Paz

Paz

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La sábana es un mapa

de reconciliaciones,

las sombras que se tienden

van trazando

un camino nuevo

en el amor rancio.

Los gemidos rubrican

las pieles lubricadas.

Vuelve la paz

de los orgasmos.

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Digo

Digo

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Que se tomaron todo –pero todo– y que se montaron en la cama y que se sacudieron hasta golpearse las narices y chocar con el techo y empotrarse una y otra vez en la carne húmeda que ofrecía su herida. Que en la oscuridad se dijeron que fue la mejor encamada de sus vidas. Que al despertar se enteraron del terremoto y les dio culpa. Que sus esposas estaban allá.

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Sexo perverso

Sexo perverso

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Ella le pidió que cerrara los ojos y le puso las esposas. Silencio. Él imaginó sus movimientos y comenzó a sudar; un clac indicó que se quitaba la máscara. Luego le llegó el rumor de un cuerpo moviéndose sobre las sábanas de seda. Su respiración se aceleró. Verla le estaba prohibido, desobedecerla implicaba nunca más. Así había sido desde la primera cita, son nombres, sin el rostro de la mujer contactada por la Red.

Le resultaba cada vez más difícil cumplir el pacto. El hombre se mordió los labios para no tentarse a mirar cuando las carnes hicieron contacto, estremeciéndolo. ¿Cómo resignar ese placer solo para contemplar su rostro sin la máscara? Se dejó hacer una vez más y ella lo paseó por todas las etapas del infierno, hasta dejarlo golpeando las puertas del cielo. Explotó y se derramó en felicidad.

Ella se retiró, la imaginó cubriéndose. Pasados varios segundos, ella abrió las esposas, el hombre ya tenía permiso para mirar. Y vio a su propia esposa y la escuchó decir «Feliz aniversario» antes de abandonar sonriente la habitación.

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Tanta carne

Tanta carne

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Esa carne apetitosa

que no contienen tus bragas

aplastada contra el mimbre

que dejará sus señas…

Esa carne de piernas indómitas

que se balancean

sobre un patíbulo

por construir…

Tanta carne servida

y yo sin dientes me he quedado.

Aunque…

hay luna llena esta noche

hay promesas de milagro…

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Vegetal

Vegetal

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Trepó por mis piernas como un jazmín y floreció, abriendo sus pétalos sobre el solitario junco que creció bajo mi pelvis. Vuelta una batanga carnívora, no cesó de succionar hasta que no tuve más que una vaina despojada de sus porotos. Recuperado el aire me puse de rodillas y libé como un colibrí la savia tempestuosa. Fue su turno de esperar la próxima primavera. Nuestros troncos se reunieron y fuimos por minutos un injerto, a merced de un temblor intenso que amenazó quitar nuestras raíces de la tierra. Caídos los carozos y las fundas, nos apartamos, como pequeñas ramas conducidas por distintos pájaros, como polen trasladado por distintas abejas.

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