Predicciones avícola.

Predicciones avícola.

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Soy buena persona por educación y convicción, ¡lo juro! Con todo el mundo deseo llevármela bien, cultivar los valores de la fraternidad, la solidaridad, el respeto, es como regar una semilla que al crecer, brindará un clima cálido, una atmósfera agradable, que se crea o no, mejora nuestra calidad de vida. Pero odio a mis vecinos contiguos, son ruidosos, irrespetuosos, desconsiderados, tienen, desde que los conozco, un guacamayo que es como un tótem para ellos, no como un miembro más de la familia, no, es una especie de deidad en cuyo entorno hay lujos que ni siquiera ellos poseen, como si vivieran para atender y satisfacer las necesidades y caprichos de esa ave. No me inclino a tener animales en cautiverio, pero esa ave definitivamente no lo está, ellos son sus súbditos, creo que trabajan y viven para la gracia y beneplácito de esa ave. Lo cierto que su forma de ser nos ha llevado a antagonizar bien sea por su música a todo volumen, o por colocar en su patio trasero, su basura, que con el correr del tiempo adquiere mal olor que penetra e inunda toda mi casa. Pasé por sutiles peticiones, a exigencias acaloradas y ya hoy peleamos en tribunales a fin de obtener la debida sanidad y tranquilidad a la cual tengo derecho, a consecuencia de odiarnos recíprocamente mucho más.
Cierta vez, mi única tía cumple su ineludible final de ciclo de vida y no sé a cuenta de qué, puesto que sabía lo que ya dije -no acepto animales en cautiverio-, decide dejarme una periquita como herencia. ¡A mí! Ella tiene 4 hijos, que años más, años menos, somos contemporáneos, pero a ellos les dejó todos los bienes y a mí me dejó su ave compañera de los últimos 20 años de su vida.
La apreciaba mucho al punto de que muy a mi pesar, adopté el ave y la traje a casa. La instalo en su misma jaula en el estacionamiento ya que fue el lugar al cual accedió mi esposa para tal fin.
La primera semana todo era normal, comía, bebía, ensuciaba, en su rutinaria vida de todo animal encerrado, de vez en cuando un parloteo. Pero a la siguiente semana el ave saltaba de su jaula de un lado a otro y emitía un parloteo con frenesí, intrigado me acerqué y revisé la jaula a ver si había algo en ella que producía tal actitud, sin observar algo fuera de lugar, revise su provisión de agua y comida, las renové, y nada, opté por cambiarle de lugar, nada, tape la jaula, nada, le coloqué un ventilador por si era calor y nada. Ya consideraba llevarla a un veterinario y en eso sale mi esposa y me comenta: -Se puso así desde que los vecinos sacaron a pasear a su tótem y ella lo vio, pero no fue ella nada más, acércate a la puerta principal y oirás al guacamayo con un escándalo superior.
Me dirigí a la puerta para corroborar lo que me dijo mi esposa y pensé que la periquita necesitaba pareja y por eso su actitud. Me molesté porque a duras penas acepté uno, por ser una herencia desconsiderada pero que acogía por respeto a la memoria de mi tía y por indagar que al ave le quedaba cuando mucho dos o tres años de vida. Pero se me ablandó el corazón al pensar que como todos, tenía derecho y necesidad de compañía.
A la mañana siguiente al regresar a casa, paso por una tienda de mascota y le solicito al vendedor un periquito macho que le haga compañía. El vendedor amablemente me indica cuales eran los machos para que yo escogiera, le solicité que por favor lo hiciera él, como en efecto lo hizo, me pareció grosero el precio pero ya había tomado la decisión y si la compañía apaciguaba la inquietud del ave y cesaba el ruido, pues, valdría lo gastado. Al llegar veo al guacamayo en la puerta del estacionamiento intentado ingresar y sus amos, o sus súbditos, hablándole para que volviera a casa. Espero que se retiren de la puerta para poder abrirla e ingresar el auto, pero el ave se resistía a abandonar el lugar. Paciente y hasta divertido observo como dialogaban con el propósito de disuadirle de sus intentos de traspasar la puerta. Viendo mi auto, ya apenados, sujetan al ave y lo llevan a casa, yo logro ingresar para observar dentro de la jaula gran cantidad de plumas en demostración que la periquita también se agitó como por intentos de salir al encuentro del guacamayo. Pensaba cómo era posible si no solo son especies diferentes, sino que además la diferencia de tamaño era considerable. Total que creyendo tener la solución al drama presentado, sujeto la caja donde viajó el compañero recién comprado, lo meto a la jaula, para contemplar por minutos, el mayor acto de indiferencia y desafecto jamás visto en mi vida. Pensé que la cosa era completa y absolutamente con el guacamayo, la deidad de mi acérrima y odiada familia, un romeo y Julieta plumífero me tocó vivir a estas alturas de mi vida. Decidí dejar al macho a ver si con el correr de los días se obraba algún cambio, cuan equivocado estuve. En defensa del pobre macho lo tuve que sacar, la indiferencia se convirtió en ataques continuos e intensos por procurar que cediera a cada rincón de la jaula. No sé de aves, pero me pareció claro el mensaje. Por consiguiente opté por regresar al despreciado a la tienda con la petición de que lo regalase al que se fijara en él.
Según lo narrado por mi esposa, el episodio del guacamayo en la puerta del estacionamiento se repitió varias veces al día siguiente, al igual que la correspondencia dentro de la jaula. Me interrogaba si estaba ante la presencia de un amor inusual o algún otro fenómeno rarísimo de la naturaleza. Tenía interés de averiguarlo, pero no estaba dispuesto a doblegar mi dignidad y orgullo ante esos mal vivientes… se interrumpe mi pensamiento por el sonido del timbre de la puerta, me dirijo a abrir y coincido con mi esposa, cediéndole la iniciativa. Me quedo tras de ella y para mi sorpresa, era la vecina esposa y madre de los hombres que despreciaba. Con voz temblorosa saluda y sin indirectas manifiesta: -No tenemos ninguna duda que nuestro Evert está muy apasionado por su princesa, y queremos ofrecerle la suma que sea para que nos la vendan. Aparté a mi esposa hacia atrás y expresé: -Princesa como la llama, no está en venta. Es un regalo de un ser muy querido y no habrá preció que motive desprenderme de ella-. Se me queda mirando fijo y exclama: -Disculpe, que insensata e insensible fui, es como si alguien pretendiera comprar un familiar o un hijo. Le ruego me disculpe. ¿Habría alguna posibilidad de que nuestro Evert sea visitado y comporta con su-… Hace movimientos circulares con las manos y seguido me interroga: -¿Que nombre le pusieron? Reacciono recordando que no me ocupé de saberlo, de seguro mi tía le había colocado alguno, pero, no me informaron y no pregunté. Para salir del paso respondí: -Se llama Piolina-, inventándolo en ese preciso momento. –Muy lindo nombre, el femenino de la caricatura- comentó. Mi esposa aguantando la risa, se ocultó detrás de mí, reaccionando invitando a la vecina a que ingresara y nos acompañara a tomar té para continuar la conversación.
Disgustado le hacía señas con los gestos de mi cara, se pasaba por alto el conflicto en tribunales. Sin nada que hacer al respecto nos acomodados en la mesa de la cocina, retomo su solicitud e interrogo con algo de orgullo y vanidad: -¿Por qué su Evert no puede venir aquí a visitar nuestra Piolina? Se encoge de hombros y responde: -No es por juzgarlos pero los espacios de nuestro Evert cuentan con gran variedad de elementos para su entretenimiento y comodidad, mientras que a Piolina sólo la he visto encerrada en la jaula-. Estuve a punto de decir que si acaso no era el lugar donde todo el mundo destinaba a sus mascotas de ese tipo pero recordé que ciertamente la casa de estos seres, a través de la venta se veía decorada para esa ave. Opté por asentir con la cabeza y decir que Piolina es bastante conforme. Consiguiendo que mi esposa me pateara sutilmente debajo de la mesa. Mi vecina no estaba dispuesta en desistir que su ave se reuniera con la mía, parecíamos padres de aquellas culturas donde deciden y hasta negocian el destino amoroso de sus hijos; en el fondo quería que esa pobre ave que imagino vivió toda su vida enjaulada disfrutase de la compañía que le provocaba alboroto, pero no podía evitar tener presente los abusos y la arrogancia de estos vecinos. Lo cierto es que para darle a mi ave y a su ave lo que querían, accedí a que mi esposa llevara a la recién nombrada Piolina a la casa de mis némesis un día sí y otro no, entre tanto disfrutaba sus vacaciones laborales.
Tras la primera visita mi esposa no aguantó a que yo llegara a casa y me llamó para contarme lo impresionada que estaba de los lujos y costosos objetos que poseían. Desde que nos mudamos y somos vecinos nunca los vi salir a trabajar o regresar en jornada laboral. Asumimos que debían de vivir de algún seguro por incapacidad, que al menos mental la tienen, o de alguna herencia. Solo presenciamos sus ausencias para disfrutar de algunas vacaciones, cosa que deducíamos por la gran cantidad de maleta cuando salen y los adornos y recuerdos del lugar donde estuvieron, que exhibían a su regreso. Por supuesto que siempre los acompaña el ave.
Al llegar a casa mi interés era saber cómo le había ido a Piolina en su primer encuentro con Evert pero el interés de mi esposa era explayarse aún más en los lujos nada modestos y exagerados de los vecinos y los de su ave. Tuve que interrumpir su larga lista de recuento de objetos para saber cómo le había ido a mi hija adoptiva con su pretendiente. Sin la misma emoción respondió que se rejuntaron, se rascaron con el pico o se sacaron los piojos, que hubo un pedido del hijo de para que la dejara fuera de la jaula y que Evert parecía todo un caballero en sus tratos y expresiones para Piolina, consideró dicho todo para volver con su narración de los lujos.
Habían transcurrido dos semanas y entre las cosas positivas que trajo la relación entre Piolina y Evert es que la música a todo volumen y el olor a basura acumulada desaparecieron, como si se esforzaban por mantener una relación armónica. Esa mañana en particular mi esposa me entrega una carta y era de él, mi vecino, ofreciendo disculpas y solicitándome recomenzar una cordial relación entre vecinos, que reconocían que tenía toda la razón en los puntos que reclamaba y que me aseguraba que ya había tomado todas las medidas pertinentes y que nunca más se volvería a repetir. Todo esto iba acompañado de una invitación a su casa y una costosísima botella de whisky The Macallan Cire Perdue de Lalique. Me quedé mirando perplejo a mi esposa quien sonriendo me dijo: ― Ya la busqué en internet, está valorada en 460.000 $ americanos-. Añadiendo: ― o tenemos a unos vecinos mafiosos prófugos de la justicia de algún país o tenemos a un ganador de un abultado premio de loterías-. No reaccioné, sé que ella no es de inventar cosas, si dice que cuesta eso, es porque hasta llamó al fabricante y corroboró lo que dice. En ese mismo instante giré sobre mis talones y me dirigí a la puerta de mis vecinos, toqué el timbre e intente decirle a mi vecino que le agradecía el gesto pero que no podía aceptar un regalo que representaba mi ingreso bianual. No tuve oportunidad, me abrazo, me sujeto de los hombros y me arrastró al interior de la vivienda de fachada humilde y descuidada pero de un increíble lujo por dentro.
Después de corroborar el deslumbre de mi esposa y de compartir dos botellas de su whisky, porque la mía definitivamente sería como una especie de póliza de seguro a la cual acudiría para su venta en algún caso de emergencia económica, decidí poner alto a tanto derroche de cordialidad y regresar a mi casa. Él totalmente ebrio me bendijo, agradeció que le hiciera muy feliz a su pájaro de la suerte –cuestión que no le presente mucha atención porque el alcohol ingerido apago mi curiosidad, pero que retomaría luego con mucho interés-, me acompañó hasta la puerta, me abrazó unas tres veces, me estrechó la mano una seis, y me llamó consuegro una vez. Cuando reparo el reloj eran las tres de la mañana. Tanto tiempo fraternizando con un ser que detestaba.
Los días siguientes estuvo dando vueltas en mi cabeza aquello del “pájaro de la suerte”, en verdad no sabía cómo interpretarlo y mordisqueaba mi curiosidad. Pero para repeler las mordidas precisaba que me volviese a invitar, no planeaba ser yo quien diese el paso. Todo estaba marchando bien entre nosotros bajo el influjo de Piolina, solo esperaba que su caprichosa ave no se aprovechara de la mía y después de eso la abandonara. Tal pensamiento me hizo sonreír como tonto en la oficina, estaba pensando como padre sobreprotector. Pensé que debía considerar dejársela por el bienestar de mi ave. Me propuse proponérselo en la próxima visita.
No tardó mucho tiempo en que otra invitación surgiera. Llegando a casa el viernes por la tarde se encontraba en la puerta del estacionamiento mi “nuevo amigo”, me obsequio un álbum de barajitas de futbol que de seguro mi esposa le contó, seguido de una proposición de ver el partido de básquetbol en la noche. Asentí complacido, ingresé a la casa, le comenté a mi esposa de la oferta y que no cenaría. Salí de nuevo con la firme intención de gastarme medio salario del mes en una botella de whisky para ser yo quien en defensa de mi orgullo, brindará.
Con mi tarjeta de crédito humeando por el abultado gasto en el que incurrí regresé con una costosa botella para ver el partido, aunque mi estrategia era que, después de unos cuantos tragos encima, como la cantidad que le llevó a abrazarme como hermano y bendecirme como Papa, me revelara aquello de su “pájaro de la suerte”.
Ese rincón de la casa me era desconocido. En la parte trasera construyó un anexo y se hizo instalar una sala de cine como con 20 asientos, me parecía extraño ya que nunca habíamos visto ingresar a nadie, y sabía que era privilegio tranto de mi esposa como mío gracias al pase que no otorgaba Piolina. Previó al partido me indicó, una vez más, que agradecía el que permitiera que Piolina compartiera con su Evert y que como muestra de su gratitud me revelaría un secreto. Pensé que no sería necesario la botella y tontee que quizá la podría devolver. Acto seguido me invitó a pasar al cuarto santuario del ave, tomó dos cajas contentivas cada una de una cartulina en la que estaban escritos los nombres de los equipos que jugarían esta noche. La puso delante de “su Evert” y el ave con el pico tomó la cartulina con el nombre de uno. Se dirigió a mí y me la mostró diciendo: ― Esté es el equipo que ganara esta noche-. Miré con algo de incredulidad, se enfrentaban el líder de la liga contra el antepenúltimo y por si fuera poco este antepenúltimo no le había ganado nunca, nunca, al que hoy era líder en su casa, donde jugarían. No quise ser grosero ni descortés, así que asentí con la cabeza diciendo a su vez que Evert había pronosticado una verdadera sorpresa en el mundo del básquet. Riendo dice: ― Siempre ha sido así. ¿Quieres saber cuál será el resultado del partido? Desconcertado me encogí de hombros y dije: ―Bueno. Inmediatamente fue a un estante de la habitación, tomó dos cajas con tres columnas de fichas cada una numeradas del cero al nueve. Le pregunta Evert: ― ¿Cuál será el resultado de ese partido? A lo que el ave se va a la primera caja, del lado izquierdo toma la ficha numeró 1 de la primera columna, la ficha número 1 de la segunda y la ficha 7 de la tercera. Se va a la otra caja y toma la ficha 1 de cada una de las columnas. Se voltea a mí sonriendo y me dice: ― Evert dice que el partido terminará 117 a 111. Aguanté la risa que me producía tal afirmación y sólo alcancé a hacer un gesto con los labios. Salió de la habitación, le seguí. Agarró el teléfono de la mesita de la sala y exclamó: ― Ahora a apostar. ¿Con cuánto te sumas?- me interrogó- Yo balbuceando y teniendo en mente el enorme gasto que hace rato había hecho con la botella dije: ― 500. ―No chico, -me refutó- está es una información para meterle 100.000. No me negué y pasé toda la noche reprochándome porque no tuve el valor de negarme
Comenzó el partido y sudaba frío pensando de donde iba a sacar 100.000. Si le contaba a mi esposa el gasto hecho en la botella más lo apostado seguro me corría de la casa. Pasé la duración del partido tenso, el puntero no cedía en puntos y el colero no parecía que superaba nunca. Faltando 10 minutos para que terminara el cuarto tiempo, se lesionó un jugador del equipo colero e ingresó en su lugar otro muy joven de quien decía que estaba de luto ya que hace poco perdió a su padre en un accidente laboral. Mi vecino me miraba sonriendo diciendo: ― Tenga fe vecino, tenga fe. Mi Evert nunca se ha equivocado. Lo que siguió en el partido parecía un guion de película; el joven ingresado comenzó a anotar lanzamientos de tres puntos. El partido se puso alcanzable en un puntaje de 97 a 91 a favor del líder faltando cerca de 10 segundos. En milésimas de segundo y con la presión del estómago observo como los lideres fallan un tiro, el equipo contrario recupera y se coloca el marcador 97 a 94. Veo el balón de un lado a otro de la esquina y cuando ya en mi mente me veía solicitando las prestaciones de mi trabajo para pagar la enorme deuda contraída, los coleros roban el balón, se lo pasan al joven quien inmediatamente lanza de tres y encesta, obligando el juego a ir tiempo extra.
El resultado final fue 117 a 111 a favor de los coleros con la destacadísima actuación del joven recién ingresado que anotó nada más y nada menos que 9 cestas de tres puntos, resultando en el corto tiempo que ingresó, el líder encestador de su equipo. Mi vecino celebraba y me preguntaba qué iba hacer con mis quince millones ganados. No salía del asombro, tanto por el increíble acierto del ave como del dinero obtenido en tan poco tiempo. Ahora todo encajaba, todo, quería estar sobrio pero los nervios y la presión por los resultados me llevaron a consumirme la botella yo solito y no podía asimilar con claridad todo lo vivido esa noche.
A la mañana me despierto con un terrible dolor de cabeza. Mi esposa enojada me increpa que si la amistad recién restaurada me iba a convertir en alcohólico, segunda noche que la pasaba donde el vecino y segunda día que regresaba ebrio. La sujeté del brazo para calmarla y le cuento todo lo que pretendía obtener con la segunda visita y todo lo que descubrí. Incrédula dudaba todo lo que le decía pero a la vez, al igual que yo, a todo le comenzaba a ver sentido.
Estos vecinos tenían una mina. Cómo, cuándo y dónde se percató de la habilidad preconizora de su ave fue un secreto que manifestó nunca me revelaría. La facilidad con que hice dinero y libre de impuesto entre tanto no lo declarara, me tenía aun pasmado. La actividad laboral de mi esposa, despertó el mordisqueo de la curiosidad al pensar si la habilidad del ave se extendía al mercado de las bolsas de valores. Cuestión a la cual el vecino no se mostró muy animado ni convencido hasta que mi esposa le evidenció el enorme potencial que representaba en un corto plazo la gran cantidad de dinero que se obtendría y de forma legal y justificada.
Y me convertí en adepto del ave al ser testigo presencial de su virtuosidad en las predicciones que parecían no tener límites ni imposibles.
Fue tanto así que a mi esposa la suspendieron y la investigaban por suponer que su enorme cantidad de aciertos en la bolsa obedecía a una especie de manipulación que tenía del mercado. Con la inmensa fortuna acaudalada, en empresas y acciones de empresas exitosas, en agradecimiento, decido regalarle a Piolina a mi vecino. Ya en su posesión, optan por dejarla fuera de la jaula y para sorpresa, desgracia y desdicha, ella se escapa de la casa del vecino y se posa en uno de los árboles de la acera. Con su canto llama a Evert quien se le une y los vemos partir volando sin rumbo. Mi vecino maldice, insulta y se enoja conmigo, volviendo a ser enemigos hasta que me mudé a mi lujosa mansión. A pesar de haber ofrecido inmensas sumas de recompensa, publicado en todos los medios posibles, no se les volvió a ver ni se supo nunca más de ellos. Ya con la certeza de que no los volveríamos a encontrar, me pregunto si mi Piolina no liberó a Evert de la esclavitud adivinatoria de la que venía siendo sometido. Y no dejó de agradecerle todas las noches a mi tía, ya que su herencia resultó mucho mejor y mayor que la de mis primos.

Luis Duque
© Derechos Reservados

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¿De cuál calibre?

¿De cuál calibre?

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¿De cuál calibre ha de ser mi inspiración?
¿Cuánta pólvora de sentimiento ha de portar,
para dejar tu alma en indefensión
y mis letras tu coraza llegue a penetrar?

¿Cuánta química necesita mi intención,
para crear esa arma biológica
que secuestre por completo tu atención
y sea autor de tus acciones ilógicas?

¿Cuánto impacto amerita mi prosa
para como explosión nuclear
en un solo teclear
imprima palabras que te hagan dichosa?

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A la caza del duende

A la caza del duende

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Seis zapatos hacían crujir las hojas secas en la oscuridad de la noche por el camino que conduce a la casucha abandonada. Tres corazones agitados por la osadía de su acción y el encuentro con lo desconocido, con el misterio. Abandonar sus casas cercana la media noche, en el momento en que sus padres se encontraban en la fiesta aniversario de la empresa, en la que coincidencialmente trabajaban, implicaba regaños, castigos, duras reprimendas. Pero atrapar el duende, que se decía habitaba la casucha, constituía una hazaña que les traería el respeto del resto de sus compañeros, el de los adultos del pueblo, y por consiguiente, el ahogo del enojo en el mar de orgullo que se derramaría en sus padres.

Llegar sigilosamente al sitio, era parte del plan establecido. Ubicarse en forma de triángulo, encandilar al duende con una linterna, abordarlo desde los tres ángulos, para luego meterlo en una caja de metal, continuaba en la estrategia. Lo seguido, sería pura fiesta. Una vez en la plaza, llamar a todos con el campanario y mostrar con jubilo su impresionante hazaña.

En la planificación se discutió la mejor manera de hacerlo. De cuentos, libros y películas, encontraron que los duendes codiciaban el oro. Escondían una botija repleto de este material, y quien la encontrara podía tener al duende, así como también los beneficios de su poder creador en el mundo de los hombres. Durante cierto tiempo, la búsqueda diurna de la codiciada vasija de barro fue infructuosa, plena de decepciones. Pero sus padres le habían trasmitido uno de los eslóganes que les ayudaba en el trabajo: “inventar cualquier otra cosa es mejor que rendirse”, para que este fuese el resorte de sus vidas y no desfallecieran en cualquier actividad. De manera que pasaron a otro plan, como fue el de conseguir una caja de oro para meter al codiciado duende, ya que, en las lecturas, se encontraron con que al estar encerrado en semejante caja perdía sus poderes, y concedía deseos con tal y se le liberase. La dificultad se presentó en que en el pequeño pueblo no existía caja semejante, pero siguiendo el eslogan, decidieron probar con una de bronce pulida de tal manera que imitara mucho al oro. No sabían si el duende sería capaz de reconocerla, pero su decisión fue llevada de la mano por otro eslogan transmitido por sus padres: “si no hechas a correr la bola, no sabrás que dirección tomará, y ni siquiera sabrás si correrá”. De manera que estaban allí, en la vieja casucha, averiguando los resultados que les produciría su aventura, y eso era mejor que no hacerlo.

Ubicados estratégicamente de acuerdo a lo trazado, se dispusieron ha aguardar la aparición del duende. Respiraban agitados y profundamente por  la ansiedad que les infligía todo lo que aquello representaba. Quietos, muy quietos, aguardaban la aparición deseada. Se habían camuflado con todo tipo de hojas para confundirse con la maleza. La espera se prolongaba, sin aparición alguna. Estaban atentos a todo ruido y movimiento; solo escuchaban el canto que los sapos y grillos le regalaban a la noche, el ruido del aire al entrar y salir de sus fosas nasales y el latir de sus corazones en un zigzag de aceleración y reposo. Sus manos comenzaban a sudar, al igual que sudaban sus frentes. Las miradas concentradas en el punto donde se decía que solía aparecer; muy poco parpadeaban, ninguno se atrevía a moverse para no poner en peligro la labor.

Dos horas en la misma posición les llevaba ya a desear que apareciera el duende, temían que demorara mucho y que regresaran sus padres a casa. El tiempo los llevó a una guerra de nervios; la paciencia comenzaba a descender sus niveles de reservas. Uno de ellos se movió para captar la atención de los otros y encogió los hombros interrogando que harían. El otro con una mano apuntando al camino y agitando sus dedos en el aire, emulando un caminante, proponía el regreso. El tercero, más impetuoso y determinando, levantó las manos indicando que todos estuvieran quietos.

La luna ya se vislumbraba en lo más alto, de manera esplendente sobre aquella rivera. La sombra de los árboles se dibujaba en sus rostros, pero con menos intensidad que la incertidumbre que les embargaba. Nuevamente el primero abandonó su posición para indicar, con el índice derecho sobre la muñeca izquierda, que ya había transcurrido mucho tiempo. El otro se levantó moviendo una de sus manos sobre su cadera, dando la idea que se ganarían una reprimenda. El más decidido se alzó indicando con su puño cerrado que los golpearía si no se quedaban quietos. Los otros dos pequeños ya dándose por vencidos estaban dispuestos a abandonar la faena. Aquello se convirtió en una guerra de mimos expresando cada quien su argumento. De pronto se escuchó un agudo ruido, semejante al crujido de hojas secas, solo que muy tenue, muy ligero. Todos se petrificaron en las expresiones que mantenían para ese momento, atentos en espera de otro sonido. Cada vez más de cerca se escuchaba, parecía un suave pisar de las hojas que se encontraban en el piso. “Es el duende” fue el pensamiento que los asaltó a todos, y lentamente volvieron a la posición estratégica. La respiración se montó en una montaña rusa de ansiedades, y al mismo ritmo palpitaba el pecho. Llegaba la hora anhelada, la gran oportunidad, el gran acontecimiento. Las piernas y los brazos temblaban, se incremento el torrente de la frente. La boca seca de tanto salivar ya nada que tragar aportaba. Cada cual buscó su manera de la tensión ahogar, mordiéndose los labios, apretando los puños, o rezando. Comenzaron a moverse las hojas cercanas al punto donde se esperaba la aparición. El momento cada vez aumentaba en tensión. El primero se orinó. Pero jamás revelaría tal hecho. El otro lamentó abandonar su casa, deseaba regresar y ser más obediente. El tercero, más tenaz, aguardaba con emoción, lo que sería la prueba de valor que le haría ganar más respeto y aprecio.

Cuatro patas blancas y una ondulante cola hicieron su aparición, la luz de la luna hacia brillar sus ojos en un siniestro color gris, caminaba muy despacio, tambaleándose con cierta elegancia hacia los lados. “Un gato” fue la idea que aportó lo que con confusión y nervios contemplaban. El desconcierto los llevó a buscar sus miradas, tratando de coordinar ideas, de concertar acciones, pero no reaccionaban, no pensaban, no comprendían. “Tanto esperar para encontrar a un gato” fue el pensamiento del más sagaz, mientras observaba al gato en su tangonear dirigirse muy despacio hasta una de las esquinas de la casucha abandonada. Su cola ondulaba de un lado a otro con cierta gracia; se detuvo, inclinó la cabeza y lentamente se echó en el piso. Se quedó inmóvil, con la mirada fija en dirección a una de las tablas caídas de la abandonada casucha.

Una flama de emoción le hizo brillar los ojos al tercero, cuando una idea se le presentó: “El duende apareció convertido en gato”, se le dibujó una larga sonrisa; después de todo tendrían su codiciada presa. Lentamente movió sus manos para que los otros lo vieran. Habiendo obtenido su atención, les realizaba señas con las manos indicándoles que el gato era el duende. Una extraña mezcla de alegría y temor se apoderó de los otros dos. “Con que el duende se presentó de gato” pensó el segundo. El primero no daba crédito a tal idea, pero por las lecturas, lo tenía como posible. El gato de pronto giró su cabeza hasta donde él se encontraba, y por segunda vez su vejiga se aflojó. Se quedó inmóvil, no porque eso fuese parte del plan, sino porque el terror como amargo veneno le recorrió toda la piel, nublando sus sentidos y prensando todos sus músculos. Los otros dos lo vieron, pensando lo peor, haciendo un gran esfuerzo por tragar y conseguir aliento; en ese momento hasta el más tenaz sintió miedo. No podían actuar ahora, si lo hacían el duende-gato los vería y emprendería la huida. Debían esperar a que volviera a dirigir su mirada al sitio donde la tenía. Pero no, el gato no giraba su cabeza. El primero, no pudiendo controlar más sus nervios, comenzó a temblar de tal manera que movía las hojas que le rodeaban. El duende-gato rápidamente se levantó en sus cuatro patas colocando su cuerpo en dirección donde se movían las hojas. El resto se alarmó, y temiendo por su compañero, rompieron el plan y se lanzaron sobre la presa. El tercero fue el primero en llegar, y con la linterna encandiló al gato que ante el asombro no pudo ni moverse, viéndose de inmediato cubierto por una manta dorada por completo; sin perder mucho tiempo en la caja de bronce pulido lo metieron. Los dos muchachos comenzaron a saltar y reír de la alegría. El primero de los arbustos salía, secando el líquido que corría por sus mejillas. Repuesto se unió al júbilo de sus compañeros, girando los tres alrededor de la caja, abrazados, en gran festejo. La emoción les impulsaba el retorno rápido a casa para mostrar su hazaña a todo el pueblo, no aguantarían hasta mañana, lo harían esa misma noche, por si acaso su duende se percataba que la caja en que se encontraba no tenía ni una pizca de oro. Los deseos quedarían para más luego. Entre palmadas y risas los tres alzaron la caja gritando al viento con desenfreno. La escena era observada desde el interior de las tablas de la casucha abandonada por un pequeño ratón, que sin entenderlo, por la candidez inyectada de optimismo, su vida le había sido salvada.

Autor Luis Duque.
Derechos reservados
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Persiguiendo un sueño en el infierno

Persiguiendo un sueño en el infierno

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Él sólo sabía que no sabía nada, su cuerpo reflejaba los síntomas de su país, su piel se encontraba tostada por el inclemente sol, sol que se unía a los males de la isla e irradiaba incandescente para atormentar aún más a un pueblo atormentado, a pesar de ser una bendición para los bananeros, actividad que no podía ya ejercer porque su cuerpo no se lo permitía. Sus manos temblaban por el párkinson, en su nada saber pensaba que eso se le había contagiado de los temblores de la tierra, esos que en combinación con los huracanes, mantenían en la ruina a la isla. Él se decía <> pero no se lamentaba de la enfermedad que le imposibilitaba realizar la mayoría de las tareas, aunque para lavar y fregar era la idónea, sentía que le daba el dinamismo y ritmo de un artefacto eléctrico, así como efectividad. Igual reflexionaba que si no fuese por su condición, no generaría confianza en sus contrincantes y quienes seguros de que la ganarían, lo invitaron a jugar en ese círculo privado y secreto, eso y porque astutamente consiguió que un soldado de la ONU le consiguiera canicas, de las reales, las codiciadas por los niños. Cuando el soldado le preguntó para qué un adulto de 70 años quería canicas, él sólo mostró su patentada sonrisa, esa que descubre sus encías sin dentadura y su lengua fisurada como fisurada se mantenían las calles y mayoría de las construcciones de su amada Haití, sabría Dios cual enfermedad de las tantas que han aquejado a su cuerpo le habrá puesto la lengua así. Con esa sonrisa retrato de su tiempo, evadía toda pregunta y preservaba el secreto.

Practicó con ahínco cómo lanzar las canicas, en medio de su temblequeo supo determinar con precisión cómo ubicar su mano y en qué momento su dedo pulgar se soltaría como gatillo para impulsar la bolita de vidrio y asestar la bolita rival. Se aferraba esperanzado a su nuevo sueño, uno que no provenía de promesas electorales, las cuales creía se frustraban por los reiterados golpes de estado que marcaban la agenda política de la isla, tampoco las de miembros de defensa civil, cruz roja, militares extranjeros quienes decían venir a poner orden y ayudar a los desvalidos por las arremetidas de la naturaleza y los grupos que se disputaban el poder. Todos solo explotaban a su pueblo, prostituían sus juventudes y traían enfermedades de otros continentes. <> era el decir frecuente de la mayoría de las personas que conocía, pero él había encontrado un sueño que lo sacaría de ese infierno.

El último huracán que azotó la isla obligó a suspender la competencia, dejó en mal estado el terreno y este debía ser plano, plano y en un sitio donde nadie les interrumpiera ni descubriera. Tras haber limpiado parte del desastre, el sitio había quedado impecable para el evento. En la noche se dedicó a pulir sus canicas, recordaba que en conversaciones con el soldado que se las consiguió, éste le ilustró que se les suele llamar también bellugas, boliches, bolichas, bolitas, boles y caniques (Asturiano), cayucos, balitas, bochas, bolindres, pingos, pelotitas, polcas, bolas, piquis, polquitas, caniques, chivas, cincos, chibolas, bolillas, maras, metras, balas, garbinches, bolondronas, corote, salva, bolinchas, tiros, pero a él no le interesaba cómo se les llamaba, representaba su interés lo que lograría con ellas, el cambio de su futuro, poder viajar con su nieta a República Dominicana, sabía que ella vivía muy bien allá, era dueña de un pesquero heredado de su padre, su hijo, a quien no quiso acompañar, porque él no quería ser una carga, pero después del evento tendría mucho dinero, no sólo para viajar sino para comprarse una casa justo al lado de su nieta y recordar juntos a su amado hijo, quien murió en una tormenta una tarde de pesca. Soltó una lágrima con ese recuerdo, era como si a los habitantes de Haití las desgracias naturales les perseguían, pero secó su lágrima con la fuerza que le caracteriza, esa que también es propia de los habitantes de Haití y les permite afrontar las dificultades y los castigos que pareciera que el destino les tiene cruelmente reservado.

Durmió lo suficiente, se levantó, aseó, tomó su saco de canicas y emprendió la caminata con su cuerpo tembleque hasta el lugar secretamente determinado. Avanzaba confiado de que les ganaría a todos esos chicos sus esferas, esas que su inocencia les impide establecer su valor comercial y por las cuales se sumergen a grandes profundidades en lugares que no revelarían nunca y extraen de las ostras, esas que codician los adultos y en su nuevo sueño le dará para abandonar la isla y residenciarse al lado de su nieta.

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La vida se le iba en torrentes, despacio. Descendía el laberinto de casas a toda prisa, desorientado, cerrándose puertas y ventanas a su paso. La música estridente, usurpadora de espacios, y los ladridos de los perros, hacían telón de fondo. Por instantes se detenía para intercambiar disparos, atrayendo miradas curiosas, escondiendo nerviosas, obligando al miedo y la prudencia a arrojar a los individuos al piso; a otros, ocultarse desesperados, conmocionando el ambiente, subrayando lo cotidiano.

Optó por colgarse la insignia policíaca en el pecho para atraer simpatías y propiciar la apertura de alguna puerta en socorro. Pero su vestimenta civil y su presencia espontánea sembraban dudas, y la cantidad de contrincantes imponía pavor.

Ya sin balas y a punto de perder el conocimiento, se detuvo determinado a esperar su hora final, tomando, con pausas, prolongadas bocanadas de aire, creyendo a cada una, su último aliento.

Giro su cabeza al escuchar un ―No te metas en peos María―. Y quedó frente a una silueta femenina, que con la puerta entre abierta movía su mano invitándole al ingreso. Sin pensarlo y ni dudarlo, creyendo delirar, corrió hacia su oportunidad. Al ingresar, tan sólo alcanzaba a seguir la voz que lo exaltaba e inquiría que ―quien tuviera el valor de combatirlos y ponerles freno contaría con su apoyo―.

Un mueble de cocina le fue señalado como su refugio en caso de que su ubicación detectaran y se atrevieran a penetrar la morada. Una vez dentro, luchaba por acomodarse en el apretado lugar y mantenerse consciente, espantaba pensamientos de reproche por ser tan imprudente y colocarse en esa situación. Deseaba que lo siguiente que hiciese su salvadora fuese notificar a sus colegas para que viniesen en su auxilio y librarse de esa. Fue arrebatado de sus pensamientos al escuchar el fuerte golpe que derribaba la puerta.

Con la certeza que les brindaba el hilillo de sangre que dejó, los perseguidores precisaban se revelara en que parte de la casa se ubicaba su fugitivo, apuntando con un arma a la cien de la valiente y ahora desafortunada. Pero el temor no invadía el cuerpo atropellado, y se reforzaba en entereza. Arremetieron insultos, bofetadas, jalones de cabellos y empujones. Desde la cocina el refugio se había vuelto cautiverio y la debilidad no permitía salir y cambiar la situación con la entrega.

Las bofetadas fueron sustituidas por patadas, cachazos, y la entereza se resquebrajaba con gemidos de dolor y lagrimas, pero no se producía la delación. La insignia chocaba de un lado a otro en un esfuerzo débil e inútil devenido en desespero por salir del reducido espacio. Desde el exterior de la vivienda se escuchaban voces que tímidamente solicitaban dejar en paz a la victima voluntaria.

Con la presión de actuar con prisa, algunos de los intrusos comenzaron a inspeccionar la casa exclamando la cobardía de quién allí se ocultaba, exhortando a la salida si en verdad las tenía cuadradas. No escuchaban los golpes que como último recurso, al no poder pronunciar palabras, se producían en el interior de la cocina con la intensión de orientarlos.

La búsqueda fallida, y la resistencia femenina, encendieron la furia sin conciencia que llevó a halar el gatillo, introduciéndose la bala en el cuello de aquel cuerpo macilento, por ética, por compromiso. Tras el disparo, una sensación de dolor y pena invadió el cuerpo cautivo, entumeciéndolo aún más. Lagrimas brotaron por sospechar el destino injustificado de quien osó ayudarlo, queriéndola reemplazar.

Voces cómplices notificaron de la presencia policial, ocasionado el rápido y sigiloso abandono del lugar.

El sector, huérfano de legalidad, se impregnó enrarecido de azul y cascos, tornándose aun más sombrío, con motos desafiando las empinadas escalinatas. El ruido musical hizo pausa para darle espacio a la curiosidad en procura de devorar detalles de la agitación policíaca que sacaba los cuerpos ensangrentados y medio conscientes, trasladándolos hasta una ambulancia.

En el interior, los dos cuerpos que luchaban por mantener la vida almacenada se tomaron de la mano. Susurrando, la voz femenina con acento de súplica resopló: -¡Haznos la vida más segura! Seguido, se aflojó la mano y colgó sin vida al extremo de la camilla. Los paramédicos se precipitaban a restaurársela sin eficacia, al tiempo que la ambulancia marchaba a toda velocidad, despejando caminos al ritmo de su sirena.

Llegó a la lucidez sin abrir los ojos. Escuchaba el pip pip traducido por la maquina que registraba sus latidos. Ya con la certeza de aún continuar vivo, repasaba lentamente lo acontecido. El efecto aún presente de la anestesia le impedía experimentar el dolor de las cirugías necesarias para remover las cuatro balas que se habían incrustado en su cuerpo. Pero le dolía el alma al recordar el resultado fatal. Por primera vez experimentaba una punzada que no había conocido hasta ese momento en su interior, punzada que propiciaba su conciencia recién despierta. Voces conocidas le estimularon a abrir los ojos. Cálidas frases y apretones de mano le colmaron para darle ánimo.

En la letanía de su recuperación fue conociendo detalles de su heroína. Se enteró de la gran concurrencia a su funeral por ser apreciada trabajadora social. Se retorcía silencioso al percatarse que una vida de tanta dignidad, tanta labor y tanta entrega, había sido dada a cambio de la suya. Acentuaba la punzada, repitiéndose desde el fondo sin cesar aquel: ¡Haznos la vida más segura!

Desfilaron por esa habitación parientes, colegas, autoridades del estamento jurídico, políticos y simples espectadores, portando buenos deseos, consuelo, promesas, salutaciones. Una vez a solas, el alma entró en crisis. Le invadió una sensación de asco, surgieron reproches, el deseo de haber quedado muerto en ese lugar, ideando fórmula para hacer justicia ante la injusticia de continuar vivo. El afán desquiciado por lograr el objetivo se vio interrumpido por visitas azules, que a la espera de la soledad, ansiaban indagar los detalles de lo acontecido.

La reunión de secuaces en la habitación aclaró lo existente. La criminalidad de la zona se negaba a seguir pagando cuotas para obrar sin freno, y que los representantes de la legalidad no fustigaran a ninguno de sus miembros. Con desatino y bravura habían decido eliminar al cobrador consuetudinario, sin importar las consecuencias.

Pero su alma flagelada ante la imposición de su conciencia no quería saber ya de esos pasos, no quería mirar ese pasado que atormentaba por las consecuencias. Sus compañeros al verlo taciturno y con la mirada extraviada decidieron abandonar la habitación y dejarle para que se recuperara, sin advertir la metamorfosis interior que se obraba sacudiendo cada fibra.

Una vez dado de alta y en servicio. Su alma resuelta se conducía uniformada por otro sendero, el establecido en las normas, los libros, los reglamentos, considerados antes letras muertas, conceptos sin sentidos, huecos. Esa decisión le apartó de sus colegas secuaces y aproximarse a los abnegados, éticos. Acarreando consigo la actitud celosa y rencorosa de los primeros, y la actitud prudente y reticente de los segundos, por su fama sin comprobación e ignorando la disposición de cumplir aquel encargo.

Con la investigación a cuestas por lo sucedido y el temor de sus secuaces de una traición, por comportarse distinto, surgía el estiércol de sus obras pasadas. Victimas de ese ayer, antes amenazadas para que guardaran silencio, hoy eran obligadas, por sus mismos amenazadores anónimos, a dar información, incluso falsas.

Suspendido de sus funciones, y ante la posibilidad de sanciones penales, se vio con la angustia del impedimento de cumplir. Sin rendirse, se dio a la tarea de buscar organizaciones sociales que tuvieran su misión como meta. Encontrando tan pocas y las pocas, con escaza proyección o recursos, y casi disueltas.

No obstante, en la determinación de su empresa había comenzado a armar sus ideas, en procura de darle solución a los problemas que padecía el sistema, de reforzar las debilidades y de potenciar su rendimiento.

Consultaba a cuanta persona creyera podría ayudar con el tema y se mantenía de biblioteca en biblioteca. Esas acciones reforzaban las sospechas de sus ahora detractores y les impulsaba a idear acciones que le obligaran a abandonar su mal entendida faena.

Amenazas anónimas comenzaron a sorprender su agenda, bien a través de llamadas, grafitos en las paredes de su casa y disparos fallados adrede. Pero imitando la acción que le compró cuotas de vida, se mantenía incólume, sumergido en sus investigaciones, sus razonamientos, reclutando colaboradores, revitalizando espíritus aletargados por el pesimismo y el desaliento.

Pronto la intriga llegó para deshacer lo poco que había hecho. Bastó con mostrar su pasado para ahora cargar con las evasivas y el desprecio sus colaboradores y adeptos. Añadido a eso, eran inminentes los cargos penales por lo que se había expedido una orden de arresto. Sus detractores, para no darle más larga a la zozobra que los embargaba, habían decidido poner punto final a cualquier posibilidad.

Por un antiguo secuaz con el que llegó a tener mayor afinidad, fue notificado de su infortunio, y su alma se sumergía en pena.

Viajaba en un porpuesto sin rumbo fijo, considerando sus opciones, sabía que era el chingo o el sin nariz, y sin posibilidad de cumplir lo que se había trazado. Pensó en huir, pero era contrario a los principios recién adoptados, y defraudaría al ejemplo que estaba imitando. Sumergido en cavilaciones la tragedia cotidiana le sorprendió. Dos hampones se levantaron de sus asientos, dirigiéndose hacia el chofer, blandiendo armas. Convidaban a los pasajeros a que se despojaran de sus pertenencias. Dos puestos delante de él contempló el movimiento lento y escurridizo de un joven cuyas botas bien pulidas y su acción imprudente delataban ser un novato de la policía. Detrás de ese joven, realizaba movimiento otro hampón que había quedado estratégicamente inadvertido presto a dispararle.

Sin pensarlo ni dudarlo se abalanzó sobre el novato sirviéndole de escudo. Éste, con torpes pero rápidos movimientos giró, respondiéndole con certero disparo al hampón agresor, lanzándose luego al piso, logrando atinar fortuitamente a otro de los hampones en la parte delantera, sin poder evitar la inmediata huida del tercero.

Considerando la situación fuera de peligro, el novato se dirigió hacia su salvador, tratando de ayudarle colocándole la mano en el pecho, procurando evitar que continuara fluyendo la sangre. Con la vida escapándosele irremediablemente tomó al novato por el cuello de la camisa musitándole:¡Se buen policía! ¡Hazle la vida más segura!

Luis Duque
© Derechos Reservados
Imagen tomada de la Red

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