El ascensor (Parte 1)

El ascensor (Parte 1)

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Ya se había oído en el barrio, las cosas raras que sucedían en el ascensor del edificio Safe N° 32.
Pero Patricia y Marta, eran dos jóvenes despertando a la pubertad y no creían en fenómenos extraños como se decía.
Aquella noche de principios de diciembre estaba oscura, fría y lluviosa.
Habían quedado en verse con dos amigos en casa de Martín, que precisamente vivía en el susodicho edificio.
Al pasar por un súper, entraron y cogieron cervezas y Coca colas.
La noche se prometía larga.
Llamaron al portero del noveno D y abrieron la puerta.
Entraron riendo y haciendo ruido.
Era todavía temprano, no eran más de las ocho treinta.
Subieron diez escaleras hasta llegar al ascensor, pero su sorpresa fue, que también tenían un montacargas.
—¿En cuál nos montamos? preguntó Marta.
—  Que más tiene, en cualquiera ¿no? Contestó Patricia—No me irás a decir Marta, que tienes miedo.
— ¡¡No sé, se oyen tantas cosas!!
—Marta tiene miedo, Marta tiene miedo. Ja,ja,ja.
—¡¡Calla lista!! No tengo miedo y te lo demostraré. — Propongo que tú subas en uno y yo en otro. —Ok, miedosa, elige tú.
Marta miró hacia ambos elevadores y eligió el montacargas.
Al entrar en el ascensor Patricia le hizo un guiño a su amiga y la V de victoria.
Casi empezaron a subir al mismo tiempo.
Patricia, subía preguntándose cómo era posible que no hubiesen cambiado aquel trasto tan viejo, de doble puerta.
De repente el ascensor paró entre el sexto y séptimo piso. El habitáculo casi se quedó entre tinieblas. Al principio pensó que era alguna broma de sus amigos…pero pronto pudo comprobar, que su pesadilla acababa de empezar.

 

Carmen Escribano.

 

 

 

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Turno de noche (Parte 2)

Turno de noche (Parte 2)

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Vi como rodaba la tercera canica por el oscuro pasillo, el impulso por la que fue propulsada fue tan exacto, que desembocó justamente entre mis dos zapatos, no me atreví a cogerla, pensé que me quemaría si lo hacía, las otras dos se quedaron a medio camino, no se oía nada, la ventana estaba abierta, sólo entonces, cuando un pájaro se posó encima de una rama y esta crujió, me desperté de mi ensimismamiento.

Me quedé mirando a la luna llena, a través de la ventana abierta, y por un momento pensé en saltar al vacío, al otro lado del pasillo había algo, estaba sólo, no llevaba el móvil encima, llevaba tal aturdimiento que no pensaba con claridad.

Entonces me eché a reír, ¿qué estaba pasando? estaba en un depósito de cadáveres, estaban todos muertos, ahí era imposible que hubiera algo, ¿qué podía haber al otro lado del pasillo?, me vino a la cabeza, la imagen de un señor que llegó la noche anterior, pendiente de que lo reconociera algún familiar, aunque dudaba que alguien pudiera identificarlo, era un amasijo de carne, completamente deformada, con las cuencas de los ojos vacías, como si se los hubieran arrancado con una cuchara, y de los oídos, salía un líquido rojizo y grumoso, entonces me lo imaginé al otro lado del pasillo echándome las canicas, un sudor frío empezó a envolver todo mi cuerpo, me quedé completamente empapado, intenté dar un paso atrás, y los pies no me respondieron, un zumbido penetrante se apoderó dentro de mi cerebro, no podía pensar.

Pero, ¿me estaba volviendo loco o qué?, la vista se me empezó a nublar, me apoyé en la pared, y la canica al verse sin apoyo siguió pasillo abajo, como si tuviera vida propia.

Una sombra apareció a través del resquicio de la puerta, y me saludó con un buenas noches, me dieron ganas de abrazarlo cuando lo reconocí, era la persona que me contrató, no sabía su nombre, pero daba igual, le respondí con otro buenas noches y una risa floja e incontrolable se apoderó de mi cuerpo.

-Pasaba por aquí dando un paseo -me dijo.

No contesté ¿quién paseaba a esas horas? ¿quién se iba de madrugada por esos parajes?, no quise saberlo, por una milésima de segundo, volví a barajar la idea de tirarme por la ventana de nuevo, pero solo supe decir que iba a por café.

-¿Le apetece un café?

-No, gracias, me voy ya, pero no se demore, que los muertos necesitan ser vigilados.

Entonces se marchó, no me dio tiempo a reaccionar, solo recuerdo que cerré la ventana, las canicas las dejé en el suelo, y volví a mi silla, ya no necesitaba café, el sueño se me había pasado por completo.

Volví al trabajo la noche siguiente, no le conté a nadie mi experiencia de la noche anterior, no quise darle importancia, me decía a mi mismo que por las noches se magnifica todo demasiado, que todo lo malo siempre ocurre de madrugada, pensé en llevarme una novela y pasar la noche distraído, pero todo lo que tenía en casa eran libros de asesinatos y zombies, al final cogí mi cubo de rubik y lo eché a la mochila.

A las dos de la mañana sonó el teléfono, era mi jefe, y quería que me acercara a la cámara frigorífica número tres y comprobara si estaba completa.

-No te entiendo, – le dije.

-Qué te acerques a la cámara, sólo tienes que abrirla y mirar si hay hueco, es una urgencia.

-¿Tiene que ser ahora?

-Pues claro, venga, es de máxima importancia pero dónde te piensas que trabajas?, no tengo que darte explicaciones, haz lo que te pido ahora mismo ¡ya¡.

Dejé el auricular encima de la mesa, y me dispuse a hacer lo que me mandaba, sabía donde estaban las cámaras frigoríficas, mi superior tenía razón, además después de haber visto ayer a ese amasijo de carne¿podía ser peor?, pero claro, después de la experiencia de anoche…

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Turno de noche (Parte 1)

Turno de noche (Parte 1)

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Intentaba matar el tiempo de cualquier manera posible; metió la mano dentro de uno de sus bolsillos de su pantalón y se topó con tres canicas.

Esa misma tarde, había estado jugando con su sobrino, en casa de su hermana.

—Te las regalo, le había dicho.

—Son las canicas de la suerte.

Le contestó con un gracias, bastante desganado, que su hermana escuchó reprendiéndolo con la mirada.

Las horas se le hacían eternas en aquel pequeño cubículo; llevaba sólo dos meses en aquel trabajo, pero su sensación era de llevar mucho más tiempo.

Era vigilante de seguridad del depósito de cadáveres que estaban pendientes de ser reconocidos por algún familiar, después de haber sufrido un accidente o de hacerles una autopsia.

Sus amigos se reían de él, le gastaban bromas y le preguntaban que qué tal las cañas con sus compañeros de trabajo; e incluso si había alguna compañera que estuviese buena.

A él le daba lo mismo lo que pensaran; estaba de acuerdo con que el trabajo era aburrido, pero pagaban bien y no tenía que discutir con nadie, sólo tenía que vigilar; pero, ¿vigilar qué? Fue lo primero que le dijo al entrevistador dos meses antes, a lo que aquella persona respondió mirándolo a los ojos:

—A los muertos, tienes que vigilarlos bien, nunca subestimes a un muerto.

Aquello le hizo gracia y nunca más volvió a ver a la persona que lo contrató.

Faltaban más de cuatro horas para finalizar su jornada, los párpados empezaban a pesarle; dio la última calada a su cigarro, cuando el ruido de una puerta hizo que se levantara de la silla.

Giró la cabeza; el causante del portazo parecía una ventana situada al final del pasillo, aunque no notó en ningún momento ninguna corriente de aire.

Se levantó desganado y fue caminando por el angosto pasaje hasta llegar a donde estaba la ventana; se asomó por ella, la noche estaba tranquila y en el cielo se posaba una luna llena redonda, que le resultó gigante e inmensa; entonces escuchó algo, ese sonido le resultó extrañamente familiar, se giró y afinó el oído. Era un tintineo de algo, sonaba muy claro, pero no lograba descifrar qué podía ser, hasta que vio rodar hacia él la primera canica al principio del pasillo. Él no se movió, la miró y sintió un estremecimiento; de repente, una segunda canica, entonces los ojos se le abrieron como platos y quedó expectante a esperar a la tercera canica. Agudizó más el oído y escuchó el golpeteo de lo que supuestamente era la tercera canica contra la mesa. Al instante la vio aparecer con más fuerza que las anteriores, e iba directamente hacia él.

 

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El ascenso

El ascenso

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Son las 7.00 horas, el reloj despertador suena puntual, me sobresalto, rozo levemente, sin querer, la pierna de mi mujer y la oigo quejarse.

Intento apagar el viejo trasto del botón pero lo único que consigo es poner una emisora de radio por error; la voz casi trémula, amenazante, de mi esposa, me asusta y hace que agarre el cable y tire de él; espero acordarme luego de ponerlo en hora. Me levanto sin hacer ruido, y entro rápidamente en el cuarto de baño.

Me miro en el espejo y visualizo mi cara; hoy no me afeito, lo hice ayer. Apenas se percibe una leve capa de pelo castaño; me lavo los dientes mientras se templa el agua, la ducha me despeja las ideas, hoy es lunes, pero no es un lunes cualquiera, hoy es diferente, estoy pendiente de un ascenso, y creo que tengo muchas posibilidades.

Trabajo en un banco y uno de los jefes se jubila. Realmente lo hago por ella ¿qué quién es ella? Ella es mi esposa. Si quiero ese ascenso es por mi mujer; por mí me quedaría como estoy pero Julia cree que no puedo aspirar a algo mejor; no me lo ha dicho directamente, pero lo sé, alguna vez me hace algún comentario, sé que no con mala idea, pero me chirría que bromee a mi costa, creo que a veces se siente superior a mí, solo porque ella trabaja en la recepción de un museo; nunca me lo ha dicho, no, eso es verdad, pero en el fondo lo creo. Sé que cuando Julia alaba mis puntos fuertes, lo hace para mofarse, no me lo dice por supuesto, pero me figuro que es así.

—¡Julia¡ Me han ascendido, ahora soy director general.

Quiero ver la cara que pone, le quiero dar una sorpresa, además no le he dicho nada con respecto al puesto, que bien me siento, tengo posibilidades, lo sé, los viernes suelo coincidir en la máquina de café con el director, y solemos hablar de nuestros pasatiempos, a él sé que le gusta el esquí, yo nunca me he subido a unos, pero desde que me enteré de su afición, conozco las mejores pistas, y se lo hago saber, creo que en la próxima conversación, debería ser más moderado, no vaya a ser que me invitara a esquiar, porque entonces tendría un problema, es lo que tiene ser una persona con carisma como yo, sé que tengo un punto ganado.

Preparo café en la cafetera italiana, café puro arábigo, lo prenso bien y lo dispongo en el quemador, mientras espero a que silbe el cacharro, cojo el pan de la panera que quedó la noche anterior, lo unto generosamente de mantequilla y, a continuación, pongo las rebanadas en la tostadora; en ese momento, cuando el humo humeante envuelve con su aroma la estancia, mi mujer aparece por el umbral de la puerta, con un buenos días y un beso que me ofrece en la comisura de los labios; se sienta y espera a que le sirva el desayuno.

La escucho masticar la tostada, mientras le doy un sorbo al café hirviendo, la miro, y me devuelve la mirada con un gesto de interrogación, cojo un trozo de pan rápidamente, e intento disimular mi satisfacción; no quiero decirle nada aún, pero debo mantener la calma, ella es lista y me conoce bien, sabe que tramo algo.

Sintonizo la radio, está sonando Friday i’m in love de The cure, me animo, bajo la ventanilla a pesar del frío, y empiezo a cantar. El semáforo se pone en rojo y el conductor del coche que llevo al lado, me hace un gesto bastante desagradable. La subo, sí, pero sigo cantando; me imagino la cara de mi mujer, cuando le diga que me han ascendido; ella que no cree en mí, que piensa que soy un inútil. Imagino su expresión al conocer mi ascenso y en la mía se posa una sonrisa de satisfacción absoluta.

Paro en un bar casi en frente de donde se encuentra la sucursal; el chino que lo regenta ya me conoce. En cuanto me ve entrar por la puerta, me prepara un Cola Cao sin apenas saludarnos; me gusta el batido del bar. Además me coloco en mi sitio estratégico; tengo una mesa junto a la gran ventana, que se posa junto a mí, como si fuera un escaparate. Desde ahí puedo verlos ¿a quiénes? A “las corbatas”. Así los llamo. Tengo un grupo de compañeros que se visten prácticamente igual entre ellos, a mi me gusta ir más a mi aire, como a Felipe, somos los únicos que no llevamos un nudo atado al cuello. Al principio “las corbatas” me proponían que fuera con ellos de vez en cuando, siempre decliné la invitación.

Ficho en la entrada, me siento bien; la bebida del bar y el café me produce un aporte de energía, poco propicio de un lunes; pero como he dicho antes, no es un lunes cualquiera, este lunes cambiará mi vida.

Me pongo en mi puesto, me siento nervioso, llevo ya dos horas trabajando y nadie me ha anunciado mi ascenso; mi ánimo decae por momentos. Escucho los murmullos de los compañeros, pero no me llega claro, no quiero ser cotilla. Por fin aparece el director y anuncia que el nuevo puesto lo cubrirá Sanchez. Una gota de sudor me perla la frente, siento como si me desestabilizara por momentos, entonces tropiezo con un cubo.

—¿Estás bien Ramón?

Lo miro, pero no contesto.

—Ramón, en cuanto termines aquí, tenemos que ir a la planta superior, unas palomas acaban de dejar todo perdido.

—Ramón, te noto ausente, ¿estás bien?

—Ah, si Felipe, estoy bien, solo que antes de subir, necesito ir al servicio.

Cierro la puerta del aseo y, antes de sentarme encima de la taza, saco una moneda; cara Sanchez, cruz Julia. Tienes que estar en la ruleta amor, a fin de cuentas, si quiero este ascenso es sólo por ti. Sale cara. De camino a la azotea tendré que hacer una parada en el despacho de Sanchez. Paso por mi taquilla y de mi bolsa saco una pequeña pistola; qué gran suerte la mía que todo el edificio está insonorizado.

Ahora con Sanchez fuera espero ser yo el agraciado y no volver a tener que usar este pequeño juguete nunca más.

 

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Nadie te escucha

Nadie te escucha

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Abrió los ojos de golpe, se encontraba completamente desorientada, el dolor de cabeza era tan fuerte, que le daban ganas de chillar.
Gritó, o creyó gritar, pero nadie fue en su busca.
Se oía un sonido, era parecido a un eco; lo sentía dentro de sus oídos, que zumbaban como si tuviera un nido de avispas dentro de la oreja.
Se tocó la cabeza, soltó un aullido, le daba vueltas, intentó levantarse, pero un golpe seco, hizo que volviera a quedarse tumbada.
Lo intentó de nuevo, pero el espacio donde se encontraba, era tan minúsculo, que ni siquiera podía sentarse.
Todo estaba oscuro, sentía frío, pero a la vez notaba, que el aire que respiraba, llevaba su aliento, cargado de un olor fétido.
Escuchó un ruido encima de ella, no podía explicarse qué podía ser, de hecho no se explicaba qué estaba pasando; intentó hacer memoria, cerró los ojos, y de repente las imágenes, iban pasando una a una, deprisa, sin pausa, como si el carrete de una cámara se hubiera estropeado, y no hubiera manera de hacerlo parar.
Abrió los ojos de nuevo, no quería que esas imágenes volvieran a su mente, pero una vez que volvieron, incluso con los ojos abiertos ya no las podía dejar de ver.
Ahora lo que escuchaba eran unas voces, se oían lejanas, no entendía nada, ni reconoció ninguna voz, intentó de nuevo levantarse, ese golpe en la cabeza, le hizo rebotar hasta el suelo, haciéndole un daño infernal.
Levantó los brazos hacia arriba, y notó que había techo, luego un brazo a la izquierda, otro a la derecha, tocaba ambos lados.
Cerró los ojos, y las imágenes se sucedían con fuerza, las voces lejanas ahora se convirtieron en lloros, los golpes que notaba lejanos estaban más cerca, casi le tocaban la cabeza, haciendo que su cuerpo retumbara contra el suelo.
Gritó, y gritó, y siguió gritando, o eso creía ella, porque cuando ese coche se la llevó por delante, el impacto, al caer al suelo, hizo que se mordiera la lengua, haciendo que esta, cayera a un charco y fuera devorada por una rata.
Empezó a notar que su cuerpo caía, el golpe fue tan brusco, que su cabeza impactó contra el techo, se tocó la frente, se llevó la mano a la boca, sabía a sangre.
Gritó, pero nadie la oía, porque realmente no podía gritar, mientras tanto, una familia de conejos mordisqueaba las flores que adornaban su tumba

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¡No! Así no era

¡No! Así no era

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Como en tantas de las cosas que él hacía y que yo no comprendía de manera inmediata, aquella madrugada del 14 de Diciembre de 1994 acompañé a mi amigo Claudio Rodríguez, hasta el aeropuerto de Ezeiza.

“Si por lo menos algo de todo lo que me rodea cambia para bien, entonces, todo habrá valido la pena”, me dijo con un fuerte abrazo de despedida y abordó su vuelo con destino a Ciudad del Cabo, África.

No emprendí el regreso de inmediato, me quedé en el café del aeropuerto, en parte reflexionando sobre el sustancial cambio en la vida de mi amigo y en parte esperando a que cese de llover (la idea de manejar bajo esas condiciones, no me agradaba en lo más mínimo)

Cuando por fin conducía de regreso a casa, vi a los ejecutivos, a los obreros, a los estudiantes y a los indigentes, todos bajo el mismo cielo; únicos en sí, pero insignificantes a la vez.

Cualquiera de nosotros podría desaparecer en este instante y el mundo no dejaría de girar, seguiría igual. Entendí pues, que es la cruel indiferencia y el eventual olvido lo que en realidad duele tanto al morir. El conductor de un vehículo que había decidido ignorar el pavimento mojado y también el semáforo de José María Moreno y Acoyte, me arrancó el espejo retrovisor al pasar a toda velocidad. Solo le pude observar un insulto escrito en la luneta trasera, la ausencia de placa patente y de cómo se descartaron de una botella que fue a impactar contra el automóvil de algún desafortunado vecino.

Pensé que con ésa ignorancia que raya en la inocencia, quizás jamás se enteren, ni de su falta ni de mi impotente rabia.

Provocar un cambio sin ser consciente de ello no tiene mérito alguno, ni bueno, ni malo, me dije y entonces lo entendí. He de hacer en este mundo, una marca tal, que aunque éste no se digne a detenerse al momento de mi muerte, al menos ya nada vuelva a ser igual sobre su ingrata faz. El semáforo se puso en verde.

Un cambio tan sustancial, comprometido y atrevido que no se lo pueda ignorar, razonaba mientras me acercaba a un paso nivel con las barreras bajas. Detuve la marcha justo al lado del auto sin patentes y que apestaba a cumbia y alcohol. Los ocupantes del vehículo, totalmente ajenos a mi presencia, tampoco se percataron de que bajé el cristal del acompañante pues, no quería romperlo. Solo cuando ambos voltearon a verme, fue que les volé la cabeza de dos disparos limpios y precisos. El tren pasó, llevándose con él todo el ruido y la confusión, la noche quedó nuevamente apacible y la barrera del paso nivel volvió a alzarse. Entonces, si algo de lo que me rodea cambia para bien, habrá valido la pena, me dije convencido mientras guardaba mi arma aún tibia y continuaba el viaje de regreso a casa.

 

De -MarcelobFederico-

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