ROJO DE LABIOS

ROJO DE LABIOS

[Total:0    Promedio:0/5]

ROJO DE LABIOS

Mati, mi hermana mayor, estuvo durante toda la guerra, ahorrando unos cuartos para comprarse un carmín. Veía a las actrices en el cine, con esos labios gruesos y rojos y mi hermana pensaba que cuando todo terminara, ya habría ahorrado lo suficiente como para comprarse también esa barra de labios de las películas. Costaba quince pesetas y ya tenía dos.

Yo sabía ese secreto y muchos más; que estaba enamorada de Eladio, el chico que regentaba la farmacia, moreno, huesudo y con los ojos marrones que sonreían.

Matilde era la chica más guapa del barrio. De pequeña le había dado una polio, su pierna derecha era un poco más delgada y cojeaba ligeramente, pero eso no le restaba atractivo. Todos estaban medio tontos por ella. Ricardo el de la taberna, le regalaba siempre un poco de café, con la excusa de que mi madre tenía baja la tensión y Mati se lo agradecía sinceramente, remendando sus manteles una y otra vez.

Mati era una buena costurera, mientras cosía, suspiraba por el Eladio y por todas las cosas que tenía pensado hacer cuando todo estuviese calmado. Eladio venía de vez en cuando a casa, a traer preparados de bicarbonato para el estómago de mi madre, que desde que empezó la guerra, le habían venido unos grandes ardores. Aunque yo creo que era el hambre. Mi madre se llenaba la barriga de sales y decía que se sentía mejor.

Hablaban de cómo era Madrid antes, aunque yo siempre lo había conocido medio destruido, porque apenas salía de la pensión de estudiantes donde vivíamos y que era de mis padres. Ya no quedaba nadie en las habitaciones y mi padre estaba en el frente. Mati, mi madre y yo, hacíamos lo posible por salir adelante. A veces nos jugábamos la vida en las colas de las cartillas de racionamiento, porque podía haber un ataque en cualquier momento y por la noche, cuando sonaba la sirena, Mati y yo nos íbamos a la cama de mama y así pasábamos el mal trago, abrazados y temblando. Ya no íbamos al refugio, aprendimos a vivir así.

Cuando se pasaba Eladio por casa, mi hermana se atusaba un poco el pelo en el espejo que había a la entrada, antes de abrirle la puerta, y escondía la pierna mala detrás de la buena y Eladio le llamaba de usted y siempre trataba de encontrar un momento para hablarle de sus intenciones:

—Si usted me aceptara, yo me sentiría dichoso…—comenzaba diciendo él.

—Eladio, ya habrá mejor momento, cuando acabe todo esto, cuando termine la guerra —le decía mi hermana.

—Si Matilde, tiene usted razón, ya habrá momento—decía obediente.

Pero después de unas semanas al verla tan rubia, con su nariz chata y sus ganas de soñar, Eladio se lanzaba sin remedio a cortejarla, e incluso había llegado a hablar con mi madre sin ocultarle ya todos sus sentimientos.

—No insista usted, decía mi madre—Matilde es muy sensata—no hay que precipitarse, no son tiempos Eladio.

Una mañana irremediablemente, al cumplir la edad, fue llamado al frente.

—Matilde ¿me escribirá usted?

A mi hermana, se le despertó el corazón que lo tenía dormido por las necesidades y por el miedo.

Una vez se marchó Eladio, no cesaba de hablar de su paciencia, y de que era un caballero. A mí me parecía que el mundo estaba al revés, que ahora había que escribir a papá y a Eladio, y estaban en distinto bando como si en algún momento hubiéramos sido enemigos.

A veces cuando me confundían estas cosas me iba a jugar con los muchachos y me escondía entre los escombros, como si yo también fuera un soldado. Después de matar a todos los malos y ser un héroe subía y miraba la caja de secretos de mi hermana, como si abriera una puerta, a otra vida que hubiéramos querido vivir. Ya tenía seis pesetas, casi la mitad, y me alegraba por ella, y debajo del dinero, estaba una foto del Eladio, con sus frascos de botica, su pelo engominado y sus ojos que sonreían.

A mi lo que me gustaba de Eladio era que cuando subía a casa, y le ofrecíamos una achicoria o una café si había, lo saboreaba despacio, mientras me contaba cuentos e historias de antes de la guerra, o que había oído en la radio. Me parecía ver esos buenos trajes de paño y los helados, e incluso las castañas, hasta casi podía olerlas de lo bien que contaba las cosas.

Poco a poco Eladio dejó de escribir, no sabíamos nada de él.

Habían pasado muchos meses, y echaba de menos sus relatos.

Pensábamos lo peor, porque la guerra llegó a su fin y Eladio no aparecía.

Una tarde, nervioso por el hambre, me fui a jugar con los chicos al escondite y conté hasta cien, levanté la cabeza y vi a Eladio en la cola de la cartilla, estaba mucho más delgado y tosía casi todo el tiempo. Me acerqué a saludarle y le di un abrazo fuerte de la alegría que me dio verlo. Sentí sus costillas y su cuerpo endeble.

Yo le pregunté sin palabras, porque le miraba extrañado.

—Cuando me cure iré a visitaros—¿Cómo está Matilde? —dijo él.

No acertaba a creerme que le estaba viendo. No le sonreían los ojos, como si estuviera a punto de llorar.

A mi no me salían las palabras de la boca.

Espontáneamente le conté que mi padre había vuelto y que mi hermana ya tenía las quince pesetas para comprarse una barra de labios, pero ahora que había terminado la guerra, no la encontraba por ningún sitio. No había nada.

Eladio sonrió y me alegré de haberle hecho al menos sonreír.

Aunque le prometí a Eladio no decirle a mi hermana que le había visto, se lo solté en cuanto subí a casa. A Mati se le encogió el corazón. Fue corriendo a llamar al médico y en busca de Eladio.

Le encontramos en su cama con fiebre y tapado con un abrigo raído, temblando como un cordero. Mati me dejó con él y fue a coger las quince pesetas del carmín, y le dio al médico el dinero para que trajera medicinas del mercado negro.

El doctor arrugaba mucho la cara, dijo que necesitaba otros aires, que era demasiado tarde, que tenía una tuberculosis de caballo y que poco se podía hacer.

Eladio entre sueños le hablaba a Mati: que ahora ya era el momento, que había pensado en ponerla una academia de modistas, que juntos vivirían muy felices. No dejaba de preguntarla si de verdad había acabado la guerra. Mi hermana le cogía de las manos, y con un paño le aliviaba la fiebre.

—Si Eladio, en cuanto te cures, si Eladio, seremos felices—le decía Matilde sin llamarle de usted.

Yo era el encargado de despertar a Eladio, por aquello del decoro, que decía mi madre y llevarle un caldo. Una mañana, no estaba en su cama ni había dormido allí. Corrí a decírselo a Matilde, que se puso un mantón y salió a buscarle a la calle.

Le encontró por fin en la farmacia, con una vela ya consumida y rodeado de mil potingues.

En la mano, agarrotada y helada, por la muerte y el frío, tenía oculta una caja redonda de latón, con una cenefa de flores, como si fuera un pastillero y dentro el carmín más rojo que yo había visto jamás, se lo fabricó durante la noche, con glicerina y colorantes de plantas y me pareció que yo no entendería jamás el mundo.

CEREZAS DE INVIERNO

CEREZAS DE INVIERNO

[Total:0    Promedio:0/5]

A Lucía le tiembla la barbilla cuando habla, como si fuera la llama de una vela. Habla mucho con las niñas de las cerezas. Les habla despierta y también dormida, en cualquier momento que se encuentra sola, porque ellas nunca quieren irse.

Está así acompañada, mientras pela las verduras, o cuando se lava despacio por partes, porque ya no se atreve a entrar sola en la ducha. Sus conversaciones nunca terminan. Las niñas crecen comiendo esas cerezas dulces, y a veces amargas que van gastando cada día. Lucía, las acepta tal como vienen, unas veces melosas y suaves y otras ásperas de carácter.

La abuela tiene otras tantas manías, como cerrar herméticamente todas las puertas y las ventanas de la casa. Da igual que sea verano.

––Entra mucho viento–– les dice a las niñas ––El viento de las decepciones es el peor, puede que no te llegue a quebrar, pero dobla la espalda.

Les cuenta que antes salía sin bastón. Antes salía sin nadie.

–Ahora son todo peligros, puedo caerme o resbalarme, me da miedo estar demasiado cansada para volver y ¿si no puedo volver?

Su nieto la está oyendo, y le duelen sus palabras.

–Abuela ¿con quién hablas?, ¡no digas eso!

–Con mis niñas.

–Aquí no hay nadie. Estás loca abuela.

–Es verdad, hijo, es verdad. Soy muy vieja ya, no me hagas caso.

–Abuela, deja de decir tonterías. ¡Tú vas a vivir cien años!

En el sillón se queda entre sueños hablando otra vez con ellas.

A las niñas les dice la verdad, que tiene miedo a que alguien entre por las ventanas o las puertas y se la lleve a otro mundo. No quiere irse a ninguna parte.

–Aunque sea un estorbo. No quiero irme. Nadie quiere irse. ––les dice.

Ríe ella y ríen las niñas.

– ¿Cómo se llaman esas niñas mamá? ––le pregunta su hija.

Pedro y su madre esperan la respuesta.

–Comen cerezas. Nada más. ––dice la abuela.

Se miran cómplices, como si se hubieran abrazado los tres a través de ese espacio en silencio.

–No eres un estorbo mamá, eres mi madre, no sé qué hubiera hecho yo sin ti. No queremos que te vayas a ninguna parte. Solo queremos que abras las ventanas. ¡Nos asamos de calor!

Lucía ignora la petición de su hija, y piensa que es mejor prevenir y no dejar todo abierto.

–Me olvidarán, les dice a las niñas. ¿Qué queda después de irse?

Las niñas casi nunca responden a Lucía. Ella se ha convertido también en una niña. Una niña asustada que quiere vivir hasta los cien años.

Una mañana ella también siente calor y piensa que es una trampa, que desprevenida abrirá una ventana y el viento de la última decepción la llevará.

Una de las niñas, le habla de pronto con sus labios tintados de rojo.

–Podemos hacer mermelada con las cerezas que quedan.

Como Lucía habla en alto, Pedro le cuenta a su madre lo de la mermelada, le pide dinero y le hace un regalo a su abuela: un buen saco de azúcar, una cuchara de madera, unos frascos de cristal herméticos y unas guindas, que antes habían sido cerezas.

–Haz esa mermelada abuela ––le dice con sus ojos brillantes.

Lucía se encierra en la cocina, pero al hervir la fruta, no puede con tanto calor, está fatigada. Tampoco quiere renunciar a sus tarros de mermelada.

Mientras, su hija y su nieto vuelven de la calle.

Entran en casa con su risa real y sus palabras chillonas, y las risas y las voces de alegría embriagan a Lucía, que tímidamente abre las ventanas, una primero y luego la otra. Lucía inspira ese aire cálido y nocturno de verano concentrada en no dejarse convencer por nadie que la intenta alejar de allí mismo.

[cta id=»13753″ align=»none»]
En esta tarde gélida

En esta tarde gélida

[Total:0    Promedio:0/5]

Parece que al final te he convencido. Un vacío inmenso y esperado está alrededor de mi vida. Pienso en tu ilusión, en esa que tenías. Me viene a la mente sin querer en esta tarde gélida sin tus palabras. Creo que me daba envidia toda esa alegría interior que yo te proporcionaba. Puede que sea mala. No lo sé. Besar a otro ha sido una buena razón para olvidarme y escapar de mí. Ahora sí, amo a otro, pero me faltas tú. Ahora no sé si estoy loca. Me falta todo ese calor que venía de ti y hacía que me sitiera tan guapa. Mi nuevo amor no es así. Te busco en él. Algo de eso que me dabas. Pienso, algunas veces que al final me olvidaré de ti, o necesito esta experiencia para decidir buscarte. Un espacio necesario para pensarte en brazos de otro. O no sé si será así definitivamente, sin ti, y con él acordándome de ti. Con él, sin saber qué piensas tú o si ya estarás amando a otra si alguna vez decido llamarte. El tiempo dicen, me lo dirá, me lo dirá todo sobre tí y sobre mí, me hablará otra tarde.

Desafío Relámpago (Paréntesis)

VIERNES DE RECOGIDA

VIERNES DE RECOGIDA

[Total:0    Promedio:0/5]

Una vez superado el modo, con el carro lleno voy contenta a casa, sabiendo que esta semana no nos va a faltar de nada. Cada día somos más, siempre unos pocos fijos, a veces alguien desaparece por un tiempo, pero al final vuelve. Echo de menos la leche, casi nunca la tiran porque las fechas de caducidad son amplias. Yogures tomamos muchos. Mi madre dice que el yogur puede sustituir a la leche. Yo creo que no es lo mismo. A mí me gusta la leche calentita.
Por la mañana voy al instituto, mis libros son de segunda mano, pero no me importa, los libros usados me gustan, tienen memoria y lo esencial ya está subrayado. Si mi profesor piensa que lo importante es otra cosa, no hay problema, señalo lo que dice el mío de otro color. El libro de lengua es de una tal Sara García, ha dibujado corazones por algunas páginas con Santi, hasta que en el tema diez ya no está por él.
A la ida voy caminando, pero a la vuelta, Domingo el conductor del autobús, me cuela ya que su turno comienza a la una.
–Domingo, ¿cuándo haces el turno de la mañana?
–Pronto muchacha.
–Por la mañana hace más frío Domingo.
–Lo sé chica
Siempre me pregunta por mamá.
–Ella está bien, sólo un poco triste –le digo.
En el libro de ciencias firma Pedro Villares, está impecable, hace unos esquemas muy buenos, y me ha ayudado mucho.
Mañana tengo un examen de ciencias, y la célula animal me la sé pero la vegetal es más complicada. Las matemáticas es mi asignatura preferida, no hay que pensar mucho, son términos exactos. Esa es la vida. Las matemáticas.
Me acuerdo mucho de papá, me decía que lo único que nadie te puede quitar es el conocimiento. Si estudio prosperaré y ganaré dinero. Entraré en el supermercado a primera hora y echaré un vistazo a todas las marcas y precios. Podré elegir y comprar lo que me guste.
Por las tardes estoy en la biblioteca, hago los deberes caliente, y allí están Teresa, mi mejor amiga y Pablo, un chico silencioso un poco mayor que yo. Suele estar magullado porque le gusta mucho jugar al futbol. La madre de Teresa trabaja en la biblioteca y debe esperarla. Siempre estamos los tres.
Pablo me mira de reojo, con sus ojos caídos color miel. Lee mucho, sobre todo libros de aventuras y de superhéroes. Pablo me gusta.
Una vez en casa, poco a poco me voy quedando fría y me acuerdo otra vez de los vasos de leche caliente. Entonces me apetece robar, un par de litros nada más. Ya no me acuerdo a qué sabe el cacao porque tampoco caduca y no lo tiran. Me acuesto pensando en ello y en Pablo. Mi madre siempre me dice que no merece la pena coger lo que no es tuyo. Trae problemas.
Pablo habla poco, me hace gracia su forma de caminar, con los pies ligeramente hacia afuera. Me gustan las personas que no me hacen preguntas tontas, como la cotilla de Bea, que me pregunta de qué marca son mis vaqueros o dónde me voy a ir de vacaciones. Pablo siempre va con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos, siempre está hablando de películas.
El viernes, el día de recogida, para hacer tiempo, procuro quedarme hasta que cierran la biblioteca. Pablo está leyendo tocándose los labios, los tiene hinchados.
–¿Qué te ha pasado?, ¡menudo balonazo te han dado!
–No es nada.
– ¿Te has peleado con alguien?
–Mi padre… no se entera de nada, ya sabes, lo paga conmigo.
Me quedo mirando los ojos miel de Pablo. Me recuerda a mi madre, con su semblante caído, y su expresión perdida. Teresa detrás de él nos hace burla con las manos.
–Si quieres puedes pasar el fin de semana en mi casa.
–No sé si me dejan.
– ¡Vente!, ¡podemos jugar a algo!
–No me atrevo a preguntar a mi padre.
–Te acompaño, se lo decimos a tu padre y luego me acompañas a por comida.
El padre de Pablo tiene la camisa abierta y en la mano lleva una lata de cerveza, ladeándose por el pasillo nos dice que sí, que no le importa que venga a mi casa.
–Demonio de chicos –murmura amargado.
Por el camino Pablo me dice que su padre mañana no se acordará de nada. Y yo le cuento lo de la comida, no me da vergüenza. Junto a él no me parece que sea tan grave.
Me mira.
–Huele a podrido –me dice arrugando la nariz.
–Pronto te acostumbras. ¡Ayúdame anda, no te quedes ahí parado!
Rescatamos croquetas, carne, y fruta. Lo mejor ha sido lo de las galletas, al menos cogemos cuatro cajas. Pablo me anima:
–Coge aquellas, esas están buenísimas. ¡Y el pan, llévate ese pan!
Pablo me ayuda a cargar con las bolsas, y nos reímos comiéndonos unas chuches que caducan hoy mismo.
Mientras caminamos, se saca de la mochila dos batidos de chocolate con leche que se ha traído de casa.
– ¿Quieres? –me dice
Entonces de la alegría le doy un beso en su labio deformado. Pablo se queda quieto.
Bajo la cara y le digo:
–Ya lo tienes mejor
Entonces me mira a los ojos, en un silencio que se me hace eterno, pienso que me va a decir que estoy loca, o que soy guapísima, o que soy la chica que mejor le ha besado.
–Tus heridas no se ven– me suelta.
Empezamos a beber el batido con la cara colorada como dos tomates y por la garganta me cae la leche y el chocolate como una fiesta. Nos queda poco para llegar a casa, sin darnos cuenta se nos ha hecho tarde.
Mi madre preocupada, al vernos con tantas bolsas nos dice:
–No las habréis robado ¿verdad?
–No mamá. Solo un beso–digo yo bajito.

[inbound_forms id=»2084″ name=»Apúntate al taller de novela y relatos online»]

 

Guardar

Se acaban los días

Se acaban los días

[Total:0    Promedio:0/5]

Solo le pillé una vez mirándome como si yo fuera una princesa. Nunca dice nada de nosotros. Muy concentrado. No sé qué hubiera dado por saber lo que pensaba. Se acaban los días y no sé nada. Ninguna señal. Quizá eso sea una señal. Se acaban los días y la situación está igual: quieta. Volver es mejor. Porque entonces pueden acabarse otros días, donde yo le miro y él me besa, aquéllos que nos despedimos seguros de volvernos a encontrar. Volver a ser esa especie rara de nosotros. Y estar juntos, cada día, hasta que se acaben.

 

Photo by Manel

Guardar

A %d blogueros les gusta esto: