Escribir es un deporte de riesgo

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Escribir es un deporte de riesgo

Hoy os vamos a descubrir el secreto mejor guardado de un autor, tan oculto y misterioso como el conejo que habita en la chistera de un mago. A primera vista el único riesgo de escribir podría recaer en una uña descarnada ante un aterrizaje entre las teclas emocionado bajo el énfasis de los efluvios de la inspiración, pero no, ese no es el mayor de los riesgos y, consecuencias ¡Qué también!

Volviendo a la inspiración, regresamos a la chistera del escritor, donde remueves con las dos manos en la imaginación, y con ellas elevas cientos de palabras que, al sacudirlas contra la pantalla, solo unas pocas quedan dibujadas en el texto, el resto de estas se escurren entre los dedos, y vuelven al fondo de la fantasía para una mejor ocasión.

Si ya es difícil los anteriormente expuesto, la realidad diaria es más prosaica. Cuando andas buceando a pulmón en la mencionada chistera, y mantienes la respiración escarbando en el fondo oscuro de tu interior durante horas sin que puedas pescar nada, y justo cuando te viene la idea, resuena de fondo en la puerta.

  • ¿Estás ya? Llevas todo el día con eso, vamos a comprar y ya seguirás después.

Todo el día arriesgando en las profundidades de uno mismo para nada, porque tras la compra, el perro se dejará las uñas en mi muslo para salir a mear en algún árbol, y si me hago el remolón la gata se parará sentada en frente, y erguida me atravesará con la mirada de reproche que también le sale a la condenada.

Dedicado a todos mis compañeros de Desafíos literarios, y a su esfuerzo para el éxito de la presentación de nuestro último libro «El año que escribimos peligrosamente»

(Vídeo creado por Gemma Olmos)

Jordi Rosiñol Lorenzo

La batuta mágica

La batuta mágica

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La tristeza, lánguida, silenciosa, pérfida e incesante en su caminar, recorre el mundo sin descanso ideando constantes formas de maldad, de desconsuelo y, de depresión, allá por donde pasa. Insegura, la infeliz odia profundamente la alegría, detesta percibir feliz al ser humano.

Pensativa y testaruda rebusca en el cofre de la perversidad, en él debe encontrar la solución definitiva, rotunda en la tortura que se oscurezca desde hoy y por siempre el planeta en una nebulosa gris que borre la sonrisa de los rostros de las personas. Eligió la clave musical de Mi por azar, la elección de una de ellas era lo de menos, el robo de cualquiera de las notas cumplía a la perfección su plan.

Asomada al pentagrama arrancó de él la mencionada clave, ante el estupor de cientos de miles de composiciones musicales que aterradas vieron mermadas la mayor de sus facultades, ya no podían armonizar la felicidad que les rodeaba. Cuando todo el mundo lo daba por perdido, apareció él en el escenario, vestido para la ocasión y agitando firme y fuerte la batuta, con inusitado frenesí, logró arrancarla de la mano de la tristeza, y devolverla por siempre al pentagrama de la felicidad humana.

Jordi Rosiñol Lorenzo

https://youtu.be/vHqtJH2f1Yk

Miguel y María

Miguel y María

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La habitación conserva su aroma a pesar de que el tiempo inexorable no se detiene, cruel avanza hacia el olvido de una vida en común, que para él es la perpetuidad indiscutible de un rosario de recuerdos capaces de cambiar en décimas de segundo la mueca sonriente de gozo, y tornarla en tristeza en su rostro por la reciente ausencia de su amada tantos años. Vestido con la elegante bata, ataviado con el último regalo de “Reyes” que recogió aún no hace un año del árbol decorado con el típico espumillon y las bolas de colores. Al recordarlo, el anciano ve detenerse la estrella fugaz que presidio más de cincuenta años la copa del abeto situado cerca del hogar. La estrella se detuvo en seco, de golpe, sin avisar dejó de iluminar el día a día de aquella pareja que se le iba envejeciendo la piel, distendida se descolgaba haciendo pliegues tostados en sus rostros, aunque en el suspiro vital de su amor siempre se mantuvo tersa como la piel rosada de la adolescencia de María fielmente recordada por Miguel.

Acomodado en las mullidas zapatillas, Miguel sostenía difícilmente un vaso de leche tibia mientras recorría torpemente el pasillo hasta la habitación, al llegar deposito sobre la mesilla el vaso y las pastillas que tenía que tomarse. Ningún médico supo desde la fatídica noche, recetarle el medicamento adecuado para curar el mal que él padecía. Se quito la bata y la colgó del perchero de pie, se metió las pastillas en la boca, dio dos buches a la leche, y metido ya entre las sabanas estiró los brazos y las piernas buscando lo imposible. En cuanto empezó hacer efecto el orfidal sus ojos empezaban a darse por vencidos una noche más, una jornada menos a restar en la travesía hacia el fin.

Las sábanas frías, la cama inmensa, y no estaba ella para abrazarla, para acurrucarse los dos en cuchara, la huelo, pero no la toco, la siento, pero no la oigo. Quiero taparle los hombros desnudos, notar su respiración sosegada, retirar el pelo de su cuello y acariciarlo mientras duerme. Junto a maría los años que parecían meses, y en su ausencia, tan sólo unos pocos meses le parecen siglos. Una vez consiguió quedarse dormido, no supo cuanto tiempo había pasado, pero en el fondo le daba bastante igual. Miguel abrió los ojos y la oscuridad era diferente, era de una negrura nunca conocida. La paz y el silencio acompañaban paradójicamente la tenebrosidad, se despojó de la ropa de cama y al mover sus manos las vio describir gráciles destellos de una estela blanca que no iluminaba nada en absoluto, intentó levantar la voz y solo se oía él a si mismo con un tono pausado, empezó a mirar hacia todos lados, miraba en dirección al armario ropero de estilo clásico elaborado en noble nogal, giraba lentamente la cabeza hacia la cómoda a juego donde tantas veces se peinó María. Se miraba los brazos agitando las nebulosas, cuando de pronto otras estelas comenzaron a bailar por el espacio de la habitación. Miguel no tenía miedo a pesar de la novedad que se le representaba esa noche, sin tener referencias de tiempo, en un momento dado una de aquellas estelas se paro suspendida en el aire frente a él, fijó la mirada, penetró cada vez más en la figura que se iba formando, la imagen se hacía más nítida progresivamente hasta dejar ver el rostro joven de María que venía a buscarlo, venía a buscar a su amor huérfano en la tierra. Al verla, Miguel sollozaba alegría sin lágrimas, alargo sus brazos y levitó hasta ella, se fundieron en un abrazo silencioso que hablaba a gritos.

A la mañana siguiente al descubrir los hijos el anciano cadáver de su padre sobre la cama, se miraron y comentaron. — Seguro que está con Mama. — Y no se equivocaron.

Mi madrina ¡Qué mujer!

Mi madrina ¡Qué mujer!

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Mi madrina ¡Qué mujer!

Un mal día lo puede tener cualquiera, como así sucedió en un asunto que en principio parece tan irrelevante como la elección de tus padrinos, en el caso que nos ocupa, fue concretamente el error escogiendo a la madrina del chiquillo. En descargo de los progenitores y su salud mental, han de saber que el retoño nació berreando con tal intensidad que parecía una cría de ñu cruzando el Serengeti sorteando las mandíbulas de terribles cocodrilos, bramó nada más ver la luz blanca del paritorio, y no dejo de hacerlo durante los ocho meses siguientes. Los padres miraban al bebé con la cara desencajada y los ojos vidriosos, el blanco ya era amarillento en los mismos, las órbitas radiaban decenas de venas rojas. La alegría en la espera de los nueve meses de embarazo, ese deseo incontenible de parir de una vez a aquella criatura se había tornado en una pesadilla después de los dolores.

La familia y amigos desfilaban unos tras otros a tal velocidad por casa que, sin dejar de enfriar el café y después de probar a mecer el retoño, creyendo en la habilidad de la experiencia y de la suficiencia que se otorgaban hermanas, primas, etc. Ellas eran madres expertas tras haber criado con anterioridad a ella diversidad de churumbeles, pero ninguna aguanto más de unos minutos sujetando a la criatura,se ponía tieso como un alambre y chillaba hasta aturdir los tímpanos del más pintado.

Decibelico perdido, el recién nacido vio entrar a una mujer rechoncha de tez morena, y de pelo negro ensortijado en un amasijo parecido a la estopa, la señora, tía de la madre de la criatura cogió en sus mullidos brazos al niño, y se obró el milagro! Se calló, crujiendo los huesos se destenso al fin en aquellos brazos, los padres a escasos centímetros se miraban entre ellos, miraban a la criatura y a la milagrosa tía, y a los dos se les humedecía los ojos, al padre incluso alguna lagrima le rodó por la mejilla. De esta guisa se sentaron en el tresillo de escay marrón presidido por un tapiz con motivos de caza de ciervos que cubría casi toda la pared.

Con el café de rigor, el padre saco la botella de Soberano que había comprado para la ocasión, a sabiendas del culto que le procesaba la tía al coñac. Fue entonces, cuando ella llevaba media botella pimplada, justo en ese momento con los padres embriagados de alcohol, pero serenos para aferrarse a un hierro ardiente, inconscientemente sonrientes los dos, le ofrecieron ser la madrina. La tía, loca de contenta, con las palabras resbalando por la boca y moviendo la estopa negra como el hollín lentamente de lado a lado, acepto la oferta, iba a ser la madrina.

Por salud para los lectores ¡Mejor nos saltamos el bautizo! ¡Durante los años siguientes la madrina visito tan solo en dos o tres ocasiones al niño que apuntaba maneras como futuro plañidero, no es que no quisiera venir la Tía, pero el carajillo matinal le empujaba a un par de copitas antes de coger el bus, y una copa tras otra le alejaba la parada hasta ser inalcanzable, como decían los anuncios de la televisión de la época “Soberano es cosa de hombre” y de tu tía le decía el padre a la madre!

 

Aún no había cumplido los nueve años el ahijado, cuando se enteraron de la muerte de la madrina, al llegar al tanatorio sólo estaba el fiambre encajado justo en el ataúd, apretada en la caja de nogal barnizado subida en el aplastado  acolchado, que acabado en puntilla blanca abrazaba a la madrina, y ella con una medio sonrisa porcelánica nos recibió. Murió sola, sin hijos, soltera y entera, así murió la madrina. Y ahora tocaba decidir que se hacía con ella, si se enterraba o se incineraba a la mujer —vaya papeleta con tu tía —le repetía el marido a la resignada sobrina— No sé ¿Qué es más barato? Preguntaron, sin pensarlo el comercial de dichos eventos les espeto —incinerar sin duda alguna —pues ale a ello, que ganas tenían de acabar con semejante compromiso, pero el problema gordo no había empezado.

¡Entre gruñidos cuatro fornidos operarios guiados por el comercial de contantes frases hechas de carácter mortuorio, como, ¡no somos nadie! ¡Siempre se van los mejores! Tras un esfuerzo titánico consiguieron meter la caja en el horno, y de fondo los sobrinos y el comercial con cara de circunstancias escuchaban al otro lado —Mariano dale candela al fuego que hemos metido un peso pesado, haciendo ver que nadie había oído nada, la madrina empezó arder, como no, primero fue la estopa negra, seguido de las pestañas postizas bañadas en mil capas de rimel francés. Los minutos pasaban, después las horas y la madrina seguía ardiendo, los vecinos de otros boxes cercanos que esperaban el turno para deshacerse de sus seres queridos empezaban a impacientarse. Veinte cuatro horas llevaba ardiendo la señora, la chimenea teñía de denso humo negro el barrio, Mariano sudando no se explicaba que ocurría. Y la sobrina junto a el marido, avergonzados ante el espectáculo del fuego no sabían dónde meterse, ante las preguntas desesperadas de los funerarios, el sobrino político les dijo, —a ver si va a ser del Soberano. Así estuvo la madrina, siete días con sus siete noches ardiendo sin cesar, ardiendo como solo puede arder un cementerio de neumáticos viejos.

Mala y precipitada elección de madrina para el chiquillo, aún hoy con el mozo haciendo la mili, los padres siguen pagando religiosamente los plazos de la incineración. Durante años cada vez que sale el tema en casa el padre con resignación clama  —Ojalá la hubiéramos enterrado, que con una cinta en el perímetro de la tumba y señales de prohibido fumar ya hubiéramos acabado de pagar el entierro de tu tía.

Jordi Rosiñol Lorenzo

La hada Pizpireta

La hada Pizpireta

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La hada pizpireta

De rostro pizpireta, la viveza de sus ojos ilumina su pisada mientras el resto la vemos pasear a diario, avanza con paso firme, pisa el suelo con cierta fragilidad femenina. Pero nada más lejos de la realidad, tras las gafas que le dan un aspecto gracioso, y bajo el rubio serpenteo ensortijado de su pelo, muestra en sus hechos, una modesta e inteligente intelectualidad acompañada de un corazón que no diferencia en minucias, envidias y prejuicios humanos.

Nuestra protagonista se mueve como pez en el agua entre la frondosidad y belleza de los bosques que abrazan su hogar, Nadie sabe, que en realidad ella es un hada, un ser mágico que después de viajar durante siglos por los confines del mundo, un día llegó a su destino, un lugar que ya poseía diversas virtudes dispone de una bella naturaleza, de un marco de plata para una población que disfruta del bienestar y tranquilidad a lo largo de su vida.

Pero, no pasaría de ser un bonito pueblo más entre miles de ellos en la geografía terrestre, y eso nuestra hada de los rizos de oro, de mirada limpia y profunda, no lo iba a permitir. Aquel lugar se merecía destacar del resto, y ella lo iba hacer posible. Se puso a trabajar sin descanso, disfrazada de ser mortal se dio cuenta que la diferencia estaría en empujar a una población hacía la universalidad que ofrece la cultura, y así, con ese fin se dedicó en cuerpo y alma a ello, pero sin olvidar de esparcir las pizcas mágicas de éxito que repartía al chiscar disimuladamente los dedos.

La consecución de su trabajo, pronto colmo de gloria aquella villa, el abanico del arte y la cultura tan dispar como es, no tuvo misterio para su varita y las alas de seda recogidas bajo el cota-vientos color beige. Promocionó, alentó y organizó todos los palos que alimentan el espíritu y el alma del hombre, y lo hizo para todos independientemente de la edad, condición o pensamiento. Tan lejos ha llegado su eco, qué, hasta un modesto autor sentado frente al ordenador a más de seiscientos kilómetros, no puede evitar sentirse tan cerca de ellos, y sobre todo no puede eludir participar con ella, con su magia, en un hechizo que hermanará con tinta del color de la humanidad a un catalán de Archena con el oasis cultural de su tierra.

Jordi Rosiñol Lorenzo.

https://youtu.be/ABl8s8estA4

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