuras y, pensé en maullar sostenido, sostenido y grave para llamar la atención dado que el hambre tras mi destete hacia mella en mi estómago, no tuve que forzar mucho mi garganta, cuando una lengua de luz amarillenta dibujo a mi alrededor una puerta abierta, y al pie de ella un ser humano con una cara de bobo que les impresionaría.

Así fue mi llegada a la casa, por suerte los otros miembros de la familia tenían las neuronas más desarrolladas y, gracias a ello por un lado, no intentaron ni imponerse intelectualmente, ni “educarme” con el supremacismo étnico con el que lo hacia el tío. Por desgracia, la mayoría de las mañanas las pasamos juntos. Como dice él, es cierto que me siento en frente suya, pero, para unos ratos reírme, y otros mostrarle mi desdén ante la pose que adquiere el Tío frente al ordenador, con gafas de intelectual, bata de boatiné con cuadros escoceses, y una humeante taza de café recalentado en el microondas hasta conseguir picos de radioactividad a considerar, se piensa que es James Joyce escribiendo Ulises el muy idiota.

Por último, les quiero decir que nunca más me van a ver por aquí, por que yo no vivo de esto, si el Tío dijera algo más de mí, por supuesto lo haría para que yo le de una audiencia que no se merece, y ni mucho menos le voy a premiar con un cara a cara en prime time.

Atentamente La Niña.

 

 

Mis conversaciones privadas con la “Niña”

Mis conversaciones privadas con la “Niña”

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Parda, de pelaje pardo, me la suele liar «parda» desde el mismo momento que asomo el hocico por la puerta. Desconsolada gimoteaba sin perder detalle de todo lo que ocurría a su alrededor a través del verde penetrante e inteligente de sus ojos. Todo comenzó esa tarde, la tarde noche que se inicio la contienda intelectual más difícil de mi vida. Ella me miraba fijamente con desdén, mientras al resto de la familia les ponía ojos de cordera degollada, todos le acariciaban y besaban, y ella se dejaba querer ronroneando falsamente, al tiempo me mira de reojo, y me sonríe con sutil maldad y de soslayo.

Los días pasaron, ella crecía, y el pulso lo mantenía, intente infinidad de veces ganarme su cariño, me decía a mi mismo «es un animal no tiene mi inteligencia humana» error craso error el mío. Cuando intentaba acariciarla, después de mirarme me zarpeaba, o me mordía con todas sus ganas, me llego a plantear si en otra vida le hice algo. Mis brazos siempre van tatuados de su amor por el ser humano, mi nariz en la actualidad tiene diferentes orificios como para colgar de ellos varios piercings, me gruñe al pasar juntos por el pasillo, y esto no puede continuar así.

Ahora que ya ha alcanzado la edad adulta, me he impuesto que no pase un día más sin poner solución al tema de la “niña” así la llamamos. Creo que ha llegado la hora de imponer mi autoridad humana ante la desfachatez de tan altivo animal. Huyendo del castigo físico, me preparo para ganar la batalla de las ideas. Me asusta un poco su imagen, tiene un aire ladino en la mirada, y un parecido físico en los bigotes con Aznar, eso era lo que más me asustaba al asumir el reto que me había impuesto la vida.

Así que, mientras mi señora está trabajando y el niño en el instituto, decido dejar de aporrear un rato el teclado del ordenador, y sentarme con la niña en una pausa breve para demostrarle que aquí, el que manda soy yo, el ser humano y que ella es solo un mamífero inferior ante mi evolución natural. Nos sentamos en el tresillo, uno frente al otro, ella con elegancia recogía hacia delante su larga cola, y erguida me miraba fijamente a los ojos, yo con las piernas cruzadas y vestido con mi mejor pijama, dejo caer las gafas por el tabique nasal para hacer aún más interesante mi superior humanidad, dejé pasar unos segundos, ya que ella no rompía el silencio ni la pose en ningún momento. Con voz firme le espeté.

  • Niña, no crees que ha llegado el momento que cada uno asumamos nuestro papel en casa. —Sin inmutarse me contesto en un perfecto castellano.
  • Y tú no crees, que en esta casa y por muy humano que seas no eres ni por asomo lo más inteligente que pisa su suelo.

Con las gafas a punto de desplomarse en la larga caída por el puente nasal, pensaba, no es posible que haya hablado, ¡Pero lo ha hecho! Lo he oído. No habrá gatos por la calle, que me tiene que tocar uno que habla y además le caigo mal. ¡Qué suerte la mía!

  • ¿Cuándo estés preparado realmente para hablar me avisas? — Me contesto soberbia, y tras ello de dos brincos desapareció de mi vista.

Esto va a ser más difícil de lo que preveía, voy a pensar mi estrategia con la sorlisa esta, y la semana que viene me vuelvo a medir con ella.

Jordi Rosiñol Lorenzo.

La playa de Argelès

La playa de Argelès

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No puedo empezar a narrar esta historia sin decirles que desde entonces jamás he vuelto a pisar una playa. A diferencia de la inmensa mayoría de las personas, no soporto el sonido de las olas rompiendo en la orilla, al recordarlas me chasquean como fríos latigazos de salitre penetrando en mi piel. Aún en la actualidad recuerdo la fría humedad de la arena trepando con la fuerza de una enredadera por las piernas, e invadiendo de temblor incesante su escalada hasta hacer cumbre en el último centímetro de la piel. Cada minuto, cada hora, cada día de nuestra existencia, uno tras otro no desiste en la insistente tortura. Pero lo peor era las eternas noches temblando bajo una sucia lona, rodeada de llantos infantiles acompasados a coro con los sollozos maternales. Muchas noches quedaba en duerme vela con el gemir lastimero de las madres de fondo, madres desesperadas ante el desenlace del martirio, desgarradores quejidos ante el silencio eterno del llanto de su niño, en los débiles y temblorosos brazos impotentes yace el cuerpo, inerte lo acunan. Tantas fueron las inocentes criaturas que dejaron de sufrir, arrebatadas las vidas sin vivir a mano de la fiebre, cada noche era una noche más, y con ella siempre un hijo menos. Largas las horas pasan oscuras, interminables, perpetuas pasan, hasta qué, con el alba, los tímidos rayos de Sol aparecen para iluminar la penuria, pero en absoluto para calentar el frio drama nocturno. Otro mísero día después de más de tres años de guerra, de lucha sin razón, del odiado conflicto que nos arrastró a la violencia entre familia, amigos, vecinos. Tantos años de carencias, sin tener intención nunca a participar de ella, agolpados en la mayoría, que en silencio sufrimos la Guerra civil.

Y de postre, como decía siempre mi madre, «si no quieres caldo, toma dos tazas» y así en el último acto de la tenebrosa función, como un guiñapo me encuentro en medio de la tragedia, donde las víctimas que me rodean, ni siquiera saben ni por qué están allí. Tengo la impresión de que nosotros siempre hemos sido los vencidos hasta en las victorias. El espino de la alambrada a nuestro alrededor nos separa del mundo, nos sentencia sin juicio previo, y lo que es aún peor, nos condena sin delito cometido. El peligroso oxido del alambre punzante a nuestra espalda nos detiene, y el rumor gritón del mar nos mira vigilante de frente, altivo silencia el aullido de auxilio al mundo, Europa asentada sobre un volcán a punto de erupción, mira hacia otro lado, Europa siempre mira hacia otro lado.

Y mientras tanto, agolpados, empujándonos entre nosotros, ya sin apenas fuerzas, arrastrando los pies por la asquerosa y fría arena de la playa de Argeles, deambulamos con la mirada sin vida, con los oídos sordos, y la piel quemada por el Sol filtrado a través de la sal escupida por el mar. De esa guisa esperamos penitentes la llegada diaria de los camiones franceses, que nos mal nutren el hambre cada jornada. A nuestro alrededor tan solo unos pocos gendarmes situados con desgana al otro lado del perímetro, indicando prepotentes a las tropas procedentes de las colonias africanas que pongan orden, que apliquen disciplina a los españoles. Cierro los ojos y veo los suyos, sus ojos estaban llenos de desprecio hacia nosotros, y sus palabras escupiendo arrogancia en un brusco y mal hablado francés «atrás, atrás» dicen amenazantes, blandiendo al tiempo los fusiles.

Con los camiones parados ante la hambruna, no pasará mucho tiempo para que empiece el baile de insultos y de vejaciones, un arduo esfuerzo para conseguir engañar el estómago en una nueva jornada de calvario. El exiguo premio era una dieta basada en un prematuramente endurecido chusco de pan y un puñado de legumbres para hervir con el agua de mar, ese era el menú que nos ofrecía la prestigiosa cocina francesa, la gastronomía de nuestros vecinos.

A mis dieciocho años, y a pesar de arrastrar una anemia crónica en el tiempo, a pesar de los tres años de guerra y un recién forzado exilio, mi juventud y fortaleza alimentan mi esperanza de vida, superando a la media del campo, a la media de la puñetera playa. Paso las horas muertas alimentando la supervivencia en el recuerdo de mi infancia, de mis padres, el pueblo, el colegio y mis amigas.

¿Qué habrá sido de ellas? De esa manera me aíslo del sufrimiento propio, y del que me envuelve, que en realidad es el mismo, es un tormento compartido. No puedo dejar de recordar, he de agarrarme al hilo de vida que me ofrece la memoria, y la fortaleza del amarre me salvará, como así fue.

Han pasado cincuenta y tantos años, no me apetece ni contarlos exactamente ¿Para qué? Si nadie se acuerda ya de la playa de los españoles, ni a nadie parece importarle lo más mínimo. Pero lo cierto es que todos los que pasamos por allí tenemos una historia que contar, nuestra historia, aunque para la historia oficial solo somos números, hechos irrelevantes en el conjunto de la historia. Por la parte que me toca, por no saber, no sé ni qué número soy de los cien mil “internados” que se calculan que estuvimos en la puñetera playa de Argelès.

Jordi Rosiñol Lorenzo.

Hogar de lata

Hogar de lata

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Apabullantemente soleada, la mañana se abre paso a través del ventanal de cristal biselado que centenario se engarza en el marco de madera mil veces barnizado. Aquí en la menuda salita de estar, bajo los tres metros de altura del techo que corona las cuatro paredes, allí en el centro de la estancia, perenne se encuentra la mesa camilla medio iluminada, y a la vez caldeada por la timidez perdida de los rayos del Sol, que desafían la mañana al intuir cercano el mediodía. Sobre la redondez de la mesa vestida con elegantes faldones estampados, encima de ella se encuentra mide galletas holandesas, unos dulces que un día hace ya mucho tiempo, alguna visita portó como presente.

Sin sorpresa ante la apertura de la lata, su sonido característico y conocido me indican la llegada de un nuevo día, me desperezo estirando mi lánguido ser suavemente clavado sobre el canutillo mullido de hilo blanco que me sirve de cama. Sin prisas, con cariño, pero también con firmeza, me sujeta entre las suaves yemas del dedo índice y del dedo pulgar, y veloz me eleva en el espacio de la estancia. Con la mirada fija no puedo dejar de observar el dorso de la mano derecha hurgando, rebuscando en la anárquica caja de labores, unos instantes que me permiten contemplar la extremidad gemela a la que me mantiene sujeta, tanto las manos como el rostro a mi espalda lucen de radiante belleza apergaminada. Con pausada rapidez me vuelve a elevar en el ritual diario que me hace protagonista absoluto de ese momento. Asciendo hasta que hace coincidir la claridad de la ventana con la cabeza horadada en el templado acero de mí ser, detrás el ojo medio guiñado, delante y al tiempo al otro lado, en un instante de alineación perfecta, una alineación eclíptica, y precisa entre los tres elementos, en tan sólo una décima de segundo, la hebra de hilo de algodón blanco que me sirvió de lecho atraviesa mi ser, cosquillea el interior de las paredes a su veloz paso. Semejante al matador en el ruedo la anciana arquea el cuerpo hacia delante para culminar la faena. Así, con esa precisión enhebra después de años de experiencia el hilo, el filamento previamente humedecido en la comisura de los labios, en un abrir y cerrar de ojos ya recoge el hilo al otro lado y lo anuda mágicamente enlazando las dos puntas.

Una vez estirado y bien apretado, la anciana se relaja y vuelve armoniosa a mecernos en el silencioso balancín. Tararea coplas de Cocha Piquer, coplas que relatan tristes la desdichada y prematura muerte de una joven Reina, con el soniquete bailan sin descanso las puntadas, hilvanan rigurosas el pespunte del bajo del pantalón de turno, que acampanado vestirá a una de sus nietas en la oscura nocturnidad de la boîte de moda.

A semejanza del mar de incalculables olas que acarician la arena, igual de eterna es la creencia en la durabilidad e importancia del balanceo contante del cosido. Todo transcurría en una feliz monotonía colmada de melosas notas musicales de fondo. Pero una mañana la lata no se abrió, y a ese día oscuridad, le siguió otro, y otro más, así indefinidamente. Hasta, qué, ya desorientados, asustados, e instalados en la negrura, llegó el momento en que la caja sonó diferente, el brusco ajetreo externo nada bueno anunciaba, después de golpearnos violentamente los unos contra los otros, contra las paredes, contra la tapa y volviendo al suelo de la lata de nuevo ¡fue en ese momento que vi el final! Lo delataba la mirada y el cambio del sobrio brillo del dedal tornándose de aterrado color gris mate.

Finalmente se abrió la lata, y entre sombras, con la paz perdida, caímos todos en cubo inmundo de con olor nauseabundo, unas décimas de segundo bastaron para no vernos más. Y desde entonces en el huérfano e interminable vagar, deseo que las ancianas y añoradas manos apergaminadas encuentren de nuevo la aguja perdida en el pajar.

Jordi Rosiñol Lorenzo

Photo by CaOsHi

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