La llama de la soledad. Capítulo 23. Quemando la noche

La llama de la soledad. Capítulo 23. Quemando la noche

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Ves, mamá que ruptura tan triste y descafeinada. Ni una discusión, ni una palabra más alta que otra. En mi recuerdo quedarían tan solo mi indiferencia y su traición como una mancha difícil de borrar. En el fondo todo quedaba resumido en un amor sin historia que me dejaba el alma vacía y que me arrancaba de cuajo la poca ilusión que me quedaba. Porque una cosa era que yo dudara de mis sentimientos hacia él hasta el punto de plantarme la ruptura y otra muy distinta que me lo hubiera encontrado en una situación tan comprometida por decirlo finamente. A saber cuántas veces lo habría hecho con anterioridad. Con todas las advertencias que había recibido por parte de Carlos, de ti misma o incluso de Amalia, ¿cómo podía haber sido tan ilusa de creerme la dueña de su corazón? Entonces pensé en la cantidad de mujeres guapas —algunas mucho más jóvenes que yo— que pululaban a su alrededor: secretarias, becarias, compañeras de partido, militantes de jóvenes generaciones, etc.— y comprendí con amargura que ocasiones no le habrían faltado. Demasiado tarde me había dado cuenta de que tenía bien ganada la fama de conquistador.

Me volvía a casa con una extraña mezcla de sentimientos: alivio por un lado, a qué negarlo, pero también humillación por la escena vivida, celos, rabia, qué sé yo… Me sentía a punto de explotar y necesitaba desahogarme con alguien. Como por entonces las relaciones contigo y con Raquel no pasaban por su mejor momento, recurrí a Amalia. Le telefoneé para contarle lo ocurrido con pelos y señales y tengo que decir que no me respondió con el consabido «ya te lo dije», que por otra parte hubiera sido merecidísimo por mi parte. Al contrario, fue todo lo comprensiva que se puede esperar de una buena amiga. En un abrir y cerrar de ojos se plantó en casa y me abrazó en silencio durante un buen rato. Cuando juzgó que ya había llorado lo suficiente secó mis lágrimas y me obligó a arreglarme para salir, algo a lo que yo en principio me opuse. Tras un tira y afloja me convenció y nos fuimos juntas a quemar la noche valenciana. Todavía me aflora una sonrisa al recordar aquella noche en la que comimos algo y bebimos mucho, muchísimo, a lo largo de un rosario de tugurios de los peorcito que he pisado en toda mi vida. Nos reímos como nunca y sí, mamá, nos emborrachamos como dos adolescentes, no me vayas a echar la bronca ahora, que ya sabes que estas cosas están a la orden del día. Pero era sin duda lo que necesitaba en aquel momento: una buena juerga entre amigas para pasar una página de mi vida de la que todavía me sigo avergonzando. Y eso que todavía no sabía lo que me esperaba a la mañana siguiente.

Photo by Víctor Gutiérrez Navarro

Un día para olvidar (capítulo 7 parte 3)

Un día para olvidar (capítulo 7 parte 3)

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—Lo siento, no volverá a pasar, pero ¿Puedes dejar de mirarme así? Y otra cosa, ¿dónde quieres que tomemos ese bendito café?

Aquello hizo reír a Yoli, no esperaba que saliera por ahí. En realidad necesitaba compañía, se sentía sola y no podía estar llamando a Álvaro cada vez que tuviese la necesidad de desahogarse. Esperaba que Alex fuese lo suficientemente bueno como para suplirlo, aunque desde luego las confidencias que tenía con Álvaro nunca podrían ser las mismas.

—¿Podemos ir a algún sitio donde no nos conozcan? —preguntó Yoli de pronto.

—Desde luego, vamos donde quieras, mi jornada ha terminado por hoy.

Subieron al coche de Alex y este puso rumbo a la ciudad, el pueblo se les quedaba pequeño, allí todo el mundo llevaba en la boca la noticia y todos señalaban a Yoli compadeciéndola,  a la gente le era fácil sacar conclusiones, aunque no llevasen a ningún sitio o fuesen completamente erróneas.

Después de media hora de coche Alex aparcó en una callejuela poco transitada. Cerca de allí había un mesón en el que él había pasado alguna que otra tarde, era un sitio tranquilo de parroquianos afables y de vuelta de todo, así que a ninguno le sorprendería que estuviese tan bien acompañado.

—Bueno, qué es eso tan importante que me tienes que decir —preguntó arisca—, porque me dijiste que lo encontrarías y todavía no lo has hecho. No creo que haya nada más importante, al menos no para mí en estos momentos. Que sepas que me has fallado.

—Me he involucrado mucho más de lo que debía, las cosas no son tan fáciles como crees.

—Si no debías, ¿por qué lo has hecho? Nadie te lo ha pedido.

—Por qué lo he hecho, buena pregunta, porque es una criatura indefensa, porque es mi profesión, porque algo así no se puede quedar sin resolver, porque me enamoré de ti en el instante en que te vi…

Yolanda se quedó sin palabras, aquello era lo último que esperaba. Cómo podía decir algo así, si cuando se veían estaban siempre de pelea. Si ella decía blanco él decía negro y con todo igual, eran agua y aceite, nunca podrían mezclarse.

—Lo siento, tengo que irme, ya me he retrasado bastante y tengo cosas importantes que hacer.

—No debí decir nada. Te pido disculpas. Supongo que te estará esperando Álvaro, tu novio. No quiero interponerme entre vosotros, pero tenía que decírtelo.

Se levantó, dejó un billete de cinco euros en la mesa para que se cobrara el camarero y fue tras Yoli que había salido corriendo. Estaba preciosa bajo la luz del sol, con ese aura angelical y demoníaca a la vez, algo que hacía que la deseara como nunca deseó a mujer alguna.

La llama de la soledad. Capítulo 22. Vacilando

La llama de la soledad. Capítulo 22. Vacilando

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A primera hora, recibí unos wasaps de Ricky: «Lo siento, Sandra. Emoji guiñando el ojo». A continuación: «Es que hoy, de buena mañana tenía que una reunión muy importante en el Ayuntamiento. Necesitaba descansar. Se me olvidó decírtelo y luego no quise despertarte. Carita de pena y a continuación tres rosas y un corazón». Y para terminar «Te llamo mañana. Un carita besucona y otro corazón, esta vez latiendo».

Recordaba como en una bruma lo acontecido la noche anterior: mi apatía durante la cena; mi extrañamiento mientras hacíamos el amor; la inmensa sensación de alivio que me invadió cuando se marchó de casa. Y aun así las dudas volvieron de nuevo. Aquel hombre me servía la vida en bandeja de plata. Sin embargo, por alguna razón que no acertaba a entender por más que me sorbía los sesos, no terminaba de ser feliz con él. Me sentía como una ingrata que no sabía corresponder a los dones recibidos, al mismo tiempo que me daba cuenta de que aquello no tenía nada más que una salida. Pero en el fondo de mi ser creía que todavía no estaba lista para tomarla. A pesar de mi juventud ya me había equivocado tantas veces, que no quería precipítame de nuevo. Sabía que, una vez diera el paso, no habría marcha atrás. Así que intenté contemporizar la situación. Cobardía creo que lo llaman… En cuanto a los wasaps, no quise dejarlos en visto sin más y me puse de perfil para contestarle un escueto ok y mandarle un beso desapasionado mientras en mi fuero interno seguía debatiéndome entre dos aguas.

Intenté olvidarme del tema trabajando, pero me resultaba imposible concentrarme. Rehice la misma escena de la novela como unas siete veces hasta que me di por vencida. Parecía que hasta que no tomase una decisión en un sentido u otro mi alma no encontraría sosiego. De modo que a eso del mediodía fui a buscarlo a su despacho con la peregrina idea de que solo ante su persona podría tomar una decisión definitiva. En realidad es lo que sucedió, pero ni mucho menos del modo en que yo pensaba.

Cuando llegué la mayoría de funcionarios se habían marchado o estaban preparándose para marcharse. Su asistente, que solía anunciarle mi presencia en las pocas ocasiones que había visitado a Ricky allí, no se encontraba en el puesto, así que fui directa hacía la el despacho, cuya puerta se encontraba ligeramente entornada. Cuando ya tenía la manilla sujeta para abrir, una conversación y unas risas a media voz hicieron que me detuviera en seco.

—¡Ay! ¡Estate quieto! Deja que termine… —dijo una desconocida voz de mujer con un punto de fingido desdén—. Además, no seas imprudente, que aquí pueden vernos —añadió en un tono que denotaba mucha familiaridad.

—¿Quién va a vernos, si ya se han ido todos? Por suerte, en este puto Ayuntamiento no hay dios quien cumpla el horario, ¿verdad, guapa? —reconocí sin dificultad el tono cínico de Ricky. Una de las facetas suyas que más incómoda me habían hecho sentir a lo largo de nuestra relación.

—Venga, no seas pesado. Total, termino de redactar el documento y nos vamos. Hoy tengo algo especial para ti… —dijo con voz pícara y bajando todavía más el tono.

—No me digas eso que me pones a cien —le respondió él en susurro ronco, apenas audible—. ¿Llevas puesto lo que te regalé?

Ya no quise oír más. Abrí la puerta de golpe y me lo encontré de pie, babeándole el cuello a la desconocida, que en un ejercicio férreo de disciplina y a pesar de la clara complicidad con el que todavía era mi novio, no se había dejado arrastrar por la situación y se encontraba tecleando en el PC.

La escena hablaba por sí misma. No fue necesario decir nada. Yo lo miré unos instantes con toda la altivez que pude. Él me devolvió la mirada y advertí en su rostro un gesto de sorpresa, de incredulidad o tal vez también de vergüenza por lo ridículo de la situación. Me di media vuelta y me fui por donde había venido. Dolida, sí, pero habiéndome quitado una enorme losa de encima. En el fondo, dándole las gracias por haberme facilitado el camino.

Quizás hubiera esperado un acercamiento por su parte, una justificación, un intento de perdón. Pero nunca se produjo y dada mi flaqueza de entonces, me alegro de que no lo hiciera. Aquella fue la última vez que nos vimos.

 

Photo by NeoGaboX

Un día para olvidar (capítulo 7 parte 2)

Un día para olvidar (capítulo 7 parte 2)

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Rebeka salió contenta, David le había dado un buen repaso, se entendían bien en la cama, aquella tarde no había ido al instituto, así que hasta la hora de salida no quería dejarse ver por el pueblo, se fue a un claro en el bosque en el que tenían las chicas su guarida secreta, bueno, no era nada del otro jueves pero cuando estaban allí nadie las veía ni las molestaba, podían tramar sus travesuras sin interferencias de ningún tipo. Envió un whatsapp a cada una de sus súbditas, como ella las llamaba, ya que se consideraba la abeja reina, “te espero en casa de mamá” les llegó a todas a la vez.

En cuanto terminaran las clases se encontrarían en el sitio señalado, una vieja cabaña abandonada que usaban antiguamente los pastores para resguardarse por las noches del frío de la montaña, las paredes estaban medio derruidas, y del techo solo quedaban cuatro palos y un poco de chamizo, pero era suficiente para que nadie supiera donde estaban.

De la mano llegaron Aina y Natalia, faltaba Paula, según dijeron aquella tarde no había acudido a clase, tampoco les había dado explicaciones y no había conectado el móvil desde hacía un par de horas.

—¿Se puede saber qué le ha pasado a Paula? —Preguntó un tanto molesta Rebeka.

—No sabemos nada de ella desde esta mañana, pero estaba muy rara —contestó Aina.

En aquel momento llegó Paula, caminaba deprisa como si alguien la estuviera persiguiendo.

—¿Os habéis enterado? Han encontrado un cadáver en el monte, lo ha desenterrado la tormenta del otro día. ¿Será Ramiro? —preguntó Paula mirando fijamente a Rebeka.

—¿Por qué me miras así? ¿No pensarás que tengo algo que ver?

Se miraron entre sí, desde que había desaparecido Ramiro una duda se cernía sobre sus cabezas, en alguna que otra ocasión había surgido la desconfianza entre ellas aunque ninguna había osado expresarlo en voz alta, pero aquel hallazgo había vuelto a sacar a la luz viejos fantasmas.

 

Yolanda recibió un mensaje de comisaría, le decían que tenían novedades sobre el caso y necesitaban hablar con ella, en cuanto lo leyó dejó todo y salió corriendo, no quería hacerse ilusiones, pero necesitaba una buena noticia, necesitaba algo que la sacara del sopor en el que se estaba sumiendo, en tan solo unos meses su vida había dado un vuelco de ciento ochenta grados, tener a su madre internada era necesario, pero la echaba tanto de menos como a Ramiro, los había perdido a los dos a la vez y eso la estaba matando, necesitaba las regañinas de su madre, llamar a gritos a su hermano, necesitaba su vida, solo eso. Pensando en gritos, recordó la vez en que Ramiro salió corriendo con Trasto en brazos, Trasto era el Basset que le había regalado su ex y que cuando rompieron la relación se quería llevar, Ramiro lo cogió, era su amigo, su compañero de juegos, era uno más y él no podía separarse de su mascota, se encerraron los dos en el garaje y no había forma humana de sacarlos de allí, cuando consiguieron abrir la puerta estaban los dos abrazados como niños, Trasto con sus patitas parecía acariciarlo mientras las lágrimas de Ramiro mojaban el pelaje color canela de sus grandes orejas, les costó sangre, sudor y lágrimas hacerle entender a Ramiro que Trasto se quedaría con él. Durante más de una semana se mantuvo alerta hasta asegurarse que el ex de Yolanda no volvería a aparecer por la casa, aún así no se separaba de Trasto, incluso dormía con él sobre la cama. Una lágrima suicida resbaló por su mejilla, ¿por qué?, ¿por qué le había tenido que pasar a él?, ¿quién podía quererle algún mal a una criatura como su hermano?, preguntas que llevaba mucho tiempo haciéndose y que seguían sin respuesta, aceleró al máximo esperando que no le pusieran ninguna multa, pero necesitaba llegar cuanto antes, necesitaba sentirse segura de nuevo, necesitaba un milagro.

—¿Dónde está mi hermano? —Preguntó nada más entrar en comisaría.

—El inspector Moreno te está esperando, pasa a su despacho, por favor.

—Gracias.

Llamó dos veces a la puerta con los nudillos y sin esperar respuesta entró en el despacho, en compañía de Alex estaban el comisario y otro inspector, al ver sus caras supo que no eran buenas noticias, su corazón no la engañaba y la seriedad de los allí reunidos tampoco.

—¿Lo habéis encontrado? ¿Dónde está? ¿Cómo está? —Empezó a asaetarlos a preguntas sin darles tiempo a responder ninguna de ellas.

—Tranquilízate —decía Alex mientras le apartaba una silla para que se sentara.

—Estoy bien así, gracias.

—Verá, señorita Duperly… la hemos hecho venir para darle una noticia antes de que se entere por terceros, que seguro dirán una cosa por otra, como pasa siempre en estos casos —empezó a decir el comisario.

—Quiere ir al grano, por favor, me está poniendo más nerviosa de lo que estoy.

—Lo que el comisario te quiere decir es que hemos encontrado un cuerpo…

No le dio tiempo a seguir, Yolanda se puso las manos en la cara y empezó a sollozar, quería ser valiente, durante todo ese tiempo se había estado preparando para lo peor, pero nada servía cuando llegaba el momento, un sabor amargo le llegó a la boca, en aquel momento creyó que iba a vomitar, agachó la cabeza y la puso entre las piernas esperando dominar la bilis que se le acumulaba en el esófago.

—Tranquila, no es Ramiro —le puso una mano sobre el hombro al tiempo que ella daba un respingo, levantaba la cabeza y abría unos ojos enormes, que a Alex le recordaron una obsidiana de tan negros, pero le pareció que tenían unas motitas blancas que atrapaban la luz, o pudiera ser que las lágrimas hubiesen producido ese efecto, el caso es que quedó atrapado en ellos, siempre le habían parecido hermosos, pero nunca como en ese momento.

—Gracias a Dios —dijo Yoli sintiendo un alivio momentáneo— aunque eso tampoco es que me deje más tranquila.

—Por eso queríamos comunicarte la noticia nosotros —continuó el comisario—, estamos seguros que correrán ríos de informaciones contradictorias, incluso llegarán a decir que es Ramiro, pero no lo es, de momento no sabemos quién es, pero lleva mucho más tiempo muerto que Ramiro desaparecido.

Después de bastante rato dando y pidiendo explicaciones Yolanda se marchó para casa, aquella noticia la había desconcertado todavía más de lo que estaba, ya no sabía qué pensar, se sentía cansada. Aquella tarde no iría a visitar a su madre, de todos modos ella tampoco se iba a enterar. Estaba abriendo el coche cuando Alex se le acercó por detrás.

—Te ves cansada, ven, vamos a tomar un café, te sentará bien.

—No tengo tiempo, pero gracias.

—No se parará el mundo porque te tomes un café conmigo.

—Yo no he dicho que tenga que parar nada, solo que no me apetece un café.

—Si no te apetece un café puedes tomar otra cosa, me gustaría hablar contigo.

—Lo que tenías que decirme creo que me lo has dicho allí dentro, no creo que tengamos nada más de qué hablar.

—¿Es necesario que rebatas cada maldita frase que digo?

Alex había levantado la voz algo más de lo deseado, se arrepintió al momento, Yoli se lo quedó mirando, cerró el coche y lo miró crudamente, si algo no le gustaba era dar el espectáculo en la calle y aunque no había mucha gente a su alrededor se sintió observada.

—Está bien, escucharé lo que tengas que decirme, pero que sea la última vez que me levantas la voz, tomemos ese maldito café.

La llama de la soledad. Capítulo 21. Una decisión

La llama de la soledad. Capítulo 21. Una decisión

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Hola, mamá. Hoy, mientras te cojo por última vez de la mano, en esta UCI que vas a abandonar en unas horas y espero que para siempre, quiero contarte algo muy íntimo. Algo de lo que nunca te he hablado. De la última noche que pasé con Ricky. Fue muy poco antes de su detención, pero como verás eso no influyó para nada en nuestra ruptura. De hecho, ya había decido cortar con él antes de aquello ocurriera. Luego vendría lo demás, pero iré por orden para no liarte porque todo este asunto supuso un golpe muy grande para mí.

Fue una noche ya entrada la primavera. Ricky había venido a cenar conmigo. De hecho había traído el mismo la cena de un catering del que éramos habituales, porque ya sabes que la cocina no se me da muy bien y él, por el contrario, era una gran sibarita. Si te digo la verdad, yo me sentía agradecida por todo lo que Ricky hacía por mí y quería corresponderle en la justa medida, pero me hallaba muy lejos de la ilusión que había sentido durante nuestros primeros días juntos. Trataba de engañarme pensando que mi enfermedad era un obstáculo a todos los niveles y que lastraba mis emociones y mis sentimientos. Pero, aunque ponía todo mi empeño en ello, no podía evitar que naciera en mí una creciente frialdad hacia Ricky y todo lo que representaba para mí en aquel momento. Créeme si te digo que yo misma estaba horrorizada por esa falta de apego y hasta llegué a pensar en algún momento que todo es porque soy una mala persona.

Tal vez, la culpabilidad que sentía por no poder amarlo como yo creía que se merecía me hizo desear que aquella fuera una noche especial. Quería ofrecerle esa clase de atenciones que se supone que una mujer enamorada tiene hacia su pareja. Él nunca me había recriminado nada de manera explícita, pero yo estaba convencida de que, de alguna manera, se lo debía. Menuda tontería la mía, la de querer echar cuentas en el amor. ¿Te imaginas? ¡Aquí la columna del debe! ¡Aquí la columna del haber! Debería de haber sabido que las cosas no funcionan así. En resumidas cuentas, me esforcé muchísimo con la puesta en escena: el mejor mantel que tenía, la vajilla y la cristalería que me regalaste cuando me vine a vivir sola, unas velas en plan romántico… Deseaba que fuera una noche memorable porque quería complacerlo. Y cuando digo «quería», me refiero única y exclusivamente a lo que se entiende por un acto de voluntad pura. Sin embargo, aquello estaba abocado al fracaso desde el momento cero, porque sin duda me faltaba lo más importante: las ganas. En realidad, ahora lo sé, mi cuerpo, mi ser físico estaba allí, pero mi espíritu estaba ajeno a la velada que tanto me había afanado en preparar para él. Si Ricky me encontró distante y no dijo nada por no incomodarme o si por el contrario notó mi indiferencia, es algo que nunca sabré, porque no noté nada extraño en su actitud. Cenamos, hablamos un poco de sus cosas y de las mías —porque, lamentablemente, nunca llegaron a ser «las nuestras»—, tomamos un par de copas y nos acostamos. Ya te he dicho en más de una ocasión que el sexo con Ricky era fácil y sin complicaciones. Aquella vez no fue una excepción, aunque quizás todo transcurriera de una manera en exceso mecánica, como quien sabe los resortes que tiene activar para que una maquinaria funcione. No sé si a ti te habrá pasado alguna vez con papá o con alguno de los novios que tuviste luego, pero hubo un momento que, en lugar de protagonista, me sentí una espectadora de la situación. Como si lo que sucedía en mí cama no tuviera que ver conmigo. Fue algo muy raro. Después, al terminar, me asaltó una sensación de vacío inmensa. Él se durmió enseguida, pero a mí me costó un montón porque no podía dejar de pensar en lo que había pasado. Me asaltaron mil dudas acerca de él, de Carlos, de mí misma y de lo que estaba haciendo con mi vida.

Ya de madrugada, cuando al fin había logrado adormilarme, oí como se cerraba la puerta de casa y entonces palpé el otro lado de la cama para comprobar que el hueco de Ricky estaba vacío, aunque el calor de su cuerpo todavía permanecía en el lecho. Entonces sentí un enorme alivio, una extraña  sensación de paz y serenidad. Y fue en aquel momento preciso cuando lo comprendí: se había marchado el ruido. Porque, sí, Ricky ya no era sino ruido en mi vida. Durante unos meses me había remordido la conciencia por no haberme sentido lo bastante enamorada. Por no poder dejar de pensar en Carlos mientras estaba con él. El recuerdo de Carlos, mi amor, mi verdadero amor, entonces lo supe por fin, se me había hecho fuerte en la distancia. Y en cambio, a Ricky, pese a su cercanía física, lo sentía cada más pequeño e insignificante. Y fue un momento decisivo, porque me dije a mí misma que no volvería a compartir mi cama con él.

De repente, mi vida volvió a cobrar sentido.

Un día para olvidar (capítulo 7 parte 1)

Un día para olvidar (capítulo 7 parte 1)

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David llegó a su casa con una sonrisa enorme en la cara, le encantaba fastidiar a Álvaro y esa satisfacción la llevaba reflejada, lo que no esperaba era la sorpresa que encontró al entrar en su dormitorio. Rebeka estaba tendida en su cama, completamente desnuda, con una copa en la mano y un cigarrillo en la otra y con pose de revista porno.

—Pensé que no querías verme nunca más.

—Me molestó verte flirteando con la estúpida de Yoli.

—No estaba flirteando, me gusta de verdad.

—Eso no te lo crees ni tú, a mí no me engañas.

La joven se terminó el líquido del vaso, lo depositó sobre la mesilla de noche, se puso de rodillas sobre la cama y tiró de la camisa de David atrayéndolo hacía ella.

—No te va a ser tan fácil deshacerte de mí, lo sabes —susurró en su oído con voz melosa aunque amenazante a la vez.

—Para ser tan jovencita tienes mucho carácter, pero ya sabes que conmigo no se juega, princesa. Sírveme una copa mientras me ducho —ordenó dándole un beso en los labios que acabó en un mordisco.

La primera vez que la joven había hecho aquello él se había quedado petrificado, era menor de edad y él un hombre hecho y derecho, con una hija casi de la edad de ella. Rebeka se le había insinuado hacía tiempo, le había dicho que quería dejar de ser virgen y lo había escogido a él, así, sin mediar más palabras que aquellas. También le dijo que lo había observado durante un tiempo y se había dado cuenta cómo miraba a sus compañeras, le gustaban jóvenes, y estaba segura que su mujer lo había abandonado por ese motivo, así que ella se lo pensaba poner fácil, sería un acuerdo, un contrato de colaboración, y si les apetecía a los dos y sin compromisos, de vez en cuando tendrían sexo, a ella precisamente le gustaban maduritos, le dijo, para reírse a continuación al ver la cara que había puesto él.

Desde entonces se veían de vez en cuando, normalmente ella se presentaba en su casa cuando sabía que su hija pasaba el día en casa de alguna amiga o de la abuela. Ella solía planear bien sus escapadas, de todos modos a ella nadie la controlaba y dentro de poco sería mayor de edad y entonces volaría libre, se decía siempre.

David salió de la ducha y se empezó a tomar la copa que ella le había preparado. Aquella mocosa sabía lo que le gustaba, pero sus planes no eran seguir con ella mucho más tiempo. Ahora se había encaprichado de Yolanda, no porque le gustara demasiado, era demasiado mayor para sus vicios, pero había notado cómo le gustaba al inspector y a ese inspector se la tenía jurada. En algún momento encontraría un fallo, todos tenemos fallos y Alex no iba a ser menos. Así que le interesaba tener a Yoli cerca, le gustaba estar enterado de todo lo que pasaba en el pueblo. La información es poder, decía siempre.

Rebeka le quitó el vaso de las manos, lo empujó sobre el colchón y se sentó a horcajadas sobre él.

—Cuéntame qué le ves a la gorda en miniatura que te quieres llevar a la cama, no es tu tipo, algo tramas, te conozco.

—¿Quién te ha dicho que me la quiera llevar a la cama? Además no está gorda, tiene curvas, jajaja. No saques conjeturas, limítate a hacer lo que se te da bien.

—Te conozco, no haces nada por nada, y tu repentino interés es que porque algo tramas. Yolanda siempre me mira con superioridad, la odio, me mira como a una niña mala.

—No sabe lo pervertida que eres, si lo supiera aún te miraría peor —se carcajeó—, ella te ve realmente como lo que eres, una niña mala, una Lolita.

—Pero no lo soy ¿verdad? —decía mientras lo besaba con lujuria.

Sabía cómo excitarlo. Siempre hacía con él lo que le daba la gana, o casi siempre, pensó, pero mientras no le diera la información que quería no se quedaría tranquila, lo sabía, aunque también sabía que si él no estaba dispuesto a hablar, no lo haría. Ni siquiera con un litro de whisky en el cuerpo.

Tenía que ser sutil —se decía Rebeka—, que no se diera cuenta que tenía interés en algo más que en saber por qué había cambiado sus gustos. Debía parecer celosa, pensó. Había hecho suya la frase de David “la información es poder” y a ella, como a él, le gustaba saber los secretos de todo el mundo, así conseguía lo que quería.

Rebeka intentó sonsacarlo, desde hacía días intuía que ocultaba algo, pero así como otras veces habían comentado las escasas novedades del pueblo, en esta ocasión David no soltaba prenda, negaba que le escondiera algo y eso era lo que a ella le daba la seguridad de que estaba en lo cierto, por aquel día lo dejó estar, ella era sabedora de algún que otro pecado de más de un vecino, hecho que le hacía la vida más fácil. Se vistió y se fue, ya caería, pensó.

David ya no quería tener nada que ver con Rebeka, esa insistencia en saber todo de su vida lo ponía nervioso, a veces pensaba que sabía más de la cuenta, como sabía que las amigas guardaban un secreto, se preguntaba si sabría algo de su pasado, le daba escalofríos cada vez que lo pensaba y procuraba no hacerlo muy a menudo, había cosas en su vida algo oscuras, como en la vida de cualquier persona. ¿Quién podía decir que su curriculum vitae lograba pasar el filtro de la honradez?, ¿quién no se había quedado alguna vez con un libro de la biblioteca? Estaba seguro que a cualquiera que se pusiera bajo una lupa no saldría indemne. El problema era Rebeka, ella era capaz de sonsacar al más pintado y él no estaba dispuesto a que sacara a relucir alguna cosilla que no le interesaba que se supiera. La gente ya había especulado bastante con que su mujer hubiese desaparecido de un día para otro, incluso llegaron a decir que la había matado, estaba seguro que aquella información había salido de boca de Rebeka. Así que la tenía que vigilar de cerca, no necesitaba que la policía volviera a husmear en sus cosas, ya tuvo bastante. Tuvo suerte en aquel momento ya que la inspectora de entonces era del pueblo, se conocían desde niños y su madre tenía influencias, pero eso se había acabado, había discutido con su madre y aunque continuaba trabajando para la empresa y le seguía pagando un buen sueldo, la relación no era lo que se decía fluida. Los policías tampoco eran los mismos, ahora habían traído al perro sabueso de Alex y este no se conformaba con la explicación que uno le daba, este iba al fondo del asunto y al parecer no se dejaba influenciar por los caciques del pueblo. También por eso lo odiaba, le gustaba meter las narices en sus cosas, ese fue el motivo por el que había empezado a cortejar a Yolanda, se dio cuenta el día del juicio de lo mucho que le gustaba Yoli al inspector Alex Moreno.

Nunca, en todo el tiempo que la conocía, que era toda la vida, se había fijado en ella, pero aunque solo fuera por fastidiar al imbécil del inspector, se la pensaba llevar al huerto, y pensándolo bien, tampoco estaba tan mal, aunque fuese un tanto mayor de lo que a él le gustaban, esa cara redondita y ese tamaño tan menudo la hacían parecer mucho más joven.

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