La abuela recordando

La abuela recordando

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Hace días que veo a mi nieta venir a esta cabaña en medio del bosque, con su caperuza roja y con su mente errante, lo cual es totalmente nuevo en ella. Anda como si estuviese fuera de sí, con los ojos llenos de sorpresa y angustia. He tratado que me cuente qué le pasa, pero he recibido puras evasivas… pero hoy puede ser que sea el día.

Me recuerda a mí hace algunas décadas atrás. Esa sorpresa, angustia y hasta terror me asaltaron después de un suceso que siempre ha estado presente en mi vida. Un recuerdo que fue el nacimiento de algo hermoso, pero que antes de serlo pasó por momentos angustiantes e incertidumbres que en algunos momentos fueron realmente aplastantes.

Desde que tengo uso de razón he sido un alma inquieta y libre. Mi curiosidad hacía que, contraviniendo las órdenes de mis padres; me internará en el bosque a la búsqueda de bichos raros, el canto de los pájaros, el agua de los riachuelos, ver animales portentosos y oler flores silvestres.

Mi madre constantemente me decía que el bosque era peligroso, que había animales que se comían a la gente. “Hay lobos que pueden matarte y comerte”, me decía, pero de nada servían tales historias, yo a la menor oportunidad que se me presentaba, me enfundaba una chaqueta roja que tenía una capucha, regalo de mi padre, y me adentraba en el bosque.

Fue así que en el pueblo me pusieron el apodo de caperucita roja pues para aquel entonces yo era una niña. Fui creciendo y la chaqueta me fue quedando cada vez más pequeña. Como regalo de cumpleaños, pedí una chaqueta igual a la que tenía pero más grande. Sin embargo, mi padre me dijo que me olvidara de tal regalo: “Ya es hora de que vayas vistiéndote como una señorita, y te dejes de estar metiéndote en el bosque”, me dijo.

Yo, fui ahorrando mi mesada y empecé a trabajar como repartidora de cualquier clase de productos usando mi bicicleta. Poco a poco fui reuniendo el dinero necesario para comprar la chaqueta roja de mis sueños, que al final resultó ser una más económica pues la de mis sueños era muy costosa.

Aquel día, yo iba caminando por el bosque de regreso a mi casa. Veía como el sol iba buscando el horizonte para ocultarse y me apuraba para lograr salir del bosque antes del anochecer. Para acortar camino tenía que atravesar un riachuelo y hacia allí dirigí mis pasos. Sin embargo, llegando al riachuelo, vi a un chico desnudo que arrodillado a su orilla veía de manera muy concentrada su reflejo en el agua.

Yo me quedé petrificada. ¿Qué hacía ese muchacho desnudo en medio del bosque? Pensé que era la primera vez que veía a un hombre desnudo y sentí como la sangre subía hacia mis mejillas. También pensé en retirarme pero mi curiosidad pudo más. Me escondí entre el follaje en una posición en la cual veía al chico de espaldas y me preparé para ver lo que iba a hacer.

Él miraba su reflejo en el agua. Pensé que estaba viendo a Narciso a punto de arrojarse a las aguas y morir ahogado, cuando empecé a notar que la orejas de aquel chico se ponían peludas, puntiagudas y se empezaban a mover buscando una nueva ubicación en la cabeza. Vi como las piernas y los brazos de aquel chico se iban transformando en unas patas peludas. Su espalda fue transmutando a un lomo con un pelaje muy hermoso. La metamorfosis había sido extrema, sin embargo, el chico apenas parecía darse cuenta que era lobo, que sentado a la orilla del riachuelo miraba su reflejo en el agua.

Yo ahogué un grito y de manera inconsciente debí haber hecho algún ruido, porque aquel lobo giró su cabeza y me miró. Sentí como sus ojos entraban y hurgaban en mi interior. Nunca había sentido nada parecido y, presa de la sorpresa y del miedo salí corriendo a través del bosque.

Esa fue la primera vez que vi al amor de mi vida, el que sería el padre de mis hijos y abuelo de mis nietos. Pero eso ocurrió algunos años después.

–Abuela, ¿estás oyendo lo que te estoy contando?

–¡Claro que te estoy oyendo, Tania!

Y mientras la oigo, veo como sus orejas se van poniendo puntiagudas… peludas y se empiezan a mover buscando una nueva ubicación en su cabeza. Pronto sus piernas y brazos se transformaran en unas patas peludas. ¡Qué bello pelaje! Muy parecido al de su abuelo. ¡Ah, querida Tania serás la primera mujer lobo de esta familia! Lo malo es que tu ropa va a quedar totalmente destrozada. Pero yo iré buscando algo que te pueda servir para cuando te puedas ir a tu casa.

¿Toda la verdad?

¿Toda la verdad?

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La pobre muchacha estaba agobiada.
—A ver, lobo, que de verdad que lo siento. No quería gritar de esa manera ni echar a correr como loca, pero es que ¡el susto ha sido tremendo!- No, si yo no te culpo, hija. Entiendo que si una persona va por el bosque, abstraída en sus pensamientos, con prisa por no llegar tarde y de pronto le asalta alguien como yo, se asuste. Lo que pasa es que lo tuyo ha sido increíble y por eso he gritado yo también. No había oído esos agudos en mucho tiempo, y soy viejo y he visto de todo, ya te digo.
— Sigo pensando que deberías darte a conocer. Un poquito de publicidad positiva. Si en cuanto hablas eres un encanto. La gente debería saber eso de ti. Si quieres yo puedo interceder un poco en este asunto. A fin de cuentas, voy para asistente social y dicen que voy a ser de las buenas. Sería una oportunidad de oro poder hacer mi primer trabajo contigo.

-—Que no, Cape, que no. Si a mí en cuanto me ven abrir la boca y ven la fila de incisivos ya se acojonan. Y se les nota. Se lo huelo. Ese olor a rancio que da el miedo es inconfundible. Me molesta mucho, la verdad. Es como a trapo viejo y sucio y me da un asco… Me entra por el hocico y se me arruga de la angustia que me da. Y claro, al arrugar el hocico, más enseño dientes. Más miedo. Más asco. Más angustia. Es un no parar hasta que me da la arcada. Y piensan que es gruñido y ya salen despavoridos corriendo y gritando “el lobo, el lobooo”. Total, un desatino todo.
—Yo creo que a lo mejor si te intentaras peinar un poco todo ese pelaje. No sé, un buen cepillado. Y andar un poco más derecho. La cola más metida entre las patas. No husmear tanto por el suelo también ayudaría. Da la sensación que buscas presa haciendo eso.

-—Mira, no me hables de cepillar el pelo. Lo hice. Y parecía un pompón. Totalmente ridículo para los de mi especie. Si mi padre levantara cabeza… Mas derecho no puedo andar, te recuerdo que voy a cuatro patas. Intenta tú andar derecha a cuatro patas. La cola, si la meto entre las patas me tropiezo y me caigo. Y lo de andar husmeando lo da ser un cánido. ¿Qué quieres? ¿Que sea el hazmerreír de los mi especie? No, Cape. No hay solución. Escondido estoy bien. Además, somos huraños y solitarios. Nos gusta ser así. Nos enorgullece este modo de vida. Aunque reconozco que una conversación de vez en cuando también es entretenida.

Anda. Sé buena niña y venga. Echa a andar y ponte a dar gritos avisando que me has visto, y así me dejan tranquilo otra temporadita. Eso sí, te lo pido. Ven a visitarme de vez en cuando. Y trae otro buen pedazo de tarta, pero que no tenga nueces. Se me meten entre las muelas y es un incordio quitarlas. Ve con cuidado, hija. Que lo que sí he visto, son osos, y esos sí que son malos.

(Historia de Cape y Antón, el lobo. Seguimos investigando porqué Perrault le dio el giro que le dio tan dramático. No era necesario, la verdad. La amistad duró años, hasta que trasladaron a Cape a un hospital comarcal, no sabemos si para tratarla de la esquizofrenia por sostener que este relato era verídico, o por que consiguió su anhelada plaza como asistenta social. También lo seguimos investigando).

Caperucita y la abuela

Caperucita y la abuela

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-Voy a salir, dijo despreocupadamente
-Abrígate, ponte ese chaquetón que te compré el año pasado, el otoño ya ha entrado y puede volver a llover, al menos no te mojarás, contestó su madre
-Con eso se me ve a mil leguas, no pudiste comprar otro color, tenía que ser rojo, protestó
-Te queda muy bien con el pelo rubio, no protestes más. Y de paso a ver si pasas a ver a tu abuela, que me pregunta por ti cada día.
-Mamá yo creo que la abuela se ha echado un novio, dijo con tono pícaro
-Pero ¿qué tonterías dices?, ¡Ay hija!, desde que viniste de la universidad estás de lo más tonto.
-A ver, es que aquí no hay muchas cosas para hacer, pero no te preocupes mami, me encanta el lugar, así que me quedaré
-Bueno hija, no hace falta que me amenaces, a lo mejor puedes encontrar algo mejor en otro lugar, en la ciudad
-¿En la ciudad?, ¿Y tener qué pagar un alquiler alto, y la comida, y lavar, y planchar, y limpiar la casa?, Pero si aquí se está muy bien…
Su madre suspiró. Siempre había pensado que al crecer su hija ella podría descansar, y no tener tantas obligaciones. Sin embargo no era así. Tendré que idear algo para que haga su vida y se vaya a vivir por su cuenta se dijo, así yo podré….. No pudo terminar. La vio salir con su anorak rojo, y la capucha puesta.
Sonó el teléfono, su madre de nuevo la llamaba.
-Dime mamá, la niña acaba de salir, a lo mejor pasa por tu casa. ¿Sabes qué me ha dicho?, que tienes novio
Silencio al otro lado de la línea
-Mamá, estás ahí, preguntó
-Si, hija, aquí estoy, contesto la abuela. Bueno verás, quería hablarte de eso, pero lo he ido demorando
-¡Mamá, por dios! ¿No me digas qué es verdad?
-Hombre un novio no, un amigo solo, algún día te lo presentaré. Gracias por avisar que puede venir la niña.
Colgó
El mundo se desmorona a mi alrededor y yo sigo cocinando, pensó la madre. Recordó cuando la niña era un bebé y todos la llamaban caperucita por los gorros que llevaba y le hacía su abuela, al crecer se le quedó el mote en el pueblo, el año pasado un amigo al verla con ese chaquetón rojo y la capucha puesta, agregó el apelativo de caperucita roja, por eso no le gustaba llevarlo.
Caperucita, llamó al timbre de la abuela, ésta abrió la puerta, le dio un par de besos sin dejarla entrar.
-Pero abuela, déjame entrar que he venido a verte
-Es que ahora no me viene nada bien hija, estoy un poco ocupada, contestó azorada
-Anda, ocupada tú, pero si apenas tienes cosas que hacer, rodeando a la mujer entró en la casa. En el sofá se encontró con un hombre de mediana edad, que le pareció de lo más atractivo. Él se fijó en ella. Ambos se miraron y en sus ojos surgió un flechazo.
La abuela, que de tonta no tenía un pelo, se dio cuenta, con su voz más dulce les presentó, les ofreció un chocolate y fue a la cocina.
Regresó con un cuchillo, y se lo clavó al cazador que cayó bajo un charco de sangre a los pies del sofá.
-¿Por qué has hecho eso?, le preguntó su nieta
-Porque me lo ibas a robar, y era mío, solo mío, así que ahora, ya puedes buscar una carretilla y llevarlo al bosque.
-Abuela, es el tercero que te cargas este mes, ¿Cuando dejarás de invitar a cazadores sabiendo que vengo a verte?. Y con lo que cuesta limpiar todo esto…..
-El día que encuentre un buen lobo.

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Caperucita Roja la niña de la pañuelera roja

Caperucita Roja la niña de la pañuelera roja

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Todo comenzó con la historia de una dulce y tierna niña que aún no había llegado al mundo, quizás su madre muy joven se enamoró de un hombre esbelto, muy presentable y educado, entonces cuando iba a la universidad distrital de Londres capital de Inglaterra, para ese momento tan afable y sencillo como los tiempos de antes, Amada su nombre verdadero no quiso ocultar sus sentimientos por el hombre que tanto la miraba en el tren, pero no se atrevió a dirigir las palabra porque pensaba que estaba comprometida, nada en absoluto, hola joven como estas porque estás sola, te acompaño, te diriges a tu trabajo, o vas no se para la universidad, la escuela o la preparatoria, muy bien claro que si voy para el trabajo, estudio en las noches, entonces tengo mi abuela en la casa, y es de muy avanzada edad, mi mama murió cuando tenía 7 años, la mato una gripe o una peste que cayó muy fuerte en la zona, cuanto lo siento, dijo en su rostro con cara de tristeza, melancólico, en su corazón había pálpitos de conquistar a esa bella joven, pero no le daba su lugar correspondido, pero el amor es muy traicionero, de un momento a otro el tren paraba en diferentes estaciones, pero con las condiciones necesarias, ambos se enamoraron por completo, fue un día muy espectacular para Amada, tuvieron una noche de pasión y sus sueños brotaban como el cáliz de los besos. Al otro día amada se levanto de la cama muy enferma y con dolores de cabeza, mareos, se fue para el baño inmediatamente y se hizo la prueba de embarazo, esté joven misterios me embarazo, como lo pudo creer, estoy desconcertada, que le voy a decir aquí abuela, pronto me echa de la casa, y no tengo donde ir, solamente la tengo a ella.

Todo fue un drama para Amada, embaraza y sin quien tenderle la mano, entonces le dijo a su abuela materna, estoy embarazada, no voy a abortar a mi hija, como la llamaras Caperucita Roja la niña de mis ojos que inocentemente nacerá con amor y le ofreceré mi apoyo, al escuchar estas palabras rondaba un lobo feroz malvado, malo como lo denominaban los niños, nunca le gustaba nada, muy amargado, hostil, inverosímil, tormentoso, se quejaba de todo, de igual forma no podía ingresar a la casa había muchas personas, y sobre todo un cazador que se la tenía sentenciada porque hacia demasiados daños. Amada dio luz a Caperucita en su casa, su abuela la atendió como si estuviera en una clínica, que niña tan bella, blanca y pura como la luz, sin embargo su mama biológica complacida le dio leche materna, lloraba mucho, pero con esa alegría, irradiaba su presencia, sin embargo todo paso con la tormenta que tanto la aquejaba. La niña caperucita tenía 5 años y ya sabía leer y escribir correctamente, su madre le enseñaba correctamente para que fuera la mejor estudiante de la primaria, por las rejas de la ventana miraba el malvado lobo con hambre su estómago comenzaba a llorarle, su intestino cada día le reclamaba, tengo que comerme esa niña, su madre y su abuela, pero estoy muy delgado, hasta que lo vio un perro que pasaba por el camino y ladro tan fuerte que ese feroz lobo se marchó rápidamente, caperucita hija mía si vas a ir a la escuela vaya tranquila y con la bendición de Dios, no te detengas a hablarle a los extraños, de acuerdo mama lo haré, tú sabes cómo hija soy muy obediente, hija cuanto te amo, me siento tan orgullosa de ti, bueno ándale se te hace tarde porque si no el profesor no te deja entrar, bueno mama como digas dame la bendición, Padre, hijo, espíritu santo, caperucita salía de su casa con destino a la escuela, muy sonriente y risueña veía demasiadas flores hermosas, pasaba la quebrada y escuchaba ruidos muy extraños, bueno es el canto de las abejas, o tal vez de los pájaros, caperucita eres tú, recordó las palabras de su mama sigue tu camino y no hables con extraños, señor quien eres tú, no te había visto por estos alrededores, qué haces, no nada estoy muy hambriento y no he comido desde ayer, bueno trabaje, consiga algo póngase a tomar otras cosas, estaba preparado para hacer el juego y se hizo que estaba corriendo, sudando por su cuerpo, entonces caperucita salió corriendo pidiendo auxilio, hasta que señor pasaba y le comenzó a disparar, ay Dios mío, me estoy quemando, pero bueno dejare de ser astuto y volveré a la casa nuevamente para comerme a las mujeres que no tienen quien las defienda, entonces todo le salía mal como siempre, muy descabezado y sin ideas, el lobo le tendieron una trampa, caperucita junto con su mama y su abuela le hicieron unos muñecos disfrazados para que se comiera las palabras, se escondieron, ahí venia ese lobo feo, lo odio, entonces le echaron piedras y pimienta para que se fuera rápidamente con sus patas traseras y su estómago aun pidiendo comida, se fue rodando hasta que un carnero lo vio y le dio su merecido, ya no volverá, jamás podrá pisar estos rincones.

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Desafío: Caperucita Roja y el Lobo
Título: La niña de la pañuelera roja
Autor: Cristian Camilo Serna Villada
Género: Drama
País: Colombia

Feroz historia del lobo y las caperucitas

Feroz historia del lobo y las caperucitas

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No pienses que en estas líneas descubrirás la Caperucita Roja de toda la vida. Esa que aún sin saber leer ni escribir te contaba papá o mamá. ¿Te imaginas lo que sentirías con tan pocos años al ver a la abuela y la niña engullidas por el lobo feroz? El animal, con ese pelo oscuro, con esas garras afiladas y la mirada inyectada en sangre, era una estampa terrorífica que no lograba disimular ni poniéndose el camisón ni el gorro de dormir de la pobre anciana. Menos mal que había un cazador justiciero que permitía poner fin al cuento para que ninguna mente infantil quedara traumatizada.

Tampoco esperes las típicas desviaciones sobre el guion original en el que el lobo es tan inocente como Bambi, con Caperucita como ejemplo de asesina en serie. Incluso hay quien se ha atrevido a poner una gabardina medio roída al cazador para convertirlo en el sargento Colombo y así encontrar al culpable de la muerte de la abuela. ¡Cómo si no supiéramos que el asesino es el lobo! Mucho menos encontrarás aquí un rastro de lascivia, aunque en cuanto fuimos adultos a muchos nos diera la impresión que tras ver aquellos descomunales ojos, orejas, manos, nariz y dientes del lobo travestido de abuelita a Caperucita le faltaba otra pregunta por hacer.
No, este no será un cuento verosímil. Solo te recordará la realidad. Abre el periódico y en la página de sucesos encontrarás más detalles.

A la Caperucita de este cuento tampoco le ocurrirá como en la leyenda original. No la invitará el lobo, ya metido bajo las sábanas de la abuela, a consumir la carne y la sangre de la anciana que acaba de descuartizar. Tampoco la obligará a acostarse desnuda con él. La obligará a algo todavía peor.
Esta historia no pretende prevenir a las niñas sobre encuentros con malvados desconocidos, moraleja no hay. Solo es un espejo en el que verás lo que ocurre en el dormitorio, la cocina, el baño o el coche en el que están las caperucitas de hoy en día.
No sonreirás ni respirarás aliviado cuando lo acabes de leer. Al contrario, te removerás molesto y querrás gritar que ya basta, pero tu voz no será escuchada. El lobo nunca las oye.
En esta feroz historia no hay una única Caperucita, aunque sea un mismo lobo siempre quien las devora. Ellas son muchas. Incontables, además de silenciosas. ¿O ya no lo son tanto?

Una y otra vez, el lobo aparece. Siempre con el engaño del atajo. O lo que es lo mismo, con la boca saturada de disculpas, decorada con su último perdóname, con un voy a cambiar y todo será diferente. Y ellas, las Caperucitas rubias, morenas o de pelo blanco y ya escaso, aunque lo hayan oído miles de veces, y en todas hayan sido engañadas, van por el camino más tortuoso y consienten que el lobo llegue antes a casa de la abuelita. Allí, una vez que devore a la anciana, que seguro será el propio ego del lobo al que nuestra Caperucita intenta siempre salvar, se disfrazará con esas ropas; es lo que lleva haciendo toda su vida. Después, cuando Caperucita le pregunte porqué tiene esos ojos tan grandes, volverá a engañarla al decirle que para verla mejor, a ella, a quien más quiere. Pero inmediatamente después, o un poco más tarde, y si no es en ese día, será en otro, con dos tiros o con veinte puñaladas, muchas veces delante de unos ojos que hasta no ser adultos no entenderán lo que ocurre, Caperucita pasará a ser un número más que sumar a ese millar del que hablan las noticias. ¿Cuántos sumarían si se contabilizase a lo largo de todo el planeta?

Ya te dije que el final no sería como el del cuento. Los gritos de las caperucitas, siempre se oyen. Muchos quisieran ser el cazador y correr hasta la casa del bosque para, con su cuchillo tripero, poder rescatarlas del vientre del lobo. Lo que ocurre es que nunca llegas a tiempo o siempre bajas la cabeza, y Caperucita pasará a ser la mil dieciocho, o la mil diecinueve cuando estés leyendo este cuento. Un cuento que no quiere ser otro minuto de silencio más, otra unánime repulsa. Solo el relato de una violencia que no logramos detener.

Ya no es la voz de nuestros padres, es la de Pedro Piqueras, Matias Prats o Ana Blanco la que escuchas por la noche en las noticias contándote este nuevo cuento, hablándote de todas estas caperucitas de diferente nombre y edad aunque su condición de mujer las iguale. Como lo hace la capa roja que llevan a la espalda, esa que está teñida por la sangre que han derramado.

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Cuéntame un cuento

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¡Vaya por Dios! Se me tenía que estropear el coche precisamente hoy y a estas horas. Estoy en medio de la nada. Miro a mi alrededor, pero lo único que se puede entrever en la espesa bruma que cubre la noche, es un páramo. No conozco el sitio. Vengo de una fiesta de disfraces. Me asusta la oscuridad. Estoy cansada y lo único que me apetece es meterme en mi cama, aunque parece ser que de momento no va a ser posible.

Sentada dentro del coche busco en el bolso mi móvil. No sé qué narices le habrá pasado al coche. No entiendo de mecánica, pero deduzco que ha de ser algo eléctrico, puesto que se han apagado las luces y no hace ningún tipo de contacto. Para postre el móvil no tiene cobertura. No sé qué hacer. No quiero caer en el pesimismo, muy propio de mí, así que por una vez debo ser valiente y encontrar una solución, que seguro la hay, intento convencerme a mí misma sin demasiado éxito.

Bajo del auto y enciendo la linterna del móvil. Con la niebla no se ve nada. Ha estado lloviendo y la negrura del cielo no parece nada amigable. Por aquí no parece haber pasado nadie desde hace mucho tiempo ¿Dónde me he metido? Empiezo a caminar hacia ninguna parte a ver si veo algo o alguien que me pueda prestar un teléfono. Aquello es un lodazal. Los altos tacones se me clavan en la tierra húmeda dificultando mi caminar. Tengo frío. El disfraz no cubre demasiado, así que me envuelvo en la capa de caperucita y hasta me pongo la capucha. Me veo ridícula, pero mejor eso que coger una pulmonía.

La linterna empieza a fallar, ha consumido toda la batería y apenas alumbra nada. Me ha parecido escuchar unos pasos. No puede ser, aquello es todo barro. Mi imaginación ya empieza a jugármela. Con las manos extendidas para no tropezar tengo miedo de seguir, pero lo hago. Los pasos se apagan detrás de mí. Apenas distingo nada a medio metro entre la oscuridad y la niebla. Camino y camino aguzando el oído. No parece tener fin aquel camino de bueyes sembrado de charcos. Los pies me duelen, no estoy acostumbrada a caminar tanto con aquellos tacones, pero era una caperucita muy sexy y tocaba. Cómo dice mi madre siempre: para presumir hay que sufrir y aunque fui a la fiesta un poco a la fuerza he de reconocer que me divertí bastante. El lobo feroz que me tocó como pareja se ha portado como todo un caballero y hasta me ha acompañado al coche, muy galante él.

Después de caminar no sé cuanto tiempo. He perdido la noción del tiempo. Llego a una ¿casa? Bueno, lo más parecido. No parece estar habitada. Se cae a pedazos. Llamo a ver si por casualidad hay alguien que me deje hacer una llamada para que venga una grúa a rescatarme. Estoy notando el peso del cansancio, las piernas se me doblan. Después de esperar lo que me pareció un siglo y estoy a punto de dar media vuelta, se enciende una luz titilante, una vela. Seguramente la tormenta había causado un apagón. Menuda suerte la mía. Se abre la puerta y aparece mi lobo feroz, el de la fiesta, que sigue llevando el disfraz puesto. Sonrío. A lo mejor mi suerte no es tan mala al fin y al cabo. Por fin un humano.

—Buenas noches, Caperucita.

—Buenas noches —contesto aliviada.

Le explico mi problema y me pide que pase. Se excusa por no poder dejarme hacer esa llamada. A causa de la tormenta no hay electricidad. Me invita a pasar y me ofrece algo caliente. Acepto.

—Puedes esperar aquí hasta que vuelva la luz.

—Gracias, eres muy amable.

—¿Tú crees? —me dice sonriendo y mirándome con ojos felinos.

—No quiero causarte ninguna molestia, tengo el coche por aquí cerca, puedo esperar allí.

—Este lobo está muy solo, para mí es un alivio tener a una Caperucita, tan bonita como tú, en casa. Tienes unos ojos muy hermosos.

Algo en ese comentario me hace estremecer. Me explica que vive allí en mitad de la nada y que siempre era bienvenida una visita. Tienes una boca para ser besada, me dice de pronto. Aquello me sonaba al cuento, pero al revés, ¿no es Caperucita la que le dice esas cosas al lobo? Lo cierto es que tiene una charla agradable aunque intrascendente y acabo por sentirme a gusto. Una modorra se apodera de mí.

Viendo que la energía no llega, el lobo me ofrece quedarme a pasar la noche. Estoy agotada, así que acepto. Me ofrece una habitación que, pese a la antigüedad de la casa, está preparada para las visitas, cómoda y acogedora. De pronto me siento liviana. Estirada en la cama ya no siento el apremio de marcharme. Ya no me duelen los pies. Este lobo es un caballero, me ha dado incluso un beso de buenas noches.

Por la mañana el tiempo es soleado. Ha pasado la tormenta y no entiendo cómo he llegado al coche. ¿He soñado lo de la casa? No puede ser. La persona que me abrió la puerta era el lobo de la fiesta, estoy segura. Esos ojillos pequeños. Esa boca grande y de labios carnosos no los he soñado.

Salgo del auto y miro a mi alrededor. Algo no cuadra.

Veo unos coches que se acercan. Vienen a rescatarme, menos mal.

Lo que no cuadra, lo que he tardado un rato en comprender es que mi propio cadáver sigue sentado en el interior del coche. El lobo se ha vuelto a comer a Caperucita.

Teresa Mateo Arenas

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