LEOPOLDO VIGIL DI FERRETTI

LEOPOLDO VIGIL DI FERRETTI

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LEOPOLDO VIGIL DI FERRETTI
A través del ventanal que da a Larcomar veo la gente cruzando la avenida. Algunos disfrutaron el happy hour en el centro comercial y los taxis aguardan para llevarlos a destinos inciertos. Los guerreros enfrentan el latido salvaje de la noche miraflorina. Estoy sentado frente al mar y la bahía luce hermosa. Al fondo la cruz del Morro Solar brilla esplendorosa y a su costado se insinúa el Cristo del Pacífico, como si se avergonzara de su vecino.
El Casino de Miraflores va llenando sus ambientes y en el bar del tercer piso el pianista inicia su performance. Las notas de Venecia sin ti suenan cuando lo veo ingresar por la puerta. Saluda a los bartenders y estrecha la mano de uno de los mozos. Leopoldo Vigil di Ferretti aún conserva la prestancia de los mejores años de su vida. Viste el terno comprado en las Malvinas y los zapatos de charol son espejos en los que se reflejan las luces del techo. Exhibe la sonrisa seductora con que conquistaba a las chicas del Waikiki y se aproxima. Me estampa un beso en la mejilla derecha.
─Jorgito del alma, amigo de toda la vida, qué bueno volver a verte.
Le devuelvo el abrazo cariñoso y lo invito a compartir el piqueo de aceitunas verdes con cabanossi. Se percata de la botella de Bacardi dorado recién empezada y pide un vaso.
─Hoy voy a tomar ron puro ─amenaza y suelta la carcajada estrepitosa, aquella que hacía temblar las piedras de la playa y asustaba a las gaviotas. Al escucharla en sus días de gloria, sabíamos que el rey de las olas entraba a surfear.
─Te soy sincero, Jorgito del alma. Tenía miedo de venir y revivir la última vez que estuve aquí. Me costó mucho aceptar tu invitación, pero me he mentalizado para llegar entero. En fin, ya estamos acá y que empiece la rumba ─dice al mismo tiempo que se prepara el primer ron cargado, con mucho hielo.
─Tranquilo, Leo, no es para tanto. Dos más iguales y vas a terminar cantando con el pianista.
─Ya nada me importa, Jorgito del alma. Me han querido cancelar por no estar al día con las cuotas, pero todavía soy socio de este club de mierda. Esos viejos maricas ya no recuerdan quién soy y han olvidado cómo chupaban y bailaban a mis costillas.
─Lo sé, Leo, la gente es muy ingrata, solo están en las buenas…
─Exacto, Jorgito del alma ─me ataja el comentario ─. Los amigos se ven en las malas y tú eres uno de ellos. Nunca olvidaré lo que hiciste por mí después de ese sábado aciago de hace unos años…
Leo ganó la licitación para traer arroz desde Vietnam, negocio que le permitió embolsicarse varios millones de dólares y quiso compartir y alardear con sus amigos. Reservó una sala del casino para jugar póker, armó el escenario a su gusto y dispuso cuatro sillas alrededor de la mesa. Consiguió varios mazos de naipes importados y la carta de platos especiales y tragos estuvo a nuestra disposición. Frente a él se sentó John, antiguo amigo que aparecía de vacaciones cuando se aburría de administrar sus negocios en Manhattan. Como buen hijo de inmigrantes californianos, tenía en su haber tres divorcios y buscaba el cuarto braguetazo en las faldas de la hija de un prominente político. No perdió sus raíces peruanas y en una noche de guitarra y cajón le bajó el calzón en el baño de una peña de Surco. Ayudado por el futuro suegro del colorado, Leo obtuvo la buena pro y ganaron un dineral. Tomé asiento a la izquierda de ellos y, mientras esperábamos a Humphrey, empezamos a calentar el momento. Luego de una hora el negro se anunció tras la puerta, exhibiendo su inmensa jeta y enorme collar de oro que contrastaba con la guayabera caribeña. Humphrey, afincado en Panamá, gerenciaba negocios de dudosa reputación en la Zona Libre de Colón. Expiaba sus pecados con viajes frecuentes a la India, donde decía haber encontrado la paz espiritual. Habían caído dos botellas de wisky y Leo, aficionado a empinar el codo, dio muestras de estar más sazonado que nosotros. Para celebrar el éxito de Leo, el negro Humphrey puso sobre la mesa una botella de Don Perignon. Nuestro anfitrión ordenó descorcharla y, con lágrimas en los ojos, atrapado por la emoción brindó:
─Por ustedes, queridos John, Humphrey y Jorge Serrney. La vida no sería la misma sin los buenos amigos ─se limpió la cara llorosa con una servilleta de papel ─ ¡Que no haya tristeza en esta mesa! ¡A jugar de verdad!
El juego siguió dentro de los caminos normales y cerca de la medianoche Leo había perdido mucho dinero y, en la última mano de su vida, teniendo el juego fantástico deseado por cualquiera, puso sobre la mesa las llaves de su Volvo último modelo recién adquirido. John y yo nos retiramos. El negro Humphrey lo observó detenidamente y encima de  las llaves del Volvo colocó un cheque de 200000 dólares, monto que cubría y reviraba la apuesta. Exhalamos un soplido y vimos a Leo visiblemente turbado
─Negro, ¿aceptarías mi casa de playa para seguir jugando?
─Claro, Leo, somos caballeros y nuestra palabra es más que suficiente, ¿Es así o no, muchachos? En demostración de buena fe, sobre tu casa de playa pongo mi terreno de Ate, ¿puedes responder, Leo?
El terreno en cuestión era una joya codiciada, ambicionada por universidades y centros comerciales. El negro Humphrey decía que esperaba el momento preciso para negociarlo.
─Eso y mucho más, negro cabrón. Me cago en tu terreno y contra él va la licitación del arroz que acabo de ganar, ¿qué dices?
John y yo guardamos absoluto silencio. Fuimos testigos de excepción de cómo un juego entre amigos de juventud se descarriló. Supusimos que fueron tiros de salva y una vez concluido volvería la normalidad y la vida seguiría igual. Olvidaríamos las apuestas y nos iríamos deseándonos buenas noches como siempre.
─Pago por ver ─susurró el negro, tragando saliva ─.Va contra tu licitación mis acciones de la minera…
El tiempo se suspendió en el aire. Ambos jugadores dieron una última mirada a sus juegos y Leo colocó una por una las cartas sobre el tapete verde de la mesa. No dimos crédito a lo que miramos. Leo esbozó una amplia sonrisa, sus ojos brillaron y, con el aliento contenido, aguardó que el negro Humphrey dejara caer las suyas…

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PERICO RIVERA

PERICO RIVERA

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PERICO RIVERA

─Buenas tardes, señor Serrney, el doctor lo espera en el estudio.
Rossie, la impresionante mulata atrapada en una blusa semi abierta que insinúa dos tetas alevosas extiende el brazo señalando el camino. Sigo la indicación y de reojo miro el par de caderas cómplices prisioneras en una falda negra. El estudio de Pedro Rivera, notario público de Lima, graduado con honores en la Pontificia Universidad Católica y doctorado en Yale, es amplio, suntuoso, ozonizado y con sillones forrados en cuero marrón. A través del gran ventanal que filtra la luz del jardín, se aprecia el atardecer.
─Hola, Jorgito, disculpa la demora pero estaba cagando la cebichada del almuerzo, ¡Rossie! ─brama─, tráenos una botella de Chivas y bastante hielo.
─ ¿Qué tal, Perico, cómo llevas el encierro?
─Como si nada, Jorgito. En este país el arresto domiciliario es un saludo a la bandera. ¿Has visto algún policía en la puerta de la casa? Les doy permiso y plata para que vayan a perder el tiempo en otro lado. Cuando quiero salir les aviso y se hacen los de la vista gorda, así de fácil.
Rossie regresa con el pedido. Coloca la bandeja sobre la mesa central y deja ver dos piernas de ensueño. Pide permiso y se retira meneando los glúteos descomunales.
─ ¿Qué tal la negra? ¿Buenaza, verdad? La cojo en el sillón de allá; le doy su propina y se va más que contenta. Es lo bueno de estar encerrado en tu casa. Sexo a domicilio y nadie te jode…
─ ¿Tienes fecha de sentencia, Perico?
─Aún, no, Jorgito. Mis abogados están ocupados en ese trámite, pero ya todo está arreglado. El juez que ve mi caso es mi compañero del colegio y me debe muchos favores…
─Excelente, Perico, el que está jodido es el gordo Rafael. Ha quedado medio paralizado de la cintura para abajo. Está en rehabilitación y no se sabe si volverá a caminar. La semana pasada estuve en su casa y me pidió que te mandara a la mierda si te volvía a ver. Que te dijera que si vuelve a andar vendrá para meterte un balazo, no fallará y te dejará bien muerto y enterrado….
─No jodas, Jorgito, ¿eso te dijo? Qué tal hijo de puta… ¿Recuerdas la semana santa del año pasado?
─Claro, Perico, imposible olvidarla. Estuvimos reunidos en tu casa de playa de Bujama. Acordamos juntarnos para recordar viejos tiempos y pasarla bien.
─Tú fuiste el primero en llegar, luego el gringo Gregory, el rey de los melones, y a los pocos minutos el gordo Rafael, general retirado del ejército ─recuerda el notario ─. Carolina y yo organizamos y arreglamos todo desde el día anterior. Ella regresó temprano a Lima y dejó la casa lista para nosotros…
Perico toma aire y continúa:
─El gordo Rafael preparó los langostinos al ajillo, las conchitas a la parmesana y los espárragos frutados. Tú te encargaste del bar y la música y el gringo de la parrilla. Yo me dediqué a joderlos. Hasta ahí lo tengo claro, ¿te acuerdas de lo demás?.
─Hasta el mínimo detalle, Perico. No sé en qué momento se torció el destino. Varias botellas de pisco habían caído y felizmente el gringo, antes que se drogara, prendió la parrilla e hizo el papillote de lenguado en salsa ostión, el pulpo anticuchado y las colas de langosta. Te digo algo más, Perico:
Interrumpo los recuerdos para tomar un trago largo de wisky. Prosigo:
─No sé de dónde el gringo sacó la bolsita con cocaína y empezó a aspirar. Se puso tan duro que no podía hablar y le mencionaste que no se excediera porque acababan de re vascularizarlo. El colorado, en un esfuerzo de lucidez destrabó la lengua y gritó que los médicos se fueran al carajo, que solo querían asustarnos y sacarnos plata. Puso como ejemplo a Barboza, el brasileño, que hacía diez años lo condenaron a muerte por un cáncer de colon y seguía tirándose a las empleadas de su fábrica de embutidos.
─Tienes razón, Jorgito. Ya lo había olvidado. Tengo un arroz con mango en la cabeza.
─Es más, Perico, logramos controlarlo y tranquilizarlo. El destino se torció en el momento que Rafael tocó la importancia del tamaño de la verga. Explotaste cuando el gordo afirmó que la tenías pequeña y que tu mujer protestaba por eso….
─ ¡Maldito gordo! ─retumba su voz en el estudio─ Sabía que la tenía chica y que mi mujer se quejaba. Hice cortocircuito, corrí hacia mi habitación y regresé con la pistola que el mismo me obsequió…
Perico está con las yugulares ingurgitadas. Detiene la narración para tranquilizarse y disminuir las pulsaciones cardiacas. Retoma el relato:
─Pensé que estaba descargada. Solo quería asustarlo y disparé al techo, En el camino, no sé si por efecto de la emoción o cólera, la pistola no subió y el balazo lo agarró en la barriga…
-─Tranquilo, Perico, cuidado con tu presión arterial ─recomiendo y alzo el vaso
─Después ya no recuerdo mucho, supongo que tú, sí. En fin, Jorgito, la más afectada fue la puta de mi mujer. No tardó en pedirme el divorcio, aduciendo que era la hazmerreir de la sociedad limeña, que no soportaba las miradas en el club ni los murmullos a sus espaldas. Fuimos noticia en los programas dominicales; un triángulo amoroso en el jet set peruano, etc., etc. Tú sabes bien la historia, Jorgito.
Me levanto y le palmeo el hombro derecho. El abogado Perico Rivera, mi amigo, ex amigo del gordo Rafael, promete a través del cristal del vaso:
─Espero tranquilo mi sentencia y ojalá el general vuelva a caminar. Quiero meterle el balazo definitivo antes que me lo meta…

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REBECA

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REBECA 6

Lejos están los años estudiantiles de la facultad, a la que llegué por mis propios méritos desde Celendín. Cobijada por un familiar en su casa del Rímac, me costó disfrazar mi hablar motoso, vestir diferente, aprender los modales de la gran capital y a no asustarme en los microbuses para llegar a mis destinos. Soporté mis lentes de carey y me habitué a las zapatillas compradas en el Mercado Central. Al comienzo fue difícil. Serrney, tú lo sabes de memoria. Muchos años después de graduarme la vida me sonrió y gracias a la iniciativa de un compañero izquierdista una ONG me contrató.

Nuevamente en Lima y, recién llegada de New York donde laboro en la OMS como epidemióloga, estoy en el bar del Crillón degustando con Serrney un pisco sour. Lo observo con cuidado, sin perder detalles. Siempre me cautivó su andar despreocupado, modales elegantes y facilidad para la conversación entretenida. Sus ojos azules siguen desconcertándome cuando me mira fijamente. Viste jean desteñido y en el bolsillo de la camisa de lino lucha por no caer la infaltable cajetilla de cigarrillos. En cambio, yo llevo puesta una blusa de Armani que combina con el pantalón Dolce Gabanna y mis pies calzan zapatos Prada. En la silla cuelga una cartera Louis Vuiton. A pesar de la simpleza de su vestimenta no deja de atraerme su prestancia innata. Le tengo una especie de amor platónico y sus ojos azules no dejan de observarme.
─Rebeca, ¿qué te trae por acá?
─Solo quería reunirme contigo un rato, darling. Después ya veré lo que hago. Mañana viajo a Celendín a visitar a la familia, a darme un baño de recuerdos. Luego asistiré a un symposium de Enfermedades Emergentes en un hotel de San Isidro. Expondré un tema aburrido y rutinario por el que me pagarán bien.
─Por lo escuchado, estarás muy ocupada. ¿Visitarás a tus amigos zurdos?
─No, con ellos marqué distancia hace buen tiempo. No les perdoné la traición que cometieron. ¿Sabes, sweetie? Olvidaron mi rol protagónico de dirigente y no les importó que hubiera estado en la cárcel. Tú sabes, dear Serrney, cómo se porta la gente cuando las papas queman. Creo que nunca supiste que el flaco Benítez fue el único que me visitaba cuando estuve tras las rejas. Los demás no asomaron las narices. El pobre se fajó conmigo y por suerte no terminó encerrado. Escapó con las justas y pasó desapercibido. Así lo creí durante años. Lamentablemente la historia fue otra y acabó desaparecido. No entiendo qué pasó y hasta hoy entristezco al recordarlo.
─Ustedes fueron muy inocentes. Creyeron que organizando marchas, enfrentando a la policía, pintando calles, volanteando, haciendo ollas comunes con los mineros y cambiando de domicilio era suficiente para hacer la revolución y que Seguridad del Estado no se daba cuenta. Siempre estuvieron chequeados, Rebequita. Pude ver tu expediente y, gracias a un fiscal amigo, te clavaron unos cuantos meses…
─Lo sé, Serrney. Lo tengo muy claro, pero quedé curada de espanto y me vi obligada a salir del país. Nadie me quiso adoptar, ni siquiera Cuba. Por aquel entonces fui la amante de uno de los funcionarios de la embajada cubana. No logré que ese hijo de puta me ayudara. Al enterarse me ignoró y el muy marica se hizo trasladar a un país africano. Me quedé sola, sin dinero y a punto de empezar el SERUMS, ¿sabes de lo que hablo? ¿No? Es el programa mediante el cual devuelves con servicios profesionales lo que el estado invirtió en tu formación. Pues bien, mi pasado rojo me mandó a un pueblo perdido de la puna. A más de cuatro mil metros de altura, además de hacer muy poco, me tuberculicé. No morí porque nadie muere la víspera, pero mis trompas de Falopio se pudrieron y quedé estéril. ¿Lo sabías, honey? Me salvé porque un amigo piadoso me ayudó con el tratamiento. Aprendí, querido Serrney, que la vida no es como te la pintan en el adoctrinamiento proselitista…
─En cambio hoy, basta con mirar tu página de Facebook para darse cuenta lo bien que te va en el país que tanto criticaste. Eres una linda burguesa con aires de diva. Creo que te lo mereces, cariño. Rebequita, debiste entender en su momento que eras un Quijote peleando contra los molinos de viento del sistema yanqui y que la cortina de hierro se derrumbaría, tal como ocurrió…
─No digas eso, Serrney. Así no fue exactamente. Tuve oportunidad de analizar los hechos, autocriticarme, curarme en salud y cuando Sendero Luminoso arreció, terminé de comprobar algunas cosas, desilusionarme y retirarme a tiempo.

─Viste la luz ─apunta Serrney─ ¿Cuántos liftings faciales te has hecho?
─Uno, hace dos años y me pongo Botox cada seis meses. Me operé la miopía y uso lentes cosméticos de color verde. Lo demás está tal como vine al mundo…
─ ¿Incluyendo el trasero?
─ ¡Por supuesto, Serrney! Natural y no profanado ─esbozo una sonrisa pícara─. Lo guardo para alguien especial…
Recibo la mirada inquisitiva de Serrney. Está inquieto en la silla y sus piernas cruzadas intentan disimular la erección incipiente. Pretende comprender mi rostro sonrojado. Ordeno una nueva ronda de pisco sour. El primero estuvo maravilloso y ya siento el cosquilleo en mi entrepierna. Serrney sugiere ir a un sillón más cómodo. Acepto y levanto el prodigio que Dios me ha dado. Sé que sus ojos azules están clavados en mi anatomía.
La tarde avanza y, entre recuerdos universitarios y alguna discusión de principios acallada cuando me toma las manos, haciéndome sentir pajaritos en la cabeza, decido dar por terminada la reunión. El cuarto pisco sour le dice al oído que he reservado una habitación antes de irme mañana a Cajamarca.
─Será lo que Dios quiera o lo que tú quieras, Rebequita ─dice mi amigo de tantos años, irreconciliables en una época de nuestras vidas, unidos por el destino y los giros extraños que ofrece el mundo.
Media tambaleante por los tragos, el buen Serrney me ayuda a recuperar la compostura, me abraza fuertemente y le entrego la llave de la habitación, diciéndole:
─Will be whatever you want, George…

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MAGGIE

MAGGIE

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MAGGIE
Desperté desnuda, cubierta por la sábana. Mi piel es fiel testimonio de haber sido besada toda la noche. Mi cuerpo exhala un aroma desconocido, mezcla de pachuli y hierbabuena. Mis cabellos ensortijados están impregnados con humo de cigarrillo y la muñeca derecha exhibe un pequeño rasguño. Con la cabeza adolorida miro la habitación, tratando de encontrar a alguien.
Debajo de la almohada, asoma una rosa roja. Mi ropa yace doblada y ordenada sobre el sillón de la esquina, debajo de la ventana que da a la plaza de Armas.
Me incorporo y busco en el baño. Procuro hallar una explicación, un nombre, un recuerdo. Está limpio y aparentemente alguien se duchó. Una toalla húmeda cuelga en el perchero y la cortina está mojada. El espejo muestra mis ojos verdes enrojecidos y adornados por esplendidas ojeras. Son signos inequívocos de haber estado de juerga. ¿Con quién, en dónde, qué sucedió? Solo encuentro el tacho de basura con las toallitas faciales que usé antes de salir del hotel y envolturas vacías de barras de granola.
Me siento en el inodoro y orino. El mundo me da vueltas y al momento de limpiarme un ligero ardor en la vagina me estremece. La examino con ayuda de un espejo de mano y luce inflamada. No recuerdo nada. Tengo agujereada la memoria de mis últimas horas. Me ducho imaginando lo que pudo haber ocurrido.
Bajo a desayunar no sin antes mirar el reloj de pared que marca las diez de la mañana. Ordeno café cargado y una botella con agua mineral para tomar un analgésico. Al momento de sacar el dinero para pagar la cuenta, aparece una nota escrita a mano. Al mediodía estoy citada en las gradas de la catedral para encontrarme con un hombre que llevará puesta una casaca roja. Sorprendida por el hallazgo, intento nuevamente recordar y no lo consigo.
Presa del nerviosismo llego a la hora establecida. Me sobrepongo a la angustia e incertidumbre de una cita inexplicable y compruebo, una vez más, que la plaza de Armas del Cusco siempre está llena de gente local, turistas extranjeros, comerciantes curiosos. Tomo asiento en una de las gradas y contemplo el cielo azul y despejado. A lo lejos escucho mi nombre:
─ ¡Maggie!
Giro en varias direcciones y lo descubro. Sentado en una de las bancas de la plaza, un hombre con casaca roja me saluda con la mano. Me levanto lentamente para no perder el equilibrio. Aún la cabeza me da vueltas y me aproximo hacia él. Sin cambiar de posición me invita a su lado. Lo miro extrañada, analizo sus ojos azules y un desconcertante olor me envuelve. No identifico al sujeto pero resulta tan conocido y cercano que me inspira seguridad y confianza. Continúa mirándome con ternura y su sonrisa amplia y despreocupada sosiega mi temor. Me acomodo junto a él. Parece que su casaca roja se funde con mi chompa de lana de alpaca. Saca la cajetilla de cigarrillos y me ofrece uno. Lo acepto temblorosa y los malestares con los que desperté desaparecen. Me lo quita de los dedos y lo enciende. Da una amplia bocanada que anida en mis cabellos rubios de estudiante de antropología de Kansas, llegada al Perú a recopilar material de investigación para su tesis. Me vuelve a mirar con esos ojos azul profundo y me lo devuelve.
Enciende el suyo, me toma de la mano y nos vamos caminando sin decir una palabra, entendiéndonos con el pensamiento. Recorremos las calles empedradas de los recuerdos que no tardarán en llegar. Alzo la mirada hacia el cielo y no me importa…
Solo quiero sentir la magia de esta tierra ancestral y maravillosa y dejarme llevar por uno de sus hijos. Olvidé una noche en mi vida y me perdí en los caminos de su aventura; hoy sabré encontrar la ruta de regreso hacia la rosa que dejé bajo la almohada, la que perfumaba la habitación con el misterio de su presencia y que a gritos silenciosos me decía lo que había vivido…

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LAS NOCHES DE EUSTAQUIO

LAS NOCHES DE EUSTAQUIO

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LAS NOCHES DE EUSTAQUIO

Eustaquio Salvatierra era el arquitecto de moda cuando sufrió el accidente que le cambió los planos de la vida y trastocó las maquetas de su futuro. Mientras supervisaba las molduras de un balcón colonial en el centro histórico de Lima, no prestó importancia a la marcha de protesta y manifestantes enfrentados con la policía antimotines. Fue muy tarde cuando quiso reaccionar y el andamiaje que lo sostenía se vino al suelo, cayendo con tres albañiles y golpeando a un par de revoltosos. Llevó la peor parte: estuvo una semana en coma y salió de alta tras permanecer hospitalizado un mes.

A partir de entonces las pesadillas jugaron con sus sueños y en varias ocasiones despertó a su madre y a los seis perros pekineses. Los alborotaba de madrugada con incendios ficticios, ruptura de tuberías de agua inexistentes y ladrones invisibles que se metían por las ventanas. Eustaquio mató a patadas a uno de los perros luego de encarnizada batalla en las escaleras. Se sintió orgulloso de haber librado a la casa de una rata prehistórica de medio metro de altura.

Doña Florencia, aburrida de los escándalos de su único hijo, y al constatar que los atrapa sueños colgados en la casa no funcionaban, decidió llevarlo al psiquiatra. Para Eustaquio las pesadillas acabaron pero no logró controlar la modorra, confusión y equivocaciones en las que frecuentemente incurría. Por equivocación, en vez del costalillo de ropa usada que había sido seleccionado, regaló el perro más joven a un ropavejero y puso a su madre al borde del infarto. La desconsolada mujer habló con su médico para que tomara cartas en el asunto ya que la población de sus engreídos había mermado drásticamente en pocos meses. Le cambaron la receta médica y fue recuperando la salud mental. Pudo reintegrarse a sus labores cotidianas, dejadas de lado por un supuesto post grado en Alemania.
─Jorge, ¿crees en fantasmas? –Me preguntó una vez que coincidimos en una galería de arte.
─Depende del tipo de fantasmas.

No contento con la respuesta dio media vuelta y abandonó la sala, dejándome con las ganas de mayores argumentos. Así había quedado mi buen amigo después del accidente. Lo estimo mucho y me apenó enterarme que diseñó un bar gótico en un hotel cinco estrellas en vez del salón vanguardista encomendado. Se convirtió en la comidilla del gremio y casi todos ponían en tela de juicio su cordura.

En la casa familiar sus desvaríos dieron paso a noches de sonambulismo. Repentinamente aparecía con un pekinés en la mano para dárselo a su madre, quien optó por encerrarse con los perros y amanecer oliendo a galpón. Hasta ahora nadie ha podido explicar cómo Eustaquio abría la puerta del dormitorio y sacaba a pasear a los perros por los jardines del parque. Al amanecer de un sábado, su madre fue despertada por el serenazgo municipal para recibir a su hijo inconsciente y a tres perros. La pobre mujer entró en pánico al comprobar que su engreído más viejo no había regresado. Amenazó con echarlo de la casa, pero Eustaquio no sabía qué le reclamaba.

El viejo jardinero, responsable por décadas del cuidado de los ficus, recomendó un brujo norteño y fue llevado para acabar con las excursiones nocturnas que lo ponían en peligro de ser atropellado, asaltado o secuestrado. Al regresar del viaje, Eustaquio lucía mejor semblante, con mejillas chaposas y sonrisa de oreja a oreja. Mejoró su estado de ánimo, le provocó revisar las revistas especializadas a las que estaba suscrito y se animó a colaborar con los estudiantes de arquitectura de la universidad.

Sin embargo, se acostaba tarde por la dificultad para conciliar el sueño. Despertaba de pésimo humor, fastidiado, quejoso y reclamón. El insomnio era dueño de sus noches y deambulaba como un espectro por los pasillos, corredores, jardines y aposentos de la enorme casa. En la más absoluta oscuridad reconocía cada rincón con solo olerlo. El mínimo rayo de luz le permitía distinguir los muebles, decoraciones y demás vericuetos. Cuando se sentaba en la sala con las luces apagadas para no mortificar a su madre veía pasar los fantasmas de sus antepasados. Conversaba con ellos, reían en silencio, jugaban naipes a escondidas, disfrutaban del vino que compraba en la bodega.
De noche la casa se convirtió en el feudo donde empezó a renacer. Aguardaba ilusionado el anochecer y cuando la casa estaba silenciosa daba rienda suelta a la felicidad perdida por el golpe en la cabeza. La casa se convirtió en el mejor tratamiento que pudo encontrar. Los aparecidos le confiaron secretos y misterios de tíos que había visto en daguerrotipos. Se enteró que un antepasado peleó en la guerra del Pacífico y que, antes que una bala equivocada le rajara el corazón, mandó al otro mundo a una docena de chilenos.
─No me importa que mi asesino fuera un peruano. Sé que fue una equivocación, pero me di el gusto de cargarme a doce chilenos, ¡Salud! ─le confesó el pariente con la mirada transparente que caracteriza a los muertos en batalla.

En el colmo de la orgía fantasmal de las noches, una tía solterona de principios de siglo se le insinuó para tener sexo etéreo. Eustaquio, ebrio de tanto brindar con familiares y amigos que la parentela invitaba, estuvo a punto de ser seducido. Antes de cometer la locura de engendrar un ánima se desmayó en la poltrona de turno y horas después doña Florencia lo encontró vomitado y con la bragueta abierta, rodeado de los tres pekineses sobrevivientes.
─Jorge, nuevamente, ¿crees en los fantasmas?
─Absolutamente, Eustaquio ─lo miré fijamente y muy a su pesar desaparecí, dejándolo con más dudas que certezas.

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