Mario Pinto, premio DesafiosLiterarios.com “NUEVAS VERSIONES”

Mario Pinto, premio DesafiosLiterarios.com “NUEVAS VERSIONES”

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El ganador del Desafío LIterario «Nuevas Versiones», por votación del jurado a COLUMNISTAS de DesafiosLiterarios.com

es:

¡Mario Pinto! por su relato «La piedad de Aquiles»

 

http://desafiosliterarios.com/concurso/nuevaversion/la-piedad-de-aquiles/

 

 

 

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Premio DESAFÍO LITERARIO «NUEVAS VERSIONES»

Premio DESAFÍO LITERARIO «NUEVAS VERSIONES»

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El ganador por votación del jurado del Desafío Literario «Nuevas versiones» es:

Chule Fergu, por su relato «Matilda quiere un nombre nuevo».

 

¡Enhorabuena!

Matilda quiere un nombre nuevo

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Antítesis

Antítesis

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En un lugar de La Pureza de cuyo nombre quisiera siempre acordarme…

Hace mucho tiempo vivía una ingeniosa Diosa que invistió de biógrafo a un caballero hidalgo, escritor universal sin sospecharlo…
Con su adarga y espada de acero puro forjado a fuego, luchaba contra monstruos impensados, impropios de libros de caballería, entes blasfemos, mamarrachos, insulsos disonantes, verbigracia los aliados al espanto, esperpentos de vísceras animales, corruptos del cerebro con infamias criminales aturdidas con vanidades y otras veleidades humanas de ignorantes, autoproclamados los Descomunales.
-Con tu pluma delirante dirás que tu Diosa cortaba cabezas a estos enanos terrenales. En tanto; Yo, La Gigante. dejo esta sentencia tronante a los cuatro vientos.
-Ben(mal)ditos los poetas que (no) canten con sus letras imperecederas
la gloria de mis batallas, porque perderán la mano y el pecho en épicas circunstancias…

Pasarán los siglos y huestes de académicos convulsos,
insomnes confesos, descifrarán tu código genético
científicos jurados verificarán con isótopos alfanuméricos;
para honra de los proscritos, la certeza de tus huesos.
pero… No podrán jamás tomarte el pulso.

-Tu mano me pertenece, para que lo que escribas, perviva con creces y permanezca imperecedero por los siglos de los siglos y todos los tiempos de mi gloria y su derrotero.

Mientras hordas de Divas callejeras y angelicales, pertrechadas cerca de los deseos de los Caballeros Viscerales, que buscan siempre entre ellas a La Señora de sus pensamientos más impuros y carnales, pelean equidad al monstruo fatuo, petulante incomparable; en la miopía de no saberse biológicamente diferentes, filosófica y sublimemente superiores, reclaman igualdad en lisonjas políticas contaminándose con una ciencia impura, trastocada por oscura y esparcida como mal.
-Tu locura relevará ésta y otras fiebres y tu estilete quemante hará arder la tierra cuando las Divas ciegas lideren la guerra, para sentirse iguales. Rara avis.

-No será providencial; que tú, Caballero Hidalgo, escribas para inspirar, germinarás en el tiempo y en la distancia con tu letra universal, esa será mi paga incondicional.
-Y la letra de vos; Hidalgo, por la que pago lo que soy, valdrá por lo que valgo.
– Yo; Dulce y etérea, nívea, blanca Dulcinea, en carroza de leones, sobre ánforas de agua, resguardaré las arcas providenciales con rayos y antorchas, seré la diosa que con sabiduría infinita y santa inunde las bóvedas del banco, con el mar-llanto, cuando se proclamen los enanos infaustos, que financian guerras inciviles con desgarros incurables.
-Llorarán en Atocha, Barcelona, Guernica y en Teruel, y la Mancha donde duerme el alma leona de mi reino y se finca el orgullo de papel, se volverá La Pureza, con tu lengua sabia, pura y fiel.
– El rey que quiera ser sabio, me cantará en inglés un Songoro Cosongoro profundamente yambambé, por los marginados del sur, el sur azul y moreno, cercano de las raíces, y rezará en gallego, hablará euskera y cantará en catalán todas mis quimeras; entonces,
– El castellano universal será el Idioma-luz, que Tú, caballero trashumante, legarás con hidalguía, sin propinas. A cambio venderán tu alma en las cantinas y subastarán virtualmente con puja alarmante, la mano que te resta, junto a la espada de tu Diosa-Bruja Insurrecta, también en almoneda.
-En tanto, con tu mano izquierda, escribiré la antítesis de la diestra.

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Desmitificando el amor romántico

Desmitificando el amor romántico

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Mil emociones asaltaban a Julieta, a cuál de todas más poderosa. Rabia, despecho, tal vez tristeza. Todas ellas pugnaban por asomar tras esa máscara de mujer digna que se había colocado por primera vez en la vida.

—Oh, Romeo, ¿cómo has podido hacerme esto? Engañarme con Rosalina —le reprochó—. ¿Cómo habéis podido los dos? —apostilló indignada, tratando todavía de sobreponerse a la situación—. Confiaba en vosotros y me habéis traicionado. Ni te imaginas cómo me siento  ahora mismo. Es que os haría picadillo.

—Entiendo que estés molesta, pero te aseguro que es lo que parece. Quiero decir que no es lo que parece…. —se corrigió sobre la marcha.

Sabía que Julieta no se creería aquella patraña, pero en el fondo se sentía aliviado de que al fin  hubiera enterado de todo. Llevaba semanas estresado por tener que mentir para mantener a las dos mujeres engañadas.

—¡¿Molesta?! No se te ocurre otra cosa mejor que decirme —soltó una carcajada histérica que heló la sangre a Romeo—. De modo que me apartas de mi familia, me obligas a renunciar a mi trabajo, a mis ilusiones. Controlas mis amistades, mis horarios, hasta la ropa que me pongo. Como una tonta, por amor he ido concediéndote todo este poder sobre mí. Y me acabas de poner los cuernos con mi prima, esa que te había despreciado y por la que la que llorabas por los rincones.

Entonces Julieta se plantó delante de Romeo, con la mirada firme, fija en la de él y dijo:

–¿Sabes qué? Que sí, que tienes razón estoy molesta, pero también harta, desencantada y asqueada de ti. Pero después de todo, te estoy agradecida por abrirme los ojos, aunque haya sido de esta manera tan brutal. Mejor hoy que dentro de veinte años. Me merezco a alguien mejor que tú, que me quiera tal y como soy, que no quiera cortarme las alas. Esta casa ha sido una jaula para mí, pero a partir de ahora voy a volar libre. En cuanto me vaya podrás meter a la guarra de Rosalina. Vaya tía, y eso que también es una Capuleto.

Julieta sacó una maleta del altillo y empezó a meter todas sus cosas de manera un tanto desordenada, mientras Romeo la miraba sin dar crédito a su reacción. Ella siempre se había comportado de manera insegura. Era esa Julieta dulce y apocada por la que se había sentido atraído. Pero ahora la veía con una fuerza que quizás siempre había estado ahí, pero que él desconocía y que le hacía parecer todavía más deseable. Pensó que lo de Rosalina no había sido más que un pasatiempo, era por Julieta por quien lo había arriesgado todo. No podía dejar que se marchara. No, no podía. Era suya, la había conquistado. Se la había ganado.

—Mandaré a alguien a por lo que falta —dijo Julieta una vez hubo cerrado a duras penas la maleta cuando ya estaba a rebosar y disponiéndose a salir.

Romeo la agarró por detrás para intentar detenerla. Ella se quería marchar, pero Romeo era más fuerte. Forcejearon unos instantes. Ella trató defenderse, pero sin saber cómo acabó rodando por las escaleras. Acabó yaciendo inerte con un hilillo de sangre asomando por la comisura de los labios y Romeo supo que estaba muerta. Entones, en un arrebato, fue a buscar la escopeta de caza, se sentó junto a ella y se descerrajó un disparo en el pecho.

Photo by Matriozka

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LA HORMIGA Y LA CIGARRA

LA HORMIGA Y LA CIGARRA

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Era un verano caluroso, entre la mies amarilla y crujiente a punto de pasar  bajo la guadaña, había un árbol seco; en él tenía su atalaya la cigarra. Cantaba al dios de su corazón y aunque sabía que no iba a pasar más allá del invierno, se consideraba el ser más feliz de la tierra. Al pie del árbol había un nido de hormigas que trabajaban sin descanso. Era el momento adecuado para recoger el trigo temprano que ya dejaba caer sus granos maduros sobre la hierba.

Entre ellas, había una hormiga vieja que estaba muy molesta con el canto de la cigarra. La oía día y noche, año tras años, sin parar en todo el verano “rac,rac” ¡Estaba harta! Por eso decidió subir al árbol y enfrentarse a tan desagradable vecina.

La cogió por sorpresa cuando, alzando su voz lo más que pudo, le gritó.

—¡He tú! ¿Por qué no te callas? Estoy cansada de oírte cantar, perezosa.

La cigarra calló por un instante buscando entre las ramas secas el lugar de donde procedía la voz. Allí, imperiosa, enfadada, estaba una pequeña hormiga desafiándola sin temor a la diferencia de estatura.

—¿Perezosa yo? —Le contestó sorprendida.

—Sí, perezosa. No trabajas, no haces nada, no haces otra cosa que cantar. Veras, veras cuando llegue el invierno y las nieves de la montaña enfríen el aire, y el agua del río muestra su capa helada: no tendrás nada para comer. No esperarás que nosotras te alimentemos después de todo un verano tan ocioso. Mira que te digo: además de vaga eres estúpida.

La cigarra, antes de contestar, observó a la hormiga y admitió que el objetivo de su clan era de una labor sin precedentes, pero ella no se sentía identificada.

—Mira —le dijo— Te comprendo. Vosotros sois así. Trabajáis sin tregua ni descanso todo el verano para llenar vuestros almacenes; luego, en invierno, os encerráis, coméis, engordáis y procreáis. Así viven también muchos hombres: trabajan sin descanso, adquieren muchos bienes y si la vida lo permite, los disfrutan de formas muy estúpidas. No viven, no son capaces de cantar o respirar el aire de un  amanecer; contemplar el vuelo de una mariposa, o deleitarse con el canto de un ruiseñor. Mueren sin haber vivido. Yo no quiero una vida así. Supongo que en otro estado de vida fui hormiga como tú, y el sudor perló mi frente, y supe del peso de un grano de trigo sobre mis costilla. Tal vez evolucioné y me convertí en una hormiga voladora acabando en el buche de una golondrina. Ahora soy así. El campesino oye mi canto y sabe que en la sobremesa puede dejarse caer en el letargo porqué la tarde es joven y calurosa. Me deleito cantando a este sol que madura las espigas y hace florecer las amapolas. Mi canto lo ofrezco a la vida y cuando llegue el frío sabré que ha acabado mi labor.

Dicho esto, se dio la vuelta y empezó su canto de nuevo.

Mientras, la hormiga descendía del árbol moviendo la cabeza a uno y otro lado porqué no entendió. “Además de perezosa, pensaba, la cigarra ha perdido el seso”. Y, cuando llegó al suelo se unió a la larga hilera de congéneres para seguir su labor de recoger comida para el invierno.

 

 

 

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Cinderella y su apuesto masajista

Cinderella y su apuesto masajista

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Había leído un aviso que decía:

MASAJES – RELAX – SPA

Disfruta de nuestro servicio PREMIUN.

Solicita turno al 11623848653

Sin pensarlo tomó el teléfono y llamó, tenían lugar disponible a las siete, aquella misma tarde.
-Perfecto!! – exclamó Cinderella. – Luego de tanto trabajo en la oficina, me vendría bien un momento para relajarme y pensar en mi bienestar – pensó.

Aunque no le sobraba el dinero, aquella tarde Cindy (como la llamaban sus amigas) decidió hacerse unos mimos y al salir de su trabajo se dirigió a aquel SPA, donde tenía reservado un “servicio PREMIUN”.

Cindy nunca había asistido a un lugar así, entró y se anunció en la recepción, la mujer que la atendió le comunicó que Alex era quien la atendería, al oír eso, Cinderella sintió vergüenza que un hombre le hiciera masajes, pues nunca había estado con un hombre, pero tratándose de un lugar así, aceptó, además no quería perder la oportunidad de aquella experiencia.

Ya en el gabinete, Cindy se puso la prenda que le habían dado y esperó en un sillón a un costado del gabinete, a los pocos minutos se asomó un muchacho vestido con pantalón de lino blanco (casi transparentes), torso desnudo y bronceado y una mirada azul profunda que hizo que Cindy quede hipnotizada al instante.

-Hola pequeña – le dijo – soy Alex y vengo a proporcionarte el relax que venís a buscar, acuéstate en la camilla boca abajo y dejate llevar.

Cindy, hipnotizada como lo estaba, acento con la cabeza y obedeció. Acostada en aquella camilla, se sentía vulnerable casi desnuda con esa diminuta bikini, pero decidió dejarse llevar como le había dicho el Adonis que ahora estaba acariciando sus hombros, con las manos humectadas con aceite de almendras.

Alex empezó a masajear sus hombros, Cindy sentía sus manos suaves y delicadas. Poco a poco comenzó a sentir que sus manos bajaban por la espalda hacia la cintura, con sus dedos le hacía pequeños toques circulares a los costados de la cintura y volvía a subir por la columna y volvía a bajar.

– Relájate – le dijo Alex – estas muy tensa, no te asustes, no voy a hacer nada que no sea de tu agrado.

-Es la primera vez que me dan masajes – contestó Cinderella

-Bueno, entonces voy a hacerte los mejores masajes que se hacer, así volverás a verme, cierra los ojos y relájate – volvió a decirle. Y Cindy se dejó llevar.

Alex comenzó a acariciarle la cola, siempre con sus manos humectadas con aceite, le ordenó que abriera un poco las piernas y sin pedir permiso, sus dedos se perdieron en el interior de la entrepierna, Cinderella hizo un respingo, pero al sentir un dulce beso en el lóbulo de su oreja, cerró los ojos y se entregó a aquella sesión de masajes que parecía tener un relax extra.

Al salir de aquel gabinete, Cindy dejó su celular en la camilla, cuando Alex lo encendió había un mensaje:

– Cada sábado a las veinte te esperaré en mi casa para que me devuelvas mi celular y continúes con los masajes…

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