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Mamá la detiene. Estudia que la capa esté bien cerrada. Le cubre hasta los tobillos, perfecto. Mamá también le coloca la capucha roja para que cubra los rulos morenos. Luego estudia el contenido de la cesta con ojo crítico. Satisfecha, no ve motivos para demorar la partida.
—Listo caperucita, saludos a la abuela.
Odia ese apodo, la abuela se lo colocó la primera vez que fue sola a la casa del bosque, ¿trece tenía entonces? Mamá dijo que la idea había sido de ella, pero Caperucita sospecha que fue su padrastro el de la ocurrencia. Mejor no pensar en él, apurar el paso y cumplir lo antes posible con el trámite de todos los días. Apurarlo sin exagerar, no sea cosa que llegue traspirada y la abuela se enoje. Igual va a encender los sahumerios; la vieja echa más olores en vez de abrir las ventanas y ventilar. Ella odia lo sahumerios, le dan alergia, la hacen estornudar.
El sendero está desnivelado, va de zapatillas hasta la tranquera de la casa. Se pregunta cómo estará la abuela esta vez; por las dudas, mamá se ha ocupado del maquillaje, la vieja tiene ideas antiguas sobre cómo debe verse una joven y no hay manera de que se adapte a lo novedoso. La cesta golpea un tronco; mira bien, no sea cosa se le haya caído algo. Falsa alarma, está todo en su lugar. También el olmo de la rama quebrada donde se desvía para llegar a la pequeña casa amarilla.
Se detiene después de pasar la tranquera; se cambia el calzado y camina sobre las lajas. Pasa la aprensión por su cuerpo, cuatro años y sigue provocándole repulsión cada visita al bosque. Coge la aldaba y golpea fuerte para tapar los pensamientos.
La vieja abre la puerta, los ojos codiciosos se clavan en la joven.
—¿Dónde estabas? Vamos, vamos.
Entra a un recibidor pequeño. Deja la cesta sobre la mesilla, empieza a desprender la capa roja.
—Dale nena, que el lobo espera.
¿Qué lobo será esta vez? La abuela los encuentra de todo tipo, un auténtica cazadora experta en trampas y artilugios. Caperucita deja la capa sobre el sillón, la abuela se frota las manos detrás de ella.
—Saludos de mamá, abuela.
—En vez de saludos, esa podría enviarme a tu hermanita.
Caperucita se estremece; Lola tiene doce, por las noches suele despertarse y no está en la habitación, teme que José, su padrastro, esté entrenándola como hizo con ella.
—Vamos nena, que el lobo se impacienta.
La joven mira la puerta placa adornada con un corazón adhesivo como si esperara que viniera de allí un rugido. «Peor sería estar en casa con José», se repite para cobrar coraje. Toma una pequeña cajita de la cesta y se adelanta. Abre, de la habitación le llega de inmediato el dulzón y molesto perfume del sahumerio. En la cama, una sonrisa deja ver los colmillos amarillos del lobo. Otro lobo viejo, de pelo canoso y patas débiles. Un lobo que la cubrirá de babas y olor gastado.
Caperucita clava los tacos al pie de la cama, se ajusta el liguero, estira las medias negras sobre sus muslos pálidos, se acaricia los pechos desnudos arriba del corsé. El lobo jadea, incorpora el tronco. Un zumbido de pantuflas arrastrándose por el piso la viene a la chica de la espalda. La abuela deja de contar los billetes verdes.
—Vamos nena, que hoy tenemos una manada interesante —dice y le da un empujón.
Caperucita cae sobre el lecho; clava las rodillas a cada lado de las patas peludas del lobo. Extiende la mano y coge su miembro encogido entre la maraña de vello blanco.
—Ay, qué grande que la tienes…
El lobo se atraganta de baba y le responde.
—Para comerte mejor, Caperucita.
Caperucita abre la pequeña caja, extrae un preservativo y comienza su tarea. La abuela, en un segundo plano, se frota las manos.