El ascenso

El ascenso

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Son las 7.00 horas, el reloj despertador suena puntual, me sobresalto, rozo levemente, sin querer, la pierna de mi mujer y la oigo quejarse.

Intento apagar el viejo trasto del botón pero lo único que consigo es poner una emisora de radio por error; la voz casi trémula, amenazante, de mi esposa, me asusta y hace que agarre el cable y tire de él; espero acordarme luego de ponerlo en hora. Me levanto sin hacer ruido, y entro rápidamente en el cuarto de baño.

Me miro en el espejo y visualizo mi cara; hoy no me afeito, lo hice ayer. Apenas se percibe una leve capa de pelo castaño; me lavo los dientes mientras se templa el agua, la ducha me despeja las ideas, hoy es lunes, pero no es un lunes cualquiera, hoy es diferente, estoy pendiente de un ascenso, y creo que tengo muchas posibilidades.

Trabajo en un banco y uno de los jefes se jubila. Realmente lo hago por ella ¿qué quién es ella? Ella es mi esposa. Si quiero ese ascenso es por mi mujer; por mí me quedaría como estoy pero Julia cree que no puedo aspirar a algo mejor; no me lo ha dicho directamente, pero lo sé, alguna vez me hace algún comentario, sé que no con mala idea, pero me chirría que bromee a mi costa, creo que a veces se siente superior a mí, solo porque ella trabaja en la recepción de un museo; nunca me lo ha dicho, no, eso es verdad, pero en el fondo lo creo. Sé que cuando Julia alaba mis puntos fuertes, lo hace para mofarse, no me lo dice por supuesto, pero me figuro que es así.

—¡Julia¡ Me han ascendido, ahora soy director general.

Quiero ver la cara que pone, le quiero dar una sorpresa, además no le he dicho nada con respecto al puesto, que bien me siento, tengo posibilidades, lo sé, los viernes suelo coincidir en la máquina de café con el director, y solemos hablar de nuestros pasatiempos, a él sé que le gusta el esquí, yo nunca me he subido a unos, pero desde que me enteré de su afición, conozco las mejores pistas, y se lo hago saber, creo que en la próxima conversación, debería ser más moderado, no vaya a ser que me invitara a esquiar, porque entonces tendría un problema, es lo que tiene ser una persona con carisma como yo, sé que tengo un punto ganado.

Preparo café en la cafetera italiana, café puro arábigo, lo prenso bien y lo dispongo en el quemador, mientras espero a que silbe el cacharro, cojo el pan de la panera que quedó la noche anterior, lo unto generosamente de mantequilla y, a continuación, pongo las rebanadas en la tostadora; en ese momento, cuando el humo humeante envuelve con su aroma la estancia, mi mujer aparece por el umbral de la puerta, con un buenos días y un beso que me ofrece en la comisura de los labios; se sienta y espera a que le sirva el desayuno.

La escucho masticar la tostada, mientras le doy un sorbo al café hirviendo, la miro, y me devuelve la mirada con un gesto de interrogación, cojo un trozo de pan rápidamente, e intento disimular mi satisfacción; no quiero decirle nada aún, pero debo mantener la calma, ella es lista y me conoce bien, sabe que tramo algo.

Sintonizo la radio, está sonando Friday i’m in love de The cure, me animo, bajo la ventanilla a pesar del frío, y empiezo a cantar. El semáforo se pone en rojo y el conductor del coche que llevo al lado, me hace un gesto bastante desagradable. La subo, sí, pero sigo cantando; me imagino la cara de mi mujer, cuando le diga que me han ascendido; ella que no cree en mí, que piensa que soy un inútil. Imagino su expresión al conocer mi ascenso y en la mía se posa una sonrisa de satisfacción absoluta.

Paro en un bar casi en frente de donde se encuentra la sucursal; el chino que lo regenta ya me conoce. En cuanto me ve entrar por la puerta, me prepara un Cola Cao sin apenas saludarnos; me gusta el batido del bar. Además me coloco en mi sitio estratégico; tengo una mesa junto a la gran ventana, que se posa junto a mí, como si fuera un escaparate. Desde ahí puedo verlos ¿a quiénes? A “las corbatas”. Así los llamo. Tengo un grupo de compañeros que se visten prácticamente igual entre ellos, a mi me gusta ir más a mi aire, como a Felipe, somos los únicos que no llevamos un nudo atado al cuello. Al principio “las corbatas” me proponían que fuera con ellos de vez en cuando, siempre decliné la invitación.

Ficho en la entrada, me siento bien; la bebida del bar y el café me produce un aporte de energía, poco propicio de un lunes; pero como he dicho antes, no es un lunes cualquiera, este lunes cambiará mi vida.

Me pongo en mi puesto, me siento nervioso, llevo ya dos horas trabajando y nadie me ha anunciado mi ascenso; mi ánimo decae por momentos. Escucho los murmullos de los compañeros, pero no me llega claro, no quiero ser cotilla. Por fin aparece el director y anuncia que el nuevo puesto lo cubrirá Sanchez. Una gota de sudor me perla la frente, siento como si me desestabilizara por momentos, entonces tropiezo con un cubo.

—¿Estás bien Ramón?

Lo miro, pero no contesto.

—Ramón, en cuanto termines aquí, tenemos que ir a la planta superior, unas palomas acaban de dejar todo perdido.

—Ramón, te noto ausente, ¿estás bien?

—Ah, si Felipe, estoy bien, solo que antes de subir, necesito ir al servicio.

Cierro la puerta del aseo y, antes de sentarme encima de la taza, saco una moneda; cara Sanchez, cruz Julia. Tienes que estar en la ruleta amor, a fin de cuentas, si quiero este ascenso es sólo por ti. Sale cara. De camino a la azotea tendré que hacer una parada en el despacho de Sanchez. Paso por mi taquilla y de mi bolsa saco una pequeña pistola; qué gran suerte la mía que todo el edificio está insonorizado.

Ahora con Sanchez fuera espero ser yo el agraciado y no volver a tener que usar este pequeño juguete nunca más.

 

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Nadie te escucha

Nadie te escucha

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Abrió los ojos de golpe, se encontraba completamente desorientada, el dolor de cabeza era tan fuerte, que le daban ganas de chillar.
Gritó, o creyó gritar, pero nadie fue en su busca.
Se oía un sonido, era parecido a un eco; lo sentía dentro de sus oídos, que zumbaban como si tuviera un nido de avispas dentro de la oreja.
Se tocó la cabeza, soltó un aullido, le daba vueltas, intentó levantarse, pero un golpe seco, hizo que volviera a quedarse tumbada.
Lo intentó de nuevo, pero el espacio donde se encontraba, era tan minúsculo, que ni siquiera podía sentarse.
Todo estaba oscuro, sentía frío, pero a la vez notaba, que el aire que respiraba, llevaba su aliento, cargado de un olor fétido.
Escuchó un ruido encima de ella, no podía explicarse qué podía ser, de hecho no se explicaba qué estaba pasando; intentó hacer memoria, cerró los ojos, y de repente las imágenes, iban pasando una a una, deprisa, sin pausa, como si el carrete de una cámara se hubiera estropeado, y no hubiera manera de hacerlo parar.
Abrió los ojos de nuevo, no quería que esas imágenes volvieran a su mente, pero una vez que volvieron, incluso con los ojos abiertos ya no las podía dejar de ver.
Ahora lo que escuchaba eran unas voces, se oían lejanas, no entendía nada, ni reconoció ninguna voz, intentó de nuevo levantarse, ese golpe en la cabeza, le hizo rebotar hasta el suelo, haciéndole un daño infernal.
Levantó los brazos hacia arriba, y notó que había techo, luego un brazo a la izquierda, otro a la derecha, tocaba ambos lados.
Cerró los ojos, y las imágenes se sucedían con fuerza, las voces lejanas ahora se convirtieron en lloros, los golpes que notaba lejanos estaban más cerca, casi le tocaban la cabeza, haciendo que su cuerpo retumbara contra el suelo.
Gritó, y gritó, y siguió gritando, o eso creía ella, porque cuando ese coche se la llevó por delante, el impacto, al caer al suelo, hizo que se mordiera la lengua, haciendo que esta, cayera a un charco y fuera devorada por una rata.
Empezó a notar que su cuerpo caía, el golpe fue tan brusco, que su cabeza impactó contra el techo, se tocó la frente, se llevó la mano a la boca, sabía a sangre.
Gritó, pero nadie la oía, porque realmente no podía gritar, mientras tanto, una familia de conejos mordisqueaba las flores que adornaban su tumba

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¡No! Así no era

¡No! Así no era

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Como en tantas de las cosas que él hacía y que yo no comprendía de manera inmediata, aquella madrugada del 14 de Diciembre de 1994 acompañé a mi amigo Claudio Rodríguez, hasta el aeropuerto de Ezeiza.

“Si por lo menos algo de todo lo que me rodea cambia para bien, entonces, todo habrá valido la pena”, me dijo con un fuerte abrazo de despedida y abordó su vuelo con destino a Ciudad del Cabo, África.

No emprendí el regreso de inmediato, me quedé en el café del aeropuerto, en parte reflexionando sobre el sustancial cambio en la vida de mi amigo y en parte esperando a que cese de llover (la idea de manejar bajo esas condiciones, no me agradaba en lo más mínimo)

Cuando por fin conducía de regreso a casa, vi a los ejecutivos, a los obreros, a los estudiantes y a los indigentes, todos bajo el mismo cielo; únicos en sí, pero insignificantes a la vez.

Cualquiera de nosotros podría desaparecer en este instante y el mundo no dejaría de girar, seguiría igual. Entendí pues, que es la cruel indiferencia y el eventual olvido lo que en realidad duele tanto al morir. El conductor de un vehículo que había decidido ignorar el pavimento mojado y también el semáforo de José María Moreno y Acoyte, me arrancó el espejo retrovisor al pasar a toda velocidad. Solo le pude observar un insulto escrito en la luneta trasera, la ausencia de placa patente y de cómo se descartaron de una botella que fue a impactar contra el automóvil de algún desafortunado vecino.

Pensé que con ésa ignorancia que raya en la inocencia, quizás jamás se enteren, ni de su falta ni de mi impotente rabia.

Provocar un cambio sin ser consciente de ello no tiene mérito alguno, ni bueno, ni malo, me dije y entonces lo entendí. He de hacer en este mundo, una marca tal, que aunque éste no se digne a detenerse al momento de mi muerte, al menos ya nada vuelva a ser igual sobre su ingrata faz. El semáforo se puso en verde.

Un cambio tan sustancial, comprometido y atrevido que no se lo pueda ignorar, razonaba mientras me acercaba a un paso nivel con las barreras bajas. Detuve la marcha justo al lado del auto sin patentes y que apestaba a cumbia y alcohol. Los ocupantes del vehículo, totalmente ajenos a mi presencia, tampoco se percataron de que bajé el cristal del acompañante pues, no quería romperlo. Solo cuando ambos voltearon a verme, fue que les volé la cabeza de dos disparos limpios y precisos. El tren pasó, llevándose con él todo el ruido y la confusión, la noche quedó nuevamente apacible y la barrera del paso nivel volvió a alzarse. Entonces, si algo de lo que me rodea cambia para bien, habrá valido la pena, me dije convencido mientras guardaba mi arma aún tibia y continuaba el viaje de regreso a casa.

 

De -MarcelobFederico-

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El despertar de la oscuridad

El despertar de la oscuridad

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Mariano apagó el cigarrillo y bajó el volumen de la radio. Una vibración leve, que iba creciendo, le hizo sentir nauseas.

— ¿Qué mierda pasa?— masculló, mientras sostenía el cenicero y algunos papeles, que quisieron salir disparados del escritorio.

Se quedó mirando la luz del velador verde, que parpadeaba.

Su respiración se agitó. Pudo sentir en su garganta los latidos acelerados de su corazón.

El aire del cuarto comenzó a sofocarlo; le pareció escaso, enrarecido, asfixiante.

Mariano se llevó las manos al cuello, queriendo desabrocharse la camisa. Arrancó dos botones, en su desesperación por respirar.

Vio las ventanas cerca, muy cerca, pero sus piernas no le respondían.

Cayó al piso y, arrastrándose, quiso alcanzar los transparentes cristales.

Se levantó, con un gran esfuerzo, en el momento justo en que  una mujer saltaba al vacío, desde el edificio de enfrente.

Un grito quiso salir de su garganta, pero en lugar de un alarido, solo comenzó a tararear una extraña melodía.

 

Las margaritas y nomeolvides  de las macetas, necesitaban agua. Sus tallos encorvados, pedían a gritos que se las regase.

Carolina llenó la regadera y, parada en la entrada del balcón, estiró su brazo para humedecerlas, siempre desde lejos.  No pensaba acercarse a la baranda, ni al borde del balcón. Su eterna fobia a las alturas, le producía taquicardia y una sensación de mareos y vértigo. Aún no podía creer que se había mudado con Joaquín, a un sexto piso.

— ¡Cuando te enamorás, sos una completa boluda!— musitó, en una voz casi inaudible.

Un firmamento rojizo, presagiaba una mañana calurosa. Sonrió. Se había ido a depilar el día anterior y pensaba ir a la playa.

Se quedó mirando el cielo, con la vista perdida en el horizonte. Un viento fuerte comenzó a soplar desde el sur, erizándole la piel.

—La puta madre, me quedé sin playa…—comenzó a decir, algo  molesta.

Sus pensamientos cambiaron de dirección, al notar un punto negro, que giraba rápidamente.

Éste parecía absorber el aire que lo rodeaba. Sus movimientos oscilantes, la hipnotizaron; no podía sacar la vista de esa negrura  que crecía.

Lentamente, Carolina caminó hacia atrás, saliendo del balcón. Se tropezó con el escalón, golpeándose la rodilla con la mesita ratona que estaba al lado del ventanal.

Lo que hasta, hacía unos escasos minutos, había sido un ínfimo punto oscuro, ahora era una mole que ocupaba todo su campo visual.

Con la mirada fija en esa monstruosidad, que avanzaba hacia ella, Carolina se descalzó y caminó hasta el límite del balcón. Trepándose a la barandilla, abrió los brazos y sonriendo, saltó.

 

Lucía no podía creer lo que estaba viendo.

Quiso gritar cuando su amiga trepó a la baranda del balcón, para luego arrojarse al vacío. Su espanto, hizo que no pudiera emitir sonido. Se quedó muda, paralizada.

Su mirada iba desde la mancha roja que crecía en el suelo, rodeando a su amiga, hasta una masa negra, en el cielo, que parecía absorber todo a su paso.

Lucía estiró la mano. Una sustancia gelatinosa, recibió su contacto.

El punto-mancha-gelatina, reptó por su brazo, cubriéndolo.

Cuando llegó a su garganta, Lucía  percibió un sabor dulce, familiar, agradable. Sintió el mismo gusto del arroz con leche que le preparaba su abuela Dora, cuando ella volvía del colegio.

Tragó, paladeó, respiró esa gelatina y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió feliz., cambiada. Su mente se había abierto y el conocimiento llegó.  Supo que el cambio era la única cosa inmutable.  Todo su ser se movía, siguiendo una música que resonaba dentro de su cabeza.

 

Esteban, estacionó su auto a una cuadra de donde había una muchedumbre reunida.

Tomó su grabador y se acercó corriendo.

No había visto a otros periodistas en el lugar y la oportunidad de tener una primicia, lo sedujo. Con un buen informe entre manos, podría ascender en su trabajo como cronista.

Quizás hasta dejase de cubrir eventos insignificantes y pudiera tener su propio escritorio. Sintiéndose animado, se abrió paso entre la gente.

La imagen de una joven muerta, tirada como una marioneta rota en medio de un charco carmesí, casi lo alegró.

Las piernas de la chica estaban en una posición antinatural y tenía la boca muy abierta, en un grito silencioso.

La gente señalaba hacia arriba y al hacer zoom con su máquina de fotos, vio con horror, como una mujer estaba cubierta de una sustancia negra, viscosa.

Seguía viva, eso era indudable, ya que sus brazos se movían rítmicamente, como si bailara al son de una música.

Esteban escribió el titular de esta nota, garabateándolo en un arrugado papel que encontró en el bolsillo de su jean: “El baile de la mujer-gelatina”.

Sabía que Crónica tv pasaría esa imagen y ese título, al menos,  durante una semana.

A pesar de la situación espeluznante y extraña, Esteban se sentía contento.

Su cuerpo comenzó a moverse y sus labios tararearon una melodía, que jamás había oído antes.

 

Joaquín vio a su novia tirada en piso  en medio de un charco inmundo y rojizo, que ya se estaba llenando de moscas.

Apartó de un empujón a un fotógrafo, que sonreía con cara de idiota ante esta tragedia.

—¡Salí de acá, basura, dejala en paz! Las personas como vos son como animales carroñeros. Todo el mundo parece bueno, excepto la mayoría—sollozó, cubriendo a la joven con su campera.

La abrazó y besó, queriendo insuflar aire en sus pulmones exánimes.

Carolina no se movió. Tampoco su cuerpo descuajeringado aceptó el oxígeno. Las manos de la mujer siguieron laxas, con las palmas apuntando al cielo.

Joaquín le bajó el camisón, estirándolo hacia abajo,  y le acomodó las piernas.

Su dolor, dio paso a una peculiar sensación de alborozo. Tenía ganas de cantar.

Dio media vuelta y, sin volverse a mirar a su prometida, subió de a dos los escalones hasta su departamento del sexto piso.

Salteó el último escalón, el impar; él jamás pisaba los impares.

Con las manos dentro de los bolsillos de su pantalón, entró a su casa, silbando una curiosa melodía, que repetía una y otra vez. Una desconocida,  pero a la vez familiar, canción de cuna.

 

 

 

 

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El espejo maldito

El espejo maldito

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Aquel verano prometía ser espectacular para Elisa.
Con unas notas bastante aceptables, había conseguido que sus padres dieran el consentimiento  para marcharse con su pandilla a una casa rural.
Rodrigo, uno de los  chicos que la integraban, la vio a través de una agencia en internet y se lo comentó al resto.
A todos les pareció una idea estupenda.
¡Era increíblemente tenebrosa! Justo lo que a él le gustaba, pues era un fans perdidamente enamorado de todo lo exotérico.
La mansión de los espejos, llamada así por la gran cantidad que se hallaban en su interior, era una casona del siglo diecinueve, residencia habitual de unos señores vascos, que pasaban los veranos en Asturias, una tierra a la que adoraban. Construida entre montaña y bosque, el paisaje era idílico.
Aquella tarde se habían reunido los seis en casa de Marta, para ultimar el viaje.
Se decidió llevar ropa cómoda y mochilas amplias para transportar víveres, algún pc portátil para pasar el rato y libros…total, la estancia sería de cuatro días.
Aquella mañana del mes de agosto, Elisa estaba radiante.
Se despidió de sus padres y de su hermana pequeña y se montó en el bus junto a sus amigos.
El viaje duraba como cuatro horas y para entretenerse, cogió un libro de una saga que estaba leyendo.
Después de llegar a la estación, tuvieron que andar como un kilómetro, para llegar al lugar.
Cuando las chicas vieron la mansión, se quedaron boquiabiertas.
Marta, quería volver y los chicos se empezaron a reír.
—Ya basta— dijo Elisa.
—La verdad es que da un poco de miedo. Pero bueno, hemos venido a divertirnos y eso es lo que haremos.
—Rodrigo, saca las llaves por favor—ordenó Elisa.
Este, metió la mano en un bolsillo de su mochila y sacó una enorme llave.
Todos se empezaron a reír, al ver semejante tamaño.
Accedieron a la mansión abriendo el portón de madera vieja.
El chirrido de la puerta, hizo que se les erizarán el vello a todos.
Elvira, otra de las chicas creyó que su corazón se paraba del susto.
Por dentro, era de una belleza que producía escalofríos.
Se podía entender los lujos con los que vivieron en aquella época los dueños.
Si algo llamó la atención de los chicos, era la cantidad de espejos que había por todos los rincones, incluidas las escaleras que accedían a la segunda planta.
—Guau— dijo David ¡esto es otra historia!
—¿ Por qué no subimos a escoger habitación?— preguntó Marta.
— Ok— contestó David.
Todos subieron rápidamente.
Había ocho enormes habitaciones.
Todas ellas disponían de chimenea, con un cesto de leña al lado.
— ¿Para que habrán dejado leña ?—preguntó Lucas. ¡Si estamos en verano!
Rodrigo explicó que ponía en la agencia que allí las noches eran bastante frías, puesto que la casona estaba rodeada de montañas.
Después de dejar cada uno el equipaje en la habitación escogida, bajaron a cenar.
Prepararon una selección de embutidos, de los que dieron buena cuenta. Pues las emociones les habían abierto el apetito.
— ¿Qué os parece si nos acostamos, para madrugar mañana y salir de caminata? —preguntó Elisa.
Todos aceptaron y fueron acomodándose.
Lucas, sintió sed en mitad de la noche y bajo las escaleras para beber agua.
Al día siguiente todos se despertaron temprano, y bajaron a desayunar. Todos, excepto Lucas.
— Se le habrán pegado las sábanas. Es dormilón por naturaleza— apostilló Rodrigo.
Justo se disponían a subir a buscarlo, cuando Marta dijo: mirad chicos, al lado de aquel espejo, en el suelo.

—¡Es el pijama de Lucas!— dijo David.
Todos se acercaron hasta allí para comprobarlo, mientras gritaban su nombre.
__ ¡Efectivamente, es su pijama!— dijo Rodrigo.
Corriendo escaleras arriba pudieron ver, que su amigo no estaba en su habitación; salieron de la casa y empezaron a buscar por los alrededores. No lo encontraron y fue Elisa la que propuso marcharse de allí, para avisar a la policía más cercana.
Volvieron a entrar para recoger todo, incluido la mochila de Lucas y marcharse. El pánico se había adueñado de ellos.
Subieron todos juntos y cada cual recogió rápidamente sus cosas.
Estando ya abajo, se dieron cuenta de que Elvira no estaba.
Gritaron su nombre, pero nadie contestó.
—¡Oh dios mío!— dijo Marta, apuntando de nuevo al espejo.
— Es la mochila de Elvira—volvió a decir Marta.
Se acercaron despacio, aterrados por lo que estaba sucediendo.
Rodrigo, el más sagaz del grupo, empezó a tocar el maldito espejo.
Era grande, con un marco de pan de oro bellísimo, que llegaba hasta el suelo.
—Venga, vámonos de aquí— habló David. ¡Estamos corriendo un gran peligro!
Justo en ese momento, todos pudieron ver como una gran nube blanca absorbía el cuerpo de Rodrigo y su mochila caía al lado.
El miedo paralizó a los presentes.
Todos presenciaron como su amigo en un instante había atravesado el espejo. Fue David, el que gritó: ¡No os acerquéis, vamos, fuera todos!
__ No podemos irnos de aquí y abandonarlos. ¡Son nuestros amigos!— dijo Elisa, aún paralizada por lo acontecido.
—Llamaremos a la policía ¡vamos salir!— dijo David.
—¿Crees que alguien nos va a creer?— contestó Elisa. Es una historia… ¡nos tomarán por locos!!
—Tomaros de las manos y coged las mías. Los tres unidos sin soltarnos, podremos acercarnos al espejo. ¡Con los tres no podrá!—  propuso Elisa
— Estás loca—dijo Marta.
—Haced lo que digo y confiad en mí.

David y Marta obedecieron. Al fin, ¿qué otra cosa podían hacer?
A un metro de distancia, frente al espejo maldito, los tres jóvenes se colocaron agarrados de las manos. Lo que vieron sus ojos, les dejo sin reacción alguna.
Sus tres amigos, junto a muchos otros jóvenes, estaban frente a ellos, cada uno con su cabeza en la mano. Era como una gran pantalla, donde podían ver lo que parecía una película de terror.
Las cabezas tenían vida propia. Hablaban y reían. Los ojos estaban abiertos pero ensangrentados.
—Entrad, les dijo Lucas. Estamos impacientes de teneros con nosotros. Ja,ja,ja, ja,ja,ja.
—¡Dios mío!— dijo Elisa.
—Elisa, Elisa, despierta o perderás el bus para ir a la casa rural. Era su madre quien la llamaba.
Elisa, estaba blanca y el corazón le iba a cien por hora.
— Que ocurre hija?
Elisa no contestó. Tan solo se tapó la cabeza con las sábanas y empezó a temblar.

 

Carmen Escribano.

 

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La cosa

La cosa

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Lo que él quería más que todo era poder vivir, ir más allá de sus limitaciones, ampliar sus posibilidades y engrandecer sus horizontes; pero lo frenaba esa cosa que no parece estar bajo el control de nada ni de nadie; algunos le dicen karma, otros, predestinación, los muchos lo llaman Dios; más lo cierto es que esa cosa lo contenía. Aquella cosa era capaz de levantar un muro en cuestión de milisegundos, cuando al fin él creía o sentía estar a poco de conseguir su propósito. Esa cosa podía armar los obstáculos más inconcebibles e inesperados, para que él no diera los pasos cuando debía. La cosa; siempre la cosa; armando condiciones, creando vicisitudes, conspirando contra él, sus sueños, sus deseos de vivir, de ser realmente libre.
Lo que él quería más que todo era simplemente vivir, ir más allá, ejercer su naturaleza, correr como lo que sentía ser: un espíritu libre. Pero esa cosa lo contenía, esa maldita cosa, inexpugnable por defecto, lo confrontaba diariamente, con el poder de incluso hacerlo chocar con sigo mismo, retorciéndolo hasta el escarnio. Aquella cosa existía, al parecer, con un solo designio: aminorarlo, desbaratarlo, acabarlo, asesinarlo.
Y la cosa, venció.

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