¿HASTA CUÁNDO, AMOR?… (Relato erótico)

¿HASTA CUÁNDO, AMOR?… (Relato erótico)

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La ausencia es una tortura que al alma quebranta. Duele el corazón, el deseo desespera y los celos matan…

••••

Salí de la bañera y comencé a secarme. Estuve más tiempo del habitual aseándome y cuidando hasta el mínimo detalle que pudiera incidir en mi aspecto. Me afeité cuidadosamente, me enjuagué la boca con especial empeño y me perfumé. Aquella era la noche soñada durante tantos meses: estaba en la habitación de aquel hotel esperando mi primer encuentro con la mujer que amaba…
Nunca hubiese creído que dos personas adultas se enamoraran a través de Internet, pero yo lo estaba y era correspondido. Nos habíamos enamorado de nuestras palabras chateando y de nuestros escritos del foro literario. Relatos que describían nuestras vivencias, poemas que expresaban nuestros sentimientos, debates que reflejaban nuestro pensamiento y escritos humorísticos, contribuyeron a imaginarnos, querernos, desearnos y necesitarnos.

Pasaron los meses, nuestro amor fue en aumento y la necesidad de estar juntos se hacía cada vez más insufrible. Fue inevitable que le propusiera conocernos en un primer encuentro muy discreto. Nos atormentaba la idea de rivalizar contra la imagen idealizada que cada uno había suscitado en la imaginación del otro. Aquello que sentíamos podría ser producto de un sueño, de una fantasía que, como un espejismo, se disolviera con la vivencia real de nuestra imagen y personalidad.

«—Yo también deseo estar contigo —me dijo ilusionada—. Pero… no te rías ¿eh? —siguió con risa nerviosa y me preguntó—: ¿Te vas a reír?…
Le dije que no me reiría fuese lo que fuese y me hizo prometérselo.
—Verás… —continuó— En realidad yo soy muy tímida y he pensado en una cosa que me ayudaría a romper el hielo.
—Vale —le dije yo y la animé para que continuara—. Dime qué es, prometo que se hará como tú quieras.
—Tú me esperas en la habitación a una hora. Yo, cuando esté frente a la puerta te hago una perdida para que sepas que he llegado. Entonces apagas todas las luces y entro… ¿Te parece bien?
No me reí, comprendía su punto de vista y me gustaba que expresara su timidez.
—¡Claro que me parece bien! —le respondí— Pero con la condición de que pasado un rato encenderé alguna luz. Quiero verte y amarte tal como eres.
—¡Claro, cariño —asintió—, yo también te quiero ver a ti!… ¡Pero cuando mi timidez haya desaparecido!»
Y así fue cómo planeamos aquel encuentro, que estaba a punto de producirse: faltaban quince minutos eternos…

El espejo del armario reflejó mi cuerpo y le eché un vistazo con mirada crítica y preocupada. Me vestí y ensayé con todas las lámparas para ver cuál luz encendería que nos proporcionase suficiente luz para vernos, pero lo más suave y tamizada posible. No quería que un exceso rompiese el encanto.
Por fin llegó la hora acordada y mi nerviosismo iba en aumento. Temí que en el último instante ella no apareciera. Pero la llamada se produjo y con una puntualidad que me sorprendió. Mi corazón comenzó a saltar con una violencia estremecedora.

Abrí la puerta y allí estaba ella. Lucía una nerviosa sonrisa y expresión incierta, entre temerosa y esperanzada. Su rostro era enmarcado por cabellos castaños, con sendos mechones sobre sus sienes que caracoleaban en graciosos rizos. Sus ojos azules, intensos y almendrados, brillaban expectantes acariciando cada uno de mis rasgos. Nariz recta y proporcionada; labios carnosos, entreabiertos, receptivos y húmedos, promesa de besos soñados. Sueños y promesas que por fin se harían realidad aquella noche.
Los dos nos quedamos por un momento quietos y callados: sobraban las palabras. Nuestras almas hablaban el lenguaje íntimo y sutil de los sentimientos. Se comunicaban su amor, su ternura y su pasión largamente refrenada.
Sentí tal emoción, que sólo acerté a decir con voz insegura y blanda:
—¡Hola!…
Ella, más resuelta, pero con el rubor coloreando sus mejillas, respondió con alegre ironía:
—¡Hola! ¿Nos quedamos aquí o entramos?…
Maldije para mis adentros mi torpeza y me moví a un lado para que ella entrara en la habitación. Al pasar junto a mi percibí el olor a rosas que desprendía su cuerpo y la tela de su vestido me rozó, provocándome un estremecimiento. La seguí y cerré la puerta tras de mí.
En la penumbra de la habitación su silueta era más un misterio imaginado, que una realidad. Se volvió y puso sus manos en mi nuca y acercó a los míos sus labios; mientras, su cuerpo turgente se apretaba con el mío, haciendo que una erección instantánea clavara mi sexo en su bajo vientre. Al principio el beso fue suave y cálido, como explorándose unos labios y otros; luego fue apasionado, ardoroso y largo, que nos hizo perder el aliento hasta que nos separamos sofocados.
—¡Te quiero!… —le dije en un susurro, apasionado, y con la voz entrecortada le repetí—: ¡Te quiero!
—Y yo a ti, cariño —respondió ella, más segura de sí misma.
La tomé por la cintura y con blandura, pero con mi aplomo renovado, la llevé hasta la cama y nos sentamos.
La emoción de aquel momento nos hizo ser como colegiales inexpertos, hasta el punto que por un instante no supimos cómo empezar. Durante unos segundos, que me parecieron interminables, estuvimos quietos intentando traspasar las tinieblas que nos envolvían. Sólo veía su silueta y algún punto de luz reflejado en sus pupilas inquietas. También sentía la tibieza de su cuerpo en mi brazo, pues aún la tenía abrazada por la cintura. Le besé en los labios, le mordisqueé la oreja y mi boca buscó sedienta la piel de sus senos. Por fin me decidí y le desabroché a tientas los botones de su camisa; le descubrí los hombros y acaricié la hondonada de entre sus pechos que, suaves, cálidos y perfumados, vivificaron mis sentidos y me excitaron. Ella correspondía entre suspiros a mis caricias devolviéndome los besos y enredando sus dedos entre mis cabellos.

Tanteé en su espalda y destrabé los corchetes del sujetador. Sus pechos quedaron al descubierto y, con irrefrenado ardor, los besé. Con ternura mordí y lamí sus pezones que de inmediato se atiesaron. Para entonces la excitación de mi sexo era total y comencé a sentir la tirantez en la piel de mis testículos y la tensión del pene fuertemente apretado contra mi bragueta.

—¡Cariño, estoy mojada! —oí que me decía con voz entrecortada.

Terminé de quitarle la camisa y me centré en quitarle la falda. Ella se internó más sobre la cama y me dejó hacer. Yo, como si de un rito sagrado se tratara, con emoción contenida y calculada lentitud, disfrutando el momento le quité las bragas. Tanteé su cuerpo, acaricié sus nalgas y llevado por mi deseo entre las piernas le llevé la cara y me sumergí en el éxtasis de sentir su sexo caliente en mis labios. Lo besé, lo lamí, lo mordí, le introduje los dedos y ella se estremecía con los juegos de mi boca y de mis manos.

De pronto me apartó y con prisa nerviosa me quitó la camisa, trasteó en la hebilla del cinturón, me bajó la cremallera, me quitó el pantalón y los calzoncillos. Pronto quedé desnudo. Ella se me abrazó y acabamos acostados los dos, sintiendo nuestra piel ardiendo de deseo. Una atmósfera de pasión y amor envolvía nuestros cuerpos, en efluvios perfumados con el aroma natural de nuestros sexos.
Hice que se pusiera de costado y entrecrucé mi pierna izquierda entre las suyas y al fin la penetré. Lo hice con suavidad y movimientos lentos; luego, más rápidos, más enérgicos, mientras nuestros cuerpos se estremecían entre jadeos compasados.
Ella se agitó y se contrajo en un fogoso orgasmo. Yo, cambiando de postura, besaba su boca y sus pechos, mientras recorría con maestría su cuerpo con las manos.
Encendí la lamparita y, ante mí, yacía desnuda sobre la cama en todo su esplendor. Tímida, ruborosas las mejillas, tensa y con las piernas aún cerradas, me ocultaba lo más íntimo de su sexo. Con mirada enamorada anhelaba mis caricias. Yo le sonreí e intenté ser tierno y comprensivo.
Mis ojos recorrieron con ansia aquel cuerpo tan deseado. Con concentrada atención memorizaba para siempre aquellas formas femeninas, mil veces por mí imaginadas.
Su piel era blanca, de textura suave y cálida; pechos generosos y bien formados, de gruesos pezones y areolas rosadas. Tenía el vientre ligeramente redondeado, con un gracioso ombligo que incitaba los besos de mis labios. Delicadas curvas que la hacían esbelta y delgada moldeaban su cintura. Las caderas eran anchas; sus muslos suaves, llenos y bien formados y su prominente pubis, poblado de corto vello cobrizo y anillado, me excitaba sobremanera.

Me incliné sobre ella con ternura y la besé en el cuello, en la sien y en los labios.
—Mi amor… te quiero —murmuré con voz ronca y apasionada— ¡Dios… cómo te quiero!
Ella se estremeció…
Pasé con suavidad las yemas de mis dedos por su garganta, sus delicados hombros y los laterales de sus pechos. Vi cómo su piel reaccionaba a mis caricias y cómo se estremecía a mi contacto. Besé sus pezones y bajé mi boca apenas rozando hasta su ombligo y se lo humedecí con la lengua. Ella, mientras, me acariciaba la nuca, los hombros y el pecho, y sentí con placer su tibio contacto.
Al fin besé su pubis y ella, en un acto reflejo, alzó las caderas y entreabrió sus piernas en una invitación más íntima, mientras el deseo la inflamaba. Comencé a lamer su clítoris caliente, húmedo e hinchado y, de parte a parte, a todo lo largo, entre los abultados labios la punta de la lengua fui pasando. El olor natural de ella se abrió paso sobre el perfume a agua de rosas que despedía todo su cuerpo. Mi excitación fue en aumento. El deseo de poseerla me acuciaba, me enternecía y hacía que mi sangre ardiera en mis venas. El aroma y el calor que su sexo despedía me vigorizaban y hacían que mi pulso se acelerase de forma inusitada.
Oí su respiración entrecortada y cómo entre jadeos me suplicaba que me tumbara junto a ella, en posición intercambiada.
—Ven —me decía con un hilo de voz—, quiero sentir en mis labios, con mi lengua y en mi boca tu sexo… ¡Quiero besarlo!

Adoptamos la posición que ella me demandaba y estuvimos un rato gozando los dos. Mientras yo me concentraba en su placer, sentía sobre la sensible piel de mi glande los besos de sus labios y el calor húmedo de su boca y cómo sus manos apretaban la base de mi pene y acariciaban con temerosa suavidad, como si temiera dañarlos, mis testículos ya inflamados.
De repente ella se giró y, con deseo incontenido, subió a horcajadas sobre mí. Nuestros sexos se acoplaron y sentimos el gozo de una penetración profunda y fácil. Cabalgó con sabios movimientos de rotación, de atrás adelante y de arriba abajo, hasta que al unísono alcanzamos el placer en un común orgasmo que nos conmovió, que nos hizo gritar y nos dejó a los dos sin resuello.
Quedamos inmóviles, felices y abrazados; con el corazón acelerado, las almas unidas y los cuerpos sudando. Al poco, nos exploramos los cuerpos, en todos los rincones nos besamos y así seguimos toda la noche entre suspiros y sonrisas… amándonos.

Quedamos exhaustos y con los cuerpos muy pegados, musitando palabras de amor, yo emocionado y ella de felicidad, con las lágrimas brotando.
—¿Hasta cuándo, amor? ؙ—me preguntó con melancolía.
—¡Hasta siempre!… Habrá más encuentros —respondí—. Mientras, seguiremos el uno con el otro soñando y, a ratos, cuando se pueda, chateamos.
Dormimos un par de horas fundidos en un abrazo. Al cabo, ella se levantó y se fue al baño; cuando volvió lucía radiante con sólo una toalla enrollada en su cabeza. Se acercó a la cama y me besó con sedosos labios, apenas rozando, en la espalda y en los hombros.
-Cariño, levántate —dijo con un eco de tristeza—. Nos tenemos que ir ya…
Me levanté y ella estaba allí mirándome con húmedos ojos, tan deseable y desnuda, que la abracé y besé con desesperada pasión y allí mismo, de pie, la hice mía penetrándola con contenida rabia. Tal vez aquella fuese la última vez que hiciéramos el amor…

•••

La cercanía es hálito de vida, la nostalgia desgarra. El sexo en el amor es necesario, sin amor el sexo no es más que capricho y el capricho no tiene sentimientos. No fue un capricho nuestro encuentro. Los dos estábamos enamorados y por eso hicimos el amor. Pero nuestros sueños eran imposibles: ella estaba casada y el sentimiento de culpa hizo que nunca más volviésemos a encontrarnos.

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Quédate con mi esencia

Quédate con mi esencia

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QUÉDATE CON MI ESENCIA

Quédate, corazón, mi imagen
indestructible en tu memoria;
siente en el alma mi presencia
que sortea ágil la distancia,
que de tu amor a mí me aleja.

Como aire que traspasa las fronteras,
como neutrinos calando la tierra;
cual magnetismo que atrayendo al hierro
impregna la materia de su fuerza,
lleva a mi espíritu sobre el abismo,
que de tu amor me aleja y me destierra.

Llévate el aura de mi cuerpo,
custodia y quédate mi esencia,
da vida con tu pensamiento
a mi alma inerte e indefensa.

Quédate y guárdalos con celo,
hasta la magia del encuentro;
pues no son míos, son ya nuestros,
mis ilusiones… ¡Mis anhelos!

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Reir sin motivo

Reir sin motivo

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En aquella casa rural, situada en la campiña cordobesa, los muros de tapial encalados propiciaban un microclima fresco, bajo el inmisericorde sol de agosto. En un rincón sombrío de la estancia, una anciana dormitaba en su mecedora acolchada, al tiempo que se mecía levemente. Fuera, el aire se inflamaba en un aliento tórrido y seco, y el emparrado dibujaba sobre el suelo empedrado un encaje de sombras. En su duermevela, los recuerdos se le agolpaban y hacía esfuerzos por centrar su pensamiento en cosas intrascendentes e indoloras de su vasta vida. Recordó una enigmática canción que ella solía canturrear, con el fin de sobreponerse a descorazonados recuerdos.
“La hija del Mao ha parido un chao,
con las cachas rochas y el fusinalcór,
cutibín cutibán, charolero charolán…
¡Qué charay chanforl!
¡Con las cachas rochas y el fusinalcór!”…
Su voz, grave y quebrada, pero aún melódica, no estaba exenta de ritmo y le hacía gracia su extraña letra. Aquella canción, sin saber por qué, le hacía reír y le sacaba del sopor en el que le envolvían las horas más calurosas de la tarde.
–¿Qué canta la abuela que no se le entiende nada?
–¡A saber!… No le hagas caso, está senil…
–Pues parece que a ella le divierte mucho.
La abuela tampoco entendía aquella letrilla que en su mente se enredaba de manera tan obsesiva; pero se decía que siempre sería mejor reírse sin motivo, que amargarse pensando en las cosas malas de la vida. Se preguntaba si la memoria le jugaba la mala pasada de recordar la música de una melodía ya olvidada y si la letra sería un extraño idioma, que antes dominaba y ahora desconocía por completo. No sabía qué significaba aquella canción; pero sin pensar en ello, una y otra vez la tarareaba y se sentía feliz…
Había tenido una vida llena de privaciones y las tragedias se habían cebado en ella de manera cruel; pero cuando visualizaba las más horribles imágenes de su pasado, entonaba aquella absurda canción y reía sin saber de qué y se le pasaba la pena.
“La hija del Mao”… –¡Ja,ja,ja!
La abuela reía hasta saltársele las lágrimas y todos los pensamientos negativos desaparecían como por encanto…
Los días, como afilados cuchillos, fueron cortando su piel dejando marcas indelebles. Cada arruga, cada nueva cana, era premonición de un desenlace cierto, inevitable y… ¡necesario!
Miraba al pasado y los años parecían breves y veloces en su trascurrir, al tiempo que el futuro más inmediato le parecía insondable y eterno.
¡Fue tan corto su pasado!… Lo rememoraba con tanta intensidad, que las emociones le hacían acelerar el corazón hasta dejarle extenuada. Atrás quedaban ochenta y dos años de esperanzas, sinsabores, algunas alegrías y la añoranza por el amor recibido y entregado con generosidad. Había transcurrido todo con tanta rapidez, que sentía profunda pena por tantas cosas que dejó de hacer a causa de la falta de tiempo, la desidia, la inconsciencia o el egoísmo. A su edad ya no esperaba nada, aunque se negaba con rabia a aceptar su impotencia. Sólo le quedaban sus recuerdos y, como el agua de un cazo puesto al fuego se evapora hasta quedar vacío, su memoria desaparecía poco a poco, cada vez más y más desvaída y seca.
–Carmen: el único tesoro que nos queda al final de la vida, es el de los recuerdos –le dijo a su hija con la que solía conversar por las tardes, mientras tomaban un té con pastas.
–¿Olvidas a tus nietos?… Yo creía que ellos son lo más valioso que tienes.
–Más valiosos sí; pero ellos no son míos ni de nadie… –replicó la abuela– Las personas son libres y sólo se pertenecen a ellas mismas. Los recuerdos son propiedad de quien los tiene, por eso digo que son mi único tesoro.
–Visto así… –asintió Carmen, con un ligero encogimiento de hombros.
–A veces siento que pierdo la memoria y me preocupa quedar privada de ella…
–Bueno… madre –respondió la hija, tratando de animarla– Es natural que olvidemos algunas cosas… Yo misma no recuerdo a veces ni dónde estoy.
La abuela se daba cuenta de que los mecanismos de su mente se anquilosaban, haciendo sus pensamientos incoherentes y sus recuerdos más y más imprecisos. Sus músculos, atrofiados, hacían sus movimientos inseguros y temblorosos; las articulaciones crujían con dolor a cada paso que daba y toda su vitalidad se apagaba, como lo hace la luz de una vela cuando la cera derretida ahoga su llama…
Sí, la abuela estaba ya senil y era feliz, sin recordar hechos vividos en la guerra, ni la muerte de seis de sus hijos, algunos de manera trágica. Ya no necesitaba recurrir a absurdas canciones que la distrajeran de sus pesadillas; aunque, tal vez como un acto reflejo, seguía cantando con exasperante monotonía aquella canción que ocupaba todo su pensamiento.
Un día la estaba entonando, cuando un convulso sollozo le partió el alma. No fue capaz de recordar la letra y retazos de sus más negros pensamientos se abrieron camino entre la niebla de su mente.
–¿Qué te pasa abuela?
La abuela no dijo nada y desde entonces siempre está acurrucada, callada y mirando fijamente ante sí, ajena a todo. Su mente quedó congelada en sus más terribles recuerdos y muda, con expresión de infinito estupor, parece esperar el fin de sus días.

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¿Un mensaje del más allá? (Relato en el castillo de Jaén)

¿Un mensaje del más allá? (Relato en el castillo de Jaén)

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Mi abuela paterna murió a los 84 años, en septiembre de 1.959; yo aún no tenía 9 años y no consigo recordar sus facciones. Tampoco existe una fotografía de ella, por lo tanto, me es imposible describirla en el físico. Sí tengo una imagen fijada en mi mente: la de su rostro, transfigurado, en el último estertor de su muerte. Porque yo estuve presente en ese trance, a pesar de que ella moría en Jaén y yo vivía en ese momento a más de 200 kilómetros casa de unos tíos, en Málaga. Pero no es de esta extraña experiencia de lo que hoy os voy a hablar, pienso hacerlo en otra ocasión. Para ir recuperando ciertos recuerdos, prefiero comenzar por orden de antigüedad de los mismos. Mi abuela era una adorable anciana que vivía en nuestra casa. Por entonces éramos seis hermanos, tres varones y tres hembras, yo soy el tercero. Mi padre era albañil y mi madre necesitaba trabajar como sirvienta, ya que había nueve bocas que alimentar y nueve cuerpos que mal vestir… eran otros tiempos, muy duros. Mi padre era muy trabajador y un profesional excelente, era un todo terreno en su profesión, todos los secretos constructivos los dominaba como nadie, pero su salario era por entonces tan raquítico, que si mi madre se hubiese dedicado a criar a sus hijos habríamos pasado, probablemente, hambre. Si, además, le añadimos a su bajo salario las largas temporadas parado porque hizo la guerra con “los rojos” y, por entonces, la mayoría de los empleadores eran fascistas, podéis imaginar lo precario de nuestra economía, pues por entonces no había subsidio de paro. Pero este tema, también es para contarlo en otro momento. Os estaba hablando de mi abuela. La mayor parte del día, era ella la que se ocupaba de la casa y de los seis nietos, los dos más pequeños casi bebés. Sí recuerdo su figura encorvada, su luto eterno en el vestir, sus cabellos blancos, su ternura y… sus historias. Muchas tardes se sentaba en una silla baja, con asiento de anea, con la más pequeña en sus brazos y el resto nos sentábamos en el suelo, a su alrededor, y escuchábamos con embeleso los cuentos e historias que, inacabables, nos contaba. Una de esas historias es el motivo del presente escrito: “Hace mucho tiempo, cuando yo era tan pequeña como Carmencita, —nos decía mientras acariciaba con ternura la cara de mi hermana Carmen, de cinco o seis años —vivía yo en los bajos de la torre del homenaje, en el castillo de Santa Catalina. Por aquél entonces, sería el año 1.880, el castillo era propiedad de un marqués… o un conde, no sabría precisarlo; pero era un hombre muy principal, que vivía en Madrid. Creo que era un personaje de la corte. Bueno, el caso es que mi padre era el encargado de custodiar y mantener las pocas pertenencias que ese señor guardaba allí y hacía de capataz cuando se contrataba al personal de servicio, cuando los señores decidían, muy de tarde en tarde, venir a Jaén con algunas familias acomodadas, para así poder presumir de la posesión del castillo”. Podéis imaginaros con qué admiración escuchábamos aquel relato. La imaginación de nuestras jóvenes mentes se disparaba, y nos imaginábamos un mundo de cuento de hadas, en el incomparable marco del majestuoso castillo. “Pero eso sólo ocurría alguna vez al año y no en todos. Mientras, todo el tiempo vivíamos allí mi padre, mi madre y yo. Yo no tenía amigas para jugar, pero recuerdo que me divertía muchísimo jugando con una cabrita que mi padre pudo agenciarse al poco de yo nacer, para disponer de leche, tan necesaria para mi crecimiento. En realidad, allí vivíamos bien y no nos faltaba de nada: el marqués… o lo que fuese, era muy generoso, pagaba bien, y todas las semanas, creo que en viernes, mi padre le ponía la enjalma a un borriquito que teníamos y a lomos de él mi madre y yo, y mi padre andando, recorríamos el camino hasta el mercado y compraba todo lo necesario…” —Madre —le interrumpió mi hermano mayor— ¿Qué es una enjalma? —Es el aparejo para las bestias. —¿Qué es un aparejo? —Es el arreo que se les pone a las caballerías para poder cargarlas o montarlas. Pero no me interrumpáis más… ¿queréis que os siga contando la historia? —¡Sííííí! —respondimos todos al unísono. “Esos días —prosiguió mi abuela —además de hacer la compra de las provisiones, yo tenía la ocasión de jugar con niñas de mi edad, en casa de los parientes, mientras mi padre se iba a la taberna a tomar unos chatos de vino y empaparse de los acontecimientos de la semana. Eran días de continuas tragedias. Allí le informaban de las partidas de bandoleros, de las luchas campesinas, de las noticias políticas y de guerras que existían por otros lugares. La violencia política, el crimen y las asonadas estaban a la orden del día, no sólo en nuestro país, sino en las demás posesiones de España. En fin, como os he dicho, en el castillo vivíamos bien y no nos faltaba de nada excepto… el agua. Creo recordar que había dos aljibes, pero estaban secos. Todo el mundo decía que en algún lugar de aquel recinto debería haber agua ¿cómo, si no, podía vivir allí la gente en tiempos pasados? Además, el castillo había sido sitiado varias veces, y los defensores quedaban encerrados en él durante meses. Pero la realidad es que no había ni una gota de agua. Todos los días mi padre iba con una reata de mulas antes de que amaneciera y caminaba una legua…” —Madre, ¿qué es una legua? —le interrumpí yo. —Una legua es algo más de cinco kilómetros. “Bueno, pues, vuestro bisabuelo- continuó su relato mi abuela- caminaba todos los días esa distancia hasta llegar a un manantial que hay en el Neveral, en la montaña que hay más allá del cerro de Santa Catalina, en la que ahora hay un hospital para los enfermos del pulmón. Antes el camino era mucho peor que ahora, era estrecho y pedregoso y más de una vez volvía con heridas causadas por las espinas de las zarzas y algunas caídas en la oscuridad. En una ocasión se tuvo que defender de unos asaltantes y les consiguió espantar con riesgo de su propia vida. Esa era la mayor preocupación que tenían mis padres: la falta de agua. Yo les oía hablar de esta necesidad y de los peligros que tenía que afrontar a diario mi padre, por esa causa. El deseo de encontrar agua en el castillo se convirtió en mi obsesión. Durante mucho tiempo estuve husmeando entre las ruinas de la antigua alcazaba árabe, las que hay (hoy ya casi desaparecidas) fuera del castillo, pero sin éxito alguno. Creo yo que esta obsesión fue la que me hizo soñar una noche. El sueño fue muy raro y me dio mucho miedo, pero a través de él pudimos solucionar el problema de la escasez de agua.” —¿Queréis que os lo cuente? —preguntó mi abuela, con una sonrisa, al ver la expectación con la que le escuchábamos. —¡Sííííí! —gritamos todos. “Pues veréis: en mi sueño me vi en el patio del castillo. Enseguida me di cuenta que no era exactamente igual a como está hoy. Había dos torres y, entre ellas, colgaba un pasadizo en forma de arco, que las comunicaba a unos cinco metros más arriba del suelo. En el centro de aquel arco, había una ventana y una mujer extraña se apoyaba en el alféizar, me miraba fijamente y sonriendo, me hacía señales con la mano para que me acercase. Aquella mujer era muy hermosa. Tenía la piel morena y una nariz recta y proporcionada. Sus dientes eran blancos como la nieve, que destacaban entre sus labios gruesos y rojos. Sus ojos almendrados y negros, brillaban con destellos de luz de luna. Tenía la cabeza rapada, con sólo una gran cola de caballo que le nacía de la parte trasera y caía ondulante y larga sobre su hombro izquierdo. De sus orejas pendían unos aretes muy grandes que parecían de oro y a cada movimiento que hacía me llegaba el sonido del entrechocar de varios collares, profusamente dotados de colgantes tintineantes. Sus manos estaban ricamente ensortijadas y en sus muñecas lucía diversas pulseras. Yo estaba sobrecogida por la sorpresa y porque, sin saber por qué, a la par que me atraían sus encantos, me aterraba la sola idea de ser alcanzada por ella. Sentía deseos de acercarme a ella y a la vez deseaba alejarme, ya que intuía que aquella presencia no era nada natural. Mientras forcejeaba con aquellos dos deseos tan contrapuestos, me fijé que debajo de aquel arco había el brocal de un pozo. Miré hacia atrás para volverme y salir corriendo y, tras de mí, frente a aquella visión estaba la torre albarrana, en la que hoy está la pequeña ermita de Santa Catalina. De repente sentí un miedo tan intenso, que me desperté llorando desconsoladamente.” —¿Quién era aquella mujer? —preguntó mi hermana Mari. —No lo sé; —dijo mi abuela —pero siempre he creído que era alguna mora que hace tiempo vivió allí. —¿Era, entonces, un fantasma? —pregunté yo con los ojos como platos. —No lo sé, Pedrín; —me dijo —pero escuchad el final de esta historia. Todos asentimos, casi sin resuello, intuyendo alguna revelación trascendente. “Como no dejaba de llorar, mis padres me llevaron con ellos a su cama y trataron de tranquilizarme, pero sin demasiado éxito. Les conté la pesadilla y mi padre, al oír que había visto un pozo, muy temprano me hizo ir con él al sitio en el que me vi en el sueño. Hizo que le señalase el sitio en el que vi el pozo, y sin pensárselo dos veces se puso a cavar. Pasado un rato, cuando había hecho un hoyo de una cuarta de profundo, el pico dio sobre una losa de piedra de la que, a consecuencia del golpe, saltaron chispas. Mi padre excavó alrededor de la losa y con la ayuda de un mulo y unas sogas, logró, no sin esfuerzo, levantarla. Bajo la losa había una cavidad hecha de ladrillos y en ella, un esqueleto enjoyado. Allí encontró un auténtico tesoro: unos aretes de oro enormes, pulseras finamente labradas, sortijas, collares como los que vi en el sueño y tres orzas de barro, llenas de un polvo metálico y dorado, que parecían ser limaduras de oro. Asustado por el hallazgo, mandó que nos encerrásemos mi madre y yo en nuestra habitación y partió a Jaén, en busca de las autoridades. Aquel tesoro fue confiscado y enviaron la noticia del hallazgo al señor del castillo. El marqués, o conde, o lo que fuese, apareció a la semana siguiente y ya nunca, nadie, supo de aquel descubrimiento. Cuando todo volvió a la normalidad, mi padre siguió cavando en el agujero y al poco topó con otra piedra, esta vez resultó ser una rueda de molino, que al apartarla dio paso a un agujero negro y sin fondo, que resultó ser el gran aljibe de agua que hay frente a la torre albarrana, en la que está la talla de Santa Catalina”. Foto: by Getty

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