EL VENDEDOR DE LIBROS A DOMICILIO (primera parte)

EL VENDEDOR DE LIBROS A DOMICILIO (primera parte)

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Sobrevivía con testarudez a los nuevos tiempos. Todo el mundo le decía que ya no tenía futuro, que era una reliquia del pasado y que debería estar en un museo o en los libros de historia como una más de las profesiones que habían desaparecido con la nuevas tecnologías. Pero él se empeñaba en seguir haciendo las cosas como siempre, como le habían enseñado y como las llevaba practicando desde hacía más de tres décadas.

En aquello era el mejor. Nadie le ganaba. Algunos se le aproximaron però nadie llegó a hacerle sombra. Imposible imitarlo. Él era sobre todo perseverante, constante, creativo y diferente. Unas virtudes cada vez menos valoradas. Ahora estaban de moda otras relacionadas con la espectacularidad y la velocidad. Todo tendía a ser para un consumo compulsivo y de corta duración. El éxito se alcanzaba a la misma velocidad que llegaba también el fracaso. Mantenerse arriba ya no era lo más importante. Ahora se trataba de sustituir continuamente al producto que había alcanzado la cima antes de que éste iniciara el descenso del olvido o del cansancio.

Él seguía creyendo que el placer estaba precisamente en todo lo contrario. En saborear las cosas poco a poco. En digerirlas lentamente para que se asienten bien en nuestro interior. Así lo pensaba y así lo seguía haciendo. Si permanecía en la empresa es porque su números seguían demostrando que el método que empleaba seguía estando vigente, aunque era el único que lo defendiera.

Era vendedor de libros a domicilio. Cuando entró a trabajar en la editorial más importante se sintió la persona mas feliz del mundo. Aquello colisionaba frontalmente con lo que le decían sus amigos:

¿Estás seguro?

Siempre he querido dedicarme a eso.

Es un trabajo duro y muy poco agradecido. ¡Nadie quiere ser vendedor de libros!

Pues yo sí. Me gustan los libros y poder distribuir ese placer creo que es una labor muy digna.

Naturalmente no tuvo ningún problema para obtener el trabajo. Sólo se presentaron dos personas al puesto y su entusiasmo era tal que el entrevistador no tuvo ninguna duda.

Ahora todo era diferente. La empresa había tenido que adaptarse a las nuevas necesidades y el negocio principal ya no era vender libros a domicilio. Se vendían a través de plataformas en la red y la mayoría en formato digitales.

Ya no necesitaban vendedores como Vicente. Él seguía atendiendo a su clientes de forma regular y les sugería los últimos títulos que habían aparecido en el mercado en función de sus gustos. Era lo más parecido a un médico de cabecera. Conocía tanto a sus clientes que sabía en todo momento lo que necesitaban en función de su estado de ánimo. Así cuando los hijos eran adolescentes siempre llevaba un libro de aventuras imposibles donde los protagonistas eran rebeldes y luchadores de causas perdidas. A unos recién casados les sugería un libro de cocina a él y a ella una novela donde la protagonista era una mujer fuerte y determinada. Si la confianza había sobrepasado el pasillo o la cocina y lo hacían pasar a la sala de estar, se atrevía a sugerirles un libro de contenido erótico mientra daba sorbos al café. A la abuelas les regalaba libros de viajes que nunca habían podido realizar o de jardinería. Si la vista ya no les permitía disfrutar de la lectura, él perdía diez minutos y les leía algún pasaje de un delicioso paseo en góndola por los canales de Venecia o a lomos de un camello visitando la ciudad perdida de Petra.   

Su técnica consistía en eso. En conocer a sus clientes, en relacionarse con ellos. Atenderlos y perder el tiempo que fuera necesario par crear un vínculo especial y humano. La necesidad por leer surgía de forma natural y en consecuencia ahí estaba él para satisfacerla. La personalización era tal que sus clientes no pisaban una librería desde hacía años.

Sus nuevos jefes le decían que era un especie en extinción. No porque no fuera beneficiosa su fórmula, sino porque lo que de verdad se había transformado era la forma de consumir. Los que habían cambiado eran los clientes. Vicente lo pudo comprobar con el paso del tiempo. A medida que sus compradores pasaban a mejor vida o se alejaban de ella por culpa de un cerebro ausente de memoria y razonamiento, se fue quedando sin trabajo. Los hijos preferían una tableta electrónica que un conjunto de hojas de papel encuadernadas.

¡Hasta aquí hemos llegado! Vamos a cerrar esta línea de negocio.

No me veo haciendo otro trabajo.

Tienes dos opciones: o te reciclas o te jubilas.

El reciclaje consistía en transformarse en vendedor de enciclopedias. En realidad se trataba de colocar todo tipo de artilugios y enseres para justificar la compra a plazos de una colección de tomos que nadie consultaría. El objetivo eran personas de edad avanzada que quedaban deslumbradas ante la cantidad de regalos que recibían a cambio de comprar una ristra de pesados volúmenes que ocuparían un espacio principal en la librería del comedor. Por ello se comprometían durante años a pagar unas cuotas abusivas. La casa se les llenaba de cacharros de cocina, de colchones tan duros donde era imposible soñar y de máquinas contra el dolor o para ejercitar unas piernas fatigadas de caminar tantos años por los tortuosos caminos de su existencia.

¡No me gusta engañar a la gente!

Es todo legal.

Es un atropello.

¡No te pongas puritano! ¿Acaso no tuviste problemas con la justicia por culpa por no saber frenar tu lujuria?

Aquello fue diferente. Era joven y me engatusaron.

Se refería a un episodio que sufrió al principio cuando empezaba a buscar clientes puerta a puerta. Su entusiasmo le llevaba a no seleccionar los barrios donde ofrecer sus servicios y esa imprudencia le ocasionó más de un problema.

 

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LA INSTITUCIÓN (capítulo final)

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Raquel entró con sigilo y con miedo. Corrían tantas historias sobre aquel lugar, leyendas urbanas según la Dra. Casagrande, que habían construído una imagen dantesca de la cuarta planta de aquella institución. Nunca antes la había visitado a pesar de estar tentada en numerosas ocasiones. Los diferentes empleados, visitantes y residentes relataban espantosos y espeluznantes sucesos. Ninguno se había podido corroborar, pero dado el delicado equilibrio emocional de los que allí moraban, era fácil aceptarlos como verdaderos porque se precibía como una opotunidad de protesta y resitencia ante la posibilidad de establecerse allí de forma permanente. Era la ocasión para reprochar las decisiones de los familiares ansiosos por quitarse el problema de encima. Era como una guerra psicológica que empezaba el mismo día que los hijos resolvían que ya no podían atender a sus padres nonagenarios en condiciones normales en su propia casa. Casi siempre se llegaba a esa conclusión después de varios meses, incluso años, de entradas y salidas del hospital como consecuencia de caídas accidentale, deterioros funcionales, inestabilidad mental, ausencia súbita de signos vitales o una simple gripe que a esas edades era capaz de provocar un quebranto definitivo.

Le sorprendió no encontrar ningún enfermo por los pasillos, con los ojos desorbitados y desgreñados, gritando y enarbolando sus batas y pijamas como armas peligrosas, mientras los celadores intentaban contenerlos y devolverlos a sus respetivas habitaciones. Se adentró por los pasillos com la misma tranquilidad que lo hacía en el primer piso. Las enfermeras que encontraba por el pasillo vestían igual y la saludaban con una sonrisa si cabe más cariñosa. Incluso los gritos sordos que salían de las habitaciones se parecían, pero en este caso no entendía nada de lo que decían. A medida que avanzaba se le desmontaba la idea preconcebida que tenía y eso la reconfortó un poco pensando que su abuela no estaría tan mal allí. Sí percibió que hacía más frío pero pensó que sería para tener más controlados los gérmenes teniendo en cuenta el delicado equilibrio de los inquilinos. Para todo encontraba una respuesta con la que pretendía calmar los remordimientos que sentía.

Cuando entró en el cuarto —no podía tener otro nombre aquel habitáculo indecente— se le vino abajo todo el optimismo que se había generado durante el trayecto inicial. Cuantro paredes, sin ventilación y sin ventanas, ocupadas por dos camas entre las que apenas quedaba un pasillo donde se tenía que entrar de perfil si no se querías quedar trabado. Aquel cuchutril no debería tener más de diez o doce metros cuadrados.

Encontró a su abuela bajo una montaña de mantas con los ojos cerrados y completamente inmóvil por el peso de aquel ropaje. La besó con cariño mientras se le derramaba una solitaria lágrima que se aposentó sobre el rostro de Elena. Esta reaccionó con una emocionada sonrisa a la vez que le indicó que se le acercara al oido.

¿Cómo estás Raquelita?

Triste, muy triste, abuela.

Estoy bien aunque no lo parezca.

¿Por qué lo hiciste?

¿A qué te refieres, hija?

Al espectáculo… A decir que habías sido tú quien había matado a tus compañeras.

En ese momento entró la enfermera con energía como dando por concluido el «modo noche» como si a la mayoría de los enfermos de allí les importara o supieran distinguir si era de noche o de día.

¿Eres familiar de Elena?

Si, soy su nieta preferida.

Pobrecilla, lo que le ha pasado.

Todavía no me lo creo.

Poco importa ya. Ahora no habla ni se comunica. Está en su mundo, en otra dimensión inaccesible para nosotros. Pero le vendrá bien tu compañía.

Vendré cada día, se lo prometí.

Puedes venir cuando quieras, pero ya ves que el espacio es muy limitado.

¿Por qué hace tanto frío aquí?

Ja, ja, ja. Ya sé a qué te refieres. Las malas lenguas dicen que para adaptarse al frío de la muerte que en muchos casos es inminente aquí.

¡Qué crueldad!

La verdad es que llevamos semanas con la calefacción averiada.

No sé qué pensar. Tiene muy mala fama esta planta.

No te precupes, bonita. Son chismes y habladurías infundadas. Tu abuela va a estar bien cuidada aquí. Ya lo verás. Ahora déjame un momento que tengo que tomarles las constantes.

Salió al pasillo y comprobó que había un poco más de movimiento. Se le ocurrió caminar por ellos para echar un vistazó al resto de habitaciones y comprobó que todas eran iguales con la diferencia que en algunas la vida exterior podía entrar todavía por unos pequeños ventanucos. Cabizbaja no podía dejar de pensar en el día anterior cuando su abuela se autoinculpó de los crímenes. No lo entendía, pero ademas sabía que era imposible, que ella no había sido. ¿Por qué lo hizo? Esa pregunta no dejaba de atormentarla.

Ya estoy aquí de nuevo. Puedes abrir los ojos.

Tenemos que ser muy discretas o nos descubrirán…

No te preocupes ahora estamos solas.

Acércate.

Elena le dio un cariñoso tirón de orejas acompañado después de un beso silencioso.

Ya sabes que no me gusta que vayas diciendo por ahí que eres mi nieta favorita.

Pero lo soy, ¿no?

Pero eso no se dice, queda mal.

Yo nunca miento y hablando de mentiras me vas a decir de una vez por qué montaste aquel drama que te ha llevado aquí.

Deberías saberlo, Raquel.

No entiendo.

Lo he hecho por ti. Para protegerte.

Protegerme a mí. ¿De qué?

De ti misma y de la justicia.

Pero ¿qué dices? ¡A ver si te has vuelto loca de verdad!

Dijiste que habías sido tú. Lo vi en tu mirada.

¡¿El qué hice yo?!

Pues eso, matarlas para evitar que me eharan de la habitación. No te culpo lo has hecho por mí, es mi culpa.

Definitivamente estás loca. ¡Yo nos las maté!

Vamos no me tomes el pelo —Elena abrió esta vez los ojos completamente.

¡Yo nos las maté, ni tú tampoco!

Entoces, ¿a qué te referías cuando dijieste que habías sido tú?

Yo presioné a la dirección y a la doctora para que no te trasladaran a otra planta. Para que te dejaran allí, para que no te dieran el alta porque aún no estabas recuperada del todo. Ellos me decían que necesitaban la cama porque había gente más necesitada esperando. Fui infinidad de veces a su despacho implorando comprensión, incluso lo perseguí hasta su casa. Y lo mismo hice con la Dra. Casagrade.

¿Qué..qué… me estás contando mu…mu…muchacha? —tartamudeó Elena.

Creí que habían decidido cerrar la habitación por culpa mía, por haberlos presionado tanto y que te enviarían a casa sin estar bien del todo. Por eso me puse histérica…

Elena ya no pudo contestar. Lloró todo lo que no lo había hecho durante años. Se derrumbó por completo cuando comprendió la dramática situación y lo que era peor: había emprendido un camino sin retorno. Pasadas unas horas dejó de llorar. Se secó las lágrimas ceremonialmente ,miró a su nieta y la abrazó como si fuera la última vez que lo haría. Se le acercó al oído y le dijo:

Quedas liberada de visitarme. Ya estoy muerta.

No dijo nada más. Se dió media vuelta en la cama y dejó que la mirada se le perdiera en la pared. Era blanca y sin ninguna decoración pero a ella ya no le importaba porque así iba a dejar su mente. También dejó de hablar. Raquel la abrazó desconsolada. Se tumbó en la cama junto a su abuela y no dejó de abrazarla hasta que las interrumpió la Dra. Casagrande.

¿Cómo está tu abuela?

Raquel se incorporó y se secó como pudo el mar de lágrimas que brotaban de sus ojos.

Vealo usted misma —contestó con cierta insolencia.

No llores, tu abuela estará bien. Yo me ocuparé de que así sea.

Mi abuela no se ha vuelto loca, ella no ha matado a las ancianas, es incapaz de hacerlo… Tiene que sacarla de aquí.

Nada me gustaría más. Todo está en manos de la policía… Pero su confesión no ayuda y además desde ayer que se ha quedado como en un esatado de ausencia total. No habla, no se comunica de ninguna manera. Siempre está con la misma postura. Está como cataléptica.

No sé que significa esa palabra, pero no es verdad. Ahora mismo está llorando.

Es una acto reflejo. Suele pasar.

La convesación fue interrumpida por una llamada que entró en el teléfono móvil de la doctora.

Debería venir a mi despacho inmediatamente —le habló al otra lado el director del centro.

Estoy con una paciente. ¿Es urgente?

Mucho. Ha vuelto a ocurrir.

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LA INSTITUCIÓN (15)

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El inspector Mendoza y el director seguían en el despacho del segundo intentando establecer racionalmente lo hechos. Al director le costaba dar crédito a lo que escuchaba pero como no tenía ningún argumento en contra de las evidencias que le presentaba el policía y ante la inesperada y sorpresiva confesión de Elena, no le quedaba más remedio que admitirlo, aunque su vocación científica le empujaba a pensar que todo aquello estaba lleno de lagunas. Además conocía bien a sus pacientes y jamás hubiera pensado que Elena fuera capaz de algo así. Pero poco a poco su inicial resistencia a aceptar los hechos tal y como se le mostraban, fue cediendo ante los convincentes razonamientos del Inspector. Ahora lo que más le intrigaba no era el porqué, sino el cómo. Cómo Elena podía haber envenedado a sus compañeras. En ese momento hicieron acto de presencia en la habitación la Dra. Casagrande acompañada por el agente Fernández.

Buenos días doctora, como le dije nadie estaba libre de sospechas y las mías se han acabado confirmando.

Me cuesta creerlo.

El delito, como la estadística, es tozudo y acaba por imponerse siempre la verdad.

Nadie pasa de la noche a la mañana de tener una mente clara y provilegiada a convertirse en una enajenada asesina sin haber mediado algún trauma de por medio.

Todo apunta a Elena. Tenía motivos, oportunidad y al final ha confesado…

¿Y cómo lo ha hecho ?—preguntó el director.

El inpector Mendoza entonces adoptó la postura de ilustrado que tanto le gustaba sobre todo cuando tenia ante él a personas a las que se les suponía un nivel superior de conocimiento y en este caso, además, cinetífico. En un tono académico pasó a relatarles las conclusiones a las que había llegado, no tanto por la pruebas conluyentes, sino por lo que su olfato de sabueso y su habilidad para juntar piezas de un puzle imposible.

La autopsia dice que fueron envenenadas.

Eso es irrefutable —sentenció la doctora.

Creemos que Elena les cambio la medicación.

¿Cómo?

Cambiaba el contenido de las cápsulas por el cianuro. Ayer la señora de la impieza encontró restos de esas cápsulas en el suelo.

Pero para eso se necesita tiempo y buen tino con las manos.

Ambas cosas le sobraban a Elena.

Vamos a suponer que eso fuera así —comenzó su disertación la doctora—. Que Elena cogiera las capsulas de la medicación en un descuido de sus compañeras, que vaciara su contenido y lo substituyera por cianuro. Que esa delicada operación lo hiciera con pericia y sin derramar nada. Pero ¿de dónde sacó el veneno? Necesariamente tuvo que tener un cómplice…

Esa es la parte que nos queda por aclarar, pero le aseguro que lo haremos.

Ya me dirá cómo si Elena ha perdido la cabeza. Creo que todo son conjeturas…

Pero tenemos la confesión.

Oportuna confesión diría yo…

Y qué hacemos con los sospechosos detenidos —preguntó el agente Fernández.

Los seguiremos investigando por si eso arroja algún dato más, pero los vamos a tener que soltar.

¿Y se pueden incorporar sus trabajos? —se interesó el director.

Por supuesto, aunque yo los obsevaría de cerca…

Los policías salieron a la calle. A pesar de ser mediodía el sol seguía ocultado dentrás del manto de niebla que se había instalado y que se resitía a disiparse. Era bastante habitual en aquella ciudad que hubieran días enteros sin ver el sol. Días grises y pesados por un cielo plomizo. El frío en lugar de desaparecer cuando el día empujaba las horas, este parecía golpear con más fuerza como para asegurase que nadie olvidara aquella insoportable climatología. Se metía dentro del cuerpo y no había prenda capaz de aislarlo. Mendoza tenía ganas de jubilarse entre otros motivos para poder abandonar definitivamente aquel lugar. Nunca entendió cómo pudo aceptar el traslado allí y mucho menos que su fiel ayudante le siguiera.

Vamos a meternos en un bar a tomar un café.

¿Usted está convencido de lo que ha expuesto allí dentro?

Mira, Fernández, aquí los días en invierno son casi todos iguales. Tristes y fríos. ¿No tiene ganas de abandonar este lugar?

Pero no le he pregutado eso yo…

¿Para qué vamos a llevar la contraria a los hechos? Hay indicios, motivos y lo más importante una confesión…

Sí, no deja de repetirlo y eso es lo que no me gusta…Es demasiado evidente.

Es la realidad.

¿Pero es la verdad?

¿Y a quién le importa en este infecto lugar? Todo seguirá Igual. Elena ya estaba sentenciada en ese lugar antes de su confesión.

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Vuelta a la isla. Viñetas de viaje, parte 11.

Vuelta a la isla. Viñetas de viaje, parte 11.

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Es otro día. Salgo temprano para tomar el desayuno e ir a la siguiente excursión: una vuelta por la isla. Mis amigos tampoco irán. Ya conocen el recorrido y no les interesa volver a hacerlo. A mí me entusiasma.

Abordamos una chiva, es un autobús sin ventanas y ornamentado con escenas de la isla por todos los costados. Platico con los miembros de una familia intercambiando opiniones sobre el viaje.

Recorreremos toda la isla a través de poco más de kilómetro y medio. Tomaremos  la carretera que la circunda hacia el poniente, luego giraremos al sur para regresar por todo el oriente hasta el punto inicial en la cabeza del caballito de mar, imagen que asemeja la isla.

Partimos. En minutos tenemos al mar a nuestra derecha. Este lado de la isla carece de playas, todo es arrecife coralino. El mar abierto  labra con sus fuertes olas toda esta costa. El guía nos va describiendo el panorama. Pasamos por el barrio más rico, residencias de árabes y judíos, propietarios de los grandes comercios de la isla.

Los isleños se dedican en su mayoría al turismo. Es una localidad de consumo. Nada se produce aquí, todo es importado. Salvo los productos de mar, todo viene de fuera, desde alimentos hasta tecnología.

Alguna vez existió una empresa que procesaba el coco. Una mala administración hizo quebrar la fábrica. Desde entonces no hay nada más.

Vamos bordeando la isla. Paramos en la cueva de Morgan. Este corsario inglés tuvo cerca de 48 mujeres y alrededor de ciento treinta y ocho hijos, el decir de los lugareños. Nos informan que la isla fue descubierta por españoles y colonizada por ingleses. Al no contar con fuentes de agua dulce, no fue de interés para los primeros.

Seguimos y hacemos una nueva parada  en la piscina. Es un recodo en la piedra coralina donde se han colocado trampolines y escaleras para poder nadar. Al llegar debes pagar cinco mil pesos lo que te da derecho al chapuzón y un pedazo de pan para alimentar a los peces.

El desperdigar las migas te da la oportunidad de ver cómo se reúne una gran cantidad de peces de buen tamaño y diversos colores. La estancia es breve y continuamos el camino. Llegamos donde termina la isla para girar a la izquierda.

Tomamos el costado oriente. Aquí inician las playas. Lo primero que vemos es Baby beach, una playa donde se han formado pequeñas albercas de aguas mansas. El oleaje es casi nulo, por tal razón le han dado el nombre que lleva.

Seguimos con San Luis. Aquí se encuentra uno de los hoteles de la cadena Decameron. Antaño tuvieron la fama de ser las mejores playas de todo San Andrés. En tiempos cercanos, fenómenos meteorológicos arrasaron con la arena. Sólo vemos el mar que llega a hondonadas cubiertas de roca.

Pasamos frente a las playas en las que ya hemos estado para visitar Rocky key. Son suaves y serenas. Seguimos bordeando hasta regresar al punto inicial. Hemos circundado la isla por de tres horas   de las cuales la mitad se han ocupado para conocer lugares emblemáticos.

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Viaje por la bahía. Viñetas de viaje, parte 10.

Viaje por la bahía. Viñetas de viaje, parte 10.

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Mis amigos están cansados. Optan por no asistir al viaje por la bahía. Me alisto pues no quiero perdérmelo. Somos muchos los que esperamos en el muelle Toninos. En el lanchón, nos van trasladando de a poco al barco.

En cada viaje llevan aproximadamente cuarenta pasajeros. Somos cerca de ciento sesenta personas en la embarcación. Comenzamos a navegar. Me ubico a un costado de la cabina para ver de frente. La gente prefiere ir sentada dentro de la embarcación.

Comienza la música. Llama mi atención una joven que baila sola, al tiempo que disfruta del panorama. Va acompañada por una mujer mayor. Tomo diferentes fotografías y me apetece tener una conmigo en cubierta. Pido a la señora me ayude y ella le da la cámara a la joven.

Así entablamos plática. Vienen de Huasca. Son nieta y abuela. La mujer mayor se ha hecho cargo de la joven desde pequeña, le ha dado educación y a cambio, ha recibido el agradecimiento y cariño de su nieta. Este viaje lo han pagado entre ambas. Es una abuela orgullosa.

Vemos Jhony Key, una pequeña isla, reconocida por su belleza. En este momento, está prohibido acceder a ella. Al parecer la playa está en recuperación. Desde mi puesto observo con claridad los diferentes tonos del mar, desde un azul clarísimos hasta el azul marino intenso pasando por un verde esmeralda.

Una lluvia sorpresiva obliga a muchos pasajeros a guarecerse bajo cubierta. Nosotras permanecemos en nuestro lugar. La brisa hace llegar a nuestros rostros unas gotas refrescantes. El mar y el viento forman una combinación perfecta.

De pronto invitan a los pasajeros a bailar. Muchos se ponen en pie y mi nueva amiga me pide que la acompañe a tomar  asiento en las sillas vacías. El joven que dirige la diversión baila con entusiasmo. Vemos como la nieta se integra al baile con alegría.

La juventud derrocha energía. Siempre recordaré con admiración a esta gran mujer, anciana y cariñosa con su nieta alegre y entusiasta. La nieta me dice que algún día irá a México, ella promete comunicarse conmigo de cumplir su meta.  Retornamos al muelle entre baile, bromas y risas.

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El fondo de cristal. Viñetas de viaje, parte 9.

El fondo de cristal. Viñetas de viaje, parte 9.

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Hoy iremos en un recorrido por la bahía para observar el lecho del mar en una embarcación con fondo de cristal. Partiremos del muelle cove. Muy cerca del primer hotel: Blue cove. Pasamos frente a él con no buenos recuerdos.

El muelle es viejo y destartalado. La madera del piso está podrida a tramos. Subimos a un lanchón de fibra de vidrio y hierro con cristales en la parte más baja. Una banca larga al centro permite que los pasajeros se sienten para poder ver hacia el mar.

Comenzamos el recorrido. El agua límpida permite ver el fondo. Los cristales no ayudan, están llenos de un verde moho. Poco a poco empiezan a verse algunos corales, peces diversos. Llegamos donde los lugareños han pretendido hacer un museo. Algunas estatuas que se han caído y una enorme ancla son los principales atractivos.

Un pasajero se ha mareado. Indispuesto se recuesta tratando de recuperarse, una mujer, al parecer su esposa, bromea porque no se había percatado del hecho. Un pequeño le dice a su madre que no se está divirtiendo.

En el recorrido de dos horas pude ver claramente mucha basura en el fondo del mar: chatarra y llantas llaman poderosamente mi atención. Este rincón de la tierra no ha logrado escapar del deterioro provocado por la especie “pensante”

Los corales nos son tan abundantes como hubiera deseado, tampoco los peces, aunque alcanzo a ver una mantarraya que me toma por sorpresa y no logro fotografiar. Nos llevan a un espacio en el mar donde un joven se lanza a bucear con gran pericia para amarrar la embarcación a una boya. Impresiona su capacidad para sostener la respiración.

Ahí tenemos oportunidad de nadar en un mar agradablemente refrescante. La mayoría de los pasajeros nos lanzamos al agua. Shaddy se ha apartado de su madre con enojo. Ninguno de los dos sabe nadar. A ella le ha dado miedo que entre al agua y no le ha permitido que nos acompañe.

Tras unos minutos de solaz, nos informan que debemos subir. El tiempo de esparcimiento ha terminado. Estamos cerca del medio día y nos esperan en el  muelle para trasladarnos al hotel.  El retorno resulta tedioso para la mayoría de los viajeros.

Sigo observando el fondo y disfruto del azul en diferentes tonalidades. Sin duda es un mar hermoso. Shaddy recupera la tranquilidad poco a poco y atracamos en calma.

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