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El fuego devoró todo hálito de vida, en un amplio espacio del mercado plagado de gente. Hassan miró fascinado el variable color del blanco al rojo de las llamas, la espesa humareda y el polvo en súbita expansión. Le recordó la espectacularidad de las galaxias. La proyección de minúsculas partículas, cascotes y todo tipo de objetos caían a su alrededor y herían su piel con múltiples erosiones. La presión en los tímpanos le causó un vivo dolor y un hilillo de sangre le comenzó a salir de los oídos. Estaba aturdido y el estruendo de la reciente explosión se mantenía como un eco, recorriendo en borrascosa espiral su cerebro.
Las imágenes del infierno no debían ser más terribles que aquellas. Por doquier se esparcían los miembros arrancados de las víctimas, que quedaron en el suelo en grotescas posturas entre charcos de sangre y vísceras desparramadas. Pasó delante de una mujer salvajemente mutilada que parecía gritar desesperada pidiendo ayuda, pero él no la oía. Siguió caminando con imprecisos pasos, deambulando sin rumbo, tropezando a cada instante con los escombros esparcidos. Sólo el retumbar de la deflagración, en apagado runruneo, persistía entre pitidos dentro de su cabeza. «Esta es –pensó– la digna venganza de Allah sobre los infieles. Yo… yo sólo soy el ejecutor, su enviado, la manifestación de su ira».
Pudo alejarse más del punto en el que colocó el artefacto antes de apretar el botón, pero quiso padecer el dolor que le purificaría, aunque a la distancia necesaria que le permitiese seguir unos momentos más de vida, para cumplir de manera eficiente con su propósito. Ansiaba ser él el centro de la explosión…Sí, daría con gusto su vida por experimentar el mayor gozo del creyente: ¡El martirio!
Recordó su niñez en un barrio inmundo de Beirut, jugando con los demás niños entre montañas de escombros y basura, de las que fluían aguas fecales que enfangaban el terreno plagado de ratas y moscas. Recordó el hambre, la miseria, el frío… El constante goteo de muerte entre los suyos, cuya esperanza de vida no era muy halagüeña. Recordaba las historias que su abuela les narraba de las matanzas de Sabra y sintió un odio renovado hacia el mundo.
Ya llegaban las ambulancias, los bomberos y la policía, para prestar ayuda a las víctimas. Esperaría unos minutos más para que su inmolación fuese más efectiva. Lo haría cuando toda el área estuviese hacinada por el gentío. Activaría los explosivos que tenía adosados al cuerpo en el momento oportuno, aprovechando el caos y cuando hubiese la mayor aglomeración.
Caminó como una víctima más, manchado de sangre propia y ajena, la mirada perdida y movimientos indecisos y tambaleantes, pero seguro de sí mismo y con una beatífica sonrisa, propia de los llamados a tan altísimo destino.
«Inmerso en heroica certidumbre, derramarás sangre inocente. Por tu sacrificio, huríes cantarán alabanzas y gozarás del Paraíso». Hassan evocó este exhorto, momentos antes de accionar el mecanismo. Al fin se detuvo en el centro de aquel enjambre enloquecido y su rostro se transfiguró en beatífica expresión. Apretó el botón y todo voló en pedazos.