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Me encanta contarle esta historia a mis nietos, y más ahora que entran en la adolescencia. Se desternillan de risa cuando me la escuchan, aunque a mí, en su momento, no me produjera tanta gracia. Siempre me preguntan entre carcajadas “¿pero cómo fuiste capaz de decirle eso al cura?”. Y la verdad es que no lo sé. Me salió así, sin más.

A mediados de los cincuenta yo no era más que un chaval de doce años lo suficientemente avispado para saber que aquellos seguían siendo años muy duros para España, aunque para mí lo peor fueran, sin duda, las clases de religión. El cura aprovechaba, como siempre, para darnos lecciones de moralidad y, a su manera, de educación sexual.

-La masturbación es un pecado, de los más grandes, de los más viles, castigados por Dios nuestro Señor con una eternidad en el fuego eterno. Además, si os masturbáis os quedaréis ciegos. Ese es otro más de sus castigos.

Recordad que yo tenía doce años y que, a esa edad, es fácil reírse de muchas cosas, por muy serias y amenazantes que sean, o quizás, precisamente por eso, pero el caso es que me reí. No fue una risotada irrespetuosa, pero sí una pequeña risa lo suficientemente clara para llamar la atención del cura y ponerle nervioso.

-Vaya, vaya, vaya, parece que el tema le hace gracia a don Santiaguito- dijo mientras se acercaba a mi pupitre. Y, como sucede en estos casos, cuanto más se aproximaba y más me hablaba, más ganas de reír me venían- ¿Pero es que vas a seguir, niño maleducado, azote de los ángeles? A ver: ¿qué es eso que te hace tanta gracia?

No lo he mencionado hasta ahora, pero el cura llevaba unas enormes gafas de culo de botella. De hecho, entre nosotros le llamábamos el culo botella. Si, ya sé, no es muy original, pero nosotros nos reíamos. Bueno, sigo, que me disperso.

Miré al cura tratando de contener una risa aún mayor.

-¡Vamos, contesta!- dijo acercando su rostro al mío.

-Pues que usted se habrá masturbado de lo lindo.

La carcajada, tan incrédula como general, le desconcertó por un instante.

-¡Callaos, mocosos, callaos de una vez!

Una vez logrado el silencio, su expresión viró hacia el horror mientras me volvía a interrogar. Pero, incluso ante una situación como aquella, yo solo quería reír.

-¿Cómo has dicho, Santiaguito?- dijo con ese tono suave que precede a las tormentas.

-Que con esas gafas que lleva usted debió hacerse muchas pajas.

La risa de la clase fue como la de los gallineros en las mejores comedias del teatro Real. El cura no paraba de gritar que nos calláramos, pero en vano. Optó entonces por cogerme de la oreja y arrastrarme con él fuera de la clase.

-Mis gafas son una prueba del Señor- me decía con cada reglazo que me dio en el culo, y en aquella época las reglas eran de madera. Pronto mi llanto dispersó la cuenta que llevaba de los cincuenta golpes estipulados. Probablemente fueron más. En casa, por supuesto, también recibí lo mío. Estuve unos días sin dejar de lamentarme cada vez que me sentaba. Lo curioso de todo es que el destino me convirtió en oftalmólogo. Aquí es cuando más se ríen mis nietos. Los caminos del señor son inescrutables, hubiera dicho el culo botella.