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Waslala, martes 7 de enero de 1975, 5.33 a.m.

Marco avanzó por la estrecha trinchera hasta que un gigante albino le impidió dar un paso más.

—¡Eh, yanqui! Estás haciendo tapón.

Comenzó a reír. Los demás le imitaron. Stuart medía por encima de dos metros y mantenía las rodillas en una extraña posición para no ser abatido por los francotiradores. El americano giró la cabeza. Vio a un muchacho sin uniforme, de unos quince años, pómulos anchos y cara de niño. No parecía un soldado.

—¿Por qué no estás con los tuyos defendiendo a Somoza? ¿No serás un espía? —dijo Marco reprimiendo la risa.

—Por favor, tú no decir ni broma. —Le costaba trabajo encontrar las palabras—. Es peligro eso hablar. ¡Puedes hacer matar a mí! —dijo enojado.

—No te enfades. Los compañeros saben quién eres. Todos dicen que eres un güevon en el combate. Nunca tienes miedo.

—Sí tener miedo yo, pero yo no de acuerdo con mi gobierno. Amo país este y querer que todo cambiar. Algún día, vosotros matar Somoza.

—No lo dudes, compita, muy pronto ese cabrón acabará pagando cuanto nos ha hecho —dijo Marco—. Lo vamos a correr, ya lo verás. No tardaremos mucho.

—Y tú ¿por qué estar aquí? Parecer niño.

—No tan niño. Tengo años suficientes para montar verga con la Guardia Nacional. Mataron a mi papito por una vaca. Pronto vencerá la revolución.

No dio tiempo a que hablaran más, los guerrilleros comenzaron a disparar por encima de la trinchera contra el enemigo invisible. El fuego cruzado de las ametralladoras, situadas sobre el muro del cuartel de la Guardia Nacional, barría las posiciones sandinistas. Algunos compañeros de Marco cayeron abatidos. Este oyó la orden de ataque. Tomó el fusil de uno de los muertos. No había suficientes carabinas para todos. Corrió en zigzag siguiendo su instinto, y se sumó al griterío de los atacantes con la ilusoria pretensión de amedrentar al enemigo o, más bien, de infundirse valor a él mismo. Era su bautismo de fuego y el de la mayoría de compañeros. Escuchaba el siseo de las balas por encima de su cabeza. A cada paso las explosiones de mortero le recordaban que podía morir en cualquier momento. No tenía miedo. Pensaba en su padre. Cuando caía, se levantaba sin dejar de disparar. Gritaba mientras avanzaba hacia las posiciones enemigas. En la retaguardia, convertido en su sombra, el gigante albino eliminaba a los enemigos. Stuart hubiera dado la vida por él. El cuartel de la Guardia Nacional en Waslala tenía fama de inexpugnable. Fue una gran victoria para los sandinistas. Cuatro años después, Anastasio Somoza huía a Paraguay.